El segundo Gobierno de Negrín

 

En Cataluña parece que desarticularon a todos los falangistas, entre ellos a Rafael Sánchez Mazas, uno de los fundadores de la Falange, aunque sus métodos no fueron ejemplares. Por ejemplo, apresaron a Maurici Serrahima o a Salvador Espriu. Hasta entonces había sido el macabro juguete de Orlov y sus miembros del  NKVD. Regler la llamaba “la sífilis rusa”. El primer enfrentamiento de Franco con la Iglesia Católica se produjo cuando exigió, en su persona, el privilegio monárquico de presentar obispos. Es decir, auténtica derivación del derecho de investidura. El Vaticano había designado, en febrero, al Padre Carmelo Ballester como obispo de León, según venía haciendo desde que se instauró la IIª República Española, considerando que ésta no tenía derecho a heredar las prerrogativas monárquicas, que éstas no correspondían al Estado, sino al rey, que era “elegido por Dios”. Franco, y, en ciertos momentos (en otros se mostraba abiertamente contrario al cristianismo, y quería volver a un inventado druidismo de opereta, puesto que, al ser los alemanes de tal época analfabetos y agrafos, desconocemos sus ceremoniales) también Hitler, se consideraban igualmente elegidos por Dios. Así que Franco llamó de inmediato al Cardenal Gomá, e imperativamente le exigió que se anulase la elección, que él debía dar su conformidad, puesto que disponía de información confidencial que el Vaticano desconocía, y era el único medio de garantizar que no se equivocaban en el nombramiento de un pastor. Por tal motivo se producirían graves enfrentamientos con la Iglesia Católica en el futuro. A la conquista de Santander, los franquistas habían capturado 50.000 prisioneros de guerra. Se nombró una Inspección de Campos de Concentración -un eufemismo: ¿Concentración para qué? ¿Hacia dónde?- de Prisioneros, que dependía directamente del Cuartel General del Generalísimo. Su Jefe era el Coronel Martín Pinillos.

 

Tras la ofensiva de Aragón el número había crecido hasta los 160.000, y ya no había más cárceles, castillos, barcos, conventos, escuelas, salas de proyección cinematográfica o sótanos para albergar a más. Ahora el “problema”, como ocurría en Alemania, era decidir quiénes eran “irrecuperables”, cómo deshacerse de ellos, y cómo “reinsertar” a los moldeables. El 2 de abril Yagüe tomaba Tamarite de Litera. Al día siguiente entraba en Lérida, núcleo de militancia y votantes del POUM, y no Moscardó. Los fugitivos de dicha ciudad, y de todo el Frente de Aragón, lo hacían en Barcelona. Berti, al mando del Cuerpo de Tropas “Voluntarias” italiano, y a 1ª División de Caballería, a las órdenes de Monasterio, entraron en Gandesa, que había ofrecido fuerte resistencia. Les recibieron las duquesas de Montpensier y Montealegre, las condesas de Bailén y de Gamazo, entre otras damas aristocráticas, en una ceremonia de homenaje al ejército victorioso. Tras los bombardeos, de Tortosa sólo quedaban ruinas. En ellas la 11 División, a las órdenes de Líster, resistió durante cierto tiempo a los italianos. Los Cuerpos de Ejército de Aragón y Navarra tomaron las centrales hidroeléctricas de los pantanos de Tremp y Camarasa, que suministraban las fábricas de Barcelona. El 4 de abril Aranda tomó Morella. El resto de Cataluña y Valencia permanecían unidas por una estrecha franja costera. A cortarla se dirigió Aranda. El General Camilo Alonso Vega debió ordenarle que auxiliara a las tropas que atacaban Amposta, donde los republicanos ofrecían una tenaz resistencia, pero aquél conseguiría convencerle para derivar una parte de sus tropas hacia Sant Mateu. Nuevamente recibiría orden de enviar refuerzos contra Amposta y, de nuevo, volvió a reservar parte de sus fuerzas para dirigirse derecho hacia el Oeste. Según Zugazagoitia, fue el informe de Prieto el que llevó a Negrín a pedir la dimisión de un Ministro de Defensa que no creía que ésta fuese posible. Así lo hizo éste el 5 de abril.

