El fin del poder institucional anarquista

 

Más tarde, en otro informe, indicó que la mayoría de Partidos políticos y sus dirigentes, funcionarios y soldados consideraban a los brigadistas como una organización extranjera, un conjunto de entrometidos, mientras éstos creían que se les consideraba una legión extranjera, un cuerpo de mercenarios, que podía ser enviado al sacrificio sin contemplaciones. En la XI Brigada Internacional ya sólo quedaba un 10% de extranjeros. Al resto de sus miembros, españoles, no les gustaba que sus oficiales no lo fueran, que ni siquiera hablasen castellano. La Brigadas XIV y XV habían quedado en menos de la mitad de sus efectivos, con sólo dos Batallones, incompletos. El jefe del campo de entrenamiento de las Brigadas Internacionales, en Albacete, Gómez, comunicó al directorio de la inteligencia militar soviético, en Moscú, que el rendimiento de los brigadistas internacionales había quedado afectado por la obra sistemática de la quinta columna. Es decir, insinuaba que eran proclives a dejarse influir por la contrapropaganda de agentes franquistas o tenían contactos con ellos. Todo esto influiría en la decisión de repatriarlos, un año más tarde. Los informes soviéticos indican que habían sufrido 4.300 bajas en Brunete, y tenían casi 5.000 hospitalizados, de un total de 13.353 hombres. Franco consideró que los republicanos habían perdido su capacidad combativa, y que podía ser un buen momento aprovechar las fuerzas acumuladas para dirigirse, de nuevo, contra Madrid. Al parecer fue Vigón quien lo convenció del riesgo de empantanarse de nuevo allí, de que llegara el invierno sin acabar con la resistencia en el Norte. Así que, el 25 de julio, Franco propagó que Santiago Apóstol le había dado la victoria, considerando concluida la batalla: no se cortaba un pelo. Pero lo cierto es que, para su estrategia de desgaste, de agotamiento, de exterminio, era un triunfo, un paso más.

 

No así para sus aliados, que, tras la amarga experiencia de la Iª Guerra Mundial con dicha estrategia, trataban de probar, de demostrar, la eficacia de la “guerra rápida”, la “guerra relámpago”, y las circunstancias no les eran favorables. Aunque los alemanes tampoco deseaban evidenciar todo su poder, poner sobre aviso, antes de tiempo, a sus futuros contendientes. La República había conseguido demorar en cinco semanas la ofensiva franquista en el Norte. Era un breve plazo, pero durante él, se había conseguido reorganizar la resistencia, fortalecer, por lo que se mantuvo durante un par de meses, no más, ya que no podían enviárseles hombres ni armas en su apoyo. Distinta evaluación merece el coste que todo ello había significado. Los 50 kmtrs. cuadrados conseguidos no habían alejado ni un metro el asedio franquista del centro de Madrid. Y ello al coste de 25.000 bajas, las tropas más experimentadas y eficaces, cuando los franquistas estaban aumentando sus fuerzas en combate, igualando en número a las republicanas, además de la inutilización del 80% de los medios acorazados y un tercio de la aviación con que contaba dicho Frente. Tales pérdidas eran, además, difícilmente recuperables, dado que la armada de Franco estaba completando el bloqueo de los puertos republicanos. La propaganda, excesiva y anticipada, sobre el triunfo de la ofensiva, durante los dos primeros días, forzaron a Miaja y a su Estado Mayor a mantenerla, a pesar de conocer tales terribles costes, hasta que el Frente se desmoronó, aunque no de modo irreversible. Por mucho que los comunistas insistiesen en la bondad del plan, éste no preveía que los franquistas iban a recuperar la superioridad aérea en poco tiempo, con los aeropuertos de Avila y Talavera de la Reina a 30’ de distancia, poniéndoles a su alcance tal cúmulo de unidades en un área tan localizada y despejada, desprotegida. Los franquistas sufrieron 17.000 bajas, pero, nuevamente, con un menor índice de letalidad.

