El Gobierno de Negrín

 

Como si una declaración de independencia supusiera, por arte de magia, el cambio de la estructura de propiedad, que éste no fuera, en sí mismo, un acto revolucionario: es la visión, idealizada, de la “propiedad compartida”, mentalmente, del “bien común”, de todos los nacionalismos, especialmente de los fascistas, ocultadora y tergiversadora de la realidad. El 13 de mayo, Uribe exigió a Largo Caballero la ilegalización del POUM y la reclusión de sus dirigentes. Este se negó a prohibir un Partido obrero sin evidencia. Los Ministros anarquistas lo apoyaron, acusando a los comunistas de ser los causantes de los “hechos de mayo”. De inmediato los Ministros comunistas, Uribe y Hernández, abandonaron la reunión del Gabinete, seguidos por Alvarez Del Vayo, Negrín y Prieto, del PSOE, el azañista Giral e, incomprensiblemente, el nacionalista vasco Irujo. Indudablemente todo debía estar acordado previamente. Sólo permanecieron sentados otros siete miembros: el Presidente del Gobierno, dos de sus viejos seguidores, y los cuatro anarquistas. Estaba claro que Largo Caballero no podía dejar el Gobierno en manos de los anarquistas. Prieto le convenció que planteara la crisis al Presidente de la República. Giral ya había informado a Azaña que, en el próximo Gobierno, los liberales, de dentro y de fuera del PSOE, apoyarían a los comunistas. Así que decidió mantener a Largo Caballero, recomendándole que siguiera con los preparativos de la prevista ofensiva en Extremadura, donde los franquistas tenían tropas menos experimentadas, carreteras y ferrocarriles, puesto que la red radial la unía a Madrid, para mediados de mes. Esta había sido diseñada por el General Asensio Torrado en el mes de abril, antes de su cese, con la colaboración del Coronel Alvarez Coque y del Tenientecoronel Casado.

 

Se trataría de la mayor ofensiva republicana hasta esa fecha, que intentaría múltiples objetivos simultáneos: romper en dos la zona franquista, produciendo en ella las mismas dificultades que sufría la republicana, en tal sentido, permitiendo que Queipo De Llano recuperase protagonismo como para que pudiese disputar la preeminencia de Franco, alejar el peligro de Madrid, y atraer fuerzas del Norte, descargando la presión sobre Bilbao. En realidad la situación de Franco era completamente contraria a la de la República, puesto que contaba con el apoyo de Portugal, que, quizás, hubiese permitido el paso de tropas de una a otra zona sin más dificultad que el correspondiente rodeo. Dicho ofensiva no distanciaría el Frente de Madrid si no se la continuaba con otras en diferentes direcciones, a todo su alrededor, para lo que no parecía que hubiese superioridad suficiente en ninguna de las Armas. Aunque sí es cierto que obligaría a redesplegar parte de las fuerzas sitiadoras, su aviación y su artillería, para responder a tal acometida. Pero nada impediría que volviesen a sus posiciones previas tras la estabilización del Frente. Además suponía alargar inmensamente la línea de combate, absorbiendo tropas y armas, que, además, deberían reforzarse considerablemente, dada la estrechez de tal franja, que atraería ataques para cortarla, sin posibilidad de maniobrar en profundidad. Habían calculado que se precisarían 23 Brigadas Mixtas más la de carros de combate, y 32 baterías de artillería, a las que se sumarían la guerrilla que ya actuaba en la retaguardia franquista, aunque no se la conocen operaciones de ninguna envergadura.

 

Semejante movimiento de tropas era imposible que no fuese advertido por los franquistas, con su superioridad aérea y sus espías o cómplices falsamente republicanos, como podía ser el propio General Asensio: resulta significativo que a los historiadores franquistas les parezca un bien meditado plan. Además de las inmensamente largas y difíciles líneas de abastecimiento, y el peligro de desproveer a Madrid de sus mejores unidades de combate. No hay gran diferencia entre una ofensiva en Extremadura y la que efectivamente se llevó a cabo en el Centro, puesto que la distancia entre ambos no es demasiado importante. Quizás la aviación franquista hubiese tardado más tiempo en reposicionarse, pero sólo significaría unas cuantas jornadas de ventaja, en una operación de tales dimensiones, cuyos efectos debían sopesarse a largo plazo. Los asesores soviéticos y los mandos superiores militares comunistas exigían una ofensiva que alejase el peligro de Madrid, ensanchando su perímetro defensivo. Insinuaron a Largo Caballero que los soviéticos no aportarían aviones ni carros de combate, ni el General Miaja consentiría que se desplazara sus fuerzas para la ofensiva de Extremadura. Querían que la capital continuara siendo el objetivo de su propaganda internacional. Sin embargo esto suponía que la Legión Cóndor podría desplazarse fácilmente hasta Avila, desde donde estarían al alcance de dicho escenario.

