“El oro de Moscú”

 

Lo cual suponía un incremento del peso, de la inercia, y mayores demandas en las prestaciones del motor. Los pilotos de “stukas” alemanes se jactaban de que podían colocar sus bombas a menos de cinco metros de su diana. Esto les hacía eficaces incluso contra carros de combate en movimiento. Aunque había varios modelos de ellos, el arma alemana más eficaz durante toda la IIª Guerra Mundial fue el Ju-87. Este fue el modelo que se experimentó en combate, por primera vez, en esta segunda parte de la contraofensiva franquista en la provincia de Teruel. También los carros de combate del Coronel Von Thoma demostraron que habían llegado a la cima del entrenamiento para la “guerra relámpago”, superando las teorías italianas sobre la “guerra veloz”. Con todo ello, los legionarios franquistas se encontraron que, en primera línea, apenas quedaban tropas republicanas capaces de defenderse: sólo tenían que rematarlos a la bayoneta. Fue la batalla, de entre las mayores acometidas franquistas, en que menos bajas computaron. El General Walter, como de costumbre, volvió a culpar la ruptura del Frente a la intensa actividad de derrotistas y agentes quintacolumnistas. Lo cierto es que el grueso de las reservas republicanas seguía esperando al profetizado ataque principal… en el Frente de Guadalajara. De todas formas, ante el uso concentrado de la artillería y la más revolucionaria tecnología militar, con un grado de entrenamiento y eficacia que serían decisivos para los alemanes durante los primeros años de la IIª Guerra Mundial, un mayor empleo de tropas republicanas no habría tenido otro resultado que aumentar su número de bajas.

 

Aquel mismo 9 de marzo de 1938, tal vez en represalia por el hundimiento del Baleares, los Heinkel bombardearon Cartagena, inutilizando al acorazado “Jaime I”, el mayor buque de guerra que quedaba en España, aunque obsoleto, con problemas de diseño, ya que se basaba en el concepto sueco de “acorazado de costa”, proyectado para patrullar el mar Báltico, por lo que era muy poco marinero, se zarandeaba al disparar sus torretas, situadas de forma asimétrica, haciendo muy difícil acertar en un blanco. Y, sobretodo, escasamente dotado de defensa antiaérea, ya que un ataque aeronaval era una amenaza poco previsible cuando se diseñó. Serrano Súñer había conseguido convencer a su concuñado, Franco, y a su camarilla, que era imposible mantener una dirección militar, cuartelaria, del Estado. Que así no obtendría ninguna credibilidad ni reconocimiento, ni siquiera por parte de los Estados nazi-fascistas, más allá de sus intereses propagandísticos y de control del Estado franquista. Así el 30 de enero había formado su primer Gobierno que pudiera considerarse como tal. Firmó la Ley de Administración Central del Estado, que establecía que la Presidencia del Consejo de Ministros estaba unida a la Jefatura del Estado (es decir: confusión de cargos, ejecutivo y de representación, al estilo del Kanzler-Führer alemán) al que dichos Ministros debían rendir juramento de fidelidad. Es decir, fidelidad personal, al estilo del Kanzler-Führer alemán. Además de al Régimen Nacional, sin definir, lo que redoblaba el poder personal de Franco, su exclusiva voluntad e interpretación sobre una norma inexistente. Se reservaba, además, la suprema potestad de dictar (por ello era un dictador, como lo fue Julio César y todos los emperadores romanos: mandos supremos del ejército, revestidos del poder de imperium, y de dictar leyes, como dictatores) normas jurídicas de carácter general: no se atrevía aún a denominarlas leyes. Es decir, aunaba todos los poderes: el totalitarismo.

