La batalla del Ebro

 

Es falso que la fuerza aérea de la República no hiciese nada por defender a sus tropas. Para entonces, en pleno verano, ya los muertos apestaban. La aviación franquista atacó una concentración de heridos republicanos evacuados de primera línea, causando estragos. También bombardeaban la intendencia e incluso los pozos de tirador de la infantería. Una nueva táctica que había dado tan buenos resultados en las sierras valencianas. Todo ello significaba que estaban sobrados, que no necesitaban concentrar sus ataques aéreos contra primera línea, los tanques o la artillería. Las balas disparadas por los aviones, debido a su prolongado y diáfano trayecto, podían visualizarse por sus estelas rojas, como si se desplazaran lentamente. Así lo describe el brigadista Edwin Rolfe, para el que, aquel fin de mes, fue el día más largo de su vida, en el que todos oyeron el silbido de las balas sobre sus cabezas. La Legión Cóndor informó a Berlín que, en la última quincena del mes, habían computado 76 aviones republicanos destruidos, a los que había que añadir otros 9 menos probables. De modo que la batalla del Ebro les iba a permitir a los franquistas acabar con la reserva aérea republicana. Tanto el General Rojo como Modesto y Tagüeña consideraban que habían conseguido una victoria, logrando la suspensión de los avances franquistas en Valencia y Extremadura. Interpretaban que, con ello, la opinión internacional iba a cambiar, así como la moral de resistencia republicana. No comprendían que sólo habían trasladado el escenario de los enfrentamientos, desde las posiciones defensivas de Valencia, donde los franquistas habían perdido (junto con las batallas de Teruel) una gran cantidad de hombres de las unidades más eficaces, en una proporción que no estaban en condiciones de mantener, hasta la reconquista de la iniciativa estratégica, mediante un ataque cuyo coste iba a resultar suicida.

 

Nuevamente la pérdida de tiempo en acabar con las bolsas de resistencia impedían a los republicanos conseguir lo objetivos principales. Que, en este caso, no podía ser otro que unir ambas zonas republicanas. Si esto no se lograba era indiferente avanzar unos kmtrs. más o menos. Se había reconquistado una tierra baldía, deshabitada, estéril, sin valor agrícola, económico ni estratégico. Sin árboles siquiera. Al precio de 12.000 hombres de las mejores unidades. La 42 División consiguió reconquistar Fayón y toda la orilla Oeste del Ebro de sus alrededores, excepto el tramo más próximo al ferrocarril, en una ensenada que prolonga y dificulta el cruce. Este era, entre el Sur de Mequinenza y el de Benifallet, el único punto de contacto con el río que queda en poder de los franquistas. El 1 de agosto la situación cambia por completo: Modesto se da cuenta, tarde, que es imposible continuar la progresión, y el Ejército del Ebro luchará, desde entonces, a la defensiva. Yagüe había logrado contener a los republicanos, dando tiempo a que le llegue la primera de las ocho Divisiones que le han enviado como refuerzo. Según la Legión Cóndor el 4 de agosto se alcanzaron 37º a la sombra, y 57 al sol. Por las noches tampoco refrescaba. Los republicanos no habían podido cavar trincheras, por lo que se parapetaban con piedras y lajas de pizarra. Terminarían comprobando que, con ello, preparaban su propia metralla para redoblar los efectos de los cañones franquistas. Para Negrín, recruzar el río sería interpretado como una nueva derrota por las potencias europeas. Así que, en vez de ello, ordenó que se enviasen más fuerzas al otro lado. Tagüeña describió perfectamente la situación. Claro que lo hizo más tarde, en su libro “Testimonio de dos guerras”, cuando ya podía haber reflexionado, incluso oído y leído otros análisis. Pero no lo hizo en su momento.

