La despedida de las Brigadas Internacionales

 

Aunque constataron que los republicanos habían aprendido a refugiarse de la artillería en los contrafuertes del terreno, en abrigos horadados y en los bancales de la contrapendiente, y a construir trincheras, parapetos, dolinas y casamatas, no se les escapó el cansancio y sufrimiento que soportaban. Cuando cesaban los bombardeos era porque se iniciaba un asalto de infantería, por lo que debían correr a desplegar, de nuevo, sus ametralladoras y morteros. Como habían conquistado posiciones elevadas, en las que habían construido buenos observatorios artilleros, conseguían bastante eficacia con sus pocas piezas. El 28 de agosto los republicanos recibieron órdenes de emplear un Batallón por cada Brigada para fortificar el terreno. Desde el atardecer hasta la mañana siguiente 2.000 combatientes por cada División cavaban trincheras y tendían alambradas. Franco también visitó el Frente. Desde el puesto de mando de Yagüe, utilizando prismáticos telémetros, periscópicos, de artillería, comentó a su ayudante, Luis María De Lojendio, según escribió éste al terminar la guerra, que tenía encerrado en 35 kmtrs. a lo mejor del ejército “rojo”. Sin embargo el conde Ciano anotó en su diario que, el 29 de agosto, Mussolini había profetizado la derrota de Franco, sentenciando que no sabía o no quería hacer la guerra. El 31 de agosto los franquistas lanzaron la tercera embestida, que tiene como escenario la Sierra Cavalls, al Norte de Pándols, y Corbera, en la carretera de Gandesa a Les Composines y Vinebre, igualmente frontal. En refuerzo llega García Valiño, con su Cuerpo de Ejército del Maestrazgo. En total acumulan ocho Divisiones, 300 piezas artilleras, 500 aviones y 100 tanques. En frente están las Divisiones 35, que protege Corbera, la 11, en la Sierra Cavalls, y la 43, que había sido embolsada en Bielsa, y que había conseguido escapar a través de Francia.

 

Esta experiencia iba a despertar erróneas expectativas sobre el comportamiento francés a finales de año, cuando se intente repetir la misma maniobra, a gran escala. En agosto, el agente Sir Robert Hodgson, informó al Ministerio de Asuntos Exteriores británico que los franquistas estaban, en general, bien alimentados, vestidos, alegres y con apariencia normal y de bienestar. Como el fascismo se extendió, lógicamente, por las zonas más incultas, más pobres, menos industrializadas, más agrarias, no padeció hambre, ni siquiera ante el empeoramiento producido en 1938, al contrario de lo que ocurría en la zona democrática. El 3 de septiembre los franquistas lanzaron su cuarto intento, también contra las tropas de Líster, en la sierra de Lavall. Es la misma estrategia de desgaste, reproduciendo la llevada a cabo, por ambos contendientes, en Verdún, o en Caporetto, durante la Iª Guerra Mundial, en la que persiste Franco. Se inicia con un continuado aplastamiento, a cargo de 58 baterías, a las órdenes del General Martínez Campos, más seis grupos de 18 piezas de las fuerzas legionarias, en total unos 300 cañones, más los Flack 88 alemanes a los que se autoriza disparar contra objetivos terrestres. La aviación franquista también tiene una participación agobiante, consecuencia de todas las experiencias anteriores, en dicha labor. Tras el reblandecimiento de los objetivos, la infantería franquista avanzó desde Gandesa hacia la Venta de Camposines. El 4 de septiembre las tropas de Yagüe consiguieron tomar Corbera, con lo que rompían el Frente en la confluencia de los V y XV Cuerpos de Ejercito. Los soviéticos reproducirán tal estrategia, durante lo que Stalin denominó la gran guerra patria, atacando por las zonas de unión, colindantes, entre distintas grandes unidades, especialmente cuando representaban distintos idiomas, como italianos, rumanos, búlgaros, españoles, respecto de sus aliados alemanes, donde es mucho mas difícil coordinar los esfuerzos, mantener una fluida e inmediata comunicación.