 

Conseguía superar, respecto de la estructura normativa, teórica, de la dirección del Estado, a Hitler y a Stalin. En dicho primer Gobierno de Franco, el General Gómez-Jordana era Vicepresidente -cargo que, durante muchos años, ante la confusión del de Jefe de Estado y Presidente del Gobierno, equivalía, casi, a este último, hasta que el Almirante Carrero Blanco consiguió convencer a Franco de que lo delegase en él- y, además, Ministro de Asuntos Exteriores. Ramón Serrano Súñer era Ministro de la Gobernación y Secretario General del Consejo de Ministros. El carlista conde de Rodezno, Tomás Domínguez, era Ministro de Justicia. El General Fidel Dávila era Ministro de Defensa Nacional. El General Martínez Anido era Ministro de Orden Público, que, por tanto, se desgajaba del de Gobernación. Andrés Amado, antiguo colaborador de Calvo Sotelo, al que Franco detestaba, porque había criticado mucho a su hermano Nicolás, era Ministro de Hacienda, casi por imposición de Serrano Súñer. Pedro Sáinz Rodríguez, que Franco consideraba masón, era Ministro de Educación Nacional, también por persuasión de Serrano Súñer. Resulta curiosa la aposición del adjetivo al Ministerio, clarificando qué tipo de educación se pretendía. Estos dos eran alfonsistas. Raimundo Fernández Cuesta era Ministro de Agricultura. Pedro González Bueno era Ministro de Organización y Acción Sindical. Alfonso Peña Boeuf era Ministro de Obras Públicas. Y Juan Antonio Suances, Ministro de Industria y Comercio. Este era amigo de Nicolás Franco, y se considera una contrapartida de Serrano Súñer para poder poner a los suyos. Igual que Peña no tenía ninguna clara adscripción política. Eran meros conservadores autoritarios. En realidad casi todos los Ministros fueron sugeridos por Serrano Súñer. Representaban a todos los sectores políticos que habían colaborado con la sedición militar.

 

Pero no habían sido escogidos en tanto que representantes de tales opciones, sino por su lealtad, sumisión, personal, probada, hacia Franco, que se consolidaba como dictador si ninguna obediencia ni compromiso político. No es extraño que Defensa, Orden Público y Asuntos Exteriores siguiesen en poder de militares, porque, en realidad, no actuaban sino por orden directa del propio Franco, puesto que se consideraban parte de la dirección de la guerra, de la estrategia militar. Serrano Súner, “El cuñadísimo”, conseguía una gran capacidad de acción, con tal respaldo “ofcial”. Así, al poco tiempo, se había hecho con el mando de los tres Ministros falangistas, Bueno y Fernández Cuesta, además de nombrar y dirigir a los poderosos gobernadores civiles de cada provincia, a José Antonio Giménez Arnau, que nombró Secretario General de Prensa, y a Dionisio Ridruejo, de Propaganda del Movimiento, ambos de su entera sumisión. El 31 de enero Franco dio recepción a los representantes diplomáticos extranjeros. Entre ellos a Robert Hodgson, agente británico acreditado ante él, que, según parece, quedó seducido, por su habla delicada (se referiría a su voz de pito, aflautada, con frecuentes “gallos”, amariconada) rápida y amable, el encanto de sus ojos castaños claros, inteligentes, vivaces, que le parecieron de expresión bondadosa ¿Desconocía todos los crímenes, actos terroristas, en los que estaba envuelto? Es cierto que tuvo la astucia de no implicarse personalmente, siempre eludiendo su responsabilidad, actuando en la sombra, con ocultación, mientras otros se jactaban de ello. Así pudo congraciarse con los eclesiásticos, que tanto le apoyaría. Aunque éstos nunca fueron demasiado remisos: siguen santificando a los franquistas, mientras mantienen que dar cristiana sepultura a las víctimas de sus atroces actos terroristas es remover malos recuerdos.

