La batalla de Belchite

 

El Ministerio de Propaganda realizó su propia producción. Noticiarios como “Todo el poder para el gobierno”, imitando uno de los puntos de las “tesis de abril” de Lenin, para evitar la mayoría parlamentaria que la derecha constitucional y el Partido Socialdemócrata (línea minoritaria o menchevike) obtuvieron en 1917: todo el poder a los soviets. O películas como “España Leal en Armas”, en la que participó Luis Buñuel, destinada a la propaganda internacional. Negrín eliminó el Ministerio de Propaganda, pero creó unos Estudios Cinematográficos de la República, que produjeron documentales y películas propagandísticas, como “Madrid”, “Viva la República”, “Los Tres Puntos de la Victoria”, “Campesinos de Ayer y de Hoy”. El Gobierno autónomo de Cataluña fundó Laya Films, que editaba un noticiario semanal denominado “España al día”, además de una treintena de documentales, más bien de tipo paisajístico y costumbrista, sobre Cataluña o el Valle de Arán, pero también propagandísticos, como sobre la transformación de la industria al servicio de la guerra. En agosto se produjo un atentado contra Josep Andreu i Abelló, presidente de la Audiencia territorial de Cataluña, que resultó fallido. Tras del cual la represión contra la CNT tomó mayor impulso. El 23 de agosto de 1937, aparece en el diario del conde Ciano que había recibido la visita de Ingram, un representante diplomático de Gran Bretaña, que había efectuado un acercamiento amistoso respecto de los torpedeos en el Mediterráneo, que le había respondido con total desfachatez (posiblemente le aseguraría que no volverían a repetirse) y se había marchado casi contento. Este era el tipo de diplomacia que del que entendían los fascistas. En este tiempo el Coronel Rojo hacía los detallados preparativos para una ofensiva del Ejército del Este.

 

Sus objetivos eran diluir la presión franquista en el Frente cántabro, y reconquistar Zaragoza, nudo de comunicaciones entre Madrid y Barcelona, y paso hacia la reconquista de Navarra. Y también hacia Huesca, ampliando la zona navarra que podría quedar amenazada para una futura ofensiva, y la frontera francesa, dificultando el bloqueo comercial y la provisión clandestina de armamentos. Así como hacia Teruel. Por todo ello eran objetivos sumamente predecibles, que los militares profesionales debían tener analizados desde un año antes. La República precisaba, además, presentar internacionalmente la recuperación de una capital de provincia, demostrando que había pasado a la ofensiva, recuperado la iniciativa estratégica, contaba con un ejército triunfador, preparado para la victoria, haciendo reconsiderar a las demás naciones sobre las consecuencias para sus relaciones futuras de no colaborar en la misma. En ese Frente, de 300 kmtrs. de longitud, los franquistas sólo tenían las Divisiones 51ª, 52ª y 105ª, concentradas, además, en las ciudades, aprovechando la tranquilidad demostrada por los anarquistas para beneficiarse de la comodidad de tales asentamientos. Esto daba muchas oportunidades a una ruptura sorpresiva de las líneas. La responsabilidad de la campaña correría a cargo del General Pozas, Jefe del Ejército del Este, y del Tenientecoronel Antonio Cordón, su Jefe de Estado Mayor, estableciendo su Cuartel General en Bujaraloz. La ofensiva se produciría en un sector de 100 kmtrs. de longitud, desde el Norte de Leciñena, al Nordeste de Zaragoza, y San Roque, al Sur, al Norte de Fuendetodos. Aprendiendo de anteriores experiencias, se trataba de dificultar los contraataques franquistas, y que un bloqueo puntual no pusiesen en peligro toda la ofensiva. Así como ofrecer menos vulnerabilidad a los ataques concentrados de aviación y artillería. Una irrupción por San Roque y Pina de Ebro también era perfectamente predecible, puesto que, junto con Belchite, Codo -estos dos del lado franquista- y Gelsa, limitaban un entrante en zona republicana, que, lógicamente, una embestida debía pretender ocupar, rectificando el Frente y disminuyendo su longitud, lo que dejaría disponibles más fuerzas móviles para acometer otras operaciones. Sin embargo no se trataba de un ataque a lo largo de toda la línea, como los que se realizaron durante la Iª Guerra Mundial, se repetirían en las etapas finales de la IIª, y eran lo opuesto a la “guerra veloz” o “guerra relámpago”, que teorizaba la concentración de fuerzas en puntos concretos, para hacer brecha, no para empujar las líneas enemigas. Coincidiendo, de forma parcial (recordemos lo comentado sobre las innovadoras tesis militares soviéticas, y su personificación en individuos caídos en desgracia ante el stalinismo) con dichos postulados, se concentró la penetración por siete puntos distintos. La 27 División se posicionó al Norte de Leciñena, y su objetivo era romper el Frente y tomar Zuera, directamente hacia el Oeste, en la carretera Zaragoza-Barcelona. Posteriormente continuaría hacia el Sur, por la carretera de Zuera a Zaragoza, protegiendo su flanco derecho con el río Gállego, lo cruzaría y tomaría los puentes sobre el Ebro de Zaragoza, defendiendo su control y paso por las fuerzas principales. La 45 División, a las órdenes de Kléber, se situó algo al Nordeste de Zaragoza, entre Monegrillo, Farleta y Villamayor de Gállego, rompiendo el Frente, también directamente hacia el Oeste, hacia dicha población, para converger después hacia Zaragoza. La 26 División, junto con parte de la 43, se situaron al Norte de Pina de Ebro. A partir de dicha población debían cruzar el Ebro, la línea de ferrocarril y la carretera de Zaragoza a Valencia, entre los kmtrs. 36 y 39, entre Fuentes de Ebro y Quinto, donde se fortificaría para impedir la llegada de refuerzos franquistas a la zona.

