El fin del Frente Norte

 

Este tipo de guerra era contrario a las Convenciones de Ginebra, que lo condena como actuaciones especialmente crueles, igual que ocurriría posteriormente con las bombas tipo Na-Palm (sal sódica de aceite de palma, una pasta adhesiva, una especie de alquitrán, que se pega a la carne y al acero, y arde durante horas, sin posibilidad de extinguir su fuego hasta que se agota el combustible: alcanza tal temperatura que hace estallar las municiones o los depósitos de combustible de los tanques, y una sola gota puede llegar hasta los huesos) de la que se podrían considerar antecedente, si bien éstas lo “mejoraban”, el fósforo blanco o las actuales de fuego metálicos de uranio y plutonio. Lo cual no ha impedido, en ningún momento, a Estados Unidos, teorizar sobre ellas, diseñarlas, experimentarlas, fabricarlas y seguir utilizándolas, sin que nadie les condene adecuadamente por ello, como tampoco a Israel, que también las recibe, como donativo militar de su valedor, y las emplea. En tales misiones, al mando de una escuadrilla de cazabombarderos He-51, más adecuados para las mismas, actuó Adolf Galland, futuro as del aire. Ametrallaron las tropas y dotaciones de las baterías republicanas, impidiendo su dispersión -lo que facilitaba la eficacia de la artillería franquista- y que recibiesen refuerzos, sin la oposición de ninguna defensa antiaérea efectiva. En Nyon, después de 4 días, se acordó una acción naval colectiva que hundiese cualquier submarino que atacara, o hubiese atacado, a algún mercante no español. Para los españoles no había piedad ni conmiseración. Más tarde la Sociedad de Naciones lo extendió a los ataques de la aviación o buques de superficie. Sin embargo los italianos sabían muy bien a qué y con quién se jugaban los cuartos. Se dedicaron a poner salvedades al acuerdo.

 

Chamberlain, siguiendo con su política de atraerse a Mussolini, y pensando que si lograba que aceptase el acuerdo daría sus frutos evitando un conflicto militar, las asumió todas. Con lo cual éste quedó completamente desactivado, hasta el punto de que Mussolini se mofó, comentándole a Hitler que seguiría torpedeando. No es creíble que Chamberlain fuese tan torpe: posiblemente quiso dar una baza a sus aliados franceses, no enfrentarse directamente a ellos, pero siguiendo con la misma política británica, haciéndoles ver que no debían tener esperanzas en que nada cambiase. El 16 de septiembre, en la sesión de apertura del Consejo de la Sociedad de Naciones, Negrín pidió de nuevo que acabara la hipocresía del Mediterráneo. El 18 de septiembre fue la apertura de la Asamblea de la misma. Negrín intervino de nuevo, exigiendo, en tono emotivo, que se reconociese la agresión de Alemania e Italia contra España, el derecho de ésta a comerciar libremente, que terminasen tales agresiones y la presencia de tropas no españolas en dicha guerra, y que se extendieran a todo el país las medidas de seguridad aprobadas para el Mediterráneo. Sólo los representantes de Méjico y la Unión Soviética se mostraron de acuerdo. Los de Gran Bretaña y Francia seguían manteniendo que sólo la no intervención acabaría con la guerra “civil”. ¡Claro! Simplemente terminando con la República Española. Durante las sesiones de dicho organismo, Eden justificó a su Gobierno alegando que la no intervención había impedido que viniesen a España más fuerzas extranjeras. La República Española replicó publicando detalles sobre la intervención italiana en España, lo que los británicos intentaron evitar. Eden volvió a defender lo indefendible, argumentando que incluso un dique resquebrajado podía cumplir su misión. El menor conocimiento de ingeniería basta para comprender que un embalse agrietado termina estallando. Para los franquistas no había habido ni grietas, ni resquebrajamiento, ni dique: había pasado todo a su favor.

