Un ejército en la frontera


El 29 de enero, la Luftwaffe atacó a los fugitivos, uniformados (no se pueden considerar combatientes a los que buscaban la frontera sin entablar combate) o de paisano, indiscriminadamente, en carreteras y ferrocarriles. Von Richthofen informó oficialmente que habían conseguido grandes éxitos, y que los pilotos le iban tomando gusto, lo que demuestra, más allá de cualquier duda razonable, que estaba completamente al tanto sobre cuál era el verdadero objetivo de la participación de la Legión Cóndor en la guerra española. Toda la aviación franquista recibió orden de impedir que la republicana pudiera reintegrarse a la zona central. Las pocas tropas republicanas que se encontraban en disposición de realizar acciones de defensa se emplearon en ello, de modo tan heroico como desesperado. Así ocurrió en Montsec, o tratando de enlentecer a los italianos, que perseguían a los fugitivos. Consiguieron retenerlos durante 5 días, en los 30 kmtrs. desde Barcelona a Arenys de Mar. Desde el traslado del Gobierno a Barcelona, pero, sobretodo, desde el nuevo corte de la República en dos zonas, los políticos y militares que quedaban en Madrid se sentían bastantes desvinculados del Gobierno. Azaña tuvo mucho de culpa en ello, al instigar una oposición a la convicción de resistencia desesperada de Negrín. De pronto, gente resentida, como Julián Besteiro y los anarquistas, quizás añorando tiempos en los que habían tenido más poder, consideraron que era el momento de tomarse la revancha. También los militares se creyeron que eran los depositarios de la autoridad, partiendo de la base de que “los políticos” los habían abandonado. Y que, quizás, los que no lo había hecho, estarían dispuestos a servirles de justificación, a dar apariencia de legitimidad política a sus decisiones. No se creían que los políticos fuesen a asumir las consecuencias de resistir hasta el final.

     Estaban convencidos de que, en el último momento, los abandonarían en el Frente, mientras ellos se aseguraban la huida al extranjero. Lógicamente, unos y otros estaban convencidos que los comunistas, más comprometidos con la democracia, más conscientes de que no podían esperar ningún cuartel de Franco, de ningún modo se prestarían a ninguna negociación con él: habría que excluirlos de cualquier propuesta en tal sentido. Además, sabiendo que contaban con superioridad militar, el mayor número de unidades en la zona Centro, las más combativas, los únicos que podían frenar un avance franquista hasta donde considerasen necesario, y que controlaban la Marina republicana, podrían organizar la retirada para asegurarse su propia huida, con preferencia a la de los demás, militares y políticos. Acudiendo al refranero español, podría decirse aquello de “piensa el ladrón que todos son de su condición”: sobrentendían que los comunistas iban a hacer lo mismo que ellos estaban dispuestos, comenzaban a planearlo, a hacer. Todo ello significaba que, para algunos, había comenzado a plantearse el “sálvese el que pueda”, y que, en tal situación, los organizados y disciplinados comunistas tendrían ventaja sobre los demás. La oposición a Negrín se ampliaba al único sólido apoyo con que contaba: al Partido Comunista. Se cuestionaba que su única intención fuese ganar la guerra, como decían, y sólo se consideraba que, desde el principio, habían intentado aumentar su poder. Colabora a ello la arrogancia demostrada por los consejeros soviéticos, el desprecio de los brigadistas internacionales de la línea de Kléber, y las represiones, de tipo stalinista, de los agentes, tanto del N.K.V.D. como del Servicio de Investigación Militar. Nadie parecía tomar en cuenta la forma en que habían ejercido tal poder o el
objetivo que habían perseguido
: asumir la vanguardia en el ejército, las acciones más arriesgadas, el mayor número de bajas en la contienda.