 

Nuevamente la fuerza principal era el V Cuerpo de Ejército, bajo el mando de Modesto, en el que se integraban la 11 División, a las órdenes de Líster, y la 35, al mando de Walter. Se posicionó al Sur del saliente, entre Codo y Gelsa. Sus objetivos eran cercar Quinto, desplegarse hacia Mediana, Rodén y Fuentes de Ebro (nuevamente la experiencia de Brunete) y proseguir hasta Zaragoza, contando con casi todos los T-26 y los nuevos tanques ligeros soviéticos BT-5 comprometidos en la operación. Estos últimos constituían tres Compañías, integradas en el Regimiento Internacional de Tanques, a las órdenes del Coronel Kondratiev. Todos los conductores eran soviéticos. La mayor parte de los 200 aviones con que contaba el Frente se destinarían a atacar el valle del Ebro. Su número era algo superior a los obsoletos bombarderos ligeros Keinkel 46 y cazas He-51 franquistas. La Legión Cóndor también tenía en la zona los nuevos “Rayo”, He-70, no mucho mejores, que alcanzaban 380 kmtrs./h., y que Franco, por razones que me son desconocidas, prohibió utilizar. Había, por tanto, superioridad terrestre, y, en menor medida, aérea, hasta el punto que Modesto estaba exultante, porque auguraba un rotundo triunfo. El análisis del Estado Mayor enfatizaba que las tropas franquistas en la zona eran de baja calidad, contaban con escasas reservas, y que en Zaragoza se habían producido revueltas republicanistas. En tal estado de optimismo, Modesto asignó el honor de entrar en Zaragoza a Líster, con el apoyo de los carros de combate, sin estudiar planes alternativos si la resistencia encontrada fuera superior a la prevista. O se le había olvidado lo ocurrido en Brunete, sólo seis semanas antes, o estaba convencido de que se trató de una victoria (en realidad se reconquistó terreno, pero el tipo de guerra que se estaba dilucidando requería sopesar otros parámetros) como repetía la propaganda republicana. El ataque se inició la noche del 24 de agosto.

