La segunda batalla por Teruel

 

Los soldados se calentaban con café, coñac o aguardiente. Este último, tras sus primeros efectos, aumenta la sensación de frío. El alcohol, además, conlleva el riesgo de provocar sueño, lo que podría suponer morir helado. Como les ocurriría cuatro años más tarde a los alemanes en la Unión Soviética, las bajas por congelación fueron inmensas. Coincidiendo con Prieto, Walter informó a Moscú que los soldados habían huido del Frente, abandonando Teruel. Reconocía que había sido un día difícil, y, como de costumbre, repetía el estribillo de culpar a los agentes fascistas (¿los trotskistas?) que habían sembrado el pánico. En realidad fue el Mayor Andrés Nieto, jefe de la 40 División, al que se había nombrado Comandante Militar de la plaza, quien, incomprensiblemente, dio orden de abandonarla. Los restos de resistencia franquista, o no se dieron cuenta, o no se sintieron con fuerzas, o creyeron que se trataba de una especie de tregua de fin de año, o de una trampa: no osaron salir de sus posiciones y ensanchar su perímetro. Tampoco hubiese sido una buena idea: con ello habrían aumentado sus dificultades de remunicionarse, coordinarse y concentrar el fuego. Durante unas horas la mayor parte de la ciudad fue tierra de nadie. A lo largo de 1937 se transfirieron a la cuenta del Eurobank de París 256 millones de dólares, del oro trasladado a Moscú, y los soviéticos cargaron casi 132, por el material que suministraban, incluyendo los gastos de transporte, tanto por vía marítima como ferroviaria, dentro de la propia URSA. Incluso la instrucción de los pilotos españoles, por la que, sólo en el primer año, se debitó más de un millón de dólares. El nuevo año comenzó con la toma de San Blas por los franquistas. El General Rojo, una vez más, tuvo que acudir a Modesto: le ordenó que interpusiera su V Cuerpo de Ejército, para impedir la pérdida de Teruel.

 

Las ventiscas y tormentas de nieve inmovilizaban a las tropas: desprovistas de abrigos y prendas glaciares, sin camuflaje para el hielo, desplazándose lentamente, resbalándose, cayendo, hundiendo sus pies en el hielo, si estaba blando, se convertían en dianas vivas. La aviación no podía despegar. Los alemanes informaron a Berlín que los cañones italianos abrían fuego calculando sobre los mapas, en lugar de corregir el tiro según sus impactos, de modo que no acertaron en ningún blanco durante todo el ataque. A principios de 1938 el “oro de Moscú” se había agotado en los pagos convenidos. Así, a los 256 millones de dólares transferidos a Francia inicialmente, sumándoles un mínimo de 250 millones en compra de armas a la URSA, resulta una cantidad muy cercana a los 518 millones en que se valoró el oro enviado a Moscú.  Y eso sin contar las demás compras que se realizaron, de todo lo que necesitaba la República, entre otras cosas combustible y alimentos, ambos suministros militares estratégicos. Se calcula que el total de importaciones de la República, incluyendo materias primas y vestidos, llegó a los 744 millones de dólares durante toda la guerra. La diferencia debió pagarse con otras operaciones financieras y, sobretodo, con exportaciones, las pocas que la República podía hacer, puesto que estaba sometida a un auténtico bloqueo, asfixia, económico, por parte de las “democracias occidentales”, como hoy hacen con Cuba, por ejemplo, para imponer su criterio único, el triunfo del capitalismo, que es lo que, en realidad, persiguen. Si añadimos los créditos antes referidos, queda claro que el oro se consumió en su totalidad. Distinto es el análisis de los precios fijados a dicho armamento. Desde una óptica mercantilista la situación de monopsonio, proveedor único, de hecho, en teoría, permite imponer precios. Hasta ahora, no se ha encontrado forma de evaluar la idoneidad de tales precios contabilizados. Pero sí hay algunos indicios. Por ejemplo, la equivalencia en divisas. El rublo y la peseta no tenían cotización directa.