 

A cambio, Negrín le ofreció un Ministerio de menor calado, que el orgulloso y estúpido Prieto rechazó. Quizás pensó que, con ello, obligaría a Negrín a dimitir, y Azaña podría nombrarlo a él. Tal vez ambos estaban de acuerdo con tal estrategia, puesto que coincidían en su análisis y posible “solución”. No comprendían cómo había evolucionado la correlación de fuerzas, cómo sin el apoyo del sector caballerista, ya desaparecido, era algo inviable. Si alguna vez creyó que podía manipular a su discípulo político, ser el Presidente del Consejo de Ministros en la sombra, sin asumir ninguna responsabilidad, le sorprendería que Negrín pudiese pensar por sí mismo, mantenerse como Jefe del Gobierno sin su apoyo. Prieto siempre sostuvo que habían sido los comunistas los que habían forzado a Negrín a que le expulsase del Gobierno. Puede que todo influyera, pero la situación objetiva era incontrovertible. Prieto recibía la misma medicina que él había aplicado contra Largo Caballero. Por temor a los comunistas y a que sus puntos de vista triunfaran, incoherente, siempre incoherentes, con lo acordado con ellos y su participación en la manifestación conjunta, sólo unos días antes, los anarquistas apoyaron a Prieto, como antes hiciesen con Largo Caballero. Lo mismo hizo el POUM. Cuando Negrín informó a Azaña de lo ocurrido, éste, que llegaría a denominarlo visionario fantástico, lo planteó como crisis de Gobierno. Quizás fuese lo que él y Prieto tenían previsto. Le convocó a Pedralbes, junto con Diego Martínez Barrio, Presidente del Congreso, Lluís Companys, Presidente del Gobierno autonómico de Cataluña, Quemades, Secretario General de Izquierda Republicana, su Partido, al del PSOE, González Peña, al del PCE, José Díaz, a Mariano Vázquez, de la CNT, y a Monzón, del PNV. Considero que pretendía un nuevo Gobierno, con distinta representación de Partidos, facciones, tendencias y personas.

 

El Presidente de la República, en un largo discurso, de los suyos, lleno de dobles lecturas, abogaba por el fin negociado de la guerra. El Doctor Negrín y José Díaz, que, posiblemente, se habían puesto previamente de acuerdo, reaccionaron con sorprendente violencia contra él. José Díaz fue aún más lejos, advirtiéndole que estaba intentando abusar de sus poderes constitucionales. Una interpretación bastante extremista, poco fundada, pero que contenía una incuestionable amenaza. Por una vez Azaña se vio desconcertado: era una situación que no habría previsto. Mientras tanto Franco derogaba el Estatuto de Autonomía de Cataluña. El 6 de abril, más de 100 bombarderos acabaron con Balaguer, en la línea de ferrocarril entre Lérida y Tremp. Moscardó la tomó a continuación. Sin alternativa posible, Azaña volvió a encomendar a Negrín que intentase un nuevo Gobierno, de unión, que revitalizase el Frente Popular ¿Significaba esto que debía integrar a más miembros de partidos liberales, más sectores liberales del PSOE, integrar a todas las tendencias de éste, tan maltrecho, repetir de nuevo con Prieto y los suyos, darle más poder, integrar a los restos caballeristas, o, incluso a los derechistas de Julián Besteiro? Sin embargo, rápidamente se consideró un Gobierno de guerra. Puede que el PCE estuviese detrás de esta percepción. Negrín no tenía más opción que asumir él mismo el Ministerio de Defensa. No podía confiar en nadie más. Pero no era una buena decisión para España: no era la persona más idónea para ello. Quizás ninguno de los políticos de la IIª la República lo hubiera sido: ninguno comprendió la necesidad de invertir más dinero en armamento, rediseñar la estrategia militar, depurar a los elementos militares indignos de confianza. Tan erróneo como la disolución del ejército sin controlar, sin aprovechar a sus profesionales, desde el primer momento.