 

Esto requería una continuada labor de interrogatorio a los prisioneros. Para taponar la brecha abierta, Modesto se vio obligado a utilizar la 35 División, agotando la reserva de que disponía. Las órdenes escritas a su V Cuerpo de Ejercito indicaban que no se podía perder una sola posición, que había que contraatacar rápidamente si alguna caía en manos del enemigo, reiterando cuantas batallas se necesitasen. Concluía con la consigna de que no se podía entregar ni un metro de terreno al enemigo. Términos ciertamente conminadores, amenazantes, que significaban, una vez más, aceptar acríticamente, acuciados por las continuas derrotas, los sucesivos repliegues, pero también por la optimista experiencia del aguante en el Frente valenciano, la estrategia de desgaste planteada por Franco. El 21 de septiembre Negrín hizo público, ante la Asamblea General de la Sociedad de Naciones, que la República Española retiraría de sus filas a todos los combatientes extranjeros, inmediatamente, y pedía una comisión internacional que lo supervisase. El conde Ciano no podía comprender tal decisión. Anotó en su diario que no podía creer que la República Española se sintiese tan fuerte como para tomar tal iniciativa, que, a su vez, deslucía la evacuación parcial que los italianos tenían pensada. Aunque también tenía efectos positivos, ya que así no se interpretaría como que traicionaban a Franco o que las tropas italianas se habían agotado. A nadie más pareció impresionar: en medio de la crisis checoslovaca, cuando el fantasma de una guerra intereuropea hacía reflexionar sobre los errores diplomáticos cometidos, no se quería recordar la guerra española, como ningún delincuente escucha a su conciencia.

 

Mussolini, en cambio, siempre ventajista, jugando sucio, que entraba en cólera ante la “lenta conducción de la guerra” y el “sereno optimismo” (lo que demuestra lo poco que lo conocía, su personalidad llena de arrebatos, que trataba de ocultar porque lo consideraba un signo de debilidad, de falta de reflexión, pero siempre irresoluta, dubitativa) de Franco, le ofreció de inmediato más divisiones de refresco. El Gobierno italiano no era partidario de ello: retiraría 10.000 “voluntarios”, cifra semejante a la de brigadistas internacionales que la República Española podía apartar del combate, con lo que haría como si cumpliese el “pacto de Pascua”, mientras que, simultáneamente, enviaría a Franco más artillería y aviones, que es lo que realmente deseaba. Chamberlain también pidió a los fascistas que retirasen a la mayor brevedad sus tropas, ya que la Cámara de los Comunes estaba enfurecida, tanto por las declaraciones del conde Ciano, afirmando que era Mussolini quien había determinado la fecha de la salida de sus tropas, que no había sido propuesta británica, como por los ataques submarinos a buques bajo bandera de dicha nacionalidad, aunque fuesen más distanciados que antes. Es increíble y patético el servilismo de los conservadores británicos, pretendiendo, ilusamente, separar a Mussolini de Hitler: con ello admitían que se pudiese torpedear impunemente a sus buques, incluso sin declaración de guerra. En realidad sólo quedaban 7.102 voluntarios extranjeros en la República Española. Sus unidades se completaban con soldados españoles. Los relatos sobre persecuciones stalinistas, y el incumplimiento del plazo del compromiso de guerra firmado, hicieron que la recluta disminuyese, hasta el punto de que los escasos nuevos alistamientos no cubrían las grandes bajas padecidas en las ofensivas de Teruel y en el Frente de Aragón.

 

