La entrega de Bilbao

 

         El 13 de junio de 1937 el Gobierno vasco huyó a Santander, aunque la mayoría de los dirigentes nacionalistas y militares prefirieron directamente la ruta ultramarina, abandonando la República. Esperaban regresar pronto, tras el pacto con los italianos. Quizás con esa idea no se había intentado reconvertir toda la industria en armamentística, lo que hubiese costado grandes inversiones a la burguesía, sin posibilidades de recobrarla en el contexto de mercado libre internacional, que preveían para el futuro. Inmensos errores que evidenciaban la ignorancia política y la falta de compromiso con la democracia y la República. El 14 hubo una gran batalla aérea en el Frente de Huesca, en la que estuvieron implicados unos cien aviones. En el mismo Frente, en la madrugada del 16 de junio, pretendiendo descargar el ataque contra Bilbao, los republicanos se lanzaron contra Alerre y Chimillas, pero volvieron a ser rechazados por el concentrado fuego franquista. Ese mismo día se produjo la última acción aérea en dicho Frente, con el bombardeo de Chimillas. El Gobierno vasco ordenó la evacuación de Bilbao, dinamitando sólo los puentes sobre la ría, para obstruir el avance rebelde. Leizaola se quedó dueño de la ciudad, al mando de una Junta de Defensa que esperaba la llegada de los franquistas, para entregarla. Los que huían de Bilbao, hacia el Oeste, en la carretera de la costa, se encontraron con escuadrillas de He-51, que los ametrallaron. Era semejante a lo ocurrido en la carretera de la costa de Málaga a Almería, o durante el bombardeo de Guernica. Suponía, o bien el incumplimiento por los italianos de lo que habían acordado, o que no se había previsto que éstos no podían defender a los vascos de la Legión Cóndor. Ese mismo día el Gobierno republicano ilegalizó al POUM. Los cuarteles Lenin se habilitaron como prisión para sus miembros. También se disgregó, por la fuerza, su 29 División “Lenin”.

 

           Los agentes secretos de la URSA y las fuerzas del orden republicanas apresaron a su jefe, el Coronel Rovira, y a otros dirigentes de dicho Partido. El Jefe Superior de Policía firmó la orden de detención, cumplida por sus efectivos, contra Andreu Nin, Julián Gómez, apodado “Gorkin”, Enric Adroher, Jordi Arquer y otros. Pero, poco después, se los entregaron a agentes secretos de la Unión de Repúblicas Socialistas Asamblearias, que se los llevaron a Madrid, a una iglesia de Atocha, reconvertida en “cheka”, excepto a Nin, al que, desde su apresamiento, se le aisló, llevándoselo a Alcalá de Henares. Durante dos días prosiguieron los ataques republicanos, ineficaces, en distintos sectores de Huesca. Las tropas republicanas se reposicionaron en la barrera natural del Nervión, lo que aprovecharon los “quintacolumnistas” de las familias ricas de Las Arenas de Guecho, para tomar las calles para el franquismo, disparando sus armas. El Batallón anarquista “Malatesta” cruzó la ría y acabó con ellos, incendiando, de propina, la iglesia, cuyo cura, hermano del comandante del Batallón, era franquista. Esto suponía el incumplimiento del pacto con los italianos, lo que podría esgrimirse en contra de los vascos. Todo Bilbao quedó expuesto al continuo bombardeo artillero. Por el Sur, las fuerzas a cargo de comisario italiano Nino Nanetti se habían retirado sin dinamitar el puente, lo que obligó a replegarse a todo el resto de unidades. En tales circunstancias los “quintacolumnista”, con banderas monárquicas, se reunieron en la plaza mayor para recibir a los carlistas. A las cinco de la tarde, una hora muy taurina, del 19 de junio, el Coronel Juan Bautista Sánchez, al mando de la 5ª Brigada de Navarra, entró en Bilbao, que había abandonado la mitad de su población. El Cuartel General de Franco rebajaba esta hora a las tres y diez ¿Para evitar comparaciones con la fiesta nacional? Sentenciando que Bilbao ya era España ¿Toda España o parte de España?