 

Sus pérdidas materiales fueron pocas, ya que el sector escogido para el avance era, precisamente, con toda lógica, donde menor concentración de medios disponían los franquistas, y cuando llegaron éstos con las unidades destinadas a taponar el avance, ya no volvieron a retroceder, a dejar material abandonado, y su aviación anuló la capacidad artillera y aérea republicana, y, con ello, de causar tales daños. Aunque la población republicana volviese a considerar posibilidades de victoria, por lo menos de un alto el fuego, no ocurrió lo mismo con los combatientes: los que habían sufrido o presenciado las pérdidas, las desbandadas, quedaron profundamente impresionados, desmoralizados: se extendía la desconfianza sobre la efectividad de tal sacrificio. El Gobierno de Negrín había producido positivos efectos en Eden y en Churchill. Sin embargo esto no tuvo ninguna repercusión sobre la República Española. Ambos comenzaban a darse cuenta de la errónea política británica respecto de Hitler: demasiado tarde. Esto hacía que Eden cada vez estuviera más distanciado de Chamberlain, yerno del compositor ultranacionalista alemán, Richard Wagner, tan admirado por los nazis. Por ello, el Primer Ministro británico cada vez confiaba menos en Eden, lo que llevaría a éste a dimitir sólo seis meses después. Y Churchill seguía completamente desprestigiado, desde la terrible derrota de Gallipólis, en la costa greco-turca, desembarco auspiciado por él, durante la Iª Guerra Mundial. Sería necesario el comienzo de la IIª para que, por fin, se prestase atención a los profetas agoreros, que suelen ser los que siempre aciertan. Pero ya era tarde para la fallecida República Española. A fines de 1936 ésta había conseguido adquirir aviones a una empresa privada estadounidense. Roosevelt, de inmediato, firmó leyes para evitarlo.

 

 Pocas horas antes de que entrase en vigor, los aviones pudieron ser embarcados en el carguero español “Mar Cantábrico”, que zarpó hacia Méjico. Allí izó a bordo más material bélico y se encaminó al País Vasco, haciéndose pasar por buque británico. El crucero franquista “Canarias” partió de El Ferrol el 4 de marzo. El día 8 apresó al “Mar Cantábrico” y fusiló a todos sus marinos ¿Bajo qué acusación? Puro terrorismo, para forzar a los trabajadores a inspeccionar a favor de los franquistas, en contra de la República, en contra de la democracia. Es como cuando (am)Bush IIº lanzó octavillas contra los soldados de reemplazo irakíes, que servían afustes antiaéreos, amenazándolos de muerte si los utilizaban para defender su país en contra de la invasión extranjera. Los franquistas ni siquiera amenazaba: fusilaban directamente. Ese mismo día el Comité de No Intervención acordó un control de fronteras, incluida la de Gibraltar, que dejaba sin vigilancia las de Portugal. Estaba formado por 8 países, entre ellos Alemania e Italia, los dos máximos intervinientes en dicha guerra. El control costero, pura piratería marítima, se encomendó a Gran Bretaña, Francia Alemania e Italia. A los italianos se les “confió” el bloqueo mediterráneo. Es decir, que impidiesen que ellos mismos les facilitaran armamento a sus aliados fascistas, y que la Unión Soviética pudiese hacerlo a la República Española, con la que aquellos pretendían acabar. O sea: un Comité en contra de la democracia en España. Aún así Franco, cada vez más impregnado del antibritanismo hitleriano, quizás tratando de crear ambiente para quitarle las concesiones mineras y desviar el comercio, a favor de Alemania, propagaba que dicho Comité era una conjura comunista en contra suya. Sin embargo, el 23 de marzo, el conde Grandi, embajador de Italia, reconoció en el mismo, si bien como opinión personal, que su país tenía tropas en España, y que no saldría ni uno de sus soldados de allí hasta que no se terminara la guerra.