 

El acuerdo de la Liga de las Naciones fue que, si no se conseguía la retirada de combatientes extranjeros en breve plazo, se acabaría con la política de no intervención. Alvarez Del Vayo pidió que se concretara qué era un breve plazo. Delbos, Ministro de Asuntos Exteriores francés, expuso que deseaba que no fuesen más de diez días. El delegado británico aún dejó más inconcreta la respuesta, al indicar que, probablemente, sería antes de lo que se imaginaba el delegado español. La República Española desaparecería 18 meses más tarde, sin que llegara a considerarse que el breve plazo se había agotado. El mismo 18 de septiembre comenzó la etapa más sanguinaria de la conquista de Asturias. La 1ª Brigada navarra ocupó Ribadesella, tras una fiera resistencia. Los agentes del Servicio de Investigación Militar eran antiguos policías, del PSOE y del PCE, pero, rápidamente, se interesaron por tales puestos quienes comprendieron las fáciles cotas de poder que allí podían alcanzar, con todas las posibilidades que ello conlleva, además de unos ingresos fijos asegurados. El PCE intentó cubrir los puestos a la mayor brevedad, controlando la red, para lo que utilizaba, alternativamente, el soborno o la extorsión. El SIM debía dar su aprobación a cualquier cambio de destino o promoción militar. De forma que los comunistas estuvieron integrados en las unidades más anticomunistas. Por ejemplo, un soldado de 18 años de la 119 Brigada fue promocionado hasta convertirse en el jefe del SIM de dicha agrupación, lo que le confería más poder de decisión sobre la vida y la muerte de sus miembros del que tenía su propio comandante. Se supone que llegó a haber hasta 6.000 agentes del SIM sólo en Madrid, donde tenía siete secciones militares y cinco civiles, suponiendo unos sueldos de unos 22 millones de ptas..

 

Llegaron a hacerse célebres la Brigada Z, encargada de perseguir la especulación y el mercado negro, y la Brigada Especial, que debía acabar con los quintacolumnistas, y que tenía la potestad de dirigir los “interrogatorios”. Las muertes que se producían durante los mismos, o mediante ejecuciones oficiales, se falseaban informando que las víctimas se habían pasado al enemigo. Tenían una amplia red de “agentes invisibles”, tanto en el Frente como entre la población civil. Cuando en el extranjero se tuvo noticias de tales actuaciones, los mandos del SIM aseguraron que la habían disuelto, pero sólo le modificaron su denominación. No sólo siguió actuando sino que, de hecho, aumentó el número de sus víctimas. En la zona centro contaban con colegio religioso de San Lorenzo, que podía albergar hasta 200 apresados, y el Campo de Trabajo nº 1, en Cuenca. Ambos habían sido utilizados por el Departamento Especial de Información del Estado. Empleaban el frío y el hambre para obtener confesiones. A los apresados se les encerraba, desnudos, con agua hasta las rodillas, o se les regaba con agua fría en invierno, en celdas de castigo que llamaban nevera o refrigeradora. En Barcelona tenían un centro de apresados en la calle Zaragoza y el Seminario Conciliar, pero también otras “checas”, como las del Portal del Angel, que, aquel verano, llegó a reunir 300 apresados, “la lechera Nestlé”, el Hotel Colón o la de la calle Vallmajor, entre otras. Manejado por el NKVD llegó a las mismas cotas de terror que en la URSA. Aunque tampoco se pueden creer todos los inventos franquistas, destinados a crear una auténtica leyenda negra que “justificara” su comportamiento, anterior y posterior al SIM y a los incontrolados anarquistas y de todo tipo, lo cierto es que la verdad será siempre desconocida en toda su amplitud, puesto que sus mandos quemaron sus archivos.

