Confabulación contra Negrín

 

¿La última? Se iniciaba por la Sierra de Javalambre, continuando por la de Toro hasta los Altos de Almenara, cerca del mar. En realidad eran posiciones fortificadas desunidas, lo que aprovechaba mejor las ventajas del terreno. Igual que se trató de hacer, a última hora, en la defensa de Bilbao, y hubo que abandonar ante la caída de la zona sin fortificar y la línea de trincheras. Esta larguísima línea daba confianza a sus defensores de que no iban a ser superados por los flancos, como ocurrió tras la batalla de Teruel, cuando el ejército republicano debió retirarse a terrenos que no habían sido fortificados. A pesar de los masivos bombardeos de su aviación y sus mil piezas de artillería de campaña, todos los asaltos franquistas fueron rechazados. La mucha experiencia en tales bombardeos les había llevado a la conclusión de que las trincheras debían ser arquitectónicamente de gran resistencia. Y situarse de tal forma que no dieran posibilidad a los reptantes ataques de los marroquíes. En lugar de la línea continua, imitando los diseños de la Iª Guerra Mundial, experimentaron la defensa combinada mediante fuego cruzado, orientando las ametralladoras hacia las zonas de más probable avance enemigo. El dominio de posiciones elevadas y una bien diseñada red de comunicaciones, enterradas en su mayor parte, lo que evitaba que su ruptura aterrorizase a los defensores, haciéndoles creer que habían sido superados, rodeados, transversales al Frente, dieron a los republicanos, por primera vez, la opción descubrir, incluso adivinar, prever, las concentraciones o posibles ataques enemigos. A partir de entonces, al no consolidarse las posibilidades de una victoria en la costa mediterránea, aumentaron las críticas contra Franco: estaba dando tiempo y opción a que las tropas republicanas se reorganizaran, rearmándose a través de la frontera francesa. Del 12 al 14 de mayo se produjeron bombardeos franquistas contra el puerto de Barcelona.

 

El 21, Franco decretaba el castellano como único idioma oficial, prohibiendo el uso público de catalán y vascuence, y el uso de nombres separatistas, con implicaciones políticas o que no fuesen del santoral romano. El 25 de mayo se produjo otro bombardeo contra Alicante, causando entre 150 y 200 muertos, y unos mil heridos. El 31 contra Granollers, con similar número de víctimas. Azcárate protestó por ellos ante Lord Halifax. Este se comprometió a enviar una carta de protesta al Gobierno de Burgos, protestando por lo que consideraba una salvajada, preguntándole si había alguna forma de acabar con tal “sangriento negocio”. El embajador de la República Española le respondió que la única posibilidad era acabar con la intervención extranjera, incidiendo directamente en el presunto objetivo del Comité de No Intervención, que tan falsamente había apoyado el Gobierno británico. Ante lo cual el Ministro de Asuntos exteriores de Su Graciosa Majestad cambió de tema. Finalmente las embestidas franquistas consiguieron converger en Lucena del Cid. Desde allí, García Valiño se dirigió hacia Castellón, y Aranda hacia Villarreal. En mayo de 1938 el embajador estadounidense en Londres, el bostoniano, ultracatólico, ultraconservador, implicado con el gangsterismo, como la mayoría de los poderosos católicos, Joseph Kennedy, padre del futuro Presidente de Estados Unidos, logró que los parlamentarios de su país electos mediante el voto católico, impidieran el fin del embargo de armas contra la República Española. En la España franquista, el Ministro de Educación Nacional, Pedro Sáinz Rodríguez, se dedicó a dar la vuelta a la reforma de la enseñanza primaria que había hecho la Republica.

 