 

Esta obcecación comunista tuvo también una repercusión inesperada: si, inicialmente, la disciplina de la que hacían gala, frente a la indisciplina y odio al ejército de los anarquistas, había atraído a los militares profesionales, ahora éstos rechazaban sus intentos de controlarlo todo, de tergiversar la realidad con objetivos publicitarios, la obsesión por transformar en victorias, por exigir sacrificios, en operaciones que se evidenciaban mal planeadas o imposibles de cumplir en los términos previstos, las acusaciones de cobardía o carencias profesionales a los que objetaban tales planes o dificultades de llevarlos a cabo, la acaparación de cargos, la falta de objetividad en los ascensos de algunos inútiles, y, sobretodo, las virulentas campañas contra los que denunciaban el uso ventajista, para los suyos, del armamento e intendencia militar. En realidad toda la controversia que se pudiese suscitar resulta inútil por dos razones: la ofensiva, finalmente, se llevaría a cabo, un año más tarde, y resultaría un fracaso. Habría que argumentar, entonces, si todo permanecía igual o había cambiado algo que hiciese incomparables ambas situaciones: los franquistas eran, un año después, mucho más poderosos, tenían más armas y medios, entre otros los que habían ido capturando a los republicanos, habían reclutado más tropas, habían acabado con el Frente del Norte, concentrando todos sus efectivos donde creían conveniente, ya contaban con más de la mitad del país, por lo que su victoria final les parecía indudable, sólo cuestión de tiempo y esfuerzo, si bien los republicanos habían mejorado muchísimo en capacidad de combate y adiestramiento, aunque no en avituallamiento, puesto que cada vez la deficiencia alimentaria era mayor, aunque las restricciones no llegaran al ejército, lo que también influía, negativamente, en las esperanzas de victoria.

 

Largo Caballero, sin más apoyo que sus incondicionales y los anarquistas, volvió a su idea de un Gobierno sindicalista, en realidad algo muy parecido al Consejo de Defensa Nacional, en sustitución del Gobierno, que le habían pedido aquellos en septiembre, con la mayoría de los Ministros, o como se les llamase -¿Comisarios del Pueblo, como en la Revolución Rusa, hasta que Stalin volvió a su tradicional denominación?- procedentes de la UGT y la CNT. Sin embargo había un “pequeño” problema: ¿qué iba a pasar con la “ayuda” soviética? Ni el ala moderada del PSOE ni la UGT lo apoyó. La rutina democrática también había decaído profundamente. Los partidos políticos no tenían mayor cometido que negociar la proporción de Ministros que les correspondían tras cada crisis de Gobierno. Habían dejado de tener reuniones internas, perdiendo contactos con sus bases. El Congreso no se reunía, a pesar de que él había recomendado que se convocasen sus reuniones. Largo Caballero, con su visión de democracia obrera, no tenía el menor interés en hacerlo: no se trataría más que de una cortapisa más, ya que no podía contar con mayoría absoluta. Siempre crítico y agudo Azaña lo reflejó en su diario. Tampoco existía el contrapoder de las publicaciones periódicas, atenazadas entre la censura y el temor a parecer antipatrióticas, antidemocráticas, si criticaban en exceso al Gobierno: todas las publicaciones parecían escritas por la misma persona, culpando de todo al fascismo internacional y propagando la victoria. No eran, por tanto, un estímulo al debate democrático. Todos hablaban de revolución, como si hubiesen desaparecido las diferencias entre los distintos partidos políticos, entre las clases sociales. En tales circunstancias, lo más sensato que pudo hacer Largo Caballero fue presentar su dimisión el 17 de mayo. Azaña encargó el Gobierno a Negrín, tal vez a consecuencia de un pacto con los comunistas.

