Ofensivas franquistas en Levante y segunda en Extremadura

 

Comoquiera que dicho cargo, hasta entonces, era puramente honorífico, reservado para los reyes, como mandos supremos del ejército, Antony Beevor, en su libro “La Guerra Civil Española”, subraya que esto lo situaba más cerca de ceñir la corona de lo que habían estado Godoy o Espartero. Efectivamente, estos dos Generalísimos “sólo” habían llegado al máximo escalafón efectivo en el ejército español: el de Tenientegeneral. Sin embargo se le olvida citar a un tercer Generalísimo, que tampoco excedió de tal rango: Castaños, el triunfador de Bailén, con más méritos militares que los dos anteriores, aunque conseguidos en una irrepetible batalla. Si bien era menos activo, tal vez por su avanzada edad, menos ambicioso y dado a las intrigas, y nada interesado por la actividad política, salvo la de tomar opción en contra del rey en el que había abdicado el titular dinástico, y a favor de la determinación popular y de la intelectualidad proclive al liberalismo.

 

Como fin de fiesta, aquel 18 de julio, IIª año triunfal, como se obligaba a indicar en el fechado y dirección de cartas, sellado oficial, inclusive los matasellos de correos, fechas de las publicaciones periódicas o de los documentos oficiales, en Burgos tuvieron que escuchar un discurso del recién “ascendido” (“exaltado”) que denunciaba la confabulación de la Rusia atea contra la católica España, relacionaba los crímenes cometidos por “los rojos” y anunciaba el triunfo de la “cruzada militar y monástica”, lo cual impelía “a todos los españoles a cultivar el deber de la memoria” (ahora que se ha vuelto la tortilla, por lo menos respecto al retorno de la democracia, los que defienden el terrorismo de los crímenes franquistas se niegan a que se recuerden tales hechos, a que exista memoria, los asesinados reposen en cristiana sepultura, se les rinda el homenaje que merecen, y los supervivientes o sus herederos perciban la correspondiente compensación por los bienes y derechos arrebatados, y como víctimas de una banda organizada de terroristas) que la dura lección no podía perderse, y los créditos de la generosidad cristiana, que no tiene límites para los engañados y para los que arrepentidos fuesen de buena fe a su campo, no rebasarán los límites de la prudencia ni permitirían infiltrarse a su lado a los recalcitrantes enemigos de la patria, que la salud de ésta, como la de los cuerpos, necesitaba de cuarentenas para los que procedan del campo apestado. Un “argumentarlo” puramente medieval, inquisitorial ¡Qué distinta visión! ¡Qué distintas ofertas, compromisos, para el futuro, de ambos discursos, pronunciados el mismo día! ¿Basta la diferente perspectiva respecto de la victoria para explicar tal divergencia? A continuación los franquistas se concentraron en un ataque hacia Viver, en un Frente de unos 20 kmtrs., durante diez días.

 

Entre el 20 y el 23 de julio, soportando un calor abrasador, enviaron continuas oleadas de infantería y cerrados bombardeos aéreos, que cubrían el cielo de espesas nubes de humo oscuro, formadas por los incendios. Sin embargo los defensores resistieron. Para el General Rojo se había alcanzado el mismo heroísmo que en Madrid. Al haber retenido el ataque hacia Cataluña, Franco dio a la República tiempo para formar un nuevo Ejército, dando una mínima formación militar a los nuevos movilizados, distribuyendo las nuevas armas adquiridas y entrenándolos en su uso. El avance franquista se detuvo en la línea de Barracas a Nules, pasando por Viver, Caudiel y Eslida. A pesar de que se trataba de una batalla planteada como defensiva por los republicanos, y que en ella se cedió terreno, el resultado fue, militarmente, más consistente que el de Guadalajara: los franquistas soportaron 20.000 bajas frente a 5.000 de los republicanos. En tales circunstancias, efectivamente, resistir era vencer. No obstante no era una buena proporción: en el asalto a posiciones defensivas se considera militarmente aceptable unas bajas de cinco a uno. Sin embargo la República no extrajo las adecuadas enseñanzas de ello: al poco se iba a embarcar en la más costosa y última ofensiva. Es posible que el deslenguado Queipo De Llano también criticase la decisión de Franco de parar la ofensiva contra Barcelona. En realidad criticaba a Franco continuamente. Lo consideraba su rival. La llamaba Paca la culona. Y todo el mundo lo sabía. Quizás por ello éste le diese una oportunidad de fracasar. O, al menos, para que se distrajese un poco y dejase de sembrar cizaña. Había analizado que existía un saliente republicano en Madrigalejo, al otro lado del Guadiana, hacia la frontera portuguesa.

