La República, sin Presidente

 

El domingo 26 de febrero, el enfermo, abatido,
desmoralizado y fracasado, no sólo para mantener la República, la
democracia, sino para garantizar la vida de sus conciudadanos, sus presididos,
Azaña, abandonaba su residencia en la embajada de
la República

Española en París, para instalarse en una casa en la Alta Saboya, en
Collonges-sous-Salève, que había alquilado su cuñado, Cipriano Rivas Cherif,
siguiendo sus instrucciones, un año antes. Comprendiendo lo que ésto
significaba de alejamiento de la representación oficial, Negrín le envió un
emisario con un telegrama, en el que le pedía que regresase a España para
ejercer sus funciones de Presidente de la República.

Aunque forma parte de su lógica personalidad que le
exigiera que corriese iguales riesgos que él, que diese ejemplo de resistencia
y lealtad en el compromiso de sus obligaciones, también demostraba su falta de
tacto, su incapacidad de analizar las circunstancias personales, anímicas. Porque,
ante tal disyuntiva, Azaña, en aquél nefasto momento, no hizo sino lo que
llevaba mucho tiempo sopesando: dimitir. El 27 de febrero tanto Francia como
Gran Bretaña reconocieron formalmente al Gobierno de Franco.

El pseudofascista Mariscal Petain, flamante embajador
francés en Burgos, consideraba a Franco “la espada más limpia de Occidente”. No
sería limpia de sangre ni de injusticias. Quizás Petain considerase que la
sangre de los demócratas limpiase las espadas de los asesinos. José Félix de
Lequerica fue designado embajador del Gobierno de Franco ante Lebrun, el
Presidente de la
República Francesa, y el duque de Alba ante su graciosa
majestad británica. Estados Unidos llamó a consulta al suyo, Claude Bowers ¿Con
qué motivo? ¿Con qué justificación? ¿Qué había hecho mal la República Española
que debiera debatir el Gobierno estadounidense con su embajador ante ella? Su
Secretario de Estado, Cordell Hull, reconocería que se hizo para tener libertad
de entablar relaciones diplomáticas con Franco. Ocho años antes la República Española
había obtenido un préstamo de Francia de 250 millones de pesetas-oro. En
garantía del mismo se depositó oro en la sucursal de Mont Marsan del Banco de
Francia. Cinco meses antes, aprovechando la devaluación de la moneda francesa,
la agonizante República Española había dado orden de cancelar dicho préstamo,
con lo que resultaba un exceso de garantía de unos 27 millones de dólares, a
favor de España.

Daladier entregó a Franco dicho oro, que correspondía a la República

Española, junto con todo el material de guerra de ésta
aún no entregado, bloqueado, bajo la justificación de “no intervenir” en la
confrontación, así como el compromiso de no permitir que los republicanos
españoles realizasen en Francia ninguna actividad contra Franco: toda una serie
de “regalos de buena voluntad” (robados a su legítimo propietario) para granjearse
la simpatía, o, al menos, la neutralidad, futura, de Franco. Esta era la idea
de “no intervención” que tenían las “democracias occidentales”: el apoyo, cada vez
más descarado, al fascismo. Todos sus sufrimientos posteriores los tenían
sobradamente merecidos. La entrega del oro de

la República

Española de la sucursal de Mont de Marsan a Franco
justifica la decisión de Largo Caballero de depositar gran parte de las
reservas de oro y divisas en la Unión Soviética: las “democracias occidentales”
eran menos de fiar que la “Patria del proletariado internacional”. Nuevamente
Diego Martínez Barrios, hombre de confianza de Azaña, otra vez Presidente del
Congreso, debía de nuevo convertirse en Presidente de la República en funciones,
y convocar a los diputados para elegir a un sustituto definitivo. La carta de
renuncia de Azaña no podía ser más inoportuna, posiblemente con la intención de
salirse con la suya, de demostrar, tozudamente, que llevaba razón, forzar,
estúpidamente, a unas ¿negociaciones? con Franco.