 

Los rublos debían convertirse a dólares y éstos a pesetas. Entre 1935 y 1940 el rublo se mantuvo estable en 5’3 por dólar. Sin embargo los soviéticos computaron un cambio medio de unos 2’5 rublos por dólar, lo que les aportó un beneficio no justificado de 51 millones de dólares, que no llegan a igualar los préstamos que, finalmente, quedarían impagados. Ya se comentó que las dictaduras, especialmente el Ministerio de Calvo Sotelo, supusieron una caída en picado de la peseta. Cuando se instauró la República se volvió a producir otra nueva caída, lo que demuestra las dudas que había sobre la consolidación de la democracia en España.  Pero también la poca apuesta que el capitalismo hizo por ella. Nueva caída volvió a producirse al triunfo del Frente Popular, lo que confirma lo indicado anteriormente. Y, más aún, cuando se hizo notorio que las reservas de metales preciosos se habían enviado a Moscú, aparte de la negativa a contratar ningún tipo de suministros que la República cosechó desde entonces, ante la falta de confianza en que los soviéticos cumplieran sus compromisos y permitiesen la transferencia de divisas al exterior, que, como se ha explicado, sí se produjo. Todo ello, sumado a la falta de iniciativa militar, el retroceso en todos los Frentes, la pérdida de fuentes de exportación, tanto porque las mayores zonas agrícolas pasaron a poder de los fascistas, como porque, las que quedaron a disposición del Gobierno legítimo, se necesitaban para el autoconsumo, el déficit subsiguiente del balance de pagos, y el cierre de la financiación internacional, supuso que la peseta perdiese la mitad de su valor entre octubre y diciembre de 1936, haciendo que las importaciones españolas tuviesen un coste mucho más elevado. Y también que la inflación de precios se disparase en la zona republicana.

 

A esto también contribuyó la expansión monetaria, motivada por la multitud de vales emitidos por las autoridades autonómicas y municipales, e incluso por particulares, debido a la falta de numerario, el colapso bancario y la falta de fondos para cualquier actuación. Como suele ocurrir en tales casos (lo que los economistas llamamos “Ley de Gresham”) la gente se guardaba las monedas de curso legal, especialmente las de plata, mientras procuraba deshacerse de las demás (vales, fichas, pagarés, billetes, monedas, etc., emitidos por infinidad de órganos, hasta por comerciantes particulares, como suele ocurrir en épocas de escasez; pero, lo que parece injustificable, es que hasta los anarquistas llegaran a acuñar su propia moneda en zonas que controlaban: su utopía de la abolición del dinero no funcionó en la práctica) lo que aún multiplicaba más la depreciación monetaria. También colaboró a la devaluación de la moneda nacional, que ya no se recuperaría durante los 40 años de franquismo, la negativa de los fascistas a admitir ésta, ni tras la extensión de sus conquistas, ni en sus transacciones internacionales. Menos aún todos los vales, fichas, pagarés, billetes, etc., emitidos para pagos en la zona democrática. Esto causó la ruina, la pérdida de ahorros, de muchas familias. No sólo de las ricas, también de las de obreros. La consecuencia, deseada por los franquistas, era que, al acercarse sus tropas, toda la población se afanaba por desprenderse de todo el dinero y medios de pago republicanos, comprando lo que quiera que fuese, si conservaba su valor. Así la peseta se depreciaba aún más, y, en la España constitucional, la divisa y la economía se dislocaban más y más, y la inflación de precios continuaba. Por el contrario, tras la llegada de las tropas franquistas, todo el mundo deseaba desprenderse de los bienes comprados innecesariamente, como forma de atesoramiento, para conservar transitoriamente su valor, antes de que se depreciasen, consiguiendo con ello pesetas fascistas, que se acuñaban en Italia.

