El Frente cántabro

 

Según escribió Bolloten, en su “La Revolución Española”, uno de ellos, Secretario General del Instituto de Reforma Agraria, José Silva, lo califica de error gravísimo, que causó que un cuarto de las tierras de labrantío no estuviesen preparadas para la sementera siguiente, por lo que el Partido Comunista se vio obligado a reconstituir algunas de las colectividades desmanteladas. Hubo que reconocer el derecho de las mismas, y devolverles lo que se les había arrebatado injustamente, consiguiendo, junto con el impulso del Gobernador General de Aragón, restablecer el entusiasmo de los labradores, que lograron ultimar las faenas para la siembra de las fincas abandonadas. Con todo ello los afiliados a la CNT se desmoralizaban cada vez más, distanciándose de sus dirigentes, a los que consideraban indecisos, pactistas. Cuando Franco consideró desarticulada la ofensiva de Brunete, el General Dávila reposicionó sus fuerzas en el Frente Norte, que incluían seis Brigadas carlistas, a las órdenes del General Solchaga, y las Divisiones “Littorio”, de Begonzoli, “23 de Marzo”, “Llamas Negras” y “Flechas Negras” con soldados españoles, todas ellas a las órdenes del General Bastico, y 200 aviones. Los alemanes, tras la llegada de los Bf-109, entregaron los He-51 a los militares franquistas. Supongo que, con ello, intentaban evitar la pérdida de sus pilotos, cargándola a “sus aliados” españoles, al estar tales aparatos demostradamente obsoletos, desde la llegada de los Polikarpov, y que los alemanes se dedicaran a tomar experiencia y experimentar con el nuevo caza. El General Gámir Ulíbarri contaba con 80.000 hombres, es decir, una cifra menor que la de los franquistas, y sólo con 40 aviones, muchos de ellos ya en obsolescencia, que estuviesen en disposición de combate. La ofensiva se reanudó el 14 de agosto. La iniciaron las Brigadas navarras, a las órdenes del General Solchaga.

 

Y lo hicieron por dónde era más fácil, y lógico, esperarlas: por el Este, desde donde estaban situadas tras la conquista de Bilbao. A los italianos se les encomendó una vía de penetración mucho más complicada: asaltar la cordillera Cantábrica desde el Suroeste. Desde el primer día la 54 División republicana quedó machacada en el Este. Manteniendo el combate en retirada, la más compleja de las actuaciones militares, muchas unidades republicanas se replegaron hacia el interior de Asturias, utilizando las montañas como protección. Por tanto, las que resistieron en sus posiciones fueron embolsadas. Así ocurrió en Santoña y, más a su Oeste, en el área de Santander. Allí la desmoralización llevó a los combatientes al alcohol. La oficialidad dispuso que se patrullara para romper todas las botellas de vino. El Estado Mayor intentó la huida en barcos y barcas. Al ser descubierto se extendió el pavor entre los defensores, que se abalanzaron sobre los mismos, hundiéndolos por sobrepeso. Los Batallones 122 y 136 intentaron organizar la defensa, pero, como había ocurrido en Málaga, al comprobar que no había forma de huir, cayeron en la inacción. Así que quedaron paralizados, a la espera de los pelotones de fusilamiento franquistas, a sabiendas que era su casi seguro destino, puesto que, en el año de guerra, los republicanos, desesperados, habían hecho lo mismo con los sospechosos de fascismo. En su mayoría por orden del Coronel Neila, del PSOE. Sin embargo Ajuriaguerra continuó negociando con sus amigos italianos, en Roma. Una delegación del PNV consiguió audiencia del conde Ciano, quien le prometió que no habría represalias franquistas, y que no se forzaría a las tropas vascas a combatir del lado de Franco. En realidad todo era una engañifa, llevándoles a reducir la resistencia para, conforme progresaba el avance, argumentar el éxito para endurecer las exigencias.