 

El Ministro de Justicia, Manuel de Irujo, y el Consejero de Justicia del Gobierno catalán, Pere Bosch Gimpera, denunciaron repetidamente que se utilizaban métodos “científicos” de estilo soviético. Por ejemplo, celdas con losetas cementadas de canto, que herían o, al menos, lastimaban a los apresados descalzos, sonidos metálicos, luces, colores, suelos en rampa, impidiéndoles dormir y produciendo insensibilización y desorientación. Si se precisaban resultados rápidos, se utilizaba “la silla eléctrica” o “la caja de ruidos”, con el inconveniente de enloquecer a la víctima antes de que cantase. Se desconoce el número de sus apresados, pero se estima que fueron más republicanistas que franquistas. Parece que se consideraba traidores tanto a los opuestos ideológicamente a los comunistas, como a los que comentaran la incompetencia militar de los soviéticos. Por ejemplo, los pilotos voluntarios extranjeros. Los nuevos tribunales militares condenaron a muchos “quintacolumnistas”, entendiendo como tales, en muchos casos, a todos los que se oponían a las directrices de los comunistas. El 1 de octubre, la 5ª Brigada navarra tomó Covadonga. El 10 los franquistas dominaban toda la margen Este del Sella. El 11 entraron en Cangas de Onís. El 14 ocuparon Arriondas. El puerto de Tarna, de los mejor fortificados por los mineros asturianos, y férreamente defendido, fue tomado por el Coronel Muñoz Grandes, que, siguiendo los planes de atenazar la defensa asturiana, se dirigió hacia Campo de Caso. La Legión Cóndor ametralló a los republicanos que se retiraban a Gijón, y bombardeó los depósitos de combustible de C.A.M.P.S.A. en El Musel. El 20 de octubre, las tropas de Solchaga conectaron en Infiesto con las de Aranda, cerrando un arco desde Villaviciosa hasta Pola de Laviana. Ante tal circunstancia, el Gobierno de la República ordenó a Prada que decretase la evacuación general.

 

Se había encomendado para defender la misma al destructor “Císcar”. Pero Franco no quería huidos, como ya demostró en Málaga o en Bilbao. Así que solicitó a la Legión Cóndor que lo hundiera. Sin la presencia de éste pudieron impedir la llegada de buques extranjeros, y, con ello, que se evacuasen mujeres y niños. Sin embargo el Consejo Soberano, la mayor parte de los altos funcionarios y oficiales republicanos sí lo lograron, a bordo de torpederos, cañoneras, botes y chalupas, aunque sufriendo los ataques de los pesqueros de altura artillados franquistas. No obstante, el grueso de las fuerzas republicanas, mantuvo su heroica y ejemplar resistencia hasta el 21 de octubre, en que entró en Gijón la 4ª Brigada navarra. De inmediato se inició el genocidio, la “limpieza de rojos”, en todo el Principado. Se abarrotaron de apresados la plaza de toros y el teatro Luarca, entre otras edificaciones de Gijón. Los pelotones de fusilamiento se ejercieron a destajo. Parte de las fuerzas republicanas consiguieron unirse, en Peña Labra, entre Villarcayo, Piedrafita y Vegarada, a las tropas supervivientes del Frente cántabro. En dicho terreno montuoso organizaron una resistencia guerrillera que, con sumo valor, en parte instigado por la sabida “clemencia” franquista, de la que no esperaban otra cosa que la muerte, y la imposibilidad de huir, mantuvo inmovilizadas a varias formaciones franquistas, durante otros seis meses. La conquista de Asturias aportó leña a la tesis de la “Reconquista”. Más de cien mil soldados republicanos se unieron al ejército franquista, la mayoría de modo forzoso, en formaciones vigiladas o mediante compañías de trabajadores. Aunque muchos consiguieron desertar. Los de mayor implicación política incluso provocaban los amotinamientos. Así hizo un grupo de anarquistas en Zaragoza, a los que se había obligado a integrarse en la legión, intentando liberar a sus compañeros encarcelados.

