La guerra civil y la economía

 

Quizás por la negativa experiencia de Primo de Rivera y
Calvo Sotelo, no queriendo que les ocurriese igual, pusieron un especial cuidado
en evitar la
inflación. Claro que podían hacerlo más fácilmente con sus
métodos dictatoriales, y después de haber eliminado cualquier representación
sindical. En Burgos, Pamplona, La Coruña, Sevilla, Bilbao y otras capitales de
provincia franquistas, la gente, arreglada, paseaba con despreocupación
burguesa, sin temor a ningún bombardeo, abarrotando bares y restaurantes -donde
se disputaban una mesa libre- las iglesias o las plazas de toros. La
prolongación de la guerra, sobretodo la campaña del Ebro, que comenzó de modo
tan sorprendentemente nefasto para él, debió limitar gravemente su capacidad de
actuación. Gran Bretaña percibió cómo, tras la constitución de HISMA (Hispano
Marroquí de Transportes) el comercio con España se desviaba hacia Alemania. Con
tales proveedores asegurados, Franco no tuvo necesidad de pagar precios
exorbitantes. En cambio, en la zona democrática no se quiso intervenir en la
economía, para no dar pábulo a las calumnias revolucionarias, y poder conseguir
una ayuda internacional que, al final, no se logró. Y los sindicatos no sólo
crecieron durante la guerra, sino que tenían en su poder fusiles, artillería y
tanques, aunque, por regla general, actuaron con bastante sentido común. Desde
la conquista de Bilbao, Franco ya comenzó a indagar el interés del Reino Unido por
los minerales españoles. Posiblemente se tratase de la estrategia de subastar
al mejor postor. Desde dicho puerto, en 1938, partieron hacia las islas
británicas 320.119 toneladas de piritas, cuando, en 1936, habían sido 194.717
solamente.

 

Pero también cedió, siempre que pudo, hasta a las
presiones francesas: su punto de vista debió ser mantener abiertos todos los
mercados para el futuro, mientras no se sintiese forzado por los derroteros de
las guerras, la española, y, después, la internacional, en uno u otro sentido. Tanto
de ello, como de su personalidad insegura, cambiante, debieron derivar las
fluctuaciones de su política exterior. Con quien nunca tuvo semejante tipo de
problemas fue con Mussolini. La visión imperial de su destino le llevaba a una
extrema prodigalidad, como debió de soportar Paolo T. di Revel, su Ministro de
Hacienda. Nunca exigió, ni siquiera presionó, a Franco para que le pagase la
deuda contraída. Ni en divisas ni siquiera en especie. Más aún: hubieron de
convencerle para que no la
condonara. El importe de su ayuda rondó los 8.500 millones de
liras de la época, equivalentes a unos 3.000 millones de euros. Sin incluir en
ella préstamos, regalos y muchos tratados comerciales desventajosos para
Italia. Franco contaba con 14 escuadrillas de FIAT CR.32 y 3 de Messerchmitt,
cada una con 12 cazas, lo que excedía de 200, en total, más otra cantidad
equivalente de bombarderos. Para enfrentarse a ellos la República contaba con 7
escuadrillas de cazas, “Chatos” en su mayoría, que se montaban en Sabadell (45
en los últimos 3 meses: insuficientes para reponer las pérdidas de la batalla
del Ebro) mientras que los “moscas” debían recibirse ya montados de la Unión Soviética. Todos
los medios mecánicos de la República adolecían de falta de repuestos, por lo
que había que acudir al “canibalismo”: desguazar los inservibles para utilizar
sus piezas para los demás. Lo cual, para las de sustitución más frecuente,
suponía un margen de disponibilidad limitado. La comisión internacional
encargada de la repatriación de voluntarios extranjeros constató que, hasta
enero de 1939, siguió Alemania vendiendo armas a la República Española
¿No podían haber hecho lo mismo las “democracias occidentales”, si lo hubiesen
deseado?

 

Los brigadistas internacionales que aún no habían sido
repatriados pidieron que se les enviase al Frente: otro acto más de emocionante
heroísmo. Pero la República creyó que podría tener la menor utilidad cumplir
sus compromisos internacionales: la estéril hidalguía española. Los franquistas
“celebraron” la entrada del nuevo año con once días de bombardeos continuados
sobre Cataluña. A principios de enero de 1939, Negrín intentó que los franceses
acudiesen en ayuda de

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De nuevo al otro lado del Ebro

 

Porque, para eliminar al Partido Comunista, Franco estaba más capacitado y había demostrado fehacientemente que lo hacía ¿Por qué iban a cambiar de bando, comprometer más armamento y material cuando le bastaba esperar que Franco, a corto plazo, cumpliese tal objetivo? Más aún teniendo en cuenta
su política de “contención” (es decir, auténtico entreguismo) al nazi-fascismo. Cambiar de bando supondría hacer inútil tal política. Aunque ya estaba demostrada que se basaba en algunos supuestos falsos. Como que Italia no iba a entrar en confrontación con Alemania. Que, superada la anexión de Austria, ya había asumido su papel de comparsa, de sometimiento a Hitler. El 11 de noviembre Hidalgo de Cisneros entregó a Stalin una carta personal de Negrín, en ella, además de distintas consideraciones sobre política internacional, informaba sobre una evolución “positiva” de la situación interior de la
República, y le pedía 260 cazas, 150 bombarderos, 2.150 cañones, 300.000 obuses, 120 cañones antiaéreos, 10.000 ametralladoras y 400.000 fusiles, entre otras cosas. Era el más colosal pedido que se
había hecho a la Unión Soviética durante toda la guerra. Hidalgo de Cisneros se reunió, además con Molotov y Vorochilov. Ninguno de ellos planteó ninguna objeción al pedido. También gestionó un crédito de 103 millones de dólares. El 15 de noviembre, en un ataque nocturno, los franquistas se hicieron
con la cota 666, clave para la conquista de la Sierra de Pàndols, y, posteriormente, de la de Cavalls. Con lo cual las tropas republicanas quedarían en terreno descubierto. El 16 de noviembre, a las cuatro y media de la madrugada, la XIII Brigada de la 35 División completaba el cruce del puente de hierro de Flix. Tagüeña dio orden de volarlo. Con él, ciento trece días de heroico sacrificio, de agotadores esfuerzos e innumerables bajas, quedaban demolidos, sin ningún resultado práctico.

El General Rojo apoyó la orden de retirada que había dado Tagüeña, y la hizo extensiva a las fuerzas de Modesto. No sólo se perdía la batalla del Ebro, el terreno reconquistado, volviendo a las posiciones del 24 de julio, sino el propio Ejército del Ebro, a pesar de la retirada. Los 250.000 soldados que habían combatido incansable, heroicamente, por viñedos, olivares, terrenos baldíos y las peñas rocosas de la Terra Alta, quedaban agotados y desmoralizados, tras los largos y demostradamente estériles sacrificios. Se comprobaría que no estaban en condiciones de seguir resistiendo. Habían sufrido 75.000 bajas, frente a las 60.000 franquistas. Pero las bajas republicanas, una vez más, eran mortales en mayor proporción. Unos 30.000 hombres. Además de todo el equipo militar, ya irreemplazable, que no se
podría utilizar para la defensa de Cataluña. Dice el refrán que quien juega por necesidad pierde por obligación. La situación militar, política y, sobretodo, internacional, obligaba a la República a realizar apuestas arriesgadas que, una tras otra, se volvían en su contra. Los militares que no pertenecían al Partido Comunista fueron los primeros en criticar la actuación. El Coronel Perea, Jefe del Ejército del Este, que odiaba al General Rojo, le reprochó muy ásperamente el escaso talento con el que se había realizado la ofensiva. El General Gámir Ulíbarri, más tarde, analizaría que el fin de Cataluña había sido
consecuencia de la campaña del Ebro. Los representantes de la KOMINTERN insistieron en sus sospechas contra el General Rojo y el Estado Mayor. Togliatti acusaría al General Miaja y al resto de mandos del centro, en su libro “Escritos sobre la guerra de España”, por no haber acometido ninguna
acción de ayuda. Aunque reconocía que las unidades de dicha zona se encontraban en mala situación. Reiterando lo del sempiterno sabotaje.

Stepanov lo haría contra el Estado Mayor, lo que incluía al General Rojo, por haber prolongado la operación, presuponiéndole la intencionalidad de agotar la resistencia de las tropas, tanto como a la
pasividad en los Frentes de Levante y del Centro. A nadie se le ocurrió analizar que se pretendían unos ilusorios objetivos de imposible cumplimiento, nada menos que la reunificación de las dos zonas en que Franco había escindido a la República, y ello sin contar con los medios motorizados, tanto de transporte como acorazados, para romper y atravesar, profundamente, las líneas franquistas, hasta embolsar al Ejército que combatía en las Sierras de levante. Además del sempiterno error republicano –en el que también cayó Franco con frecuencia, aunque él contaba con superioridad de medios como para reconducir la situación- de perder el tiempo en operaciones de limpieza, mediante ataques frontales, fruto de la falta de seguridad, de convicción en la capacidad de ejecutar acciones arriesgadas, de penetración y maniobra por la retaguardia enemiga, con lo que perdían la ventaja de la velocidad inicial, dando tiempo a que el enemigo acudiese en tropel, en el caso de los franquistas con sus mayores medios. Los republicanos volvieron a lanzar a terreno despejado grandes unidades, sin considerar la superioridad aérea, acorazada y artillera franquista, lo que suponía exponerlas a su aniquilación. Sólo la heroica,
increíble, obstinación de las tropas republicanas, especialmente las de Líster, sacando partido de los altos tomados con tanto esfuerzo, hizo pagar a los franquistas un alto coste. En la última reunión del Comité Ejecutivo del PSOE, Julián Besteiro le había dicho a Negrín: “Lo tengo a usted por un agente de los
comunistas”. El 16 de noviembre, viajó de Madrid a Barcelona para entrevistarse con Azaña. Este le expuso sus planes contra Negrín.

Sin embargo, Besteiro, aunque le manifestó su convencimiento de que Negrín estaba completamente entregado a la causa comunista, no se comprometió en ellos. Quizás aún conservaba un distingo entre deslealtad interna y externa. Hitler pidió a Franco que los 200 millones de marcos alemanes adeudados hasta entonces por la intervención de la Legión Cóndor, los invirtiese en las minas relacionadas con el proyecto Montana.  Aunque, oficialmente, los alemanes sólo controlaban un 20% del capital de tales minas, a través de accionistas españoles interpuestos, meros monigotes, poseían el dominio total. Estados Unidos comprendió la creciente extorsión de Hitler, y dejó de pagar los “gastos de transporte” de los judíos que huían de Alemania. Así que, en respuesta, tratando de presionar para que se reanudaran los pagos, volviesen a salir judíos del país, pusiesen en venta, a precios ridículos, sus propiedades, de todo tipo, y dejasen disponibles sus puestos de trabajo para afiliados al Partido Nacional-Socialista, o, simplemente, a ciudadanos de raza “aria”, comenzaron los pogromos alemanes de la época moderna,
hitlerianos, contra ellos. Pero las “democracias occidentales” no se dieron por aludidas, miraron hacia otro lado, sin prestarles atención, como si no ocurriesen, como si no tuviesen significado, como si no se tratase de una injusticia. De todas formas lo que ocurría en España era mucho peor. De momento. En un documento que se conserva en los archivos soviéticos, Marchenko informaba que, el 17 de noviembre, Negrín le dijo que no era oportuno una conexión entre el camarada Kotov y sus “trabajadores vecinos en España” (es decir, el N.K.V.D.) con el Ministerio del Interior y el Servicio de Inteligencia Militar, por lo que debía hacerse a través suya, que estaba organizando un organismo especial a sus órdenes directas.

 Analizaba que, dado que Negrín era habitualmente delicado en extremo en relación a “nuestra gente” (es decir, el NKVD) que considerase necesario plantear tal observación, reflejaba que agentes de la Segunda Internacional (socialdemócrata) el PSOE y los anarquistas lo estaban presionando con gran
intensidad, en relación a la interferencia (del NKVD) respecto de la policía y la contrainteligencia. El 23 de noviembre de 1938, el General Rojo presentó a Negrín un plan estratégico de ataques en los distintos Frentes, que obligase a los franquistas a dispersar sus fuerzas. Ese mes, Franco creó su agencia oficial de noticias, la Agencia EFE, deletreo de las siglas de Falange Española, que, inicialmente, financiaron Juan March y otros banqueros, y dirigió Serrano Suñer. Dos semanas después del repliegue republicano al otro lado del Ebro, el Ejército de Maniobra franquista ya estaba desplegado a las orillas de dicho río y del Segre, los obstáculos naturales en los que se habían asentado los defensores de Cataluña. Diciembre comenzó con repetidos bombardeos franquistas contra Barcelona, que duraron una semana. Para
entonces, el Ejército del Centro republicano mantenía unos 100.000 hombres.Otros 50.000 en el Frente de Extremadura, y, posiblemente, 20.000 en Andalucía. El Ejército de Levante sumaba unas 26 Divisiones, ninguna íntegramente dotada, incluyendo las cuatro y media de reserva. En conjunto, el ejército popular debía defender la República con sólo 225.000 fusiles (desproporcionadamente distribuidos respecto de las dos zonas en que la República había quedado partida) 4.000 fusiles ametralladores y 3.000 ametralladoras. Negrín, además, encontraba pocos apoyos a su idea de resistencia hasta el final.

Menos aún en su propio Partido, por entonces desgajado en cuatro sectores: el suyo, muy minoritario, el de Besteiro, el de Prieto, y, el mayor de todos, aunque incapaz de recuperar el control, el de Largo Caballero.Lógicamente, era Besteiro y sus partidarios los que más se oponían a Negrín. La
primera semana de diciembre de 1.938 se produjeron repetidos bombardeos contra Barcelona. El 6 de diciembre, el Estado Mayor republicano aprobó un plan de operaciones a desarrollar en el Frente Sur. Se iniciaría con un ataque a Motril, con apoyo de la flota. Doce días después comenzaría otro para cortar las
líneas de comunicación franquistas con Extremadura. Finalmente se desarrollaría la ofensiva principal, entre Córdoba y Peñarroya, con el objetivo de llegar hasta Sevilla. El G.E.R.O. (Grupo de Ejércitos de la Región Oriental, de Cataluña) tenía 220.000 efectivos, de los que sólo 140.000 estaban encuadrados en Brigadas mixtas. El General Rojo apostilló que, por su dotación de medios, eran equivalentes a menos de 100.000, incluidos los servicios auxiliares. Disponían de 250 cañones, de los que más de la mitad resultaban inservibles o estaban a punto de serlo. De los 40 carros de combate y 60 vehículos acorazados pocos estaban en perfecto estado. Se enfrentarían a los franquistas 90.000 hombres, armados con sólo 60.000 fusiles, para defender un Frente de 135 kmtrs.. Y dotados de uno por cada 6 cañones franquistas. Franco contaba con 6 Cuerpos de Ejército, unos 280.000 hombres, con 1.000 cañones y 500 aviones. En el Segre se concentraban los Cuerpos de Ejércitos de Urgel, recién constituido, a las órdenes de Muñoz Grandes, del Maestrazgo, de García Valiño, y de Aragón, de Moscardó. Cerca de la desembocadura en el Ebro estaba el que por entonces se denominaba Cuerpo Legionario Italiano, con unos 55.000 efectivos, a las órdenes de Gambara, y el Cuerpo de Ejército de Navarra, de Solchaga. En el tramo final del Ebro estaba el Cuerpo de Ejército de Maruecos, bajo el mando de Yagüe.

La disposición indicaba claramente el vector del ataque principal. Lógicamente, porque el Segre era un obstáculo menor que el Ebro. Este dispositivo tan racional no podía ser obra sino de Vigón. El Conde Ciano anotó en su diario que su Ministro de Asuntos Exteriores había vuelto de España
afirmando que las cosas se ponían bastante bien, y que el próximo ataque a Cataluña sería resolutorio, pero que él no se lo creía, porque había escuchado lo mismo demasiadas veces. Posiblemente se refiriese a la ofensiva de Aragón. Según los archivos soviéticos, en una reunión del 10 de diciembre, Negrín había
tratado con Díaz y Uribe sobre el fracaso de la unificación de los partidos socialistas y comunistas. De la imposibilidad, dado el férreo control que ejercía la directiva del PSOE, igual que la que mantiene actualmente, de que se atendiera al sentir de las bases. Les propuso como alternativa un Frente
Nacional unido. Lo planteaba como un Partido enteramente nuevo, no la unificación de los ya existentes, que incluyese a lo mejor de cada Partido y organización, con vistas a un apoyo fundamental al Gobierno. Es decir: un Partido pro-gubernamental, y una criba, una forma de desembarazarse de los elementos
opositores. Les dijo que al PSOE no le esperaba más futuro que ser absorbido por el PCE, después de la guerra, pero que la dependencia del Gobierno respecto del Partido Comunista era contraria a sus gestiones diplomáticas internacionales. Aún seguía confiando en eso. Incluso que los partidos
republicanos existentes, carecían de futuro. Que no había una disciplina interna que amalgamara al Frente Popular, cuyas polémicas intra y extrapartidistas lo desgarraban. Que no se podía volver al viejo parlamentarismo, porque permitir el “libre juego” de los Partidos, como funcionaban antes, sería dejar
que la derecha pudiese forzar de nuevo su camino hacia el poder. Que la única alternativa era una dictadura militar.

En cierta forma era una perspectiva stalinista. O, desde otro ángulo de visión, otro ejemplo de cómo el mimetismo respecto del triunfante Franco se infiltraba en el bando republicano. Al parecer fue
Roosevelt, el más “izquierdista”, o, al menos, populista, democrático, de todos los gobernantes occidentales, el primero en darse cuenta que el embargo de armas a la República Española había sido un error. Ahora que era demasiado tarde. Churchill y Eden también caían en la cuenta, después de tanta
desconfianza hacia la República Española. Pero no eran gobernantes: estaban cesados o habían dimitido. El mapa de las democracias europeas ya se limitaba a Gran Bretaña, Francia, Bélgica, los Países Bajos y el resto de Checoslovaquia. En Noruega, Finlandia, Suecia, Dinamarca o Suiza, aunque formalmente respetaban el parlamentarismo, dominaban o gobernaban partidos próximos al nazismo o simpatizantes de él. Lo que nadie podía sospechar es que, en año y medio, sólo Gran Bretaña iba a continuar siéndolo.
Franco siguió reclamando a ésta el estatuto de parte beligerante, aunque seguía negándose a la retirada de la Legión Cóndor, que sabía que le era imprescindible para una victoria aplastante. Aunque ya nadie dudaba que tenía ganada la guerra, salvo que Francia se decidiera a intervenir. Unas lluvias torrenciales impidieron el inicio de la ofensiva franquista contra Barcelona: una vez más, Franco no quería correr riesgos, y esperó a poder contar con la aviación, su “artillería volante”. Había acumulado para ello 340.000 hombres, 1.400 piezas de artillería, 500 aviones y 300 tanques. Sin embargo, a pesar de tan contundente ventaja, la experiencia con Madrid le había escarmentado. Tras un mes de descanso, desde el fin de la batalla del Ebro, la aviación táctica franquista se había reorganizado. A las escuadrillas de FIAT se incorporaron 400 nuevos pilotos españoles, la última promoción de la Academia del Aire franquista.

Quizás esta experiencia fue errónea para los ejércitos del Eje Berlín-Roma-Tokio, porque creyeron que se podían improvisar nuevos pilotos reduciendo el periodo de Academia, que ya aprenderían en combate. Porque, para aprender, hay que sobrevivir. Igualmente la Legión Cóndor dejó
Messerschmitt Bf-109B a pilotos españoles, aunque con mayor experiencia, puesto que dichos aparatos eran más difíciles de manejar, dada su escasa capacidad de sustentación a baja velocidad, ya que estaban diseñados para vuelos a elevada velocidad. Lo hicieron porque estaban recibiendo los nuevos modelos Bf-109E. Otra escuadrilla de Franco fue dotada con Heinkel He-112, que también estaban obsoletos. Igualmente se recibieron los últimos G-50 italianos para su prueba de fuego. Pero no llegaron a entrar en combate. El 12 de diciembre debía haber comenzado la ofensiva hacia Motril. Sin embargo no se produjo, simplemente porque el General Miaja, jefe de la Agrupación de Ejércitos, se negó a cumplir
las órdenes del Estado Mayor. Es posible que fuese partidario de la línea “pactista” de Azaña. Lo cual explicaría por qué no colaboró en descargar la contraofensiva de Franco para recuperar los territorios que había perdido al Sur del Ebro. Ante tal circunstancia, el Almirante Buiza dio orden de regresar a la Flota, que se dirigía a aguas andaluzas. No se sabe si alguien le recomendó que así lo hiciese. A pesar de ello el General Rojo continuó con la ofensiva hacia Extremadura. Hubo varios intentos de que se acordara una tregua por Navidad. Incluso por parte del Nuncio Apostólico. El 23 de diciembre Franco contaba con 197 cazas, 179 bombarderos, 93 aparatos auxiliares y 22 hidroaviones, más otro aeroplano capturado a la República. En total 492 aparatos. Ese día, el “cruzado” Franco, el defensor de la cristiandad, dio
comienzo al último asalto a Cataluña.