 

De modo que, el que se denominó “Pacto de Santoña”, terminó siendo la entrega sin condiciones, ya que no hubo tiempo ni posibilidad de organizarlo, y los medios de rescate que se esperaban llegaron tarde a puerto. La República no tomó ninguna represalia contra el Gobierno vasco, a pesar de la pérdida de confianza en el PNV: no hubo ninguna remodelación de los Consejeros o exigencias de dimisión, y las relaciones institucionales continuaron como si nada les hubiese afectado. En medio de la guerra no era momento de reproches, de echar al PNV en los brazos de Franco o de provocar una desmoralización generalizada. El objetivo inmediato de la representación del Estado era intentar la liberación de los cautivos por defender la legitimidad constitucional. Además se presentó las negociaciones con los italianos como prueba de su intervención, del reconocimiento de que tenían tropas regulares en primera línea, con la que podían asegurar contener a sus aliados franquistas: dos objetivos completamente ilusorios. Seguían sin darse cuenta de la situación internacional, de la gran mentira de la defensa de la democracia, de los derechos humanos y las Convenciones de Ginebra, como se demostraría sólo dos años después. El Coronel Farina, al mando de la “Flechas Negras”, garantizó la salida de los soldados vascos del puerto de Santoña. Pero, cuando llegaron los franquistas, declararon que el pacto no era válido, abordaron, con sus armas, dos buques británicos, fletados por el Gobierno vasco, y los desembarcaron, a la fuerza. Tras juicios sumarísimos, el día 15 de agosto fusilaron a 14 prisioneros de guerra. Entre ellos seis nacionalistas vascos. Una nimiedad en comparación con otros actos terroristas fascistas. En base a ello el grupo terrorista “Vascongadas Y Libertad” (en vascuence Euskadi Ta Askatasuna) argumentó que la “República Vasca”, dado tal incumplimiento del pacto de rendición, continuaba en guerra contra el franquismo.

 

Sin embargo los italianos se enfrentaron a una durísima defensa. Les costó dos días, con su determinante ventaja en artillería y aviación, tomar el Puerto del Escudo. Los republicanos enviaron tres divisiones para tapar la brecha, pero llegaron tarde, cuando ya los italianos se habían consolidado. Mussolini y Ciano estaban entusiasmados, porque podían presentar como un acierto su decisión de mantenerse en España, tras del desastre de Guadalajara. Este último anotó en su diario que ningún cuadro valía lo que una bandera arrebatada al enemigo, lo que muestra sin lugar a dudas el militarismo que imbuía a todos los fascistas. El triunfalismo italiano no tenía gran fundamento, aunque necesitaban hacer contrapropaganda, autoconvencerse, tras la derrota de Guadalajara, puesto que la mitad de las tropas republicanas habían conseguido retroceder hasta los montes astures, donde resistieron durante cinco meses más, en unas condiciones de campaña mucho más duras, hasta octubre. Además, lograron organizarse en una violenta guerrilla que perduró cinco meses más, durante todo el invierno 1937-1938. Con lo que impidieron que Franco concentrase todos sus efectivos en el Frente central: fue su gran contribución al sostenimiento de la República, lo que los vascos no quisieron o no fueron capaces de hacer. Inmediatamente los ingenieros nazis tomaron los altos hornos y las fábricas, que los nacionalistas vascos consideraban su patrimonio “nacional”, y enviaron su producción a Alemania, como cobro por la ayuda que prestaban a Franco. Así que ni benefició a la República ni a los vascos, excepto por los sueldos y materiales incorporables que tuvieron que pagar. Franco consideraba que tenía ganada la guerra, gracias a la superioridad aérea y artillera con que contaba. 