Así, aludía a la autoridad militar del General Rojo para
asegurar que la guerra estaba perdida, al reconocimiento del Gobierno de Franco
por parte de las “democracias occidentales”, y a la “desaparición” del aparato
político del Estado, del Parlamento, las representaciones superiores de los
partidos políticos, los órganos de consejo y acción indispensables para ejercer
la presidencia, para justificar su dimisión, y pedía al Presidente del Gobierno
republicano que gestionase una paz en condiciones humanitarias. Ya no indicaba
honorable. Con todo ello estaba declarando extinguida la República y
desautorizando cualquier acto de Gobierno, incluso cualquier hipotética
“negociación”, ni con Franco ni con ningún otro interlocutor, ni español ni
internacional. Un hombre que se había caracterizado por su perspicacia
política, haber traído la IIª
(IIIª, si se incluye la catalana, la de mayor duración) República a España,
haber reinstaurado la democracia, y capeado con mano izquierda los momentos más
difíciles, en éste, en el definitivo, se despedía de la escena con un acto de
despreciable irresponsabilidad, que rezumaba cobardía. Pudo haber alegado
enfermedad para no volver a España, incluso para dimitir, aunque lo más lógico
habría sido esperar, ya que los acontecimientos no podían demorarse demasiado
tiempo. Martínez Barrios logró reunir a 16 miembros de la Comisión Permanente
del Congreso, entre los que no había ningún comunista, en el restaurante Laperouse
de París y decidieron remitir un telegrama a Negrín. En él Martínez Barrios se
decía dispuesto a volver a Madrid, pero sólo para negociar la paz, y elegir,
mediante compromisarios, al nuevo Presidente. Semejante condicionado
significaba, sencillamente, incumplimiento del mandato constitucional.

Con toda lógica, ante tales hechos, Negrín prefirió no
responder, no alentar la controversia: para nada quería en Madrid a alguien con
atribuciones de Presidente de la
República que no fuese a apoyarle en su convicción de
resistencia. Aunque ésta cada vez era más débil. Tal falta de respuesta fue
utilizada por Martínez Barrios y otros, como el General Rojo, como
justificación para no regresar a España. A finales de febrero, en una visita de
Negrín al Frente de Guadalajara, Mera le dijo que había  ignorado a los anarquistas y ahora pretendía
que entregasen sus vidas resistiendo, cuando no había posibilidad ni medios
para que fuese útil para nada, mientras los defensores de la resistencia ya
habían enviado a sus familias al extranjero, y se dedicaban a expatriar valores
y bienes. El último director del Servicio de Inteligencia Militar fue Santiago
Garcés, negrinista. El 2 de marzo Negrín ordenó a Matallana y a Casado que se
personaran en la “posición Yuste”, su residencia particular. Allí les informó
sobre sus planes de reorganizar toda la cúpula del ejército. No se sabe si era
un arrebato de ingenuidad o, por el contrario, una suprema malicia, pues les
estaba incitando a ejecutar el golpe de Estado, acabar con todo, de una vez, ya
que, en las circunstancias por las que se atravesaba, se había demostrado tan
imposible la resistencia como una negociación honrosa de la paz. Ambos
refutaron tal pretensión, pero no le convencieron. Así que se dirigieron de
Elda a Valencia para informar a Menéndez de las novedades, y tomar decisiones
sobre cuál debía ser su comportamiento.

El 3 de marzo Negrín publicó en el Diario Oficial del
Ministerio del Ejército el nombramiento de Jefe de la Base Naval de Cartagena a
Francisco Galán, Coronel de Seguridad, al Tenientecoronel Etelvino Vega como
Gobernador Militar de Alicante, al Tenientecoronel Leocadio Mendiola, Comandante
de Murcia, al Tenientecoronel Inocencio Curto, Comandante Militar de Albacete,
y a Cordón, al que se ascendía a General (igual que a Modesto) Secretario
General del Ministerio de Defensa. Todos ellos eran comunistas. También se
ascendía a General a Casado, con lo que se le facilitaba la realización de sus
intenciones golpistas. El General Matallana sustituía a Rojo como Jefe del
Estado Mayor Central, y el General Miaja pasaba a ser Inspector General del
Ejército, un puesto absolutamente simbólico, sobretodo en las circunstancias de
extinción, a muy corto plazo, por las que se atravesaba. Tal vez se les pretendía
facilitar la huida, al separarlos de puestos de responsabilidad directa sobre
las líneas de combate, en pago por sus esfuerzos y méritos (todo es relativo y
criticable) durante la guerra, si todo acabase mal, como era de prever. O,
simplemente, porque ya no se fiase de ambos. Que presumiera que estaban
dispuestos a la rendición. Sin embargo, tomándolo como destituciones, podían
reaccionar en sentido contrario ¿Era ésto lo que realmente pretendía? ¿Por eso
había ascendido a Casado? Tales nombramientos los justificaba en que hacía uso
de facultades expresamente concedidas por el Presidente de la República y el
Consejo de Ministros, lo que podría decirse que era falso. A menos que se
considere que, al dimitir Azaña, y al negarse Martínez Barrios a asumir sus
obligaciones constitucionales, puesto que ponía condiciones, legalmente
inaceptables, para ello, estaban delegando en él tales facultades.