 

Pues bien, a pesar de ello, nadie se dio por enterado de que se trataba de un país interviniente, implicado, que contravenía los acuerdos de tal Comité, por lo que correspondía haberle expulsado del mismo. O, como mínimo, relevarle de sus misiones de vigilancia costera para “garantizar” la no intervención… de nadie más que ellos. Sólo se acordó que cada país miembro dispondría leyes para impedir que sus habitantes, a título particular, pudieran alistarse voluntariamente en España. Pero no impedía que los diversos Estados obligasen a sus reclutas forzosos a prestar su servicio militar obligatorio donde mejor les pareciera. Es decir: era una medida directamente encaminada contra las Brigadas Internacionales. En contra de que pudiesen apoyar a la República Española. En contra de la democracia en España. El plan de vigilancia duró desde abril hasta otoño. Desde el 17 de mayo era Primer Ministro británico Lord Neville Chamberlain. Los días 24 y 26, bombarderos de la República, con base en Valencia, pilotados por soviéticos, arrojaron bombas sobre el puerto de Palma de Mallorca. Allí estaban anclados el “Quarto” y el “Mirabello”, de la armada italiana, el torpedero alemán “Albatross”, y el “Hardy”, buque de guerra británico. El 29 de mayo se repitió el ataque, cayendo una bomba sobre los camarotes de la oficialidad del “Barletta”, acorazado italiano. A consecuencia de ello murieron seis de sus oficiales. Y el “Deutschland”, acorazado “de bolsillo” alemán, en aguas ibicencas, recibió dos bombas, que mataron a 20 marineros e hirieron a 73. Hitler estuvo a punto de declarar la guerra a la República (quizás era esto lo que se pretendía, tratando de acabar con tanta falsedad, y que las “democracias occidentales” se decidiesen a impedir que Alemania atenazase a Francia por ambas fronteras: otra demostración de ingenuidad por parte de quien autorizara o realizase tal bombardeo) aunque Von Neurath logró disuadirle.

 

Los Gobiernos de Alemania y de Italia protestaron, aduciendo que se encontraban en misión de vigilancia, según lo dispuesto por el Comité de No Intervención. El 30 de mayo Alemania e Italia abandonaron el Comité de No Intervención. Pero Hitler no se conformó con ello: al amanecer del 31 de mayo, sin avisar, el “Admiral Scheer” y otros buques de guerra alemanes bombardearon Almería, que carecía de fortificaciones o artillería costera. Según el Ayuntamiento la ciudad recibió 200 andanadas, que acabaron con 40 edificios y 20 personas, hiriendo a otros 50. Prieto quería una respuesta directa, bombardeando a la flota alemana, pero los comunistas se asustaron, porque su efecto sería semejante a una declaración de guerra. Consultaron por radiofrecuencia con Moscú, donde les informaron que tampoco estaban de acuerdo con ello. Así lo expresaron Giral, Hernández, Largo Caballero y Azaña. Lo único que se hizo fue notificar la protesta al Secretario General de la Sociedad de Naciones y a los Ministerios de Asuntos Exteriores francés y británico, quienes, como era de prever, se pusieron de parte de los alemanes. Alvarez Del Vayo pidió una sesión extraordinaria y urgente del Consejo de la Sociedad de Naciones, lo que tampoco fue aceptado. El 12 de junio, tras la intervención diplomática de Chamberlain, y aceptar las peticiones de Alemania e Italia, aquella volvió al Comité de No Intervención. De inmediato, el día 15, evaluando la debilidad de Chamberlain, y pretendiendo sacar provecho de ello, denunciaron que su crucero “Leipzig” había sufrido el ataque de un submarino no identificado al Norte de Orán, por lo que exigieron sanciones a la República Española. Esta rechazó estar relacionada con el pretendido ataque. Francia y Gran Bretaña rechazaron tal petición de sanciones, por lo que alemanes e italianos dejaron de realizar patrullas de bloqueo naval, piratería marítima.