 

En El Ferrol se descubrió el preparativo para la insurrección de unos 200 marineros, en su mayoría enrolados en el acorazado “España”. “Lógicamente” todos fueron fusilados, por hacer lo mismo que habían hecho los sublevados fascistas, los “alzados”, que tanto mérito se autoconcedían. También se produjeron sabotajes en la aviación, que originaron la caída de algunos aparatos, u otros accidentes, aunque los franquistas guardaron bien tal secreto ¿Morirían Mola y García Morato a causa de dichos sabotajes republicanistas? El carbón asturiano permitió reabastecer los altos hornos de Vizcaya, y equiparar los recursos industriales y exportadores de ambos bandos. Toda la marina de guerra de Franco se trasladó al Mediterráneo, para cerrar la única posibilidad de aprovisionamiento y rearme de la República. Se creó la Jefatura de las Fuerzas de Tierra, Mar y Aire del Bloqueo, con base en Palma de Mallorca, para la que Franco nombró al Almirante Francisco Moreno. Prieto, el Ministro de Defensa, analizó que el Frente Norte había desaparecido por la falta de un mando único. En esto coincidía con los comunistas. Posiblemente una mayor coordinación entre el sector cántabro-asturiano y el vasco habría permitido continuar su resistencia durante más tiempo. Aunque el resultado final de la República induce a pensar que la salvación de ésta era, en definitiva, imposible. Prieto, tras designar General a Vicente Rojo, dimitió. Pero Negrín rechazó tal dimisión.

 

Continuando con el mimetismo respecto del comportamiento de los franquistas, con el que la República se envilecía -pretendiendo con ello situarse en condiciones similares de obtener victorias- y para evitar los enfrentamientos políticos, tanto con los anarquistas como dentro del propio PSOE, cuyas disensiones ya eran excesivas, y la actuación de las “policías” ilegales, Negrín intensificó la censura, redujo la actividad política y llevó a cabo destierros y encarcelamientos. Es verdad que el Presidente del Consejo de Ministro no tenía más remedio que ceder a las presiones de los soviéticos, o tratar de encauzarlas de algún modo, dada la extrema situación militar. Pero también que había sido uno de los principales valedores de aquellos para convencer a Largo Caballero de enviar las reservas del tesoro público a Moscú, con lo que aún quedaba más en sus manos. Sin embargo yo considero que fue la política colaboracionista con el nazi-fascismo de las pretendidas “democracias occidentales”, la principal culpable de la situación: si no hubiesen procedido al bloqueo comercial y a la piratería marítima, en íntima colaboración con Hitler y Mussolini, la U.R.S.A. no habría mantenido su posición de monopolio, de hegemonía absoluta, respecto de la ayuda a la República Española. No obstante el hecho fue que tal ayuda soviética fue decayendo. En parte porque la piratería submarina italiana y el bloqueo de fronteras y naval impedía, cada vez con mayor eficacia, la llegada de tal ayuda. Pero también porque cada vez salía en menores cantidades de los puertos soviéticos. En julio los japoneses habían tomado Beiying (en cantonés, el primer idioma chino que conocieron los europeos, Pekín o Peking) y Tiensín.

 

En agosto ya había una guerra abierta chino-japonesa, aunque no declarada, siguiendo las recomendaciones de Roosevelt, para que pudiese continuar ayudando a los fascistas chinos del Kuomintang, Partido Nacionalista, de Chiang Kai-Chek, sin que se lo impidiera la Ley de Neutralidad. Así que Stalin tuvo que compartir la “ayuda”, previo pago, al Gobierno constitucional y democrático español, con la que comenzó a entregarle, gratuitamente, a los comunistas de Maosedong, en cantonés Mao Tsé Tung. Pero, también, a que ya desesperaba de que Francia y Gran Bretaña cambiasen de actitud respecto del nazi-fascismo. De forma que continuar apoyando a los republicanos, cuyas posibilidades de triunfo cada vez eran más remotas, sólo podía ser un obstáculo para pactar con unos u otros. De modo que, mientras Negrín cifraba las expectativas españolas en el estallido de la guerra en Europa, dada la intensificación de los enfrentamientos políticos, la imposibilidad de contentar continuamente las exigencias nazi-fascistas, incluso las fricciones en el propio Eje Berlín-Roma-Tokio (dándole la vuelta al mundo) por la anexión de Austria, que, en vez de unirlos más, parecía destinada a romperlo, Stalin contemplaba tal posibilidad como un imperativo para escapar de sus compromisos con España. Azaña apoyó al Gobierno en la unificación por la fuerza, acabando con la disensión respecto del poder central, para que se consolidara el Ejército Popular. Sin embargo, cuando consideró que ya se había llegado a la unificación adecuada, la necesaria para permitir una correcta dirección militar, y conforme tampoco con ello se obtenían los éxitos esperados en la guerra, comenzó a plantearse, como liberal que era, que no se podía extinguir por completo a la disidencia. Que no era políticamente correcto ni propagandísticamente útil, puesto que ese era el hecho diferencial de la democracia frente a la barbarie nazi. En el mes de noviembre el Gobierno se trasladó de Valencia a Barcelona.