 

Durante la ofensiva contra Vizcaya cada bando había sufrido unas 30.000 bajas, algo más los republicanos, si bien la mortandad de los franquistas fue muy escasa, mientras que, para los defensores de la democracia, llegó a un tercio de las bajas, fundamentalmente por los ataques aéreos, ya que, al contrario de lo ocurrido con el Ejército del Centro, no realizaron contraataques a la descubierta. Miles de personas fueron capturadas, incluyendo a muchos eclesiásticos, juzgadas sumariamente y condenada a prisión. No obstante, tal vez por la atención internacional que había despertado el bombardeo de Guernica, por el pacto con los italianos y la Iglesia Católica, o para estimular que, en el futuro, la resistencia fuese tan escasa como lo había sido en Bilbao, hubo menos fusilamientos, sobretodo extrajudiciales. La bandera vasca fue declarada ilegal, se prohibió el uso público del vascuence, colgándose carteles que recordaban: “Si eres español, habla español”. Lo cual, además de una amenaza, era una patente confirmación de la derrota, de la falta de arrestos para defender las señas de su nacionalismo, que tantas bravatas produciría antes o después, cuando no se corría riesgo por hacerlo. También se anuló el concierto económico de Vizcaya y Guipúzcoa. La desmoralización cundió en todos los Frentes republicanos, a pesar del refuerzo que suponían las unidades que retrocedían hacia Santander, puesto que, si el propagado “Cinturón de Hierro” no había evitado la pérdida de Bilbao, allí donde no se habían realizado fortificaciones, ni se había podido reconquistar Oviedo, todo era cuestión de tiempo. Un capitán de la Legión Cóndor dijo que aquella primavera la guerra había dejado de ser española, y que ya era una guerra de verdad. A Franco no debió gustarle. Algún historiador plantea que lo que se estaba desarrollando era una verdadera guerra mundial, en miniatura, “por poderes” de sus representados. Aunque es una perspectiva incitadora de la reflexión, falta una premisa indispensable para dicho razonamiento.

         Y es que los futuros aliados, excepto la Unión Soviética, no se pusieron de parte de la República Española, salvo algunos ciudadanos, que contemplaban el peligro fascista con más acierto que sus gobernantes. Como tampoco lo harían a favor de Checoslovaquia. Más bien se pusieron de parte del nazi-fascismo, al que ayudaron por acción y por omisión, con financiación, suministro de materiales, ignorando conscientemente los incumplimientos de compromisos internacionales y, en cambio, bloqueando militar, financiera, económica y comercialmente a la democracia española. Prefirieron asegurar el capitalismo a garantizar la democracia. Igual que se hace hoy en día. Pero el caso es que, en Checoslovaquia, ni siquiera se cuestionaba el capitalismo. Apostaron por dejar el camino expedito para que los nazis pudiesen atacar a la Unión Soviética. Tal vez con la esperanza de que ambos se destruyesen mutuamente. Pero, para ello, debían pasar a través de la dictatorial Polonia: un peón más a entregar en el tablero de las naciones. Lo incongruente es que, tras todos los pasos dados, Francia se rasgara las vestiduras por el ataque contra ella, declarando unilateralmente la guerra a Alemania cuatro días después. Claro que, ni Francia ni Gran Bretaña hicieron nada práctico tras dicha declaración: sólo palabras y situar las tropas en la frontera. Y, sin embargo, organizaron un cuerpo expedicionario y pidieron autorización a Noruega para, a su través, lanzarse a la defensa de la fascista Finlandia, que había sido invadida por los soviéticos. En cambio no pidieron la misma autorización a Stalin para defender Polonia, por ejemplo, enviando tropas por el Mar Negro.