Los maestros que habían sobrevivido a los fusilamientos, no estaban en campos de exterminio, de trabajo forzado, tratados como prisioneros de guerra, o no habían sido cesados, en castigo por ser demócratas, debían enseñar religión, patriotismo, educación física, educación cívica y juegos “nacionales”, como la pelota, los bolos, la comba, el marro, etc., “tan españoles”, impregnando (¿contaminando?) toda la enseñanza de espíritu religioso y fervor patriótico. Además, adicionó a la exigencia del crucifijo la del retrato del Caudillo en el aula. Portugal reconoció oficialmente al Gobierno franquista como único Gobierno de España. El Vaticano nombró nuncio apostólico ante España, la franquista, por supuesto, al Cardenal Cicognani. Franco anuló las decisiones de la República de expulsar la Compañía de Jesús, confiscarle sus propiedades y eliminar sus privilegios, todos los cuales les fueron retornados. Quizás algo se perdiese con el galimatías de testaferros, personas y sociedades interpuestas. El Padre Vladimir Ledochovsky, General de la Compañía, en agradecimiento, le concedió tres misas por el alma del Generalísimo a la hora de su muerte, que ofrecerían los 30.00 jesuitas del mundo. Una forma barata de agradecer fortuna e ingresos tan enormes. Y que no sabemos si lo llegarían a cumplir, dada la hora tan intempestiva en que lo declararon muerto, muchas horas después de que el equipo médico habitual, encabezado por su yerno, ordenara desconectar (¿eutanasia?) todos los aparatos de asistencia vital que se creían imprescindibles de forma continuada. Entre mayo y julio el Gobierno republicano adoptó disposiciones reservadas para obligar a la población a cederle joyas, metales preciosos e inversiones en el extranjero, aunque sólo se requisaron los de los rebeldes a la República, con lo que sólo se consiguió unos nueve millones de dólares.

 

En total, por toda una serie de procedimientos extraordinarios, aparte del “oro de Moscú” y “de París”, la República sólo consiguió 31 millones de dólares, cuando estaba comprando en el extranjero, en todo tipo de suministros, 27 millones al mes, sin incluir los pagos a la Unión Soviética. Como se necesitaban importar productos imperiosamente, la producción hortofrutícola de Valencia se exportaba en su integridad, para conseguir divisas. Esto, unido a la pérdida de Aragón, originó una terrible hambruna. En Barcelona fue aún más grave, puesto que allí se acumularon los fugitivos del avance franquista en Aragón, Lérida y Tarragona, que se sumaron a los andaluces, extremeños y castellanos que habían llegado antes: en total un millón de personas, aproximadamente. Los campesinos tirando de carros con sus enseres, en maletas o en fardos sobre las cabezas, especialmente las mujeres, a veces arrastrando, arreando, algún ganado o seguidos ellos, producían tanta compasión como idénticas escenas presenciadas en Madrid en el otoño de 1936. La ola de refugiados continuaba incrementándose. Para mitigar el hambre la República importó garbanzos y lentejas de Méjico, más baratos que los productos valencianos. Los barceloneses sembraban verduras y legumbres en patios, descampados y jardines, y tenían gallinas en sus casas. Desaparecieron las palomas de la Plaza de Cataluña y los gatos de las calles, que pasaban al menu, menudo, minuto o minuta popular como guisado de “conejo”. Al acabarse las mondaduras de patatas, las cáscaras de naranja sustituyeron a las patatas fritas. Con tales ingredientes también se hacía “tabaco”, así como con hojas de lechugas secas, de roble o de plátano ornamental. Las cáscaras de cacahuetes, machacadas y hervidas, suplían al café. Las mujeres madrugaban para recorrer 20 ó 30 kmtrs., buscando comida por los pueblos más cercanos. O para hacer colas infinitas.

 

Muchas murieron o resultaron heridas por los bombardeos aéreos italianos, al no querer abandonar su puesto en ellas. El racionamiento incluía 150 gramos de harina, judías, arroz o lentejas (que la gente denominó “píldoras del Doctor Negrín”) al día: insuficientes para el aporte proteico y vitamínico necesario. Se llegaron a pagar 600 pesetas por una lata de carne, ó 110 por una docena de huevos o un litro de aceite, tasados en 17’5 ó 3 pesetas, respectivamente. El raquitismo se extendía entre los niños, sobre todo entre los huérfanos de guerra, que eran cada vez más abundantes. Según la organización de beneficencia de los cuáqueros, que repartía leche en polvo y chocolate, éstos eran 25.000, sólo en Barcelona. A los soldados se les garantizaba, habitualmente, el mínimo alimento indispensable. No obstante no se les podían ocultar las miserias de sus familias, por lo que reaccionaban amotinadamente cuando se descubría algún escándalo de oficiales, o miembros de la intendencia militar, que vendían gasolina, raciones o equipamientos en el mercado negro. En el mes de mayo, tras un encuentro en Roma entre Hitler y Mussolini, en el que éste había perdido la arrogancia anterior, y ya aceptaba su posición dependiente, subordinada, Alemania comenzó a exponer sus pretensiones sobre los Sudetes, la Bohemia checoslovaca. Para la República Española era un rayo de esperanza, una nueva posibilidad de que las “democracias occidentales” comprendieran el riesgo del envite. Parecía inimaginable que fuesen a cercenar, de tal manera, la democracia checoslovaca, la nueva nación surgida de los Tratados de Paz de Versalles, por la que tanto habían apostado Gran Bretaña y Francia, como garante frente a una nueva alianza entre Alemania y Austria, prohibida estrictamente por tales Tratados, y que, violando los mismos, Hitler había llevado más lejos aún: hasta la completa anexión.