    Pero actuar a espaldas de los comunistas era un grave riesgo, tanto por sus servicios de información como por las tropas que tenían en el Frente, curtidas en combates y con acrisolada experiencia en acciones rápidas y del máximo riesgo. Cualquier actuación debería, antes que nada, anticiparse a neutralizarlos. El Jefe del Ejército del Centro, tal vez como consecuencia de los recelos en aumento hacia los comunistas, era el austero Coronel Segismundo Casado, perteneciente a una familia campesina y cercano a los anarquistas. Había sido encarcelado en tiempos de Primo de Rivera. Fue en la cárcel donde se relacionó con ellos, también represaliados políticos. Desde el principio de la guerra se había opuesto a los comunistas, de los que siempre receló. Quizás por eso, y por ser militar, creía que era un interlocutor más válido ante Franco que cualquier representante del Gobierno republicano. Cuando Durruti llegó a Madrid con su columna de milicianos, la C.N.T. se lo planteó como sustituto de Miaja, al que consideraban completamente entregado al P.C.E., para la jefatura de la defensa de Madrid. Participó en la batalla de Guadalajara junto con Cipriano Mera, con el que trabó amistad. En la zona Centro quedaban entonces cuatro Cuerpos de Ejército. Tres de ellos estaban a las órdenes de comunistas. Y Mera mandaba el IV Cuerpo de Ejército, responsable del Frente en Guadalajara y Cuenca. Ya el comité de enlace anarquista había criticado a Mera por posicionarse políticamente y tomar decisiones por cuenta propia. Mera reprochaba a la dirección de la CNT que continuase colaborando con Negrín, cuando éste simplemente los ignoraba. Una visión muy peculiar, como la de tantos otros, de lo que significa el auténtico anarquismo y los motivos por los que se defendía a la República.

    Quizás quien más influyó en convencer al Coronel Segismundo Casado de que iniciara contactos con los franquistas fue su hermano César, Tenientecoronel. Mientras tanto, asentado en el castillo de Figueras, Negrín intentaba reorganizar la administración, desperdigada por toda la provincia de Gerona. El 1 de febrero hay las primeras constancias de contactos del Coronel Casado con Ricardo Bertoloty y Diego Medina, agentes del Servicio de Información y Política Militar de Franco, a los que comunicó que su intención era fijar las condiciones de la entrega del Ejército republicano del Centro. A continuación enviaría un radiograma cifrado a Franco, en el que pedía que confirmase que tales interlocutores estaban autorizados para servir de intermediarios, mediante una simple carta al General Barrón, compañero de promoción de éste. Posteriormente, el Coronel Casado se reunió en Valencia con los Generales Miaja, Menéndez y Matallana, quienes aceptaron sus planes: comenzaban, desde entonces, a llevar a cabo un doble juego. En las caballerizas del castillo de Figueras se reunió el Congreso. Sólo asistieron 64 de sus 473 componentes. En su discurso al mismo, el Presidente del Consejo de Ministros expuso las tres condiciones mínimas para concertar la paz: independencia de España respecto de cualquier intromisión extranjera, un plebiscito para que los españoles escogiesen qué tipo de Estado querían, y renuncia a represalias o represiones tras la guerra. En sólo 9 meses los 13 puntos se habían reducido a tres. Pero la verdad es no había ninguna condición, ningún punto que imponer. Aún así, Negrín reconocería que lo expresó forzado por la situaciónque seguía convencido en la necesidad de resistir a ultranza. Pero que sólo podía esperarse que las “democracias occidentales”, si lo hubiesen querido, forzaran a Franco a admitir el tercer punto, el de la renuncia a las represalias y a la represión.

   El 2 de febrero, el Coronel Casado acordó con Besteiro, en el domicilio de éste -que siempre estaba dispuesto a las jugadas que cortasen el paso a la democracia, como ya hizo con Primo de Rivera: es incomprensible y vergonzoso que su busto esté
en el Congreso de los diputados-
formar una Junta que sustituyese al Gobierno legítimo, constitucional. El 3 de febrero Negrín le pidió a la representación diplomática francesa y británica, en Agullana, que presionaran a Franco para que no tomase represalias ni represiones contra los que habían defendido al Gobierno y legalidad legítimos, a las instituciones democráticas, en su convencimiento de que era lo único que podía esperar de su intervención. Los franceses sólo contestaron que no permitirían el paso de tropas por la frontera si éstas no marchaban en formación, con sus mandos a la cabeza, y entregaban inmediatamente todo el armamento. Eran las mismas condiciones que les impusieron los suizos tras la batalla de Sedán, en la que fueron derrotados por los alemanes. Para entonces los franquistas habían llegado a 50 kmtrs. de la frontera francesa, y era innegable que las tropas republicanas no podrían detenerlos. Los británicos ni siquiera abrieron la boca. Ese era el interés de las “democracias occidentales” por la vida de los españoles, de los demócratas españoles. La prensa francesa hacía ataques racistas contra los exiliados españoles y los republicanos fugitivos. Los presentaba como sanguinarios y saqueadores de Iglesias. Un senador llegó a escribir que en las salas de tortura de los soviets de Barcelona se había atormentado y crucificado a 100.000 personas. Era evidente que los soldados del ejército, si se veían aprisionados entre los franquistas y la frontera terminarían abriéndose paso a tiros. Así que se decidió dejarles entrar también.