 

Les bastaron unas cuantas colectas y donaciones para acoger en sagrado, para ensuciar, contaminar, con su fajín de General, a la Virgen Macarena, en cuyas aledañas murallas a tantísimos fusiló, al sanguinario y deslenguado, que propagaba sus felonías, Queipo De Llano. El 12 de febrero, en el Monasterio de las Huelgas, vinculado a la “reconquista”, juraron en nombre de Dios y sus santos Evangelios cumplir su deber como Ministros de España con la más estricta fidelidad al Jefe del Estado, Generalísimo de sus gloriosos Ejércitos, y a los principios constitutivos (que aún no se sabía cuáles iban a ser) del régimen nacional para servir al destino de la Patria. Hay que subrayar que en tan complicada fórmula se obviaba la forma de organización del Estado por la que se optaba: ni monarquía ni república, sólo obediencia a Franco, fuese lo que fuese lo que decidiera hacer con España. Durante el mes de marzo prohibió la libertad de reunión y asociación, a propuesta de su concuñado. A la del Ministro de Justicia abolió la Ley de Matrimonio Civil de 1932, de forma que tales matrimonios pasaban a ser nulos, y, más tarde, continuar su convivencia se consideraría delito. Se abolió el divorcio y la separación matrimonial, que también llegaría a ser delito, la legislación republicana sobre el culto, devolviéndose todos los privilegios a la Iglesia Católica. Entre ellos el Ministro de Educación “Nacional” volvió a imponer la enseñanza religiosa, así como el crucifijo (entre “los dos ladrones”, bandidos, según la versión griega, más auténtica, del eu-anguelios, que es como siempre se han denominado a los guerrilleros o terroristas: las efigies fotográficas de Franco y José Antonio Primo de Rivera) en todas las clases. En definitiva, toda la legislación laicizante de la República fue eliminada, hasta reincorporar al Estado al seno de la Santa Madre Iglesia Romana.

 

El 9 de marzo, Franco decretaba el Fuero del Trabajo, un instrumento propagandístico, más programático que normativo, por el que se decían garantizar, aunque no se hacía, puesto que se dejaba para leyes futuras, derechos de los trabajadores. Se pretendía que fuese la réplica a una Constitución, un remedo de organización del Estado, expresión de la “revolución nacional-sindicalista”, por la que las demás clases sociales (también) quedaban desprovistas de derechos. La redacción corrió a cargo del Consejo General del Movimiento, que mezcló la doctrina social de la Iglesia Católica cristalizada en la encíclica Rerum Novarum, que, ya para entonces, estaba vieja, obsoleta, caduca, más que desde su inicial carácter conservador, alguno de los 26 puntos fundacionales de Falange Española, con incrustaciones de la fascista Carta del Lavoro italiana, la retórica-poética falangista y la prosaica prosa cuartelera. Promulgaba la eliminación de la lucha de clases (¿cuántas veces más habrán de repetírnoslo los sucesivos politicastros, ideólogos, propagandistas y justificadores del capitalismo?) la integración vertical de trabajadores y empresarios en una única organización ¿sindical? El dirigismo estatal de la economía y las relaciones laborales, el proteccionismo, restableciendo medidas del General Primo de Rivera, como la prohibición de trabajar en domingo o, las mujeres y niños, por la noche, considerar delito de lesa patria (asimilado a la alta traición, como hacían los reyes respecto de la infidelidad de sus esposas) a la huelga, prohibir toda actividad sindical que no fuera la del corporativismo falangista,  que definía como instrumento al servicio del Estado, no de los intereses de los trabajadores. Sin embargo, no incluía la nacionalización de la Banca, ni la reforma agraria, propagadas demagógicamente por José Antonio Primo de Rivera, en sus 26 puntos fundacionales de Falange Española.

