Mentiras para el fin de una guerra

 

Así tuvo fuertes enfrentamientos con los comunistas,
especialmente con el Ministro Uribe, al que reprochó que eran más obedientes al
PCE que al Presidente del Gobierno. Ciertamente esto era habitual en los
Partidos Comunistas de la época. Según Togliatti, en una de estas trifulcas
llegó a amenazarlos con fusilarlos a todos. Algo estúpido que no estaba en
condiciones de cumplir. La actuación diplomática del italiano impidió una
ruptura completa. Sin embargo había perdido la confianza de dicho dirigente de
la KOMINTERN. En un telegrama a Moscú informó que David (el PCE) se había
quedado aislado, atacado por todos, mientras tía (Negrín) continuaba
insistiendo en la resistencia, pero no hacía nada para cambiar la situación. El
Coronel Casado se había relacionado, indirectamente, con Godden, Cónsul
británico en Valencia, y Stevenson, encargado de negocios. Al parecer, éste le
ofreció la mediación del Reino Unido de la Gran Bretaña para impedir
represalias franquistas, si rendía (¿ya no era negociar?) la zona de Madrid, o,
en todo caso, colaborar en la evacuación de los republicanos. Con toda la
cachaza que le caracterizaba, finalmente Franco dictó a Barrón las condiciones
por las que aceptaría la rendición. Este firmó la carta y se la remitió,
mediante agentes del Servicio de Información y Policía Militar de Franco, al
Coronel Casado, que la recibió el 15 de febrero. A tales alturas, no podían ser
otras que una rendición incondicional. Parece increíble que alguien pudiese
fantasear con otra cosa. Comenzaba asegurando que los republicanos tenían
perdida la guerra (es decir: que cualquier “negociación” era inútil) y que, por
tanto, cualquier resistencia era criminal, lo que no puede entenderse sino como
una directa amenaza.

Que sólo tras la rendición se podrían mantener los
ofrecimientos radiofónicos (es decir: que eran falsos, como siempre hace la
derecha con todas sus “ofertas”) de perdón (¿qué tenían que perdonar los
insurrectos?) a los que “hayan sido arrastrados engañosamente (¿quién decidiría
tal interpretación? ¿qué garantías eran esas?) a la lucha. Además de la “gracia
de la vida” (nueva amenaza, que implicaba que, a los que no fusilaran, no se
les aseguraba que no irían a campos de prisioneros de guerra) se recompensaría
en proporción a lo que colaborasen a la Causa de España ¿Quería decir a los que
traicionasen a sus compañeros de armas, al Gobierno legítimo, constitucional? Se
darían salvoconductos para salir al extranjero, no se decía ni cuántos ni en
qué condiciones. Los “delitos” serían debidamente procesados por tribunales de
“justicia”, con lo que se sustituía el término “militares”, según indicaba la
reciente “Ley” de Responsabilidades Políticas. Es decir, amenazas junto con
engaños, típicos del franquismo, como, en términos generales, de toda la
derecha. Concluía con promesas inconcretas de trato humanitario, junto con la
terminante amenaza de exigir graves responsabilidades por la sangre inútilmente
derramada, ante cualquier retraso en la rendición o la “criminal” y estéril
resistencia a su avance. Por entonces se abrió el primer campo de concentración
en Francia, en Argelès-sur-Mer, para internar a los huidos españoles.
Posiblemente su objetivo fuese impedir que volvieran a unirse al ejército
replicano, a retornar a España para defender el Estado de derecho. O, tal vez,
para evitar que se dedicaran al robo y al saqueo, buscando comida. O que
pudiesen extender la revolución en Francia. O alentar la recluta entre los
franceses para defender la República Española. No era otra cosa que rectángulos
de una hectárea en la marisma, delimitados por alambradas de púas. Lo
custodiaba la guardia colonial senegalesa. Se separó una zona civil y otra
militar.