    Figueras fue bombardeada, en especial las dependencias en las que la administración republicana trataba de reorganizarse. El brigadista letón continuaba su relato de las sucesivas emboscadas, escaramuzas y repliegues. Tenían las botas mojadas y casi desechas por el desgaste en el asfalto y la roca. Tras varias noches sin dormir se caían de sueño mientras caminaban. No se les permitía sentarse porque hubiera sido imposible volver a ponerlos en pie. Tras una semana, aproximadamente, recibieron órdenes de retirada hacia la frontera francesa. Las fuerzas republicanas consiguieron retrasar el avance franquista hacia Gerona, a base de volar los puentes que los bombardeos no habían destruido. Aún así los franquistas la tomaron el 4 de febrero. El informe oficial de la Legión Cóndor refleja que se le había asignado la misión de impedir que ningún avión republicano pudiese llegar a la zona central, que en sólo dos días había destruido otros quince de ellos, que estaba aumentando extraordinariamente el número de prisioneros, pero también la resistencia al avance fascista. Toda la aviación franquista se centró en atacar los aeródromos republicanos. El día 5 de febrero Negrín acompañó al Presidente de la República, a doña Lola, su esposa, a Martínez Barrio, Biral, Companys y Aguirre hasta la frontera francesa. Azaña, además de su sentimiento de fracaso, de enfermedad, siempre preocupado por su concepto de la dignidad, de la coherencia con sus ideas, deseaba dimitir en ese mismo momento, antes de abandonar el suelo patrio. Se le convenció de que no era el mejor momento, que se interpretaría como una derrota definitiva, y que fijase su residencia en la embajada de París, aún de incógnito. Es decir, que los republicanos no supiesen que ya había huido. Se hizo público que la frontera estaba abierta. Tras tomar la segunda ciudad española en importancia, los franquistas enlentecieron su avance. Para algunos era consecuencia de una cierta relajación, festiva, ante lo que parecía el final a corto plazo.

O por una sensación de que, ante la inminencia del triunfo, no merecía la pena correr demasiados riesgos. Yo creo que fueron órdenes expresas de Franco: para él no tenía el menor interés acaparar aún más prisioneros de guerra, o forzar a los republicanos a defenderse numantinamente en las montañas. Era mejor facilitarles la huida, el exilio. Aunque también es cierto que, tras las marchas forzadas hacia Barcelona, para impedir que pudiera organizarse ninguna defensa, como había ocurrido en Madrid, los atacantes estaban igualmente exhaustos. Fugitivos a pie y altos funcionarios del Gobierno, con sus vehículos oficiales, formaban largas hileras hacia Francia. Mientras se veía a heridos caminando dificultosamente, algunos funcionarios se habían adueñado de ambulancias para ellos y sus familias. Según escribió Zugazagoitia, periodista y anterior Ministro socialista -que también fue entregado a Franco y fusilado- casi todos dormían en el suelo y se calentaban quemando ramitas, talando árboles o arrancando maderas de los coches y los carros. Algunos murieron de frío. Las madres no querían abandonar a sus hijos muertos, que continuaban llevando en brazos (como hacen las monas) mientras otras parían en las cunetas. Ya habían pasado la frontera casi medio millón de personas. Pero otras 60.000 fueron alcanzadas por los franquistas. Tanto Daladier como Chamberlain deseaban que la guerra española terminase cuanto antes ¿Por qué? ¿No se daban cuenta de que mientras Hitler tuviese ocupadas sus unidades con mayor experiencia no podía iniciar ninguna otra aventura peligrosa? ¿Sería un problema de “conciencia”, por la prolongación de los sufrimientos de los republicanos españoles? ¿O temían que la resistencia a ultranza pudiese cambiar el signo de la guerra, convencer a los soviéticos para que se implicasen directamente en el Mediterráneo occidental.

