El derrumbe final


Cuando se supo que los refugiados españoles llevaban
costados, desde el inicio de la guerra en España, 344 millones de francos, Sarraut
preguntó en
la Cámara de Diputados francesa si alguien creía que debió
abrirse fuego contra ellos en la frontera. Decía que, entre los refugiados, había
de todo: héroes y fugitivos, valientes y canallas, honrados y malhechores,
inocentes y bandidos, madres que agonizan y heridos gangrenados. Todo ello
prueba la ambivalencia de los sentimientos que albergaban los franceses. También
debió influir el sentimiento de culpabilidad por el entreguismo respecto de
Checoslovaquia. En conjunto debían ser medio millón. El 19 llegó la respuesta
de Franco a las condiciones del Consejo Nacional de Defensa: “Rendición
incondicional incompatible con negociación y presencia en Zona Nacional de
mandos superiores enemigos”. Todo lo que habían hecho, su sedición, la matanza
de la última hora, entre los propios republicanos, sólo había servido para
asegurar la victoria incondicional de Franco. Tal cómo mantenían muchos
republicanos, la negociación era imposible, ilusoria. Franco estaba induciendo a
la huida a los mandos superiores, al ¡sálvese el que pueda! De este modo la
desmoralización sería más completa y se ahorraría la demora que podría suponer
la defensa numantina de las grandes ciudades. Sin embargo Centeño recomendó
verbalmente (no me cabe duda de que eran instrucciones directas de Franco) de
que designara a dos jefes para enviarlos a Burgos.  Quizás la indicación de “jefes” daba a
entender que no aceptaba los ascensos de graduación otorgados por el Gobierno
republicano posteriores a la sedición fascista. Por otro lado, en
interpretación estricta, podía entenderse que aceptaba una interlocución de
menor nivel, del rango de jefes. Y así lo hicieron. Se eligió al
Tenientecoronel de Estado Mayor Antonio Garijo y al Mayor Leopoldo Ortega. La
gélida y cortante telegráfica respuesta de Franco no dejaba lugar para ninguna
negociación.

    No obstante, Casado volvió a redactar otro documento, en
el que resaltaba la lucha contra los comunistas, y el peligro de que éstos resurgieran,
si se defraudaba la esperanza que se había depositado en el Consejo ¡Después de
que los derrotase! ¿Quién iba a temerles ahora? En la tarde del 21 de marzo,
agentes del Servicio de Información y Policía Militar comunicaron a Casado que
los franquistas aceptaban a los emisarios y los recibirían el día 23 en el
aeropuerto de Gamonal. Dicho día los Coroneles Luis Gonzalo De La Victoria y
Domingo Ungría se reunieron con ellos y les indicaron sus condiciones: dos días
después todo el Ejército del Aire republicano debía entregarse, y, dos días más
tarde, el de Tierra debía alzar bandera blanca en señal de rendición
incondicional. Indudablemente eran los términos de la misiva telegráfica que
menciona Tuñón de Lara en su “Historia de España”. Aunque no tenía nada que ver
con lo proclamado en las octavillas propagandísticas con las que, algunos días,
habían bombardeado Madrid, y que algunos ilusos se habían creído. Cuando se
conocieron tales indicaciones, algunos mandos republicanos las consideraron
humillantes y pensaron que había que resistir. Pero si habían dado el último
golpe de Estado era para rendirse. Para resistir bien podían haber continuado
obedeciendo a Negrín. Franco lo sabía. Sabía que no podía haber marcha atrás, y
por eso, con toda desfachatez y cinismo, con toda la bajeza que siempre le
caracterizó, como era su costumbre, iba a sacar todo el provecho de ello.
Casado lo comprendió. Tarde. Como no había otra salida intentó una nueva
aproximación, mediante una carta personal a Franco a través del duque de Frías.
Ahora utilizaba la táctica victimista, la llantina, se proclamaba angustiado
por la responsabilidad y porque pudiesen considerarlo un traidor.