 

A comienzos de julio, Juan Negrín y José Giral, Ministro de Estado, acompañados por Azcárate y Ossorio y Gallardo, embajadores de la República Española en Londres y en París, se reunieron con Camille Chautemps, nuevo jefe del Gobierno de Francia, Ivon Delbos y Léon Blum, que continuaban como Ministros. La intención de Negrín, era acabar con la farsa de la No Intervención. Algo lógico, razonable, una actitud clara, directa, rotunda, científica, propia de su personalidad. Pero la política, la diplomacia, desgraciadamente, no funcionan así. Delbos estuvo más proclive que en otras ocasiones. Quizás porque Blum ya no era responsable del Gobierno. Dijo que no permitirían las pretensiones alemanas, que los buques británicos y franceses sustituirían a los alemanes e italianos, y que no aceptarían la declaración de parte beligerante a los franquistas. Azaña anotó en su diario que Chautemps había expuesto que confiaba en salvar a la República. El 2 de julio, Alemania e Italia, que ya habían reconocido a Franco como Jefe del Estado español desde noviembre de 1936, recomendaron que se otorgara el status de beligerante a ambas partes, se dejara de vigilar las costas de España, que era por donde ellos acarreaban su material militar y ayudas a su aliado, pero que continuase el control de las fronteras terrestres, lo que estaba dificultando gravemente el aprovisionamiento de la República. Gran Bretaña no quería reconocer tal  status, porque ello podía justificar que se excluyese a sus buques del tránsito por determinadas zonas, limitando su comercio y la presencia de su Marina de Guerra. Era notorio que el poderío naval franquista, con la colaboración, oculta, de los submarinos italianos, podían garantizar el bloqueo marítimo de la República, hasta acabar con ella. Así que franceses y británicos rechazaron la propuesta. Pero, más tarde, la condicionaron a la salida de España de las tropas extranjeras.

 

Parecía una muy buena baza diplomática. Sobretodo porque ya Franco estaba comenzando a no necesitar la implicación directa de sus aliados: su victoria les parecía ya sólo cuestión de tiempo. Sin embargo, a exigencia de alemanes e italianos, rebajaron los términos hasta “reducciones sustanciales”. Con esto entraban directamente en la estrategia nazi-fascista, de enzarzarse en un interminable galimatías de cuantificaciones y porcentajes, con lo que no se conseguía ningún resultado práctico, mientras la República continuaba desangrándose y Franco acumulando terreno. El 30 de julio un alto funcionario soviético envió a Vorochilov, a través de Dimitrov, un informe en el que dictaminaba que la luna de miel con Negrín había terminado. Que en la familia gubernamental de Valencia no había ni amor, ni amistad, ni paz. Que, aunque Negrín facilitase más que Largo Caballero la actividad del PCE, la posibilidad de presionar al Gobierno, se estaba muy lejos del mínimo deseable. Que a Prieto le asustaba el Ejército Popular, mandado por comandantes que procedían del pueblo, endurecidos en el combate, porque supone una fuerza revolucionaria que puede suponer un factor decisivo en la España del futuro. Trataba de impedir la actividad política, particularmente la comunista, con el apoyo de los militares profesionales, incluso de Rojo. Que, al menos, no hubiesen revolucionarios activos en el cuadro de mandos, porque, para él, la revolución española debía limitarse a mantener una república democrático-burguesa clásica, en lo que recibía el apoyo de Diego Martínez Barrio y los demás liberales. Aunque no hacía mucho se consideraba con respeto al Partido Comunista, desde junio todo estaba cambiando. Tachaba al Ministro de Gobernación, Zugazagoitia, del PSOE, como trotskista encubierto, porque había obstruido la persecución de los miembros del POUM, organizando incluso campañas extorsionadoras, provocativas, revolviendo el tema del espionaje del que se acusaba a dicho Partido, contra el PCE.