 

Cierto que Italia ya se había posicionado invadiendo Francia, cuando ya estaba prácticamente derrotada, lo que disgustó profundamente a Hitler, que no deseaba repartir trozos del imperio francés, sino establecer un Gobierno títere que le asegurase el control de Francia y, simultáneamente, un aliado para invadir Gran Bretaña. Que, al menos, le prestase su marina para ello. Consideraba que, con tal amenaza, sería suficiente para conseguir un Tratado de Paz que le dejase las manos libres para preparar la invasión de la U.R.S.A.. Así que el Mediterráneo era un lugar de tránsito peligroso, mientras que creían controlar –no contaban con que Alemania había recuperado su capacidad submarina, contraviniendo los Tratados de Versalles, y que las cargas de profundidad no eran un arma definitiva para acabar con ella- el Mar del Norte. Además, el aireado por Hitler pacto secreto con Stalin, hacía imposible pujar con una oferta más ventajosa, que compensase el riesgo de guerra con Alemania, ofreciendo más de la mitad de Polonia, que ya había recibido. Hubiera dado un vuelco al mundo actual si Noruega hubiese dado su consentimiento ¿Habrían terminado aliándose las grandes potencias capitalistas, incluidas las Alemania e Italia nazi-fascistas, contra la Unión de Repúblicas Socialistas Asamblearias? Con la entrega de Bilbao la ofensiva de Huesca dejó de tener ningún sentido, por lo que se la dio por conclusa. Tanto la “tierra de nadie” como las posiciones republicanas estaban repletas de cuerpos putrefactos y heridos, a temperaturas estivales. Walter informó que el rendimiento de la XII Brigada Internacional no fue comparable al de combates previos.

 

En realidad había sido una ofensiva sin medios, sin carros de combate y escasos cañones, en una atmósfera de desilusión vinculada a “los hechos de mayo”, en un Frente en el que los anarquistas eran mayoritarios, se encontraba la 29 División del POUM, todos ellos sin suficiente experiencia en ataques al descubierto, puesto que se habían mantenido en posiciones estáticas durante casi un año, la Centuria inglesa de George Kopp, detenido y acusado de espía, y el Batallón alemán que había participado en los enfrentamientos de Barcelona, además de la inminencia de la entrega de Bilbao. Se cree que hubo órdenes de no repartir publicaciones periódicas, que denunciaban como traidores a los miembros del POUM: tanto si fue así como si no, todo ello influiría en el ambiente derrotista, de negros presagios, negativo para la moral del combatiente. Sin embargo los “Chatos” y “Moscas” republicanos, venidos desde Alcalá, actuaron muy bien, en sus enfrentamientos contra los FIAT y He-51. Las bajas de anarquistas y del POUM fueron muy numerosas. Entre ellas la de Orwell: un disparo en la garganta que le llevó a salir de España. Todo ello hizo aumentar las sospechas contra los comunistas. En total se triplicaron las de Segovia, y tampoco se consiguió nada. Se concluyó que los franquistas debían conocer el ataque. Tanto si era consecuencia de inadecuado sigilo en los preparativos, como si fue a causa del espionaje o la traición, el resultado no podía ser otro que el pesimismo y la desconfianza mutua: una situación negativa para la próxima ofensiva que se preparaba,  y que, ya, llegaba demasiado tarde. El 22 de junio, Manuel De Irujo, Ministro de Justicia, creó los Tribunales Especiales de Espionaje y Alta Traición, con jurisdicción especial sobre Cataluña. Un Decreto de Negrín constituyó tribunales especiales de guardia, que dependían directamente del Tribunal Supremo.

 