   Alan Hilgarth, el cónsul británico en Mallorca, había propuesto a su Gobierno la conquista de Menorca y su regalo a Franco, con lo que evitarían que los italianos se les adelantaran, quedándose con la isla. Algo parecido, aunque menos arriesgado, es lo que hicieron. Enviaron a Mahón al crucero “Devonshire”.   Según escribiría más tarde el Coronel Casado, se personó ante él el Jefe del Taller del Parque de Artillería nº 4, el Tenientecoronel José Centaño, que estaba a sus órdenes. Le informó  que, desde primeros del año anterior, era el jefe de “Lucero Verde”, una organización resistencia franquista en Madrid. Su reacción fue pedirle que acelerase la contestación de Franco sobre las condiciones de la rendición (¿ya no era negociación?) y la carta a Barrón que le tenía pedida. Desde entonces los contactos de los agentes franquistas con dirigentes republicanos se hicieron frecuentes. Así los quintacolumnistas Juan Palacios y Antonio Luna, catedráticos de Derecho, comentaron con Besteiro la dudosa constitucionalidad del Gobierno de Negrín ¿Era más constitucional el autoproclamado Gobierno del golpista Franco? Casado sostuvo repetidos contactos con agentes británicos, como Denis Cowan, representante de Phillip Chetwode, presidente de la comisión internacional supervisora del intercambio de presos. La misión de aquellos era proteger los intereses de su país, según lo estimaba su Gobierno, acelerando el fin de la guerra. El 7 de febrero, su Capitán invitó a bordo al Contralmirante Ubieta, comandante de la Base Naval. Allí se encontró con el franquista Tenientecoronel Fernando Sartorius, conde de San Luís, que le propuso dejarlo marchar a Marsella, junto con todos los republicanos que lo deseasen, a cambio de que le entregara la Base. Unos 400 republicanos, incluido el Contralmirante, aceptaron el pacto.

    Lógicamente no se ofrecería a todos, lo que podía haber provocado una guerra interna, la toma de represalias y acusaciones de traición, sino sólo a los que se tenía conocimiento de que estaban predispuestos a aceptar. Tarde, los británicos se daban cuenta de cómo su apoyo a Franco podía cambiar el equilibrio en el Mediterráneo, de cómo podía favorecer la agresividad de Mussolini. E innoble fue la forma de “arreglarlo”. La entrega de Menorca, indudablemente, aparecía como una posibilidad “razonable” de llegar a “acuerdos” con Franco. El 8 de febrero el General Rojo firmó la orden al Ejército de Cataluña de cruzar la frontera. Un informe de la Legión Cóndor daba cuenta de que veían banderas blancas por todos lados, y que los franceses habían hecho disparos de advertencia de sus antiaéreos de 105 mm., cuando sus aviones se habían acercado a la frontera, recordaba a los valientes camaradas que habían dado alegremente sus vidas para destruir la epidemia roja, por la paz (¿guerra por la paz?) y el honor de su Patria (¿estaba en juego el honor alemán?) recalcando que el papel de las armas alemanas había sido decisivo en la victoria. Negrín vio entrar en Francia las primeras unidades del ejército popular: por Portbou los Cuerpos de Ejército V y XV, por La Junquera el XVIII, por El Pertús la 46 División, por La Vajol la 27. La 35 cubrió la retirada de los restos del Ejército del Ebro. Algunas unidades desfilaron para arrojar sus armas en suelo francés, ante los gendarmes. Los senegaleses, con el fusil prevenido, no entendían lo que pasaba. Un guardia observó que un español llevaba el puño cerrado. Le obligó a abrirlo y cayó un puñado de tierra: una escena que se haría famosa. Imágenes demacradas, hambrientas, tiritando de frío, desgarradoras. Para muchos, sin embargo, aquellos hombres y mujeres no parecían aceptar la derrota.

    Se envolvieron las armas en plásticos, lonas, cueros, mantas o papel de periódicocon idea de preservarlas de la humedad, de la
oxidación,
se enterraron y se esbozaron planos y mapas, más o menos exactos, fiables, en la esperanza de volver a recuperarlas. Todo ello influyó en el espíritu del maquis, de volver a combatir en España, ocho años después, cuando ya se había derrotado a los demás nazi-fascismos. Miaja fue ascendido a Tenientegeneral, y nombrado Jefe de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire. Hitler acostumbraría a ascender a los mayores rangos a quienes esperaba que dirigiesen la resistencia hasta la muerte, como haría al nombrar Mariscal de Campo a Von Paulus, sitiado en Stalingrad. En París se reunieron Mariano Vázquez, Juan García Oliver, Segundo Blanco, que era Ministro, y otros dirigentes de la C.N.T.. Para García Oliver la política de Negrín había sido un fracaso completo, y la única “solución” era alcanzar la paz con los franquistas, aunque no a cualquier precio, sino de forma honorable. Como creía que Negrín era incapaz de hacerlo, es decir, de conseguir la paz de forma honorable, consideraba previa su sustitución, buscar a otro que sí fuese capaz de obtenerla, de forma honorable.