 

Ahora su temor comenzaba a ser la velocidad con la que conseguirlo, la destrucción total, genocida, de cualquier oposición, que se viesen obligados a recibirlo como el “libertador”, a aclamarlo, ilusamente, como el fin de todas las calamidades, antes de que estallase la previsible nueva guerra mundial, y los republicanos, de repente, pudiesen contar con más ayuda. El Gobierno de la República necesitaba diluir el ataque franquista contra el Frente Norte. Si podía evitar su derrumbe hasta que llegara el invierno, con los puertos de las montañas cantábricas cerrados por la nieve, las tropas italianas, navarras y gallegas no estarían disponibles para reforzar el Frente Central, lo que las haría numéricamente equiparables a las republicanas, además de la mayor parte de su aviación, hasta, por lo menos, finales de la primavera de 1938. Como no podían enviarles refuerzos directamente, necesitaban realizar otro ataque, como habían hecho anteriormente, para desviar parte de las fuerzas franquistas. La pérdida de material, de hombres y, sobretodo, la peligrosa pérdida de moral, de combatividad, y la insumisión, que había acarreado la ofensiva de Brunete, desaconsejaban intentarlo de nuevo en dicho Frente. Habría de ser al Sur o al Norte del mismo. Se decidió éste último, fundamentalmente por causas políticas. Un ataque en dirección a Extremadura, aunque hubiese sido de menores proporciones, por ejemplo, hacia Toledo, habría supuesto admitir que la oposición al que Largo Caballero pretendía no estaba completamente justificada. La orografía andaluza tampoco aconsejaba un ataque en esta zona. Pero, sobretodo, en lo que Negrín coincidía con el PCE era en la necesidad de aprovechar la coyuntura para volver a dominar Aragón y Cataluña. 

 

El 17 de agosto el PSOE y el PCE publicaron un Programa de acción conjunta que incluía reforzar la unidad combativa del Ejército de la República; potenciar la industria de guerra; organizar la fortificación y la construcción de refugios para civiles; organizar y acelerar los transportes de uso militar mediante políticas de obras públicas, construcción de carreteras y ferrocarriles estratégicos, reparar las carreteras deterioradas y reponer el material; coordinar y planificar mediante un Consejo Nacional de Economía; mejora de las condiciones de trabajo y existencia de la clase obrera rural y urbana; intensificar la producción agraria y la unidad del proletariado urbano y rural; política de guerra y avituallamiento par combatientes y civiles; reconocimiento y respeto de la personalidad jurídica e histórica de Cataluña, Galicia y País Vasco (por este orden: el de aprobación de sus sucesivos Estatutos de Autonomía; ninguna mención a Andalucía, cuyo Estatuto estaba más adelantado que el del País Vasco antes de que estallase la guerra, más internacional que civil) hermanamiento con la pequeña burguesía industrial y comercial; asegurar el orden público en toda la República; fortalecimiento del Frente Popular, y de la unidad sindical, juvenil e internacional, mediante la lucha conjunta de PSOE y PCE en pos de la acción común de la IIª y IIIª Internacionales, y de la Federación Sindical Internacional, para acabar con el fascismo; y defensa de la Unión Soviética. Un Programa absolutamente realista y admirable. Sin embargo ya había indicios de que el PSOE estaba jugando a las apariencias. Según el PCE, en una reunión de la Dirección del PSOE del mes de julio, Lamoneda, su Secretario, expuso que, hablar de “unificación futura”, era la única forma de evitar que la afiliación de este Partido se pasase a la de aquél. No obstante Negrín comenzó a aplicar dicho programa. En esa época los franquistas estaban perdiendo la batalla internacional periodística.

 