Lo que resulta incontrovertible es que el Gobierno no se
había reunido para tratar tales nombramientos, aunque el Presidente pudo haber
consultado con sus Ministros, individualmente, para hacerlos. Sin embargo eran
completamente razonables: tanto si se pretendía una resistencia a ultranza como
una retirada escalonada los comunistas debían estar en vanguardia, ya que eran
lo únicos decididos a continuar la guerra. Era la única posibilidad de que se
defendiera, con convencimiento, los puertos y aeropuertos de Levante, dando una
oportunidad a la evacuación de los que pretendieran expatriarse. Hay que tener
en cuenta que la República aún controlaba diez provincias, con unos diez
millones de habitantes, la capital del Estado, un ejército de unos 700.000
hombres, según el Partido Comunista, cuatro grandes puertos, entre ellos la
principal base naval de España, y una Flota que aún contaba con tres cruceros,
trece destructores, cinco torpederos, dos cañoneras y siete submarinos. El
P.C.E. había insistido en cambiar a los mandos del ejército que parecían más
indisciplinados, si no agentes franquistas. Pero Negrín, quizás temiendo un
excesivo poder de los comunistas, les consintió haber permanecido
holgazaneando, sin lanzar ninguna ofensiva que desviase fuerzas de las que
empujaban a los combatientes del Ebro, ni tampoco cumplir las órdenes de
fortificación, movilización de civiles y reservistas. Según el PCE, en una
reunión de la Comisión Ejecutiva del PSOE, Julián Besteiro había expuesto que
lo peor que podía ocurrir es que la República ganase la guerra, porque entonces
España sería comunista, cifrando sus únicas esperanzas en que Gran Bretaña
decidiese intervenir, y que no lo haría mientras se mantuviese el Frente
Popular, que en el extranjero se consideraba como un avance del comunismo.

En el mismo sentido sostienen que Casado había propagado
la promesa que, según sus contactos ingleses, Franco les había hecho de
mantener las graduaciones (lo que implicaba la vida, la libertad y la
profesión) de los que se rindiesen de inmediato. Como no podía ser de otra
forma, los conspiradores se alarmaron, considerando que Negrín y los comunistas
intentaban escapar primero. Todo lo contrario de lo que supone emplear el
sentido común. Pero también Franco, que concluyó que se ponía el Ejército
Popular a las órdenes del Partido Comunista, lo que podría significar una
prolongación de la resistencia, instaurando una dictadura de Generales y
Coroneles ¿Cómo la que él estaba haciendo? El 4 de marzo, cumpliendo las
órdenes, Francisco Galán se presentó en Cartagena para hacerse cargo de su
nuevo puesto. El General Bernal lo recibió con toda normalidad y lo invitó a cenar.
Mientras tanto el ejército y la Flota se amotinaron, y Galán fue apresado. Otra
sedición dentro de la sedición. Mientras unos pretendían negociar la paz
algunos Oficiales buscaban congraciarse con los franquistas, cuando estaban
seguros de que todo estaba perdido, y avisaron a la “quinta columna”.
Falangistas y marineros se adueñaron de las baterías artilleras de la Costa de
Los Dolores, y de una emisora de radiofrecuencia, desde la que pidieron la venida
de las tropas franquistas. A las 11 de la mañana del día 5 de marzo, 5
bombarderos Savoia, atacando desde el mar, alcanzaron la Flota republicana y
objetivos en la Base. El Almirante Buiza contemplaba cómo la rebelión se había
extendido a las calles. Exigió que se liberase a Galán y a los demás prisiones
republicanos, bajo amenaza de disparar con sus buques contra la Base. Como
respuesta recibió más ataques de la aviación franquista y disparos de las
baterías costeras, por lo que, ante el peligro de la llegada de buques
franquistas, dio orden de zarpar hacia mar abierto a toda la Flota a su mando.