 

Lo formaban 3 miembros del PSOE, el Presidente del Gobierno continuó con Hacienda, Indalecio Prieto en Defensa, y Julián Zugazagoitia en Gobernación. Dos del PCE, Jesús Hernández, que simultaneaba Educación y Sanidad, y Vicente Uribe, en Agricultura. Otros 2 de partidos liberales del Frente Popular: José Giral, como Ministro de Estado, y Bernardo Giner De Los Ríos, en Obras Públicas. Completaban el Consejo un nacionalista catalán, Jaime Ayguadé, en Trabajo y Asistencia Pública, y otro vasco, Manuel De Irujo, en Justicia. Desaparecía el pro-comunista Alvarez Del Vayo, que había colaborado en la crisis gubernamental anterior. También Jesús Hernández comenzaba a discrepar de las decisiones del PCE. Según éste, los seguidores de Largo Caballero y los dirigentes anarquistas se negaron a apoyarlo, lo que sólo produjo su rápido descrédito. Ya no hubo más Ministros anarquistas, ni siquiera representantes directos de la dirección de UGT, que pudiesen ser favorables a la línea de Largo Caballero. La CNT publicó que se trataba de un Gobierno contrarrevolucionario: no se podría esperar otra cosa. Juan Negrín López era un canario de posición desahogada. De joven había sido autonomista, por lo que la idea federalista del PSOE lo ganó. Era médico, y había obtenido la cátedra de fisiología que desempeñó Ramón y Cajal. En ella fue maestro de Severo Ochoa. Su capacidad lógica, su constancia e inteligencia le hacían superior a los demás políticos profesionales de su época. Aunque era un tanto simplista: quizás tenía una visión de las relaciones humanas como si fuesen semejantes a las reacciones químicas, por lo que tanto los comunistas como Azaña pretendieron manipularlo. Sus discursos en el Congreso le catalogan de progresista, aunque sin llegar al sentido revolucionario.

 

En 1933 fue nombrado representante de España en la Oficina Internacional del Trabajo. Continuaría como Presidente del Gobierno hasta el exilio, en agosto de 1945. Quizás su visión simplista, su experiencia como catedrático, como médico, su confianza en la consecución de cualquier meta mediante el esfuerzo personal, o en su propio talento y constancia, lo hacían autoritario, convencido de que podía juzgar qué era lo mejor para los demás. Gran Bretaña y Estados Unidos acogieron favorablemente tal nombramiento y autoritarismo. Quizás esperaban que acabase con cualquier poder comunista. Sin embargo, como decía Lenin, la realidad es tozuda. El inteligente Negrín sabía que no podía contar, en principio, con otra cosa para ganar la guerra, su primordial objetivo, más que con la U.R.S.A. y con el PCE, de cuya disciplina y autoritarismo era admirador. Quizás hizo excesivas concesiones, concentrado “científicamente” en su objetivo básico, cerró demasiado los ojos ante los excesos de Orlov y su policía secreta. De las primeras decisiones del nuevo Gobierno fue clausurar “La Batalla”, publicación periódica del POUM. o republicano ilegalizor el ataque armada alemana, en Ibiza, aunque sin ejo de AragLas relaciones entre Gobierno central y autonómico continuaron deteriorándose. Por ambas partes aumentaron las mutuas sospechas. Para unos, Aguirre pretendía negociar una paz por separado. Para los otros, el Gobierno del Estado impedía el envío de armas. En tal sentido amenazaban con desvincularse de su lealtad hacia la República. Amenazas, deslealtad, extorsión, relativizar conceptos fundamentales, como la Constitución, despreciar las normas de convivencia, especular con todo, someterlo todo a subasta, chalaneo, compra-venta, anteponer los beneficios e intereses particulares a los colectivos, la discriminación sobre la igualdad, los privilegios sobre la justicia, la distorsión a la realidad, histórica o contemporánea, el ventajismo al consenso: esas son las señas de identidad de los nacionalismos separatistas, centrífugos, pacatos, provincianos, aldeanos.