Aún así, si hubiesen existido otras circunstancias políticas en Europa, el golpe de efecto de Negrín habría tenido amplia repercusión, dado el carácter heroico, indudable, y el desproporcionado seguimiento que las publicaciones periódicas internacionales habían ofrecido de todas sus acciones, durante los dos años transcurridos. Ni a los norteamericanos ni a los británicos de la XV Brigada Internacional se les informó de dicha decisión, puesto que, al día siguiente, debían asaltar la cota 401, y se suponía, con buen criterio, que tal noticia podía afectar a su combatividad, por muy injusto que ello sea. Las guerras son, en sí mismas, injustas. En la última semana de septiembre los brigadistas fueron retirados del Frente, de modo ordenado, y conducidos a Barcelona, donde se preparaba su despedida oficial, mucho menos de lo que su heroísmo se merecía. El 26 de septiembre, los republicanos, agotados, continuaban resistiendo en las cotas de mediana altura de la Sierra de Cavalls. Rojo pedía a Menéndez, Jefe del Ejército de Levante, y a Miaja, una ofensiva en el centro, que descargase la presión en el Frente del Ebro. Pero éstos no terminaban de lanzarla, para su desesperación. Por el Pacto de Munich, Gran Bretaña y Francia, en lugar de defender a Checoslovaquia, como era su compromiso desde su creación, en los Tratados de Versalles, entregaron los Sudetes, Bohemia, a Hitler. Las repercusiones fueron terribles. Churchill, más tarde, analizó que Chamberlain, pretendiendo mantener la paz, había perdido el honor, lo que significaría, simplemente, que, perdido el honor, no habría forma de garantizar la paz. Checoslovaquia perdía su frontera fortificada, en la que tantos recursos y esfuerzos había invertido. Ahora Alemania podía invadirla sin el menor esfuerzo. Rápidamente se reintegró a la tarea de construir una nueva línea fortificada, a reiterar esfuerzo e inversión.

 

Pero Hitler ya no le daría esa oportunidad, no le iba a ofrecer tiempo para ello. La desmoralización de los republicanos españoles fue terrible: una vez más veían que no podían esperar nada de las “potencias democráticas”, que no tenían la menor intención de poner coto a las ambiciones de Hitler, que le temían y cedían ante él, mientras éste aumentaba su poder. Para Stalin, que veía cómo la frontera de Alemania, que incumplía las limitaciones de armamento impuestas por los acuerdos de París, se acercaba a la suya, la conclusión era que debía centrar todos sus esfuerzos en pactar, unilateralmente, con él. Olvidarse de cualquier posible Tratado con británicos o franceses. Y eso significaba que la República Española podía ponerse en la balanza, sacarse a subasta, a cambio de un acuerdo que supusiera una ampliación de territorio para la URSA. En Francia empezaban a perder la paciencia respecto a todas las cesiones que Gran Bretaña les obligaba a hacer. Su punto de vista era que se trataba de consolidar la unión de los demócratas, única garantía de una respuesta conjunta frente a cualquier agresión hitleriana. Pero tal perspectiva no podía ocultar las múltiples incoherencias ¿No se garantizaba mejor a las democracias si se obligaba a Hitler a respetar los límites de armamento y tropas, la desmilitarización de la cuenca del Rur, como imponían los Tratados de Versalles? ¿No se garantizaba mejor a las democracias defendiendo, desde un principio, a la República Española, demostrando que no se iba a consentir el ataque contra ninguna de ellas? ¿No se garantizaba mejor a las democracias defendiendo a Checoslovaquia de ninguna agresión, permitiéndole el mantenimiento de sus fortificaciones, de la integridad de su territorio?

 

Lo que no terminaban de comprender los franceses era que el Gobierno británico, en aquella época, especialmente Lord Chamberlain, estaba mucho más próximo a Franco, al fascismo o, incluso, al nazismo, que a la democracia. Algunos militares franceses empezaban a impacientarse, a sentirse vulnerables, conforme los franquistas se acercaban a la victoria final. Y así pidieron la intervención directa en Cataluña, antes de que fuese demasiado tarde, con independencia del parecer británico, demostrar a Alemania que estaban en disposición de defenderse por sí mismos, sin necesidad de esperar, de someterse, a las decisiones de Gran Bretaña. Esto podría confirmar los motivos de la decisión de Franco de posponer el ataque directo contra Barcelona. No era de la misma opinión el Estado Mayor francés, acobardado por la posibilidad de una guerra en dos Frentes. No comprendían que el Alto Mando alemán tenía exactamente la misma preocupación, y que era el mantenimiento estricto de los compromisos con Checoslovaquia y Polonia, y sumar a los mismos a la Unión de Repúblicas Socialistas Asamblearias, lo único que realmente podía atenazar el expansionismo de Hitler. Al parecer fue Gran Bretaña la que recomendó a Franco que garantizase a Francia que, en caso de guerra en Europa, sería neutral, y que las tropas del Eje Berlín-Roma que combatían en España no se acercarían a su frontera. Con ello los británicos conseguían tranquilizar a los franceses para que accedieran a la entrega de los Sudetes a Hitler ¿Se podía confiar en las promesas de un fascista, de quien había perjurado de su lealtad al rey, a la Constitución de 1876, a la República y a la Constitución de 1931? Al conde Ciano el compromiso de Franco le pareció asqueroso. A Hitler, una cochinada, aunque añadía la pregunta, despreciativa, de qué iban a hacer los pobres diablos: lo que evidencia que consideraba a España un pelele, supeditado a los vaivenes de la política internacional, incluso a las presiones británicas.