 

El PSOE contó con otros tres Ministerios más: Estado, para el cada vez más pro-comunista Alvarez Del Vayo, Gobernación para Paulino Gómez Sáez, y Justicia, para González Peña. Otros cuatro para Izquierda Republicana, una clara concesión a Azaña: Hacienda para Méndez Aspe, Comunicaciones y Transportes para Giner De Los Ríos, Obras Públicas para Velao, y Giral como Ministro sin Cartera. El PCE sólo conservó un Ministro: Uribe, que siguió en Agricultura. El comunista Jesús Hernández fue sustituido por Blanco, de la CNT, en Instrucción Pública. Ayguadé, de Izquierda Republicana de Cataluña, continuaba en Trabajo. Otro Ministerio sin Cartera se asignó a Irujo, en representación del PNV. Se demostraría un Gobierno mucho más cohesionado de lo que se pudiese pensar. Aunque también fue poco efectivo. La nueva visión de Stalin respecto de la situación internacional, la guerra chino-japonesa, la anexión de Austria, que demostraban a todos el peligro del expansionismo del Eje Berlín-Roma-Tokio, hacía más deseable, y factible, una alianza con Gran Bretaña y Francia. Y, para ello, para evitar alarmismos de los anticomunistas, había que rebajar la implicación en España, como lo había hecho en Francia, al evitar que Maurice Thorez aceptara ninguna cartera en el segundo Gobierno de Blum. Por ello, Dimitrov recibió instrucciones de que los comunistas no participasen en el nuevo Gobierno de Negrín. Sólo el hábil y consciente, con pensamiento propio, José Díaz consiguió oponerse a tales presiones, convenciendo de la necesidad de mantener, al menos, un Ministro, que informase de primera mano sobre los derroteros gubernamentales. No obstante, a un segundo nivel, Negrín no podía prescindir del apoyo de éstos, no podía quedarse en manos de Azaña y de sus alianzas.

 

Así, Antonio Cordón fue designado Subsecretario del Ejército de Tierra, Carlos Núñez Subsecretario de Aviación, Eleuterio Díaz Tendero Jefe de Personal del Ministerio de Defensa, Manuel Estrada Jefe del Gabinete de Información y Control, Prados Jefe del Estado Mayor de la Marina, y Jesús Hernández Comisario de los Ejércitos del Centro. Con lo que les reponía parte del poder que Prieto les había arrebatado. Sin embargo no hay que extraer falsas interpretaciones de ello. La Subsecretaría de Marina, donde no podría hacer gran cosa, se la entregó a Játiva, la Comisaría de Aviación, a Belarmino Tomás, y la Secretaría General de Defensa a Julián Zugazagoitia, que, a petición propia, no deseaba seguir como Ministro de Gobernación, quizás de acuerdo con Azaña y Prieto. Todos ellos eran partidarios de éste. La Subsecretaría de Armamento se la encomendó a Otero, la de Intendencia General a Trifón Gómez, la Comisaría de la Flota a Bruno Alonso, la Jefatura de los Servicios de Sanidad de Guerra al Doctor José Puche, y a Manuel Alvar lo nombró Coordinador General para la Gestión de los Comisarios. Todos ellos eran también del PSOE. Al anarquista Roldán lo designó Comisario de los Ejércitos de Cataluña, una compensación por todo el poder que les habían arrebatado a los suyos. Y a Ossorio y Tafall, de Izquierda Republicana, Comisario General del Ejército de Tierra. Simultáneamente, el propio Negrín se encargaba de acabar con el poder del PCE en el Cuerpo de Carabineros. Es decir: es falso que, para entonces, fuesen los comunistas los que controlaban el ejército. Ni siquiera cabía ya la extorsión de los suministros soviéticos, que llegaban en mínima proporción. Aunque sí la de los créditos solicitados, a cuyo concesión Stalin se oponía. Sin embargo las actuaciones militares se continuaron encargando a mandos del PCE: Juan Modesto, Enrique Líster, Valentín González, Etelvino Vega, Manuel Tagüeña, o el General Walter, entre otros.

 

