1.776: La Revolución Estadounidense

Una conjura aristocrática, dirigida por el Ministro Hoegh-Bulderg, depuso al doctor alemán Struensee, que había ido a Dinamarca para tratar la locura de Christian VIIº, pero que la reina, su prima, nombró Ministro, y se hizo prácticamente regente. Lo apresó en las habitaciones de la reina, que entonces tenía 2º años, durante un baile de máscaras, lo condenó y decapitó, junto con su ayudante. La reina, Carolina Matilde de Hanover (también conocida como Carolina Matilde de Gran Bretaña, por ser hija del Príncipe de Gales) a la que se torturó para que confesase que el padre de su hija era el depuesto Ministro, fue desterrada. Murió en Celle, en Alemania -ya que su hermano, Jorge IIIº, le prohibió volver a Gran Bretaña- con 23 años ¿envenenada? Sin que se le permitiese volver a ver a sus hijos. Es posible que estos hechos fuesen tomados como precedente por los revolucionarios franceses: si la aristocracia danesa podía hacerse con el poder, decapitar a reformistas que atentaran contra sus privilegios o formas de ver las cosas y deportar a la reina ¿por qué no iban ellos a hacerlo en Francia contra los que defendiesen al Antiguo Régimen y sus privilegios aristocráticos? Se anularon todas las medidas reformistas y se impuso el danés como único idioma oficial, tanto en Dinamarca como en Noruega. La insurrección polaca obligaba a intervenir a Catalina IIª en ayuda de su protegido. Pero no quería una guerra con Prusia, por lo que entró en negociación. Esta, de inmediato, expuso sus exigencias territoriales. Catalina IIª contraofertó las suyas. Ni Austria ni Turquía deseaban un expansionismo ruso, por lo que mostraron su rechazo a tal acuerdo. En vista de los derroteros de la situación, acordaron contentar a Austria, dejando a Turquía sin aliados. Así Rusia extendió sus dominios hasta la frontera natural de los ríos Dvina y Dniéper, lo que significaba apropiarse de 110.000 km2. Austria se quedó con Galitzia oriental y Lodomeria, unos 70.000 km2. Prusia, la primera que había “tenido la idea”, “sólo” se quedó Prusia oriental, excepto Danzig y Thorn (Torún) el obispado de Ermland y el distrito de Netze, sumando unos 35.000 km2. Todo ello en detrimento de Polonia, que pagaba así su rechazo a las reformas ilustradas, perdiendo un tercio de su territorio, pero la mitad de su población.