 

No hubo bombardeo artillero ni ataques aéreos previos, para sacar todo el provecho del factor sorpresa. Para entonces los franquistas ya habían tomado Torrelavega, a la entrada de Santander. A mediodía la 27 División había tomado Zuera. Kléber llegó a media distancia entre la línea de partida en el Frente y Villamayor de Gállego, pero, al carecer de información sobre las fortificaciones franquistas, se detuvo: un grave error. En Codo, un lugar de ataque perfectamente predecible, la 25 División, tras un extenso movimiento envolvente por el Norte de Belchite, se encontró con gran resistencia del Tercio de requetés Nuestra Señora de Monserrat. Tras derrotarlo ocupó el pueblo, dejando Belchite aislado. Fue uno de los movimientos más brillantes realizados durante aquella obtusa guerra de militares mediocres. Sin embargo los republicanos, por entonces, desconocían la importancia de aquella población. Líster se dirigió a Fuentes de Ebro, pero se entretuvo limpiando focos de resistencia, disgregando la IV Brigada Autónoma de Caballería, que quedó, por tanto, sin opciones ofensivas. El Regimiento Internacional de Tanques no se coordinó adecuadamente con la infantería, resultando destruidos casi todos los BT-5, sin sacar provecho de su velocidad de progresión, al utilizarlos en un ataque directo. Modesto, en un ataque de ira, reprochó a Líster tal desastre, lo que provocó la enemistad de los dos más altos mandos militares comunistas. En un informe a Moscú se acusaba a Líster de abierto sabotaje, porque no deseaba estar bajo el mando de Modesto. Esto es absolutamente inconcebible ¿Iba a mejorar su posición militar, a conseguir ascensos, perdiendo batallas, material y hombres? Sólo puedo entenderlo como insidias para favorecer a una parte perjudicando a la otra, a la que se hace pasar como culpable. La 26 División se vio retenida por las tropas franquistas en la ermita de Bonastre, cerca de Quinto.

 

La 11 continuaba estancada en dirección a Fuentes de Ebro, por lo que debió recibir apoyo de la 35, que se había demorado en exceso rematando las bolsa de resistencia de Quinto. Tanto los más brillantes teóricos militares soviéticos, tan maltratados por ser, fundamentalmente, antistalinistas, como los italianos y, posteriormente, los alemanes, de la “guerra rápida” y la “guerra relámpago”, mantenía que esta era labor de una segunda oleada, fuerzas de limpieza, de conquista, o de reserva. O una vez el Frente se estabilizase, se completara el movimiento envolvente, el cerco o embolsamiento, pero nunca reteniendo el eje principal de ataque, que debía abrir brecha y explotar el éxito. El 26 de agosto los republicanos reconquistaron Quinto. Aquel mismo día los franquistas tomaban Santander. Esto significaba que el objetivo principal de la ofensiva contra Zaragoza, esto es, atraer tropas franquistas desde el Frente Norte, descargando la presión sobre Santander, había fracasado. Y que Franco podía ahora hacer una pausa en dicho Frente, desviando tropas hacia el de Aragón, lo que comprometería la ofensiva republicana. En efecto, la 13ª División, bajo las órdenes de Barrón, y la 150ª, al mando de Sáenz de Buruaga, volvieron a repetir una versión casi idéntica de lo ocurrido en Brunete. Desde los apeaderos de ferrocarril de Torrecilla de Valmadrid y Valmadrid, con enlace a la carretera Zaragoza-Madrid, , a mitad de camino entre Zaragoza y San Roque, y entre dicha población y la primeramente señalada, respectivamente, iniciaron dos líneas de contraataque hacia el Este, bordeando por el Norte los picos de Sabina y Sillera, si bien fueron rechazados por el V Cuerpo de Ejército, que los hizo retroceder desde el alto de Graneretes en dirección al de Pedregosa, y rodear por el sur el de Sillera, respectivamente.