Se había demostrado que no había alternativa posible: ni otros militares ni otras unidades podían hacerlo mucho mejor. Palmiro Togliatti escribió que, en un informe a Moscú, se había opuesto a que se presionara continuamente al PCE para que acaparase todo el Ministerio de Defensa y el ejército, argumentando que centrarse en tomar los puestos directivos los ponía en manos de las intrigas de los militares de profesión. Ese mismo día lo franquistas habían llegado a Balaguer y a Tremp. Benicarló debía estar mejor defendida, por lo que Aranda, el 15 de abril, Viernes Santo, se dirigió a Vinaroz. Cuando los requetés llegaron al mar repitieron la escena que las ilustraciones de los libros mostraban cuando Pizarro bautizó, con erróneo nombre, al Océano Pacífico: tras saludarle brazo en alto, al estilo fascista, se adentraron en él, vestidos, encabezados por los estandartes. Al día siguiente, todos los medios de “información” franquistas reprodujeron que Alonso Vega, con total misticismo, arrodillado en la orilla, hundió sus dedos en el mar y se santiguó, como si fuese agua bendita. El “ABC” de Sevilla publicó que la espada victoriosa de Franco había partido en dos la España que aún tenían los “rojos”. Parecía que la “cruzada” tenía los días contados. Sin embargo, contra todo pronóstico, la República no sólo resistió un año más, sino que aún llevó a cabo su más heroica ofensiva. Aunque con ello no se logró reunificar las dos zonas en las que había quedado dividida, sino que terminó de desangrarse, de agotar toda capacidad y esperanza de pervivencia. El 16 de abril, el conde Ciano escribió en su diario que se había firmado el Tratado con Gran Bretaña. Lo que había emocionado a Lord Perth, que le dijo que el Gobierno italiano sabía lo mucho lo había deseado. Su amistad estaba probada por decenas de informes suyos que les habían interceptado. La fecha escogida era el cumpleaños de Lord Halifax, lo que a Ciano le parecía romántico.

 

Se aceptaba la soberanía italiana sobre Etiopía. Unas cartas adjuntas al Tratado autorizaban la permanencia de las tropas italianas en España hasta el fin de la guerra. Es decir, suponía reconocer que dichas tropas estaban en España. Y, sin embargo, el pretendido Comité de No Intervención se mantenía. Incluso Churchill, que había apoyado la política anti-intervencionista, escribiría que el que llamó “Tratado de Pascua” (era Sábado Santo) era una auténtica farsa. Claro que eso sería más tarde, cuando había quedado completamente en evidencia toda la política británica desde principios de siglo. Sobretodo desde el comienzo de la Iª Guerra Mundial. Y, más aún, desde la llegada de nazi-fascismo al poder. Tanto los republicanos que confiaban en un acuerdo de paz con Franco, como los que esperaban el cambio de bando de las “democracias occidentales”, quedaron completamente conmocionados. Con un ejército republicano desmoralizado, que no había podido evitar la ruptura en dos de su territorio, es difícil explicar por qué Franco redirigió sus tropas contra Valencia, que ya no era la sede del Gobierno, en vez de continuar el avance hacia Barcelona. La conquista de Lérida demostraba que dicha ciudad estaba a su alcance. E, incomprensiblemente, Franco ordenó parar. Es posible que creyese que el nuevo Ejército republicano de Levante, sin experiencia en combate, no iba a plantear ninguna resistencia efectiva. Esto le permitiría cerrar cualquier esperanza de comunicación con el exterior al Frente del Centro republicano, imposibilitando su abastecimiento militar, lo que provocaría, indudablemente, una desmoralización insuperable. Quizás temía un fracaso en Barcelona, como los que había cosechado en Madrid, que hiciesen cambiar las expectativas tan optimistas existentes. Ni Juan Vigón ni los demás Generales franquistas podían comprender cómo se daba una oportunidad al ejército republicano de rehacerse. Ni siquiera los propios republicanos.

 

Hasta el General Rojo llegó a escribir que podía haber conquistado Barcelona en aquel mes. Los franquistas han tratado de justificar la posiblemente más errónea decisión de su Caudillo de toda la guerra. Se ha escrito que, tras la anexión alemana de Austria, que las fuerzas de Franco se acercasen a Francia podría haber llevado a tal país a intervenir directamente. La reapertura del tráfico aduanero por dicha frontera, inmediatamente después de tal anexión, podría ser un indicio de un cambio de actitud francesa. Sin embargo Hitler sabía que Chamberlain había informado a Blum que, si una participación francesa en Cataluña provocaba la guerra con Alemania, no podrían contar con su ayuda. Y esto significaba impedir ninguna iniciativa de Francia en tal sentido. Aunque es posible que Hitler no informase a Franco de tal noticia. Este sí sabía que el Estado Mayor francés era contrario a tal intervención: además del repudio a la República Española, que consideraban excesivamente progresista, les atenazaba la posibilidad de una guerra en dos Frentes. Otra tesis de los historiadores franquistas es que a Hitler no le interesaba en aquel momento una rápida y demoledora victoria de Franco, que podía suscitar temores, y reacciones adversas a su petición de anexionarse los Sudetes, la parte occidental de Chequia. Sin embargo, contrariamente a eso, el Duce no podía comprender la lentitud con que Franco se conducía. El conde Ciano anotó en su diario que Franco dejaba escapar la victoria cuando la tenía a su alcance. Mussolini estaba empezando a cansarse. Por un lado debido a que la anexión de Albania, ante la fácil consecución de Austria por su aliado, había empezado a estar entre sus objetivos más inmediatos. Por otro porque no podía comprender el desagradecimiento de Franco. Ciano escribió en su diario privado que éste pedía miles de cosas, los pagos en especie, como estaba haciendo con Alemania, y muy aleatorios.