 

Sin embargo dicho compromiso tenía aspectos positivos para los nazi-fascistas: Franco admitía, con ello, que había tropas italianas y alemanas combatiendo a su favor, por lo que Francia, una vez reconocido el hecho oficialmente, se convertía en cómplice, aceptaba, implícitamente, tal presencia, intervención. Aunque nunca habían tenido la menor inquietud respecto del Comité de No Intervención. Los alemanes analizaban, con pleno acierto, que se mantenía la ficción porque nadie deseaba enfrentarse a la posibilidad de la alternativa, es decir, al reconocimiento oficial, público, de que tal intervención se había producido, que se había mentido en las declaraciones, e incumplido los acuerdos y garantías ofrecidas, y, por tanto, que era obligatorio tomar medidas para no quedar, internacionalmente, como unos irresolutos, incapaces de reaccionar frente a tal reconocimiento. Y precisamente eran tales medidas las que daba miedo tomar. Preferían quedar, internacionalmente, como tontos, hacer ver que, contra toda evidencia, creían las palabras de los nazi-fascistas. En cambio, a Franco, nunca le importó tal irresolución. También los italianos temían una guerra en Europa, para la que no se consideraban preparados, a pesar de las baladronadas de Ciano y su suegro, el Duce. Tras el pacto de Munich, Mussolini respiró aliviado, ya  que creía que la apuesta de su “socio”, ya convertido en su jefe, había sido excesiva. Llegó a decir que, al “conquistar” (una afirmación exagerada, en dicha fecha) Praga, “habían” prácticamente tomado Barcelona. El simple Chamberlain, tan satisfecho por lo que se empeñaba en convencerse de que había sido una “victoria” (¿puede considerarse una victoria el entreguismo?) diplomática, propuso a Ciano y Mussolini, antes de que se marcharan de Munich, una conferencia a cuatro bandas para solucionar el “problema” español.

 

Hay que interpretar de ello que se consideraba con suficiente ascendencia sobre la República Española como para que ésta aceptase su propia inmolación, a favor de los intereses y garantías británicos. Si Negrín había lanzado la ofensiva del Ebro para apoyar sus gestiones diplomáticas, debería reconocer que había fracasado en ambas. En realidad, ante la perspectiva de la hecatombe, cualquier ilusión parecía sólida, creíble. Sólo los nazi-fascistas apostaban, una y otra vez, por la baza del exterminio, recogían sus ganancias, y volvían a jugarla, con la mayor ambición, sacando tajada de las erróneas reacciones de sus oponentes. Y ello a pesar de que el plazo acordado por Hitler con sus militares, de diez años de rearme y preparación militar, para aceptar el riesgo de una guerra, no había llegada más que a la mitad. A su vuelta de Zurich, Negrín compareció ante el Congreso, que estaba reunido el 30 de septiembre en el monasterio románico de Sant Cugat del Vallès. En su discurso recordó, emocionadamente, a los soldados que morían defendiendo las zonas tomadas al otro lado del Ebro. Las crisis de Gobierno de abril y agosto. Las relaciones con el Gobierno catalán. Repitió que resistir era vencer, aunque también que, bajo las condiciones expresadas en los “trece puntos”, estaba dispuesto a aceptar la mediación internacional para pactar con los franquistas. Los Partidos minoritarios objetaron la exposición, ante lo cual Negrín insinuó lo que, según Prieto y Zugazagoitia, era una amenaza de dimitir. En una reunión del Gobierno Negrín planteó una nueva crisis, que podía ser definitiva. Tras ello, al día siguiente, 1 de octubre, volvió a tomar la palabra. Esta vez el tono emotivo, de reproche, pero conciliador, lo cambió por una actitud violenta, aunque cedió su radicalidad cuando se refirió a la creación del ejército popular. Ante semejante actitud el Parlamento se vio obligado a reiterarle, por unanimidad, su confianza. No había otra posibilidad, otra alternativa, en la situación que se atravesaba, en la política y en los Frentes.