 

Se encargó a Dionisio Ridruejo, que se tenía por poeta, y a Eduardo Aunós, representando a falangistas y catolicistas, respectivamente, que aclarasen el galimatías resultante. A pesar de ello, el preámbulo refiere, anacrónicamente, a la justicia social de la legislación de su Imperio, y a que el Estado Nacional, instrumento totalitario, y sindicalista en cuanto representa una reacción contra el capitalismo liberal y el materialismo marxista, con aire militar constructivo y gravemente religioso, emprende la Revolución que España tiene pendiente y que ha de devolver a los españoles, de una vez para siempre, la Patria, el Pan y la Justicia. Más tarde se sustituyeron las festividades republicanas por las franquistas, se decretaron las imágenes de El Cid o los Reyes Católicos para los sellos de correos, y los emblemas del franquismo. En un sólo día de campaña, Yagüe logró, el 9 de marzo, que su Cuerpo de Ejército Marroquí, desde su posición un poco al Sur de Zaragoza, entre Pina de Ebro y Fuendetodos, con el auxilio de los carros de combate de Von Thoma, se adentrase 36 kmtrs. en dirección Oeste, acabando con la 44 División republicana. La República se enfrentaba a una catastrófica situación económica. La hiperinflación había triplicado los precios en menos de dos años. La cotización oficial de la peseta sólo llegaba a las ¾ partes de la de final de 1936, cuando 42 pesetas equivalían a un libra esterlina. Antes de la ofensiva de Teruel, en el mercado negro, hacían falta 226 para comprar una libra. Pero, tras ella, se llegaron a pagar hasta 650. Esto significaba que el coste de las importaciones se había multiplicado por quince. Al acabar aquel año, la peseta habría perdido casi el 98% de su valor de antes de la guerra. Barcelona, la sede del Gobierno, se convirtió en objetivo de los peores bombardeos aéreos de la guerra. La producción industrial catalana había descendido, respecto de principios de 1936, un 70%.

 

Al comienzo de la guerra la principal partida a la que había de hacer frente la República era a su compromiso de pagar diez pesetas diarias a los milicianos.

A pesar de la inflación de precios dicha cantidad se mantuvo estable, lo que hizo que, ya durante el primer invierno, la adquisición de armamento extranjero la superase. España sólo contaba con las pequeñas fábricas de armas ligeras del País Vasco y Asturias. Nadie suponía que la guerra pudiese durar tanto tiempo. De todas formas debió intentarse reconvertir la industria pesada vasca, como analizó el Partido Comunista. La llegada de material soviético parecía haber solventado el problema. Hasta que el bloqueo marítimo impidió la llegada de nuevos suministros. Reconvertir la industria ligera catalana parecía imposible. Sobretodo porque faltaba la capacidad tecnológica. Sin embargo hay que reconocer que los anarquistas habían logrado bastante en los seis primeros meses de confrontación, aunque el Gobierno central, alentado por los sectores liberales, con la intención de recuperar el control de las fábricas colectivizadas por los sindicatos y el Gobierno autónomo, impidió que pudiesen obtener las divisas necesarias para adquirir la maquinaria precisa. Simultáneamente una nube de buitres se avalanzaron para sacar todo el provecho posible de la República Española. El apoyo al fascismo internacional, disfrazado baja la falsa excusa de la negativa a intervenir, la obligó a buscar formas alternativas de abastecimiento. Esto supuso inmiscuirse en un mundo de corrupción mercantil y falta de escrúpulos que los republicanos desconocían. Así, el 8 de agosto de 1936, el embajador español en París, Alvaro de Albornoz, firmó la exclusiva de compra internacional para España a la Sociedad Europea de Estudios de Empresas, mediante una comisión del 7’5%.

 