 

Con lo cual presionaban a bajar los precios en su zona de dominio, y a revalorizar “sus pesetas”, aunque no su cotización internacional. La noche del 7 de enero, el Coronel Rey d’Harcourt dio por finalizados los 24 días de resistencia, rindiéndose. El Gobierno lo trasladó a retaguardia, con el obispo Anselmo Polanco y el vicario Felipe Ripoll. Acabarían siendo fusilados por el desesperado resto del ejército republicano, en el barranco de Can Tretze, durante su retirada hacia la frontera francesa, 13 meses después. Es posible que, si hubiese caído en manos de Franco, no el obispo y su vicario, hubiese terminado igual, y que interpretaron que, debido a la flaqueza e impericia del jefe del sector, había pactado la entrega de su puesto con los rojos. Los republicanos evacuaron a los 1.500 heridos, aproximadamente, y a los civiles supervivientes, en camiones, hacia el puerto de Escandón, bajo una horrenda meteorología. Fracasados en su objetivo de recuperar Teruel, llevar refuerzos a los resistentes, los franquistas desviaron el contraataque hacia el Norte, sustituyendo el avance convergente por un amplio movimiento de rodeo, en dirección al Alto de Celadas y El Muletón, sobre el valle del Alfambra. El 17 de enero, tras un día de bombardeo y ametrallamiento, rompieron el nuevo Frente, apuntando cortar la carretera de Teruel a Peralejos, entre dicho pueblo y Tortajada. Se produjeron batallas aéreas de más de cien aviones. Para frenar a Aranda los republicanos enviaron a las Brigadas Internacionales de la 35 División, que estaban a las órdenes de Walter. Este informó a Moscú que la XI Brigada Internacional había combatido bien, mereciendo los mayores elogios. El 19 de enero la XV Brigada Internacional sufrió horribles bajas, defendiendo El Muletón de la 5ª Brigada de Navarra. Los republicanos consiguieron rehacer las líneas y pasaron al contraataque. Pero ya estaban agotados.

 

Tanto los soldados como las municiones y la comida, porque las nieves obstaculizaban los pasos de montaña a los camiones de abastecimiento. Para beber debían estrujar la nieve. El único combustible lo encuentran los que permanecen en Teruel, quemando muebles, ventanas y puertas. Las tropas de la 84 Brigada Mixta de la 40 División, a las órdenes del alcalde de Mérida, Andrés Nieto, del PSOE, estaban de permiso en Rubielos de Mora. Se negaron a volver al Frente cuando recibieron instrucciones en tal sentido, por lo que a 46 de ellos se les fusilaría al día siguiente, sin juicio previo. El 5 de febrero cambió la meteorología, por lo que los franquistas pudieron atacar con todas sus fuerzas, los Cuerpos de Ejército de Galicia, de Marruecos, de Navarra, el Cuerpo de Tropas “Voluntarias” italiano y la 1ª División de Caballería, unos 100.000 hombres y unas 400 ó 500 piezas de artillería, bajo el mando del General Juan Vigón, hacia el río Alfambra. Arrollan un sector de 30 kmrs. del Frente, desde Portalrubio, en cuatro columnas paralelas, a ambos lados de Corbatón, hasta el Norte de Celadas, con un menos amplio movimiento en pinza, que envuelve a dos columnas republicanas. Peter Kemp, el voluntario inglés que se había pasado a los franquistas, escribió que, aquella mañana de frío polar, aunque en calma, las Divisiones de legionarios, con sus capotes verdes, y de requetés, con sus boinas rojas, en medio del relincho de las mulas, que cargaban el material en operaciones de montaña, esperaban que los Savoia Marchetti, cuyos motores comenzaron a sentir tras de ellos, descargasen sus bombas sobre los republicanos para desalojar del terreno a los supervivientes. Pero sus aliados se equivocaron de objetivo, y los bombardearon a ellos, a pesar de las desesperadas señales que las horrorizadas víctimas les hacían. Sin embargo, el daño causado fue inferior al que sus jefes supusieron.