 

Todo lo contrapuesto al nacionalismo originario, integrador, estatalista, universalizador, humanista, legalista, igualitario, liberador y fraternal, en el sentido en que fue consagrado por la Revolución Francesa. La República, ya que no podía enviar ningún tipo de refuerzos al Frente Norte, trató por todos los medios de obligar a los franquistas a desviar tropas y medios de allí. Así, en el mes de mayo, se realizaron ofensivas en Huesca y en la Sierra de Guadarrama, en dirección a Soria, aunque Franco logró contenerlas sin necesidad de reducir el esfuerzo en el Frente Norte. El 22, atacando desde las tomadas Durango, vía Amorebieta, y las ruinas de Guernica, convergiendo hacia el Oeste, en dirección a Bilbao, y, simultáneamente, tratando de aprovechar las posiciones menos defendidas, hasta entonces fuera de la acometida principal, por Norte, hacia Meñaka y Bakio, la 4ª Brigada Navarra llegó al flanco izquierdo, al Este, del “Cinturón de Hierro”. Sin embargo el avance franquista se enlenteció: las fuerzas republicanas en Vizcaya habían mejorado su capacidad militar, aprendido a protegerse de la aviación, e incluso a usar armas ligeras para tal cometido, llegando a impedir que pudiera acercarse en sus ataques, con los que éstos se hacían menos certeros, menos eficaces. Al parecer, cerca de una tercera parte de los FIAT derribados lo fueron a causa de armas personales, lo que demuestra que lo innovador de su diseño, el primer avión íntegramente metálico, monoplano y con carlinga cerrada, era deficiente en su coraza y escudos protectores. A pesar de que Aguirre asumió el mando personal del ejército, como era de esperar (Hitler hizo lo mismo desde 1943) no consiguió que fuese mucho más eficaz. La República destituyó a Llano De La Encomienda, y envió al General Gámir Ulíbarri, militar de carrera vasco, en su lugar.

 

Con lo cual Aguirre perdió toda su ascendencia sobre el Cuerpo de Operaciones que, desde entonces, se denominó Cuerpo de Ejército del País Vascongado, con entidad separada del Ejército del Norte. A raíz de ello fueron sustituidos jefes de Brigada, e incluso de División, por el mecánico-tornero Belderrain, que se distinguió organizando la apropiada defensa de las Inchortas, barrera natural en el camino de Elgueta, entre Eibar, Elorrio (donde se ubicaba el puesto de mando republicano) y Vergara (donde se encontraba el puesto de mando franquista) entre Vizcaya y Guipúzcoa; Cristóbal, comunista; y el Coronel Putz, francés, de las Brigadas Internacionales. Bederrain había comprendido que, con superioridad aérea enemiga, las líneas de defensas fácilmente detectables desde el aire sólo podían mantenerse temporalmente, que las montañas no podían defenderse si no se protegían los caminos en los pinares, que no contaban con tropas suficientes para presentar un Frente continuo de 189 kmtrs., y que los oficiales no podían decir a los soldados que era imposible resistir a los franquistas, a sus aviones, a sus tanques y a su artillería, lo que sólo podía interpretarse como que lo más sensato era huir ante sus bombardeos y asaltos, antes de que los atrapasen y fusilaran, como se decía: el terrorismo les dio resultado a los franquistas. Así que dejó sólo la mitad de sus hombres en las fortificaciones establecidas y, con el resto, preparó una segunda línea, capaz de proteger a la anterior, en posiciones independientes, irregularmente distribuidas, pero unidas por túneles, camufladas en el terreno o recubiertas de hierba, incluso las alambradas, sembrando de minas anti-tanque los pasos hacia los montes.

 