Galán consiguió embarcar en el último momento. El General
Casado, desoyendo los llamamientos de Negrín, constituyó aquel anochecer el
Consejo Nacional de Defensa en Madrid, en los sótanos del Ministerio de Hacienda.
El mismo se proclamó su presidente provisional y asumió la Consejería de
Defensa. El socialista Wenceslao Carrillo se encargó de la de Gobernación. El
ugetista Antonio Pérez, de Trabajo. Los anarquistas González Marín la de
Hacienda (¿un anarquista Ministro de Hacienda?) y Eduardo Val la de Comunicaciones
y Obras Públicas, respectivamente. Miguel San Andrés, de Izquierda Republicana,
Justicia y Propaganda. José Del Río, de Unión Repúblicana, Instrucción Pública
y Sanidad. A Melchor Rodríguez, de la CNT, lo nombraron alcalde de Madrid. Otro
golpe de Estado dentro del golpe de Estado. Asistieron a dicha constitución
Cipriano Mera, que, abandonando sus posiciones en el Frente, había llevado su
70 División a Madrid, con la que custodiaba el Ministerio, el General Martínez
Cabrera, Gobernador Militar de Madrid, y Angel Pedrero García, cómplice de
García Atadell en las “patrullas del amanecer”, Jefe del Servicio de
Información Militar de Madrid, entre otros militares, dirigentes locales de la
CNT y la UGT, periodistas y fotógrafos. A medianoche los insurrectos
retransmitieron su proeza por Radio España y Unión Radio de Madrid. Negrín vio
interrumpida su cena con el Gobierno y altos mandos militares, en Elda, por la
voz de Julián Besteiro, que comunicaba a sus conciudadanos que había llegado el
momento de la verdad, de denunciar las falsedades sobre la realidad de la
República. Que el Gobierno de Negrín carecía de autoridad legal ni moral, y que
el único poder legítimo de la República era, transitoriamente, el militar. Con
ello estaba, de alguna forma, justificando su apoyo al dictador Primo de Rivera.

Al finalizar el Catedrático de Lógica se leyó un
comunicado que añadía que los Ministros que exigían resistencia al pueblo se
habían preparado una cómoda y lucrativa fuga. Repetió el propio lema de Negrín,
de salvarse o hundirse todos, aunque ellos creerían ser más sinceros o
realistas. Mera acusó a Negrín de robar, vender y traicionar a la Patria ¡Buen
argumento para un anarquista, el de la traición a la Patria! ¿Cuándo los
anarquistas habían creído en Patrias, o reprochado que se las traicionase? Por
último el General Casado defendió la independencia de España ¿Entregándola a
Franco y sus aliados, Hitler y Mussolini? Azaña nunca comprendió cómo podían
reproducir, legitimar, especialmente el “socialista” Besteiro, la sedición de
Mola y sus secuaces y sus pretextos. Azaña sabía que, sin la intervención de
Francia y Gran Bretaña, Franco no se vería obligado a pactar nada. Al finalizar
los discursos, los reunidos en Elda corrieron a conectar telefónicamente con
Madrid. Sobre la una de la madrugada del 6 de marzo, Negrín lo hizo con el
General Casado. Al reafirmarse éste en su insurrección, el Presidente del
Gobierno lo destituyó telefónicamente, algo inútil por completo. También
hablaron con él Paulino Gómez y Segundo Blanco, mientras Giner de los Ríos lo
hacía con Besteiro, y Santiago Garcés con Angel Pedrero. Más grave fue aún la
conversación con el General Menéndez, que se interesó por la situación de
Matallana (que había acudido a la convocatoria de Negrín, al contrario que
Miaja y Casado) amenazando con enviar tropas para rescatarlo si no se le dejaba
volver a Valencia. De inmediato Matallana abandonó la “posición Yuste”. A las
cuatro de la madrugada Negrín ya sabía lo que había ocurrido con la Flota
republicana. Pidió al Coronel Camacho que enviara aviones al aeropuerto de
Monóvar, ya que allí no había.