Con ello los tribunales populares estaban siendo sustituidos, para materias en las que las tendencias políticas de sus miembros tenían especial relevancia, por sistemas sumarios, cada vez más parecidos a la justicia militar, empleada por los franquistas. Se les utilizó para reprimir a los que consideraron “responsables” de los “hechos de mayo”, del POUM y la CNT. A Andreu Nin se le acusó de espionaje, de haber facilitado información para los bombardeos de Madrid por la artillería rebelde. Como prueba se adujo un mapa cuadriculado de dicha ciudad, a cuyo dorso se había escrito, con tinta que se autodisolvía (aunque se podían analizar sus rastros) una letra N. Se le sacó irregularmente de la cárcel y se le condujo a un pequeño chalet, que Constancia De La Mora tenía cerca de Madrid. A pesar de las posibles torturas no llegó a confesar nada. Quizás se desesperaron y lo matasen. Unos alemanes de las Brigadas Internacionales, sin identificaciones, tal vez mezclados con agentes secretos de Orlov, simulando todos ellos que eran miembros de la GESTAPO, “trataron de apoderarse” del preso. Sus vigilantes forcejearon con los presuntos asaltantes, “consiguiendo” que se les cayese una billetera con documentación alemana, insignias de la Falange y billetes de banco franquistas. Por las calles se hicieron pintadas de “¿Dónde está Nin?”, bajo las cuales los comunistas escribían “En Salamanca o en Berlín”. La Republica recibió presiones internacionales interesándose por el ultracomunista Nin, caso insólito en la Historia. En el siguiente Consejo de Ministros hubo un grave enfrentamiento, por esta misma causa, entre Zugazagoitia e Irujo y Negrín y los Ministros comunistas. Indalecio Prieto comenzó a dudar si había obrado prudentemente al colaborar en la caída de Largo Caballero. Aquel mes de junio el Mariscal soviético Tujachevski había sido condenado a muerte, y Bujarin y Rikov estaban siendo juzgados en Moscú.

 

Había caído el Gobierno Blum en Francia, al resolver el Tribunal Constitucional que algunos pequeños Partidos, que formaban parte del Frente Popular, debían ilegalizarse, por lo que la derecha recuperaba, fuera de las urnas, la mayoría parlamentaria, y España perdía la última ilusoria esperanza de apoyo. Por si fuera poco Alemania e Italia abandonaron el Comité de No Intervención, lo que significaba que no se someterían a sus decisiones, que estaban implicados en la guerra española y que iban a seguir estándolo. Lo lógico hubiera sido que, en base a ello, dicho Comité hubiese desaparecido y, en justicia, simultáneamente se hubiese eliminado el embargo de armas, de combustibles y materias primas, económico y financiero contra la República Española, que no había comenzado nada, no había agredido a nadie y simplemente luchaba por mantener su legitimidad democrática. Pero la lógica no tiene nada que ver con la defensa ideológica del dominio sobre la clase trabajadora: más adelante llegará la sorpresa de encargar, precisamente, a los nazi-fascistas, incluida la flota de Franco, la vigilancia y bloqueo económico, la piratería marítima, contra los buques soviéticos que persistían en ayudar al Gobierno constitucional español. El 1 de julio de 1937, el Cardenal Gomá, el mismo que el Papa había comisionado para intermediar en la rendición de los nacionalistas vascos, encabezó una abierta “Carta colectiva del Episcopado español a los obispos del mundo entero”, en la que, junto con otro Cardenal, cinco Vicarios Generales, seis Arzobispos, y 35 Obispos, pedían el apoyo de la Iglesia Católica a los franquistas, y declaraban documentalmente probado un minucioso proyecto de revolución marxista, en el que se ordenaba el exterminio del clero católico, si no lo hubiese impedido tal movimiento “cívico-militar”.

             Sólo eludieron firmarla el Cardenal Vidal i Barraquer y el Obispo Mateo Múgica. Dichos infundios, corroborados, de forma tácita, por todos los papas, cada vez que han beatificado o santificado a presuntos perseguidos religiosos de uno de los bandos de la última guerra 1936-1939, que se podrían ampliar hasta 10.000 según la Conferencia Episcopal Española, excepto Juan XXIII y Pablo VI, que se negaron a contribuir con más bendiciones a tal propaganda, claramente pro-fascista, estaban relacionados con las falsificaciones preparadas por los sediciosos. En tales inventados “documentos secretos”, se “demostraba” que el comunismo asiático pretendía realizar una revolución bolchevique en España, para lo que contaban con tropas de choque (?) compuestas por 150.000 individuos, más otros 100.000 de reserva, tras lo cual constituirían un Gobierno soviético. Se conectaba, por tanto, con el levantamiento bolchevique que instauró la República Soviética de Baviera, brutalmente aplastada por el Partido Socialdemócrata Alemán y los militares, que, después, trataron con tanta magnanimidad el levantamiento de Hitler en Munich, minimizado como “putch de la cervecería”. Los medios conservadores europeos continuaron prestándole veracidad a dicho invento hasta fecha tan tardía como 1989, hasta que dejaron de tenerle miedo al comunismo. Para explicar sus repetidos fiascos en la conquista de Madrid, elevaron tal cifra hasta 500.000 comunistas internacionales. Mola, igual que Franco, estaba suscrito al boletín de la Entente Internationale Anticomuniste. Pero, además, recibía información sobre la Unión Soviética y la KOMINTERN del General zarista E. Von Miller, que había falsificado los “Protocolos de los sabios de Sión”, por el que se daba instrucciones a los judíos para que se apoderasen del mundo.