En ésta se encuadraron a los hombres por centurias, según
el Arma o el Cuerpo en el que estaban encuadrados, y se mantuvieron los rangos
de jefatura. Los franceses sólo  admitían
la interlocución con los oficiales, que, en su mayoría, eran comunistas, y que
encontraban sumamente difícil entenderse con los senegaleses. No tenía agua
potable, ni se tomó ninguna disposición sobre medios de saneamiento o higiene.
Así que debieron hacer sus necesidades en la playa, e incluso beber agua de
mar, lo que provocó una epidemia de desintería. Sus 77.000 internados,
precariamente calzados, tras las inmensas caminatas por las carreteras de
montaña, y mal vestidos, construyeron barracones con los restos que
encontraron, para dar refugio a los heridos y enfermos, mientras los demás
debían enterrarse en la arena cada noche, para protegerse del relente y la humedad,
al menos en parte. Recibieron poca y mala comida y, en breve plazo, se vieron
infectados de sarna y piojos. El 16, el agente británico Denis Cowan,
representante de Phillip Chetwode, presidente de la comisión internacional
supervisora del intercambio de presos, se reunió con Julián Besteiro. El 17 de
febrero, según el Servicio de Información y Policía Militar franquista, volvió
a contactar con el General Matallana, sustituto de Miaja. El 18 de febrero, el
Tenientecoronel Centaño, junto con Manuel Guitián, otro de los jefes de la
resistencia franquista, se volvió a reunir con el Coronel Casado, en el puesto
de mando de éste en la Alameda de Osuna, a las afueras de Madrid, en las que,
por toda respuesta a la carta recibida, pidió que la emisora de Radio Nacional
desatase insultos contra él, para evitar sospechas. Según Stepánov, Negrín
sabía exactamente lo que estaba ocurriendo, y no hacía nada para evitarlo,
aportando como prueba las palabras de éste, en París, ante la sesión permanente
del Congreso, cuarenta días más tarde.

El 20 de febrero, el agente británico Denis Cowan,
representante de Phillip Chetwode, presidente de la comisión internacional
supervisora del intercambio de presos, lo hizo con el Coronel Casado. En un
rapto de honradez, incoherente con sus maquinaciones, le indicó que debía
obediencia al Presidente del Gobierno, pero que si el de la República
sustituyese a Negrín por Besteiro la guerra concluiría rápidamente ¿No era
necesario el acuerdo del enemigo, para una paz negociada? ¿O es que ya sólo se
planteaba la rendición incondicional? Así se lo comunicó Peterson a Halifax,
mes y medio más tarde. Simultáneamente, según el Partido Comunista, presentó
por escrito, a petición de Negrín, las acusaciones de conjura en el Regimiento
Naval, el Cuerpo de Carabineros, y altos mandos del ejército. Entre ellos el
Tenientecoronel Garijo, del Cuartel General del Grupo de Ejércitos de la zona
Centro-Sur, del que se sospechaba de pasar información al enemigo y forzar
decisiones erróneas, y que sería ascendido por Franco tras la guerra. Como
pruebas de traición alegaba que no se habían llevado a cabo las operaciones
aprobadas de internamiento en Extremadura, Motril o Brunete, ni ninguna otra
que hubiese desviado la presión sobre el Ejército del Ebro. Y que no se había
aprovechado el tiempo para fortificar Cataluña ni Madrid. Al contrario, el
Coronel Casado prohibía el reparto de Mundo Obrero y encarcelaba a decenas de
comunistas, que entregaría a Franco y éste fusilaría. Nada se hizo sobre la
base de tales acusaciones. El 22 de febrero, tras comprender ambos, el PCE y
Negrín, que estaban igualmente aislados, y necesitados los unos de los otros,
mediante insistentes gestiones de éste, el PCE aceptó los tres puntos que había
expuesto en el Consejo de Ministros de Figueras, y que suponían una reducción
de los 13 puntos que los comunistas propusieron, y ambos acordaron en octubre.