Tras de ella estaban Gas, Luz & Carbón de Londres, la francesa Worms y Compañía, que poseía, no sólo el consorcio de industrias pesadas Comité des Forges, sino siete publicaciones periódicas, entre ellas “Le Temps”, el emporio del tráfico armamentístico Schneider-Creusot o el Banco Imperial Otomano, todas ellas partidarias o suministradoras de Franco. A principios de 1937, se rompió con ella. Se pagaron entre 25.000 y 275.000 dólares a funcionarios, Ministros y Jefes de Estado Mayor corruptos, de más de 30 países, para conseguir autorizaciones y licencias de exportación. Los mismos que, para conseguir más negocio, retrasaban los envíos para cobrar más sobornos o recargos por almacenaje. O, simplemente, anulaban las autorizaciones sin devolver lo cobrado, incluidos sus sobornos. Un funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores británico propugnaba continuar la venta de víveres y armas a ambos contendientes, dado lo lucrativo del negocio, debido a las urgentes necesidades que las dos partes tenían de ellos, mediante empresas privadas. Aseguraba que Franco disponía de suficientes fondos en el extranjero para atender los pagos necesarios. Indudablemente era una visión partidista, falseadora, que intentaba superar la oposición popular al apoyo al fascismo. En muchos casos el material adquirido había sido rechazado por defectuoso por los Gobiernos o empresas que los vendían. Considerando la calidad media de los aprovisionamientos militares, los sobreprecios, seguros, transportes, los buques hundidos por italianos o franquistas, la República Española pagó el doble del material que recibió. Incluso llegó a comprar armamento a Hitler. Ya los africanistas habían adquirido gas mostaza, prohibido por las Convenciones de Ginebra, a Alemania, para matar marroquíes.

 

El mismo gas que, fabricado en España, siguiendo instrucciones de Reagan, Felipe González, a través de Pinochet, vendió a Sadam Jusseín para que provocase la asfixia, quemara los pulmones, la piel, cegase o produjese un picor irresistible, incapacitase para la resistencia, a los iraníes, combatientes o no. Sin embargo los marroquíes, durante la guerra “civil” española, estaban ayudando a los africanistas a matar a los españoles. Alemania sólo necesitó continuar abasteciendo tales redes de venta. La C.N.T. consiguió fletar un buque desde Hamburgo con 19.000 fusiles, 101 ametralladoras y más de 28 millones de cartuchos. El 1 de octubre de 1936 llegó a Alicante. En el mismo puerto estaba anclado el buque de guerra británico “Woolwich”, que detectó el material que se desembarcaba y lo comunicó a su Ministerio de Asuntos Exteriores. A los puertos franquistas también llegaban buques de guerra británicos y mercantes alemanes con armamento, con toda seguridad en mayor proporción. Sin embargo en ningún otro caso se dieron quejas por ello. En éste, sí, puesto que beneficiaba a la República Española. Los alemanes replicaron que Hamburgo era un puerto libre, lo que fue suficiente para los británicos, entre otras razones porque el buque fletado era galés, por lo que también les comprometía –y beneficiaba- a ellos. En realidad el encargado de la venta de armas a la República Española era el mismo que a los militares sediciosos: Herman Goering. Se valió para ello de su amigo Josef Veltjens, un famoso traficante que le había vendido armamento a Mola para preparar la insurrección. Y también de Prodromos Bodosakis-Athanasiades, cercano al dictador griego Metaxas: un verdadero pirata, que, sin fortuna personal, llegó a convertirse en uno de los mayores traficantes de armas del mundo.

 

Era director general y principal accionista de Poudreries et Cartoucheries Helléniques, S.A., en realidad una filial de Rheinmetall-Borsig, una fábrica alemana de armas que controlaba Goering, puesto que era uno de los puntos vitales del rearme hitleriano. Por ejemplo, dicha empresa diseñó los proyectiles perforantes de carga maciza, compuestos por un núcleo de acero “rápido” (así llamado porque se utilizaban en fresas y tornos de altas revoluciones, dada su capacidad de resistir altas temperaturas sin destemplarse ni dilatarse en exceso) al tungsteno. De forma que las compras de armas a Alemania por parte de la República Española, ante la negativa de los “democracias occidentales” a proveerla, estaban financiando la renovación del ejército nazi. Es decir, más de 3 millones de libras esterlinas, entre 1937 y 1938, oficialmente. Al parecer, casi todo este material fue recibido por la República Española, por lo que, si se le suma las ventas secretas, que nunca llegaron a buen puerto, el importe total pagado por la República Española debió sextuplicar o septuplicar dicha cifra. Goering cobraba una libra esterlina de comisión por cada uno de los 750.000 fusiles contratados en un pedido de Bodosakis-Athanasiades, por lo que se supone que, en los demás, cobraría comisiones similares. Y no sería esperable que su piratesco amigo se conformase con menos. Ni tampoco Metaxas, que legalizaba tal contrabando haciéndolo pasar por compras para el ejército griego. De nada le sirvió cuando Italia y Alemania decidieron invadir Grecia. Se sospecha que fue asesinado por los servicios secretos británicos en 1941, tal vez para impedir que pactara con Hitler el fin de su ataque, a cambio de cerrar sus puertos a la flota aliada. Además, la República Española tendría que pagar otras comisiones a altos funcionarios alemanes y griegos por las ventas de tales armas. Desde Grecia se embarcaban hacia Méjico.