 

En realidad esta era la posición sobre la que Largo Caballero pretendía su frustrada ofensiva extremeña. Aunque Prieto, su rival, cuando se hizo cargo del Ministerio de Defensa, comentó que no había recibido ni un solo documento que demostrase que dicha ofensiva estaba en algo más que en el mundo de las ideas. Ahora, cuando el eje de la confrontación no estaba en Madrid, era un momento adecuado para detener las ofensivas franquistas, en Valencia y en Teruel, contraatacando en la otra punta. Además, parecería una respuesta lógica, romper en dos la zona franquista igual que Franco había hecho con la zona republicana. Queipo De Llano llevaba tiempo reclamando tropas y material para esta acción. Franco no podía negarse, puesto que era notorio que había conseguido la superioridad numérica. Y que, desde mediados de abril, no sacaba el adecuado provecho de ella. Así que dio a Queipo De Llano una parte de lo que le reclamaba, 5 Divisiones, la Brigada de Caballería y el Destacamento de Maniobra, y lo lanzó a la acción. Tal vez esperaba que se negase a cumplir las órdenes, en tales circunstancias, con lo que podría acabar con él para siempre. Pero Queipo De Llano se consideraba una especie de reencarnación de Alejandro Magno. Así que el 20 de julio inició el ataque. Cogió a los republicanos completamente por sorpresa, en un frente que llevaba más de un año en la quietud, sin preparación ni armamento adecuado. Tampoco se movilizaron refuerzos, en un lugar tan inesperado, con la rapidez requerida. El Coronel Campos informó al General Yagüe que sus fuerzas habían detectado preparativos republicanos para cruzar el Ebro. El reconocimiento aéreo lo confirmó. Sin embargo lo consideraron poco inminente, ya que creían que los republicanos no habían podido sobreponerse a la derrota en Aragón y que el Ebro era un accidente de ancho cauce. El 23 de julio Queipo De Llano tomó Castuera.

 

El 24 Don Benito y Villanueva de la Serena, acabando con el saliente republicano. Sin embargo el avance quedó detenido, ya que el 25 de julio el ejército de la República cruzó el Ebro. En sólo cinco días Queipo De Llano había conseguido conectar, en Campanario, con las tropas del Ejército del Centro. Negrín tuvo que aceptar que sus intentos de conseguir una paz negociada habían sido baldíos. Así que concluyó, junto con el PCE, que, una vez conseguida la apertura de la frontera francesa, había que conseguir una gran conmoción internacional, que hiciese reconsiderar las implicaciones de la guerra en España. Y que ello precisaba retomar la iniciativa estratégica, mediante una gran ofensiva que pudiese tacharse de heroicidad. Los comunistas habían criticado la cortedad de miras de otras acciones, así que ahora, cuando ya casi no quedaba ni material ni tropas experimentadas, se encontraban obligados a asumir un ataque de gran envergadura, intensidad y duración, que penetrase profundamente en las líneas enemigas. Algo que pudiese interpretarse internacionalmente como una auténtica victoria. Que hiciese ver que la República aún no estaba vencida, que merecía que se le prestase ayuda. Mientras tanto Hitler había movilizado sus tropas, como amenazaba para que le entregasen los Sudetes, de grado o por la fuerza. Mejor con ella, porque así serviría de entrenamiento para sus soldados y mostraría al mundo sus posibilidades. De manera que los republicanos lo consideraron un buen augurio, la oportunidad de demostrar que era posible la derrota de los nazi-fascistas. En todo caso podría forzar o mejorar las condiciones de cara a un nuevo intento de negociar la paz. El objetivo militar, completamente esperable, debía ser unir, de nuevo, ambas zonas republicanas, cortando el estrecho corredor que unía la zona franquista con Castellón.