Dictó un teletipo al autoproclamado “Consejo Nacional de
Defensa” en el que lo calificaba de impaciente, porque habían actuado sin
conocer la información que el Gobierno iba a hacer aquella noche. Pidió que
cualquier transferencia de poderes se hiciese de forma “normal y
constitucional” ¿Era eso posible? Para ello pedía que el General Casado
aceptase un traspaso formal que lo legitimara. Etelvino Vega, el Gobernador
Militar de Alicante, recientemente nombrado, fue apresado en dicha ciudad por
partidarios del General Casado. Tagüeña llevó la información a la “posición
Yuste”. Tras la rebelión de Cartagena, Negrín pensaba en Alicante como último
reducto defensivo, desde el que se intentaría la evacuación de los republicanos
que lo deseasen. Así que dicha noticia cerraba cualquier esperanza. Negrín le
dijo a Alvarez Del Vayo, en alemán, para que los demás no lo entendiesen: “Yo,
de todas maneras, me voy”. La Legión Cóndor informó sobre lo que estaba
ocurriendo en Cartagena y lanzó sus Dorniers contra los buques republicanos,
que habían atracado en Valencia. En cambio no atacaron Cartagena, porque creían
que el ejército franquista ya habría desembarcado y tomado la ciudad. Hernández
envió a la 206 Brigada, a las órdenes de Artemio Precioso, para socorrer a la
ciudad. A las dos de la tarde, al no recibir respuesta al teletipo, Negrín dio
instrucciones a sus colaboradores para que tomasen los tres aviones Douglas, de
transporte, que aguardaban en el aeropuerto de Monóvar, procedentes del de Los
Llanos. Así salieron de España el Presidente del Gobierno de la República,
Alvarez Del Vayo, Velao, Giner de los Ríos, Segundo Blanco, Paulino Gómez,
González Peña, Cordón, Dolores Ibárruri, Rafael Alberti y María Teresa León,
con rumbo a Toulouse. Según el PCE, los comunistas que quedaron en España
propusieron por dos veces a Casado el fin de la guerra en la retaguardia.

Por dos veces la aceptó, aprovechó para reforzar a los
suyos y la incumplió, fusilando o encarcelando y entregando a Franco a los
comunistas para que éste terminase tal labor. Entre ellos Domingo Girón,
Guillermo Ascanio, Etelvino Vega, Daniel Ortega o el doctor Bolívar. Durante el
vuelo, Negrín convocó a un Consejo de Ministros, para el día 15, en París. Mientras
tanto, en un hangar del mismo aeropuerto de Monóvar se reunieron los miembros
del Comité Ejecutivo del Partido Comunista que aún permanecían en España, que eran
la mayoría: el Ministro Uribe, Delicado, Moix, Claudín, Melchor, Líster,
Modesto y Tagüeña. Presidió la sesión Pedro Checa. Togliatti, que también
estaba presente, preguntó a Líster y a Modesto sobre las posibilidades de
atacar a la Junta formada por Besteiro y Casado. En el ambiente depresivo, de
desastre, de descomposición interna, de abandono de España, que ya se había
iniciado, éstos negaron que pudiese tener éxito, sobretodo por la cercanía de
las fuerzas franquistas, que podrían llegar en ayuda de los sublevados. Tanto
“Alfredo” como los más altos mandos militares comunistas coincidían en que no
era sensato asumir bajas enfrentándose a Casado, sino que debían centrarse en
preparar la lucha en retaguardia. Decidieron que Checa, Claudín y Togliatti permanecerían
en España para dirigir los restos del Partido y adecuarlos a la futura
clandestinidad, que era lo único que podría esperarse. La mayoría de los demás
tomaron los últimos aviones que quedaban en el aeropuerto, cuando las tropas
del Consejo, que ya habían tomado Elda, se presentaron allí, capturando a los
tres dirigentes comunistas que se había decidido que no embarcasen en dichos aparatos.
Simultáneamente el General Miaja se hacía cargo de la presidencia del sedicioso
Consejo Nacional de Defensa, y se presentaba en Madrid aquel día 6, comenzando
por ordenar el arresto de jefes, comisarios políticos y militantes comunistas
destacados, en donde se les encontrara.