 

Y, con toda lógica, suponían que no podía ofrecerse una oposición creíble a tales pretensiones, si, al mismo tiempo, se permitía a los nazi-fascistas vencer en España. Negrín intentó, repetidamente, la intercesión internacional para negociar la paz, lo que demuestra que, en el fondo, aceptaba el análisis de Azaña y Prieto de que la negociación era la única salida razonable. La diferencia estaba en el modo y el tiempo de plantearla. Negrín pretendía buscar una situación ventajosa, tal vez una victoria militar transitoria. Stalin estaba completamente de acuerdo, ya que no veía otra forma de salir de su compromiso español sin verse implicado en una derrota, que tan nefastas consecuencias podía tener, tanto para las pretensiones expansionistas soviéticas, como para su integridad territorial. El fallo de la argumentación estaba en suponer coherencia y apuesta democrática donde sólo había mezquinos intereses capitalistas. Muy costoso sería comprender lo negativo que iba a resultar tan errónea ambición, la forma tan inadecuada de defenderlos: sólo Hitler y Mussolini sabían exactamente qué es lo que se jugaba y con qué tahúres. Hasta que la avaricia les rompió el saco. El 3 de junio los franquistas avanzaban por el Maestrazgo y Castellón. El 7 hubo cruentos bombardeos contra Valencia y Barcelona. Al tiempo que Chamberlain consentía que los italianos hundiesen buques mercantes británicos, por lo que en la Cámara de los Comunes incluso los propios conservadores protestaban, presionó a Daladier, consiguiendo que, el 13 de junio, cerrara de nuevo la frontera española. Sin embargo, cuando Lord Perth señaló al conde Ciano que tales ataques podían suponer la remoción del Primer Ministro británico, la piratería italiana quedó suspendida durante algún tiempo. Lo que demuestra hasta qué punto les interesaba que siguiese en tal cargo. La República Española no podía esperar nada de las “democracias occidentales”.

 

Nunca pudo esperar nada de ellas. Siempre fue un espejismo. Stalin era la única salvación posible. Y el bloqueo marítimo y la situación bélica e internacional lo alejaban, lo aislaban, cada vez más, de la República Española. En España, John Leche, encargado de negocios de la embajada británica, comenzó a urdir una trama contra Negrín. Convenció a Manuel de Irujo de que, si Negrín y los comunistas abandonaban el Gobierno, Gran Bretaña intermediaría con Franco para conseguir el armisticio. Se aprovechó para ello que el Presidente de Gobierno recorría con el General Rojo los Frentes de Levante y Centro. Dijo a los periodistas que había debido volver a Barcelona porque la charca política se estaba agitando mucho, lo que le producía un profundo asqueamiento. Ese día las tropas de García Valiño tomaron Castellón. El 14 de junio las de Aranda tomaron Villarreal. En la primavera de 1938 Franco se encontraba con el “problema” de colocar 800.000 toneladas de trigo, 160.000 de azúcar, 200.000 cabezas de ganado vacuno y 54.000 de porcino, mientras la España democrática pasaba hambre. Tal excedente fue a Alemania, iniciando un pago en especie por las deudas acumuladas durante la guerra española, que continuaría durante la IIª Guerra Mundial, poniendo en riesgo la pretendida “neutralidad”, que Franco proclamó cuando quedaba palpable que las cosas pintaban mal para los nazi-fascistas. Para entonces habían pasado la frontera francesa, desde mitad de marzo, más de 18.000 toneladas de equipamiento militar. Contando con tales medios y la movilización de los reservistas, hasta de los reclutados en 1925, y la anticipada de las quintas hasta 1941, tras los parapetos, más psicológicos que reales, del Segre y el Ebro, la República reorganizó un nuevo Ejército.