Si consideramos que el denominado “pasillo de Danzig” (la actual Gdansk) fue la justificación de Hitler para invadir Polonia, comenzando la IIª Guerra Mundial, se comprenderá la trascendencia futura de tales hechos. El mameluco Ali bey, aliado de Rusia, volvió a declarar la independencia de Egipto. Los otomanos tuvieron muchas dificultades para someterlo de nuevo. Hastings fue nombrado Gobernador de Bengala. A cambio de una entrega a cuenta de 2.600.000 rupias se hizo con la recaudación de impuestos. Sin embargo, un escaso control británico produjo, en poco tiempo, serios problemas financieros. En Vietnam se produjo la rebelión de los hermanos Tay-so’n contra las familias dominantes Nguyen y Trinj. La intervención de Francia, que comenzaba a ambicionar un puesto como potencia colonizadora en Indochina, para compensar la pérdida de sus dominios en la India, así como la mediación del Vicario apostólico, Pigneau de Behaine, acabaron con ella. En 1.773, José IIº suprimió la Compañía de Jesús en Austria, que ostentaba el monopolio de la enseñanza. El Estado comenzó a controlar a la Iglesia Católica, contribuyendo a la formación y sostenimiento del clero. Clemente XIVº, por las presiones de los diversos Estados, se vio obligado a disolver la Compañía de Jesús. Aparte de las causas ideológicas, relativas al reformismo ilustrado, el estímulo principal lo constituía el reparto de las inmensas fortunas que había acumulado por herencias y donaciones aristocráticas, conseguidas tanto por su apuesta por la educación de alto nivel, pero bajo posicionamientos católicos integristas, como por la ascendencia que les daba ser confesores de las más poderosas familias. Es decir, algo bastante parecido a la disolución de El Temple. Sólo que los inteligentes jesuitas no serían torturados ni asesinados, y volverían a reaparecer, a recuperarse, una y otra vez. En la actualidad están en vías de desbancar al Opus Dei en su dominio de la Iglesia Católica. El conde Andreas Peter Bernstorff, que sería apodado “El Joven”, sobrino de Bernstorff “El Viejo”, fue nombrado Ministro en Dinamarca, transitando de nuevo el camino de las reformas. Consiguió unificar su país y elevar su nivel cultural. El rechazo al reparto de Polonia aglutinó fuerzas en torno a Estanislao IIº, que aprovechó para impulsar sus reformas. Creó una comisión de educación para administrar las propiedades confiscadas a los jesuitas y encargarse directamente de la enseñanza, lo que puede considerarse un primer Ministerio de Educación. A pesar de algunos éxitos logrados por la Puerta Sublime, Catalina IIª se adueñó del Norte del Mar Negro y del Protectorado sobre Crimea, a costa del imperio otomano. Murió Mustafá IIIº. Le sucedió Abd ül-Jamid Iº como Puerta Sublime. Murió Ajmed chaj Durrani, que, tras larga serie de conquistas, había conseguido reinstaurar su reino, desaparecido durante tres siglos, con capital en Kandajar, anexionándose Paquistán, incluso partes del Turquestán persa y ruso, hasta Deli y el océano Indico.

Le sucedió su hijo Timur como rey de Afganistán. La disolución de la Compañía de Jesús fue el golpe de gracia del catolicismo en China, que acabó desapareciendo. Robert Clive, que ya era Gobernador de la Compañía de las Indias Orientales, quiso conseguir el control de su Directorio Supremo, mediante la compra de acciones. Esto originó una serie de posicionamientos especulativos que afectaron a la situación financiera de la Compañía, por lo que North tuvo que intervenir para evitar su quiebra, mediante la Regulating Act. Se autorizó a vender té directamente en las colonias, por medio de agentes y en régimen de monopolio, sin necesidad de subastarlo en Londres. Esto significó una exorbitante subida de precios. Los “patriotas” (en vascuence, abertzaleak) disfrazados de indios mojauk, lo cual no parece muy patriota, para no ser reconocidos, arrojaron al mar el cargamento de tres buques ingleses de té, atracados en el puerto de Boston. Es lo que se conoce históricamente como Boston Tea Party: “Fiesta, Velada, Reunión, Partida o Partido del Té de Boston”. Se suponía que las hojas de té tenían mejor sabor si se hervían frescas. De forma que, para su muy lucrativo negocio, se diseñaron unos barcos ligeros, de poco calado y capacidad de carga, ya que el té pesa muy poco en proporción a su precio, aunque ocupa mucho espacio en relación a su peso, que prácticamente volaban sobre las aguas, lo que los hacía zarandearse con los vientos y tempestades, en viajes azarosos y sacrificados, sin camarotes para las muy escasas tripulaciones, que debían dormir sobre o entre los fardos de té. Se les denominó Clippers, porque viajaban inmensas distancias sin tocar puertos intermedios, uniendo directamente el de embarque con el de descarga. Fue un tipo de navío que terminaría utilizándose como buques-correo, especialmente para la correspondencia militar y diplomática, y para las misiones de vigilancia y reconocimiento marítimo durante las guerras navales. Para hacerlos más rápidos, para que surcasen las aguas con más velocidad, “deslizándose” sobre ellas, sin que se acumulasen lapas y moluscos en su “obra muerta”, bajo la línea de flotación, se la forró de cobre, latón o chapa de acero, de modo que fueron el antecedente directo de los buques acorazados, con cinturato de hierro o acero, y más tarde, integrales de dicho metal, que se hundía en el agua.