Mera, con sus tropas, se encargó de dicha tarea. Domingo
Girón, comisario político, consiguió escapar y avisó al Coronel Bueno, que
parece que estaba enfermo, por lo que no hizo nada. Sin embargo, el Mayor
Guillermo Ascanio, su ayudante, se dirigió a Madrid con sus tropas. Daniel
Ortega, comisario político de Casado, escapó del puesto de mando del Ejército
del Centro (la “posición Jaca”) por una ventana, y advirtió a Tagüeña. Este
había recibido orden de Negrín de que se presentara urgentemente en Elda, y así
lo hizo. Las mismas persecuciones, redadas y ocupación de locales de comunistas
se hicieron, no sólo en Madrid, sino en Ciudad Real, Valencia, Alicante,
Almería, Murcia, Jaén y Córdoba. Ante tales acontecimientos, desconectados de
Checa y la KOMINTERN, y sin recibir, por tanto, instrucciones de ellos, Isidoro
Diéguez, junto a un grupo de dirigentes del PCE reunidos en Madrid, decidieron
pasar a la acción. El comunista Coronel Barceló, Jefe del I Cuerpo de Ejército,
se autoproclamó Jefe del Ejército del Centro, y se opuso al sedicioso Consejo
Nacional de Defensa. Estableció su puesto de mando en el Palacio de El Pardo y
envió sus tropas al Cuartel General de Casado, en el Palacio de la Alameda de
Osuna, cerca de Barajas. Allí apresaron a los Coroneles Pérez Gazzolo y López
Otero, al Tenientecoronel Arnoldo Fernández, miembros del Estado Mayor de
Casado, y al comisario político Peinado Leal, y se los llevaron al Pardo, donde
Barceló ordenó que se les fusilase. Mientras, el Consejo Nacional de Defensa siguió
tomando disposiciones para facilitar una hipotética negociación con Franco o,
en todo caso, ganar tiempo para que las tropas pudiesen retroceder,
escalonadamente, hacia los pocos puertos del Mediterráneo que aún no estaban en
poder de los nazi-fascistas. Lo primero que hizo fue anular los decretos que
Negrín había firmado el día 3 y los de movilización de las quintas de 1916 y
1915.

De modo que, con ello, también se anularon los
nombramientos de Rojo como Tenientegeneral y de Casado como General. Quizás
intentaban demostrar que no era su intención beneficiarse personalmente de
nada, lo que no sería así. Pero también que consideraban ilegales dichas
disposiciones de Negrín, lo que justificaría su posicionamiento y pensarían que
les facilitaba sus posibilidades de “negociar” con Franco ¡Como si éste se
parase en mientes sobre la legitimidad de nada! Al Coronal Prada lo nombraron
Jefe del Ejército del Centro. Se destituyó al Coronel Moriones como Jefe del
Ejército de Andalucía, y a los comunistas Jefes del Cuerpo de Ejército I,
Barceló, del II, Bueno, y del III, Ortega, de la zona centro. Se disolvió el
Servicio de Información Militar. Sustituyeron a Gobernadores civiles y
militares, expulsaron de la UGT a los comunistas y ordenaron el secuestro del
“Mundo Obrero” y eliminar de los uniformes las estrellas rojas. Las tropas al
mando de Ascanio llegaron hasta el centro de Madrid, donde se enfrentaron a las
anarquistas de la 70 Brigada, los Carabineros y guardias de seguridad que
protegían los edificios que dominaba el Consejo Nacional de Defensa,
especialmente los Ministerios de Hacienda y Marina, a las órdenes del General
Matallana. Ante tales acontecimientos el grueso del IV Cuerpo de Ejército de
Mera acudió en su apoyo. Al amanecer del día 7 de marzo la 206 Brigada tomó la
radioemisora de Los Dolores y aplastó la rebelión en Cartagena, de modo que,
cuando llegaron los buques franquistas con tropas de desembarco, recibieron el
fuego de las baterías costeras. El “Castillo de Olite” fue hundido en pocos
minutos, muriendo 1.223 soldados. Otros 700 fueron hechos prisioneros. Sin
embargo la Flota republicana no regresó a Cartagena. Franco concluyó,
estúpidamente, que se dirigiría a Odesa, pidiendo urgentemente al conde Ciano
que la Marina y la aviación militares italianas lo impidieran.