Aprendiendo de la conmoción que produjo el relato de los crímenes de guerra en Badajoz, impedían que los periodistas pudiesen presenciar otras operaciones de “limpieza”, su actividad genocida. Como los militares republicanos no tenían nada que ocultar, permitían las narraciones desde primera línea, las entrevistas con oficiales y tropas. Resultado de lo cual, y, tal vez, motivado por las más frecuentes derrotas que victorias, el mundo se plagó de noticias de heroica resistencia, de la más que inhumana brutalidad del nuevo estilo de guerra mecanizada, en especial de los bombardeos. Así que el sentimiento de lástima se superpuso y superó al de justicia. Y mientras mayor era el triunfalismo y la arrogancia de los nazi-fascistas, más penetraba tal sentimiento de que la República Española debía, merecía, ser ayudada. Si la mayor abundancia de periodistas extranjeros en Madrid y Barcelona les fue perjudicial, porque rápidamente el mundo se enteró de los desmanes cometidos, y no del exterminio terrorista realizado por el fascismo, cuando comenzaron los bombardeos aéreos la situación cambió. También colaboró a ello el dominio de idiomas por parte de la aristocracia y alta burguesía, lo que facilitó que las publicaciones periódicas extranjeras reprodujesen sus invenciones, y no los testimonios de los campesinos y clases populares. Pero alteró la situación el deslenguado desconocimiento de la noción de justicia, de que hacían gala los franquistas. Por ejemplo, el salmantino Gonzalo De Aguilera Munro, Conde de Alba de Yeltes, capitán, oficial de prensa y enlace con los visitantes extranjeros, franquista, declaró al periodista inglés Peter Kemp que el gran error de los suyos era no haber fusilado a todos los limpiabotas, ya que los que se arrodillan en público para limpiar a otros sus zapatos están predestinados a ser comunistas, por lo que debían librarse de tal amenaza. 

 

Que las masas españolas eran esclavas. Que no servían para otra cosa, salvo para ser esclavas. Que había sido un error promover la higiene y las alcantarillas, acabando con la peste con la que Dios diezmaba a los obreros, por lo que los militares debían encargarse de ello. Que el 18 de julio de 1936 puso en fila a sus jornaleros, escogió a seis y los fusiló delante de los demás, para conseguir el terror entre ellos. Al periodista norteamericano John Whitaker que había que matar, matar y matar, porque eran como animales, no podían esperar que se librasen del virus del bolchevismo, porque las ratas y los piojos eran portadores de la peste. Que el programa fascista de regenerar España consistía en exterminar a un tercio de la población masculina (¿Cinco millones de personas? Obsérvese la similitud con los planteamientos nazis. Aunque éstos lo disfrazaban de exterminio de la raza judía) con lo que acabarían con el proletariado (¿quién iba a trabajar sus fincas, entonces?) lo que también sería bueno para la economía (?) porque no volvería a haber desempleo. Como si no fuese bueno para la economía (es decir, para los ricos) el desempleo, como si no lo alentaran los Gobiernos de derecha, cuando no encuentran una resistencia combativa que pueda parecer peligrosa, ya que obliga a la clase obrera a aceptar sueldos de miseria, incumplir toda la legislación favorable al trabajador, como la limitación de jornada laboral o la prevención de riesgos laborales, los lleva a la sumisión individual, la insolidaridad, el antisindicalismo, la traición de clase, y, a partir de ella, el abandono del voto militante, cayendo en las redes de la derecha. El escritor, católico y conservador, aunque demócrata, François Mauriac, preguntó a un oficial franquista por qué no se daba medicación a los prisioneros de guerra. Este le respondió que tenían pocas medicinas y eran caras, por lo que no iban a desperdiciarlas con quienes debían fusilar: mientras antes se muriesen más se ahorrarían.

 