 

Aunque no llegaban allí: el trayecto concluía en España. Habitualmente se fletaban dos buques simultáneamente, uno para los franquistas, con material de buena calidad, y otro para el Gobierno constitucional, con armamento obsoleto o inútil. Sin embargo éste no llegaba nunca a su destino, porque los franquistas siempre “lo descubrían” y lo abordaban. No se sabe si Franco lo entregaría a los mercenarios “regulares” marroquíes o lo vendía directamente como chatarra. Tanto Josef Veltjens como Juan March, “el último pirata del Mediterráneo”, hacían lo mismo. Aún así los franquistas protestaron a Alemania, porque tenían detectados más de 18 embarques entre enero de 1937 y mayo de 1938. En esta inmensa hipocresía Franco se endeudó con Alemania por 372 millones de marcos, que pagaría a plazos y en especie, en trigo, aceite y minerales, frutos de sus conquistas. Es posible que Hitler muriese sin haber completado el cobro. En abril de 1937 se creó France-Navigation, dirigida por el comunista Joseph Fritsch, según propuso Luis Araquistáin. Consiguió un envío de armas por 1.800.000 francos, que prestó el diario “L’Humanité” y la Federación Metalúrgica del Partido Comunista Francés, aunque, posiblemente, sólo cubrían otra procedencia desconocida de los fondos. Llegaron a fletar 25 barcos, que arribaron a puertos atlánticos franceses, desde donde el material pasó en camiones o en ferrocarril hasta Cataluña, desde donde, a veces, se reexpedía por barco a Alicante o Cartagena. Llevaron avituallamiento a Bilbao, Santander o Asturias, hasta que fueron conquistados por los franquistas. Al parecer todo lo organizó Gaston Cousin, un funcionario aduanero que Léon Blum mantuvo en todos sus Gobiernos.

 

En noviembre de 1937 Bodosakis-Athanasiades viajó en un avión soviético a Barcelona, junto con George Rosemberg, hijo del embajador de la U.R.S.A., que según denunció Prieto, actuaba como agente de compras, como negocio comunista, ya que competía con su hijo Luís, que también se dedicaba a lo mismo. En este viaje contrató armas por más de 2 millones de libras esterlinas. Como de costumbre exigió un crédito irrevocable al 100 %, en oro o divisa fuerte. Cuando se terminó el oro, Negrín recurrió a vender la plata que tenía depositado el Banco de España, fundamentalmente a Estados Unidos. En total la República consiguió unos veinte millones de dólares. A través del abogado John Foster Dulles, Franco protestó por ello. Stalin empezó a hacer oídos sordos a muchas de las peticiones de material de guerra que le hacía la República, ya sin fondos suficientes para garantizar los pagos. La flota italiana había bombardeado Barcelona en febrero de 1937, y, a partir de marzo, de modo discontinuado, posiblemente para evitar que una defensa aérea organizada pudiese derribar gran número de sus lentos y mal armados hidroaviones, con base en Mallorca, estos prosiguieron su aterradora labor. Fueron espectaculares los del 29 de mayo y el 1 de octubre ¿Para conmemorar la autoproclamación de Franco como ilegítimo Jefe del Estado? Si embargo en 1938 se superó todo lo anterior. En enero los italianos se concentraron en bombardear el puerto, pero también los barrios de sus alrededores, como la Barceloneta. Cuando el conde Ciano leyó el informe sobre sus efectos, anotó en su diario que no había visto nunca ningún documento más aterrador. Es decir, terrorista. En represalia la aviación republicana bombardeó la retaguardia franquista, produciendo decenas de muertos.