 

A los franquistas les habría bastado haber mantenido una presión constante, la suficiente para inmovilizar a los republicanos en sus posiciones, impedirles recruzar el río (yo añadiría desembalsando de nuevo agua, si es que aún disponía de reservas suficientes o en la parte que se hubiese podido recuperar, provocando una nueva crecida del río, para dificultar su repase) mientras enviaba el empuje principal de sus tropas, cruzando el Segre, hacia el eje Lérida-Barcelona, en cuyo caso se habrían encontrado sin resistencia posible. Pero no lo hizo. Franco se obstinó en machacar al Ejército del Ebro, en lugar de rodearlo, embolsarlo. El franquista Ramón Salas Larrazábal, en su “Historia del Ejército Popular de la República”, publicado en 1973, cuando Franco aún estaba vivo, aunque su poder declinaba irremisiblemente, se atrevió a calificar tal hecho como ciega lucha de carneros. Aunque, con ello, culpa a ambas partes, cuando fue Franco el que escogió dicha respuesta, el que, en ese momento, podía decidir. Al analizar la orden de detener la ofensiva en Lérida, en el mes de abril de 1938, en lugar de proseguir hacia Barcelona, desviando fuerzas hacia Valencia, ya expuse todas las posibles explicaciones, y las dudas sobre ellas. Exactamente las mismas son aplicables a la batalla del Ebro. En este caso, tras el fracaso militar del ataque en dirección a Valencia, lo que había dado confianza, ánimo y tiempo al ejército republicano para reponerse de la catástrofe de Aragón, la escasamente productiva ampliación de la franja de seguridad en Teruel, parecería más justificado considerar como incapacidad estratégica de Franco esta nueva situación. Para no repetir todo el análisis, sólo me voy a centrar en lo que la mayoría de los historiadores actuales coinciden: a Franco no le interesaba (si es que podía) hacer demostraciones de sagacidad, de brillantez, militar.

 

Su objetivo era la aniquilación, el exterminio, en todo caso el exilio, de toda posible oposición. No luchaba por sustituir al Gobierno, ni siquiera a la República por la monarquía, sino por instaurar su dictadura personal. Y, para ello, buscaba una sangría, rehacer la obra de la Inquisición de Herejes, expulsar del país, o del mundo, de la vida, a los que no le fueran obedientes. Con tal perspectiva ¿para qué quería embolsar al Ejército del Ebro? ¿Para tener que fusilarlos después? Eso podía acarrearle contratiempos en sus relaciones diplomáticas posteriores. Franco era un pragmático. En realidad no tenía ideales: se aprovechaba de ellos. Nunca fue leal a nada ni a nadie. Cambió de bando cada vez que le pareció de su exclusivo interés. En aquella etapa no tenía intención de vincularse irremisiblemente a quienes había sido sus aliados hasta entonces, a quienes le habían llevado al mando supremo y a la antesala de la victoria, a alemanes e italianos. Y al Papa, a británicos y a franceses les podía remover la conciencia, caso de que la tuviesen, que se dedicara a exterminar a los vencidos. La guerra, antes de que se rindiesen, era la perfecta oportunidad, ocasión y justificación para hacerlo. Y el cruce del Ebro se las brindaba en bandeja. La ensenada de Fayón dividía la zona reconquistada por los republicanos en dos áreas, como ya se ha indicado. Franco concentró las fuerzas en el contraataque al área menor, la situada entre dicha población y Mequinenza. Allí sólo estaba la 42 División republicana, difícilmente podía ser reforzada, era donde mas fácilmente podía emplearse la aviación franquista, y más lejos quedaban los aeropuertos de la fuerza aérea de la República y con más riesgo y debilidad podía acudir la misma a la zona. Su estrechez impedía ninguna maniobra adecuada de carros de combate o artillería de los que ahora habían pasado a la defensiva. Además, por haber sido la última zona en tomar, la fortificación estaría en sus inicios.

 

Como de costumbre, a Franco le gustaba apostar sobre seguro, jugar con las cartas marcadas. El 5 de agosto Negrín reunió al Consejo de Ministros. Planteó 58 condenas a muerte dictadas por los tribunales de guardia que debían confirmar. El borrador de un decreto de militarización de la industria de guerra de Cataluña, que quedarían a cargo de la Subsecretaría de Armamento. La creación de un tribunal en Barcelona, dependiente directamente del Ministerio de Justicia, para los delitos de contrabando y evasión de capitales. Y la militarización de los tribunales de urgencia. Cinco Ministros se opusieron a todo esto. Particularmente Irujo se negó a dar el “enterado” a las sentencias de muertes dictadas por los tribunales, lo que aprovecho para denunciar agriamente los excesos del Servicio de Inteligencia Militar. Negrín le respondió que había ordenado que no se repitiesen las torturas, garantizando que se castigarían las responsabilidades que hubiesen. Izquierda Republicana de Cataluña se opuso a más medidas centralistas contra Cataluña. La segunda etapa de la batalla del Ebro se inició el 6 de agosto. En sólo dos días la Legión Cóndor ejecutó cuarenta misiones sobre dicha área, lanzando 50 toneladas de explosivos. Von Richthofen anotó en su diario de operaciones que las pérdidas de “los rojos” eran muy elevadas. Tal etapa duró hasta el 10 de agosto, en que los franquistas forzaron a los republicanos a recruzar el Ebro. No se desembalsó más agua. Puede que los pantanos no se hubiesen recuperado, que no quedara más reserva. O que Franco desease estimular a la retirada, no embolsarlos. Si el éxito de la República había sido exclusivamente propagandístico, de cara a conseguir simpatías y apoyos de los Gobiernos extranjeros, y elevar la moral de sus conciudadanos, en sólo cuatro días Franco había conseguido acabar con todos aquellos argumentos.