Ya esta experiencia existía con maderas de gran dureza, como la empleada en los galeones, para resistir el cañoneo, por lo que tampoco flotaban. La flotación se conseguía por efecto de la construcción, de los espacios huecos interiores. Por analogía también se denominarn clippers a los hidroaviones que transportaban el correo, especialmente el militar, diplomático y administrativo, los altos mandos militares y funcionariales, y a “turistas” muy adinerados, desde la India, costeando el actual Pakistán, el Oeste de la Península Arábiga, Africa o el Mediterráneo, a través del Mar Rojo y Egipto, y Gibraltar, el Golfo de Cádiz y Huelva, Portugal, el Norte de España, el Este de Francia y el Canal de la Mancha, sirviéndole de hotel nocturno a quienes no pudiesen o quisieran pagar tal gasto: toda una ruta romántica, hasta que los aviones con base en tierra alcanzaron mayor autonomía y seguridad en el vuelo. La metrópoli, en represalia, cerró el puerto y exigió que los “criminales” fuesen condenados severamente por tribunales ingleses. En 1.774, murió Luis XVº. Sus continuas guerras, en las que sólo cosechó pérdidas, habían dejado al país arruinado. El ejército, sus armas y aprovisionamiento, acaparaban un tercio de los presupuestos del Estado. Como los ingresos eran insuficientes, Francia debió endeudarse, a altísimos intereses, que suponían el 30% de los presupuestos. Como España actualmente. Otro 21% se dedicaba a gastos especiales, y el restante 16% a pensiones y mantenimiento de la lujosa Corte. Todo ello iba a cargo de los campesinos, cuyos rendimientos habían ido disminuyendo a lo largo del siglo, y cuyos impuestos, incluidos los directos e indirectos, llegaban hasta el 70% de sus ingresos. Los pequeños propietarios pedían la abolición de las prestaciones a las que estaban obligados, tanto personales como impositivas, hacia la aristocracia, y exigían la propiedad libre y el fin de las restricciones al mercado, para poder competir con las grandes explotaciones, en propiedad o arrendadas por la burguesía enriquecida por el proteccionismo mercantilista, que, administradas por procedimientos modernos, tecnificados, según las recomendaciones enciclopedistas, y con visión comercial, producían grandes beneficios al tiempo que bajaban los precios de los productos y acaparaban los mercados. La apropiación por parte de los terratenientes de dehesas y bosques del común, bien mediante sobornos y corrupción o comprándolos al necesitado Estado, reducía las posibilidades de subsistencia, de conseguir ingresos o alimentos complementarios por parte de los labriegos sin tierras, que suponían el 50% de la población, en su mayoría peones y trabajadores temporales. Pero nada podían reclamar, porque los tribunales feudales no les escuchaban, o sentenciaban a favor de las clases poderosas, sin contar las posibles represalias por parte de los acusados influyentes. A los campesinos se les comenzaba a denominar “cuarto estado” (estamento) tal vez por analogía a lo que ocurría en la Dieta sueca.

La nobleza y el clero estaban exentos de la contribución territorial, aunque éste realizaba donaciones voluntarias. Bajo reyes autoritarios y en situaciones triunfales éstos imponían, una y otra vez, sus exigencias de más donaciones “voluntarias”. Pero, con monarcas débiles y en situaciones calamitosas, cuando más necesarias eran, los eclesiásticos recuperaban su poder, había que suplicarles, convencerles, de que contribuyesen, se resistían a ello, se hacían los remolones, o pedían compensaciones, de aumento de poder, para acceder a lo que se les solicitaba. En cambio, la burguesía controlaba el comercio a larga distancia, las empresas navieras, la Banca, la manufactura, las fraguas, las fundiciones, e incluso grandes extensiones agrarias, a cuyos productos, por su propia condición de burgueses, no les eran de aplicación las restricciones mercantilistas, ya que trataban de estimular su comercio. También se habían hecho con la burocracia, posiblemente a base de sobornos y cohecho, de cuyos cargos, igual que antes hacía la nobleza, sacaban suculentas e ilegales, pero toleradas, tajadas, para hacer menos oneroso al Estado mediante el pago de salarios estipulados, legales. Y sin embargo era la clase social más crítica, la que influía, convencía y llevaba la crítica social a todas las demás, que no tenían claro sus auténticos intereses de clase. Casi igual que hoy en día, excepto que la aristocracia no se comporta como una clase social cohesionada, sino que no se diferencia en nada de la burguesía. Sobre todo protestaban por los privilegios de la aristocracia, porque estuviese exenta de impuestos, porque todas las cargas pesaran sobre la burguesía, “olvidando” las grandes penurias de los pequeños campesinos. Pero también la nobleza estaba disconforme, ya que habían perdido algunos privilegios, y se veía sometida por el absolutismo, exigiendo recobrar todo su antiguo poder. Teóricamente los Estados (estamentos) Generales tenían la potestad exclusiva para las subidas de impuestos. Pero desde hacía 160 años no se convocaban: el absolutismo había despreciado tal “formalidad”.