 

No ocurrió lo mismo con los republicanos, que perdieron 15.000 combatientes y muchísimo y preciso material de guerra, con las bombas que cayeron sobre ellos. También sufrieron numerosas pérdidas en aviación: 12 sólo el día 7 de febrero. Durante aquella batalla se produjo la única carga de caballería de aquella guerra. Los republicanos, sin experiencia en una acción semejante, huyeron ante el asalto al galope de la 1ª División de Caballería, a las órdenes del General Monasterio. Es cierto que se siente temblar el suelo bajo los cuerpos de los defensores, y que el ruido es atroz, pero no llega a la intensidad del cañoneo y ametrallamiento de los carros de combate, capaces de apagar el rugido de sus motores, por lo que la reacción no parece justificada. El 19 de febrero los franquistas cortaron la carretera a Valencia. Estaban formando un doble anillo en torno a Teruel, del que sólo permanecía abierto un estrechísimo paso junto al Turia. La 46 División de “El Campesino” estaba a punto de quedar embolsada. El 22, casi 2.000 soldados republicanos abandonaron la ciudad a las tropas franquistas. El 25, Modesto logró organizar la defensa al Este del Alfambra. La batalla prosiguió un mes más, aniquilando a los republicanos, que tuvieron que replegarse. El frío polar y la lucha casa por casa hicieron de la batalla de Teruel una de las más crueles de una cruelísima guerra. Los franquistas tuvieron unas 40.000 bajas, muchas de ellas por el frío. La meteorología causó más pérdidas de aviones y pilotos a los franquistas que a los republicanos. Esto es explicable porque fueron más agresivos, realizaron más acciones, arriesgaron más.

 

En cambio, las bajas en combates fueron superiores del lado republicano, tanto en aviones y sus tripulantes, como en las fuerzas terrestres, que quizás llegaran a los 60.000 combatientes, entre sus mejores unidades de combate, y una gran cantidad de material, por lo que puede considerarse el mayor desastre republicano. En su mayoría al defender denodadamente la reconquistada capital: la propaganda que había realizado le confirió una importancia desproporcionada, obligándoles a la defensa a ultranza. A las pérdidas cuantificables hay que sumar la extenuación, física y moral, la desesperanza, que iba acabando con el espíritu de resistencia, de combatientes y civiles. La República seguía sin ser consciente de la estrategia de desgaste, de aniquilamiento, que Franco llevaba a cabo. Tampoco es desdeñable el efecto de las mutuas inculpaciones sobre la responsabilidad del fracaso, que, a cada vez, se arrojaban las distintas organizaciones democráticas. El General Rojo analizaba que la derrota se debía a la escasez de material, la baja moral de las tropas y la deficiente instrucción de estas y de sus mandos, la defectuosa organización de las unidades, la incapacidad o incompetencia de muchos jefes o la dificultad de los transportes. Quizás se podría discutir sobre la proporción de una u otra causa, aunque, en conjunto, resulta incontrovertible. Y lo peor era, como el propio Rojo insinuaba, que parte de dichas causas eran insuperables. En realidad, conforme la piratería marítima progresaba, estrechando el bloqueo, tenderían a agudizarse. Igual que la falta de material. O como la moral de las tropas, según los franquistas continuaban avanzando.

 

El PCE, que no podía criticar al material, pues significaría reconocer que la ayuda soviética no era suficiente, ni era su estrategia acusar a los combatientes ni al ejército, que tanto había ensalzado, y por cuya reorganización apostó, casi en solitario, sólo podía atacar, sólo en ello veía interés, a determinadas personas, en especial a Prieto y Rojo, que se le enfrentaban, a su injustificado optimismo en el momento de la planificación, la subestimación de las fuerzas franquistas, como su derrotismo tras del fracaso. No habían contado con la opinión de los mejores militares comunistas en el momento de la concepción del plan. Aunque la República tenía pocas alternativas de actuación en esta fase de la guerra. Lo más significativo es que, en dicho análisis, , el PCE reconocía la inferioridad del ejército republicano: una visión realista incoherente con la reiteración, pasada la fase reorganizativa, tras del otoño del 36, de planteamientos ofensivos. Y con criticar que Prieto organizase movimientos de escasa envergadura, no preparando un adecuado Ejército de Maniobra. Que mantuviese una posición defensiva en Teruel, en situación desventajosa, en lugar de sacar provecho del desconcierto franquista durante el inicio de la campaña, y del fracaso de sus contraofensivas. Según el PCE, Prieto había dado por conclusa la campaña en tres ocasiones, retirando a parte de sus Divisiones y a la aviación, a la espera del profetizado ataque en Guadalajara, que nunca se produjo. Y por tres veces se vio obligado a volverlas al terreno, ante las acometidas franquistas, que, con ello, se hicieron más difíciles de contener, además de agotar a las tropas, desmoralizarlas y desorganizar todo el Frente. Más lejos fue Stepánov, que informó a Moscú de errores o traiciones del Alto Estado Mayor, culpando, en concreto, a Rojo.