Tras las continuas lluvias y ventiscas de las semanas precedentes, el invierno había llegado con temperaturas de nieve, de forma abrupta, con bastante rigurosidad: no se iban a librar los combatientes españoles de los últimos sufrimientos. Aunque ese día amaneció soleado. Los Cuerpos de Ejército de Navarra y el Legionario Italiano establecieron cabezas de puente en Serós, penetrando hacia Montblanc y Valls, con el apoyo aéreo de la Legión Cóndor. La 56 División de carabineros, entonces las unidades mejor dotadas del ejército popular (aunque también es cierto que eran demasiado veteranos, padres de
familia casi en su totalidad) integrada en el XII Cuerpo de Ejército, se retiró enseguida. Esto significaba el derrumbe de todo el dispositivo de defensa, la pérdida de todo el sector y el avance de requetés e italianos 16 kmtrs. hacia La Granadella, en la retaguardia del Frente del Ebro. Simultáneamente, por el ala
izquierda, al Sur de Tremp, lanzaron otro ataque hacia Artesa de Segre y Cervera. Los Cuerpos de Ejército del Maestrazgo y de Urgel, con un masivo apoyo artillero, se enfrentaron a la 26 División (la antigua “Columna Durruti”, aunque sus miembros ya estaban muy mezclados con recluta obligatorios) que ofreció una eficaz resistencia, cediendo poco terreno. El 24 de diciembre entraron en Mayals. El día de Navidad los V y XV Cuerpos de Ejército republicanos consiguieron detenerlos. En La Granadella se le asignó tal objetivo a la 11 División, integrada en el reconstituido Cuerpo de Ejército que se había puesto al mando de Líster. Como de costumbre el lugar más arriesgado, pues un ataque en pinza de las tropas de Yagüe hubiera sido desastroso para todo el Frente. Tuvieron la suerte de que las lluvias de las semanas anteriores habían sacado al Ebro de madre, imposibilitando su cruce. Tras cinco días de embestida poco eficaz, Vigón cambió el eje del ataque Norte hacia Balaguer, 30 kmtrs. más al Sur, a donde envió el Cuerpo de Ejército de Aragón.

Al del Maestrazgo le ordenó que avanzase por la orilla Sur del recodo del Segre, con todos los carros de combate y el mayor número de cañones disponibles, y tres unidades antitanques de la Legión Cóndor. En la zona republicana el abastecimiento habían disminuido aún más. Era lógico, dada la pérdida de Aragón, la incomunicación de Andalucía, Valencia y Castilla respecto de Cataluña, el esfuerzo que supuso el avituallamiento de la ofensiva del Ebro, y el intensificado bloqueo marítimo que padecía. Especialmente en Barcelona la población moría literalmente de hambre. La ración diaria de 100 gramos de lentejas aún había ido disminuyendo. Entre los escombros de edificios derribados por los bombardeos italianos se expandían enfermedades de las que los ciudadanos nunca habían oído hablar. Por ejemplo, el escorbuto. Peor aún estaba la producción industrial, carente de materias primas, de electricidad ni de carbón, que era casi insuficiente para los braseros. Desde hacía tiempo sólo unos pocos podían
lavarse con agua caliente y jabón. Los hambrientos obreros seguían en sus fábricas, sin materias primas ni electricidad, como los soldados en las trincheras, porque era mejor seguir la rutina, obedecer las órdenes, cumplir su obligación, negarse a pensar. Las campañas Pro-Invierno o Ayuda a la Infancia se esforzaban por conseguir aportaciones para comida, mantas y prendas de abrigo. Las madres republicanas pidieron a todas las madres del mundo que no permitiesen que sus hijos murieran de hambre o de frío. Sí lo permitieron. La propaganda radiofónica no podía acabar con el derrotismo: todo el mundo era consciente de que la próxima derrota sería la definitiva. Incluso en el ejército. Había 250.000 soldados en Cataluña, pero sólo 40.000 fusiles, menos de 100 piezas artilleras, 40 tanques y 106 aviones, de los que sólo la
mitad estaban operativos.

Y todo el mundo sabía que la ofensiva franquista contra Cataluña podía agotar la resistencia.
Los soviéticos lo veían de otro color. Pensaban que les quedaba poco para seguir allí y procuraban disfrutar de su estancia mientras pudiesen. Quizás era otra forma de no pensar. Puesto que, si no podían huir, si eran apresados por los franquistas, no les cabía otro destino que la muerte. Quizás tras ser torturados. En los archivos soviéticos figura una carta de un intérprete a su familia, en la que comentaba que todo seguía igual. Explicaba a continuación que eso significaba que todo iba muy bien. Que había engordado, quizás por dormir una o dos horas de siesta tras del almuerzo, o porque su apetito era
excesivo. Que por la noche jugaban a las cartas, oían el gramófono, se había hecho un jugador de dominó empedernido y que leía mucho. Puede que lo escribiese para contentar a su familia, o para pasar la censura soviética. O que fuese un estado mental de depresión, otra forma de negarse a pensar, de
plantearse el futuro que le aguardaba si caía en poder de los franquistas. Según otro documento de dichos archivos, Gerö le comentó a Dimitrov que el Gobierno de la República Española llevaba cinco meses sin reunirse (esto era falso, salvo que fuese una exageración, refiriéndose a que los Consejos de Ministros
celebrados sólo afrontaban decisiones políticas, ninguna sobre medidas concretas) y que sus componentes se quejaban de que no lograban ver a Negrín, despachar asuntos con él, que sólo lo hacía con dirigentes comunistas importantes y con funcionarios soviéticos. Esto también parece síntoma depresivo, y concuerda con la personalidad de Negrín y la situación a la que se había llegado, abandonado por todos, desconfiando de todos, excepto de los comunistas. En diciembre, mientras Franco aprobaba que la participación alemana alcanzase el 75% de algunas empresas mineras, Stalin, por fin accedió al
préstamo que había solicitado la República, cuantificándolo en 85 millones de dólares.

En su mayor parte se empleó en adquirir armas soviéticas. Posiblemente entregadas por adelantado, ya que, entre enero y agosto de 1938, se habían recibido 5 bombarderos Katiuska y 26 Tupolev, 121 aviones de caza Policarpov Po-49, apodados “Mosca”, 25 carros de combate T-26, 149 obuses de campaña de 75 m/m., 254 cañones antitanques y 32 antiaéreos, más de cuatromil
ametralladoras, más de ciento veinticincomil fusiles, más de doscientos treinta y sietemil proyectiles artilleros y cerca de ciento treinta y tres millones de cartuchos de armas ligeras. Pere Bosch Gimpera escribió que, durante el último año de la guerra, había empleado la mayor parte de su tiempo, como Consejero de Justicia del Gobierno autónomo catalán, enfrentándose a las actividades del Servicio
de Inteligencia Militar y a los juicios ilegales. Negrín se negaba a reconocer las críticas en tal sentido, considerándolo mera contrapropaganda franquista. Formaba parte de su concepción de la “unidad” necesaria para ganar la guerra, su espíritu “científico” de concentrarse sólo en “lo importante”, cuando decenas de miles de combatientes estaban muriendo en el Frente, o eran fusilados o apresados por el enemigo, y su imperiosa necesidad de contar con el único, sin alternativa posible, apoyo soviético, por lo que debía evitar cualquier enfrentamiento grave con el PCE. Además él mismo se veía amenazado, acorralado por todos, sin más apoyo, desde luego no inquebrantable, incondicionado, pero sí
demostradamente más sólido y constante, que el del Partido Comunista. Aunque la Unión Soviética
continuó enviando material de guerra a la República Española, ésta ya no recibiría ningún otro embarque: ninguno más consiguió llegar a su destino. Aquel mes Francia y Alemania había llegado a un acuerdo de inviolabilidad de fronteras ¿Era eso alguna garantía para Francia? Quizás para Hitler, de que podría hacer lo que se le antojara sin que su país fuese invadido.

   Si fue así, también se equivocó. Durante 1938, en la zona democrática, se duplicaron las muertes de niños y ancianos por desnutrición. En cambio, la producción industrial franquista aumentó, por la conquista de la zona Norte y porque la mayoría de los propietarios o directores de empresas, seguros de que los
fascistas les apoyarían, permanecieron al frente de ellas, o cambiaron de bando, en cuanto pudieron, para defender sus patrimonios y sus cargos, de lo que se benefició Franco y la zona que dominaba. Así se implantaron industrias donde nunca antes las hubo, o se reactivaron las que iban siendo conquistadas. La producción metalúrgica y de carbón superó la del año anterior a la guerra. La política económica franquista fue sumamente clásica. Ni siquiera llegó a las prácticas expansivas nazi-fascistas, que, en el caso de Alemania fueron muy bien, y, en Italia, por término medio, fueron ventajosas, aunque con grandes fluctuaciones según distintas épocas y modos diversos de actuación. Lo que demuestra, una vez más, la carencia de bases ideológicas, la mera pugna por el poder, utilizando cualquier excusa o apoyo. Hubo casos que se pueden calificar de imaginativos, brillantes y hasta “creativos”, como en el “virreinato” andaluz de Queipo de Llano. Pero, por lo “general”, dirigían la economía con iguales métodos
cuarteleros que la guerra, la represión, la política, la propaganda, la ideología o la administración civil. Al contrario de lo que se hacía en la zona democrática, incluso con la aquiescencia del PCE, los franquistas impusieron un control central de la economía, la producción y el comercio interno pero, sobretodo,
externo, mediante el sistema de licencias, autorizaciones o contrataciones centralizadas, por cada operación. Como en la guerra les salió bien, es lógico que continuasen así tras de ella, cosechando los insufribles fracasos a que iban a dar lugar.

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La despedida de las Brigadas Internacionales

 

Aunque constataron que los republicanos habían aprendido a refugiarse de la artillería en los contrafuertes del terreno, en abrigos horadados y en los bancales de la contrapendiente, y a construir trincheras, parapetos, dolinas y casamatas, no se les escapó el cansancio y sufrimiento que soportaban. Cuando cesaban los bombardeos era porque se iniciaba un asalto de infantería, por lo que debían correr a desplegar, de nuevo, sus ametralladoras y morteros. Como habían conquistado posiciones elevadas, en las que habían construido buenos observatorios artilleros, conseguían bastante eficacia con sus pocas piezas. El 28 de agosto los republicanos recibieron órdenes de emplear un Batallón por cada Brigada para fortificar el terreno. Desde el atardecer hasta la mañana siguiente 2.000 combatientes por cada División cavaban trincheras y tendían alambradas. Franco también visitó el Frente. Desde el puesto de mando de Yagüe, utilizando prismáticos telémetros, periscópicos, de artillería, comentó a su ayudante, Luis María De Lojendio, según escribió éste al terminar la guerra, que tenía encerrado en 35 kmtrs. a lo mejor del ejército “rojo”. Sin embargo el conde Ciano anotó en su diario que, el 29 de agosto, Mussolini había profetizado la derrota de Franco, sentenciando que no sabía o no quería hacer la guerra. El 31 de agosto los franquistas lanzaron la tercera embestida, que tiene como escenario la Sierra Cavalls, al Norte de Pándols, y Corbera, en la carretera de Gandesa a Les Composines y Vinebre, igualmente frontal. En refuerzo llega García Valiño, con su Cuerpo de Ejército del Maestrazgo. En total acumulan ocho Divisiones, 300 piezas artilleras, 500 aviones y 100 tanques. En frente están las Divisiones 35, que protege Corbera, la 11, en la Sierra Cavalls, y la 43, que había sido embolsada en Bielsa, y que había conseguido escapar a través de Francia.

 

Esta experiencia iba a despertar erróneas expectativas sobre el comportamiento francés a finales de año, cuando se intente repetir la misma maniobra, a gran escala. En agosto, el agente Sir Robert Hodgson, informó al Ministerio de Asuntos Exteriores británico que los franquistas estaban, en general, bien alimentados, vestidos, alegres y con apariencia normal y de bienestar. Como el fascismo se extendió, lógicamente, por las zonas más incultas, más pobres, menos industrializadas, más agrarias, no padeció hambre, ni siquiera ante el empeoramiento producido en 1938, al contrario de lo que ocurría en la zona democrática. El 3 de septiembre los franquistas lanzaron su cuarto intento, también contra las tropas de Líster, en la sierra de Lavall. Es la misma estrategia de desgaste, reproduciendo la llevada a cabo, por ambos contendientes, en Verdún, o en Caporetto, durante la Iª Guerra Mundial, en la que persiste Franco. Se inicia con un continuado aplastamiento, a cargo de 58 baterías, a las órdenes del General Martínez Campos, más seis grupos de 18 piezas de las fuerzas legionarias, en total unos 300 cañones, más los Flack 88 alemanes a los que se autoriza disparar contra objetivos terrestres. La aviación franquista también tiene una participación agobiante, consecuencia de todas las experiencias anteriores, en dicha labor. Tras el reblandecimiento de los objetivos, la infantería franquista avanzó desde Gandesa hacia la Venta de Camposines. El 4 de septiembre las tropas de Yagüe consiguieron tomar Corbera, con lo que rompían el Frente en la confluencia de los V y XV Cuerpos de Ejercito. Los soviéticos reproducirán tal estrategia, durante lo que Stalin denominó la gran guerra patria, atacando por las zonas de unión, colindantes, entre distintas grandes unidades, especialmente cuando representaban distintos idiomas, como italianos, rumanos, búlgaros, españoles, respecto de sus aliados alemanes, donde es mucho mas difícil coordinar los esfuerzos, mantener una fluida e inmediata comunicación.

 

Esto requería una continuada labor de interrogatorio a los prisioneros. Para taponar la brecha abierta, Modesto se vio obligado a utilizar la 35 División, agotando la reserva de que disponía. Las órdenes escritas a su V Cuerpo de Ejercito indicaban que no se podía perder una sola posición, que había que contraatacar rápidamente si alguna caía en manos del enemigo, reiterando cuantas batallas se necesitasen. Concluía con la consigna de que no se podía entregar ni un metro de terreno al enemigo. Términos ciertamente conminadores, amenazantes, que significaban, una vez más, aceptar acríticamente, acuciados por las continuas derrotas, los sucesivos repliegues, pero también por la optimista experiencia del aguante en el Frente valenciano, la estrategia de desgaste planteada por Franco. El 21 de septiembre Negrín hizo público, ante la Asamblea General de la Sociedad de Naciones, que la República Española retiraría de sus filas a todos los combatientes extranjeros, inmediatamente, y pedía una comisión internacional que lo supervisase. El conde Ciano no podía comprender tal decisión. Anotó en su diario que no podía creer que la República Española se sintiese tan fuerte como para tomar tal iniciativa, que, a su vez, deslucía la evacuación parcial que los italianos tenían pensada. Aunque también tenía efectos positivos, ya que así no se interpretaría como que traicionaban a Franco o que las tropas italianas se habían agotado. A nadie más pareció impresionar: en medio de la crisis checoslovaca, cuando el fantasma de una guerra intereuropea hacía reflexionar sobre los errores diplomáticos cometidos, no se quería recordar la guerra española, como ningún delincuente escucha a su conciencia.

 

Mussolini, en cambio, siempre ventajista, jugando sucio, que entraba en cólera ante la “lenta conducción de la guerra” y el “sereno optimismo” (lo que demuestra lo poco que lo conocía, su personalidad llena de arrebatos, que trataba de ocultar porque lo consideraba un signo de debilidad, de falta de reflexión, pero siempre irresoluta, dubitativa) de Franco, le ofreció de inmediato más divisiones de refresco. El Gobierno italiano no era partidario de ello: retiraría 10.000 “voluntarios”, cifra semejante a la de brigadistas internacionales que la República Española podía apartar del combate, con lo que haría como si cumpliese el “pacto de Pascua”, mientras que, simultáneamente, enviaría a Franco más artillería y aviones, que es lo que realmente deseaba. Chamberlain también pidió a los fascistas que retirasen a la mayor brevedad sus tropas, ya que la Cámara de los Comunes estaba enfurecida, tanto por las declaraciones del conde Ciano, afirmando que era Mussolini quien había determinado la fecha de la salida de sus tropas, que no había sido propuesta británica, como por los ataques submarinos a buques bajo bandera de dicha nacionalidad, aunque fuesen más distanciados que antes. Es increíble y patético el servilismo de los conservadores británicos, pretendiendo, ilusamente, separar a Mussolini de Hitler: con ello admitían que se pudiese torpedear impunemente a sus buques, incluso sin declaración de guerra. En realidad sólo quedaban 7.102 voluntarios extranjeros en la República Española. Sus unidades se completaban con soldados españoles. Los relatos sobre persecuciones stalinistas, y el incumplimiento del plazo del compromiso de guerra firmado, hicieron que la recluta disminuyese, hasta el punto de que los escasos nuevos alistamientos no cubrían las grandes bajas padecidas en las ofensivas de Teruel y en el Frente de Aragón.

 

Aún así, si hubiesen existido otras circunstancias políticas en Europa, el golpe de efecto de Negrín habría tenido amplia repercusión, dado el carácter heroico, indudable, y el desproporcionado seguimiento que las publicaciones periódicas internacionales habían ofrecido de todas sus acciones, durante los dos años transcurridos. Ni a los norteamericanos ni a los británicos de la XV Brigada Internacional se les informó de dicha decisión, puesto que, al día siguiente, debían asaltar la cota 401, y se suponía, con buen criterio, que tal noticia podía afectar a su combatividad, por muy injusto que ello sea. Las guerras son, en sí mismas, injustas. En la última semana de septiembre los brigadistas fueron retirados del Frente, de modo ordenado, y conducidos a Barcelona, donde se preparaba su despedida oficial, mucho menos de lo que su heroísmo se merecía. El 26 de septiembre, los republicanos, agotados, continuaban resistiendo en las cotas de mediana altura de la Sierra de Cavalls. Rojo pedía a Menéndez, Jefe del Ejército de Levante, y a Miaja, una ofensiva en el centro, que descargase la presión en el Frente del Ebro. Pero éstos no terminaban de lanzarla, para su desesperación. Por el Pacto de Munich, Gran Bretaña y Francia, en lugar de defender a Checoslovaquia, como era su compromiso desde su creación, en los Tratados de Versalles, entregaron los Sudetes, Bohemia, a Hitler. Las repercusiones fueron terribles. Churchill, más tarde, analizó que Chamberlain, pretendiendo mantener la paz, había perdido el honor, lo que significaría, simplemente, que, perdido el honor, no habría forma de garantizar la paz. Checoslovaquia perdía su frontera fortificada, en la que tantos recursos y esfuerzos había invertido. Ahora Alemania podía invadirla sin el menor esfuerzo. Rápidamente se reintegró a la tarea de construir una nueva línea fortificada, a reiterar esfuerzo e inversión.

 

Pero Hitler ya no le daría esa oportunidad, no le iba a ofrecer tiempo para ello. La desmoralización de los republicanos españoles fue terrible: una vez más veían que no podían esperar nada de las “potencias democráticas”, que no tenían la menor intención de poner coto a las ambiciones de Hitler, que le temían y cedían ante él, mientras éste aumentaba su poder. Para Stalin, que veía cómo la frontera de Alemania, que incumplía las limitaciones de armamento impuestas por los acuerdos de París, se acercaba a la suya, la conclusión era que debía centrar todos sus esfuerzos en pactar, unilateralmente, con él. Olvidarse de cualquier posible Tratado con británicos o franceses. Y eso significaba que la República Española podía ponerse en la balanza, sacarse a subasta, a cambio de un acuerdo que supusiera una ampliación de territorio para la URSA. En Francia empezaban a perder la paciencia respecto a todas las cesiones que Gran Bretaña les obligaba a hacer. Su punto de vista era que se trataba de consolidar la unión de los demócratas, única garantía de una respuesta conjunta frente a cualquier agresión hitleriana. Pero tal perspectiva no podía ocultar las múltiples incoherencias ¿No se garantizaba mejor a las democracias si se obligaba a Hitler a respetar los límites de armamento y tropas, la desmilitarización de la cuenca del Rur, como imponían los Tratados de Versalles? ¿No se garantizaba mejor a las democracias defendiendo, desde un principio, a la República Española, demostrando que no se iba a consentir el ataque contra ninguna de ellas? ¿No se garantizaba mejor a las democracias defendiendo a Checoslovaquia de ninguna agresión, permitiéndole el mantenimiento de sus fortificaciones, de la integridad de su territorio?