 

Los nuevos soldados podían tener dieciséis años de edad (Franco llegó a reclutar forzadamente hasta a los de 14 años: lo que se conoció como la “quinta del biberón”) con total carencia, no ya de experiencia en combate, sino de la mínima formación militar, o ser padres de familia, hombres maduros. Incluso aquellos que antes habían sido declarados exentos, porque sus oficios eran necesarios para la industria bélica. Con las fábricas catalanas derruidas por la aviación nazi-fascista, o sin suministro eléctrico para hacerlas funcionar, desde que los franquistas tomaron las presas de los Pirineos, y toda Cataluña ante la disyuntiva de ser tomada por Franco, no tenía razón de ser tal disquisición. Se llegó a integrar en el nuevo Ejército a soldados franquistas hechos prisioneros de guerra, y que así se lo aceptaron, a imitación de lo que hacían las tropas de Franco con los capturados a los republicanos. Pero las consecuencias eran muy diferentes, porque, ante la perspectiva, ya bastante razonable, de una victoria de éste, no se sabía qué tipo de represalias les podía imponer. Difícilmente se puede suponer otra cosa sino que se trataba de una opción política, que habían sido reclutados a la fuerza por los franquistas y que deseaban defender a la República, porque las posibilidades de acabar fusilados, si se sobrevivía a los bombardeos y asaltos, eran muchas. En realidad la República carecía de armas suficientes para dicha última movilización, por lo que se supone que se trataba más bien de reforzar el convencimiento en la resistencia. Los nuevos abastecimientos iban destinados a la aviación, las fuerzas especiales y las compañías de ametralladoras. En cambio los fusiles no compensaban las pérdidas habidas en las ofensivas de Aragón.

 

El 24 de junio García Valiño había avanzado hasta Onda y la Sierra de Espadán. Aranda, con su Cuerpo de Ejército de Galicia, por la línea costera, había tomado Burriana y Nules. Sin embargo, el objetivo de situar el Frente entre Segorbe y Sagunto no lo pudieron lograr, debido a la firme resistencia republicana. Los franquistas no podían comprender que, tras el calamitoso fin de la ofensiva republicana de Teruel, hubiesen podido organizar la más eficaz defensa de toda la guerra. Kindelán le pidió a Franco que abandonase tal ofensiva, ya que el número de bajas no justificaba los avances. Además del difícil terreno, del que los defensores habían sabido extraer todo el partido posible, no tenían aeropuertos adecuados en las proximidades, y, estando pendiente de aprobar la Ley de Minas, la Legión Cóndor hacía una especie de “huelga de celo”. A pesar de ello había derribado diez aviones republicanos durante el mes de junio, indudablemente debido a la participación de los modernos Messerschmitt Bf-109C. El Coronel Franco-Salgado, el ayudante al que Franco llamaba Pacón, escribiría que le habían llegado informes de que los republicanos construían balsas para pasar el Ebro, tenían pasaderas y que la mayor parte de las Brigadas Internacionales se concentraban en Falset, todo lo cual fue confirmado por desertores y prisioneros republicanos. Sin embargo Franco sólo ordenó a Yagüe que extremara sus precauciones. Yo creo que Franco quería que los republicanos cruzasen el Ebro, acorralarlos de donde no pudiesen huir, por lo que no hizo nada por evitarlo. Desde mediados de 1938 Gran Bretaña volvió a preocuparse por el predominio de los intereses alemanes en la economía española. Ni éstos ni los italianos presionaron a Franco para pagar su deuda, excepto la petición de mineral por parte de Hitler. Durante 1937 el consorcio HISMA/ROWAK había enviado 2.584.000 toneladas de mineral a Alemania.

 

Para tal fin, Goering, al que “se le había ocurrido” lo de los planes cuatrienales (imitación de los planes quinquenales stalinistas) creó el proyecto Montana, o Montaña, mediante el cual inversiones alemanas en el sector minero garantizarían la provisión continuada de hierro, mercurio, pirita cuprífera, tungsteno y antimonio, provenientes de 73 minas españolas. En el mes de enero, antes de constituirse el primer Gobierno franquista, el conde de Jordana respondió a los representantes alemanes que no se podía tramitar la concesión conjunta sobre las 73 minas, puesto que la ley –es decir, la republicana- obligaba a estudiarla una a una, de forma que les pedía esperasen hasta que se aprobase una nueva Ley de Minas. Semejante posicionamiento, así como la demora de Franco en constituir un Gobierno hasta fecha tan tardía durante la guerra, obliga a hacer algunas reflexiones. Por un lado la idea de todos de que la guerra era cuestión de unos meses, a lo sumo, que sólo abandonaron los republicanos durante 1937, en que creyeron que duraría años, para poner en duda, nuevamente, a partir de 1938, la posibilidad de una resistencia prolongada. Por otro aparece la sospecha de que Franco, de modo clásico, no consideraba “legítimo” un Gobierno sino hasta la conquista de Madrid. Lo cual sería contradictorio, o, al menos, tan cínico como todo lo demás, con el resto de decisiones que se habían ido tomando. Quizás “a cuenta” de tal conquista. Sin embargo, lo más inmediato es sorprenderse ante lo que se podría considerar como que estaba dando largas a sus aliados en la guerra. En base a ello hay que tener en cuenta que Gran Bretaña también estaba interesada en continuar sus importaciones de minerales, y de todo tipo de productos españoles, y que realizaba presiones diplomáticas en tal sentido. El hierro y la pirita españoles habían ido a parar a dicho país tradicionalmente.