¿Se ponía como condición que el nombramiento de dicho sustituto también se hiciese de modo honorable, o, para conseguir tal fin, la honorabilidad ya era algo prescindible? El Secretario del Comité de Defensa de la Regional del Centro, Eduardo Val, añadió que Negrín había estado telegrafiando en clave a sus amigos socialistas para que se preparasen para huir, por lo que concluía que realizaba un juego sucio. Todos los presentes aceptaron la propuesta. El dirigente de la KOMINTERN, Stepánov, por aquellas fechas argumentaba a los del P.C.E. que la única salida era una “dictadura revolucionaria democrática” (?) que concretaba en sustituir el Gobierno de Negrín por un Consejo Especial de la Defensa del Trabajo y de la Seguridad, compuesto por dos Ministros, dos políticos (?) y dos militares “seguros y enérgicos”, según escribiría posteriormente. Aunque no para rendirse, como pretendían los anarquistas, sino para continuar la guerra y ganarla. El 9 de febrero el Gobierno republicano se reunió en Toulouse. Al finalizar su sesión, Negrín recibió a un enviado del flamante Tenientegeneral Miaja, cuyo cometido era pedirle permiso para iniciar contactos con el enemigo, de cara a la conclusión de la guerra. El Presidente del Consejo de Ministros no llegó a contestarle.Aquel día, acompañado por Alvarez del Vayo, se presentó en Alicante, en un vuelo charter de Air France. Otros no volverían a España. Allí se reunió, de inmediato, con Miaja y Matallana, que había sustituido a éste, tras su ascenso, como Jefe del Grupo de Ejércitos Centro-Sur. Durante un almuerzo en el Peñón de Ifach, Miaja le explicó la situación.

    Mientras tanto, Franco promulgaba en Burgos su “Ley” (sin aprobar por ningún remedo de órgano representativo, sólo con su firma, con su absolutista voluntad) de Responsabilidades Políticas, con la que se pretendía represaliar a todos los que, desde primeros de octubre de 1.934 hasta el 18 de julio de 1.936 (y con esto se excluía a sí mismo y a gran parte de los golpistas y sediciosos) habían creado o agravado la subversión de que España había sido víctima, y tras de dicha última fecha, no es que hubiesen creado o agravado la subversión, sino que se hubiesen opuesto o se opongan en el futuro, o, simplemente, demostrasen pasividad grave respecto del Movimiento Nacional. Es decir, declaraba fuera de su “ley” a todos los que se hubiesen mantenido fieles a la Constitución democrática. El cónsul británico en Burgos comunicó a Londres que dicha “ley” permitía considerar delincuentes políticos a todos los movilizados por el ejército de la República o que hubiesen militado en organizaciones prohibidas por Franco, cuando eran legales. Y sin embargo, aún había quienes consideraban que se podía pactar algo con Franco. Analizada objetivamente, dicha “ley” la promulgó en el peor momento, cuando la guerra estaba a punto de terminar, pero antes de que concluyese. La respuesta lógica de los republicanos no debía haber sido otra que la resistencia numantina. Sin embargo, en contra de ello, supuso la desmoralización total: la irracionalidad de la desesperación. En el Partido Comunista, no sólo se mantenía el espíritu de resistencia a ultranza, sino que, en función del desánimo que se evidenciaba a su derredor, tomaba cuerpo la idea de dar el primer paso, llamar a la acción, encabezar el enfrentamiento con los franquistas. Así en la conferencia provincial del PCE de Madrid, del 9 a 11 de febrero, Isidoro Diéguez, su Secretario General, se declaró “en pie de guerra”.