 

El yerno de Mussolini consideraba que ya estaban haciendo bastante aportando sangre italiana a la guerra. También está en contra de dicha tesis está la orden del Ministerio de la Guerra al General Volkman de que indujese a Franco a tomar Barcelona. El Coronel Blanco Escolá lo achaca, simplemente, a la ineptitud militar de Franco. La teoría más admitida en la actualidad es que la conquista de Barcelona provocaría la rendición del resto de España, como así ocurriría al año siguiente, y que no era ésta la idea de Franco, sino una “limpieza” en profundidad, que le asegurase su dictadura personal vitalicia. Dionisio Ridruejo le comentó al escritor Ronald Fraser que, para Franco, una guerra corta y rápida significaba negociaciones y concesiones, inevitablemente, mientras que una guerra larga, cruel, significaba la victoria total, la opción que a éste le parecía más efectiva. Admitiendo que todo lo anterior tiene bastante verosimilitud, unas tesis más que otras, que todo pudo influir en su decisión, también es posible que Franco esperara un contraataque republicano que volviese a unir ambas zonas en las que había quedado dividido. No es nada ilógico. Y, en realidad, fue eso lo que ocurrió, pero sin poder siquiera aproximarse a tal objetivo. Aunque, como había intentado muchas veces el ejército republicano, según dice el refrán, la mejor defensa es un buen ataque. Claro que a los republicanos nunca les dio resultado. Hay que tener en cuenta que las mejores unidades republicanas, las más combativas, las más experimentadas, las que siempre habían estado en vanguardia en todas las ofensivas y mejor habían contenido los avances franquistas, precisamente las dirigidas por comunistas, por efecto de una retirada en desorden, habían quedado al Norte del Ebro.

 

Puede que esa sea una de las explicaciones de por qué Franco detuvo la progresión hacia Barcelona: para evitar una resistencia como la que ya habían experimentado en Madrid. En tal caso, detener el avance en Cataluña, atacar Valencia, aunque ya no era sede del Gobierno, y Teruel, podía ser una añagaza para atraer a tales topas a un contraataque al Sur del Ebro. Tal vez hacia la llanura, donde acabar con ellas con mayor facilidad. O, bien cortando los puentes o zafándolas en combate, impidiéndoles el cruce del Ebro de nuevo, poder conquistar Cataluña sin tal inconveniente. A mí esta posibilidad me resulta muy creíble. Sólo tiene un punto débil: para atraer tales tropas, Teruel estaba demasiado cerca. Debía haber dejado más terreno “desguarnecido”. Por ejemplo, atacando Guadalajara o Madrid. Es posible que no quisiese estar demasiado lejos porque esperaba abrir brecha, en breve plazo, en el Frente de Valencia. O, quizás la personalidad conservadora, apocada, de Franco, tal vez un cambio de temperamento desde su juventud más temeraria, le llevó a engrandecer la brecha abierta, el pasillo hacia el Mediterráneo, de forma metódica, lenta, ampliando el sector de Teruel, como medida de seguridad. Un temporal de lluvias torrenciales, con escasa visibilidad, demostró que, sin el efectivo concurso de la fuerza aérea, las tropas franquistas no podían cumplir en breve tiempo sus objetivos. Lo cierto es que los propios mandos franquistas estaban perplejos. Fuesen cuales fuesen sus razones, al parecer, a nadie dio cuenta de ello. Esto apunta más a que pudo recibir órdenes directas de Hitler. Hubo críticas a la decisión de Franco, tangibles, aunque muy pocos se atreviesen a hacerlas públicas, nunca de forma directa.