 

Impidió que se publicaran las conexiones entre Nin, el POUM y el Estado Mayor de Franco, y destituyó al comunista Ortega como Director General de Seguridad Pública. Consideraba un auténtico fascista al Ministro de Justicia, el nacionalista Irujo, porque, junto a Zugaizagoitia, hacía lo imposible para salvar a los trotskistas, sabotear los juicios contra ellos y que fuesen absueltos. También acusaba de infiltrar trotskistas al Ministro de Estado, el liberal Doctor José Giral. El único que presentaba de acuerdo con el PCE era Negrín, aunque no lo consideraba suficientemente fuerte. Pretendían purgar el aparato militar, la promoción a sus primeros puestos de los mandos provenientes del pueblo, que se acabara con la campaña anticomunista y la permisividad para con las publicaciones periódicas, los grupos y las personas que difamaban a la Unión Soviética, así como una purga incansable, en retaguardia, contra los trotskistas. Evaluaba que, si Negrín no lo hacía, el PCE era lo suficientemente fuerte y comprendía la responsabilidad de encontrar la forma de defender los intereses del pueblo, concluyendo que la revolución popular no triunfaría si los comunistas no tomaban el poder con sus propias manos. A estas alturas de la historia resulta imposible analizar si se trataba de fanatismo stalinista, irresponsabilidad, intento de un individuo aislado de justificarse ante las purgas que estaban ocurriendo en la U.R.S.A., o una auténtica conjura. De esta última no hay ningún indicio, actuando siempre los comunistas con absoluta lealtad respecto a la República. Pero sí es cierto que su obsesión por encontrar culpables llevó a algunos de ellos a ensañarse con chivos expiatorios. Atacaron furiosamente a Prieto por haber dejado libre al comandante del POUM, Rovira. Incluso había ordenado que se rearmase la 29 División, de dicho Partido, lo que fue imposible, porque los miembros del PCE en el ejército ya la habían disuelto.

 

A finales de julio Italia comenzó a bombardear Mallorca, y a atacarla con sus submarinos. El primer buque que hundieron fue el “Andutz mendi”, o monte Andutz. La República Española, muy frustrada por experiencias anteriores, con gran comedimiento, pidió que el tema se tratase en la reunión extraordinaria, que estaba prevista, del Consejo de la Sociedad de Naciones. A raíz de los “hechos de mayo” el Gobierno se encargaba del orden público en Cataluña, disolvió el Consejo de Defensa de la Generalitat, creado por los anarquistas y dominado por ellos, y había constituido el Ejército del Este, poniéndolo a las órdenes del General Pozas. Sin embargo, para entonces, la única agrupación de tropas comunistas que existía en la zona era la 27 División “Carlos Marx” del PSUC. En 15 días se incorporaron, desde el Frente Central, las más prestigiosas unidades, todas ellas comunistas: la 45 División, bajo el mando de Kléber, el V Cuerpo de Ejército, a las órdenes de Modesto, en el que estaban integradas la 11 División, bajo la dirección de Líster, la 35, a las órdenes de Walter, y la 46, al mando de “El Campesino”. Largo Caballero no se hubiera atrevido a hacerlo: la “Ucrania española” de los anarquistas dejaba de ser su feudo exclusivo. El PCE, secundado por los liberales y el sector moderado del PSOE, intensificaron sus críticas contra el discutido y poco transparente Joaquín Ascaso, presidente del Consejo de Defensa de Aragón, al que tachaban de actitudes mafiosas, y de evadir alhajas (tal vez robadas en templos y monasterios, además de en viviendas de acaudalados, fugados a la zona franquista o sospechosos de fascismo) al extranjero. Sus compañeros anarquistas le defendieron insistentemente. Los medios de comunicación del PCE, entre ellos “Mundo Obrero” y “Frente Rojo”, arremetieron contra el Consejo de Aragón, acusándolo de cantonalismo y contra las colectividades agrícolas autogestionadas.