 

Ni siquiera la ilusión de una mejor perspectiva para negociar una paz. Con ello todos los muertos, todos los sacrificios, de los soldados republicanos, ofrendados en aquella estrategia, aparecían como inútiles. Un análisis más profundo debería concluir que fueron negativos, porque debilitaban la posibilidad futura de resistencia. El día 11 de agosto comenzó la tercera etapa de a batalla del Ebro. Los franquistas no se dirigieron a asegurar las principales poblaciones que habían sido atacadas, que podían estar en riesgo de sufrir nuevos asaltos, sino contra la sierra de Pàndols. Se podría justificar que pretendiesen utilizarla para emplazar la artillería, con amplio campo de acción y visualización de objetivos. O para impedir que la usaran, con el mismo fin, el ejército republicano. En este caso sí cabe considerarlo un error. La defendía la 11 División, aguantando temperaturas de 35º y mal abastecida de alimentos y, sobretodo, de agua. Era una situación similar a la de Brunete, de un año antes. Quizás los franquistas estaban al tanto de todo ello, y consideraron que era la oportunidad de acabar, definitivamente, con esta legendaria unidad. Durante los sanguinarios combates los cañones de las ametralladoras se ponían al rojo. Los republicanos orinaban sobre ellos para enfriarlos. El bombardeo de cañones y aviación era incesante, impidiendo a los defensores realizar trabajos de fortificación. La roca dura impedía cavar trincheras ni pozos de tirador. O que hubiese árboles o matorrales tras los que se pudieran esconder. La continua refriega no dejaba enterrar a los muertos de ninguno de los dos bandos. Sin embargo las tropas de Líster resistieron. Nadie podría dudar de su bravura, tantas veces demostrada. Las malas lenguas lo achacan a que había demostrado que no dudaba en fusilar a quien abandonase su puesto. Hay que recordar que, en Amposta, durante la estampida republicana en el Frente de Aragón, se negó a llevar a sus hombres a primera línea, alegando que estaban agotados.

 

Un acto de indisciplina que, a mi entender, prueba su objetividad, cuando era necesario, porque, en tal situación, no creo que obedeciese a objetivos políticos, ya que el riesgo de catástrofe era palpable. El PCE, en su Historia Oficial, achaca tal valentía a la magnífica labor realizada por sus comisarios políticos. Institución que Largo Caballero y Prieto se habían empeñado en hacer desaparecer. O, al menos, y hasta el propio Negrín, estaban consiguiendo sustituir a sus miembros, acabando con la ascendencia de los comunistas en el ejército. Dicha Historia Oficial cita la labor de Santiago Alvarez, Luís Delage, Matas, Farré, entre otros. Mientras tanto Negrí había reunido de nuevo al Gobierno. Ayguadé presentó su dimisión, como repulsa por lo que consideraba violación del Estatuto de Autonomía de Cataluña. Manuel de Irujo, Ministro de Justicia de la República, disconforme con los juicios ilegales y el comportamiento poco ético del Servicio de Inteligencia Militar, le secundó, dimitiendo también. Para los comunistas formaba parte de un intento de derribar al Presidente del Gobierno. Sus periódicos lo tildaron de una confabulación separatista. Sin embargo, ni Azaña ni Negrín estaban dispuestos a renunciar a él, representante de los nacionalistas vascos y bien integrado en el Gobierno y, sobretodo, con la línea política mantenida por ambos, aunque en muchos casos divergiese. Consiguieron que Irujo permaneciese en él, aunque como Ministro sin cartera. Las sentencias de muerte se ejecutaron sin pasar comunicación al Presidente de la República. El 13 de agosto, sobre el Ebro, se libró una impresionante batalla aérea.