 

Semejante planteamiento, militarmente irrefutable, justifica que Franco se esforzase por ampliar la anchura de dicho corredor, y no desviase tropas de allí ni de la cercana ofensiva en Valencia. Con ello consiguió evitar un movimiento de cizalla, convergente, por el Norte y por el Sur. Aunque no explica que detuviese el avance hacia Barcelona, que habría impedido completamente ningún intento de cruce del Ebro. Los objetivos republicanos no tenían fundamento en su experiencia en otras ofensivas, todas las cuales habían fracaso por la rapidez en llevar los mejores medios y tropas franquistas al Frente que los precisase. Y, especialmente, por su dominio del cielo. El simplista análisis del PCE respecto de las derrotas anteriores, le hacía suponer que, en este caso, con mejor organización, planeando un ataque en continuidad, mucho más ambicioso, el éxito estaba asegurado. Es decir, era un conjunto de supuestos erróneos. Cuando Europa no sabía cómo reaccionar ante la exigencia de Alemania sobre la línea fortificada de Checoslovaquia ¿por qué iba a prestar atención a una República que seguían considerando revolucionaria, partidaria de Stalin, y que, sobre el papel, ya estaba irremisiblemente derrotada? Franco, siguiendo las directrices del difunto Mola, había desenmascarado su participación en el pronunciamiento militar cuando ya se había demostrado consolidado, aunque no triunfante, asumiendo que no había marcha atrás ni pacto posible. Tenía dinero en Suiza y simpatías en Italia, Alemania, e incluso Gran Bretaña, como para vivir un exilio dorado si se viese obligado a ello. Y unos “socios” dispuestos a conquistar Europa, de los que podría esperar que le ayudasen a reconquistar España si lo precisase ¿Por qué iba a negociar?

 

El “cuñadísimo” Serrano Súñer, en “Saña”, escribió que el profesor Joaquín Garrigues se mostró partidario de una intermediación para terminar la guerra, por lo que Franco ordenó que fuese juzgado y condenado. Lo que más debería haber inquieta a los republicanos es que, si los planes no daban el resultado apetecido, todo se volvería del revés: peores condiciones para negociar, mayor abandono internacional, mayor desconfianza en la resistencia y más irrecuperable situación militar. Ya que no era esperable que mejorase el suministro de equipamientos. La esperanza de Negrín de continuar la resistencia hasta que estallase la IIª Guerra Mundial, obligando a posicionarse de uno u otro lado a toda Europa, se la estaba jugando a una sola baza. Japón intentaría hacer lo mismo en tres ocasiones: en los ataques contra el “Puerto de La Perla”, en inglés Pearl Harbor, contra el atolón de Midway (¿medio camino?) y contra el desembarco estadounidense en el Golfo de Leyte, en las islas Filipinas. Pero, en los tres casos, sus Almirantes se asustaron, les atenazó la responsabilidad, y no quisieron llevar la partida hasta el desenlace definitivo que se había planteado, abandonando la ofensiva antes de llegar a ello. Ni siquiera cuando éste fue, aparentemente, victorioso, como en Jonolulu, aunque, habiendo retirado Estados Unidos sus portaviones, perdido el factor sorpresa, nada podría asegurar la conquista del archipiélago de las Jauaii, si éstos regresaban sin haber sufrido ninguna merma en su capacidad combativa.

 