Tras muchos intentos fallidos y bajas, los franquistas consideraron la línea inexpugnable, aunque Bederrain y su Batallón Martiartu debieron retroceder hasta el “Cinturón de Hierro”, según las órdenes recibidas, para unificar el Frente, reduciendo el perímetro defensivo y protegiéndose en tales fortificaciones, cuyo concepto aquél consideraba erróneo. Sin embargo no se sustituyó al General Gorev, puesto que, aunque no había demostrado ningún mérito, era fiel al Gobierno del Frente Popular y partidario extremo de la resistencia a ultranza. El 25 de mayo se juzgó a Hedilla por “manifiesta actuación de indisciplina y de subversión frente al Mando y el Poder únicos e indiscutibles de la España nacional” (¿no debía Franco también haber sido juzgado por el mismo tribunal por iguales cargos?) y condenado a dos penas de muerte, una de ellas por los tiroteos de Salamanca. Serrano Súñer convenció a su concuñado de la conveniencia de conmutárselas por cadena perpetua. Al final sólo cumplió cuatro años, hasta que fue anulado como político. El 28 se produjo un intenso bombardeo contra Barcelona. El 29, aviones republicanos atacaron a buques de la Armada alemana, en Ibiza, entre ellos el acorazado “Deutschland”, en Ibiza, aunque sin causarles daños. Cuando Indalecio Prieto se hizo cargo del Ministerio de Defensa, que agrupaba los ejércitos de Tierra, Mar y Aire, comentó que su antecesor, y Jefe del Gobierno, no le había dejado documentación que justificase la ofensiva en Extremadura. Puede que fuese una crítica más hacia quien hacía objeto de odio personal. Quizás se tratase de una exageración, que, a parte del plan global, no se habían cursado órdenes de desplazamiento y preparación a los niveles inferiores. Como alternativa tuvo lugar un movimiento táctico en la Sierra de Guadarrama.

 

Para ello se puso bajo el mando del Coronel Domingo Moriones, Jefe del I Cuerpo de Ejército, asentado en la sierra madrileña con sus divisiones 1, 2 y 3, las 34, 35 y 69, a las órdenes de José Mª Galán, el General Walter y Durán, además de la Brigada de carros de combate, bajo la dirección de Pavlov, buenas asignaciones artillera y aérea, al menos en teoría. El objetivo era tomar La Granja de San Ildefonso, y, desde ella, hacerse con Segovia mediante una acción enérgica y sorpresiva. De haber tenido éxito habría sido la primera capital de provincia reconquistada por los republicanos, lo que se habría utilizado propagandísticamente, sobretodo en el extranjero. Para ello todas las fuerzas implicadas debían converger hacia dicho objetivo. Esto sólo suele dar resultado cuando se atacan fuerzas móviles, no posicionadas ni fortificadas, en terreno despejado y llano. El ataque comenzó al amanecer del 30 de mayo, con un contundente cañoneo sobre Cabeza Grande, Matabueyes y la Cruz de la Gallega. Terminado éste avanzó la infantería de la 69 División, sin cobertura aérea hasta las 11 de la mañana, que, par colmo de males, descargó sus bombas sobre las propias posiciones. No obstante se tomó el primer cerro, desde el que se podía disparar contra la carretera de Segovia. Walter envió a la XIV Brigada Internacional a tomarla, lo que realizó a costa de cubrir el bosque con sus muertos. El 31, la Armada alemana, en venganza por el ataque aéreo de Ibiza, bombardeó Almería. A petición de la mayoría de las Federaciones, se reunió el Pleno del Comité Nacional de la UGT, que condenó la actitud de la Comisión Ejecutiva de respaldo a Largo Caballero, y los “hechos de mayo” en Barcelona, y se decantó por la ayuda a Negrín, el mantenimiento de las relaciones tradicionales con el PSOE y establecer lazos fraternales con el PCE.

 

Según éste, se llevaba tiempo realizando un “trabajo” con las milicias anarquistas en el Frente, convenciéndolas de lo inadecuado de mantener su intención de destruir el Estado y el ejército, la descentralización económica, etc., precisamente en tiempos de guerra, concluyendo que el resultado era la presión sobre sus dirigentes, que habían llegado hasta reposicionar al Secretario General de la CNT, Mariano R. Vázquez en dicha perspectiva. Si bien éste no llegó a conocer tal interpretación de los comunistas, ya que murió en un accidente en París, después de la guerra. En dicha ciudad, en mayo de 1937, se celebró la Exposición Internacional de Artes y Técnicas. España estuvo representada por su Pabellón de la República, innovación arquitectónica que causó admiración. Luis Araquistáin, embajador español en Francia, presentó una magnífica exposición de carteles, murales y paneles informativos sobre la situación española, artesanía popular y escenificaciones. Lo que más sensación produjo fue el “Guernica”, de Pablo Ruiz Picasso, una obra descomunal realizada en poquísimo tiempo, y de impacto dramático insuperable. Le acompañaban otros cuadros, asimismo excelentes, como “El campesino catalán y la Revolución”, de Joan Miró, o “Los aviones negros”, o la escultura “El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella”, innegablemente influida por el arte soviético. También estuvo presente el franquismo, financiado por la Iglesia Católica española, con bandera vaticana, a través del cuadro “Intercesión de Santa Teresa por la guerra española” ¿Una santa intercedía por una guerra? El 1 de junio, el Pleno del Comité Nacional de la CNT, declaró su apoyo a Negrín. Ese día la División de Avila con los refuerzos que Barrón llevó desde el asedio de Madrid, a las órdenes de Varela, hincaron la contraofensiva en La Granja de San Ildefonso. Con ayuda de un gran número de cazas y bombarderos desalojaron a los republicano del Cabeza Grande, con lo que la operación hizo aguas.