 

Lo que no terminaban de comprender los franceses era que el Gobierno británico, en aquella época, especialmente Lord Chamberlain, estaba mucho más próximo a Franco, al fascismo o, incluso, al nazismo, que a la democracia. Algunos militares franceses empezaban a impacientarse, a sentirse vulnerables, conforme los franquistas se acercaban a la victoria final. Y así pidieron la intervención directa en Cataluña, antes de que fuese demasiado tarde, con independencia del parecer británico, demostrar a Alemania que estaban en disposición de defenderse por sí mismos, sin necesidad de esperar, de someterse, a las decisiones de Gran Bretaña. Esto podría confirmar los motivos de la decisión de Franco de posponer el ataque directo contra Barcelona. No era de la misma opinión el Estado Mayor francés, acobardado por la posibilidad de una guerra en dos Frentes. No comprendían que el Alto Mando alemán tenía exactamente la misma preocupación, y que era el mantenimiento estricto de los compromisos con Checoslovaquia y Polonia, y sumar a los mismos a la Unión de Repúblicas Socialistas Asamblearias, lo único que realmente podía atenazar el expansionismo de Hitler. Al parecer fue Gran Bretaña la que recomendó a Franco que garantizase a Francia que, en caso de guerra en Europa, sería neutral, y que las tropas del Eje Berlín-Roma que combatían en España no se acercarían a su frontera. Con ello los británicos conseguían tranquilizar a los franceses para que accedieran a la entrega de los Sudetes a Hitler ¿Se podía confiar en las promesas de un fascista, de quien había perjurado de su lealtad al rey, a la Constitución de 1876, a la República y a la Constitución de 1931? Al conde Ciano el compromiso de Franco le pareció asqueroso. A Hitler, una cochinada, aunque añadía la pregunta, despreciativa, de qué iban a hacer los pobres diablos: lo que evidencia que consideraba a España un pelele, supeditado a los vaivenes de la política internacional, incluso a las presiones británicas.

 

Sin embargo dicho compromiso tenía aspectos positivos para los nazi-fascistas: Franco admitía, con ello, que había tropas italianas y alemanas combatiendo a su favor, por lo que Francia, una vez reconocido el hecho oficialmente, se convertía en cómplice, aceptaba, implícitamente, tal presencia, intervención. Aunque nunca habían tenido la menor inquietud respecto del Comité de No Intervención. Los alemanes analizaban, con pleno acierto, que se mantenía la ficción porque nadie deseaba enfrentarse a la posibilidad de la alternativa, es decir, al reconocimiento oficial, público, de que tal intervención se había producido, que se había mentido en las declaraciones, e incumplido los acuerdos y garantías ofrecidas, y, por tanto, que era obligatorio tomar medidas para no quedar, internacionalmente, como unos irresolutos, incapaces de reaccionar frente a tal reconocimiento. Y precisamente eran tales medidas las que daba miedo tomar. Preferían quedar, internacionalmente, como tontos, hacer ver que, contra toda evidencia, creían las palabras de los nazi-fascistas. En cambio, a Franco, nunca le importó tal irresolución. También los italianos temían una guerra en Europa, para la que no se consideraban preparados, a pesar de las baladronadas de Ciano y su suegro, el Duce. Tras el pacto de Munich, Mussolini respiró aliviado, ya  que creía que la apuesta de su “socio”, ya convertido en su jefe, había sido excesiva. Llegó a decir que, al “conquistar” (una afirmación exagerada, en dicha fecha) Praga, “habían” prácticamente tomado Barcelona. El simple Chamberlain, tan satisfecho por lo que se empeñaba en convencerse de que había sido una “victoria” (¿puede considerarse una victoria el entreguismo?) diplomática, propuso a Ciano y Mussolini, antes de que se marcharan de Munich, una conferencia a cuatro bandas para solucionar el “problema” español.

 

Hay que interpretar de ello que se consideraba con suficiente ascendencia sobre la República Española como para que ésta aceptase su propia inmolación, a favor de los intereses y garantías británicos. Si Negrín había lanzado la ofensiva del Ebro para apoyar sus gestiones diplomáticas, debería reconocer que había fracasado en ambas. En realidad, ante la perspectiva de la hecatombe, cualquier ilusión parecía sólida, creíble. Sólo los nazi-fascistas apostaban, una y otra vez, por la baza del exterminio, recogían sus ganancias, y volvían a jugarla, con la mayor ambición, sacando tajada de las erróneas reacciones de sus oponentes. Y ello a pesar de que el plazo acordado por Hitler con sus militares, de diez años de rearme y preparación militar, para aceptar el riesgo de una guerra, no había llegada más que a la mitad. A su vuelta de Zurich, Negrín compareció ante el Congreso, que estaba reunido el 30 de septiembre en el monasterio románico de Sant Cugat del Vallès. En su discurso recordó, emocionadamente, a los soldados que morían defendiendo las zonas tomadas al otro lado del Ebro. Las crisis de Gobierno de abril y agosto. Las relaciones con el Gobierno catalán. Repitió que resistir era vencer, aunque también que, bajo las condiciones expresadas en los “trece puntos”, estaba dispuesto a aceptar la mediación internacional para pactar con los franquistas. Los Partidos minoritarios objetaron la exposición, ante lo cual Negrín insinuó lo que, según Prieto y Zugazagoitia, era una amenaza de dimitir. En una reunión del Gobierno Negrín planteó una nueva crisis, que podía ser definitiva. Tras ello, al día siguiente, 1 de octubre, volvió a tomar la palabra. Esta vez el tono emotivo, de reproche, pero conciliador, lo cambió por una actitud violenta, aunque cedió su radicalidad cuando se refirió a la creación del ejército popular. Ante semejante actitud el Parlamento se vio obligado a reiterarle, por unanimidad, su confianza. No había otra posibilidad, otra alternativa, en la situación que se atravesaba, en la política y en los Frentes.

 

Pero, según Zugazagoitia, semejante resultado no reflejaba la realidad profunda, sólo conocida por quienes sabían de los entresijos y participaron en los debates parlamentarios de aquellos días: un profundo enfrentamiento, divergencia, entre el Congreso y el Presidente del Gobierno. Aunque, salvo en las mentes de quienes se habían declarado enemigos de él, no parece que hubiese motivos para ello: no se oponía a negociar la paz, sino a considerarla como la única salida. El 2 de octubre, una vez tomados los altos de Lavall, los franquistas recuperan la Venta de Camosines. Desde allí Yagüe y García Valiño inician un movimiento envolvente, hacia la izquierda, al Oeste, tomando La Fatarella y Ascó, respectivamente, empujando hacia Flix y Riba-roja d’Ebre. Los republicanos sólo retenían un tercio del terreno que habían reconquistado. El 11 de octubre, quince meses después del asesinato de Andreu Nin, sus compañeros “Gorkín”, Arquer, Andrade, Escuder, Rebull, Adroher y Bonet, dirigentes del Partido Obrero de Unificación Marxista, fueron llevador al Tribunal de Espionaje y Alta Traición. La acusación carecía de fundamento. Se presentaron documentos falsificados, según los cuales había un “pacto de no agresión” con los franquistas, a través de una organización de espionaje de éstos en Perpiñán. Comprendiendo que España no era la Unión Soviética, que era difícil que los españoles creyesen tales acusaciones y, sobretodo, el riesgo de que el tribunal rechazase dichos documentos, quedando todo en un ridículo, una vez iniciado el juicio se le añadió la participación en los “hechos de mayo” de 1.937, lo cual suponía una directa amenaza contra los anarquistas, principales actores de los mismos. El tribunal comprendió lo que se dilucidaba: especialmente la credibilidad de la justicia de la República. Así que los absolvió respecto de las acusaciones de alta traición.

Más aún: añadió en la sentencia que eran destacados antifascistas, que habían colaborado a la lucha contra la sublevación militar. Pero también era consciente de que no podía despreciar a las altas instancias del Estado, comprometidas en tal juicio. Así que los condenó a penas de entre 11 y 15 años de cárcel por su intento de hacerse con el poder, en mayo del 37, e implantar un régimen revolucionario. Lo cual era contradictorio con la propaganda, efectuada por los propios republicanos, por el derribo de la monarquía y la “dictablanda” en que, finalmente, se apoyó. Pero, lo más significativo, a mi entender, es que lanzaba un claro mensaje al Partido Comunista de lo que podría ocurrirle si abandonaba la senda de la colaboración republicana, y pretendía lograr sus propios objetivos en interés de la clase obrera. Indudablemente la situación política había cambiado, los comunistas habían tenido su gran oportunidad militar, y no habían obtenido los éxitos que sus críticas a otras ofensivas daban a entender, pero, sobretodo, desde Barcelona, interrumpida la comunicación directa con el Frente de Madrid, incluso mentalmente distanciada de los esfuerzos del otro lado del Ebro, se desdibujaba la insustituibilidad del PCE. Más aún conforme pasaban los meses y no llegaban a los muelles armas soviéticas. La salida de los 10.000 “voluntarios” italianos se realizó en Cádiz, presidida por Queipo de Llano y Millán-Astray. De esta forma Franco se ahorraba reconocer ninguna contribución italiana a su encumbramiento o conformidad con dicha retirada de tropas. En Nápoles, donde llegaron el 20 de octubre, les recibieron con todos los honores, presididos por el rey. Lord Perth, pidió autorización para que también estuviese presente el agregado militar de su embajada. El conde Ciano escribió en su diario, displicentemente, que se lo habían permitido porque así pretendían ayudar a Chamberlain contra la Cámara de los Comunes del Reino Unido, que se preveía excitada.

 

André Marty escribió en el último editorial de “Voluntarios para la Libertad”, una publicación periódica para los brigadistas internacionales, que debían regresar a sus respectivos países para continuar luchando contra el fascismo. En realidad trataba de alertar que sólo los más destacados dirigentes comunistas encontrarían refugio en Stalin. Tratando de ocultar pruebas sobres sus ejecuciones sumarias e, incluso, extrajudiciales, en todo caso militares, trató de fusilar, en Albacete, a muchos brigadistas internacionales. Catorce años más tarde acabaría siendo expulsado del Partido Comunista Francés. El 28 de octubre, siete semanas después de que hubiesen sido retirados de primera línea, la Brigadas Internacionales recibieron su homenaje de despedida. Lo presidieron Azaña, como Jefe del Estado, Negrín, Jefe del Consejo de Ministros, Companys, presidente del Gobierno Autonómico, casi todas las demás autoridades republicanas, y los Generales Rojo y Riquelme. Los brigadistas desfilaron, por última vez, por la avenida Diagonal de Barcelona, denominada 14 de Abril durante la república, ante 300.000 espectadores. Toda la fuerza aérea de la que disponía la Republica en dicha zona cubría el cielo, tanto en homenaje a los brigadistas como para proteger a tal concentración de autoridades, un muy apetecible objetivo de los nazi-fascistas, y a los que, oficialmente, se despedían, que podrían recibir su último castigo por parte de la aviación enemiga. “Pasionaria” se dirigió a ellos: “¡Camaradas de las Brigadas Internacionales!” Les explicaba que razones políticas, de Estado, por la misma causa por la que habían ofrecido su sangre con tan incomparable generosidad, les obligaban a volver a sus patrias o a un exilio forzoso. Les decía que podían hacerlo orgullosos. Que eran la historia. Leyenda. Ejemplo heroico de la solidaridad y universalidad de la democracia.

 

    Les prometía que no les olvidaríamos, y les pedía que volviesen cuando regresase la paz, con la victoria de la República Española.

La emoción que, de forma tan inigualable, sabía transmitir la “Pasionaria”, llenó de lágrimas a unos y otros. Sólo un gran cartel con la imagen de Stalin parecía insensible a sus palabras, como si estuviese meditando en cómo llegar a un pacto con Hitler. La comisión militar internacional designada para supervisar la retirada de los brigadistas, bajo el mando del sueco Coronel Ribbing, hizo todo lo posible para desmerecer, como si fuese necesario, la iniciativa de la República Española. Así incluyó en su informe, extralimitándose en su cometido, que dicha retirada no suponía ningún sacrificio para la República Española, sino que, en realidad, se veían en la necesidad de hacerla. Afortunadamente, el Gobierno sueco, a pesar de su proximidad ideológica a Hitler, mantuvo en secreto tal informe. En él se indicaba, con sorpresa, la avanzada edad de muchos de los brigadistas internacionales. En concreto especificaba que la mayoría de los suecos superaban, o se aproximaban, a los cuarenta años de edad. También que a veces eran castigados por asuntos nimios, y otras por graves indisciplinas. Muchos dijeron que habían sido acusados de espionaje o sabotaje, la mayoría quejándose de la injusticia de tales acusaciones, lo que parece muy razonable: es difícil pensar que nadie pueda alistarse como voluntario e ir a luchar a otro país para hacer de espía o saboteador, duplicando sus riesgos. A pesar de ello, de haber dejado 9.934 muertos en suelo español, donde se quedaron eternamente sus huesos, sufrir 7.686 desaparecidos, capturados (fusilados sin juicio ni figurar en ninguna relación con sus nombres) o fugitivos, y 37.541 heridos, más de la mitad, aunque participaron en tales actos de despedida, solicitaron la nacionalidad española, lo que les fue aceptado, siguieron en España, y se alistaron voluntariamente en el ejército popular, por lo que fueron remitidos de nuevo al Frente.

 

Otro acto más de heroísmo sin límites, cuando las esperanzas de victoria se habían desvanecido por completo, cuando sólo cabía esperar un retraso en la derrota, el cambio de perspectiva de las “democracias occidentales”, o una rendición negociada, que les diera opción a salir del país antes de caer en manos de los inmisericordes fascistas. Aunque también debió pesar en su decisión que, en su tierra, les aguardaba la policía secreta para reprimirlos, castigarles por su osadía, por ayudar a un país democrático, no a una revolución en marcha, en ningún caso en contra de la voluntad popular mayoritaria, que se oponía a un golpe de Estado, a una sedición militar, fascista. Y no sólo en Alemania, Italia, Hungría u otras dictaduras europeas o iberoamericanas. El Federal Boureau of Investigation se lanzó contra los que regresaron a Estados Unidos. A la mayoría de ellos les fue muy difícil volver a encontrar trabajo. Cuando la “caza de brujas” del senador Mac Carthy, la Brigada Internacional “Lincoln” fue perseguida, y algunos de sus miembros encarcelados. Otros alcanzaron gran renombre, como Pietro Nenni, que sería Ministro de Asuntos Exteriores en Italia. Luigi Longo, vicepresidente del Partido Comunista Italiano. Charles Tillon, Ministro del Aire en Francia, tras la IIª Guerra Mundial. André Malraux, Ministro de Cultura con De Gaulle. Rol-Tanguy, héroe de la resistencia francesa. Enver Hodja, Presidente de la República de Albania. Walter Ulbricht, Presidente de la República Democrática Alemana. Josip Broz, apodado “Titus”, Presidente de la República Federativa de Yugoeslavia. Erno Gerö, apodado “Pedro”, Ministro de Comunicación de Hungría. O Ladislas Rjak, Ministro del Interior de dicho país. Y muchísimos más.

 

Los dirigentes comunistas españoles expresarían, pasada la guerra civil, que muchas veces se habían opuesto a las decisiones de Stalin, y que negaban que sus métodos pudiesen emplearse sin un dominio absoluto del ejército, la policía, el poder legislativo y los medios de comunicación. Se quejaron de que los asesores soviéticos tratasen de utilizarlos, de modo incoherente con la política de la KOMINTERN de hacerse aceptable por las democracias burguesas. Desde esa perspectiva, se supone que sería un alivio para ellos verles abandonar España. Sin embargo no se ha podido demostrar ningún caso concreto de dicha oposición. Y no parece creíble que los stalinistas no dejasen registro de ello, lo ocultaran a Moscú, sabiendo los riesgos que ello conllevaba, y el servilismo rastrero, acusica, murmurador, que muchos de sus adeptos utilizaban para medrar. Aquel mes se había deshecho el Frente Popular francés. La República Española no podía tener más esperanzas de reapertura de la frontera, de conseguir armamento a través de los Pirineos. Bélgica se había retirado del Comité de No Intervención: un elemento honrado menos, y menores posibilidades que se tomase alguna decisión imparcial, favorable al bando legítimo, democrático, en la guerra “civil” española. El 31 de octubre R.C. Shrine Stevenson escribió una carta a lord Halifax, en la que le comentaba una cena que había mantenido con Negrín. En ella mantuvo que su actitud hacia el PCE era consecuencia de la necesidad, por ser la más organizada de las fuerzas políticas al principio de la guerra, y porque seguían siendo el más entusiasta y  enérgico apoyo al Gobierno. Afirmó que el comunismo no era una ideología adecuada para los españoles. Y que el Gobierno, con su política y sus objetivos había demostrado que no le profería ninguna simpatía. Que si Francia e Inglaterra le suministraban cuanto precisaba, en una semana lo suprimiría. Con ello confirmaba que la política británica era la correcta.

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La batalla del Ebro

 

Es falso que la fuerza aérea de la República no hiciese nada por defender a sus tropas. Para entonces, en pleno verano, ya los muertos apestaban. La aviación franquista atacó una concentración de heridos republicanos evacuados de primera línea, causando estragos. También bombardeaban la intendencia e incluso los pozos de tirador de la infantería. Una nueva táctica que había dado tan buenos resultados en las sierras valencianas. Todo ello significaba que estaban sobrados, que no necesitaban concentrar sus ataques aéreos contra primera línea, los tanques o la artillería. Las balas disparadas por los aviones, debido a su prolongado y diáfano trayecto, podían visualizarse por sus estelas rojas, como si se desplazaran lentamente. Así lo describe el brigadista Edwin Rolfe, para el que, aquel fin de mes, fue el día más largo de su vida, en el que todos oyeron el silbido de las balas sobre sus cabezas. La Legión Cóndor informó a Berlín que, en la última quincena del mes, habían computado 76 aviones republicanos destruidos, a los que había que añadir otros 9 menos probables. De modo que la batalla del Ebro les iba a permitir a los franquistas acabar con la reserva aérea republicana. Tanto el General Rojo como Modesto y Tagüeña consideraban que habían conseguido una victoria, logrando la suspensión de los avances franquistas en Valencia y Extremadura. Interpretaban que, con ello, la opinión internacional iba a cambiar, así como la moral de resistencia republicana. No comprendían que sólo habían trasladado el escenario de los enfrentamientos, desde las posiciones defensivas de Valencia, donde los franquistas habían perdido (junto con las batallas de Teruel) una gran cantidad de hombres de las unidades más eficaces, en una proporción que no estaban en condiciones de mantener, hasta la reconquista de la iniciativa estratégica, mediante un ataque cuyo coste iba a resultar suicida.

 

Nuevamente la pérdida de tiempo en acabar con las bolsas de resistencia impedían a los republicanos conseguir lo objetivos principales. Que, en este caso, no podía ser otro que unir ambas zonas republicanas. Si esto no se lograba era indiferente avanzar unos kmtrs. más o menos. Se había reconquistado una tierra baldía, deshabitada, estéril, sin valor agrícola, económico ni estratégico. Sin árboles siquiera. Al precio de 12.000 hombres de las mejores unidades. La 42 División consiguió reconquistar Fayón y toda la orilla Oeste del Ebro de sus alrededores, excepto el tramo más próximo al ferrocarril, en una ensenada que prolonga y dificulta el cruce. Este era, entre el Sur de Mequinenza y el de Benifallet, el único punto de contacto con el río que queda en poder de los franquistas. El 1 de agosto la situación cambia por completo: Modesto se da cuenta, tarde, que es imposible continuar la progresión, y el Ejército del Ebro luchará, desde entonces, a la defensiva. Yagüe había logrado contener a los republicanos, dando tiempo a que le llegue la primera de las ocho Divisiones que le han enviado como refuerzo. Según la Legión Cóndor el 4 de agosto se alcanzaron 37º a la sombra, y 57 al sol. Por las noches tampoco refrescaba. Los republicanos no habían podido cavar trincheras, por lo que se parapetaban con piedras y lajas de pizarra. Terminarían comprobando que, con ello, preparaban su propia metralla para redoblar los efectos de los cañones franquistas. Para Negrín, recruzar el río sería interpretado como una nueva derrota por las potencias europeas. Así que, en vez de ello, ordenó que se enviasen más fuerzas al otro lado. Tagüeña describió perfectamente la situación. Claro que lo hizo más tarde, en su libro “Testimonio de dos guerras”, cuando ya podía haber reflexionado, incluso oído y leído otros análisis. Pero no lo hizo en su momento.