El largo reinado de Luis XVº permitió que la corona pudiera pasar directamente a su nieto, Luis XVIº, evitando intrigas e influencias en una Corte disoluta y desprestigiada. De inmediato nombró Controlador General de las Finanzas a Turgot, un enciclopedista, que había escrito artículos en la propia Enciclopedia, lo que suscitó grandes esperanzas en la opinión pública. Al poco se hizo cargo del Gobierno. En Francia comenzaba una nueva crisis agraria. En tales circunstancias el nuevo rey necesitó subir de nuevo los impuestos. En esta ocasión sus súbditos no lo sufrieron con resignación como habían hecho con sus antecesores, sino que se originó un movimiento de protesta. El rey intentó una reforma que mejorase la capacidad recaudatoria y disminuir la agobiante deuda pública. La aristocracia formó un poderoso grupo de oposición a tales reformas, de apoyo, e incluso de retorno, al más estricto y trasnochado Antiguo Régimen: la Revolución Francesa fue precedida por una auténtica sublevación aristocrática en contra del absolutismo. Turgot era fisiócrata, se opuso a los lujos cortesanos y a los abusos en los arrendamientos de la recaudación de impuestos. Para simplificar el sistema fiscal abolió los veinte impuestos sobre el consumo. Esto era, en sí mismo, un error, ya que tales tributos eran de los pocos que pagaba la aristocracia. Quizás lo hiciese, en parte, para contentarla, igual que a los campesinos y a las demás clases sociales. Trató de impulsar el mercado libre, con la intención fisiocrática de que el “orden natural” beneficiase a la agricultura. Así liberalizó el comercio de cereales, abolió los peajes, pontazgos, portazgos, y derechos de paso en viales. Tales medidas fueron contradictorias, puesto que, aún cuando incentivaban el comercio, la equiparación de precios, y reducían los costes de transporte, en situación de escasez alimenticia, a corto plazo, no podían suponer otra cosa que la mayor carestía. A corto plazo la liberalización del mercado del trigo, la abolición del precio tasado, no podía producir una cosecha complementaria, sino un aumento del precio del pan, lo que originó una sangrienta rebelión de trabajadores en París. Se dice que María Antonieta preguntó a sus sirvientas por el alboroto.