 

Había muchos argumentos que lo apoyaban. Con ello se eludía que quedase aislado de Cataluña, si un ataque franquista al Norte de la Meseta les llevaba al Mediterráneo. Claro, que, de éste modo, quedaría aislado todo el Frente central, Madrid y Valencia. Pero no veían peligro en ello, y sí en Cataluña, tras la experiencia vivida con el País Vasco, en Santoña, y, en cierta medida, en Asturias. Azaña, como de costumbre, pesimista, adelantándose a los demás, y, también, más cobarde que los demás, ya lo había previsto, se había asentado en (huido a) Barcelona, desde un año antes. Así que, con ello, las más altas instituciones del Estado volvían a tener contacto directo. Pero, sobretodo, de lo que se trataba era de controlar al Gobierno catalán, que ya no podía contar con el apoyo de los anarquistas, de impedirle que continuase saltándose a la torera la Constitución, extralimitándose respecto del Estatuto de Autonomía, así como a la economía catalana, como se había hecho antes respecto de la aragonesa, arrebatándosela a los libertarios. Según Zugazagoitia, Negrín, además, estaba convencido de que Cataluña aún no había asumido todo el esfuerzo bélico que podía hacer, como tampoco lo hizo el País Vasco, ni lo había hecho Aragón hasta que no se recuperó de las manos de los anarquistas. Semejante comparación es, ciertamente, discutible. Con los antecedentes de lo ocurrido en los “hechos de mayo” y en Aragón, Negrín no creyó conveniente anticipar su decisión a los nacionalistas catalanes. Pensaría que deberían aceptar el hecho consumado, igual que los que, presumiblemente, vendrían a continuación de tal traslado. Que entablar conversaciones era posibilitar la discusión, la negativa, que se expusieran discrepancias y se enlenteciera el proceso. Tampoco, con posterioridad, intentó limitar asperezas.

 

Al contrario: hizo claras demostraciones, con los hechos, sin entrar en debates, de que el poder autonómico era netamente inferior al del Gobierno del Estado. Por ejemplo, no coincidió con Companys en ninguna ceremonia o acto oficial. El resentido Largo Caballero, junto con Luis Araquistáin, Carlos de Baraibar y Wenceslao Carrillo, mantenían una oposición constante. Sin embargo, tanto los moderados, que eran mayoría en la UGT, como la radicalizada Juventud Socialista Unificada (con las Juventudes Comunistas) dirigida por Santiago Carrillo, hijo de aquél, seguían, bastante acríticamente, los posicionamientos comunistas. A principios de septiembre las organizaciones de la juventud habían creado la Alianza Juvenil Antifascista. En Valencia se esta publicando, conjuntamente, “Verdad”, una especie de remedo del “Pravda” soviético. En Jaén, imitando lo ocurrido un año antes en Cataluña, se creó otro Partido Socialista Unificado, integrando la afiliación del PCE, presumiblemente más numerosa en aquellas fechas que la del PSOE, y las de éste. “Verdad” saludó elogiosamente a dicha afiliación por tal acuerdo. Sin embargo, en el mes de octubre, Negrín y Prieto se opusieron formalmente a que se continuase en dicha línea, contraviniendo los acuerdos del PCE con la dirección del PSOE, encabezado por Lamoneda, su Secretario General. Para entonces “El Socialista”, órgano oficial de comunicación del PSOE, y “Claridad”, expresión del pensamiento de los seguidores de Largo Caballero, habían quedado bajo el control del sector procomunista del PSOE. En un Pleno Nacional de UGT de finales de septiembre, se impidió que emitieran su voto los seguidores de Largo Caballero. Independientemente de la injusticia de tal hecho, escenificaba que no volvería a ocupar ninguna cuota de poder, ni en el Gobierno, ni en su Partido, ni en su Sindicato, ni en las publicaciones periódicas.