 

A los franquistas les habría bastado haber mantenido una presión constante, la suficiente para inmovilizar a los republicanos en sus posiciones, impedirles recruzar el río (yo añadiría desembalsando de nuevo agua, si es que aún disponía de reservas suficientes o en la parte que se hubiese podido recuperar, provocando una nueva crecida del río, para dificultar su repase) mientras enviaba el empuje principal de sus tropas, cruzando el Segre, hacia el eje Lérida-Barcelona, en cuyo caso se habrían encontrado sin resistencia posible. Pero no lo hizo. Franco se obstinó en machacar al Ejército del Ebro, en lugar de rodearlo, embolsarlo. El franquista Ramón Salas Larrazábal, en su “Historia del Ejército Popular de la República”, publicado en 1973, cuando Franco aún estaba vivo, aunque su poder declinaba irremisiblemente, se atrevió a calificar tal hecho como ciega lucha de carneros. Aunque, con ello, culpa a ambas partes, cuando fue Franco el que escogió dicha respuesta, el que, en ese momento, podía decidir. Al analizar la orden de detener la ofensiva en Lérida, en el mes de abril de 1938, en lugar de proseguir hacia Barcelona, desviando fuerzas hacia Valencia, ya expuse todas las posibles explicaciones, y las dudas sobre ellas. Exactamente las mismas son aplicables a la batalla del Ebro. En este caso, tras el fracaso militar del ataque en dirección a Valencia, lo que había dado confianza, ánimo y tiempo al ejército republicano para reponerse de la catástrofe de Aragón, la escasamente productiva ampliación de la franja de seguridad en Teruel, parecería más justificado considerar como incapacidad estratégica de Franco esta nueva situación. Para no repetir todo el análisis, sólo me voy a centrar en lo que la mayoría de los historiadores actuales coinciden: a Franco no le interesaba (si es que podía) hacer demostraciones de sagacidad, de brillantez, militar.

 

Su objetivo era la aniquilación, el exterminio, en todo caso el exilio, de toda posible oposición. No luchaba por sustituir al Gobierno, ni siquiera a la República por la monarquía, sino por instaurar su dictadura personal. Y, para ello, buscaba una sangría, rehacer la obra de la Inquisición de Herejes, expulsar del país, o del mundo, de la vida, a los que no le fueran obedientes. Con tal perspectiva ¿para qué quería embolsar al Ejército del Ebro? ¿Para tener que fusilarlos después? Eso podía acarrearle contratiempos en sus relaciones diplomáticas posteriores. Franco era un pragmático. En realidad no tenía ideales: se aprovechaba de ellos. Nunca fue leal a nada ni a nadie. Cambió de bando cada vez que le pareció de su exclusivo interés. En aquella etapa no tenía intención de vincularse irremisiblemente a quienes había sido sus aliados hasta entonces, a quienes le habían llevado al mando supremo y a la antesala de la victoria, a alemanes e italianos. Y al Papa, a británicos y a franceses les podía remover la conciencia, caso de que la tuviesen, que se dedicara a exterminar a los vencidos. La guerra, antes de que se rindiesen, era la perfecta oportunidad, ocasión y justificación para hacerlo. Y el cruce del Ebro se las brindaba en bandeja. La ensenada de Fayón dividía la zona reconquistada por los republicanos en dos áreas, como ya se ha indicado. Franco concentró las fuerzas en el contraataque al área menor, la situada entre dicha población y Mequinenza. Allí sólo estaba la 42 División republicana, difícilmente podía ser reforzada, era donde mas fácilmente podía emplearse la aviación franquista, y más lejos quedaban los aeropuertos de la fuerza aérea de la República y con más riesgo y debilidad podía acudir la misma a la zona. Su estrechez impedía ninguna maniobra adecuada de carros de combate o artillería de los que ahora habían pasado a la defensiva. Además, por haber sido la última zona en tomar, la fortificación estaría en sus inicios.

 

Como de costumbre, a Franco le gustaba apostar sobre seguro, jugar con las cartas marcadas. El 5 de agosto Negrín reunió al Consejo de Ministros. Planteó 58 condenas a muerte dictadas por los tribunales de guardia que debían confirmar. El borrador de un decreto de militarización de la industria de guerra de Cataluña, que quedarían a cargo de la Subsecretaría de Armamento. La creación de un tribunal en Barcelona, dependiente directamente del Ministerio de Justicia, para los delitos de contrabando y evasión de capitales. Y la militarización de los tribunales de urgencia. Cinco Ministros se opusieron a todo esto. Particularmente Irujo se negó a dar el “enterado” a las sentencias de muertes dictadas por los tribunales, lo que aprovecho para denunciar agriamente los excesos del Servicio de Inteligencia Militar. Negrín le respondió que había ordenado que no se repitiesen las torturas, garantizando que se castigarían las responsabilidades que hubiesen. Izquierda Republicana de Cataluña se opuso a más medidas centralistas contra Cataluña. La segunda etapa de la batalla del Ebro se inició el 6 de agosto. En sólo dos días la Legión Cóndor ejecutó cuarenta misiones sobre dicha área, lanzando 50 toneladas de explosivos. Von Richthofen anotó en su diario de operaciones que las pérdidas de “los rojos” eran muy elevadas. Tal etapa duró hasta el 10 de agosto, en que los franquistas forzaron a los republicanos a recruzar el Ebro. No se desembalsó más agua. Puede que los pantanos no se hubiesen recuperado, que no quedara más reserva. O que Franco desease estimular a la retirada, no embolsarlos. Si el éxito de la República había sido exclusivamente propagandístico, de cara a conseguir simpatías y apoyos de los Gobiernos extranjeros, y elevar la moral de sus conciudadanos, en sólo cuatro días Franco había conseguido acabar con todos aquellos argumentos.

 

Ni siquiera la ilusión de una mejor perspectiva para negociar una paz. Con ello todos los muertos, todos los sacrificios, de los soldados republicanos, ofrendados en aquella estrategia, aparecían como inútiles. Un análisis más profundo debería concluir que fueron negativos, porque debilitaban la posibilidad futura de resistencia. El día 11 de agosto comenzó la tercera etapa de a batalla del Ebro. Los franquistas no se dirigieron a asegurar las principales poblaciones que habían sido atacadas, que podían estar en riesgo de sufrir nuevos asaltos, sino contra la sierra de Pàndols. Se podría justificar que pretendiesen utilizarla para emplazar la artillería, con amplio campo de acción y visualización de objetivos. O para impedir que la usaran, con el mismo fin, el ejército republicano. En este caso sí cabe considerarlo un error. La defendía la 11 División, aguantando temperaturas de 35º y mal abastecida de alimentos y, sobretodo, de agua. Era una situación similar a la de Brunete, de un año antes. Quizás los franquistas estaban al tanto de todo ello, y consideraron que era la oportunidad de acabar, definitivamente, con esta legendaria unidad. Durante los sanguinarios combates los cañones de las ametralladoras se ponían al rojo. Los republicanos orinaban sobre ellos para enfriarlos. El bombardeo de cañones y aviación era incesante, impidiendo a los defensores realizar trabajos de fortificación. La roca dura impedía cavar trincheras ni pozos de tirador. O que hubiese árboles o matorrales tras los que se pudieran esconder. La continua refriega no dejaba enterrar a los muertos de ninguno de los dos bandos. Sin embargo las tropas de Líster resistieron. Nadie podría dudar de su bravura, tantas veces demostrada. Las malas lenguas lo achacan a que había demostrado que no dudaba en fusilar a quien abandonase su puesto. Hay que recordar que, en Amposta, durante la estampida republicana en el Frente de Aragón, se negó a llevar a sus hombres a primera línea, alegando que estaban agotados.

 

Un acto de indisciplina que, a mi entender, prueba su objetividad, cuando era necesario, porque, en tal situación, no creo que obedeciese a objetivos políticos, ya que el riesgo de catástrofe era palpable. El PCE, en su Historia Oficial, achaca tal valentía a la magnífica labor realizada por sus comisarios políticos. Institución que Largo Caballero y Prieto se habían empeñado en hacer desaparecer. O, al menos, y hasta el propio Negrín, estaban consiguiendo sustituir a sus miembros, acabando con la ascendencia de los comunistas en el ejército. Dicha Historia Oficial cita la labor de Santiago Alvarez, Luís Delage, Matas, Farré, entre otros. Mientras tanto Negrí había reunido de nuevo al Gobierno. Ayguadé presentó su dimisión, como repulsa por lo que consideraba violación del Estatuto de Autonomía de Cataluña. Manuel de Irujo, Ministro de Justicia de la República, disconforme con los juicios ilegales y el comportamiento poco ético del Servicio de Inteligencia Militar, le secundó, dimitiendo también. Para los comunistas formaba parte de un intento de derribar al Presidente del Gobierno. Sus periódicos lo tildaron de una confabulación separatista. Sin embargo, ni Azaña ni Negrín estaban dispuestos a renunciar a él, representante de los nacionalistas vascos y bien integrado en el Gobierno y, sobretodo, con la línea política mantenida por ambos, aunque en muchos casos divergiese. Consiguieron que Irujo permaneciese en él, aunque como Ministro sin cartera. Las sentencias de muerte se ejecutaron sin pasar comunicación al Presidente de la República. El 13 de agosto, sobre el Ebro, se libró una impresionante batalla aérea.

 

Aunque los bombarderos “pesados”, los He-111 de la Legión Cóndor, y los Ju-52, ya obsoletos para tales misiones, que los alemanes habían traspasado a la Brigada Aérea Hispana, para que fuesen los españoles los que soportasen las muertes por sus derribos, continuaban atacando los puentes, la aviación táctica volvió al ataque a las tropas: o habían desesperado de acabar con los recursos de los zapadores republicanos en su reconstrucción, o el objetivo de impedir la llegada de refuerzos había dejado de ser prioritario sobre el de machacar a los ahora defensores del terreno. Si a últimos de julio la República había acumulado una leve ventaja numérica, aunque la calidad de aviones de nuevo diseño que los alemanes habían puesto sobre el tapete les daba la superioridad, ahora los franquistas duplican las unidades que tenía concentradas en la zona. Tal como ya habían analizado los militares alemanes, la sorprendente velocidad de los Bf-109, para la época, conllevaba el problema de su escasa maniobrabilidad, lo que se demostraría un problema, otro más, durante la batalla de Inglaterra, sólo dos años después. Mientras que la lucha se mantenía a cierta distancia, la ventaja estaba del lado de los más pesados armamentos y corazas. Pero, cuando aquella se fajaba, ésta desaparecía, porque cualquier bala podía encontrar un punto vulnerable. Para superar dicha dificultad, en la batalla del Ebro, volvieron a replantear la táctica de ataque por parejas, ya experimentada durante la Iª Guerra Mundial. Consiste en que un piloto, generalmente el más avezado, se lanzaba contra sus enemigos, mientras que un compañero, normalmente el más bisoño, defendía su cola y remataba los objetivos que el primero debiese abandonar en sus evoluciones tácticas. Era algo que precisaba gran dominio, templanza, control de los nervios, y confianza mutua en cada pareja. Un prolongadísimo entrenamiento y experiencia.

 

Era más fácil si se contaba con superioridad numérica en cada combate, puesto que, si sólo atacaban la mitad de los aviones, el enemigo podía concentrar su fuego o maniobrar libremente. En todo caso era una táctica arriesgada. Si había alguna duda de ello pudo comprobarlo el mítico García Morato, que fue derribado, por primera vez, por uno de sus compañeros. Azaña escribió en su diario que Tarradellas le había informado sobre los 58 fusilamientos, del día anterior, a lo que Irujo aportó más datos. Que era algo horrible, que le indignó, porque sólo 8 días antes había pronunciado su discurso sobre piedad y perdón. Quizás Negrín, que se había dirigido a supervisar el Frente, pretendía con tales fusilamientos impedir o demorar los contactos de los que buscaban una posible negociación de paz con los franquistas, hasta no conseguir mayores victorias militares. “La Vanguardia” editó un artículo en el que alertaba que podía estar tramándose un golpe de Estado para imponer un Consejo de Ministros derrotista, que negociasen la paz con los franquistas. Se sospecha que dicho artículo pudo haber sido instigado por el propio Presidente del Gobierno, que se había quitado de en medio para que no le implicasen. Se hizo público el rumor de crisis de Gobierno. Los comunistas pidieron a sus soldados en el Frente que enviasen telegramas de apoyo a Negrín. El 14 de agosto “Frente Rojo” publicó que, a pesar de todas las maniobras, trabajadores, combatientes, todo el pueblo, seguía apoyando al Gobierno y a su Presidente. Un desfile paseó por Barcelona varios tanques, al mando del comunista José Del Barrio, del XVIII Cuerpo de Ejército, mientras sobrevolaba la ciudad, a baja altura, una escuadrilla de aviones. La gente se preguntaba si no era mejor lugar para ello el Frente del Ebro, donde se estaban perdiendo tantas vidas. Los liberales y los socialistas moderados, que habían apoyado a Negrín, se sintieron sumamente incomodados.

 

Prieto se atrevió a decir que dicha demostración de fuerza pretendía intimidar al Consejo de Ministros, imponerle su voluntad. Companys estaba reunido, en su residencia, con Tarradellas, Bosch Gimpera y otros, cuando se presentó Negrín. Al parecer le dijo que estaba cansado, que quería dimitir, y trató de convencerle para que lo sustituyera. Companys ya había criticado brutalmente a Negrín ante Azaña, y le había propuesto su sustitución por el General Miaja. Sin embargo, en aquel momento, intentó convencerlo de que siguiera al frente del Consejo de Ministros, aprovechando para hacerle ver la necesidad de superar dialogadamente las diferencias entre los gobiernos central y autonómico. Posiblemente Negrín trataba de forzar a Companys a enseñar sus cartas, y éste, a veces impulsivo, a veces titubeante, ya había considerado que, en medio de la batalla del Ebro, enfrentarse al tándem formado por el Presidente del Gobierno y los comunistas podría paralizar la ofensiva. Quizás era esto lo que Negrín pretendía hacer ver. Según Rafael Méndez Martínez, catedrático de Farmacología de Sevilla, entonces Subsecretario de Gobernación, ya en julio le había comentado que sólo había una nación, ¡España!, que la guerra contra Franco era por España y para España, no para que rebrotase un separatismo estúpido y pueblerino. De ser cierta dicha manifestación, había recorrido un largo camino desde sus simpatías por el autonomismo canario y el federalismo del PSOE, de su juventud. Al parecer Companys se rendía a la evidencia. Sin embargo todo esto resulta contradictorio con lo que Azaña escribió en su diario ese día, según lo cual Companys le había comentado que Negrín le dijo que era un salvaje, que necesitaba las manos libres para hacer su voluntad, otra mujer cada diez días. No parece la actitud de alguien que pretende presentarse como cansado, justificando su dimisión. Tal vez se refería a una conversación anterior, en un ambiente más distendido, amigable, trivial, bromista.

 

El 16 de agosto los Presidentes de la República y del Gobierno se entrevistaron. Negrín le mostró al primero, aireándolos, blandiéndolos, los telegramas de los mandos militares mostrándole su apoyo, lo que podría interpretarse como una amenaza, si se partía de la base de suponer una vía no constitucional para mantenerse en el poder. O un deseo de arrojarlo del mismo. En tal ambiente, evitando dar pie a que el Presidente de la República pudiese interpretarlo como crisis de Gobierno, darle opción a que le cesara, decidió sustituir a los dimitidos Ayguadé por Josep Moix, del Partido Socialista Unificado de Cataluña, y a Irujo por Tomás Bilbao, de Acción Nacionalista Vasca. A continuación se fue a Zurich, a un congreso internacional de fisiología y medicina. Recordemos que Negrín era doctor en medicina y fisiología, había dirigido el Laboratorio de Fisiología General, desempeñó la misma cátedra de Fisiología que Ramón y Cajal, y dirigió a Severo Ochoa para que se centrase en el estudio de las proteínas y sus reacciones fisiológicas, lo que le llevaría por el sendero de investigar su síntesis celular, hacia los ácidos nucleicos. Es posible que tratara de quitarse de en medio, para evitar que Azaña le pidiese explicaciones, que tratara de forzarle a presentar la dimisión del Gobierno en pleno, plantear una crisis, dejarle las manos libres para intentar sustituirlo. Según éste anotó en su diario, el auténtico motivo era entrevistarse en secreto con alemanes pro-franquistas, entre ellos el conde Welczeck, embajador hitleriano en Francia. Hay quien supone que el intermediario fue el duque de Alba. No hay ninguna prueba de nada de ello. Ningún otro registro ni reacción. Lo cierto es que la preocupación internacional no era la democracia española, que se consideraba ya aniquilada por Franco, o a punto de serlo, sin ningún interés ni capacidad para impedirlo.

 

Tampoco importaba la supervivencia de la democracia checoslovaca, sino la posibilidad de una guerra inminente por tal motivo, la preparación y conveniencia de las potencias occidentales para afrontar tal riesgo. El inmenso sacrificio de españoles a orillas del Ebro, montado especialmente para llamar su atención, estaba siendo ignorado, despreciado, por dichas potencias. Desde que el Comité de No Intervención, tras las diversas “rebajas”, llegó al acuerdo del 5 de julio sobre la salida de tropas extranjeras de España, seguía sin responder. Es cierto que tampoco se sentía acuciado, ni tenía ninguna prisa. La República, en cambio, veía en ello un gran alivio. Analizaba, erróneamente, que, a cambio de renunciar a unos 10.000 voluntarios extranjeros, que habían firmado un compromiso por 6 meses, y que muchos de ellos ya llevaban dos años combatiendo, sin ver a sus familias, desmoralizados por los castigos colectivos y represiones, convencidos de que no iban a salir vivos de España y que la República se enfrentaba al desastre, podía conseguir que 200.000 efectivos franquistas, sus mejores tropas y armamento, abandonara el país. La República volvería a contar con ventaja numérica, ahora con soldados y oficiales experimentados y disciplinados. Si los nazi-fascistas retiraban sus zarpas de España igualmente permitirían que los buques soviéticos arribasen a sus puertos. Por lo que podrían encontrarse con superioridad armamentística. El cuento de la lechera.

 

Así, aunque no se estaba de acuerdo con que se considerase a los franquistas como parte beligerante, lo cual implicaba la libertad para comprar armas en cualquier mercado (lo cierto es que no había tenido ninguna restricción en hacerlo, ni siquiera por su falta de garantías, de solvencia para el crédito, sin precisar de dicho reconocimiento) el 26 de julio se aceptó el plan, aunque llamando la atención sobre la distinta cuantía de los combatientes extranjeros implicados en ambos bandos, la injusticia del bloqueo marítimo, que afectaba a los cuatro puertos principales republicanos, pero no a los tomados por Franco, y la falta de control aéreo, ya que Alemania e Italia podía enviar a sus aviones sin escalas en terceros países, y la URSA no. Así que Franco consultó a sus aliados sobre la conveniencia de dar una respuesta. Estos le recomendaron que asintiera a dicho acuerdo, pero que hiciese todo lo posible por retrasar su aplicación. Así lo hizo, poniendo dos condiciones: la declaración de parte beligerante debía ser previa a la retirada de 10.000 combatientes extranjeros, cifra mínima para los británicos, igual para ambos bandos. Si tenía intención de cumplir el acuerdo ¿por qué pedía la contraprestación por adelantado? Lo cierto es que las expectativas republicanas de sacar ninguna ventaja del mismo se venían abajo. El 18 de agosto los franquistas volvieron a desembalsar agua de las presas del Segre: ahora a Franco ya no le interesaba que los republicanos acumulasen refuerzos, ya no veía la victoria tan fácil. Los puentes de Flix, Móra d’Ebre y Ginestar fueron arrastrado por el cauce, que subió tres metros y medio sobre el nivel normal. El 19 de agosto, los que quedaban fueron bombardeados por los He-111, mientras los Flack 88 cañoneaban a la infantería y los bombarderos en picado alemanes se empleaban contra la artillería republicana, preparando el asalto de seis Divisiones más una Brigada de caballería.

 La aviación republicana no conseguía causar daños a la aviación alemana, pero los Bf-109 se apuntaron el derribo de 4 “Ratas”, como llamaban a los Po-16. En dicha escuadrilla participó el Teniente Werner Mölders, uno de los grandes ases del aire de la IIª Guerra Mundial, el primer alemán al que se le reconocieron cien victorias. En España consiguió 14: más que ningún otro piloto franquista. El 20 de agosto, el General Berti comunicó a Franco que Mussolini le enviaría más “voluntarios”, sobre los 40.000 que ya tenía en España, más todo el material de guerra que necesitara, si accedía a que los militares italianos participaran en la dirección de la guerra. Indudablemente estaba nervioso por la estrategia empleada por Franco, y cómo podía afectar al Gobierno británico y al “pacto de Pascua firmado” con él. Pero Franco, ejerciendo, como siempre, de gallego, ni aceptó ni rechazó la oferta: simplemente se mostró confiado en los acontecimientos y aprovechó, como siempre, para pedir más armamento. El contraataque de Yagüe se realizó tomando el alto de Gaeta, en Villalva dels Arcs, aproximadamente en el centro del meandro reconquistado por los republicanos. La aviación franquista bombardeó a los republicanos con octavillas, recomendándoles su rendición. Pero las últimas pasadas les arrojaron una atroz lluvia de bombas pesadas. Tras cinco días de bombardeo las tropas de Yagüe atacaron las posiciones republicanas. Para entonces ya habían conseguido atrincherarse, protegiéndose de las bombas y resistiendo los asaltos. El 26 de agosto Modesto fue ascendido a Coronel: era el primer miliciano que conseguía tal graduación. El Frente se había estacionado. Lo visitaron Ernest Hemingway, Herbert Matthews, Robert Capa y muchos periodistas.