 

Según el periodista Luis Bolín, Aileen O’Brien, de ascendencia irlandesa, llamó por teléfono a todos los obispos católicos estadounidenses, para que pidieran a todos los feligreses que enviaran telegramas de protesta al Presidente Roosevelt. Concluye que se superó el millón de ellos, con lo que lograron evitar un cargamento de municiones para la República Española. No importaba que sólo el 20% de los estadounidenses y el 40% de los que eran católicos apoyasen a Franco: el poder de los católicos no tiene nada que ver con la mayoría democrática. En 1935 se celebró en París el Ier. Congreso de Escritores, a raíz del cual se constituyó la Asociación Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura, cuya sección española se denominó Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura. Su primer documento importante fue el manifiesto de su constitución, del 30 de julio de 1936, en contra de la insurrección militar. Editó la revista “El Mono Azul”, en el taller de Altolaguirre, y organizó el IIº Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, que más tarde se conocería como Congreso de Intelectuales Antifascistas, entre el 4 y el 11 de julio de 1937, en Madrid, Valencia y Barcelona, clausurándose en París. Fue un éxito propagandístico de la legitimidad republicana.

 

Participaron en el mismo André Malraux, Tristan Tzara, Ilya Ehrenburg, Alexis Nicolaevich Tolstoi (conde y rico terrateniente, poeta y novelista, sobrino de León Nicolaevich Tolstoi; había huido de la Revolución Soviética, pero volvió a su país en 1922, año en que publicó “La expedición soviética a Marte”; comparó a Stalin con Pedro El Grande, lo que parece que le agradó, y se dice que llegó a quejarse ante éste de la dificultad para escribir en opresión, tras lo cual las publicaciones periódicas soviéticas dejaron de atacarle) Stephen Spender, Malcolm Cowley, Ernest Hemingway, Pablo Neruda, Niolás Guillén, Octavio Paz, Vicente Huidobro, Antonio Machado, Rafael Alberti, Wenceslao Roces, Manuel Altolaguirre, Emilio Prados, José Bergamín o Miguel Hernández. La iniciativa y la organización de todo ello fue obra del P.C.E.. Es innegable la capacidad que tuvo, en aquél momento, para atraer a la intelectualidad. Posiblemente los comunistas fueron los más dotados para la propaganda durante aquella guerra. Contaban con la incomparable capacidad de Dolores Ibárruri. Su fotografía excavando trincheras en Madrid, no sólo recorrió la ciudad y el país, sino que, internacionalmente, también conmovió a la resistencia contra el fascismo, cambiando la sensación de inevitable derrota, al menos de dicha capital, por la de ¡No pasarán! que igualmente resultó errónea. Lo que no fue capaz de conseguir el PCUS lo lograron los comunistas españoles, atrayendo a grandes literatos, sobretodo a poetas, aunque en ello también influiría la circunstancia dicotomizadora de la guerra, como Miguel Hernández, Rafael Alberti, John Cornford, Stephen Spender, Pablo Neruda, o, particularmente, Ernest Hemingway. Esta personalidad ambivalente, un individualista que admiraba la disciplina… en los demás. Prefería los comunistas a los anarquistas, porque los consideraba más capaces de ganar aquella guerra.