Cuando le respondieron que el pueblo no tenía pan, un alimento escasamente utilizado en la fastuosa Corte, replicó: “Pues que le den bizcochos”, que era un alimento muy habitual en palacio. Es posible que dijese “pasteles”, lo que, en francés, tiene un doble sentido sexual. Y que, como puede entenderse como una expresión populachera, de mal gusto, o un alimento que nada tiene de sustitutivo del pan, se haya cambiado su significado. Yo prefiero transcribirlo por “tortas”, que me parece que refleja mejor un doble sentido en castellano, aunque no reproduzca la idea original. También abolió los gremios, mediante el trascendente Edicto Turgot, lo que le supuso la enajenación de la confianza de los artesanos y pequeños productores, que aún suponían una parte significativa de la clase trabajadora. Se esforzó en conseguir una administración jerarquizada, capaz de funcionar por sí misma, y una fiscalidad más equitativa. Tantas reformas, y contra tantos poderes, le supusieron un gran número de enemigos. El pueblo nunca vio con buenos ojos el matrimonio del heredero con Maria Antonieta, hija de Francisco Iº y María Teresa de Austria. Fue un pacto matrimonial para reforzar la alianza conseguida durante la Guerra de los Siete Años. Pero Austria había sido, desde tiempos de su unión dinástica con Castilla y Aragón, el principal enemigo. No podían comprender que los tiempos habían cambiado, y que ahora el peligro procedía de ultramar, de Inglaterra. Por si fuera poco Maria Antonieta se comportó con suma imprudencia, dando pábulo a todo tipo de chismorreos. En torno a ella se formó un Partido cortesano, que se unió a la oposición de los latifundistas y los arrendatarios de impuestos. La extensión de la contribución territorial y de los impuestos sobre los productos a todas las clases sociales, contradictorio con la línea anteriormente seguida por el propio Turgot, pero necesaria por la ruinosa Hacienda Real, originó enérgicas protestas en los Parlamentos, que eran tribunales de justicia feudales. El Parlamento británico inició investigaciones sobre Clive y sus embrollos, por lo que éste optó por suicidarse. Murió Clemente XIVº. Austria y Prusia, que no deseaban más triunfos ni expansionismo ruso, forzaron al imperio otomano a aceptar el Tratado de Kutchuk Kainardyi, cerca de Silistria.

Debió reconocer todos los territorios conquistados por Rusia. A cambio ésta aceptaba la suprema autoridad espiritual del califa sobre todos los mahometanos, incluso los residentes en Rusia. Esto suponía una concepción cristiana, extraña al mahometanismo, de jurisdicción religiosa extraterritorial. El Acta (la Ley) de Québec suponía la absorción del Noroeste de Ohio, así como el incumplimiento del prometido Gobierno representativo para Canadá. Esto hizo aumentar la indignación de los colonos británicos norteamericanos. Invocando sus derechos como ciudadanos británicos (la comon law) 56 representantes de las 13 colonias se reunieron en Filadelfia (la ciudad “del amor fraterno”, actualmente la ciudad con más crímenes del mundo que no esté en estado de guerra) como “primer congreso continental”, lo que puede entenderse como deseo de que también las colonias iberoamericanas exigiesen sus derechos, en un frente común y coordinado, integrándose en el mismo. Declararon su oposición a las leyes impuestas por la fuerza y a las directrices del comercio metropolitano en general, exigieron el restablecimiento del antiguo estatuto legal de once años antes, anterior al fin de la Guerra de los Siete Años o Guerra Franco-India, términos que deseaban negociar con el rey. Pero Jorge IIIº no estaba dispuesto a ningún compromiso. La ciudad de Virginia, mediante asamblea y plebiscito, fue la primera que declaró su propia Garantía, Relación o Declaración de Derechos (Bill of Rights) entre los que incluía el derecho a la vida, a la libertad, que, a su vez, incluía las de conciencia, reunión, asociación y prensa, a la igualdad ante la ley y a la seguridad y a la propiedad, que entremetía la aportación burguesa sobre los postulados de la Ilustración. En los siguientes años las diferentes colonias aprobarían, mediante asambleas y plebiscitos, Constituciones, Habeas Corpus o Declaraciones de Derechos, que recogerían tales garantías. La situación en China había ido cambiando radicalmente. Aún no se explica adecuadamente el proceso. Es posible que, en el fondo, esté la explosión demográfica provocada por un larguísimo periodo de paz interior, con sólo pequeñas y victoriosas campañas expansionistas. Aunque las técnicas agrarias mejoraron, no lo hicieron al mismo nivel que en Europa.