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Ofensivas franquistas en Levante y segunda en Extremadura

 

Comoquiera que dicho cargo, hasta entonces, era puramente honorífico, reservado para los reyes, como mandos supremos del ejército, Antony Beevor, en su libro “La Guerra Civil Española”, subraya que esto lo situaba más cerca de ceñir la corona de lo que habían estado Godoy o Espartero. Efectivamente, estos dos Generalísimos “sólo” habían llegado al máximo escalafón efectivo en el ejército español: el de Tenientegeneral. Sin embargo se le olvida citar a un tercer Generalísimo, que tampoco excedió de tal rango: Castaños, el triunfador de Bailén, con más méritos militares que los dos anteriores, aunque conseguidos en una irrepetible batalla. Si bien era menos activo, tal vez por su avanzada edad, menos ambicioso y dado a las intrigas, y nada interesado por la actividad política, salvo la de tomar opción en contra del rey en el que había abdicado el titular dinástico, y a favor de la determinación popular y de la intelectualidad proclive al liberalismo.

 

Como fin de fiesta, aquel 18 de julio, IIª año triunfal, como se obligaba a indicar en el fechado y dirección de cartas, sellado oficial, inclusive los matasellos de correos, fechas de las publicaciones periódicas o de los documentos oficiales, en Burgos tuvieron que escuchar un discurso del recién “ascendido” (“exaltado”) que denunciaba la confabulación de la Rusia atea contra la católica España, relacionaba los crímenes cometidos por “los rojos” y anunciaba el triunfo de la “cruzada militar y monástica”, lo cual impelía “a todos los españoles a cultivar el deber de la memoria” (ahora que se ha vuelto la tortilla, por lo menos respecto al retorno de la democracia, los que defienden el terrorismo de los crímenes franquistas se niegan a que se recuerden tales hechos, a que exista memoria, los asesinados reposen en cristiana sepultura, se les rinda el homenaje que merecen, y los supervivientes o sus herederos perciban la correspondiente compensación por los bienes y derechos arrebatados, y como víctimas de una banda organizada de terroristas) que la dura lección no podía perderse, y los créditos de la generosidad cristiana, que no tiene límites para los engañados y para los que arrepentidos fuesen de buena fe a su campo, no rebasarán los límites de la prudencia ni permitirían infiltrarse a su lado a los recalcitrantes enemigos de la patria, que la salud de ésta, como la de los cuerpos, necesitaba de cuarentenas para los que procedan del campo apestado. Un “argumentarlo” puramente medieval, inquisitorial ¡Qué distinta visión! ¡Qué distintas ofertas, compromisos, para el futuro, de ambos discursos, pronunciados el mismo día! ¿Basta la diferente perspectiva respecto de la victoria para explicar tal divergencia? A continuación los franquistas se concentraron en un ataque hacia Viver, en un Frente de unos 20 kmtrs., durante diez días.

 

Entre el 20 y el 23 de julio, soportando un calor abrasador, enviaron continuas oleadas de infantería y cerrados bombardeos aéreos, que cubrían el cielo de espesas nubes de humo oscuro, formadas por los incendios. Sin embargo los defensores resistieron. Para el General Rojo se había alcanzado el mismo heroísmo que en Madrid. Al haber retenido el ataque hacia Cataluña, Franco dio a la República tiempo para formar un nuevo Ejército, dando una mínima formación militar a los nuevos movilizados, distribuyendo las nuevas armas adquiridas y entrenándolos en su uso. El avance franquista se detuvo en la línea de Barracas a Nules, pasando por Viver, Caudiel y Eslida. A pesar de que se trataba de una batalla planteada como defensiva por los republicanos, y que en ella se cedió terreno, el resultado fue, militarmente, más consistente que el de Guadalajara: los franquistas soportaron 20.000 bajas frente a 5.000 de los republicanos. En tales circunstancias, efectivamente, resistir era vencer. No obstante no era una buena proporción: en el asalto a posiciones defensivas se considera militarmente aceptable unas bajas de cinco a uno. Sin embargo la República no extrajo las adecuadas enseñanzas de ello: al poco se iba a embarcar en la más costosa y última ofensiva. Es posible que el deslenguado Queipo De Llano también criticase la decisión de Franco de parar la ofensiva contra Barcelona. En realidad criticaba a Franco continuamente. Lo consideraba su rival. La llamaba Paca la culona. Y todo el mundo lo sabía. Quizás por ello éste le diese una oportunidad de fracasar. O, al menos, para que se distrajese un poco y dejase de sembrar cizaña. Había analizado que existía un saliente republicano en Madrigalejo, al otro lado del Guadiana, hacia la frontera portuguesa.

 

En realidad esta era la posición sobre la que Largo Caballero pretendía su frustrada ofensiva extremeña. Aunque Prieto, su rival, cuando se hizo cargo del Ministerio de Defensa, comentó que no había recibido ni un solo documento que demostrase que dicha ofensiva estaba en algo más que en el mundo de las ideas. Ahora, cuando el eje de la confrontación no estaba en Madrid, era un momento adecuado para detener las ofensivas franquistas, en Valencia y en Teruel, contraatacando en la otra punta. Además, parecería una respuesta lógica, romper en dos la zona franquista igual que Franco había hecho con la zona republicana. Queipo De Llano llevaba tiempo reclamando tropas y material para esta acción. Franco no podía negarse, puesto que era notorio que había conseguido la superioridad numérica. Y que, desde mediados de abril, no sacaba el adecuado provecho de ella. Así que dio a Queipo De Llano una parte de lo que le reclamaba, 5 Divisiones, la Brigada de Caballería y el Destacamento de Maniobra, y lo lanzó a la acción. Tal vez esperaba que se negase a cumplir las órdenes, en tales circunstancias, con lo que podría acabar con él para siempre. Pero Queipo De Llano se consideraba una especie de reencarnación de Alejandro Magno. Así que el 20 de julio inició el ataque. Cogió a los republicanos completamente por sorpresa, en un frente que llevaba más de un año en la quietud, sin preparación ni armamento adecuado. Tampoco se movilizaron refuerzos, en un lugar tan inesperado, con la rapidez requerida. El Coronel Campos informó al General Yagüe que sus fuerzas habían detectado preparativos republicanos para cruzar el Ebro. El reconocimiento aéreo lo confirmó. Sin embargo lo consideraron poco inminente, ya que creían que los republicanos no habían podido sobreponerse a la derrota en Aragón y que el Ebro era un accidente de ancho cauce. El 23 de julio Queipo De Llano tomó Castuera.

 

El 24 Don Benito y Villanueva de la Serena, acabando con el saliente republicano. Sin embargo el avance quedó detenido, ya que el 25 de julio el ejército de la República cruzó el Ebro. En sólo cinco días Queipo De Llano había conseguido conectar, en Campanario, con las tropas del Ejército del Centro. Negrín tuvo que aceptar que sus intentos de conseguir una paz negociada habían sido baldíos. Así que concluyó, junto con el PCE, que, una vez conseguida la apertura de la frontera francesa, había que conseguir una gran conmoción internacional, que hiciese reconsiderar las implicaciones de la guerra en España. Y que ello precisaba retomar la iniciativa estratégica, mediante una gran ofensiva que pudiese tacharse de heroicidad. Los comunistas habían criticado la cortedad de miras de otras acciones, así que ahora, cuando ya casi no quedaba ni material ni tropas experimentadas, se encontraban obligados a asumir un ataque de gran envergadura, intensidad y duración, que penetrase profundamente en las líneas enemigas. Algo que pudiese interpretarse internacionalmente como una auténtica victoria. Que hiciese ver que la República aún no estaba vencida, que merecía que se le prestase ayuda. Mientras tanto Hitler había movilizado sus tropas, como amenazaba para que le entregasen los Sudetes, de grado o por la fuerza. Mejor con ella, porque así serviría de entrenamiento para sus soldados y mostraría al mundo sus posibilidades. De manera que los republicanos lo consideraron un buen augurio, la oportunidad de demostrar que era posible la derrota de los nazi-fascistas. En todo caso podría forzar o mejorar las condiciones de cara a un nuevo intento de negociar la paz. El objetivo militar, completamente esperable, debía ser unir, de nuevo, ambas zonas republicanas, cortando el estrecho corredor que unía la zona franquista con Castellón.

 

Semejante planteamiento, militarmente irrefutable, justifica que Franco se esforzase por ampliar la anchura de dicho corredor, y no desviase tropas de allí ni de la cercana ofensiva en Valencia. Con ello consiguió evitar un movimiento de cizalla, convergente, por el Norte y por el Sur. Aunque no explica que detuviese el avance hacia Barcelona, que habría impedido completamente ningún intento de cruce del Ebro. Los objetivos republicanos no tenían fundamento en su experiencia en otras ofensivas, todas las cuales habían fracaso por la rapidez en llevar los mejores medios y tropas franquistas al Frente que los precisase. Y, especialmente, por su dominio del cielo. El simplista análisis del PCE respecto de las derrotas anteriores, le hacía suponer que, en este caso, con mejor organización, planeando un ataque en continuidad, mucho más ambicioso, el éxito estaba asegurado. Es decir, era un conjunto de supuestos erróneos. Cuando Europa no sabía cómo reaccionar ante la exigencia de Alemania sobre la línea fortificada de Checoslovaquia ¿por qué iba a prestar atención a una República que seguían considerando revolucionaria, partidaria de Stalin, y que, sobre el papel, ya estaba irremisiblemente derrotada? Franco, siguiendo las directrices del difunto Mola, había desenmascarado su participación en el pronunciamiento militar cuando ya se había demostrado consolidado, aunque no triunfante, asumiendo que no había marcha atrás ni pacto posible. Tenía dinero en Suiza y simpatías en Italia, Alemania, e incluso Gran Bretaña, como para vivir un exilio dorado si se viese obligado a ello. Y unos “socios” dispuestos a conquistar Europa, de los que podría esperar que le ayudasen a reconquistar España si lo precisase ¿Por qué iba a negociar?

 

El “cuñadísimo” Serrano Súñer, en “Saña”, escribió que el profesor Joaquín Garrigues se mostró partidario de una intermediación para terminar la guerra, por lo que Franco ordenó que fuese juzgado y condenado. Lo que más debería haber inquieta a los republicanos es que, si los planes no daban el resultado apetecido, todo se volvería del revés: peores condiciones para negociar, mayor abandono internacional, mayor desconfianza en la resistencia y más irrecuperable situación militar. Ya que no era esperable que mejorase el suministro de equipamientos. La esperanza de Negrín de continuar la resistencia hasta que estallase la IIª Guerra Mundial, obligando a posicionarse de uno u otro lado a toda Europa, se la estaba jugando a una sola baza. Japón intentaría hacer lo mismo en tres ocasiones: en los ataques contra el “Puerto de La Perla”, en inglés Pearl Harbor, contra el atolón de Midway (¿medio camino?) y contra el desembarco estadounidense en el Golfo de Leyte, en las islas Filipinas. Pero, en los tres casos, sus Almirantes se asustaron, les atenazó la responsabilidad, y no quisieron llevar la partida hasta el desenlace definitivo que se había planteado, abandonando la ofensiva antes de llegar a ello. Ni siquiera cuando éste fue, aparentemente, victorioso, como en Jonolulu, aunque, habiendo retirado Estados Unidos sus portaviones, perdido el factor sorpresa, nada podría asegurar la conquista del archipiélago de las Jauaii, si éstos regresaban sin haber sufrido ninguna merma en su capacidad combativa.

 

La Historia demostró que, salvo Gran Bretaña, escudada en su insularidad, su potencia naval, entonces la segunda del mundo y la primera del Atlántico, su poderío aéreo sobre su propio territorio, dado el escaso alcance de la aviación táctica alemana, que carecía de bombarderos de gran capacidad de carga ni aviación de caza de escolta, de gran radio de acción, ni portaviones, además del arma secreta del R.A.D.A.R., que permitía redirigir su fuerza aérea a donde fuese necesaria, y la Unión Soviética, con su inmenso territorio, población, capacidad productiva, y el arma secreta de sus formidables tanques T-34, ninguna otra nación pudo oponerse al nazi-fascismo. Claro que, entonces, no se sabía. La República no podía suponer que Francia, en aquella ocasión, no iba a resistir seis meses de ofensiva. Un sólo mes, desde que Hitler construyó suficiente número de Panzer III y camiones para el transporte de tropas y suministros, completando los prerrequisitos de la “guerra relámpago”, dejó la estrategia de las trincheras, a la expectativa, la llamada “guerra fantasma”, y se lanzó al ataque. Lo cierto es que el supuesto de resistencia europea era falso. Y también que la República podría alargar su resistencia hasta que estallara dicha guerra: era Hitler quien tenía la llave, el que decidía cuándo tensar la cuerda, romper la baraja, y, lógicamente, había que suponer que lo haría cuando más le interesase. En realidad había prometido a sus militares que no habría guerra durante diez años, hasta que los planes de rearme no se hubiesen completado. Si hubiese sido así, teniendo en cuenta las armas secretas que puso en escena, si la conquista de Polonia se hubiese demorado hasta 1943, su ventaja militar hubiese sido muy superior. Claro que también Estados Unidos estaría mucho más cerca de contar con armas de desintegración atómica.

 

La propia concepción táctica pasaba por alto un aspecto fundamental: cruzar el Ebro precisaba el control de su cauce, y, para ello, era necesario dominar los embalses de su cabecera, que estaban en manos de los franquistas. Reconquistarlos suponía una profunda infiltración en la retaguardia enemiga, en terreno muy abrupto, fácilmente defendible con escasas dotaciones de tropas. Actualmente se podría utilizar un lanzamiento paracaidista o transportes de asaltantes en helicópteros. Pero la República carecía de tales recursos. Además, no bastaba con tomar dichas presas, sino que había que mantener su posesión hasta que se contara con suficiente número de puentes seguros, sólidos, que no destruyese la aviación enemiga, para garantizar un repliegue si fuese necesario. Y tal dominio no podía garantizarse: aunque se tomaran los pantanos de cabecera, por lo ya comentado, no había forma de reforzarles o abastecerlos. El General Rojo daba mucho más peso al factor sorpresa, y un ataque de tal tipo acabaría con ella. Así que desistió de hacerlo. Con ello Franco contaba con el grifo para dominar el nivel de las aguas: podía favorecer el nuevo cruce del río, el repliegue de las tropas, o dificultarlo, dejando atrapadas las tropas comprometidas, según cómo le fuese en su contraofensiva. El ambicioso plan precisó que la República organizase el nuevo Ejército del Ebro. Negrín posiblemente sabía que se trataba de un intento casi suicida. Así que casi todos sus mandos fueron comunistas, como durante la batalla de Brunete. No podía confiar en nadie más, ni que más cumpliesen tal cometido, estuviesen tan comprometidos con el mismo. De modo que lo puso bajo el mando del Tenientecoronel Juan Modesto.

 

Lo formaban prácticamente todos los cañones de la República, unos 150, muy pocos, dadas las pérdidas en la retirada de Aragón, y algunos de ellos procedentes del siglo anterior, las Divisiones 11, al Este de Benissanet, la 45 y 46, al Este de Benifallet, agrupadas en el V Cuerpo de Ejército, a las órdenes del Tenientecoronel Enrique Líster, y las 3, entre Riba-roja d’Ebre y Flix, la 35 entre dicha población y Vinebre, y la 42, situada al Norte de Almatret, agrupadas en el XV Cuerpo de Ejército, de Manuel Tagüeña, joven comunista y físico de profesión. En la reserva estarían las Divisiones 16, posicionada más al Este, en el eje principal del ataque, y la 44, integradas en el XII Cuerpo de Ejército, del Tenientecoronel Etelvino Vega. Además estaba la XIV Brigada Internacional, situada al Norte de Amposta. En total unos cien mil combatientes, más tanques, vehículos acorazados, varios Batallones de Ingenieros Militares, a los que se les encomendaba un papel primordial, y parte de la aviación de la que aún se disponía. Las reservas de munición de artillería eran insuficientes. Además, de la antiaérea de 76’2 m/m, de procedencia soviética, se tenía constancia de que era defectuosa. Todo lo cual, lógicamente, se mantuvo en secreto. Pero que, tarde o temprano, se terminaría por conocer, por contrastar, por propagarse, conllevando una mayor desmoralización. El General Rojo diseñó el cruce del Ebro por sorpresa, base fundamental de su supuesto, en un larguísimo tramo, entre Mequinenza y Amposta. Sin embargo el ataque principal se reducía a su centro, entre Fayón y Xerta, y dos de distracción, protegiendo los flancos, cortando las líneas de comunicación del enemigo, diseminando sus tropas y, sobretodo, llevando parte de ellas hacia la desembocadura del Ebro, donde podían ser embolsadas. Debían continuar su avance hasta Catí, donde se unirían con el Ejército de Levante, uniendo de nuevo las dos zonas en que había quedado partida la República.

 

Sin embargo Rojo era plenamente consciente de la entelequia que ello suponía, por lo que se conformaba con que el XV Cuerpo de Ejército llegara a la línea entre Ascó y Batea, pasando por La Fatarella y Vilalba dels Arcs, y el V a Les Camosines y Bot, pasando por Corbera d’Ebre y Gandesa. Así que ordenaba que, llegado a dichos puntos, frenasen la acometida fortificando el terreno. Mientras tanto el XII Cuerpo de Ejército debía defender el Segre, desde Lérida a Mequinenza, de forma que un ataque por allí, en dirección a Barcelona, no obligase a repasar el Ebro abandonando la ofensiva. Enfrente tenían al Cuerpo de Ejército marroquí del General Yagüe, con unos 40.000 combatientes, formados por el Coronel Luís Campos Guereta, con su 50ª División, entre Batea y Gandesa, y Cuartel General en dicha población, el Coronel Barrón, con la 13ª, en reserva, al Oeste de Gandesa, el Coronel Natalio López Bravo, con la 105ª, al Oeste de Amposta, que defendía todo el río, desde Xerta hasta la desembocadura. Durante una semana los republicanos entrenaron concienzudamente el cruce del río, en torrenteras, ríos catalanes y en el mar. Los zapadores montaron una y otra vez los puentes fabricados en Barcelona o comprados a Francia, experimentando el paso de tropas, medios acorazados y vehículos de transporte. Mientras tanto, exploradores republicanos pasaban a la otra orilla, cada noche, sonsacando información a los campesinos. El XIV Cuerpo de Ejército fue precursor en este aspecto. La noche anterior a la fiesta de Santiago, estos exploradores, comandos, les llamarían los británicos, cruzaron el río, acuchillaron a los centinelas, amarraron cuerdas para guiar a las barcazas de asalto, y se adentraron hasta las encrucijadas de carreteras, investigando los movimientos franquistas.

 

Quince minutos después de medianoche, en la madrugada del aniversario del fin de la batalla de Brunete, el día que Franco había ordenado conquistar Valencia, seis Divisiones republicanas, cruzaron el Ebro en barcas, por doce puntos diferentes. Les guiaron campesinos, que conocían las corrientes, los terrenos y las mejores zonas de cruce. La 226 Brigada de la 42 División cruzó cerca de Mequinenza, cortando la carretera que la unía a Fayón. El resto del XV Cuerpo de Ejército pasó entre Ribarroja y Flix. La 35 División tomó Ascó y se dirigió hacia el mar, para converger con el V Cuerpo de Ejército hacia Mora d’Ebre por el Norte. Este pasó entre Benissanet y Miravet, dividiéndose para dirigirse hacia Mora d’Ebre, desde el Este, Corbera, más al Este, y El Pinell de Brai, al Sur. Sólo fracasó la XIV Brigada Internacional, que, en un tramo de 3 kmtrs., en Amposta, se encontró con los tiradores del Rif de la 105ª División, que, tras causarles bajas insoportables, se vieron obligados a cruzar de nuevo el Ebro. En 24 horas iban a perder 1.200 soldados, por los disparos o en las pantanosas aguas de la desembocadura. El Batallón Henri Barbusse, que se había quedado en la otra orilla, les veía pedir auxilio, sin que pudiesen cruzar el río para ayudarles. Este fracaso podía tener graves consecuencias estratégicas, puesto que, al no dominar la desembocadura, si todo salía mal, era imposible la evacuación mediante un reembarque en medios navales.  consecuencias estratEn el eje principal del ataque el avance fue rápido, apresando a 4.000 soldados de la 50ª División. Yagüe ordenó a Barrón que avanzara con su 13ª División para proteger Gandesa. Para ello impuso a sus hombres una marcha forzada de 50 kmtrs., que costó la vida de algunos.