Más lejos fue la determinación de “Pasionaria”, que pronosticó que España sería la antorcha que iluminaría el camino de la liberación de los pueblos sometidos al fascismo. Una frase poética, heroica, sublime, emotiva, pasional, visionaria, casi mística, muy típica de su época. Sin nada de análisis de la realidad, de la situación interna e internacional, como sería exigible a un marxista. Es como cuando, actualmente, se culpa a Rodríguez Zapatero de todas las crisis económicas habidas desde que se tiene noticias del inicio de la Historia de la Humanidad, a pesar de que aún no se ha llegado a la inmediata crisis económica, ocultando que las crisis económicas son consustanciales con el sistema capitalista, haciendo creer que, con un día de huelga general, sustituyendo al actual Presidente del Gobierno por Popeye “El Mariano”, la única alternativa creíble, se iban a acabar con todas las crisis económicas del futuro. Y esa creencia es la mejor forma de garantizar que el sistema económico no cambie, que todo siga igual, que se mantenga el sistema capitalista, y todas las futuras crisis económicas las continúen pagando, una y otra vez, los trabajadores, los explotados. Palmiro Togliatti estaba colérico: le parecía erróneo, inasimilable por la población. Culpó de ello a “Mo.” (Moreno, es decir, Stepánov) que se mantuvo pasivo ante el devenir que siguió dicha conferencia, lo que calificaría de ceguera política. Cada vez era mayor el número de militares profesionales que, tras haber militado en el Partido Comunista, convencidos de su acierto en su visión de la guerra, ahora confabulaban en secreto contra el mismo, igualmente convencidos de que tales planteamientos sólo iban destinados al fracaso, prolongando los sufrimientos.

Como en toda situación desesperada, resulta balsámico encontrar un culpable, un chivo expiatorio, se comenzó a fabular que los comunistas constituían “el” obstáculo que impedía llegar a un pacto de “caballeros” con Franco. Por lo que se hacía imprescindible desembarazarse de ellos, de los que mayor resistencia habían demostrado frente al enemigo. Sobre todo la jefatura y oficialidad de la Zona Centro-Sur, que, aunque mantenían medio millón de hombres bajo las armas, no se veían capaces de resistir por más tiempo. Aunque la escasez de material y piezas de repuesto era menos angustiosa que en Cataluña, comprendían que no se podía suplir la superioridad franquista en aviación, tanques y artillería. El 10 de febrero el Cuartel General de Franco en Salamanca proclamó: “Nuestras tropas han alcanzado victoriosamente (…) todos los pasos de la frontera francesa, desde Puigcerdá hasta Portbou. La guerra en Cataluña ha terminado”. Un estilo coherente con el discurrir de los acontecimientos de aquellas semanas, con comunicados anteriores, y que se haría imitable de cara a la finalización de aquella maldita guerra. El 11 de febrero, según el Servicio de Información y Policía Militar franquista, mantuvo contacto con el General Matallana, sustituto de Miaja, que comunicó que estaba dispuesto a rendirse, con todo su Estado Mayor. El 12, “Mundo Obrero” publicó el discurso de Dolores Ibárruri en la conferencia del PCE en Madrid. Ese día el Presidente del Consejo de Ministros llegó a Madrid. Eduardo Val, ya en Madrid, dudando que sus camaradas anarquistas fuesen a cumplir la decisión “democrática” que habían tomado, sin contar con ninguno de los órganos establecidos para ello, decidió actuar por sí mismo. Así, pocos días más tarde, incorporó a los anarquistas de Madrid, que serían el elemento decisivo, a los golpistas planes del Coronel Casado y Julián Besteiro.

El 13 de febrero pasó la frontera el XI Cuerpo de Ejército, que se encontraba en Puigcerdá, lo que demuestra que no era exacta la proclama franquista en tal sentido, de días antes. Aquel día hubo sesión del Gobierno. En ella, Negrín volvió a insistir en lo necesario que era mantener la unión del Frente Popular, y en su política de resistencia hasta el fin: o nos salvamos todos o nos hundimos todos en la exterminación y el oprobio, como publicó el “ABC” de Madrid del día siguiente. Sin embargo no reinstaló el Gobierno ni en la capital ni en Valencia, que era de esperar que comenzasen a ser bombardeadas masivamente, en la última etapa de la guerra. El residió en una finca de Elda, denominada “El Poblet”, y que los militares, con bastante sorna, la llamaron “Posición Yuste”, recordando el retiro de Carlos Iº. Le daban guardia unos 300 guerrilleros del XIV Cuerpo de Ejército. Sin embargo no era ningún retiro. En realidad se dedicó a una actividad frenética, con llamadas telefónicas, mensajes por teletipo, reuniones, tanto para la defensa de la República como preparando la evacuación y el exilio. Como todo ello podía interpretarse como contradictorio, aunque era completamente lógico. Y, siguiendo las líneas de su personalidad, no daba cuenta ni explicaciones a casi nadie. Como tales actos no podían mantenerse en completo secreto, sólo conseguía la confusión, y acumular dudas sobre sus intenciones. Como suele ocurrir, todo el mundo “resolvía” tal incoherencia sospechando que lo que “en realidad” hacía era lo contrario de lo que cada cual creía que debía hacerse.

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