 

A partir de marzo de 1938, agotadas las reservas de oro y divisas españolas, la Unión Soviética comenzó a financiar a la República. Desde entonces ya se pueden considerar “fraternal apoyo” los créditos que concedió a España, 70 millones de dólares, más 85 en diciembre, a poco más de tres meses del colapso definitivo de la capacidad de resistencia de la ciudadanía republicana, puesto que las posibilidades de recobrarlos ya podían considerarse nulas. Salvo que comenzase la Guerra Mundial, que ya parecía inevitable, aunque los contendientes y los bandos a ocupar no estaban del todo clarificados, y la Unión Soviética, e incluso la República Española, pudiesen contar con algún apoyo de alguien, bien fuesen las potencias occidentales o hasta el Eje nazi-fascista, que todo era posible. La cuestión fundamental era: ¿Hacia dónde dirigiría primero sus tanques el belicoso Hitler? ¿Hacia los soviéticos o hacia los franceses? La situación se complicaba, o simplificaba, según se mire, puesto que, para atacar a la URSA, los alemanes debían pasar por Polonia, que tenía un Tratado de apoyo mutuo firmado con Francia, o incluso a través Checoslovaquia, o, al menos, anulando previamente esta incómoda, para Hitler, posición en el flanco sur, la cual, presuntamente, era aliada de Gran Bretaña, aunque no la trataron como tal en ningún momento, sino que la traicionaron en dos ocasiones, a pesar de ser la única nación innegablemente democrática al Este de Francia y Bélgica. Mussolini había regalado a Franco dos submarinos: el “Archimedes” y el “Torricelli”. Estúpidamente se les rebautizó como “Mola” y “Sanjurjo”, sin considerar que rememoraban a dos muertos en accidentes. A los supersticiosos marineros, especialmente las tripulaciones submarinas, no debió agradarles. Quizás la idea italiana fuese impedir que se pudiese identificar la procedencia de su piratería submarina, puesto que siete sumergibles “legionarios” continuaban torpedeando los convoyes a la República.

 

Llevaban banderas borbónicas españolas, para izarla si se veían obligados a salir a la superficie. Además Mussolini aportó a Franco cuatro destructores y el viejo crucero “Taranto”. Acabado el Frente Norte, Franco llevó la flota del Cantábrico al Mediterráneo. Entre sus navíos estaba el crucero “Almirante Cervera”. Y también dos escuadrillas de hidroaviones de patrulla He-60. Una de ellas fue destinada a la Base Aeronaval de Palma de Mallorca, que dirigía el Almirante Moreno, y en la que también estaban los buques y aviones italianos. Desde allí atacaban los buques y las ciudades costeras republicanas, sobretodo Barcelona y Valencia. No sólo la Base Aeronaval, sino toda la isla, estaban en poder de los italianos, desde el intento de golpe de Estado, la sedición de julio de 1936, cuando un miembro de las “escuadras de castigo” fascistas, antecedente de los S.A. (Sturmabteilung o “Tropas de Asalto”) las S.S. (Shutz Staffel o “Escuadrones de Protección”) nazis, o las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalistas y la Falange, Aldobrando Bonaccorsi, que se hacía llamar “conde Rossi”, siguiendo órdenes del conde Ciano, impuso un régimen de terror. El cometido, tras hacerse con el control, según explicó su adjunto, el Capitán de Fragata italiano, Carlo Margottini, con tales métodos, era “falangistizar fascísticamente” todo Mallorca, si no todo el archipiélago. Parece diáfano que las aspiraciones del yerno de Mussolini iban mucho más allá de la mera ayuda mientras durase la guerra. El 3 de marzo, 14 Savoia-Marchetti de la Aviación Legionario italiana arrojaron 10 toneladas de explosivos sobre los 12.000 habitantes de Alcañiz, al Sur de Caspe, causando 200 muertes. No había razón estratégica alguna para atacar dicha población ¿Pretendían demostrar eran tan capaces como los alemanes de destruir otro Guernica? El “Heraldo de Aragón” publicó que había sido incendiada por los “rojos” antes de huir.