La Historia demostró que, salvo Gran Bretaña, escudada en su insularidad, su potencia naval, entonces la segunda del mundo y la primera del Atlántico, su poderío aéreo sobre su propio territorio, dado el escaso alcance de la aviación táctica alemana, que carecía de bombarderos de gran capacidad de carga ni aviación de caza de escolta, de gran radio de acción, ni portaviones, además del arma secreta del R.A.D.A.R., que permitía redirigir su fuerza aérea a donde fuese necesaria, y la Unión Soviética, con su inmenso territorio, población, capacidad productiva, y el arma secreta de sus formidables tanques T-34, ninguna otra nación pudo oponerse al nazi-fascismo. Claro que, entonces, no se sabía. La República no podía suponer que Francia, en aquella ocasión, no iba a resistir seis meses de ofensiva. Un sólo mes, desde que Hitler construyó suficiente número de Panzer III y camiones para el transporte de tropas y suministros, completando los prerrequisitos de la “guerra relámpago”, dejó la estrategia de las trincheras, a la expectativa, la llamada “guerra fantasma”, y se lanzó al ataque. Lo cierto es que el supuesto de resistencia europea era falso. Y también que la República podría alargar su resistencia hasta que estallara dicha guerra: era Hitler quien tenía la llave, el que decidía cuándo tensar la cuerda, romper la baraja, y, lógicamente, había que suponer que lo haría cuando más le interesase. En realidad había prometido a sus militares que no habría guerra durante diez años, hasta que los planes de rearme no se hubiesen completado. Si hubiese sido así, teniendo en cuenta las armas secretas que puso en escena, si la conquista de Polonia se hubiese demorado hasta 1943, su ventaja militar hubiese sido muy superior. Claro que también Estados Unidos estaría mucho más cerca de contar con armas de desintegración atómica.

 

La propia concepción táctica pasaba por alto un aspecto fundamental: cruzar el Ebro precisaba el control de su cauce, y, para ello, era necesario dominar los embalses de su cabecera, que estaban en manos de los franquistas. Reconquistarlos suponía una profunda infiltración en la retaguardia enemiga, en terreno muy abrupto, fácilmente defendible con escasas dotaciones de tropas. Actualmente se podría utilizar un lanzamiento paracaidista o transportes de asaltantes en helicópteros. Pero la República carecía de tales recursos. Además, no bastaba con tomar dichas presas, sino que había que mantener su posesión hasta que se contara con suficiente número de puentes seguros, sólidos, que no destruyese la aviación enemiga, para garantizar un repliegue si fuese necesario. Y tal dominio no podía garantizarse: aunque se tomaran los pantanos de cabecera, por lo ya comentado, no había forma de reforzarles o abastecerlos. El General Rojo daba mucho más peso al factor sorpresa, y un ataque de tal tipo acabaría con ella. Así que desistió de hacerlo. Con ello Franco contaba con el grifo para dominar el nivel de las aguas: podía favorecer el nuevo cruce del río, el repliegue de las tropas, o dificultarlo, dejando atrapadas las tropas comprometidas, según cómo le fuese en su contraofensiva. El ambicioso plan precisó que la República organizase el nuevo Ejército del Ebro. Negrín posiblemente sabía que se trataba de un intento casi suicida. Así que casi todos sus mandos fueron comunistas, como durante la batalla de Brunete. No podía confiar en nadie más, ni que más cumpliesen tal cometido, estuviesen tan comprometidos con el mismo. De modo que lo puso bajo el mando del Tenientecoronel Juan Modesto.

 

Lo formaban prácticamente todos los cañones de la República, unos 150, muy pocos, dadas las pérdidas en la retirada de Aragón, y algunos de ellos procedentes del siglo anterior, las Divisiones 11, al Este de Benissanet, la 45 y 46, al Este de Benifallet, agrupadas en el V Cuerpo de Ejército, a las órdenes del Tenientecoronel Enrique Líster, y las 3, entre Riba-roja d’Ebre y Flix, la 35 entre dicha población y Vinebre, y la 42, situada al Norte de Almatret, agrupadas en el XV Cuerpo de Ejército, de Manuel Tagüeña, joven comunista y físico de profesión. En la reserva estarían las Divisiones 16, posicionada más al Este, en el eje principal del ataque, y la 44, integradas en el XII Cuerpo de Ejército, del Tenientecoronel Etelvino Vega. Además estaba la XIV Brigada Internacional, situada al Norte de Amposta. En total unos cien mil combatientes, más tanques, vehículos acorazados, varios Batallones de Ingenieros Militares, a los que se les encomendaba un papel primordial, y parte de la aviación de la que aún se disponía. Las reservas de munición de artillería eran insuficientes. Además, de la antiaérea de 76’2 m/m, de procedencia soviética, se tenía constancia de que era defectuosa. Todo lo cual, lógicamente, se mantuvo en secreto. Pero que, tarde o temprano, se terminaría por conocer, por contrastar, por propagarse, conllevando una mayor desmoralización. El General Rojo diseñó el cruce del Ebro por sorpresa, base fundamental de su supuesto, en un larguísimo tramo, entre Mequinenza y Amposta. Sin embargo el ataque principal se reducía a su centro, entre Fayón y Xerta, y dos de distracción, protegiendo los flancos, cortando las líneas de comunicación del enemigo, diseminando sus tropas y, sobretodo, llevando parte de ellas hacia la desembocadura del Ebro, donde podían ser embolsadas. Debían continuar su avance hasta Catí, donde se unirían con el Ejército de Levante, uniendo de nuevo las dos zonas en que había quedado partida la República.