Colaboraron con la República las líneas editoriales de “New York Times”, “Chicago Tribune”, “Le Temps”, “L’Humanité” “Ce soir” o “L’Indépendant”. Estuvieron indecisos “The Times” y “Telegraph”. Todo los demás, por ejemplo “Le Figaro”, apoyaron al fascismo. “Paris-Soir” no publicaba los artículos que le remitía Louis Delaprée, que moriría en un avión republicano, derribado cuando regresaba a París. “Times” dejó de publicar artículos de George Steer sobre el País Vasco, tras el bombardeo de Guernica, para no molestar más a los alemanes. Los políticos y mandos militares en todo el mundo, a estas alturas, consideraban difícil que la República Española pudiese resistir más tiempo, que los nazi-fascistas soltaran su presa, o que mereciese la pena implicarse en una guerra, asumir el coste de colaborar con un evidente candidato a perdedor. Entre los franquistas, como siempre ocurre con la derecha, había una profunda fe en la mentira de los suyos, y absoluta incredulidad hacia la verdad. Virginia Cowles, periodista norteamericana, llegó a Salamanca tras haber estado en Madrid. Algunos le pidieron que confirmase que los republicanos dejaban los muertos las cunetas, para que se pudriesen (en realidad, esto lo hacían los fascistas, aunque lo “justificaban” en que así permitían que fuesen reconocidos, lo que aumentab el terror, o que enterrarlos no era su cometido) o que daban los prisioneros a las fieras del zoológico, para que se los comiesen. Cuando ella lo negó la consideraron “roja”. Pablo Merry Del Val, entonces jefe de prensa de Franco, le preguntó si también llevaba en Madrid la misma pulsera de oro. Cuando le respondió afirmativamente, aquél se enfadó y no volvió a hablar con ella. Millán-Astray llegó a considerar valientes a los moros, que antes destrozaron su cuerpo, pero a los que hoy les estaba profundamente agradecido porque estaban matando españoles.

 

A continuación rectificó: “quiero decir los malos españoles”. Que aquellos estaban dando su vida en defensa de la sagrada religión de España, asistiendo a misas de campaña, colgando medallas y Sagrados Corazones en sus chilabas. Por el lado republicano el mayor “pecado” fue el triunfalismo, con el que se trataba de elevar la moral y el espíritu de resistencia. Cualquier ofensiva o pequeña victoria, se insuflaba y exageraba con afán propagandista. Sin embargo, el conocimiento de la amarga realidad terminaba produciendo una decepción mayor. Por ello se desperdiciaron gran cantidad de hombres y medios en operaciones que ya habían fracasado, antes de admitir la derrota. Así se colaboró, inadvertidamente, en la estrategia franquista del desgaste, del exterminio. El traidor Coronel Casado interpretó que fue la mayor causa de la derrota. La República pretendía convencer a las “democracias occidentales” que se mantenía una democracia liberal y la propiedad privada de los medios de producción, como si con ello pudiesen hacerlos cambiar de bando, alejarles del nazi-fascismo. Pero, simultáneamente, debían satisfacer a los obreros que luchaban por la revolución  social,  especialmente  a  los  anarquistas. El  Gobierno  ordenó  censurar   –responsabilidad que dependía de Alvarez Del Vayo- la salida al exterior de cualquiera de dichas informaciones internas, que pudiese contradecir su línea diplomática. La guerra española atrajo a todo tipo de artistas e intelectuales, especialmente a los escritores, en su mayoría hacia el bando republicano. La experiencia de la Iª Guerra Mundial, y también del realismo socialista, habían hecho recapacitar sobre la posibilidad, la moralidad, de un arte, una intelectualidad, despreocupados por un acontecimiento de semejante envergadura. La gran mayoría, en particular los exiliados del nazi-fascismo alemán e italiano, hicieron ver la trascendencia de lo que se dirimía en los olivares españoles, las esperanzas, las teorías, los ideales que estaban en juego. 

 