 

Pero, según Zugazagoitia, semejante resultado no reflejaba la realidad profunda, sólo conocida por quienes sabían de los entresijos y participaron en los debates parlamentarios de aquellos días: un profundo enfrentamiento, divergencia, entre el Congreso y el Presidente del Gobierno. Aunque, salvo en las mentes de quienes se habían declarado enemigos de él, no parece que hubiese motivos para ello: no se oponía a negociar la paz, sino a considerarla como la única salida. El 2 de octubre, una vez tomados los altos de Lavall, los franquistas recuperan la Venta de Camosines. Desde allí Yagüe y García Valiño inician un movimiento envolvente, hacia la izquierda, al Oeste, tomando La Fatarella y Ascó, respectivamente, empujando hacia Flix y Riba-roja d’Ebre. Los republicanos sólo retenían un tercio del terreno que habían reconquistado. El 11 de octubre, quince meses después del asesinato de Andreu Nin, sus compañeros “Gorkín”, Arquer, Andrade, Escuder, Rebull, Adroher y Bonet, dirigentes del Partido Obrero de Unificación Marxista, fueron llevador al Tribunal de Espionaje y Alta Traición. La acusación carecía de fundamento. Se presentaron documentos falsificados, según los cuales había un “pacto de no agresión” con los franquistas, a través de una organización de espionaje de éstos en Perpiñán. Comprendiendo que España no era la Unión Soviética, que era difícil que los españoles creyesen tales acusaciones y, sobretodo, el riesgo de que el tribunal rechazase dichos documentos, quedando todo en un ridículo, una vez iniciado el juicio se le añadió la participación en los “hechos de mayo” de 1.937, lo cual suponía una directa amenaza contra los anarquistas, principales actores de los mismos. El tribunal comprendió lo que se dilucidaba: especialmente la credibilidad de la justicia de la República. Así que los absolvió respecto de las acusaciones de alta traición.

Más aún: añadió en la sentencia que eran destacados antifascistas, que habían colaborado a la lucha contra la sublevación militar. Pero también era consciente de que no podía despreciar a las altas instancias del Estado, comprometidas en tal juicio. Así que los condenó a penas de entre 11 y 15 años de cárcel por su intento de hacerse con el poder, en mayo del 37, e implantar un régimen revolucionario. Lo cual era contradictorio con la propaganda, efectuada por los propios republicanos, por el derribo de la monarquía y la “dictablanda” en que, finalmente, se apoyó. Pero, lo más significativo, a mi entender, es que lanzaba un claro mensaje al Partido Comunista de lo que podría ocurrirle si abandonaba la senda de la colaboración republicana, y pretendía lograr sus propios objetivos en interés de la clase obrera. Indudablemente la situación política había cambiado, los comunistas habían tenido su gran oportunidad militar, y no habían obtenido los éxitos que sus críticas a otras ofensivas daban a entender, pero, sobretodo, desde Barcelona, interrumpida la comunicación directa con el Frente de Madrid, incluso mentalmente distanciada de los esfuerzos del otro lado del Ebro, se desdibujaba la insustituibilidad del PCE. Más aún conforme pasaban los meses y no llegaban a los muelles armas soviéticas. La salida de los 10.000 “voluntarios” italianos se realizó en Cádiz, presidida por Queipo de Llano y Millán-Astray. De esta forma Franco se ahorraba reconocer ninguna contribución italiana a su encumbramiento o conformidad con dicha retirada de tropas. En Nápoles, donde llegaron el 20 de octubre, les recibieron con todos los honores, presididos por el rey. Lord Perth, pidió autorización para que también estuviese presente el agregado militar de su embajada. El conde Ciano escribió en su diario, displicentemente, que se lo habían permitido porque así pretendían ayudar a Chamberlain contra la Cámara de los Comunes del Reino Unido, que se preveía excitada.