 

Aunque los bombarderos “pesados”, los He-111 de la Legión Cóndor, y los Ju-52, ya obsoletos para tales misiones, que los alemanes habían traspasado a la Brigada Aérea Hispana, para que fuesen los españoles los que soportasen las muertes por sus derribos, continuaban atacando los puentes, la aviación táctica volvió al ataque a las tropas: o habían desesperado de acabar con los recursos de los zapadores republicanos en su reconstrucción, o el objetivo de impedir la llegada de refuerzos había dejado de ser prioritario sobre el de machacar a los ahora defensores del terreno. Si a últimos de julio la República había acumulado una leve ventaja numérica, aunque la calidad de aviones de nuevo diseño que los alemanes habían puesto sobre el tapete les daba la superioridad, ahora los franquistas duplican las unidades que tenía concentradas en la zona. Tal como ya habían analizado los militares alemanes, la sorprendente velocidad de los Bf-109, para la época, conllevaba el problema de su escasa maniobrabilidad, lo que se demostraría un problema, otro más, durante la batalla de Inglaterra, sólo dos años después. Mientras que la lucha se mantenía a cierta distancia, la ventaja estaba del lado de los más pesados armamentos y corazas. Pero, cuando aquella se fajaba, ésta desaparecía, porque cualquier bala podía encontrar un punto vulnerable. Para superar dicha dificultad, en la batalla del Ebro, volvieron a replantear la táctica de ataque por parejas, ya experimentada durante la Iª Guerra Mundial. Consiste en que un piloto, generalmente el más avezado, se lanzaba contra sus enemigos, mientras que un compañero, normalmente el más bisoño, defendía su cola y remataba los objetivos que el primero debiese abandonar en sus evoluciones tácticas. Era algo que precisaba gran dominio, templanza, control de los nervios, y confianza mutua en cada pareja. Un prolongadísimo entrenamiento y experiencia.

 

Era más fácil si se contaba con superioridad numérica en cada combate, puesto que, si sólo atacaban la mitad de los aviones, el enemigo podía concentrar su fuego o maniobrar libremente. En todo caso era una táctica arriesgada. Si había alguna duda de ello pudo comprobarlo el mítico García Morato, que fue derribado, por primera vez, por uno de sus compañeros. Azaña escribió en su diario que Tarradellas le había informado sobre los 58 fusilamientos, del día anterior, a lo que Irujo aportó más datos. Que era algo horrible, que le indignó, porque sólo 8 días antes había pronunciado su discurso sobre piedad y perdón. Quizás Negrín, que se había dirigido a supervisar el Frente, pretendía con tales fusilamientos impedir o demorar los contactos de los que buscaban una posible negociación de paz con los franquistas, hasta no conseguir mayores victorias militares. “La Vanguardia” editó un artículo en el que alertaba que podía estar tramándose un golpe de Estado para imponer un Consejo de Ministros derrotista, que negociasen la paz con los franquistas. Se sospecha que dicho artículo pudo haber sido instigado por el propio Presidente del Gobierno, que se había quitado de en medio para que no le implicasen. Se hizo público el rumor de crisis de Gobierno. Los comunistas pidieron a sus soldados en el Frente que enviasen telegramas de apoyo a Negrín. El 14 de agosto “Frente Rojo” publicó que, a pesar de todas las maniobras, trabajadores, combatientes, todo el pueblo, seguía apoyando al Gobierno y a su Presidente. Un desfile paseó por Barcelona varios tanques, al mando del comunista José Del Barrio, del XVIII Cuerpo de Ejército, mientras sobrevolaba la ciudad, a baja altura, una escuadrilla de aviones. La gente se preguntaba si no era mejor lugar para ello el Frente del Ebro, donde se estaban perdiendo tantas vidas. Los liberales y los socialistas moderados, que habían apoyado a Negrín, se sintieron sumamente incomodados.