 

En tales circunstancias, Juan Modesto propuso cambiar el ambicioso objetivo de Zaragoza por el modesto de Belchite. Era un tremendo error. Una operación de semejante envergadura no podía justificarse con la conquista de un pueblo. Cambiar de objetivo significaba, simplemente, reconocer que se había fracasado, que las puntas de lanza se habían embotado sin alcanzar sus objetivos, puesto que tampoco había mayores progresos en las demás líneas de avance, que las Divisiones 27 y 45 habían iniciado con retraso, por lo que no pudieron aprovecharse de la sorpresa. Según sus datos Belchite sólo contaba con un centenar de defensores. Desde mi punto de vista se trataba de una trampa: Belchite estaba fortificado, con casamatas de cemento y hierro, nidos de ametralladoras y resistentes edificios adaptados para apoyar la defensa, como el Seminario y la Iglesia de San Agustín. La superioridad aérea de los nazi-fascistas impidió un adecuado reconocimiento de la aviación republicana. Cuando los republicanos consiguieron tal superioridad no se hizo uso de ella, para mantener el factor sorpresa. Y, rebasada la posición de Belchite, durante las primeras horas de la ofensiva, no merecía la pena dedicar más medios sobre dicho punto, sino sobre los centros de resistencia a los ejes de avance principal. Así que los republicanos se estaban metiendo en dicha trampa sin conocer adecuadamente a lo que se iban a enfrentar. El 29 de agosto el Consejo Provincial de Asturias, presidido por Belarmino Tomás, del PSOE, aprovechándose de la desconexión con el Gobierno central, cambió su nombre por el de Consejo Soberano de Asturias, tomando todos los poderes civiles y militares. Ni más ni menos que un auténtico golpe de Estado. Su primera actuación fue destituir, ilegalmente, al General Gámir Ulíbarri, y sustituirlo por el Coronel Adolfo Prada. El Comandante Francisco Ciutat era su Jefe de Estado Mayor.

 

El Ejército del Norte no llegaba ya a los 40.000 soldados, fundamentalmente  agrupados en el XIV Cuerpo de Ejército, a las órdenes de Francisco Galán, hermano del Capitán fusilado por el levantamiento republicano de Jaca. Sólo contaban con dos patrullas de “Moscas”, y varias más de “Chatos”. Debían defender una especie de triángulo, entre los 120 kmtrs. de costa y los 90 de terreno montuoso entre Gijón y La Robla. Al Oeste tenían la debilidad del entrante de Oviedo, en poder de los franquistas, ya comunicado con Galicia por un consolidado corredor. El 31 de agosto el submarino italiano “Iride”, al Norte de Alicante, lanzó varios torpedos contra el destructor británico “Havock”. Durante ese mes habían echado a pique 200.000 toneladas de envíos a la República Española, incluidos 18 buques mercantes de países neutrales y 8 de Gran Bretaña, que, por todo lo expresado, no podría considerarse como tal, aunque comerciaran con ambos bandos. El 1 de septiembre el General Dávila comenzó su ofensiva contra Asturias, mediante un movimiento en tenaza, desde el Este y el Sudeste, lugares propicios para la rápida comunicación con los Frentes de Aragón y Centro, según dictaban la experiencia anterior y la lógica. Ambos vectores puntaban a converger en Gijón, donde finalizaría la campaña en el Norte. Las tropas a su cargo duplicaba, cuando menos, a las republicanas. Solchaga tenía a sus órdenes las cuatro Brigadas navarras y la de Castilla. Aranda a las tres Divisiones gallegas y al Cuerpo de Tropas “Voluntarias” italiano. Además contaban con 250 aviones, en su mayoría de la Legión Cóndor. A pesar de tan apabullante superioridad aérea sólo avanzó a una media de un kmtr. diario. Demostrando una increíble entereza y temeridad, los republicanos hicieron un buen uso de las anfractuosidades de los Picos de Europa y la cordillera cántabra.