 

Negrín y los comunistas coincidían en que, para la victoria militar, era precisa una “democracia controlada”. Aunque, posiblemente, profundizando en los objetivos finales, hubiese divergencias entre ambas concepciones. Prieto se entrevistó con Enrique Líster, comunicándole que era intención del Gobierno recuperar el control sobre Aragón, y que, posiblemente, los anarquistas se opusieran, por lo que debía dirigirse a Caspe, con las Divisiones 11, 27 y 30, para actuar tanto contra las colectividades anarquistas, como contra las conjuntas CNT-UGT. Líster añadió, en su libro “Nuestra Guerra”, que le había ordenado actuar contundentemente, sin trámites burocráticos ni legalistas. Oficialmente se las denominó maniobras militares. El 9 de agosto, Prieto, Ministro de Defensa, unificó el DEDIDE (Departamento Especial de Información del Estado) y el SIEP (Servicio de Información Especial Periférico) en el SIM (Servicio de Investigación Militar) que se encargaría del espionaje y contraespionaje. Trataba con ello de impedir los múltiples órganos con tal cometido: el ejército, la Dirección General de Seguridad, los carabineros, el Ministerio de Estados, los gobiernos autónomos de Cataluña y del País Vasco en el exilio, que se había instalado de Barcelona, en un acto de encomiable lealtad, y las Brigadas Internacionales, que contaban, el su Cuartel General de Albacete, de una rama del NKVD, obstinada en acabar con la disidencia. Inicialmente la dirigió un yugoeslavo que procedía de la URSA, apodado “Moreno”, y que Stalin fusiló a su vuelta de España. La dirección del SIM se encargó a Angel Díaz Baza, del PSOE, que se demostró ineficaz, por lo que fue sustituido por su correligionario Prudencio Sayagüés. Tampoco lo hizo mejor, por lo que fue sustituido por Manuel Uribarri, que sólo informaba a los agentes soviéticos y acabaría huido a Francia, llevándose 100.000 francos.

 

Como jefe del SIM en el Ejército del Centro se nombró a Gustavo Durán, que, al igual que otros, debió ser sustituido porque sólo designaba a agentes comunistas. El 11 de agosto el Gobierno republicano derogó el Consejo de Aragón, , mediante un decreto redactado por Julián Zugazagoitia, Ministro de Gobernación, inserto en el Diario Oficial, designando, como Gobernador General a José Ignacio Mantecón, liberal. Además se daba opción a salirse de las colectividades, recuperando lo invertido y los beneficios acumulados. Con lo cual se quedaron sin apoyo, coordinación ni financiación. A las Divisiones 25, 26 y 28, anarquistas, se le asignaron misiones en el Frente, para que no tuviesen conocimiento de lo que ocurría. Sin embargo los libertarios no llegaron a rebelarse. Aún así un centenar de ellos fueron encarcelados en Calpe, y allí se los encontraron los franquistas cuando lo ocuparon, en marzo de 1938: un inmerecido acto de crueldad, que los comunistas sufrirían con creces, al colapso de la República. La única oposición provino del Secretario Nacional de la CNT, “Marianet” (firmaba Mariano R. Vázquez, pero parece que su verdadero nombre era Mariano Vázquez Rodríguez) que exigió al Ministro de Defensa que enviase a la División al mando de Cipriano Mera para frenar a Líster. Prieto le replicó que ya le había amonestado, lo que parece que le dejó satisfecho. Quizás ya había comprendido que sus compañeros no estaban dispuestos a hacer nada más. Los consejos municipales fueron sustituidos por comisiones gestoras, que se encargaron de deshacer las colectividades, muchas veces con ayuda de las fuerzas de seguridad y del ejército. Los locales de la CNT fueron destruidos. Los elementos de transporte, maquinarias, aperos y semillas de las colectividades se repartieron entre los pequeños propietarios, que se habían opuesto al labrantío en régimen comunal, en muchos casos con incitación de los comunistas. La publicación del Consejo de Aragón, “Nuevo Aragón”, fue prohibida.