 

Sin embargo Rojo era plenamente consciente de la entelequia que ello suponía, por lo que se conformaba con que el XV Cuerpo de Ejército llegara a la línea entre Ascó y Batea, pasando por La Fatarella y Vilalba dels Arcs, y el V a Les Camosines y Bot, pasando por Corbera d’Ebre y Gandesa. Así que ordenaba que, llegado a dichos puntos, frenasen la acometida fortificando el terreno. Mientras tanto el XII Cuerpo de Ejército debía defender el Segre, desde Lérida a Mequinenza, de forma que un ataque por allí, en dirección a Barcelona, no obligase a repasar el Ebro abandonando la ofensiva. Enfrente tenían al Cuerpo de Ejército marroquí del General Yagüe, con unos 40.000 combatientes, formados por el Coronel Luís Campos Guereta, con su 50ª División, entre Batea y Gandesa, y Cuartel General en dicha población, el Coronel Barrón, con la 13ª, en reserva, al Oeste de Gandesa, el Coronel Natalio López Bravo, con la 105ª, al Oeste de Amposta, que defendía todo el río, desde Xerta hasta la desembocadura. Durante una semana los republicanos entrenaron concienzudamente el cruce del río, en torrenteras, ríos catalanes y en el mar. Los zapadores montaron una y otra vez los puentes fabricados en Barcelona o comprados a Francia, experimentando el paso de tropas, medios acorazados y vehículos de transporte. Mientras tanto, exploradores republicanos pasaban a la otra orilla, cada noche, sonsacando información a los campesinos. El XIV Cuerpo de Ejército fue precursor en este aspecto. La noche anterior a la fiesta de Santiago, estos exploradores, comandos, les llamarían los británicos, cruzaron el río, acuchillaron a los centinelas, amarraron cuerdas para guiar a las barcazas de asalto, y se adentraron hasta las encrucijadas de carreteras, investigando los movimientos franquistas.

 

Quince minutos después de medianoche, en la madrugada del aniversario del fin de la batalla de Brunete, el día que Franco había ordenado conquistar Valencia, seis Divisiones republicanas, cruzaron el Ebro en barcas, por doce puntos diferentes. Les guiaron campesinos, que conocían las corrientes, los terrenos y las mejores zonas de cruce. La 226 Brigada de la 42 División cruzó cerca de Mequinenza, cortando la carretera que la unía a Fayón. El resto del XV Cuerpo de Ejército pasó entre Ribarroja y Flix. La 35 División tomó Ascó y se dirigió hacia el mar, para converger con el V Cuerpo de Ejército hacia Mora d’Ebre por el Norte. Este pasó entre Benissanet y Miravet, dividiéndose para dirigirse hacia Mora d’Ebre, desde el Este, Corbera, más al Este, y El Pinell de Brai, al Sur. Sólo fracasó la XIV Brigada Internacional, que, en un tramo de 3 kmtrs., en Amposta, se encontró con los tiradores del Rif de la 105ª División, que, tras causarles bajas insoportables, se vieron obligados a cruzar de nuevo el Ebro. En 24 horas iban a perder 1.200 soldados, por los disparos o en las pantanosas aguas de la desembocadura. El Batallón Henri Barbusse, que se había quedado en la otra orilla, les veía pedir auxilio, sin que pudiesen cruzar el río para ayudarles. Este fracaso podía tener graves consecuencias estratégicas, puesto que, al no dominar la desembocadura, si todo salía mal, era imposible la evacuación mediante un reembarque en medios navales.  consecuencias estratEn el eje principal del ataque el avance fue rápido, apresando a 4.000 soldados de la 50ª División. Yagüe ordenó a Barrón que avanzara con su 13ª División para proteger Gandesa. Para ello impuso a sus hombres una marcha forzada de 50 kmtrs., que costó la vida de algunos.