 

A las 10 de la mañana de aquél mismo día se inició el asalto republicano a Belchite, con bombardeo artillero y aéreo, efectuado por la primera promoción de pilotos españoles adiestrados en la U.R.S.A.. La mayoría de las casas de ladrillo de Belchite quedaron demolidas, convertidas en polvo. Esto permitió hacer un uso adecuado de los carros de combate. Sin embargo la resistencia continuaba siendo tenaz. Franco no hizo nada por ayudarla ni diluirla. Sería consciente del coste que le costaría a los republicanos y se los entregó en sacrificio. Había aprendido a no retirar tropas de una ofensiva ya en marcha, a no preocuparse por perder terreno, continuando con su estrategia de desgaste, agotamiento, exterminio, del resto de España. El 2 de septiembre los republicanos tomaron el Seminario, y se cercó la Iglesia. Los franquistas se parapetaron con sacos terreros en la calle Goya, enfilando los avances por la calle Mayor. El 3 de setiembre, figura en el diario del conde Ciano: “Gran orquesta franco-ruso-británica. Motivo: piratería en el Mediterráneo. Responsabilidad: fascista. El Duce está muy tranquilo”. No creía que los británicos quisieran enfrentarse a ellos. Y tenía razón: hicieron todo lo posible, y más, por evitar la guerra, y fue Francia la que los forzó a ello. Chamberlain había adoptado una política, contraria a las recomendaciones de Eden, de hacer lo que fuese para separar a Italia de Alemania. Había indicios de que era factible, dadas las rivalidades entre ambas por el deseo de Hitler de anexionarse Austria. Así que escribió directamente a Mussolini, de la forma más amistosa, al tiempo que encomendaba a Lord Perth, el embajador británico en Italia, un converso al fascismo, que negociase un Tratado de amistad, para lo que llegaría a usar a la esposa de su hermano, que lucía orgullosa y ostentosamente insignias y condecoraciones fascistas, como enviada especial. Sólo un pequeño grupo del Partido Conservador comprendía el riesgo que conllevaba la diplomacia de Chamberlain.

 

Entre ellos, Harold Nicholson, junto con Duff Cooper, mantenían que la IIª Guerra Mundial había comenzado en julio de 1936, en España, y que las clases dominantes británicas habían colocado al país en una situación muy peligrosa, al coquetear insensatamente con Franco. Sólo preocupaba al Gobierno conservador que los nazi-fascistas abandonaran sus bases en España tras el fin de la guerra. Pero ¿por qué iban a soltar la presa tras tenerla agarrada, tras habérseles permitido que empleasen dinero, material y hombres en atraparla? Fueron los franceses los que, por fin, se dieron cuenta que al nazi-fascismo había que plantarle cara. Que, de no hacerlo, se les permitía que fuesen ganando batallas, poco a poco, sin ninguna oposición real: la teoría de las rodajitas del salami, que no cabe entero en la boca. Así Delbos expuso que había que detener los ataques submarinos italianos. El 4 de septiembre, “Mundo Obrero” enaltecía la inteligente y acertada labor del Gobierno, que había dado, por primera vez, movilidad a todos los Frentes (una referencia directa al letargo de los anarquistas en Aragón) consecuencia de la unidad nacional. Lo que insinuaba lo acertado de la campaña previa contra los ácratas en aquella zona. Mientras, continuaba la resistencia en Belchite, cuando se inició el asalto final. Los franquistas se defendieron casa por casa, favorecidos por las escombreras y las ruinas de los muros, como ocurriría siete años después en Montecasino. La lucha, cuerpo a cuerpo, se decide a bayoneta calada. Los republicanos debían incendiar las casas que aún quedaban en pie. Los franquistas se replegaron hasta la Iglesias de San Martín y el Ayuntamiento, donde continuaron resistiendo. El día 5 de septiembre Solchaga llegó a Llanes, en Asturias. Sin embargo las Brigadas navarras no conseguían dominar el paso de El Mazuco.