 

Entre ellos estaba Yagüe, siempre seguro de sí mismo, que en un banquete con falangistas, en Burgos, el 18 de abril, osó decir que “los rojos” luchaban con tesón y que cuando eran derrotados lo hacían con gallardía, pidiendo que las autoridades revisaran los expedientes y dejaran en libertad a los que estaban en la cárcel por defender sus ideales. Al parecer a los que hacía referencia, como “rojos”, era a Hedilla y otros falangistas. Como consecuencia fue nuevamente destituido del mando, por otra temporada. El 19 de abril los franquistas ocuparon Tortosa, ampliando y consolidando la cabeza de playa conquistada. El 21 iniciaron la ofensiva contra Valencia. Varela dirigiendo el Cuerpo de Ejército de Castilla, Aranda al mando del de Galicia, y García Valiño como jefe de la Agrupación de Enlace. El 22 de abril de 1938 Franco decretó la Ley de Prensa, redactada por Giménez Arnau, que ponía a sus órdenes a todas las publicaciones periódicas. En ella se amenazaba con castigos para cualquier escrito que, directa o indirectamente, mermase el prestigio de la Nación o del Régimen, entorpeciese la labor del Gobierno del nuevo Estado o siembre ideas perniciosas entre los intelectualmente débiles. Serrano Súñer la consideró ley “de guerra”, provisional, y, sin embargo, como acostumbra a ocurrir en España, estuvo en vigor hasta 1966, en que Manuel Fraga la sustituyó. El 23 de abril los franquistas tomaron Aliaga, avanzando por las sierras del Pobo y a Garrocha. Tras cuatro días de avance el temporal de lluvia forzó a detener la ofensiva. El 29 de abril de 1938 Franco decretó la Ley de Imprenta, que ampliaba la censura previa a toda clase de libros y decretos. Como la Inquisición, que tenía que sellar que nada obstruía a que algo fuese impreso: nihil obstat imprimatur.  

 

Negrín tardó dos semanas en reaccionar ante la nueva ruptura de la República en dos. La coincidencia con el cambio de Gobierno y los evidenciados enfrentamientos con la primera autoridad republicana, también le entorpecería en  ello. El 30 de abril, Negrín presentó al Consejo de Ministros el programa del nuevo Gobierno, que se conoció como los “13 puntos de Negrín”. Según Stepánov era el aprobado por el Comité Central del PCE. Me parece excesivo, puesto que los comunistas estaban perdiendo ascendencia en todos los campos. Tanto por el desastre en la retirada de Teruel, como porque los suministros soviéticos no llegaban. Lo que sí resulta innegable y completamente lógico es que se consensuara con ellos, los únicos socios sólidos, estables y suficientemente poderosos, aún, como para sostener al Gobierno. Y que habían demostrado que eran capaces de desestabilizarlo y llevarlo a la crisis si se les provocaba. El programa hacía referencia a la convivencia futura entre todos los españoles. Quizás, imitándolo o atajándolo, Franco iniciara todos sus discursos, hasta su muerte, con la frase “¡españoles todos!”. También pretendía la independencia e integridad de España, algo que siempre ha enarbolado la derecha, y que Franco abandonó. O, cuanto menos, nadie dudará que las hizo peligrar, con su acción secesionista y sucesivas alianzas internacionales. Aunque, en la actualidad, manteniendo y aumentando constantemente el “Tratado de Amistad” hispano-estadounidense, la última vez bajo el mando de Aznar, con nuevas cesiones de soberanía, la última sobre el espectro de ondas hertzianas, que, en caso de guerra, se ceden a Estados Unidos, como ya hizo Franco respecto de las redes de carreteras, ferrocarriles, líneas telefónicas, oleoductos, gaseoductos, costas, puertos y aeropuertos, la integración en la Unión Europea, el Banco Central Europeo y la aceptación del Tratado de Lisboa, hemos perdido cualquier atisbo de independencia y soberanía nacional.