Además, parte de los terrenos se dedicaron a cultivos industriales (tabaco, algodón, añil) en cierta medida demandados por el lujo que se iba imponiendo entre los machúes, inicialmente ascéticos en su estilo de vida. A imitación de ellos, la pequeña aristocracia, la más favorecida por la nueva dinastía, también se dio a los lujos, además de costear la larga y onerosa carrera burocrática de sus hijos. El hecho de que el comercio fuese despreciado por el confucianismo, se considerase competencia del Estado, y no existiese ninguna seguridad legal para las empresas o patrimonios privados, obstruyó una progresión burguesa y, con ella, una industrialización que hubiese podido acoger los excedentes de mano de obra agraria. Sólo había garantías en las concesiones estatales, o confianza en el soborno a los funcionarios, que asegurasen, mínimamente, una continuidad y beneficios en las empresas. Así ocurría con el comercio transfronterizo, la minería, las salinas o la industria textil. Aunque los cambios en las reglamentaciones, burocráticas, de inspiración confuciana, la fiscalidad y los derechos de aduana, así como la ambición ilimitada de los funcionarios corruptos, todo ello arbitrario, impredecible, impedían un ulterior desarrollo. Sólo había prestigio en la omnipotente burocracia y en la compra de tierras, que sí habían llegado a una liberación propia del capitalismo. Las consecuencias fueron la escasez, la carestía y el aumento de impuestos. El imperio manchú, abandonados los supuestos básicos sobre los que revitalizaron a China, entró en decadencia. Lo evidenciaba la reactivación de la secta secreta del Loto Blanco, bajo la dirección de Liu Sung, que organizó la primera insurrección popular grave del nuevo imperio. En 1.775, el Gobernador real de Massachusetts, que perseguía a los cabecillas rebeldes John Hancock y Samuel Adams, por orden de las autoridades, encontró un depósito de armas, entre Lexington y Concord. Para los soldados británicos era la demostración de que no se enfrentaban a un par de delincuentes, sino a todo un movimiento separatista, e intentaron desmantelarlo. Para las milicias coloniales demostraba que no se estaba persiguiendo a un par de delincuentes, sino que se intentaba acabar con toda aspiración secesionista, incluso de autogobierno.

Así que se produjo un intercambio de disparos con gran número de víctimas: había comenzado la Guerra de Independencia de las colonias británicas de América del Norte. Sin embargo, el “segundo congreso continental”, convocado con urgencia, se mostró partidario de la reconciliación, en todo caso de la resistencia, pero rechazó el separatismo. A pesar de ello tomó disposiciones para encontrar medios económicos, de transporte, armas y tropas, para lo que fuese necesario. Las tropas británicas eran conocidas como “casacas rojas”. La alta Oficialidad utilizaba gran cantidad de entorchados y dorados. La Oficialidad intermedia chalecos amarillos, quizás con intención de emular tales dorados. Las tropas coloniales se diferenciaban de ellas por su librea azul y sus chalecos blancos, sin ornamentaciones ni ostentación. A George Washington, terrateniente virginiano, que había mandado las tropas de dicha colonia durante la conquista británica del Canadá francés, iniciada 22 años antes, miembro del “congreso continental”, en representación de Virginia, y a su sastre, se les ocurrió diseñar un nuevo uniforme colonial. Manteniendo la librea azul, sencilla, utilitaria, pero de última moda, funcional, se les añadió un chaleco, forro, cuello y dobladillo de las bocamangas (que servían para proteger las manos del frío desdoblándolos, alineándolos con las mangas) de color crema, que suponían un mínimo mejor camuflaje, pero que podría ser una asimilación al ostentoso amarillo de la Oficialidad intermedia británica. Y con él puesto se presentó al congreso, del que pretendía que aprobase su aceptación, su fabricación. Lógicamente atrajo todas las miradas, haciendo reflexionar a todos que era el colono con más alta graduación y experiencia militar, aunque no siempre victoriosa. Así que se le nombró General en Jefe de las Milicias de Nueva Inglaterra. Rápidamente reclutó un ejército regular que llegaría a tener 14.000 hombres y gran capacidad de choque. Hay indicios contradictorios sobre que éste ya había iniciado la recluta de un “ejército continental americano”, a partir de grupos de milicias, desde un año antes.

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