 

En menos de un día los republicanos habían llegado a las puertas de Vilalba dels Arcs y Gandesa, tras tomar el paso entre las sierras de Pàndols y de Cavalls, la “Cota de la Muerte”, para los brigadistas internacionales, como denominaron a la que aparecía en los mapas militares republicanos con el nº 481. Franco paralizó tanto la ofensiva en Levante como la que progresaba hacia Almadén, y dirigió 8 Divisiones, toda la reserva, así como a la Legión Cóndor y la Brigada Aérea Hispana, a la zona que los republicanos habían recuperado. A primeras horas de la tarde la aviación franquista ya bombardeaba los puentes militares y pasaderas republicanas. Participarían en esta batalla 40 Savoia-Marchetti 79, 20 81, 9 Breda-20, 30 Heinkel-111, 8 Dornier-20, 30 Junker-87, y unos 100 cazas, muchos de ellos Messerschmitt Bd-109. En la primera jornada Modesto había conquistado 800 kmtrs. cuadrados. Al amanecer del 26 de julio los franquistas ya habían organizado la defensa de Gandesa. Franco pidió un informe al ingeniero Miguel Mateu, quien le contestó que, aunque se desembalsaran las reservas de Camarasa y Tremp, Union Eléctrica podía continuar funcionando, y, con ello, la industria de Barcelona contaría con suministro adecuado, si se la conquistara en breve. Con ello evidenciaba su convencimiento de que tomaría Barcelona en corto plazo, en lo que se volvió a equivocar, y que ya actuaba como su conquistador, próximo dueño de su industria. Contando con dicha opinión ordenó soltar agua de tales pantanos. El nivel del Ebro pasó de 5 a 7 metros. Los franquistas lanzaron a las aguas troncos con explosivos atados, que derribaron los puentes y pasarelas republicanos. Sin embargo habían tenido la precaución de adquirir material de repuesto suficiente, y los ingenieros militares los reconstruyeron en sólo dos días. El tiempo suficiente para que las tropas de Modesto se viesen comprometidas en una ofensiva sin el adecuado apoyo de carros de combate y artillería. De tal forma que Gandesa no pudo reconquistarse.

 

Durante toda la batalla la aviación franquista, especialmente los bombarderos en picado Ju-87, se dedicará a destruir los puentes durante el día, y los zapadores republicanos a reconstruirlos por las noches. Hasta que se quedaran sin más piezas de repuesto. Los alemanes eran conscientes de que estaban poniendo en riesgo una de sus más preciadas armas secretas, por lo que no envían más de dos parejas de “stukas” cada vez, y siempre con una fuerte escolta de cazas, para evitar que cayesen en territorio republicano, y que pudiesen estudiar sus restos. Por ejemplo, especialistas soviéticos. Aunque ya se habían empleado en la segunda ofensiva de Teruel, entonces se forzaba la retirada de los republicanos, por lo que los aviones tácticos derribados se podían alcanzar presionando un más rápido y prolongado avance, con lo que sería imposible que fuesen analizados o arrastrados por las tropas en retroceso. A primeras horas del 27 de julio, Modesto ordenó a sus pocos T-26 que atacasen Gandesa. La 35 División tampoco pudo reconquistar Vilalba. Al parecer el General Rojo tampoco podía explicar la desesperante inoperatividad de la aviación republicana. El 29 de julio, ocultándoselo al Gobierno, el Presidente de la República se reunió con Leche, en Vic. En una carta muy confidencial al Ministerio de Asuntos Exteriores británico, Leche notificaba que Azaña estaba dispuesto a la retirada de todos los combatientes extranjeros, a mantener la guerra en una situación estática (lo que significaba mantener las posiciones reconquistadas al sur del Ebro) y expulsar del Gobierno a los comunistas. Cuando Negrín se enteró de lo ocurrido comentó que, por mucho menos, había firmado su “enterado” a ejecuciones de penas máximas.