 

Fue en esa acometida, trasladada a un ambiente invernal, en la que se desarrolla la novela “Por quién doblan las campanas”, de Ernest Hemingway. Y también el único poema que Bertolt Brecht dedicó a la guerra española: “El espacio que conquistó mi hermano / está en la sierra de Guadarrama. / Tiene un metro ochenta de largo / y un metro cincuenta de profundidad”. El 2 de junio Walter fue sustituido. El 3 de junio el avión de Mola se estrelló en Briviesca, en el cerro de Alcocera. Era el segundo accidente aéreo que favorecía a Franco. En este debate se ha argumentado que, para entonces, Mola no podía hacerle ninguna sombra. Pero Franco pensaba desde hacía tiempo en la postguerra. Para él lo que ocurría era una maravillosa oportunidad para conseguir el poder absoluto: era esa la base de toda su estrategia. Y una coalición de Mola con Queipo De Llano, que se jactaba de ser el conquistador de Sevilla, Huelva y Málaga, mientras que Franco aún no podía apuntarse más que las pequeñas Badajoz y Toledo, a la que podían añadirse Cabanellas, el más veterano de los insurrectos, y el monárquico Kindelán, la baza de los británicos, hubiese resultado muy incómoda. Más aún si Mola conseguía presentarse como conquistador de Bilbao, tras el fracaso de Franco en Madrid. Pero hay otra posibilidad: que ni siquiera en esto Franco hubiese llevado la iniciativa, que hubieran sido los alemanes quienes le facilitasen su futuro. Hitler odiaba a los militares desde que una prima suya, la única mujer de la que, al parecer, estuvo enamorado (quizás aparte de su madre) se casó con un teniente de húsares. Y también por la presunción militarista de su padre, mero guarda de aduana. Sanjurjo, como militar, era nulo. Pero su ambición era desmedida y, lo que es peor, contrastada, mientras que el reservado Franco la mantenía oculta.

 

Estaba estrechamente ligado a los sectores más conservadores del país, entre ellos con Calvo Sotelo, asesinado dos semanas antes de la fecha que tenían prevista para el golpe de Estado. Y hacía un bloque compacto con Mola, como instigadores y planificadores del levantamiento, del que pretendían beneficiarse. No es extraño que a los alemanes se les ocurriese “aumentar el peso”, o disminuir la potencia motriz de su avión para sacar de escena al aspirante a Jefe del Estado. Mola había dejado de ser necesario, puesto que ya había coordinación entre todas las fuerzas franquistas, y se había mostrado ineficaz en la batalla: no había podido conquistar Madrid y se atascaba en el camino a Bilbao. Cierto es que la ofensiva comenzó con un intenso temporal, tanto que, según se comenta, los franquistas decían que hasta Dios se había puesto del lado republicano. Pero también que los alemanes enviaban a Franco continuas protestas, por el comportamiento militarmente conservador de Mola. En realidad éste hacía mucho tiempo que no desarrollaba acciones militares, puesto que se había dedicado a la represión, la tortura y el aniquilamiento de la oposición a los dictadores. Así que la guerra le cogió completamente desentrenado. En todo caso, parece que, durante la de 1936-1939, hubo casi igual cifra de aviones accidentados como derribados en combate. A Mola se le sustituyó por el General Fidel Dávila: “fidel” a Franco. Era igualmente metódico, pero menos indeciso que el fallecido. El 6 de junio, a medianoche, el Coronel Moriones consideró que la ofensiva en Segovia había fracasado, y devolvió las tropas a sus posiciones anteriores. Costó 3.000 bajas, 1.000 de ellas a la XIV Brigada Internacional. Walter comunicó a Moscú que dicha Brigada había actuado heroica, pero pasivamente, lo que no era cierto. Añadió que se había dejado matar durante cinco días, con lo que la responsabilizaba del fracaso.