 

En su The Spanish War, publicado en 1937, con intención indudablemente propagandística respecto de la República, explica el dualismo en el que se movía: le gustaban los comunistas cuando se portaban como soldados, pero los odiaba cuando se comportaban como curas. Dicha visión simplista, que se demostraría alejada de la realidad, se reitera al considerar que la República estaba dando una paliza a los rebeldes o que Brihuega, es decir, Guadalajara, pasaría a la Historia como una de las batallas decisivas del mundo. Quizás hubiera sido así si la República hubiese conseguido la victoria final. Pero en España no cambió nada del decurso hacia el absolutismo por el que se deslizaba la Humanidad. Y eso incluye también el stalinismo. En realidad los planteamientos de Hemingway estaban muy influidos por la propia historia estadounidense. Para él la guerra en España presentaba similitudes con la secesión de su país. Y, desde el punto de vista militar, hay muchos aspectos comparables. Quizás en ello se basara su confianza en el triunfo definitivo, por parte de los que luchaban por la libertad. Pero había una diferencia fundamental, que no llegó a comprender, y era la implicación internacional en dicho conflicto, que desequilibraba por completo la correlación de fuerzas. Esta concepción se reproduce un su, tal vez, mejor obra, “Por quién doblan las campanas”, publicada en 1940, pero ambientada en un grupo de milicianos en la sierra de Guadarrama, a principios del verano de 1937. En ella trata de explicar las causas de la derrota de los republicanos españoles en su desorganización, su individualismo, lo que apunta, sin mencionarlo, a los anarquistas. Pero no a los auténticos ácratas españoles, que seguían siendo colectivistas, sino a la versión estadounidense, la que él conocía, del “anarquismo liberal, individualista”, capitalista, aunque crítico, pero sin objetivo definido.

 

El personaje central de dicho libro, Robert Jordan, es una especie de encarnación idealizada que el propio autor hace de sí mismo. Era, al mismo tiempo, un heroico comunista profesional, que cumplía con lo que consideraba su obligación, y un cínico individualista y libertario, que comprendía, internamente, que todos los esfuerzos eran inútiles, aunque inevitables, que no podría cambiar a aquellos con los que debía colaborar, ni fiarse de ellos, y que, al final, sólo las mujeres, la mujer, era la única esperanza, no de victoria, pero sí de supervivencia, de justificación, para luchar y para abandonar la lucha, cuando se considere cumplida la obligación, la aportación a la causa, y se desespere de ella. Mientras tanto en Moscú proseguían los juicios-farsa. Conmocionados, entre la incredulidad y la incapacidad de comprender que todo fuese una gran mentira, sindicalistas e izquierdistas, ante la amenaza del nazi-fascismo, tachaban de traición cualquier crítica a “la Patria del proletariado” internacional. Por toda Europa trataban de constituirse Frentes Populares, ante cuya perspectiva, los partidos socialistas y socialdemócratas debían silenciar cualquier acusación o recriminación. Incluso la CNT, precisada de armas para sus milicianos, censuró artículos que criticaban las purgas de Stalin. Sólo “La Batalla” del POUM se hizo portavoz de las mismas, lo que pondría a su organización en el punto de mira de los comunistas. No es cierto que la verdad sea la primera víctima de las guerras: antes deben perecer la honradez y la perspicacia que le dan soporte.

 

En realidad, la responsabilidad última de tal estado de cosas hay que buscarlas en las “democracias occidentales”, que se abstenían de criticar los comportamientos nazi-fascistas de orden similar, dejando a la KOMINTERN como la única fuerza que encaraba, en solitario y con firmeza, dicho sistema político, aunque, en muchos aspectos, sus métodos fuesen similares, aunque sus objetivos pareciesen ser tan distintos. Según Churchill, Neville Chamberlain se había afianzado como Primer Ministro haciendo ver a la clase dominante británica que apoyaba a Franco. Si bien al propio Churchill, aunque no lo reconociese, podría culpársele de lo mismo. Para dar una oportunidad a los defensores del Frente Norte, ya que no podían hacer otra cosa, los republicanos llevaban largo tiempo preparando una ofensiva contra Brunete, 20 kmtrs. al Oeste de Madrid, en sustitución a la de Extremadura, que era la que apoyaba Largo Caballero. Para ello estaban concentrando tropas, las mejores, y materiales, lo que uede explicar, sólo parcialmente, la escasa dotación a la ofensiva de Huesca. La idea partía del Jefe de Estado Mayor de Miaja, el Coronel Vicente Rojo, al haber detectado una debilidad en el Frente franquista, un lugar en el que sus posiciones eran menos profundas, y la confluencia de las tropas de Yagüe y Varela dificultaría su coordinación. Debían adentrarse profundamente hacia el sur, entre ambos, con lo que esperaban alcanzar el eje entre Navalcarnero y Getafe.