En realidad, según el PCE, tras apresar a los marinos
comunistas, se dirigió a Bizerta, donde las autoridades francesas detuvieron a
las tripulaciones, entregando los buques a Franco: otro regalo en prueba de
amistad. Tal vez, después de todo, Franco tenía información más fiable de que
Odesa, la Unión Soviética, era el único destino (posiblemente también Méjico,
aunque estaba mucho más lejos) donde los recibirían amistosamente y podrían
servir para continuar la lucha contra el nazi-fascismo. Lo cierto es que, con
su fuga, no pudieron utilizarse para evacuar masivamente a los republicanos,
cuando todo acabase, que, según se complicaban los acontecimientos, no iba a
tardar mucho. Madrid fue testigo de furiosos combates. Unas calles, incluso
unas aceras, eran defendidas por los seguidores de Casado, y otras, frente a
ellas, por los comunistas, que trataban de mantener la autoridad del Gobierno
legítimo. La gente permaneció en sus casas, sin querer tomar partido, hastiada
ya de la guerra, desmoralizada por todo. Más aún por esta nueva guerra dentro
de la guerra, esta última defección. O, visto por otros, la obstrucción
comunista a lo que podía ser el fin de tanto sufrimiento. Tras varias semanas,
los internados en el campo de concentración de Argelès-sur-Mer recibieron
bidones de agua potable y material para construir letrinas. El 11 de marzo, Casado
anunció que había vencido a los comunistas, y que la lucha en Madrid había
acabado. Sin embargo los combates prosiguieron hasta el domingo 12 de marzo, en
que las tropas de Mera impusieron su aplastante superioridad y rodearon a las
progubernamentales de Barceló. Este no conseguía tomar contacto con Checa ni
con Togliatti, ya que Casado controlaba las líneas de teléfonos. “Alfredo”
enviaba continuos telegramas a Moscú, pidiendo instrucciones sobre lo que se
debía hacer. Pero el lento de decisiones Stalin tampoco quiso comprometerse en
tan difícil situación.

Lo cierto es que se llegó a un acuerdo de alto el fuego. Aunque,
según escribiría Tagüeña, Barceló se rindió siguiendo instrucciones del Partido
Comunista.  Recordemos que, en la reunión
de parte del Comité Ejecutivo del P.C.E. en el aeropuerto de Monóvar, coincidieron
en que no era sensato asumir bajas enfrentándose a Casado. En la lucha habían
muerto unas 2.000 personas (10.000 según el Ministerio inglés de Asuntos
Exteriores) y otros varios miles habían sido apresadas ¿Por qué no intervino
Franco? Pues igual que Stalin permitió que los alemanes machacaran el
levantamiento del ghetto de Varsovia:
porque no querían compartir la victoria, que ya estaba al alcance de la mano,
con nadie. Mientras sus tropas se resituaban y descansaban, los republicanos se
mataban entre sí, acababan de desmoralizarse, de perder todas las esperanzas.
Si los comunistas vencían podía publicar a todo el mundo que él tenía razón,
que, desde que él lo dijo, los comunistas planeaban dominar el país, que estaba
justificada la sedición, y toda Europa, excepto, la Unión Soviética, terminaría
ayudándole a que acabara con el cuadro lo antes posible. Pero tampoco quería
colaborar con ningún republicano, menos aún con los anarquistas, deberles el
favor y tener que dar compensaciones. Así que, a la gallega, esperó a ver qué
pasaba, con la intención de aceptar sólo la rendición incondicional,
ahorrándose el asedio de las grandes ciudades, la resistencia numantina que
podría provocar la desesperación, como ya había comprobado en Madrid. Valencia
fue bombardeada por los franquistas. Quizás por esa posibilidad Negrín no se
había instalado allí, sino en Elda. El Consejo Nacional de Defensa envió una
nota a Franco, justificando no haberse puesto antes en contacto con él debido a
la sublevación de los comunistas “contra la Autoridad del Consejo”, y que había
sido necesario restablecer el orden público: como era de esperar utilizaban la oposición
de éstos para acercar posiciones a los franquistas.