 

En menos de un día los republicanos habían llegado a las puertas de Vilalba dels Arcs y Gandesa, tras tomar el paso entre las sierras de Pàndols y de Cavalls, la “Cota de la Muerte”, para los brigadistas internacionales, como denominaron a la que aparecía en los mapas militares republicanos con el nº 481. Franco paralizó tanto la ofensiva en Levante como la que progresaba hacia Almadén, y dirigió 8 Divisiones, toda la reserva, así como a la Legión Cóndor y la Brigada Aérea Hispana, a la zona que los republicanos habían recuperado. A primeras horas de la tarde la aviación franquista ya bombardeaba los puentes militares y pasaderas republicanas. Participarían en esta batalla 40 Savoia-Marchetti 79, 20 81, 9 Breda-20, 30 Heinkel-111, 8 Dornier-20, 30 Junker-87, y unos 100 cazas, muchos de ellos Messerschmitt Bd-109. En la primera jornada Modesto había conquistado 800 kmtrs. cuadrados. Al amanecer del 26 de julio los franquistas ya habían organizado la defensa de Gandesa. Franco pidió un informe al ingeniero Miguel Mateu, quien le contestó que, aunque se desembalsaran las reservas de Camarasa y Tremp, Union Eléctrica podía continuar funcionando, y, con ello, la industria de Barcelona contaría con suministro adecuado, si se la conquistara en breve. Con ello evidenciaba su convencimiento de que tomaría Barcelona en corto plazo, en lo que se volvió a equivocar, y que ya actuaba como su conquistador, próximo dueño de su industria. Contando con dicha opinión ordenó soltar agua de tales pantanos. El nivel del Ebro pasó de 5 a 7 metros. Los franquistas lanzaron a las aguas troncos con explosivos atados, que derribaron los puentes y pasarelas republicanos. Sin embargo habían tenido la precaución de adquirir material de repuesto suficiente, y los ingenieros militares los reconstruyeron en sólo dos días. El tiempo suficiente para que las tropas de Modesto se viesen comprometidas en una ofensiva sin el adecuado apoyo de carros de combate y artillería. De tal forma que Gandesa no pudo reconquistarse.

 

Durante toda la batalla la aviación franquista, especialmente los bombarderos en picado Ju-87, se dedicará a destruir los puentes durante el día, y los zapadores republicanos a reconstruirlos por las noches. Hasta que se quedaran sin más piezas de repuesto. Los alemanes eran conscientes de que estaban poniendo en riesgo una de sus más preciadas armas secretas, por lo que no envían más de dos parejas de “stukas” cada vez, y siempre con una fuerte escolta de cazas, para evitar que cayesen en territorio republicano, y que pudiesen estudiar sus restos. Por ejemplo, especialistas soviéticos. Aunque ya se habían empleado en la segunda ofensiva de Teruel, entonces se forzaba la retirada de los republicanos, por lo que los aviones tácticos derribados se podían alcanzar presionando un más rápido y prolongado avance, con lo que sería imposible que fuesen analizados o arrastrados por las tropas en retroceso. A primeras horas del 27 de julio, Modesto ordenó a sus pocos T-26 que atacasen Gandesa. La 35 División tampoco pudo reconquistar Vilalba. Al parecer el General Rojo tampoco podía explicar la desesperante inoperatividad de la aviación republicana. El 29 de julio, ocultándoselo al Gobierno, el Presidente de la República se reunió con Leche, en Vic. En una carta muy confidencial al Ministerio de Asuntos Exteriores británico, Leche notificaba que Azaña estaba dispuesto a la retirada de todos los combatientes extranjeros, a mantener la guerra en una situación estática (lo que significaba mantener las posiciones reconquistadas al sur del Ebro) y expulsar del Gobierno a los comunistas. Cuando Negrín se enteró de lo ocurrido comentó que, por mucho menos, había firmado su “enterado” a ejecuciones de penas máximas.

Labonne, el embajador francés, informó a París, en el mismo sentido, que Azaña, Martínez Barrio, Besteiro, los nacionalistas vascos y catalanes, y algunos militares y sindicalistas, estaban formando una oposición contra Negrín. La ofensiva en el Ebro se había estancado. El Jefe de Estado Mayor republicano comentó en una carta de un amigo suyo que, en todas las ofensivas, parecía que sus soldados se desinflaban. Perdido el factor sorpresa no hay un plan adecuado de acción. No comprendía que todos los éxitos republicanos, la inmensa mayoría de ellos, fugaces, se basaban en la audacia, la sorpresa y la rapidez. Y que, consumidos todos estos factores, no les quedaba ninguna baza victoriosa que oponer al enemigo. Antes de reconocer el fracaso, en lugar de asumir posiciones defensivas, se continuó ofrendado vidas a la metralla. El tifus y la disentería de las zonas pantanosas también se cobró su parte. Dimitrov comunicó a Stalin y a Vorochilov que las Brigadas Internacionales estaban extremadamente cansadas por los continuos combates, y su eficacia militar, valores como combatientes y disciplina habían caído por debajo de los de las Divisiones del ejército popular republicano. Rojo escribió que, durante la batalla del Ebro, cuando llevaban tiempo necesitándolo, las tropas de Modesto recibieron un puente que no pudieron montar, por estar oxidado, quizás considerado inservible y desechado por los militares del país de procedencia, y por el que se pagó un precio astronómico, bien a dicho país o a intermediarios, que eran verdaderos enemigos. El 30 de julio éste tomó directamente el mando del sector central, reorganizando sus efectivos. Envió contra Gandesa la mayor parte de los tanques y cañones que habían cruzado el Ebro. Allí concentraron sus Flack 88 los franquistas, las piezas antiaéreas que tan sorprendente resultado habían demostrado contra los carros de combate.

 

 

Aquel día los He-111 hicieron 40 salidas contra los puentes y pontones, aunque sólo consiguieron hundir dos y uno, respectivamente, desde 4.000 mtrs., algo inaudito para la época, que los mantenía fuera del alcance de los antiaéreos. Los zapadores republicanos reconstruyeron uno de los puentes, que dichos bombarderos pesados volvieron a derribar en la misma noche: otro hito militar, un blanco tan preciso en acción nocturna, otra nueva proeza insospechada. Los bombarderos en picado arrojaron 8 bombas de 500 kgrs., excesivamente pesadas para dichos aviones (posiblemente lo hicieran despegando de tierra con los depósitos de combustible medio vacíos) sobre los puentes de Ascó y Vinebre, en el que colocaron sólo una de ellas, con pleno acierto. El 31 de julio fallaron en su intento de taponar la salida del túnel entre Móra la Nova y Móra d’Ebre, a unos cuatro kmtrs. de aquélla. Los republicanos bombardearon continuadamente Gandesa, con las trece baterías de artillería con que contaban. Posteriormente atacó la infantería, que consiguió llegar hasta el cementerio y aproximarse al Sindicato Agrícola. Los soldados de Barrón se habían fortificado con sacos terreros cerca de la gasolinera, muy mala elección, y en la Plaza del Duque de la Victoria. La 3 División republicana persistía en sus infructuosos ataques contra Vilalba dels Arcs. La aviación franquista proseguía su destrucción de puentes y en el ataque a las concentraciones de tropas. A último de mes, la aviación republicana, bajo el mando de Hidalgo De Cisneros, se dedicó a bombardear Gandesa. Ambos bandos sumaron más de 300 salidas, en conjunto. Al contrario de lo que se reitera, sí hubo enfrentamientos entre ellos, intentando impedir mutuamente sus bombardeos, o, por lo menos, su acierto y precisión.

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Confabulación contra Negrín

 

¿La última? Se iniciaba por la Sierra de Javalambre, continuando por la de Toro hasta los Altos de Almenara, cerca del mar. En realidad eran posiciones fortificadas desunidas, lo que aprovechaba mejor las ventajas del terreno. Igual que se trató de hacer, a última hora, en la defensa de Bilbao, y hubo que abandonar ante la caída de la zona sin fortificar y la línea de trincheras. Esta larguísima línea daba confianza a sus defensores de que no iban a ser superados por los flancos, como ocurrió tras la batalla de Teruel, cuando el ejército republicano debió retirarse a terrenos que no habían sido fortificados. A pesar de los masivos bombardeos de su aviación y sus mil piezas de artillería de campaña, todos los asaltos franquistas fueron rechazados. La mucha experiencia en tales bombardeos les había llevado a la conclusión de que las trincheras debían ser arquitectónicamente de gran resistencia. Y situarse de tal forma que no dieran posibilidad a los reptantes ataques de los marroquíes. En lugar de la línea continua, imitando los diseños de la Iª Guerra Mundial, experimentaron la defensa combinada mediante fuego cruzado, orientando las ametralladoras hacia las zonas de más probable avance enemigo. El dominio de posiciones elevadas y una bien diseñada red de comunicaciones, enterradas en su mayor parte, lo que evitaba que su ruptura aterrorizase a los defensores, haciéndoles creer que habían sido superados, rodeados, transversales al Frente, dieron a los republicanos, por primera vez, la opción descubrir, incluso adivinar, prever, las concentraciones o posibles ataques enemigos. A partir de entonces, al no consolidarse las posibilidades de una victoria en la costa mediterránea, aumentaron las críticas contra Franco: estaba dando tiempo y opción a que las tropas republicanas se reorganizaran, rearmándose a través de la frontera francesa. Del 12 al 14 de mayo se produjeron bombardeos franquistas contra el puerto de Barcelona.

 

El 21, Franco decretaba el castellano como único idioma oficial, prohibiendo el uso público de catalán y vascuence, y el uso de nombres separatistas, con implicaciones políticas o que no fuesen del santoral romano. El 25 de mayo se produjo otro bombardeo contra Alicante, causando entre 150 y 200 muertos, y unos mil heridos. El 31 contra Granollers, con similar número de víctimas. Azcárate protestó por ellos ante Lord Halifax. Este se comprometió a enviar una carta de protesta al Gobierno de Burgos, protestando por lo que consideraba una salvajada, preguntándole si había alguna forma de acabar con tal “sangriento negocio”. El embajador de la República Española le respondió que la única posibilidad era acabar con la intervención extranjera, incidiendo directamente en el presunto objetivo del Comité de No Intervención, que tan falsamente había apoyado el Gobierno británico. Ante lo cual el Ministro de Asuntos exteriores de Su Graciosa Majestad cambió de tema. Finalmente las embestidas franquistas consiguieron converger en Lucena del Cid. Desde allí, García Valiño se dirigió hacia Castellón, y Aranda hacia Villarreal. En mayo de 1938 el embajador estadounidense en Londres, el bostoniano, ultracatólico, ultraconservador, implicado con el gangsterismo, como la mayoría de los poderosos católicos, Joseph Kennedy, padre del futuro Presidente de Estados Unidos, logró que los parlamentarios de su país electos mediante el voto católico, impidieran el fin del embargo de armas contra la República Española. En la España franquista, el Ministro de Educación Nacional, Pedro Sáinz Rodríguez, se dedicó a dar la vuelta a la reforma de la enseñanza primaria que había hecho la Republica.

 

Los maestros que habían sobrevivido a los fusilamientos, no estaban en campos de exterminio, de trabajo forzado, tratados como prisioneros de guerra, o no habían sido cesados, en castigo por ser demócratas, debían enseñar religión, patriotismo, educación física, educación cívica y juegos “nacionales”, como la pelota, los bolos, la comba, el marro, etc., “tan españoles”, impregnando (¿contaminando?) toda la enseñanza de espíritu religioso y fervor patriótico. Además, adicionó a la exigencia del crucifijo la del retrato del Caudillo en el aula. Portugal reconoció oficialmente al Gobierno franquista como único Gobierno de España. El Vaticano nombró nuncio apostólico ante España, la franquista, por supuesto, al Cardenal Cicognani. Franco anuló las decisiones de la República de expulsar la Compañía de Jesús, confiscarle sus propiedades y eliminar sus privilegios, todos los cuales les fueron retornados. Quizás algo se perdiese con el galimatías de testaferros, personas y sociedades interpuestas. El Padre Vladimir Ledochovsky, General de la Compañía, en agradecimiento, le concedió tres misas por el alma del Generalísimo a la hora de su muerte, que ofrecerían los 30.00 jesuitas del mundo. Una forma barata de agradecer fortuna e ingresos tan enormes. Y que no sabemos si lo llegarían a cumplir, dada la hora tan intempestiva en que lo declararon muerto, muchas horas después de que el equipo médico habitual, encabezado por su yerno, ordenara desconectar (¿eutanasia?) todos los aparatos de asistencia vital que se creían imprescindibles de forma continuada. Entre mayo y julio el Gobierno republicano adoptó disposiciones reservadas para obligar a la población a cederle joyas, metales preciosos e inversiones en el extranjero, aunque sólo se requisaron los de los rebeldes a la República, con lo que sólo se consiguió unos nueve millones de dólares.

 

En total, por toda una serie de procedimientos extraordinarios, aparte del “oro de Moscú” y “de París”, la República sólo consiguió 31 millones de dólares, cuando estaba comprando en el extranjero, en todo tipo de suministros, 27 millones al mes, sin incluir los pagos a la Unión Soviética. Como se necesitaban importar productos imperiosamente, la producción hortofrutícola de Valencia se exportaba en su integridad, para conseguir divisas. Esto, unido a la pérdida de Aragón, originó una terrible hambruna. En Barcelona fue aún más grave, puesto que allí se acumularon los fugitivos del avance franquista en Aragón, Lérida y Tarragona, que se sumaron a los andaluces, extremeños y castellanos que habían llegado antes: en total un millón de personas, aproximadamente. Los campesinos tirando de carros con sus enseres, en maletas o en fardos sobre las cabezas, especialmente las mujeres, a veces arrastrando, arreando, algún ganado o seguidos ellos, producían tanta compasión como idénticas escenas presenciadas en Madrid en el otoño de 1936. La ola de refugiados continuaba incrementándose. Para mitigar el hambre la República importó garbanzos y lentejas de Méjico, más baratos que los productos valencianos. Los barceloneses sembraban verduras y legumbres en patios, descampados y jardines, y tenían gallinas en sus casas. Desaparecieron las palomas de la Plaza de Cataluña y los gatos de las calles, que pasaban al menu, menudo, minuto o minuta popular como guisado de “conejo”. Al acabarse las mondaduras de patatas, las cáscaras de naranja sustituyeron a las patatas fritas. Con tales ingredientes también se hacía “tabaco”, así como con hojas de lechugas secas, de roble o de plátano ornamental. Las cáscaras de cacahuetes, machacadas y hervidas, suplían al café. Las mujeres madrugaban para recorrer 20 ó 30 kmtrs., buscando comida por los pueblos más cercanos. O para hacer colas infinitas.

 

Muchas murieron o resultaron heridas por los bombardeos aéreos italianos, al no querer abandonar su puesto en ellas. El racionamiento incluía 150 gramos de harina, judías, arroz o lentejas (que la gente denominó “píldoras del Doctor Negrín”) al día: insuficientes para el aporte proteico y vitamínico necesario. Se llegaron a pagar 600 pesetas por una lata de carne, ó 110 por una docena de huevos o un litro de aceite, tasados en 17’5 ó 3 pesetas, respectivamente. El raquitismo se extendía entre los niños, sobre todo entre los huérfanos de guerra, que eran cada vez más abundantes. Según la organización de beneficencia de los cuáqueros, que repartía leche en polvo y chocolate, éstos eran 25.000, sólo en Barcelona. A los soldados se les garantizaba, habitualmente, el mínimo alimento indispensable. No obstante no se les podían ocultar las miserias de sus familias, por lo que reaccionaban amotinadamente cuando se descubría algún escándalo de oficiales, o miembros de la intendencia militar, que vendían gasolina, raciones o equipamientos en el mercado negro. En el mes de mayo, tras un encuentro en Roma entre Hitler y Mussolini, en el que éste había perdido la arrogancia anterior, y ya aceptaba su posición dependiente, subordinada, Alemania comenzó a exponer sus pretensiones sobre los Sudetes, la Bohemia checoslovaca. Para la República Española era un rayo de esperanza, una nueva posibilidad de que las “democracias occidentales” comprendieran el riesgo del envite. Parecía inimaginable que fuesen a cercenar, de tal manera, la democracia checoslovaca, la nueva nación surgida de los Tratados de Paz de Versalles, por la que tanto habían apostado Gran Bretaña y Francia, como garante frente a una nueva alianza entre Alemania y Austria, prohibida estrictamente por tales Tratados, y que, violando los mismos, Hitler había llevado más lejos aún: hasta la completa anexión.

 

Y, con toda lógica, suponían que no podía ofrecerse una oposición creíble a tales pretensiones, si, al mismo tiempo, se permitía a los nazi-fascistas vencer en España. Negrín intentó, repetidamente, la intercesión internacional para negociar la paz, lo que demuestra que, en el fondo, aceptaba el análisis de Azaña y Prieto de que la negociación era la única salida razonable. La diferencia estaba en el modo y el tiempo de plantearla. Negrín pretendía buscar una situación ventajosa, tal vez una victoria militar transitoria. Stalin estaba completamente de acuerdo, ya que no veía otra forma de salir de su compromiso español sin verse implicado en una derrota, que tan nefastas consecuencias podía tener, tanto para las pretensiones expansionistas soviéticas, como para su integridad territorial. El fallo de la argumentación estaba en suponer coherencia y apuesta democrática donde sólo había mezquinos intereses capitalistas. Muy costoso sería comprender lo negativo que iba a resultar tan errónea ambición, la forma tan inadecuada de defenderlos: sólo Hitler y Mussolini sabían exactamente qué es lo que se jugaba y con qué tahúres. Hasta que la avaricia les rompió el saco. El 3 de junio los franquistas avanzaban por el Maestrazgo y Castellón. El 7 hubo cruentos bombardeos contra Valencia y Barcelona. Al tiempo que Chamberlain consentía que los italianos hundiesen buques mercantes británicos, por lo que en la Cámara de los Comunes incluso los propios conservadores protestaban, presionó a Daladier, consiguiendo que, el 13 de junio, cerrara de nuevo la frontera española. Sin embargo, cuando Lord Perth señaló al conde Ciano que tales ataques podían suponer la remoción del Primer Ministro británico, la piratería italiana quedó suspendida durante algún tiempo. Lo que demuestra hasta qué punto les interesaba que siguiese en tal cargo. La República Española no podía esperar nada de las “democracias occidentales”.

 

Nunca pudo esperar nada de ellas. Siempre fue un espejismo. Stalin era la única salvación posible. Y el bloqueo marítimo y la situación bélica e internacional lo alejaban, lo aislaban, cada vez más, de la República Española. En España, John Leche, encargado de negocios de la embajada británica, comenzó a urdir una trama contra Negrín. Convenció a Manuel de Irujo de que, si Negrín y los comunistas abandonaban el Gobierno, Gran Bretaña intermediaría con Franco para conseguir el armisticio. Se aprovechó para ello que el Presidente de Gobierno recorría con el General Rojo los Frentes de Levante y Centro. Dijo a los periodistas que había debido volver a Barcelona porque la charca política se estaba agitando mucho, lo que le producía un profundo asqueamiento. Ese día las tropas de García Valiño tomaron Castellón. El 14 de junio las de Aranda tomaron Villarreal. En la primavera de 1938 Franco se encontraba con el “problema” de colocar 800.000 toneladas de trigo, 160.000 de azúcar, 200.000 cabezas de ganado vacuno y 54.000 de porcino, mientras la España democrática pasaba hambre. Tal excedente fue a Alemania, iniciando un pago en especie por las deudas acumuladas durante la guerra española, que continuaría durante la IIª Guerra Mundial, poniendo en riesgo la pretendida “neutralidad”, que Franco proclamó cuando quedaba palpable que las cosas pintaban mal para los nazi-fascistas. Para entonces habían pasado la frontera francesa, desde mitad de marzo, más de 18.000 toneladas de equipamiento militar. Contando con tales medios y la movilización de los reservistas, hasta de los reclutados en 1925, y la anticipada de las quintas hasta 1941, tras los parapetos, más psicológicos que reales, del Segre y el Ebro, la República reorganizó un nuevo Ejército.

 

Los nuevos soldados podían tener dieciséis años de edad (Franco llegó a reclutar forzadamente hasta a los de 14 años: lo que se conoció como la “quinta del biberón”) con total carencia, no ya de experiencia en combate, sino de la mínima formación militar, o ser padres de familia, hombres maduros. Incluso aquellos que antes habían sido declarados exentos, porque sus oficios eran necesarios para la industria bélica. Con las fábricas catalanas derruidas por la aviación nazi-fascista, o sin suministro eléctrico para hacerlas funcionar, desde que los franquistas tomaron las presas de los Pirineos, y toda Cataluña ante la disyuntiva de ser tomada por Franco, no tenía razón de ser tal disquisición. Se llegó a integrar en el nuevo Ejército a soldados franquistas hechos prisioneros de guerra, y que así se lo aceptaron, a imitación de lo que hacían las tropas de Franco con los capturados a los republicanos. Pero las consecuencias eran muy diferentes, porque, ante la perspectiva, ya bastante razonable, de una victoria de éste, no se sabía qué tipo de represalias les podía imponer. Difícilmente se puede suponer otra cosa sino que se trataba de una opción política, que habían sido reclutados a la fuerza por los franquistas y que deseaban defender a la República, porque las posibilidades de acabar fusilados, si se sobrevivía a los bombardeos y asaltos, eran muchas. En realidad la República carecía de armas suficientes para dicha última movilización, por lo que se supone que se trataba más bien de reforzar el convencimiento en la resistencia. Los nuevos abastecimientos iban destinados a la aviación, las fuerzas especiales y las compañías de ametralladoras. En cambio los fusiles no compensaban las pérdidas habidas en las ofensivas de Aragón.