 

Durante 33 días lo retuvo un grupo de soldados de la República, a las órdenes de un obrero de la C.N.T. de La Felguera. Repetidamente fue conquistado y reconquistado en ataques a la bayoneta. El 6 de septiembre concluyó la terrible batalla de Belchite. Durante ella, en las planicies aragonesas, los republicanos se habían quedado sin reserva de agua. Cadáveres putrefactos de hombres y animales, bajo el calor estival, hedían la campiña, con la colaboración del cierzo. Hasta el punto de que los sepultureros tuvieron que utilizar máscaras antigás. Nuevamente la República podía notificar al resto del mundo que había reconquistado territorio. Igual que en Brunete. Pero, tras 13 días de enormes sacrificios sólo habían avanzado una decena de kilómetros, alargando aún más la línea del Frente, puesto que no había conseguido rectificarla. Y sólo se habían reconquistado 5 poblaciones, lo que no compensaba en absoluto la pérdida de Cantabria. Menos aún considerando las graves costes en material, especialmente de tanques. Para Walter eran peores que las de Brunete. Nuevamente se culpó a los quintacolumnistas: informó que, en la unidad sanitaria de la 35 División, y en muchos hospitales españoles, estaban muriendo brigadistas por intervenciones quirúrgicas negligentes o innecesarias, diagnósticos y tratamientos propios de saboteadores. Que debía haber una amplia organización de espionaje y terrorista trotskista en la XIV Brigada Internacional, que pretendían asesinarle a él y a Hans Sanje, Jefe de la Brigada. Que había pedido que el NKVD de Barcelona investigara, pero lo hizo el propio comandante de la Brigada, que acabó con la vida de un Teniente francés en el interrogatorio, por lo que no se pudo demostrar la sospechada organización. En realidad todo ello no era más que una cortina de humo, que costó la vida de un hombre y muchas sospechas y desconfianzas mutuas, para justificarse. Si el “problema” estaba entre los médicos ¿por qué no se les investigó o interrogó a ellos?

 

¿Por qué dio por zanjada la cuestión con la muerte de un oficial? En realidad la situación era mucho mejor que en Brunete: se había aprendido de la experiencia, y, a pesar de todos los sacrificios que las tropas republicanas debieron sufrir, entre ellos soportar la sed en aquel tórrido verano, no se les exigió proezas desmedidas, por lo que no hubo motines ni plantes como entonces. Para Líster, Walter se había dedicado a objetivos secundarios, en lugar de concentrarse en la tarea fundamental. Lo mismo se podría decir respecto de Modesto, y todo el V Cuerpo de Ejército. Quizás, en este punto, Líster había sido más certero que el resto de dicha agrupación, aunque las unidades a su cargo, igual que las Divisiones situadas al Nordeste, no habían sido capaces de derrotar y superar las fuerzas que los franquistas enviaron para detener su avance. El General Pozas acusó directamente a Walter del fracaso de toda la operación. Quizás esto también sea excesivo, a menos que se considere que el objetivo inicial, primario, era Belchite, lo que supone tergiversar la verdad de los acontecimientos. En realidad Belchite estaba preparado para resistir y, respecto del tiempo que costó su conquista, tampoco se puede achacar nada a los republicanos. Sólo que el tiempo y esfuerzo dedicado para tomarlo debió dejarse para mejor ocasión, sorteando y sobrepasando a las tropas franquistas para llevar la batalla directamente hasta las calles de Zaragoza, como estaba inicialmente previsto.

 

Que Franco contaba con la resistencia de Belchite, que conocía, o habían supuesto, que, tarde o temprano sería objeto de un ataque; que se trataba de una trampa; que en absoluto estaba contento con que hubiesen sido aniquilados, que las unidades enviadas para acabar con su asedio no hubieran sido capaces, ni siquiera, de llegar cerca de dicha población, lo demuestra el hecho de que no les dio el tratamiento de héroes ni de mártires. Y que se negó siempre a la reconstrucción de dicho pueblo, para que quedase como ejemplo de la destrucción de los republicanos (quizás para justificar la suya de Madrid, Guernica, y, más tarde, de Barcelona, aunque no se puede comparar una localidad de primera línea, fortificada, quizás evacuada, con los cobardes ataques aéreos contra núcleos civiles de retaguardia) y, quizás, como castigo por no haber mantenido más tiempo la resistencia. Para los anarquistas el fracaso de la ofensiva provenía de los enfrentamientos políticos en la retaguardia, y del desconocimiento del terreno por parte de los mandos comunistas, todo lo cual llevó a la paulatina desmoralización de sus milicianos. Prieto criticó la actuación del ejército coléricamente, lo que le costó la antipatía de los mandos militares comunistas, los que mayor peso habían tenido en la acción y en las decisiones sobre el terreno. Y también de su Partido. En realidad, la principal crítica que podía hacerse a la ofensiva contra Zaragoza era de tipo cronológico: no haberla hecho antes, cuando podía haber frenado la embestida requeté contra Madrid, un año antes, contra Bilbao o contra Santander. Y nadie pareció considerarlo en su momento. Tras haber sopesado la actuación en Brunete, cuando las críticas de sus aliados por la pérdida de terreno fueron inapreciables, Franco no volvió a caer en el mismo error de demorar el asalto en el Frente Norte, reposicionando excesivas tropas.