Ero lo mismo que habían dicho respecto de Guernica. Pero el Frente estaba aún muy lejos. El 5 de marzo, los cruceros “Libertad” y “Méndez Núñez”, nueve destructores y una flotilla de torpederos republicanos, a las órdenes del Capitán de Navío Luis González Ubieta, salió de Cartagena para atacar a la escuadra con base en Palma de Mallorca. Simultáneamente una flota franquista procedente de la misma, escoltada por los cruceros “Baleares”, “Canarias” y “Almirante Cervera”, tres destructores y dos minadores, pasaba por el litoral murciano. A la una de la madrugada del día siguiente, tres destructores republicanos avistaron y torpedearon al “Baleares”, el buque insignia de la flota, a las órdenes del Almirante Manuel Vierna. Se hundió rápidamente, junto con 726 marinos y su Capitán. Fue la mayor batalla naval de la guerra. Ante la alerta que debió producir no considerarían prudente continuar el plan de ataque contra la Base aeronaval fascista. Para los franquistas no fue una pérdida insustituible, porque, en breve plazo, repararon el viejo crucero “República”, que rebautizaron como “Navarra”. No se sabe si Franco rechazó un nuevo plan para atacar Madrid, siguiendo con su estrategia de aniquilar cualquier oposición, el menor rescoldo de democracia, o si su Estado Mayor estada convencido que ya habían desangrado al ejército popular republicano, y debían continuar insistiendo en Teruel, donde estaban concentradas sus fuerzas más experimentadas, antes de que se restablecieran. Si conseguía llegar al Mediterráneo, Cataluña, el Gobierno de la República, el mayor número de industrias con el que podía contar y el suministro desde el exterior quedarían aislados, por lo que Madrid podría tomarse sin dificultad. Sobretodo por la desmoralización que tal hecho produciría.

 

A pesar de las noticias aportadas por los servicios de espionaje, el Estado Mayor republicano consideraba que el objetivo más lógico (en la guerra no se puede esperar los comportamientos más lógicos, que son, por tanto, los más esperables, y, por ello, los menos geniales y brillantes) para los franquistas volvía a ser el Frente de Guadalajara. Además suponían que las tropas enemigas estarían tan agotadas como las suyas. Otro tremendo error bélico: creer que el enemigo padece las mismas debilidades que las propias fuerzas. Dos semanas después de la toma definitiva de Teruel, el General Vigón, Jefe del Estado Mayor de Dávila, había preparado el plan de ataque. El Ejército de Maniobra se situaría en el centro del sector, algo más al Sur. Iniciarían la ofensiva los Cuerpos de Ejército Marroquí y de Galicia, y el Cuerpo de Tropas “Voluntarias” italiano. Apoyarían la ofensiva los Cuerpos de Ejército de Castilla, de Aragón y de Navarra, y la 1ª División de Caballería. En total unos 150.000 hombres, equivalentes a veintisiete Divisiones, más entre 600 ó 700 cañones, que no sólo superaba mucho a las dotaciones republicanas, sino que eran mucha más certeros en su actuación. Y lo mismo ocurría con la Legión Cóndor, la Aviación Legionaria italiana y la Brigada Hispana, cuya capacidad de hacer blanco no tenía parangón con la republicana, y que sumaba entre 500 ó 700 aviones. Además de unos 200 carros de combate. Estas cifras corresponden a los valores centrales de las estimaciones, muy dispares, aportadas por los historiadores que han tratado el tema, que sobrepasan en ambas direcciones a las anteriormente anotadas, lo que hace más difícil evaluar su exactitud que en otros casos, como era característico, e injustificable, respecto de los datos de nuestra última, hasta ahora, guerra civil. El 9 de marzo se inició la ofensiva con un aniquilador ataque artillero y aéreo, de magistral ejecución.