 

Prieto se atrevió a decir que dicha demostración de fuerza pretendía intimidar al Consejo de Ministros, imponerle su voluntad. Companys estaba reunido, en su residencia, con Tarradellas, Bosch Gimpera y otros, cuando se presentó Negrín. Al parecer le dijo que estaba cansado, que quería dimitir, y trató de convencerle para que lo sustituyera. Companys ya había criticado brutalmente a Negrín ante Azaña, y le había propuesto su sustitución por el General Miaja. Sin embargo, en aquel momento, intentó convencerlo de que siguiera al frente del Consejo de Ministros, aprovechando para hacerle ver la necesidad de superar dialogadamente las diferencias entre los gobiernos central y autonómico. Posiblemente Negrín trataba de forzar a Companys a enseñar sus cartas, y éste, a veces impulsivo, a veces titubeante, ya había considerado que, en medio de la batalla del Ebro, enfrentarse al tándem formado por el Presidente del Gobierno y los comunistas podría paralizar la ofensiva. Quizás era esto lo que Negrín pretendía hacer ver. Según Rafael Méndez Martínez, catedrático de Farmacología de Sevilla, entonces Subsecretario de Gobernación, ya en julio le había comentado que sólo había una nación, ¡España!, que la guerra contra Franco era por España y para España, no para que rebrotase un separatismo estúpido y pueblerino. De ser cierta dicha manifestación, había recorrido un largo camino desde sus simpatías por el autonomismo canario y el federalismo del PSOE, de su juventud. Al parecer Companys se rendía a la evidencia. Sin embargo todo esto resulta contradictorio con lo que Azaña escribió en su diario ese día, según lo cual Companys le había comentado que Negrín le dijo que era un salvaje, que necesitaba las manos libres para hacer su voluntad, otra mujer cada diez días. No parece la actitud de alguien que pretende presentarse como cansado, justificando su dimisión. Tal vez se refería a una conversación anterior, en un ambiente más distendido, amigable, trivial, bromista.

 

El 16 de agosto los Presidentes de la República y del Gobierno se entrevistaron. Negrín le mostró al primero, aireándolos, blandiéndolos, los telegramas de los mandos militares mostrándole su apoyo, lo que podría interpretarse como una amenaza, si se partía de la base de suponer una vía no constitucional para mantenerse en el poder. O un deseo de arrojarlo del mismo. En tal ambiente, evitando dar pie a que el Presidente de la República pudiese interpretarlo como crisis de Gobierno, darle opción a que le cesara, decidió sustituir a los dimitidos Ayguadé por Josep Moix, del Partido Socialista Unificado de Cataluña, y a Irujo por Tomás Bilbao, de Acción Nacionalista Vasca. A continuación se fue a Zurich, a un congreso internacional de fisiología y medicina. Recordemos que Negrín era doctor en medicina y fisiología, había dirigido el Laboratorio de Fisiología General, desempeñó la misma cátedra de Fisiología que Ramón y Cajal, y dirigió a Severo Ochoa para que se centrase en el estudio de las proteínas y sus reacciones fisiológicas, lo que le llevaría por el sendero de investigar su síntesis celular, hacia los ácidos nucleicos. Es posible que tratara de quitarse de en medio, para evitar que Azaña le pidiese explicaciones, que tratara de forzarle a presentar la dimisión del Gobierno en pleno, plantear una crisis, dejarle las manos libres para intentar sustituirlo. Según éste anotó en su diario, el auténtico motivo era entrevistarse en secreto con alemanes pro-franquistas, entre ellos el conde Welczeck, embajador hitleriano en Francia. Hay quien supone que el intermediario fue el duque de Alba. No hay ninguna prueba de nada de ello. Ningún otro registro ni reacción. Lo cierto es que la preocupación internacional no era la democracia española, que se consideraba ya aniquilada por Franco, o a punto de serlo, sin ningún interés ni capacidad para impedirlo.

 

Tampoco importaba la supervivencia de la democracia checoslovaca, sino la posibilidad de una guerra inminente por tal motivo, la preparación y conveniencia de las potencias occidentales para afrontar tal riesgo. El inmenso sacrificio de españoles a orillas del Ebro, montado especialmente para llamar su atención, estaba siendo ignorado, despreciado, por dichas potencias. Desde que el Comité de No Intervención, tras las diversas “rebajas”, llegó al acuerdo del 5 de julio sobre la salida de tropas extranjeras de España, seguía sin responder. Es cierto que tampoco se sentía acuciado, ni tenía ninguna prisa. La República, en cambio, veía en ello un gran alivio. Analizaba, erróneamente, que, a cambio de renunciar a unos 10.000 voluntarios extranjeros, que habían firmado un compromiso por 6 meses, y que muchos de ellos ya llevaban dos años combatiendo, sin ver a sus familias, desmoralizados por los castigos colectivos y represiones, convencidos de que no iban a salir vivos de España y que la República se enfrentaba al desastre, podía conseguir que 200.000 efectivos franquistas, sus mejores tropas y armamento, abandonara el país. La República volvería a contar con ventaja numérica, ahora con soldados y oficiales experimentados y disciplinados. Si los nazi-fascistas retiraban sus zarpas de España igualmente permitirían que los buques soviéticos arribasen a sus puertos. Por lo que podrían encontrarse con superioridad armamentística. El cuento de la lechera.