 

En su lugar se editó “El Día”, diario comunista. Joaquín Ascaso fue detenido en Valencia. El PCE planeaba que se le hiciese un juicio ejemplarizante, pero el 18 de septiembre fue puesto en libertad por falta de pruebas. Un año más tarde sería expulsado de la CNT. Muchos ácratas que habían realizado tareas de orden público, tanto de forma indiscutiblemente ilegal, como bajo la cobertura de dicho Consejo de Aragón, fueron represaliados. La FAI, meses después, aseguró que había convencido a los suyos que no se rebelasen, para evitar una guerra civil dentro de la guerra civil. Dirigentes de la CNT aseguraban haber evitado que los tribunales militares especiales, dominados por los comunistas, condenasen a muerte a nadie. Pero hay que tener en cuenta algunos condicionantes. El Consejo de Aragón se constituyó sin que lo aprobase el Comité Nacional de la CNT, ni lo ratificó ningún Pleno ni Congreso de dicha organización, lo que supone cierta reticencia hacia Joaquín Ascaso y quienes le apoyaban. Además estaban intentando, ilusamente, reincorporarse al Gobierno. Quizás éste, incluidos los Ministros comunistas, aprovecharan tal circunstancia para extorsionarles contra una reacción que pudiesen calificar como desleal o desproporcionada. De Aragón provenía la principal resistencia a que las milicias libertarias se integrasen en el Ejército Popular, obedeciendo a mandos, militares o no, que no fuesen anarquistas, o a la implicación, incoherente con su ideología, de la CNT en las instituciones del Estado, del que parecían no comprender que el Consejo de Aragón formaba parte, lo que significaba un desaire, una desautorización a lo que habían acordado sus dirigentes, incorporados al Gobierno. Por lo que tampoco estaban muy propicios a jugarse mucho por ello. Pero, sobretodo, era un factor importante las tres Divisiones confederales, por lo que tampoco se podía tensar la cuerda hasta el extremo.

 

También los antecedentes habidos con el POUM podían amedrantar a algunos dirigentes sobre las consecuencias de romper la baraja. Algunos comunistas expresaron su desagrado ante la agresividad demostrada por el Gobierno, por lo que éste debió justificarse, arguyendo que se debía garantizar la libertad de los campesinos para continuar en unas colectivizaciones hechas a la fuerza. Es verdad que, un año antes, tras el júbilo de la victoria barcelonesa, las columnas anarquistas llegaron a Aragón, no muy decididas a conquistar Zaragoza o Navarra, pero sí a imponer su revolución. Y para ello tenían las armas que recolectaron, o arrebataron a los insurrectos, y la de los soldados que se les unieron, además de éstos, y las de los que no quisieron continuar bajo las armas, hasta que se les obligó. Sin embargo, en casi todos los pueblos, a esas alturas, existían explotaciones privadas, lo que prueba que sí hubo un cierto grado de libertad, al menos pasados los primeros momentos. En las colectivizaciones fusil o pistola en mano, a cuyos integrantes no se les permitió desvincularse de ellas, entre otras razones porque sus tierras quedaban rodeadas e incorporadas a las explotaciones colectivas, también estaban los que se habían sumado voluntariamente, incluso quienes las habían apoyado. Precisamente los propietarios de las tierras menos productivas, los que, con sus cosechas, no podía garantizar el nivel de vida de su familia. En total, entre las 400 ó 500 colectividades existentes, agrupaban entre 150.000 y 200.000 integrantes. La conveniencia o no de su disolución sigue siendo polémica. En realidad existía el antecedente de la anarquía en que cayeron los abastos de Barcelona, cuando se les quitó tal responsabilidad a los anarquistas, a pesar de la intervención de los comunistas en su reorganización.

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