 

Se supo, por primera vez, que los brigadistas internacionales se habían quejado por los sacrificios que se les exigían para tan escasas consecuciones. Algunos escritores han relatado crueles castigos por algunas desbandadas, ante los ametrallamientos de los cazas franquistas. Por ejemplo, que en la Compañía disciplinaria de la XIV Brigada Internacional, el Capitán Duchesne escogió a cinco de los se habían desbandado y les disparó a la nuca. O que Walter ordenó ametrallar a los miembros de la 69 División que se retirasen de Cabeza Grande, fusilar sobre el terreno y apalear a los milicianos dispersos. La ofensiva sólo consiguió demorar en diez o quince días la toma de Bilbao. Azaña anotó en su diario que el enemigo sabía no sólo el cuando iba a comenzar el ataque, sino cuando se daría por concluso. Parece exagerado, aunque pudiese tener algún fondo de veracidad. Más relevancia tuvo la actuación aérea. Particularmente los cazas FIAT al mando de García Morato. La aviación republicana, pilotada por soviéticos bajo el control de “Douglas”, sólo operó unas pocas horas, desplegando poca combatividad. El Coronel Moriones informó que tanto los cazas como los bombarderos se habían mantenido a mucha altura, bombardeando precipitadamente, y los cazas, a prudente distancia, pocas veces llegaron a ametrallar a sus objetivos, mientras admiraba la actividad y eficacia de la enemiga. Se ordenó entonces una ofensiva sobre Huesca, a cargo del nuevo Ejército del Este, a las órdenes del General Pozas. Se le unió la XII Brigada Internacional “Garibaldi”, llegada de Madrid, más otras cuatro Brigadas venidas del Frente Central, todo al mando de Lukács, aunque sin suficiente artillería ni tanques. Dávila reorganizó sus fuerzas en el Frente Norte y, el 12 de junio, ordenó el asalto.

 

El reconocimiento aéreo corroboró lo que indicaban los planos entregados por Goicoechea. En realidad Richthofen lo venía diciendo desde el 29 abril: buena parte de las posiciones aún no estaban fortificadas. Desde su punto de vista se había concedido a los republicanos mes y medio para completarlas, sin necesidad. La nueva faceta de la ofensiva comenzó con el bombardeo simultáneo de 150 cañones de gran calibre y la aviación, coordinado con el rápido ataque, y esto era innovador, de García Valiño, Juan Bautista Sánchez y Bertomeu, a través de pasillos que se habían dejado sin cubrir por las bombas, mientras éstas impedían que se reenviasen tropas de primera línea para reforzar la defensa o taponar las brechas. Roto el Frente, tal como era de prever, dada la falta de profundidad del “cinturón”, todo se desmoronó. Aunque no fue la huída generalizada que pronosticaban. Muchos republicanos permanecieron, con alarde de valor, en sus posiciones, enlenteciendo la progresión de los fascistas. El General Lukács, por orden del Gobierno republicano, inició un ataque en Huesca, para descargar la ofensiva franquista contra Bilbao, con un escaso bombardeo artillero. El avance directo hacia Huesca se acompasó con otro, de distracción, contra Chimillas. Se envió a la infantería, al descubierto, en un terreno pedregoso, con algunas jaras, estrecho, en un sector que no alcanzaba el kilómetro, donde los franquistas, desde sus trincheras, con abundantes ametralladoras y cañones, la barrió. Un disparo artillero alcanzó el automóvil de Lukács, que murió. El comisario de la XII Brigada Internacional, Gustav Regler, que le acompañaba, resultó gravemente herido. García Morato ametralló un coche negro, informando que había matado al General. Pero, en realidad, el fallecido fue el Dr. Heilbrun, Jefe de Sanidad de la División.

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