 

Resulta asombroso cómo, con sólo dos carteras ministeriales, y de menor envergadura, los comunistas habían logrado una notable influencia en el Gobierno, el ejército, la administración pública, y las fuerzas de seguridad. En los capítulos anteriores ya se ha ido explicando la paulatina evolución de los hechos. A título de recordatorio, hay que resumir que hubiera sido imposible sin la situación de dependencia respecto de los suministros soviéticos, los consecutivos errores cometidos por la dirección del PSOE, y la certera actuación de la del PCE, dirigido por José Díaz, respecto de la confluencia con los intereses objetivos nacionales, y de los sectores liberales. Sólo así, con un notable contacto con la realidad y permanente comunicación, directa, con las masas, se puede explicar el constatado desarrollo afiliativo. Sin embargo, en el ejército se hacía patente una reacción opositora. A pesar de los elogios que los comunistas prodigaban al mismo, de la eficacia, disciplina y combatividad lograda por casi todas las unidades, como se demostró durante la batalla de Belchite, los jefes, especialmente los destinados en los Estados Mayores, que temían que acabaran recayendo sobre ellos los fracasos militares, sustituyeron la admiración por la disciplina de éstos por críticas hacia su escasa capacidad táctica, la desorganización de la intendencia, y la crítica situación desmoralizadora de los combatientes, en especial tras la ofensiva de Brunete. Aunque hay que reconocer que todo ello son hechos objetivos, la inculpación es manifiestamente injusta, puesto que los más responsables de todo ello eran, precisamente, dichos Estados Mayores. Distinto planteamiento debe hacerse respecto de los asesores soviéticos. Normalmente se ponen en un mismo saco, entre otros motivos por la admiración y dependencia que los comunistas españoles mostraban hacia los de la revolución triunfante, al menos, nominalmente.

 

Lo cual no es sino otra demostración del pernicioso stalinismo reinante en la época. Pero, para mí, no es comparable la heroicidad mostrada en los Frentes, por los comunistas españoles, que la presunta injerencia soviética en las decisiones de los Estados Mayores. Y ese es el punto en cuestión que, a mi parecer, no se ha llegado a demostrar: que fue la injerencia soviética en dichas decisiones la culpable de tales fracasos, y que éstos no hubiesen sido aún mayores sin tal participación. Se llegó a decir que se había negado la asistencia sanitaria a heridos que no eran comunistas, o la provisión de armas, raciones o pagas a los Batallones cuyos comandantes no lo fuesen. En cambio, a los que se llegaron a afiliar, se les promovió y elogió, ante la superioridad y en artículos periodísticos. Particularmente herido se mostraba el Coronel Casado, que comentaba que, mientras dirigió el Ejército de Andalucía, se le había negado la información sobre la situación exacta de los aeropuertos o los aviones con los que se contaba. A los comisarios políticos comunistas se les presionaba para que hiciesen más afiliados. Prieto llegó a decir que se había fusilado a socialistas en formaciones comunistas, por su negativa a cambiar de Partido, bajo falsas acusaciones de deserción o cobardía.  Es posible que se tratara, simple y trágicamente, de la obsesión paranoica que lo abarcaba todo. Y, también, que a los comunistas les protegiese una “presunción de inocencia” en grado mayor que a los demás. Sin embargo, hubo 250 soldados de la División de “El Campesino” que se escaparon a la 14 de Mera, tras la batalla de Brunete, alegando que se les perseguía por su negativa a hacerse comunistas. “El Campesino” fue a reclamarlos al Cuartel General de Miaja, que también se había afiliado al PCE. Pero éste se negó a devolvérselos. En la desmoralización de las Brigadas Internacionales pudo influir una epidemia de tifus, que, en octubre, había costado la vida a 2.000 voluntarios.