 

Así, aunque no se estaba de acuerdo con que se considerase a los franquistas como parte beligerante, lo cual implicaba la libertad para comprar armas en cualquier mercado (lo cierto es que no había tenido ninguna restricción en hacerlo, ni siquiera por su falta de garantías, de solvencia para el crédito, sin precisar de dicho reconocimiento) el 26 de julio se aceptó el plan, aunque llamando la atención sobre la distinta cuantía de los combatientes extranjeros implicados en ambos bandos, la injusticia del bloqueo marítimo, que afectaba a los cuatro puertos principales republicanos, pero no a los tomados por Franco, y la falta de control aéreo, ya que Alemania e Italia podía enviar a sus aviones sin escalas en terceros países, y la URSA no. Así que Franco consultó a sus aliados sobre la conveniencia de dar una respuesta. Estos le recomendaron que asintiera a dicho acuerdo, pero que hiciese todo lo posible por retrasar su aplicación. Así lo hizo, poniendo dos condiciones: la declaración de parte beligerante debía ser previa a la retirada de 10.000 combatientes extranjeros, cifra mínima para los británicos, igual para ambos bandos. Si tenía intención de cumplir el acuerdo ¿por qué pedía la contraprestación por adelantado? Lo cierto es que las expectativas republicanas de sacar ninguna ventaja del mismo se venían abajo. El 18 de agosto los franquistas volvieron a desembalsar agua de las presas del Segre: ahora a Franco ya no le interesaba que los republicanos acumulasen refuerzos, ya no veía la victoria tan fácil. Los puentes de Flix, Móra d’Ebre y Ginestar fueron arrastrado por el cauce, que subió tres metros y medio sobre el nivel normal. El 19 de agosto, los que quedaban fueron bombardeados por los He-111, mientras los Flack 88 cañoneaban a la infantería y los bombarderos en picado alemanes se empleaban contra la artillería republicana, preparando el asalto de seis Divisiones más una Brigada de caballería.

 La aviación republicana no conseguía causar daños a la aviación alemana, pero los Bf-109 se apuntaron el derribo de 4 “Ratas”, como llamaban a los Po-16. En dicha escuadrilla participó el Teniente Werner Mölders, uno de los grandes ases del aire de la IIª Guerra Mundial, el primer alemán al que se le reconocieron cien victorias. En España consiguió 14: más que ningún otro piloto franquista. El 20 de agosto, el General Berti comunicó a Franco que Mussolini le enviaría más “voluntarios”, sobre los 40.000 que ya tenía en España, más todo el material de guerra que necesitara, si accedía a que los militares italianos participaran en la dirección de la guerra. Indudablemente estaba nervioso por la estrategia empleada por Franco, y cómo podía afectar al Gobierno británico y al “pacto de Pascua firmado” con él. Pero Franco, ejerciendo, como siempre, de gallego, ni aceptó ni rechazó la oferta: simplemente se mostró confiado en los acontecimientos y aprovechó, como siempre, para pedir más armamento. El contraataque de Yagüe se realizó tomando el alto de Gaeta, en Villalva dels Arcs, aproximadamente en el centro del meandro reconquistado por los republicanos. La aviación franquista bombardeó a los republicanos con octavillas, recomendándoles su rendición. Pero las últimas pasadas les arrojaron una atroz lluvia de bombas pesadas. Tras cinco días de bombardeo las tropas de Yagüe atacaron las posiciones republicanas. Para entonces ya habían conseguido atrincherarse, protegiéndose de las bombas y resistiendo los asaltos. El 26 de agosto Modesto fue ascendido a Coronel: era el primer miliciano que conseguía tal graduación. El Frente se había estacionado. Lo visitaron Ernest Hemingway, Herbert Matthews, Robert Capa y muchos periodistas.

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