 

Con ello trataban de presionarles para que aceptaran sus pretensiones diplomáticas de dar fin a semejantes actos, prohibidos por las Convenciones de Ginebra, aunque siguen perpetrándose en la actualidad, incluso bajo el nombre, el marchamo, el amparo de Naciones Unidas, como el bombardeo estadounidense contra Belgrado. Anthoy Eden prometió a la República Española que presionaría ante Franco en tal sentido, con lo que ésta dejó de bombardear las ciudades franquistas. Sin embargo los británicos no hicieron casi nada. De haber conseguido que los nazi-fascistas hubiesen cesado en dicha campaña terrorista, se habrían quedado sin argumentos para ellos mismos bombardear Berlín. Con lo que Hitler no hubiese tenido ninguna excusa para su bombardeo de poblaciones británicas. Aunque Hitler no precisaba justificaciones. No obstante, contra todo pronóstico, Mussolini los cesó en febrero: se había enfadado con Franco por alargar, a su entender innecesariamente, la guerra, tanto como por no permitir una participación más gloriosa del Cuerpo de Tropas “Voluntaria” en la recuperación de Teruel. Todo cambió cuando Franco se dirigió al Mediterráneo. Quizás comprendió que su estrategia, entonces, no era militarmente errónea. O que el fin de la guerra estaba próximo, y no quería perder su “derecho” a participar del éxito y sus contraprestaciones. Lo cierto es que Mussolini, sin contar con Franco, telegrafió al jefe de la aviación italiana en Mallorca, General Vincenzo Velardi, que volviese a martillear Barcelona, prolongadamente en el tiempo, de forma que causara la mayor angustia posible a su población. Ciano escribió en su diario que Mussolini estaba convencido que con ello doblegaría la voluntad de “los rojos”.

 

Sin embargo, para evaluar atinadamente la veracidad de tal aserto, su fundamento o motivación, hay que tener en cuenta que el Estado Mayor del Aire, encabezado por el General Kindelán, tenía un plan completo sobre los bombardeos de Cataluña, que centraban su objetivo en interrumpir el suministro eléctrico a su zona industrial, especialmente en Barcelona, donde ésta se concentraba. Con la misma idea el Alto Mando Británico desarrollaría los bombardeos contra presas hidroeléctricas en Alemania, durante la IIª Guerra Mundial, cuyo efecto “colateral” (“secundario”, como se traduce tradicionalmente en los prospectos médicos) fue la anegación de inmensos territorios, con grandes daños a la agricultura y la muerte de muchos habitantes de las zonas inundadas. Los planes franquistas estaban estudiados para que la reparación de los daños fuese fácil, rápida, barata, y no precisase la compra de caros equipos extranjeros, que podrían situarles en posición de debilidad frente a ellos. La idea era que pudiesen contar con dicha producción industrial poco tiempo después de la conquista de Cataluña. Sin embargo no se llevaron a cabo adecuadamente, ya que la Aviación Legionaria italiana bombardeó 113 veces Barcelona, la Legión Cóndor 80, la mitad de ellas entre el 21 y el 25 de enero de 1939, quizás para dejar claro que podían hacer más daño que sus aliados del Eje, o para que practicasen sus pilotos en otra gran ciudad, antes de que se rindiera, mientras que la Brigada Aérea Hispana sólo la bombardeó una vez. Es posible que Mussolini pretendiese destruir la capacidad portuaria de una ciudad que competía con las italianas. Aunque, quizás para enmascarar sus intenciones, los bombardeos italianos no se centraron, en exclusiva, en sus muelles. En total Barcelona sufrió 2.500 muertes, de las cuales casi la mitad se concentraron entre marzo y diciembre de 1938.

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