 

Negamos hasta nuestra Constitución, haciendo pasar sobre ellas las leyes europeas, como reiteradamente demuestra el Tribunal de Strassburg. El segundo punto pedía la liberación de España de todas las fuerzas extranjeras que la habían invadido. Algo también incumplido con las Bases Militares Conjuntas hispano-estadounidenses, que se mantienen desde tiempos de Franco, como en Alemania, Irak o Afganistán. El tercer punto defendía una República popular y democrática. Tales términos, tras la IIª Guerra Mundial, durante la guerra “fría”, quedarían muy desprestigiados. El cuarto, la convocatoria de un plebiscito al fin de la guerra, que determinaría la forma legal y social que habría de darse a la República. Esto era tanto como una vía para conseguir la revolución, si se ganaba la guerra, como una opción democrática para que los franquistas pudiesen establecer la suya, si contaban con el suficiente apoyo popular. Es decir, una opción a una posible paz negociada. Y una limitación a las concesiones que pudieran establecerse en la misma. El quinto, sobre la protección y fomento de las culturas de los distintos pueblos, sin menoscabo de la unidad de España, una concesión a los nacionalismos, el sexto, plenos derechos ciudadanos, libre conciencia y práctica religiosa, el octavo, sobre una profunda reforma y democratización agrarias, el noveno, una legislación social avanzada que garantizase los derechos de los trabajadores, el onceno, sobre un ejército instrumento popular e independiente de los partidos políticos, y el duodécimo, la renuncia a la guerra como instrumento de política nacional, parecen límites a dicha posible negociación, hasta el punto de hacerla imposible, puesto que suponía la renuncia de todos los objetivos y compromisos franquistas. Además se reclamaba un puesto para España en el concierto de las naciones.

 

El séptimo, sobre el respeto a las propiedades legalmente adquiridas y al capital extranjero que no hubiese colaborado directamente con los rebeldes, tanto era una cortapisa al nazi-fascismo como a cualquier pretensión revolucionaria. En cambio los puntos décimo, sobre la mejora de la cultura física y moral de la raza, y decimotercero, una amplia amnistía para todos los españoles que quisieran tomar parte en la liberación y la reconstrucción de España, parecen claras ofertas para tal negociación. Negrín tenía un exceso de confianza en sus propias posibilidades, en especial sobre la diplomática. Tal vez la experiencia de sus éxitos profesionales le empujase a ello. Lo cierto es que había conseguido la reapertura de la frontera francesa, algo que parecía imposible. Para el conde Ciano en las guerras civiles no había pactos posibles, y los franquistas no podían pensar otra cosa. Máxime cuando estaban venciendo. Quizás tales puntos tenían una cuádruple intención: abrir la puerta de la negociación con los terroristas franquistas, del armisticio, a los más reacios a ello; garantizar la defensa de los valores más representativos de la democracia que había pretendido la República, incluso dentro de una posible paz negociada, para estimular la resistencia heroica del ejército, entonces bastante dudosa; dar esperanzas a la retaguardia, si no en la victoria, sí en la posible paz, estimulando su resistencia; y, obviamente, incitar al enemigo a una posible negociación. De tales objetivos este último resulta el menos esperable. Y sería el único que no llegaría a cumplirse. Por el contrario, entreabrir la puerta de la negociación, la esperanza de una paz pactada, a medio plazo, iba a despertar unas esperanzas absurdas, infundadas, ilusorias, en un comportamiento humano de los terroristas franquistas, que serían letales para la República, acabando definitivamente con la voluntad de resistencia. El 4 de mayo, al mejorar el tiempo, los franquistas reanudaron la ofensiva contra Valencia.

     El Cuerpo de Ejército de Castilla se dividió en dos zonas: hacia el Sur, en dirección a Alcalá de la Selva, y hacia el Oeste, hacia el mar, de Teruel a Corbalán. El Cuerpo de Ejército de Galicia continuó presionando hacia el Sur, por la carretera del litoral, hacia Benicasín y Castellón de la Plana. Paralelamente la Agrupación de Enlace también apuntaba hacia el Sur, de Morella a Mosqueruela. La idea era rectificar el Frente desde Teruel a Viver, Segorbe y Sagunto. Confiando en su ventaja numérica, en tropas y material militar, así como en su mayor experiencia, se habían desperdigado en un Frente de avance excesivamente amplio. Contra todo pronóstico, inteligentemente dirigido, utilizando con toda astucia las posibilidades orográficas, manteniéndose siempre a la defensiva, sin arriesgar nada inútilmente, el nuevo Ejército republicano de Levante resistió bastante bien. Establecieron, en tan breve plazo, una muy fuerte línea defensiva, que llamaron XYZ.

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