Reiteraba que se había revelado para abortar un golpe de
Estado de los comunistas, que habría desplegado un régimen de terror sin
precedentes, para derribar a un Gobierno inmerso en todos los vicios políticos
imaginables y por el deseo de paz del pueblo. En definitiva, nada que pudiese
conmover a Franco, sino reafirmarle en que hizo bien cuando se insubordinó, y
que Casado hizo mal cuando no colaboró con él, sino que llevaba oponiéndosele
casi tres años, para, al final, venir a coincidir en lo mismo. La despedida no
podía ser más sumisa, dando a entender que se consideraba a sus órdenes,
disculpándose por la “conducta irreverente” (posiblemente se refiriese a
dirigirse a él sin seguir el conducto reglamentario) que justificaba en el
“ferviente deseo de servir a España”, respetuosamente a S(u) E(xcelencia; el
tratamiento de un subordinado a un General) su at(en)to s(eguro) s(ervidor)
Segismundo Casado. Es decir, era como si hubiese cambiado de bando, como si se
hubiese pasado a los franquistas. Según Tuñón de Lara, en el mismo libro
citado, cuando Franco se enteró de que intentaba enviarle una carta, se
adelantó con la advertencia de que “S.E. el Generalísimo no ve necesidad de
viaje a ésta portadores documento, pues su llegada no modifica absolutamente en
nada sus propósitos”. El día 24, en el cementerio del Este de Madrid, se
ejecutaron las sentencias de muerte contra Barceló y Conesa ¿Trataban de
congraciarse con Franco, demostrarle que también servían para fusilar a
comunistas? Quizás impresionado por este hecho el Jefe del S.I.M. llevó en
coche hasta Albacete a los dirigentes del P.C.E. que le habían sido entregados.
En Totana, junto a los últimos mandos comunistas que habían podido escapar de
dicha Junta sediciosa, embarcaron en aviones que les llevarían a Argelia, a
Mostaganem.

El 25 de marzo el mal tiempo y problemas técnicos y
logísticos impidieron entregar la Fuerza Aérea, por lo que los dos portavoces
republicanos volvieron a reunirse en Gamonal con Gonzalo y Ungría para dar
explicaciones. Gonzalo telefoneó al General Jefe de Estado Mayor de Franco, que
debía ser Vigón, e informó del incumplimiento, recibiendo la orden de suspender
la reunión y enviar de vuelta a los interlocutores del Consejo Nacional de
Defensa. De inmediato el Cuartel General de Franco dio las órdenes para la
ofensiva final. El 26 de marzo los Cuerpos de Ejército de Extremadura, desde
Cabeza de Buey, de Marruecos, desde Peñarroya, de Andalucía, desde Espiel, y de
Córdoba, desde Montoso, en el Frente Sur, avanzaron hacia el Norte, para
converger en Ciudad Real. Los de Toledo, del Maestrazgo, Navarra y CLI, desde
Talavera de la Reina, Polán y Toledo, en el Frente del Centro, hacia el Sur. Y
los de Urgel y Aragón desde Torre del Burgo, Masegoso, al Norte de Torrebeleña,
y entre Brihuega (¿venganza de la derrota de los italianos en Guadalajara, o
para quedar por encima de ellos?) y Cifuentes, en el Frente de Levante, hacia
Madrid y Cuenca, respectivamente. Avanzaron sin encontrar resistencia. A las
dos de la tarde el Ejército del Sur, según registros del archivo militar
alemán, pasaba nota de haber hecho muchos prisioneros, incluidos rusos. El 27
de marzo, Franco se alió con Hitler en el “pacto anti-KOMINTERN”, que se
mantendría en secreto hasta 11 días después, tras haberse declarado el fin de
la guerra (in)civil española. Von Richthofen anotó en su diario privado que la
artillería, que funcionaba como nunca en España, había comenzado a las 05.50,
pero que no se detectaban movimientos en las “líneas rojas”. A las siete realizaron
su primer bombardeo (aéreo, del día) que calificó de “muy bueno”.