Labonne, el embajador francés, informó a París, en el mismo sentido, que Azaña, Martínez Barrio, Besteiro, los nacionalistas vascos y catalanes, y algunos militares y sindicalistas, estaban formando una oposición contra Negrín. La ofensiva en el Ebro se había estancado. El Jefe de Estado Mayor republicano comentó en una carta de un amigo suyo que, en todas las ofensivas, parecía que sus soldados se desinflaban. Perdido el factor sorpresa no hay un plan adecuado de acción. No comprendía que todos los éxitos republicanos, la inmensa mayoría de ellos, fugaces, se basaban en la audacia, la sorpresa y la rapidez. Y que, consumidos todos estos factores, no les quedaba ninguna baza victoriosa que oponer al enemigo. Antes de reconocer el fracaso, en lugar de asumir posiciones defensivas, se continuó ofrendado vidas a la metralla. El tifus y la disentería de las zonas pantanosas también se cobró su parte. Dimitrov comunicó a Stalin y a Vorochilov que las Brigadas Internacionales estaban extremadamente cansadas por los continuos combates, y su eficacia militar, valores como combatientes y disciplina habían caído por debajo de los de las Divisiones del ejército popular republicano. Rojo escribió que, durante la batalla del Ebro, cuando llevaban tiempo necesitándolo, las tropas de Modesto recibieron un puente que no pudieron montar, por estar oxidado, quizás considerado inservible y desechado por los militares del país de procedencia, y por el que se pagó un precio astronómico, bien a dicho país o a intermediarios, que eran verdaderos enemigos. El 30 de julio éste tomó directamente el mando del sector central, reorganizando sus efectivos. Envió contra Gandesa la mayor parte de los tanques y cañones que habían cruzado el Ebro. Allí concentraron sus Flack 88 los franquistas, las piezas antiaéreas que tan sorprendente resultado habían demostrado contra los carros de combate.

 

 

Aquel día los He-111 hicieron 40 salidas contra los puentes y pontones, aunque sólo consiguieron hundir dos y uno, respectivamente, desde 4.000 mtrs., algo inaudito para la época, que los mantenía fuera del alcance de los antiaéreos. Los zapadores republicanos reconstruyeron uno de los puentes, que dichos bombarderos pesados volvieron a derribar en la misma noche: otro hito militar, un blanco tan preciso en acción nocturna, otra nueva proeza insospechada. Los bombarderos en picado arrojaron 8 bombas de 500 kgrs., excesivamente pesadas para dichos aviones (posiblemente lo hicieran despegando de tierra con los depósitos de combustible medio vacíos) sobre los puentes de Ascó y Vinebre, en el que colocaron sólo una de ellas, con pleno acierto. El 31 de julio fallaron en su intento de taponar la salida del túnel entre Móra la Nova y Móra d’Ebre, a unos cuatro kmtrs. de aquélla. Los republicanos bombardearon continuadamente Gandesa, con las trece baterías de artillería con que contaban. Posteriormente atacó la infantería, que consiguió llegar hasta el cementerio y aproximarse al Sindicato Agrícola. Los soldados de Barrón se habían fortificado con sacos terreros cerca de la gasolinera, muy mala elección, y en la Plaza del Duque de la Victoria. La 3 División republicana persistía en sus infructuosos ataques contra Vilalba dels Arcs. La aviación franquista proseguía su destrucción de puentes y en el ataque a las concentraciones de tropas. A último de mes, la aviación republicana, bajo el mando de Hidalgo De Cisneros, se dedicó a bombardear Gandesa. Ambos bandos sumaron más de 300 salidas, en conjunto. Al contrario de lo que se reitera, sí hubo enfrentamientos entre ellos, intentando impedir mutuamente sus bombardeos, o, por lo menos, su acierto y precisión.

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