 

Además contaba con la toma de Bilbao y de Santander, triunfos suficientes como para minimizar la pérdida de cinco pueblos. Prefirió que sus tropas fuesen rechazadas, tras haber conseguido su objetivo de frenar la ofensiva republicana, imposibilitando la toma de Zaragoza, que era su preocupación fundamental. Consciente del riesgo de la resistencia asturiana si contaba con la ayuda de la climatología invernal, el General Dávila reposicionó rápidamente sus tropas, en cuanto contó con las desplazadas para defender Zaragoza. Prieto, y un grupo cada vez más numerosos de militares profesionales, estaban empezando a comprender la estrategia de desgaste fascista, y a ver que la dirección comunista de las operaciones, excesivamente centrada en conseguir éxitos inmediatos, demostrar iniciativa, promover una propaganda triunfalista, dentro y fuera del país, era destructiva para la resistencia, a largo plazo, de la República. El 7 de septiembre el crucero “Baleares” echó a pique un convoy soviético completo. El 10 se intensificó la ofensiva en Asturias. La Legión Cóndor se empleó a fondo, bombardeando repetidamente a diestro y siniestro. En especial contra Arriondas e Infiesto, las conexiones en la retaguardia y Gijón. A consecuencia de ello el Consejo de Asturias organizó la evacuación de 1.200 niños al puerto de Saint-Nazaire, en Francia. De allí fueron reenviados a Leningrad. Anteriormente el País Vasco ya había expatriado a 14.000 niños, que fueron acogidos en Gran Bretaña, Francia, Bélgica y la U.R.S.A..

 

A lo largo de la guerra la República evacuó al extranjero 33.000 niños, que así pudieron librarse de los cobardes bombardeos de las poblaciones, terrorismo militar, de uniforme, así como el hambre que pesaba sobre los defensores de la constitucionalidad, en buena parte consecuencia del criminal bloqueo comercial decretado por las “democracias occidentales”. Con ayuda de dichos ataques aéreos, Solchaga logró abrir brecha, sobrepasando la línea de defensa del Sella. Mientras tanto, el Cuerpo de Tropas “Voluntarias” italiano asaltaba Avilés. Ese mismo día se convocó una conferencia a orillas del lago Leman, en Nyon. Alemania e Italia no asistieron, alegando que aún no se había dado una respuesta satisfactoria, para ellos, al ataque al “Leipzig”, o a las acusaciones soviéticas de que los submarinos “piratas” eran italianos. Los Gobiernos de Francia y Gran Bretaña se contentaron con lamentar la ausencia, comprometiéndose a comunicar al Eje de lo que decidieran. Von Neurath informó a Ciano que la inteligencia naval británica había interceptado comunicaciones entre sus submarinos, a lo que éste le respondió que tomarían más precauciones, pero no que fuesen a acabar sus ataques, que, en cierta medida, podían considerarse autorizados por el Comité de No Intervención… si ésta era a favor de la República Española. La aviación alemana se ve incapaz de atacar eficazmente los puertos de montaña astures, en los que la resistencia republicana era obstinada. Idearon unir latas de gasolina a sus bombas incendiarias y explosivas de 10 kgrs.. El material inflamado se desparramaba por las laderas, anegando las trincheras y posiciones débilmente fortificadas.

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