 

Antes de la guerra el 65% de las importaciones de piritas del Reino Unido, imprescindible para su industria bélica, provenían de las explotaciones españolas de cinco sociedades británicas, la más poderosa de todas Rio Tinto Company. Aunque en ningún modo su capacidad de extorsión podía ser tan grande como la de sus consocios en el enfrentamiento bélico, es posible que el zorro de Franco confiara en acabar la guerra en breve plazo para, entonces, “sacar a subasta” a quiénes debía dirigirse tales concesiones. O venderlas partida por partida, según el “mercado”. Además, su ideología nacionalista le haría revolverse ante la arrogancia de las peticiones de Hitler. Quizás por ello replicase exigiendo más armas. Mientras tanto, a pesar de la reacción inicial del conde Ciano y del desagrado de Mussolini por la prolongación de la guerra, tal vez para forzar un cambio de ritmo, acababa de recibir 6.000 “voluntarios” italianos más, 25 Savoia-Marchetti 81, 12 79 y 27 Br-20. Franco no era proclive a reconocer un error tan fácilmente. Así que dio oren de seguir la campaña de Levante. Cuando Hitler, enfurecido, le amenazó con cerrarle el grifo, en julio de 1938, la Ley de Minas estuvo dispuesta, aumentando el “máximo” de capital extranjero permitido en este tipo de industrias hasta el 40%, aunque “reservaba” al “Gobierno” la posibilidad de autorizar que se sobrepasase. La visión que los alemanes tenían sobre la España franquista, como territorio invadido, sometido, parte de su Imperio (Reich) se constata por el enfado de su embajador, Von Stohrer, por la aprobación de dicha Ley sin haberle informado ni recibido previamente. A pesar de lo cual, en premio, la Legión Cóndor fue reforzada, muy oportunamente, un mes antes de la batalla del Ebro. Negrín contraatacó a la confabulación derrotista planteando una cuestión de confianza ante la Diputación Permanente del Congreso, que, el 1 de julio, le confirmó en el cargo.

 

Para demostrar que estaba en lo cierto, a los tres Cuerpos de Ejército que ya actuaban en Levante, Franco los reforzó con el General Berti y su Cuerpo de Tropas “Voluntarias”. Además puso a Solchaga al mando del nuevo Cuerpo de Ejército del Turia, formado por cuatro Divisiones, y lo envió al Sur de la carretera de Teruel a Castellón. Con tales fuerzas, más de 4 Cuerpos de Ejército, un total de 14 Divisiones, unos 125.000 hombres, ordenó tomar Valencia para el día de Santiago (Matamoros) patrón de España. Esta orden no se cumpliría nunca. Tenían en frente a más de cinco Cuerpos de Ejército que la Republica había enviado para oponérseles: el XVI, al mando de Palacios, el XVII, de García Vallejo, el XIX, de Vidal, el XX, de Durán, y el XXII, de Ibarrola, además de las Agrupaciones de tropas A, de Güemes, y B, de Romero, todos ellos integrados en el Ejército de Levante, a las órdenes del Coronel Leopoldo Menéndez. En realidad había un gran equilibrio de tropas, puesto que, aunque ambos bandos incorporaban 12 Batallones por División, los republicanos sólo podían encuadrar 300 ó 400 hombres en cada uno de ellos. El 5 de julio, el Comité “contrario” a la intervención en la guerra española aprobó el plan de repatriación de los voluntarios que participaban en la guerra de España. Pero ¿qué deberían hacer los que no estaban allí voluntariamente, como las tropas regulares italianas? El 7 de julio, Franco decretó el cínico formalismo de restablecer la pena de muerte, después de las miles de ejecuciones extrajudiciales en las que había garabateado (no firmar, nada de comprometerse) su visto bueno. El 13 de julio da comienzo una nueva fase en la ofensiva de Levante: los Cuerpos de Ejército del Turia y de Castilla, y el de Tropas “Voluntarias” italiano, acometen toda la línea Teruel-Sarrión-Segorbe-Sagunto, mientras el Cuerpo de Ejército de Galicia y la Agrupación de Enlace persisten en el eje Norte-Sur del litoral.