El propio Negrín se encargó de revisar la redacción final
de dicho documento, lo que demuestra el cambio de situación, desde que el PCE era
el que presentaba propuestas al Presidente del Gobierno. Aunque ya nada de esto
tenía utilidad, porque, tras la “ley” franquista sobre represalias por motivos
políticos, quedaba claro que no tenía la menor intención de aceptar ninguno de
los tres. El sueco Coronel Ribbing, que supervisaba la repatriación de los
brigadistas internacionales, informó que había dos opiniones recurrentes: que
si a los españoles los dejaran sólo los extranjeros ambos bandos podrían llegar
a acuerdos, lo que demuestra lo poco que, aún, después de casi tres años de
traición, sedición, guerra y represión, habían llegado a comprender de la
mentalidad de Franco, y que, si en un bando estaban hartos de la libertad
revolucionaria, y en el otro del rigor fascista, no debía ser difícil llegar a
compromisos: la ilusión de la desesperanza. Y también cómo, poco a poco, se iba
fraguando una víctima propiciatoria que sacrificar, para que calmase al
monstruo del  fascismo:  el 
comunismo  revolucionario  -por más que, durante toda la época del
Bloque o Frente Popular, había dado continuas muestras de comportamiento
responsable, cumplidor de lo pactado- o incluso el liberalismo democrático. Tanto
los negrinistas como el PCE mantienen que haber perdurado en la resistencia
hasta otoño habría supuesto la intervención de Francia y Gran Bretaña, de parte
de la República,
y, con ello, su victoria. Tal simpleza obvia que fue Hitler quien decidió cuándo
atacar a Polonia, y que, si le hubiese interesado, podía haberlo retrasado
cuanto se le antojase. En realidad se había comprometido, e incumplió, con sus
militares, a no entrar en guerra hasta diez años de rearme, es decir, cuatro
años después de cuando lo hizo.

Si hubiera cumplido lo prometido su desastre habría sido
completo, porque los soviéticos ya tendrían suficientes tanques T-34 y
tripulaciones entrenadas en su manejo, y los británicos suficiente cantidad de
las versiones más avanzadas del “Escupefuego” (Spitfire) precisamente desarrolladas tras los informes de sus
espías, sobretodo del español “Garbo”, sobre los Messerschmitt Bf-109 que
operaron y, más tarde, se ensamblarían, en España. De modo que no hubiese tenido
ninguna oportunidad. Además, Estados Unidos, desde dos años antes, avanzaba en el
diseño de armas de destrucción masiva mediante la energía de desintegración
atómica, lo que le habría dado a Hitler sólo dos años de margen para sus
“proezas”. Pero, sobretodo, que, según demostraron los hechos, ni Francia ni
Gran Bretaña estaban, ni seis ni sesenta meses después, en condiciones de
intervenir victoriosamente en España, de enfrentarse a Hitler. En una fecha no
esclarecida, Negrín se reunió en el aeródromo de Los Llanos, en Albacete, con
todos los altos mandos de las fuerzas armadas. Les llamó a resistir, les dijo
que pedir la paz a Franco sólo serviría para demostrar a unos y otros que
estaban derrotados. Que Francia iba a entregar las armas que tenía retenidas,
que la guerra en Europa era inminente, y que, con ella, recibirían la
necesitada ayuda de las “democracias occidentales”. Al parecer nadie le creyó.
El General Matallana aludió a la falta de equipamiento y suministros para las
tropas. El Almirante Buiza, jefe de la Flota, dio a entender que, si no llegaba
a una “solución” inmediata, ésta abandonaría las aguas españolas, como pedían
tanto los oficiales como los marineros. El Coronel Camacho, jefe de la aviación
de la zona Centro-Sur, informó que sólo tenía tres escuadrillas de cazas y
cinco de bombardeo operativas.

El General Miaja, irritado porque Negrín no le hubiese
dado la palabra en primer lugar, enfado comprensible dada su alocución
posterior, si bien ésta era inesperable, sorprendió a todos con su disposición
a la resistencia. Tal vez, si hubiese sido el primero en hablar, podía haber
cambiado el contexto de la reunión. No era de esperar que alterase las ideas de
los presentes, pero sí haberles hecho tener más reparos en expresarlas con
tanta rudeza. Pero Negrín tampoco podía imaginar que iba a intervenir en tal
sentido, puesto que ya había demostrado anteriormente sus reticencias. Por
ejemplo, al no colaborar con ofensivas de desvío de ataques franquistas durante
la determinante batalla del Ebro. En realidad, las sospechas de doble juego por
ambas partes son insoslayables. El 24 de febrero Chamberlain mentía al
Parlamento británico, al asegurarles que Franco le había dado garantías de no
realizar represalias políticas en España (querría decir suplementarias a las
más de 100.000 que, por entonces, llevaba) a pesar de la “ley” de
Responsabilidades Políticas que éste había firmado 15 días antes.

Advertisements
This entry was posted in El largo y tortuoso camino a la democracia en España. Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s