 

El Partido Comunista había estudiado concienzudamente esta acción, que asignaron a las cinco Brigadas Internacionales y a las unidades comunistas de mayor prestigio: el V Cuerpo de Ejército, al mando de Modesto, situado al Norte de Valdemorillo, reforzado por la 11 División, al mando de Líster, el XVIII Cuerpo de Ejército, a las órdenes de Jurado, el único mando no comunista (que no llegó a participar, ya que cayó enfermo, siendo sustituido por Casado, primero, y Fernández Heredia, más tarde) situado entre Galapagar y Villanueva del Pardillo, reforzado con las Divisiones 10, 15 y 34, y, entre ambos, las Divisiones 46, a las órdenes de “El Campesino”, y 35, de Walter. Las Divisiones 45, de Kléber, y 69, de Durán, se posicionaron para actuar como fuerzas de reserva. A cada oficial se le asignó un asesor soviético. Al Este de Madrid, entre Vicálvaro, Coslada y Rivas de Jarama, se posicionó el II Cuerpo de Ejército, a las órdenes de Romero. Su cometido era completar la pinza por el Sur, uniéndose con el XVIII Cuerpo de Ejército en Alcorcón, con lo que embolsarían la mayor concentración de tropas franquistas, las mejor dotadas, más combativas y experimentadas, de las que atacaban Madrid. Hay que tener en cuenta que todo este plan, ambicioso, lógico, impecable, pero, al mismo tiempo, clásico. Y, por tanto, perfectamente predecible. Para desviar la atención de los franquistas, y, si era posible, sus tropas, se ordenó al III Cuerpo de Ejército, posicionado al Norte de Madrid, entre El Pardo, Fuencarral y Chamartín, un ataque contra la Cuesta de la Reina. Era una buena idea, porque atraería sobre sí a las mejores unidades franquistas, asegurándose su embolsamiento, si toda la operación daba resultado. Un éxito total de este ataque de distracción podría conseguir la recuperación de todo el casco urbano madrileño.

 

En conjunto el plan implicaba, por el lado republicano, a 70.000 combatientes, 132 carros de combate, 43 vehículos acorazados, 217 obuses de campaña, 50 bombarderos y 90 cazas, aunque sólo 50 estuvieron operativos. Este fallo hacía peligrar todo el resto del operativo. Desde el inicio de la guerra no se había llegado, ni de lejos, a semejante concentración de fuerzas. Azaña, tan incisivo, pesimista y certero como era habitual en él, anotó en su diario que, si con tales elementos no se lograba un éxito importante, no se podría conseguir en ninguna otra circunstancia. La envergadura de tal acción, sin precedentes en la República, rebasaba la experiencia y posibilidades de la intendencia militar. En el ataque en Segovia se había evidenciado que se había perdido la unidad entre los mandos militares, que había conflictos entre ellos, así como falta de iniciativa. Esta se haría más palpable y peligrosa en la ofensiva de Brunete. Algo que resulta incomprensible en Modesto o Líster, jóvenes treintaañeros agresivos, probados pendencieros. Se ha dicho que los mandos comunistas eran reacios a hacer uso de su iniciativa individual. En realidad ésta era una característica del ejército soviético. También es verdad que, excepto Modesto y “El Campesino”, que habían servido como suboficiales en Marruecos, todos los demás carecían de experiencia militar. Y sólo Líster había recibido formación militar teórica, en Moscú. Su experiencia en el mando de tropas era de menos de un año, cuando se hicieron cargo de agrupaciones de milicianos, equivalentes a Batallones, en la Sierra de Madrid. Allí se hicieron notables por su valor, osadía, iniciativa y capacidad de transmitir entusiasmo a sus hombres. Tales cualidades, imprescindibles en esos momentos, les convirtieron en los mejores Comandantes con que podía contar la República.

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