Muchos de ellos vinieron para defender en España, con armas o con sus ideas, su expresión o sus obras, lo que entendieron como “la última gran causa”. Naturalmente no faltó la atracción romántica que España ha inspirado siempre. Aún lo hace, con su tipismo, los tópicos superpuestos e incesantemente alimentados, tanto en los medios escritos, ya que no en las otras expresiones artísticas, pero sí en la experiencia personal turística, que no llega a objetivar el juicio, sino a confirmar lo pre-establecido. Vinieron de Francia André Malraux, con su escuadrilla de cazas, Antoine de Saint-Exupéry, que también pilotó otro, y en uno de ellos encontraría la muerte, cuando la liberación de su país era inminente, Jacques Maritain o Louis Aragon. George Orwell, de Gran Bretaña. Ernest Hemingway o John Dos Passos, de Estados Unidos. Ilya Ehremburg o Mijail Kotsov, de la Unión Soviética. O Pablo Neruda, de Chile. Samuel Bekett escribió “¡VIVALAREPÚBLICA!”. William Faulkner y John Steinbeck declararon su odio al fascismo. Aldous Huxley era contrario al comunismo y simpatizante anarquista. También estaba próximo a la Federación Anarquista Ibérica John Dos Passos. Algunos traían ideas preconcebidas, ilusas, ingenuas, incompatibles con la realidad de un país en guerra, se desmoralizaron y regresaron al constatar lo que no cuadraba con tales idealizaciones. Se cuenta que Durruti habló durante una hora con un falangista de 15 años que habían capturado, intentando convencerle de lo erróneo de sus ideas. Le dio un plazo de 24 horas para cambiar de bando, tras lo cual lo fusiló. 

 

Entre los españoles estaban Claudio Sánchez Albornoz, Américo Castro, Pau Casals, Rodolfo Halffter, Alfonso Rodríguez Castelao, Pere Bosch Gimpera, Luis Buñuel, Pablo Ruiz Picasso, Joan Miró, Antonio Machado, el premio Nobel Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén, Pedro Salinas, el premio Nobel Vicente Aleixandre, Rafael Alberti, Luis Cernuda, José Bergamín, León Felipe, Max Aub, Ramón J. Sender, del que destaca “Réquiem por un campesino español”, escrito en el exilio, Miguel Hernández, que estuvo en las trincheras y, después, para proteger su vida, nombraron comisario político, Salvador Espriu, Francisco Ayala, Antonio Buero Vallejo, María Zambrano, Mª Teresa León, Manuel Altolaguirre, Emilio Prados, Pedro Garfias, Rosa Chacel, Eduardo Zamacois, Roger De Flor o Juan Usón, conocido como “Juaninus”. Varios de ellos escribieron para “Nueva Escena”, sección teatral de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, que representaba en calles y plazas obras adecuadas a la situación, que definieron como “guerra popular por la independencia”. Destaca la revista popular “El Mono Azul”, quizás relacionada con el uniforme que inicialmente distinguió a los milicianos. En ella publicó Miguel Hernández su insuperable arenga poética “Viento del pueblo”, y Rafael Alberti “Romancero de la guerra de España”.

 

Por el lado franquista Eugenio D’Ors, Manuel Machado, del que nunca se aclarará si su decantamiento fue consecuencia de haber quedado en la zona sublevada, y debió demostrar su desvinculación familiar, José Mª Pemán, Francisco Cossío, que intercedió por la vida de Miguel Hernández cuando éste fue apresado, Concha Espina, Ricardo León, Wenceslao Fernández Flores, Josep Pla, Eduardo Marquina, José Mª Castroviejo, Alvaro Cunqueiro, Pedro Laín Entralgo, José L. López Aranguren, Antonio Tovar, Luis Díez Del Corral, Antonio Maravall, Gerardo Diego, Luis Rosales, Gonzalo Torrente Ballester, Pedro Muñoz Seca, Rafael Sánchez Mazas, Agustín De Foxá o Dionisio Ridruejo. A favor del fascismo estaban el sudafricano Roy Campbell, admirador de Queipo De Llano, al que compara con la prosa de Quevedo, y que, en 1939, publicaría Flowering Rifle, un insufrible poema de 5.000 versos profundamente racista y antisemita, Peter Kemp, un ultraconservador que combatió con los carlistas y, después, en la Legión Extranjera, que escribió en 1937 Mine Were of Trouble, con sus experiencias españolas, Charles Maurras, Paul Claudel o Pierre Drieu La Rochelle. Controlaban “ABC” de Sevilla (la edición de Madrid fue tomada por los trabajadores y continuó publicando, con inmejorable calidad, al servicio de la República) “El Heraldo de Aragón” en Zaragoza, “El Norte de Castilla” en Valladolid, “Ideal” en Granada, “El Faro” en Vigo, “La Voz de Asturias” en Oviedo, “Gaceta regional” en Salamanca, “El Pensamiento Navarro” en Pamplona, o “Diario de Burgos”. Falange editó “¡Arriba España!”, “Vértice”, “Fe” en Sevilla, “Patria” en Granada, “Odiel” en Huelva, “Sur” en Málaga y la revista cómica “La Ametralladora”, cuyos redactores fundaron, en la postguerra, “La Codorniz”.