    Simultáneamente se realizaron reconocimientos sobre los
objetivos que habían sido designados para bombardear. Tras la cifra 06.00,
escribe que la infantería avanzó, junto con los tanques, tras el bombardeo que
había realizado la Legión Cóndor por delante de sus líneas. Si la cifra, como
parece lógico se refería a la hora del avance, hay una incoherencia, porque el
párrafo anterior refería dicho bombardeo una hora después. Quizás quiso o debió
anotar 08.00, pero no era eso lo significativo, sino que advertían pocos
defensores en las líneas, concluyendo que “Los rojos han evacuado las
posiciones”, lo que no era del todo cierto. Más exactos son los párrafos
siguientes: “Todos se están marchando. Nuestra magia de fuego ha funcionado
bien”. Observaba que, tras avanzar 24 kmtrs., la infantería se había quedado
sin aliento. Pero, a continuación, quizás interrumpiendo el redactado por la
última información recibida, remataba: “Noticias de que en todas partes
alrededor de Madrid hay banderas blancas y las unidades se están rindiendo
¡¡¡LA GUERRA HA TERMINADO!!! Fin para la Legión Cóndor”. Como de costumbre, Von
Richthofen se anticipaba a los acontecimientos. El 28, las líneas de defensa
republicanas se habían desintegrado. Algunos soldados, de ambos bandos, se
abrazaban considerando que ya había terminado todo, que tras la guerra volvería
la paz. A los republicanos que quedaban cercados, los franquistas les ordenaban
que amontonasen su armamento, y los apresaban en plazas de toros o en campos
alambrados a la intemperie. Los que mantenían posiciones en retaguardia dejaban
sus armas y trataban de volver a sus casas. El Coronel Losas llegó con sus
tropas hasta la Casa de Campo ¿Otra venganza o reconstrucción de la historia
por derrotas anteriores? El Coronel Prada, en las trincheras de la Ciudad
Universitaria, le entregó Madrid.

Según el PCE, entre los nazifascistas que entraron para
“liberar” Madrid había dos Divisiones italianas y unidades marroquíes. Constatado
lo ingenuo de “negociar” con Franco, y que sólo habían logrado acabar con
cualquier espíritu de resistencia, el autoproclamado Consejo Nacional de
Defensa concluyó que no era capaz de defender nada, se diluyó y cada uno puso
los pies en polvorosa. Precisamente lo que habían acusado que harían el
Gobierno legítimo y los comunistas. La única honrosa excepción fue la de Julián
Besteiro, que, coherente con el papel que había jugado, esperó el desenlace de
los acontecimientos en Madrid, lo que le costaría la vida. Miaja huyó a Orán en
su avión privado. Casado había pedido ayuda a Francia y Gran Bretaña, que no se
dignaron responder. De todos modos era demasiado tarde para que fuese de
ninguna utilidad. Además, los submarinos italianos patrullaban con órdenes de
no dejar entrar ni salir a ningún buque. Aunque ya veremos que algunos
consiguieron burlarlos. Se fue a Valencia. Después escribiría que dejando
órdenes de que la rendición formal se efectuase a las once de la mañana del día
siguiente. A mediodía hizo su entrada en Madrid el General Espinosa de los Monteros.
Abría una comitiva de camiones de avituallamiento, 200 oficiales jurídicos y
muchos policías militares y falangistas dispuestos a encargarse de la represión
desde el primer momento. En los balcones se desplegaban las viejas banderas de
la vieja España monárquica, salían a la calle los quintacolumnistas, gritando
lemas franquistas y saludando con el brazo alzado, así como curas y frailes
repartiendo bendiciones. Y guardias civiles volviendo a lucir sus antiguos
uniformes. Otros arrancaban carteles, rótulos de calles y edificios, rompían retratos
o deshacían barricadas.