 

El 24 de junio García Valiño había avanzado hasta Onda y la Sierra de Espadán. Aranda, con su Cuerpo de Ejército de Galicia, por la línea costera, había tomado Burriana y Nules. Sin embargo, el objetivo de situar el Frente entre Segorbe y Sagunto no lo pudieron lograr, debido a la firme resistencia republicana. Los franquistas no podían comprender que, tras el calamitoso fin de la ofensiva republicana de Teruel, hubiesen podido organizar la más eficaz defensa de toda la guerra. Kindelán le pidió a Franco que abandonase tal ofensiva, ya que el número de bajas no justificaba los avances. Además del difícil terreno, del que los defensores habían sabido extraer todo el partido posible, no tenían aeropuertos adecuados en las proximidades, y, estando pendiente de aprobar la Ley de Minas, la Legión Cóndor hacía una especie de “huelga de celo”. A pesar de ello había derribado diez aviones republicanos durante el mes de junio, indudablemente debido a la participación de los modernos Messerschmitt Bf-109C. El Coronel Franco-Salgado, el ayudante al que Franco llamaba Pacón, escribiría que le habían llegado informes de que los republicanos construían balsas para pasar el Ebro, tenían pasaderas y que la mayor parte de las Brigadas Internacionales se concentraban en Falset, todo lo cual fue confirmado por desertores y prisioneros republicanos. Sin embargo Franco sólo ordenó a Yagüe que extremara sus precauciones. Yo creo que Franco quería que los republicanos cruzasen el Ebro, acorralarlos de donde no pudiesen huir, por lo que no hizo nada por evitarlo. Desde mediados de 1938 Gran Bretaña volvió a preocuparse por el predominio de los intereses alemanes en la economía española. Ni éstos ni los italianos presionaron a Franco para pagar su deuda, excepto la petición de mineral por parte de Hitler. Durante 1937 el consorcio HISMA/ROWAK había enviado 2.584.000 toneladas de mineral a Alemania.

 

Para tal fin, Goering, al que “se le había ocurrido” lo de los planes cuatrienales (imitación de los planes quinquenales stalinistas) creó el proyecto Montana, o Montaña, mediante el cual inversiones alemanas en el sector minero garantizarían la provisión continuada de hierro, mercurio, pirita cuprífera, tungsteno y antimonio, provenientes de 73 minas españolas. En el mes de enero, antes de constituirse el primer Gobierno franquista, el conde de Jordana respondió a los representantes alemanes que no se podía tramitar la concesión conjunta sobre las 73 minas, puesto que la ley –es decir, la republicana- obligaba a estudiarla una a una, de forma que les pedía esperasen hasta que se aprobase una nueva Ley de Minas. Semejante posicionamiento, así como la demora de Franco en constituir un Gobierno hasta fecha tan tardía durante la guerra, obliga a hacer algunas reflexiones. Por un lado la idea de todos de que la guerra era cuestión de unos meses, a lo sumo, que sólo abandonaron los republicanos durante 1937, en que creyeron que duraría años, para poner en duda, nuevamente, a partir de 1938, la posibilidad de una resistencia prolongada. Por otro aparece la sospecha de que Franco, de modo clásico, no consideraba “legítimo” un Gobierno sino hasta la conquista de Madrid. Lo cual sería contradictorio, o, al menos, tan cínico como todo lo demás, con el resto de decisiones que se habían ido tomando. Quizás “a cuenta” de tal conquista. Sin embargo, lo más inmediato es sorprenderse ante lo que se podría considerar como que estaba dando largas a sus aliados en la guerra. En base a ello hay que tener en cuenta que Gran Bretaña también estaba interesada en continuar sus importaciones de minerales, y de todo tipo de productos españoles, y que realizaba presiones diplomáticas en tal sentido. El hierro y la pirita españoles habían ido a parar a dicho país tradicionalmente.

 

Antes de la guerra el 65% de las importaciones de piritas del Reino Unido, imprescindible para su industria bélica, provenían de las explotaciones españolas de cinco sociedades británicas, la más poderosa de todas Rio Tinto Company. Aunque en ningún modo su capacidad de extorsión podía ser tan grande como la de sus consocios en el enfrentamiento bélico, es posible que el zorro de Franco confiara en acabar la guerra en breve plazo para, entonces, “sacar a subasta” a quiénes debía dirigirse tales concesiones. O venderlas partida por partida, según el “mercado”. Además, su ideología nacionalista le haría revolverse ante la arrogancia de las peticiones de Hitler. Quizás por ello replicase exigiendo más armas. Mientras tanto, a pesar de la reacción inicial del conde Ciano y del desagrado de Mussolini por la prolongación de la guerra, tal vez para forzar un cambio de ritmo, acababa de recibir 6.000 “voluntarios” italianos más, 25 Savoia-Marchetti 81, 12 79 y 27 Br-20. Franco no era proclive a reconocer un error tan fácilmente. Así que dio oren de seguir la campaña de Levante. Cuando Hitler, enfurecido, le amenazó con cerrarle el grifo, en julio de 1938, la Ley de Minas estuvo dispuesta, aumentando el “máximo” de capital extranjero permitido en este tipo de industrias hasta el 40%, aunque “reservaba” al “Gobierno” la posibilidad de autorizar que se sobrepasase. La visión que los alemanes tenían sobre la España franquista, como territorio invadido, sometido, parte de su Imperio (Reich) se constata por el enfado de su embajador, Von Stohrer, por la aprobación de dicha Ley sin haberle informado ni recibido previamente. A pesar de lo cual, en premio, la Legión Cóndor fue reforzada, muy oportunamente, un mes antes de la batalla del Ebro. Negrín contraatacó a la confabulación derrotista planteando una cuestión de confianza ante la Diputación Permanente del Congreso, que, el 1 de julio, le confirmó en el cargo.

 

Para demostrar que estaba en lo cierto, a los tres Cuerpos de Ejército que ya actuaban en Levante, Franco los reforzó con el General Berti y su Cuerpo de Tropas “Voluntarias”. Además puso a Solchaga al mando del nuevo Cuerpo de Ejército del Turia, formado por cuatro Divisiones, y lo envió al Sur de la carretera de Teruel a Castellón. Con tales fuerzas, más de 4 Cuerpos de Ejército, un total de 14 Divisiones, unos 125.000 hombres, ordenó tomar Valencia para el día de Santiago (Matamoros) patrón de España. Esta orden no se cumpliría nunca. Tenían en frente a más de cinco Cuerpos de Ejército que la Republica había enviado para oponérseles: el XVI, al mando de Palacios, el XVII, de García Vallejo, el XIX, de Vidal, el XX, de Durán, y el XXII, de Ibarrola, además de las Agrupaciones de tropas A, de Güemes, y B, de Romero, todos ellos integrados en el Ejército de Levante, a las órdenes del Coronel Leopoldo Menéndez. En realidad había un gran equilibrio de tropas, puesto que, aunque ambos bandos incorporaban 12 Batallones por División, los republicanos sólo podían encuadrar 300 ó 400 hombres en cada uno de ellos. El 5 de julio, el Comité “contrario” a la intervención en la guerra española aprobó el plan de repatriación de los voluntarios que participaban en la guerra de España. Pero ¿qué deberían hacer los que no estaban allí voluntariamente, como las tropas regulares italianas? El 7 de julio, Franco decretó el cínico formalismo de restablecer la pena de muerte, después de las miles de ejecuciones extrajudiciales en las que había garabateado (no firmar, nada de comprometerse) su visto bueno. El 13 de julio da comienzo una nueva fase en la ofensiva de Levante: los Cuerpos de Ejército del Turia y de Castilla, y el de Tropas “Voluntarias” italiano, acometen toda la línea Teruel-Sarrión-Segorbe-Sagunto, mientras el Cuerpo de Ejército de Galicia y la Agrupación de Enlace persisten en el eje Norte-Sur del litoral.

 

Tal concentración de fuerzas llegó al embotellamiento, sin posibilidad de maniobra, detenida por la defensa escalonada del Ejército de Levante republicano. Algo similar a lo que le ocurriría, quince años después, al ejército estadounidense en el polígono de Inchón, aunque superaban casi en 20 a 1 a las fuerzas norcoreanas atacantes, ya exhaustas después de haber atravesado toda la península. El 14 de julio, 9 Divisiones franquistas se dirigían contra Sagunto y Valencia. Simultáneamente iniciaron otro ataque contra Almadén. En su diario, a partir de abril, Azaña había ido desmereciéndolo a Negrín. Anotaba que lo sentía encogido y pusilánime en su presencia. Este desprecio se hizo intenso desde que el Ministro de Estado destituyó al cónsul español en Ginebra, Cipriano Rivas Cherif, concuñado del Presidente de la República. Desde entonces consideraba a Negrín manipulado por los comunistas. Este había conseguido que el Gobierno nombrase a Prieto embajador en Méjico y volante para Hispanoamérica. Con ello lo alejaba de Azaña, dificultando que ambos conspirasen, que éste pudiese encargarle a aquél que formase un Gobierno para negociar la paz. Azaña anotó en su diario que en la Unión Soviética los fusilaban, y que la República Española los nombraba embajadores. Indudablemente era una notoria diferencia. En el último discurso de su vida, en el Salón de Cien del Ayuntamiento de Barcelona, en el segundo aniversario de la sedición militar, en cambio, culpó a los países que habían alimentado la guerra con tropas y armas, en lugar de hacer lo posible por sofocarla (lo cual, en cierta medida, además de parecer ilusorio, inocente, infantil, justificaba los objetivos del Comité de No Intervención) abominó del invento de la posible insurrección comunista para justificar el levantamiento militar, y de una guerra que había provocado una calamidad nacional, un daño irreparable para el país.

 

Lo que podría interpretarse como una reflexión sobre la necesidad de terminarla cuanto antes, para no aumentar los daños y las calamidades. Planteó que, en la enorme tarea de reconstrucción, debían colaborar todos los españoles. Que había que recordar a los muertos y aprender su lección “cuando la antorcha pase a otras manos”. Podría interpretarse como que se planteaba dimitir, que se refería a la lógica del devenir democrático, al inevitable cambio generacional, por el mero transcurso del tiempo, o que, por las armas o por acuerdo, el poder terminaría en manos Franco. Añadió que dichos muertos, que habían luchado por un ideal grandioso (al no determinar a qué ideal se refería, podría aplicarse a ambos bandos) ya no odiaban, no tenían rencor, sino que transmitían el mensaje de la patria eterna: paz, piedad y perdón. Cuando se estaba perdiendo la guerra, no se podía interpretar que ofrecía tales paz, piedad y perdón al enemigo, sino que la pedía a éste, puesto que estaba triunfando, respecto de la República y sus defensores. Algo tan estúpido como gritar “¡basta ya!” a los terroristas. Estos sólo pueden interpretarlo como una señal de agotamiento, de cansancio, y que deben seguir matando más, lo más posible, porque ya queda poco para conseguir la victoria. Los franquistas sólo podían llegar a una conclusión: ni paz, ni piedad, ni perdón, puesto que tales palabras sólo podían provenir del miedo, del terror, a la derrota, lo que significaba que debía estar cerca, como su propia propaganda repetía, insistiendo en su agresión terrorista para lograr sus exclusivistas objetivos, en el menor plazo posible. Muy distinta fue la “celebración” en Burgos: los edificios se engalanaron con colgaduras, entre ellas la de Franco, en grandes retratos, entre los que desfilaron las tropas. Para Preston era una mezcla entre fascista y medieval. Se le olvidaba citar también los antecedentes zaristas y stalinistas, de la misma parafernalia.

 

El Gobierno de Franco decretó “exaltar a la dignidad de Capitán General del Ejército y la Armada” al Jefe del Estado, Generalísimo de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire, Jefe Nacional de la Falange Española Tradicionalista y de las J.O.N.S..

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El segundo Gobierno de Negrín

 

En Cataluña parece que desarticularon a todos los falangistas, entre ellos a Rafael Sánchez Mazas, uno de los fundadores de la Falange, aunque sus métodos no fueron ejemplares. Por ejemplo, apresaron a Maurici Serrahima o a Salvador Espriu. Hasta entonces había sido el macabro juguete de Orlov y sus miembros del  NKVD. Regler la llamaba “la sífilis rusa”. El primer enfrentamiento de Franco con la Iglesia Católica se produjo cuando exigió, en su persona, el privilegio monárquico de presentar obispos. Es decir, auténtica derivación del derecho de investidura. El Vaticano había designado, en febrero, al Padre Carmelo Ballester como obispo de León, según venía haciendo desde que se instauró la IIª República Española, considerando que ésta no tenía derecho a heredar las prerrogativas monárquicas, que éstas no correspondían al Estado, sino al rey, que era “elegido por Dios”. Franco, y, en ciertos momentos (en otros se mostraba abiertamente contrario al cristianismo, y quería volver a un inventado druidismo de opereta, puesto que, al ser los alemanes de tal época analfabetos y agrafos, desconocemos sus ceremoniales) también Hitler, se consideraban igualmente elegidos por Dios. Así que Franco llamó de inmediato al Cardenal Gomá, e imperativamente le exigió que se anulase la elección, que él debía dar su conformidad, puesto que disponía de información confidencial que el Vaticano desconocía, y era el único medio de garantizar que no se equivocaban en el nombramiento de un pastor. Por tal motivo se producirían graves enfrentamientos con la Iglesia Católica en el futuro. A la conquista de Santander, los franquistas habían capturado 50.000 prisioneros de guerra. Se nombró una Inspección de Campos de Concentración -un eufemismo: ¿Concentración para qué? ¿Hacia dónde?- de Prisioneros, que dependía directamente del Cuartel General del Generalísimo. Su Jefe era el Coronel Martín Pinillos.

 

Tras la ofensiva de Aragón el número había crecido hasta los 160.000, y ya no había más cárceles, castillos, barcos, conventos, escuelas, salas de proyección cinematográfica o sótanos para albergar a más. Ahora el “problema”, como ocurría en Alemania, era decidir quiénes eran “irrecuperables”, cómo deshacerse de ellos, y cómo “reinsertar” a los moldeables. El 2 de abril Yagüe tomaba Tamarite de Litera. Al día siguiente entraba en Lérida, núcleo de militancia y votantes del POUM, y no Moscardó. Los fugitivos de dicha ciudad, y de todo el Frente de Aragón, lo hacían en Barcelona. Berti, al mando del Cuerpo de Tropas “Voluntarias” italiano, y a 1ª División de Caballería, a las órdenes de Monasterio, entraron en Gandesa, que había ofrecido fuerte resistencia. Les recibieron las duquesas de Montpensier y Montealegre, las condesas de Bailén y de Gamazo, entre otras damas aristocráticas, en una ceremonia de homenaje al ejército victorioso. Tras los bombardeos, de Tortosa sólo quedaban ruinas. En ellas la 11 División, a las órdenes de Líster, resistió durante cierto tiempo a los italianos. Los Cuerpos de Ejército de Aragón y Navarra tomaron las centrales hidroeléctricas de los pantanos de Tremp y Camarasa, que suministraban las fábricas de Barcelona. El 4 de abril Aranda tomó Morella. El resto de Cataluña y Valencia permanecían unidas por una estrecha franja costera. A cortarla se dirigió Aranda. El General Camilo Alonso Vega debió ordenarle que auxiliara a las tropas que atacaban Amposta, donde los republicanos ofrecían una tenaz resistencia, pero aquél conseguiría convencerle para derivar una parte de sus tropas hacia Sant Mateu. Nuevamente recibiría orden de enviar refuerzos contra Amposta y, de nuevo, volvió a reservar parte de sus fuerzas para dirigirse derecho hacia el Oeste. Según Zugazagoitia, fue el informe de Prieto el que llevó a Negrín a pedir la dimisión de un Ministro de Defensa que no creía que ésta fuese posible. Así lo hizo éste el 5 de abril.

 

A cambio, Negrín le ofreció un Ministerio de menor calado, que el orgulloso y estúpido Prieto rechazó. Quizás pensó que, con ello, obligaría a Negrín a dimitir, y Azaña podría nombrarlo a él. Tal vez ambos estaban de acuerdo con tal estrategia, puesto que coincidían en su análisis y posible “solución”. No comprendían cómo había evolucionado la correlación de fuerzas, cómo sin el apoyo del sector caballerista, ya desaparecido, era algo inviable. Si alguna vez creyó que podía manipular a su discípulo político, ser el Presidente del Consejo de Ministros en la sombra, sin asumir ninguna responsabilidad, le sorprendería que Negrín pudiese pensar por sí mismo, mantenerse como Jefe del Gobierno sin su apoyo. Prieto siempre sostuvo que habían sido los comunistas los que habían forzado a Negrín a que le expulsase del Gobierno. Puede que todo influyera, pero la situación objetiva era incontrovertible. Prieto recibía la misma medicina que él había aplicado contra Largo Caballero. Por temor a los comunistas y a que sus puntos de vista triunfaran, incoherente, siempre incoherentes, con lo acordado con ellos y su participación en la manifestación conjunta, sólo unos días antes, los anarquistas apoyaron a Prieto, como antes hiciesen con Largo Caballero. Lo mismo hizo el POUM. Cuando Negrín informó a Azaña de lo ocurrido, éste, que llegaría a denominarlo visionario fantástico, lo planteó como crisis de Gobierno. Quizás fuese lo que él y Prieto tenían previsto. Le convocó a Pedralbes, junto con Diego Martínez Barrio, Presidente del Congreso, Lluís Companys, Presidente del Gobierno autonómico de Cataluña, Quemades, Secretario General de Izquierda Republicana, su Partido, al del PSOE, González Peña, al del PCE, José Díaz, a Mariano Vázquez, de la CNT, y a Monzón, del PNV. Considero que pretendía un nuevo Gobierno, con distinta representación de Partidos, facciones, tendencias y personas.

 

El Presidente de la República, en un largo discurso, de los suyos, lleno de dobles lecturas, abogaba por el fin negociado de la guerra. El Doctor Negrín y José Díaz, que, posiblemente, se habían puesto previamente de acuerdo, reaccionaron con sorprendente violencia contra él. José Díaz fue aún más lejos, advirtiéndole que estaba intentando abusar de sus poderes constitucionales. Una interpretación bastante extremista, poco fundada, pero que contenía una incuestionable amenaza. Por una vez Azaña se vio desconcertado: era una situación que no habría previsto. Mientras tanto Franco derogaba el Estatuto de Autonomía de Cataluña. El 6 de abril, más de 100 bombarderos acabaron con Balaguer, en la línea de ferrocarril entre Lérida y Tremp. Moscardó la tomó a continuación. Sin alternativa posible, Azaña volvió a encomendar a Negrín que intentase un nuevo Gobierno, de unión, que revitalizase el Frente Popular ¿Significaba esto que debía integrar a más miembros de partidos liberales, más sectores liberales del PSOE, integrar a todas las tendencias de éste, tan maltrecho, repetir de nuevo con Prieto y los suyos, darle más poder, integrar a los restos caballeristas, o, incluso a los derechistas de Julián Besteiro? Sin embargo, rápidamente se consideró un Gobierno de guerra. Puede que el PCE estuviese detrás de esta percepción. Negrín no tenía más opción que asumir él mismo el Ministerio de Defensa. No podía confiar en nadie más. Pero no era una buena decisión para España: no era la persona más idónea para ello. Quizás ninguno de los políticos de la IIª la República lo hubiera sido: ninguno comprendió la necesidad de invertir más dinero en armamento, rediseñar la estrategia militar, depurar a los elementos militares indignos de confianza. Tan erróneo como la disolución del ejército sin controlar, sin aprovechar a sus profesionales, desde el primer momento.