 

Los republicanos contaron, además, con magníficos cartelistas, que, basándose en los antecedentes soviéticos, y con influencias cubistas, llegaron a una gran perfección artística, pero, sobretodo a una innegable eficacia, sumando imaginación, realismo en las imágines, simplicidad en el mensaje global y en el texto, acertadamente seleccionado, todo lo cual llegaba directamente al subconsciente, independientemente de la temática: llamadas a la defensa, a la lucha, denunciando hechos o precaviendo sobre el espionaje o las infecciones venéreas. Las emisoras de radiofrecuencia fueron utilizadas, desde el principio y con continuidad, para la información inmediata, la arenga, la propaganda y la recluta enfebrecida. Y, también, para tergiversar la verdad y la realidad. Los republicanos utilizaron las cadenas de Unión Radio, Radio España, La Voz de España, que emitía internacionalmente, y las muchísimas de Partidos y organizaciones sindicales. Los fascistas ocuparon Radio Tetuán, Radio Ceuta, Radio Sevilla, de la cadena Unión Radio, que, el 18 de julio de 1936, comenzó emitiendo mensajes de los sindicatos llamando a la defensa de la República. Hasta que Adolfo Cuéllar advirtió a Queipo De Llano de lo que ocurría, y éste se la apropió. Continuaría radiando desde ella sus criminales, sádicas, sexistas y sexuales arengas, hasta que las quejas de la Iglesia Católica obligaron a Franco a prohibírselo. Y todas las demás emisoras, conforme las fueron conquistando. Para aumentar la baja cobertura inicial, llevando su propaganda hasta el extranjero, les ayudaron las emisoras aliadas de Lisboa, Roma y Berlín. Al ir apropiándose de todo resquicio de poder, la única información permitida se enviaba desde el Cuartel General del Generalísimo (¿o Generalísimo del General?) con el que debían conectarse todas las emisoras a las horas de difusión del “parte de guerra”, que, al ir ampliándose en competencias, políticas, noticieras e internacionales, se quedó en “parte”. Quizás por su indisimulado partidismo, que, incoherentemente, pretendía acabar con los partidos políticos, aunque no comenzaba por el suyo propio, el Partido Unico que estaban dispuestos a permitir. Un medio que no utilizaron los franquistas, hasta la postguerra, fue la cinematografía. En la España republicana, desde el principio, de forma espontánea, por la misma iniciativa privada, comenzaron a proyectarse películas soviéticas que enaltecían los valores de la resistencia popular, que parecía lo más adecuado al momento, y que tuvieron una sorprendente aceptación. Así “Tchapáiev”, el héroe que llamaba a los campesinos rusos a defender la revolución, y que moría al final, por lo que, en algunas horas, no se proyectaba el último rollo, para evitar su efecto desmoralizador, desmotivador, desesperanzador. O “Los marineros de Kronstadt”, una falseada y propagandística visión sobre dicha rebelión, transformada en la conversión de una banda de marinos anarquistas en una disciplinada formación del Ejército Rojo. Y también “El acorazado Potemkin” de Serguei Eisenstein, “Los marineros del Báltico”, “El carnet del Partido” o “La juventud de Maksim”. Y los documentales sobre la guerra de España, como “Madrid se defiende”, “Madrid en llamas”, o “Ispaniia”, de larga duración.

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