    El diario oficial de guerra de la Legión Cóndor expone en
su última anotación, a las cuatro de la tarde, que las emisoras de
radiofrecuencia de todas las capitales de provincia habían ido difundiendo su
sumisión a los franquistas, expresando su devoción al Caudillo, de lo que
concluía que la guerra estaba a punto de acabar. Los franquistas continuaron
avanzando hacia los puertos del País Valenciano, en los que varios miles de
personas se congregaban desesperados, suplicando que les dejaran subir a
algunos de los pocos buques que permanecían amarrados. Cuando llegó Casado el
ambiente era dantesco. Sólo el “Lézardrieux” pudo zarpar con refugiados. Y, en
Alicante, el “Stanbrook”, atestado por 3.500 refugiados, que llevaría a Orán.
Sin embargo el “Maritime” y el “African Trade” soltaron amarras sin permitir
que embarcase ningún republicano. De Cartagena sólo zarparía el “Campilo”. Los
franquistas del Frente de Levante habían tomado Torre del Burgo, Brihuega y
Cifuentes. El conde Ciano anotó en su diario que había caído Madrid, y, con la
capital, todas las restantes ciudades de la “España roja”. “La guerra ha
terminado”. Otro que se precipitaba. Era la misma frase que el Duce había
utilizado cuando comunicó que había completado la “conquista de Abisinia”. Para
Ciano, la de España era una nueva y formidable victoria del fascismo, quizás la
mayor hasta ese momento. En vista de la situación, el 29 de marzo, Segismundo
Casado se fue a Gandía, donde le acogió, junto con sus seguidores, el Crucero
de su británica majestad, “Galatea”, que estaba allí en misión de evacuar a los
prisioneros de guerra italianos, según un acuerdo de intercambio ¿Cumpliría
Franco con su parte del mismo, con la victoria ya en la mano? Hacia Alicante afluían
dirigentes políticos y sindicales, y miles de soldados y civiles, en infinitas
filas de coches y camiones embotellados en parsimoniosa lentitud.

Para entonces habían caído en manos franquistas, en el
Frente del Centro, Buitrago, Torrelaguna y Madrid. Y, en el de Levante,
Terrebeleña, El Cubrillo, y Salcedón, y, en Alcalá de Henares y Cuenca, se
unieron a las tropas del Frente Sur, con las que se unificaban. El día 30 de
marzo, los franquistas ya estaban en Albacete. En el puerto de Alicante se
concentraban 15.000 personas. Se había corrido la voz, tal vez ilusiones de la
desesperación, que los buques que habían partido sin refugiados volverían para
recogerlos, o que llegarían otros más a por ellos. Para entonces la ciudad de
Valencia también había sido tomada por los franquistas. Procedentes de
Albacete, los italianos de Gambara los cercaron. Algunos se suicidaron sobre
los mismos muelles. El resto fue apresado en campos de alambradas de Los
Almendros, Albatera, el castillo de Santa Bárbara, la plaza de toros y en
cuantos sitios encontraron. Para entonces los franquistas ya habían tomado
Almería. El 31 de marzo sólo quedaban zonas aisladas que pudieran decirse
republicanas. Un corredor que se había iniciado desde Toledo se bifurcó hacia
Ciudad Real y hacia Murcia, llegando hasta Cartagena. Parecía obsesión impedir
que pudiesen “escapar” los republicanos: todo lo contrario de lo que había
ocurrido en la frontera francesa. Tal vez, cuando ya habían conseguido la
victoria, ahora temiesen que se pudiera formar un contingente que los hostigara
desde el exterior, o un ejército guerrillero. Francia y el Reino Unido de la
Gran Bretaña firmaron una alianza con Polonia: era una advertencia a Hitler,
una demostración de que les había molestado su incumplimiento respecto del
pacto sobre Checoslovaquia, y de que no iban a consentir que atacase a dicho
país. Y ese mismo día Alemania denunciaba el Pacto de no agredir a Polonia,
demostrando que consideraba una agresión la alianza de ésta con Francia,
reafirmando la que ya existía, y con Gran Bretaña. Que lo interpretaba como que
aquella había cambiado de bando.

    Que amenazaba con atacarla, con poner a prueba la seriedad y compromiso
de dicha alianza. Que se mofaba de la misma, que la creía un farol que no
estaban dispuestos a cumplir, o, en todo caso, que en nada temía a la potencia
militar conjunta de dichas tres naciones. El Ministerio del Interior francés
inició listas de refugiados españoles sospechosos de activismo político, a los
que se trasladó al castillo templario de Collioure. Henri Wallon, uno de los
mayores psicólogos infantiles del siglo pasado, y luchador por la libertad, denunció valientemente el mal trato y los castigos que allí recibían, por lo
que debieron cerrarlo. A las mujeres con iguales sospechas se las internó en el
campo de concentración de Rieucros.

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