 

André Marty escribió en el último editorial de “Voluntarios para la Libertad”, una publicación periódica para los brigadistas internacionales, que debían regresar a sus respectivos países para continuar luchando contra el fascismo. En realidad trataba de alertar que sólo los más destacados dirigentes comunistas encontrarían refugio en Stalin. Tratando de ocultar pruebas sobres sus ejecuciones sumarias e, incluso, extrajudiciales, en todo caso militares, trató de fusilar, en Albacete, a muchos brigadistas internacionales. Catorce años más tarde acabaría siendo expulsado del Partido Comunista Francés. El 28 de octubre, siete semanas después de que hubiesen sido retirados de primera línea, la Brigadas Internacionales recibieron su homenaje de despedida. Lo presidieron Azaña, como Jefe del Estado, Negrín, Jefe del Consejo de Ministros, Companys, presidente del Gobierno Autonómico, casi todas las demás autoridades republicanas, y los Generales Rojo y Riquelme. Los brigadistas desfilaron, por última vez, por la avenida Diagonal de Barcelona, denominada 14 de Abril durante la república, ante 300.000 espectadores. Toda la fuerza aérea de la que disponía la Republica en dicha zona cubría el cielo, tanto en homenaje a los brigadistas como para proteger a tal concentración de autoridades, un muy apetecible objetivo de los nazi-fascistas, y a los que, oficialmente, se despedían, que podrían recibir su último castigo por parte de la aviación enemiga. “Pasionaria” se dirigió a ellos: “¡Camaradas de las Brigadas Internacionales!” Les explicaba que razones políticas, de Estado, por la misma causa por la que habían ofrecido su sangre con tan incomparable generosidad, les obligaban a volver a sus patrias o a un exilio forzoso. Les decía que podían hacerlo orgullosos. Que eran la historia. Leyenda. Ejemplo heroico de la solidaridad y universalidad de la democracia.

 

    Les prometía que no les olvidaríamos, y les pedía que volviesen cuando regresase la paz, con la victoria de la República Española.

La emoción que, de forma tan inigualable, sabía transmitir la “Pasionaria”, llenó de lágrimas a unos y otros. Sólo un gran cartel con la imagen de Stalin parecía insensible a sus palabras, como si estuviese meditando en cómo llegar a un pacto con Hitler. La comisión militar internacional designada para supervisar la retirada de los brigadistas, bajo el mando del sueco Coronel Ribbing, hizo todo lo posible para desmerecer, como si fuese necesario, la iniciativa de la República Española. Así incluyó en su informe, extralimitándose en su cometido, que dicha retirada no suponía ningún sacrificio para la República Española, sino que, en realidad, se veían en la necesidad de hacerla. Afortunadamente, el Gobierno sueco, a pesar de su proximidad ideológica a Hitler, mantuvo en secreto tal informe. En él se indicaba, con sorpresa, la avanzada edad de muchos de los brigadistas internacionales. En concreto especificaba que la mayoría de los suecos superaban, o se aproximaban, a los cuarenta años de edad. También que a veces eran castigados por asuntos nimios, y otras por graves indisciplinas. Muchos dijeron que habían sido acusados de espionaje o sabotaje, la mayoría quejándose de la injusticia de tales acusaciones, lo que parece muy razonable: es difícil pensar que nadie pueda alistarse como voluntario e ir a luchar a otro país para hacer de espía o saboteador, duplicando sus riesgos. A pesar de ello, de haber dejado 9.934 muertos en suelo español, donde se quedaron eternamente sus huesos, sufrir 7.686 desaparecidos, capturados (fusilados sin juicio ni figurar en ninguna relación con sus nombres) o fugitivos, y 37.541 heridos, más de la mitad, aunque participaron en tales actos de despedida, solicitaron la nacionalidad española, lo que les fue aceptado, siguieron en España, y se alistaron voluntariamente en el ejército popular, por lo que fueron remitidos de nuevo al Frente.