 

No todos ellos eran comunistas, pero incluso éstos comenzaron a ser críticos respecto de su situación. Algunos italianos del Batallón “Garibaldi” se pasaron a la columna “Justicia y Libertad”, de igual procedencia, aunque de ideología liberal y libertaria. La XIV Brigada Internacional se negó a reiterar los asaltos a La Granja, durante la batalla de Segovia, y algunos extranjeros del Batallón disciplinario a formar en los pelotones de fusilamientos. Los “campos de reeducación”, que propuso Palmiro Togliati, regentados por oficiales soviéticos bajo sistemas de trabajo stajanovistas, por el que recibían alimentos en función de los objetivos alcanzados, y vigilados por comunistas españoles, con envidiables fusiles automáticos, fomentaron la sensación asqueante. La mayoría de los internados en ellos, y algunos de los encerrados en hospitales psiquiátricos, eran brigadistas que habían pedido que se les dejara marchar. Al del Júcar, a 40 kmtrs. de Albacete, llevaron a escandinavos y británicos decepcionados y amargados. Algunos de éstos escaparon del fusilamiento por intercesión del Ministerio de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña. También había brigadistas en las prisiones de Albacete, Murcia, Valencia y Barcelona. En un libro, publicado en 1974, se aseguraba que a los brigadistas se les recogían los pasaportes, que llegaban a Moscú por vía diplomática, para que los utilizasen sus agentes secretos en otros países. Conforme el mal ambiente en las Brigadas Internacionales llegaba al extranjero, la disciplina y la censura se fue haciendo más insoportable: expresar en las cartas la incompetencia de los dirigentes comunistas podía significar campos de trabajo o la muerte. Muchas veces se anularon permisos. Los que regresaban a sus unidades tras habérselos tomado por su cuenta, como antes hacían los milicianos, eran pasados por las armas como desertores.

 

Conforme la situación se fue haciendo más odiosa, algunos brigadistas optaron por pasarse al enemigo. Hubo quienes se dispararon a un pie mientras limpiaban el fusil. Los veteranos, que habían llegado plenos de idealismo, se reían del de los nuevos incorporados. Algunos de éstos habían sido reclutados con falsedades. Voluntarios mecánicos o especialistas extranjeros, fueron militarizados y remitidos al Frente, sin su consentimiento. Igual les ocurrió a tripulantes de buques carga extranjeros, que fueron apresados estando d permiso en los puertos como brigadistas desertores, y expedidos a Albacete. Finalmente, Prieto decretó la incorporación de los brigadistas a la Legión Extranjera del lado republicano, que a los que se habían enrolado para toda la guerra se les aplicaría el Código Militar, y que los oficiales extranjeros no fuesen más de la mitad de los españoles. La persecución del POUM produjo efectos demoledores. Se obligó a efectuar discusiones políticas una vez al día. Cuando regresaron a sus países, los que regresaron, muchos guardaron silencia para no hacer daño a la República. Orwell y otros escritores, que quisieron publicar su testimonio, se encontraron con la censura de las editoriales izquierdistas. Los que apoyaban a la República a todo trance se vieron impelidos a justificar los comportamientos stalinistas. Todo se desmoronaba, se corrompía, perdiendo la perspectiva del objetivo último, camino de la derrota. No obstante Negrín consiguió mantener un sistema judicial propio de tal nombre, con todos los problemas y tensiones que la guerra, en su fase agónica, presentaba, con todo lo que ello supone, en cualquier país, de injusticias masivas, impidiendo que llegaran a producirse juicios-farsa, como en la URSA. Con todos los esfuerzos y sacrificios comentados, el Ejército Popular republicano había llegado a altas cotas de efectividad y combatividad. Era ya un ejército moderno, bien coordinado, fogueado, curtido en el campo de batalla.

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