 

Tal concentración de fuerzas llegó al embotellamiento, sin posibilidad de maniobra, detenida por la defensa escalonada del Ejército de Levante republicano. Algo similar a lo que le ocurriría, quince años después, al ejército estadounidense en el polígono de Inchón, aunque superaban casi en 20 a 1 a las fuerzas norcoreanas atacantes, ya exhaustas después de haber atravesado toda la península. El 14 de julio, 9 Divisiones franquistas se dirigían contra Sagunto y Valencia. Simultáneamente iniciaron otro ataque contra Almadén. En su diario, a partir de abril, Azaña había ido desmereciéndolo a Negrín. Anotaba que lo sentía encogido y pusilánime en su presencia. Este desprecio se hizo intenso desde que el Ministro de Estado destituyó al cónsul español en Ginebra, Cipriano Rivas Cherif, concuñado del Presidente de la República. Desde entonces consideraba a Negrín manipulado por los comunistas. Este había conseguido que el Gobierno nombrase a Prieto embajador en Méjico y volante para Hispanoamérica. Con ello lo alejaba de Azaña, dificultando que ambos conspirasen, que éste pudiese encargarle a aquél que formase un Gobierno para negociar la paz. Azaña anotó en su diario que en la Unión Soviética los fusilaban, y que la República Española los nombraba embajadores. Indudablemente era una notoria diferencia. En el último discurso de su vida, en el Salón de Cien del Ayuntamiento de Barcelona, en el segundo aniversario de la sedición militar, en cambio, culpó a los países que habían alimentado la guerra con tropas y armas, en lugar de hacer lo posible por sofocarla (lo cual, en cierta medida, además de parecer ilusorio, inocente, infantil, justificaba los objetivos del Comité de No Intervención) abominó del invento de la posible insurrección comunista para justificar el levantamiento militar, y de una guerra que había provocado una calamidad nacional, un daño irreparable para el país.

 

Lo que podría interpretarse como una reflexión sobre la necesidad de terminarla cuanto antes, para no aumentar los daños y las calamidades. Planteó que, en la enorme tarea de reconstrucción, debían colaborar todos los españoles. Que había que recordar a los muertos y aprender su lección “cuando la antorcha pase a otras manos”. Podría interpretarse como que se planteaba dimitir, que se refería a la lógica del devenir democrático, al inevitable cambio generacional, por el mero transcurso del tiempo, o que, por las armas o por acuerdo, el poder terminaría en manos Franco. Añadió que dichos muertos, que habían luchado por un ideal grandioso (al no determinar a qué ideal se refería, podría aplicarse a ambos bandos) ya no odiaban, no tenían rencor, sino que transmitían el mensaje de la patria eterna: paz, piedad y perdón. Cuando se estaba perdiendo la guerra, no se podía interpretar que ofrecía tales paz, piedad y perdón al enemigo, sino que la pedía a éste, puesto que estaba triunfando, respecto de la República y sus defensores. Algo tan estúpido como gritar “¡basta ya!” a los terroristas. Estos sólo pueden interpretarlo como una señal de agotamiento, de cansancio, y que deben seguir matando más, lo más posible, porque ya queda poco para conseguir la victoria. Los franquistas sólo podían llegar a una conclusión: ni paz, ni piedad, ni perdón, puesto que tales palabras sólo podían provenir del miedo, del terror, a la derrota, lo que significaba que debía estar cerca, como su propia propaganda repetía, insistiendo en su agresión terrorista para lograr sus exclusivistas objetivos, en el menor plazo posible. Muy distinta fue la “celebración” en Burgos: los edificios se engalanaron con colgaduras, entre ellas la de Franco, en grandes retratos, entre los que desfilaron las tropas. Para Preston era una mezcla entre fascista y medieval. Se le olvidaba citar también los antecedentes zaristas y stalinistas, de la misma parafernalia.

 

El Gobierno de Franco decretó “exaltar a la dignidad de Capitán General del Ejército y la Armada” al Jefe del Estado, Generalísimo de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire, Jefe Nacional de la Falange Española Tradicionalista y de las J.O.N.S..

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