 

Otro acto más de heroísmo sin límites, cuando las esperanzas de victoria se habían desvanecido por completo, cuando sólo cabía esperar un retraso en la derrota, el cambio de perspectiva de las “democracias occidentales”, o una rendición negociada, que les diera opción a salir del país antes de caer en manos de los inmisericordes fascistas. Aunque también debió pesar en su decisión que, en su tierra, les aguardaba la policía secreta para reprimirlos, castigarles por su osadía, por ayudar a un país democrático, no a una revolución en marcha, en ningún caso en contra de la voluntad popular mayoritaria, que se oponía a un golpe de Estado, a una sedición militar, fascista. Y no sólo en Alemania, Italia, Hungría u otras dictaduras europeas o iberoamericanas. El Federal Boureau of Investigation se lanzó contra los que regresaron a Estados Unidos. A la mayoría de ellos les fue muy difícil volver a encontrar trabajo. Cuando la “caza de brujas” del senador Mac Carthy, la Brigada Internacional “Lincoln” fue perseguida, y algunos de sus miembros encarcelados. Otros alcanzaron gran renombre, como Pietro Nenni, que sería Ministro de Asuntos Exteriores en Italia. Luigi Longo, vicepresidente del Partido Comunista Italiano. Charles Tillon, Ministro del Aire en Francia, tras la IIª Guerra Mundial. André Malraux, Ministro de Cultura con De Gaulle. Rol-Tanguy, héroe de la resistencia francesa. Enver Hodja, Presidente de la República de Albania. Walter Ulbricht, Presidente de la República Democrática Alemana. Josip Broz, apodado “Titus”, Presidente de la República Federativa de Yugoeslavia. Erno Gerö, apodado “Pedro”, Ministro de Comunicación de Hungría. O Ladislas Rjak, Ministro del Interior de dicho país. Y muchísimos más.

 

Los dirigentes comunistas españoles expresarían, pasada la guerra civil, que muchas veces se habían opuesto a las decisiones de Stalin, y que negaban que sus métodos pudiesen emplearse sin un dominio absoluto del ejército, la policía, el poder legislativo y los medios de comunicación. Se quejaron de que los asesores soviéticos tratasen de utilizarlos, de modo incoherente con la política de la KOMINTERN de hacerse aceptable por las democracias burguesas. Desde esa perspectiva, se supone que sería un alivio para ellos verles abandonar España. Sin embargo no se ha podido demostrar ningún caso concreto de dicha oposición. Y no parece creíble que los stalinistas no dejasen registro de ello, lo ocultaran a Moscú, sabiendo los riesgos que ello conllevaba, y el servilismo rastrero, acusica, murmurador, que muchos de sus adeptos utilizaban para medrar. Aquel mes se había deshecho el Frente Popular francés. La República Española no podía tener más esperanzas de reapertura de la frontera, de conseguir armamento a través de los Pirineos. Bélgica se había retirado del Comité de No Intervención: un elemento honrado menos, y menores posibilidades que se tomase alguna decisión imparcial, favorable al bando legítimo, democrático, en la guerra “civil” española. El 31 de octubre R.C. Shrine Stevenson escribió una carta a lord Halifax, en la que le comentaba una cena que había mantenido con Negrín. En ella mantuvo que su actitud hacia el PCE era consecuencia de la necesidad, por ser la más organizada de las fuerzas políticas al principio de la guerra, y porque seguían siendo el más entusiasta y  enérgico apoyo al Gobierno. Afirmó que el comunismo no era una ideología adecuada para los españoles. Y que el Gobierno, con su política y sus objetivos había demostrado que no le profería ninguna simpatía. Que si Francia e Inglaterra le suministraban cuanto precisaba, en una semana lo suprimiría. Con ello confirmaba que la política británica era la correcta.

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