Se comprometían a deponer las armas bajo la garantía del
respeto a la soberanía e integridad nacional, que no hubiesen represalias
contra civiles  o  militares  inocentes  -¿Qué podía considerar Franco que era un
inocente? Quizás sólo los que se hubiesen puesto de su parte- que se respetara
la vida, libertad y empleo -Casado insistiría mucho en lo del empleo:
posiblemente pensaba en el Convenio de Vergara, por el que se mantuvo a los
rebeldes carlistas el escalafón y la paga ¡Iluso!- de los militares (se excluía
de tal consideración a los oficiales de milicias) que no hubiesen cometido
delitos comunes, que se diese un plazo de 25 días para que abandonasen el país
cuantos quisiesen (esto significaría que Franco no pudiese vengarse de los que consideraba
“culpables” que aún no habían caído en sus manos) y una negociación directa,
“sin moros ni italianos” (¿y los alemanes?) en las que, por parte del Consejo, actuarían
los Generales Casado -¿Se aceptaba el decreto de nombramiento de Negrín, para este
exclusivo caso? Quizás considerarían que no iban a aceptar a un Coronel como
interlocutor- y Matallana. Es decir, se reproducía el espíritu de las
condiciones de Negrín, tal vez para que no se les considerase entreguistas,
posiblemente con intención de ir cediendo durante las “negociaciones”. Pero
Franco no estaba dispuesto a negociar nada. Parece ser que le irritó
profundamente el apartado sobre la integridad y soberanía Patria, porque lo
situaba como un pelele en manos de extranjeros. En realidad también le
disgustaba que quien había actuado como alto dirigente militar republicano
viniese a compararse con él en tanto que “salvador de la Patria”. Un tribunal
militar del Consejo Nacional de Defensa juzgó a los mandos comunistas por
“rebelión militar” contra ella. Exactamente igual que los fascistas: los
verdaderos rebeldes acusaban de rebeldía a los que defendían al Gobierno
legítimo.

Barceló y su comisario político, José Conesa, fueron condenados
a muerte. El 13 de marzo Segismundo Casado le entregó al Coronel Centeño las
condiciones que debería remitir a Franco. El 14, Alemania invadió el resto de
Checoslovaquia, incumpliendo el acuerdo de Munich, y con total desprecio hacia
las garantías de defensa que Gran Bretaña y Francia habían otorgado, repetidamente,
a dicho país desde el fin de la Iª Guerra Mundial. En base a tales garantías
para el futuro Checoslovaquia aceptó, se vio obligada a, ceder parte de su
territorio, lo que los alemanes denominaban los Sujetes. Ahora la experiencia  demostraba que hubiese sido mejor no hacerlo,
luchar en su línea fortificada, sin ayuda de nadie, antes que caer, mansamente,
en dos etapas, sin tampoco ayuda de nadie. Quizás Polonia habría reaccionado
enviándole material, o permitiendo que la Unión Soviética pudiese enviar el
suyo a través de su territorio. Puede que incluso tropas. De cualquier forma
una situación de guerra habría enfurecido a las 
diversas opiniones públicas, las habría asustado respecto de la
agresividad nazi, habría desenmascarado a los Gobiernos democráticos frente a
sus electorados. Al no hacerlo así Hitler se reafirmó en que el temor los
paralizaba, que todos los Tratados y garantías del Reino Unido de Gran Bretaña
y Francia eran pura palabrería, que no merecían tomarse en consideración. El 15
de marzo la Legión Cóndor anotaba en su diario de guerra, con alborozo, que
había recibido “noticias de casa”: a las ocho de la mañana tropas alemanas
marchaban sobre Checoslovaquia. Los dirigentes comunistas apresados por el
Consejo rebelde, Checa, Togliatti, Claudín, Uribe, Hernández, Diéguez y
Precioso, fueron entregados al Jefe del Servicio de Información Militar.

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