 

Se estrenaron en ella los sturzkampffugzeug bomber, es decir, aviones de combate de bombardeo en picado, que serían mundialmente conocidos por su abreviatura: “stuka”. El problema de los bombardeos convencionales desde aviones, los llamados horizontales, es que las bombas que arrojan, debido a la inercia de la velocidad a que vuelan, describen una trayectoria parabólica, que depende de dicha velocidad, de la altura de vuelo, las características aerodinámicas de la bomba, su peso, y el viento, si es de suficiente fuerza. Esto significa que hay que arrojarlas con suficiente antelación sobre el blanco. Pero como el avión, al contrario que las piezas de artillería, está en movimiento, resulta muy difícil calcular el momento adecuado para soltarlas. Más aún cuando el viento es intenso, factor que se desconoce desde dentro de un avión con carlinga cerrada, así como su dirección: sólo se pueden considerar las previsiones meteorológicas globales. Los estadounidenses desarrollaron un costosísimo sistema para solventar dicho inconveniente. Es lo que denominaron bombardeo en alfombra. Se trataba de enviar inmensas formaciones, que arrojaban sus bombas simultáneamente, cubriendo superficies que podían exceder del kilómetro cuadrado, superando, con mucho, el tamaño del objetivo previsto, si era táctico, cuyo alcance así se garantizaba. Se ha demostrado, en infinitud de ocasiones, que es el método perfecto para el bombardeo estratégico de ciudades, asegurando la destrucción masiva, cobarde, indiscriminada (salvo que se utilice la energía de la desintegración atómica, para lo cual se precisa de material explosivo adecuado, que producen las centrales de producción eléctrica mediante dicho tipo de energía, en todo el mundo) de población no combatiente. Por eso están prohibidos por las Convenciones de Ginebra.

 

Lo que no sirve absolutamente para nada, ya que no hay la menor voluntad de respetar los Derechos Humanos, por mucho que se utilicen como método propagandístico contra “los otros”. Los alemanes, que no disponían de los enormes bombarderos pesados estadounidenses, que casi decuplicaban la capacidad de carga de los suyos, ni del número suficiente de éstos, desarrollaron las bombas de racimo para imitarles, aunque con una carga explosiva unitaria inmensamente inferior. Hoy son los Estados Unidos los que imitan esta táctica. Pero el sistema más eficaz, contra objetivos tácticos, era el bombardeo en picado, que experimentaron en dicha segunda campaña de Teruel. Se dirigía todo el avión hacia el blanco, incluso utilizando ametralladoras y cañones, que, además de su directo efecto destructivo, y de amedrentamiento de la defensa antiaérea o de la fusilería y ametralladoras contra los cazabombarderos, ayudaba a afinar la puntería, a la mayor velocidad posible, soltar la bomba y, simultáneamente, abandonar el picado. En aviones monomotores, si no se coordinaba suficientemente la acción, si no se volaba a suficiente velocidad, se corría el riesgo de que la bomba chocase con la hélice, rompiendo ésta o estallando. Sólo los aviones de una o, a lo sumo, dos hélices, podían salir eficazmente del picado. La bomba seguía la trayectoria del avión, trazando una parábola muy abierta, aunque no totalmente rectilínea. Era, por ello, más fácil hacer blanco que con el bombardeo horizontal. Se necesitaban aparatos bastante rápidos, que imprimieran suficiente inercia a las bombas, y con motores de elevada potencia, como para salir con facilidad del picado, venciendo la fuerza gravitacional que se superponía con la inercia del avión. Como se aproximaban mucho a tierra en tales maniobras, debían tener una gruesa coraza, para resistir el fuego de las armas antiaéreas ligeras, las ametralladoras o la fusilería de primera línea.

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