 

El PSOE contó con otros tres Ministerios más: Estado, para el cada vez más pro-comunista Alvarez Del Vayo, Gobernación para Paulino Gómez Sáez, y Justicia, para González Peña. Otros cuatro para Izquierda Republicana, una clara concesión a Azaña: Hacienda para Méndez Aspe, Comunicaciones y Transportes para Giner De Los Ríos, Obras Públicas para Velao, y Giral como Ministro sin Cartera. El PCE sólo conservó un Ministro: Uribe, que siguió en Agricultura. El comunista Jesús Hernández fue sustituido por Blanco, de la CNT, en Instrucción Pública. Ayguadé, de Izquierda Republicana de Cataluña, continuaba en Trabajo. Otro Ministerio sin Cartera se asignó a Irujo, en representación del PNV. Se demostraría un Gobierno mucho más cohesionado de lo que se pudiese pensar. Aunque también fue poco efectivo. La nueva visión de Stalin respecto de la situación internacional, la guerra chino-japonesa, la anexión de Austria, que demostraban a todos el peligro del expansionismo del Eje Berlín-Roma-Tokio, hacía más deseable, y factible, una alianza con Gran Bretaña y Francia. Y, para ello, para evitar alarmismos de los anticomunistas, había que rebajar la implicación en España, como lo había hecho en Francia, al evitar que Maurice Thorez aceptara ninguna cartera en el segundo Gobierno de Blum. Por ello, Dimitrov recibió instrucciones de que los comunistas no participasen en el nuevo Gobierno de Negrín. Sólo el hábil y consciente, con pensamiento propio, José Díaz consiguió oponerse a tales presiones, convenciendo de la necesidad de mantener, al menos, un Ministro, que informase de primera mano sobre los derroteros gubernamentales. No obstante, a un segundo nivel, Negrín no podía prescindir del apoyo de éstos, no podía quedarse en manos de Azaña y de sus alianzas.

 

Así, Antonio Cordón fue designado Subsecretario del Ejército de Tierra, Carlos Núñez Subsecretario de Aviación, Eleuterio Díaz Tendero Jefe de Personal del Ministerio de Defensa, Manuel Estrada Jefe del Gabinete de Información y Control, Prados Jefe del Estado Mayor de la Marina, y Jesús Hernández Comisario de los Ejércitos del Centro. Con lo que les reponía parte del poder que Prieto les había arrebatado. Sin embargo no hay que extraer falsas interpretaciones de ello. La Subsecretaría de Marina, donde no podría hacer gran cosa, se la entregó a Játiva, la Comisaría de Aviación, a Belarmino Tomás, y la Secretaría General de Defensa a Julián Zugazagoitia, que, a petición propia, no deseaba seguir como Ministro de Gobernación, quizás de acuerdo con Azaña y Prieto. Todos ellos eran partidarios de éste. La Subsecretaría de Armamento se la encomendó a Otero, la de Intendencia General a Trifón Gómez, la Comisaría de la Flota a Bruno Alonso, la Jefatura de los Servicios de Sanidad de Guerra al Doctor José Puche, y a Manuel Alvar lo nombró Coordinador General para la Gestión de los Comisarios. Todos ellos eran también del PSOE. Al anarquista Roldán lo designó Comisario de los Ejércitos de Cataluña, una compensación por todo el poder que les habían arrebatado a los suyos. Y a Ossorio y Tafall, de Izquierda Republicana, Comisario General del Ejército de Tierra. Simultáneamente, el propio Negrín se encargaba de acabar con el poder del PCE en el Cuerpo de Carabineros. Es decir: es falso que, para entonces, fuesen los comunistas los que controlaban el ejército. Ni siquiera cabía ya la extorsión de los suministros soviéticos, que llegaban en mínima proporción. Aunque sí la de los créditos solicitados, a cuyo concesión Stalin se oponía. Sin embargo las actuaciones militares se continuaron encargando a mandos del PCE: Juan Modesto, Enrique Líster, Valentín González, Etelvino Vega, Manuel Tagüeña, o el General Walter, entre otros.

 

Se había demostrado que no había alternativa posible: ni otros militares ni otras unidades podían hacerlo mucho mejor. Palmiro Togliatti escribió que, en un informe a Moscú, se había opuesto a que se presionara continuamente al PCE para que acaparase todo el Ministerio de Defensa y el ejército, argumentando que centrarse en tomar los puestos directivos los ponía en manos de las intrigas de los militares de profesión. Ese mismo día lo franquistas habían llegado a Balaguer y a Tremp. Benicarló debía estar mejor defendida, por lo que Aranda, el 15 de abril, Viernes Santo, se dirigió a Vinaroz. Cuando los requetés llegaron al mar repitieron la escena que las ilustraciones de los libros mostraban cuando Pizarro bautizó, con erróneo nombre, al Océano Pacífico: tras saludarle brazo en alto, al estilo fascista, se adentraron en él, vestidos, encabezados por los estandartes. Al día siguiente, todos los medios de “información” franquistas reprodujeron que Alonso Vega, con total misticismo, arrodillado en la orilla, hundió sus dedos en el mar y se santiguó, como si fuese agua bendita. El “ABC” de Sevilla publicó que la espada victoriosa de Franco había partido en dos la España que aún tenían los “rojos”. Parecía que la “cruzada” tenía los días contados. Sin embargo, contra todo pronóstico, la República no sólo resistió un año más, sino que aún llevó a cabo su más heroica ofensiva. Aunque con ello no se logró reunificar las dos zonas en las que había quedado dividida, sino que terminó de desangrarse, de agotar toda capacidad y esperanza de pervivencia. El 16 de abril, el conde Ciano escribió en su diario que se había firmado el Tratado con Gran Bretaña. Lo que había emocionado a Lord Perth, que le dijo que el Gobierno italiano sabía lo mucho lo había deseado. Su amistad estaba probada por decenas de informes suyos que les habían interceptado. La fecha escogida era el cumpleaños de Lord Halifax, lo que a Ciano le parecía romántico.

 

Se aceptaba la soberanía italiana sobre Etiopía. Unas cartas adjuntas al Tratado autorizaban la permanencia de las tropas italianas en España hasta el fin de la guerra. Es decir, suponía reconocer que dichas tropas estaban en España. Y, sin embargo, el pretendido Comité de No Intervención se mantenía. Incluso Churchill, que había apoyado la política anti-intervencionista, escribiría que el que llamó “Tratado de Pascua” (era Sábado Santo) era una auténtica farsa. Claro que eso sería más tarde, cuando había quedado completamente en evidencia toda la política británica desde principios de siglo. Sobretodo desde el comienzo de la Iª Guerra Mundial. Y, más aún, desde la llegada de nazi-fascismo al poder. Tanto los republicanos que confiaban en un acuerdo de paz con Franco, como los que esperaban el cambio de bando de las “democracias occidentales”, quedaron completamente conmocionados. Con un ejército republicano desmoralizado, que no había podido evitar la ruptura en dos de su territorio, es difícil explicar por qué Franco redirigió sus tropas contra Valencia, que ya no era la sede del Gobierno, en vez de continuar el avance hacia Barcelona. La conquista de Lérida demostraba que dicha ciudad estaba a su alcance. E, incomprensiblemente, Franco ordenó parar. Es posible que creyese que el nuevo Ejército republicano de Levante, sin experiencia en combate, no iba a plantear ninguna resistencia efectiva. Esto le permitiría cerrar cualquier esperanza de comunicación con el exterior al Frente del Centro republicano, imposibilitando su abastecimiento militar, lo que provocaría, indudablemente, una desmoralización insuperable. Quizás temía un fracaso en Barcelona, como los que había cosechado en Madrid, que hiciesen cambiar las expectativas tan optimistas existentes. Ni Juan Vigón ni los demás Generales franquistas podían comprender cómo se daba una oportunidad al ejército republicano de rehacerse. Ni siquiera los propios republicanos.

 

Hasta el General Rojo llegó a escribir que podía haber conquistado Barcelona en aquel mes. Los franquistas han tratado de justificar la posiblemente más errónea decisión de su Caudillo de toda la guerra. Se ha escrito que, tras la anexión alemana de Austria, que las fuerzas de Franco se acercasen a Francia podría haber llevado a tal país a intervenir directamente. La reapertura del tráfico aduanero por dicha frontera, inmediatamente después de tal anexión, podría ser un indicio de un cambio de actitud francesa. Sin embargo Hitler sabía que Chamberlain había informado a Blum que, si una participación francesa en Cataluña provocaba la guerra con Alemania, no podrían contar con su ayuda. Y esto significaba impedir ninguna iniciativa de Francia en tal sentido. Aunque es posible que Hitler no informase a Franco de tal noticia. Este sí sabía que el Estado Mayor francés era contrario a tal intervención: además del repudio a la República Española, que consideraban excesivamente progresista, les atenazaba la posibilidad de una guerra en dos Frentes. Otra tesis de los historiadores franquistas es que a Hitler no le interesaba en aquel momento una rápida y demoledora victoria de Franco, que podía suscitar temores, y reacciones adversas a su petición de anexionarse los Sudetes, la parte occidental de Chequia. Sin embargo, contrariamente a eso, el Duce no podía comprender la lentitud con que Franco se conducía. El conde Ciano anotó en su diario que Franco dejaba escapar la victoria cuando la tenía a su alcance. Mussolini estaba empezando a cansarse. Por un lado debido a que la anexión de Albania, ante la fácil consecución de Austria por su aliado, había empezado a estar entre sus objetivos más inmediatos. Por otro porque no podía comprender el desagradecimiento de Franco. Ciano escribió en su diario privado que éste pedía miles de cosas, los pagos en especie, como estaba haciendo con Alemania, y muy aleatorios.

 

El yerno de Mussolini consideraba que ya estaban haciendo bastante aportando sangre italiana a la guerra. También está en contra de dicha tesis está la orden del Ministerio de la Guerra al General Volkman de que indujese a Franco a tomar Barcelona. El Coronel Blanco Escolá lo achaca, simplemente, a la ineptitud militar de Franco. La teoría más admitida en la actualidad es que la conquista de Barcelona provocaría la rendición del resto de España, como así ocurriría al año siguiente, y que no era ésta la idea de Franco, sino una “limpieza” en profundidad, que le asegurase su dictadura personal vitalicia. Dionisio Ridruejo le comentó al escritor Ronald Fraser que, para Franco, una guerra corta y rápida significaba negociaciones y concesiones, inevitablemente, mientras que una guerra larga, cruel, significaba la victoria total, la opción que a éste le parecía más efectiva. Admitiendo que todo lo anterior tiene bastante verosimilitud, unas tesis más que otras, que todo pudo influir en su decisión, también es posible que Franco esperara un contraataque republicano que volviese a unir ambas zonas en las que había quedado dividido. No es nada ilógico. Y, en realidad, fue eso lo que ocurrió, pero sin poder siquiera aproximarse a tal objetivo. Aunque, como había intentado muchas veces el ejército republicano, según dice el refrán, la mejor defensa es un buen ataque. Claro que a los republicanos nunca les dio resultado. Hay que tener en cuenta que las mejores unidades republicanas, las más combativas, las más experimentadas, las que siempre habían estado en vanguardia en todas las ofensivas y mejor habían contenido los avances franquistas, precisamente las dirigidas por comunistas, por efecto de una retirada en desorden, habían quedado al Norte del Ebro.

 

Puede que esa sea una de las explicaciones de por qué Franco detuvo la progresión hacia Barcelona: para evitar una resistencia como la que ya habían experimentado en Madrid. En tal caso, detener el avance en Cataluña, atacar Valencia, aunque ya no era sede del Gobierno, y Teruel, podía ser una añagaza para atraer a tales topas a un contraataque al Sur del Ebro. Tal vez hacia la llanura, donde acabar con ellas con mayor facilidad. O, bien cortando los puentes o zafándolas en combate, impidiéndoles el cruce del Ebro de nuevo, poder conquistar Cataluña sin tal inconveniente. A mí esta posibilidad me resulta muy creíble. Sólo tiene un punto débil: para atraer tales tropas, Teruel estaba demasiado cerca. Debía haber dejado más terreno “desguarnecido”. Por ejemplo, atacando Guadalajara o Madrid. Es posible que no quisiese estar demasiado lejos porque esperaba abrir brecha, en breve plazo, en el Frente de Valencia. O, quizás la personalidad conservadora, apocada, de Franco, tal vez un cambio de temperamento desde su juventud más temeraria, le llevó a engrandecer la brecha abierta, el pasillo hacia el Mediterráneo, de forma metódica, lenta, ampliando el sector de Teruel, como medida de seguridad. Un temporal de lluvias torrenciales, con escasa visibilidad, demostró que, sin el efectivo concurso de la fuerza aérea, las tropas franquistas no podían cumplir en breve tiempo sus objetivos. Lo cierto es que los propios mandos franquistas estaban perplejos. Fuesen cuales fuesen sus razones, al parecer, a nadie dio cuenta de ello. Esto apunta más a que pudo recibir órdenes directas de Hitler. Hubo críticas a la decisión de Franco, tangibles, aunque muy pocos se atreviesen a hacerlas públicas, nunca de forma directa.

 

Entre ellos estaba Yagüe, siempre seguro de sí mismo, que en un banquete con falangistas, en Burgos, el 18 de abril, osó decir que “los rojos” luchaban con tesón y que cuando eran derrotados lo hacían con gallardía, pidiendo que las autoridades revisaran los expedientes y dejaran en libertad a los que estaban en la cárcel por defender sus ideales. Al parecer a los que hacía referencia, como “rojos”, era a Hedilla y otros falangistas. Como consecuencia fue nuevamente destituido del mando, por otra temporada. El 19 de abril los franquistas ocuparon Tortosa, ampliando y consolidando la cabeza de playa conquistada. El 21 iniciaron la ofensiva contra Valencia. Varela dirigiendo el Cuerpo de Ejército de Castilla, Aranda al mando del de Galicia, y García Valiño como jefe de la Agrupación de Enlace. El 22 de abril de 1938 Franco decretó la Ley de Prensa, redactada por Giménez Arnau, que ponía a sus órdenes a todas las publicaciones periódicas. En ella se amenazaba con castigos para cualquier escrito que, directa o indirectamente, mermase el prestigio de la Nación o del Régimen, entorpeciese la labor del Gobierno del nuevo Estado o siembre ideas perniciosas entre los intelectualmente débiles. Serrano Súñer la consideró ley “de guerra”, provisional, y, sin embargo, como acostumbra a ocurrir en España, estuvo en vigor hasta 1966, en que Manuel Fraga la sustituyó. El 23 de abril los franquistas tomaron Aliaga, avanzando por las sierras del Pobo y a Garrocha. Tras cuatro días de avance el temporal de lluvia forzó a detener la ofensiva. El 29 de abril de 1938 Franco decretó la Ley de Imprenta, que ampliaba la censura previa a toda clase de libros y decretos. Como la Inquisición, que tenía que sellar que nada obstruía a que algo fuese impreso: nihil obstat imprimatur.  

 

Negrín tardó dos semanas en reaccionar ante la nueva ruptura de la República en dos. La coincidencia con el cambio de Gobierno y los evidenciados enfrentamientos con la primera autoridad republicana, también le entorpecería en  ello. El 30 de abril, Negrín presentó al Consejo de Ministros el programa del nuevo Gobierno, que se conoció como los “13 puntos de Negrín”. Según Stepánov era el aprobado por el Comité Central del PCE. Me parece excesivo, puesto que los comunistas estaban perdiendo ascendencia en todos los campos. Tanto por el desastre en la retirada de Teruel, como porque los suministros soviéticos no llegaban. Lo que sí resulta innegable y completamente lógico es que se consensuara con ellos, los únicos socios sólidos, estables y suficientemente poderosos, aún, como para sostener al Gobierno. Y que habían demostrado que eran capaces de desestabilizarlo y llevarlo a la crisis si se les provocaba. El programa hacía referencia a la convivencia futura entre todos los españoles. Quizás, imitándolo o atajándolo, Franco iniciara todos sus discursos, hasta su muerte, con la frase “¡españoles todos!”. También pretendía la independencia e integridad de España, algo que siempre ha enarbolado la derecha, y que Franco abandonó. O, cuanto menos, nadie dudará que las hizo peligrar, con su acción secesionista y sucesivas alianzas internacionales. Aunque, en la actualidad, manteniendo y aumentando constantemente el “Tratado de Amistad” hispano-estadounidense, la última vez bajo el mando de Aznar, con nuevas cesiones de soberanía, la última sobre el espectro de ondas hertzianas, que, en caso de guerra, se ceden a Estados Unidos, como ya hizo Franco respecto de las redes de carreteras, ferrocarriles, líneas telefónicas, oleoductos, gaseoductos, costas, puertos y aeropuertos, la integración en la Unión Europea, el Banco Central Europeo y la aceptación del Tratado de Lisboa, hemos perdido cualquier atisbo de independencia y soberanía nacional.

 

Negamos hasta nuestra Constitución, haciendo pasar sobre ellas las leyes europeas, como reiteradamente demuestra el Tribunal de Strassburg. El segundo punto pedía la liberación de España de todas las fuerzas extranjeras que la habían invadido. Algo también incumplido con las Bases Militares Conjuntas hispano-estadounidenses, que se mantienen desde tiempos de Franco, como en Alemania, Irak o Afganistán. El tercer punto defendía una República popular y democrática. Tales términos, tras la IIª Guerra Mundial, durante la guerra “fría”, quedarían muy desprestigiados. El cuarto, la convocatoria de un plebiscito al fin de la guerra, que determinaría la forma legal y social que habría de darse a la República. Esto era tanto como una vía para conseguir la revolución, si se ganaba la guerra, como una opción democrática para que los franquistas pudiesen establecer la suya, si contaban con el suficiente apoyo popular. Es decir, una opción a una posible paz negociada. Y una limitación a las concesiones que pudieran establecerse en la misma. El quinto, sobre la protección y fomento de las culturas de los distintos pueblos, sin menoscabo de la unidad de España, una concesión a los nacionalismos, el sexto, plenos derechos ciudadanos, libre conciencia y práctica religiosa, el octavo, sobre una profunda reforma y democratización agrarias, el noveno, una legislación social avanzada que garantizase los derechos de los trabajadores, el onceno, sobre un ejército instrumento popular e independiente de los partidos políticos, y el duodécimo, la renuncia a la guerra como instrumento de política nacional, parecen límites a dicha posible negociación, hasta el punto de hacerla imposible, puesto que suponía la renuncia de todos los objetivos y compromisos franquistas. Además se reclamaba un puesto para España en el concierto de las naciones.

 

El séptimo, sobre el respeto a las propiedades legalmente adquiridas y al capital extranjero que no hubiese colaborado directamente con los rebeldes, tanto era una cortapisa al nazi-fascismo como a cualquier pretensión revolucionaria. En cambio los puntos décimo, sobre la mejora de la cultura física y moral de la raza, y decimotercero, una amplia amnistía para todos los españoles que quisieran tomar parte en la liberación y la reconstrucción de España, parecen claras ofertas para tal negociación. Negrín tenía un exceso de confianza en sus propias posibilidades, en especial sobre la diplomática. Tal vez la experiencia de sus éxitos profesionales le empujase a ello. Lo cierto es que había conseguido la reapertura de la frontera francesa, algo que parecía imposible. Para el conde Ciano en las guerras civiles no había pactos posibles, y los franquistas no podían pensar otra cosa. Máxime cuando estaban venciendo. Quizás tales puntos tenían una cuádruple intención: abrir la puerta de la negociación con los terroristas franquistas, del armisticio, a los más reacios a ello; garantizar la defensa de los valores más representativos de la democracia que había pretendido la República, incluso dentro de una posible paz negociada, para estimular la resistencia heroica del ejército, entonces bastante dudosa; dar esperanzas a la retaguardia, si no en la victoria, sí en la posible paz, estimulando su resistencia; y, obviamente, incitar al enemigo a una posible negociación. De tales objetivos este último resulta el menos esperable. Y sería el único que no llegaría a cumplirse. Por el contrario, entreabrir la puerta de la negociación, la esperanza de una paz pactada, a medio plazo, iba a despertar unas esperanzas absurdas, infundadas, ilusorias, en un comportamiento humano de los terroristas franquistas, que serían letales para la República, acabando definitivamente con la voluntad de resistencia. El 4 de mayo, al mejorar el tiempo, los franquistas reanudaron la ofensiva contra Valencia.

     El Cuerpo de Ejército de Castilla se dividió en dos zonas: hacia el Sur, en dirección a Alcalá de la Selva, y hacia el Oeste, hacia el mar, de Teruel a Corbalán. El Cuerpo de Ejército de Galicia continuó presionando hacia el Sur, por la carretera del litoral, hacia Benicasín y Castellón de la Plana. Paralelamente la Agrupación de Enlace también apuntaba hacia el Sur, de Morella a Mosqueruela. La idea era rectificar el Frente desde Teruel a Viver, Segorbe y Sagunto. Confiando en su ventaja numérica, en tropas y material militar, así como en su mayor experiencia, se habían desperdigado en un Frente de avance excesivamente amplio. Contra todo pronóstico, inteligentemente dirigido, utilizando con toda astucia las posibilidades orográficas, manteniéndose siempre a la defensiva, sin arriesgar nada inútilmente, el nuevo Ejército republicano de Levante resistió bastante bien. Establecieron, en tan breve plazo, una muy fuerte línea defensiva, que llamaron XYZ.

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