Los “hechos de mayo” de 1937

 

Eran conscientes de que eso significaría tener que desmantelar la Consejería de Defensa, que sobrepasaba el Estatuto de Autonomía. García Oliver pronunció un sentimentaloide discurso radiofónico pidiendo el fin de los enfrentamientos, en el que repitió dos veces que se inclinaba para besar los muertos, por lo que los anarquistas lo llamaron “La leyenda del beso”. Abad de Santillán trataba de convencer a las patrullas de control. Simultáneamente, el Consejo de Ministros designaba Delegado del Gobierno en Cataluña al Coronel Escobar. Era una sabia decisión. Pero éste resultó gravemente herido, por lo que no pudo encargarse de restablecer el orden público. Igualmente, avanzando un paso en la recuperación del poder del Estado, se designó al General Sebastián Pozas como Jefe de la Cuarta División Orgánica, y responsable de todo el Frente de Aragón. Izquierda Republicana de Cataluña, a través de su órgano de expresión, se ponía de parte del Gobierno, afirmando que toda Cataluña era de la misma opinión. En cambio, el POUM, a través del suyo, planteaba que la mejor defensa era el ataque, seguir en la movilización y la ofensiva, imponer el Frente Obrero Revolucionario y organizar comités de defensa de la revolución. El 5 de mayo, miércoles, volvieron a reunirse los dirigentes anarquistas con el Presidente del Gobierno autonómico, acordando la salida del mismo de Aiguader, como Consejero de Seguridad Interior. En una jugada para mantener la Consejería de Defensa se nombró para ella a Antonio Sesé, Secretario General de la UGT en Cataluña. Pero, cuando iba a tomar posesión de su cargo, su vehículo fue tiroteado, resultando muerto. Posteriormente aparecieron los cuerpos de los anarquistas italianos Camillo Berneri y Franco Barbieri.

 

Desde un principio se culpó a los comunistas, aunque algún historiador plantea si no fue obra de la OVRA, la policía secreta italiana, ya que habían escrito un texto denunciando las pretensiones imperialistas de Mussolini, y su objetivo de quedarse con las Islas Baleares. También fueron asesinados Francisco Ferrer, nieto del pedagogo homónimo, fusilado al considerarlo falsamente culpable de la “Semana Trágica”, y Domingo Ascaso, hermano del héroe anarquista de la toma del Cuartel de las Ataraznas, en el pasado julio. Las clases medias y elevadas sólo pretendían que se recuperase la autoridad. El Presidente de la República, que residía en el Palacio del Parlamento de Cataluña, aún fue más lejos, interpretando que los ciudadanos pacíficos deseaban un General que hiciese desaparecer la autonomía, el orden público (¿querría escribir desorden? ¿un lapsus mani?) y la FAI, según escribió en su diario. Ante la continuación de los disturbios, el Gobierno de la República utilizó su último cartucho, enviando a la Ministra anarquista Federica Montseny a Barcelona, para que pidiese por una emisión radiofónica, el cese de los enfrentamientos. Azaña anotó en su diario que se atribuyó la representación del Gobierno y de la CNT, rogando que depusiesen su actitud los rebeldes y los camaradas guardias, y asegurando que se repararían los agravios. Sin embargo los anarquistas no le hicieron el menor caso, y la Ministra tuvo que reconocer que no había más remedio que hacer uso de la violencia, lo que le produjo una conmoción en sus ideales. Largo Caballero tampoco puede permanecer impasible, y se ve forzado a enviar a Cataluña a Guardias de Asalto, de los que se retiraron 1.500 del Frente del Jarama, de Seguridad y carabineros, por tierra y por mar, contra aquellos en que pretendía apoyarse, como última alianza disponible. Para entonces los enfrentamientos se habían extendido a Tarragona, Tortosa y Amposta.

 

Simultáneamente, no se sabe si como respuesta al envío de las fuerzas de orden público, entre 1.500 y 2.000 milicianos de la Columna Roja y Negra, pertenecientes a la 127 Brigada de la 28 División, y de la Columna Lenin, del POUM, abandonaron sus posiciones y se fueron a Barcelona. En Binéfar los detuvo el Tenientecoronel Reyes, al mando de soldados de aviación, convenciéndoles para que volviesen al Frente. Sin embargo desahogaron su ira atacando Barbastro y otras localidades de Aragón. Con ello estaban legitimando, haciendo inevitable e impostergable, la intervención del Gobierno, la recuperación del mando y la disciplina en dicho Frente. Y no podía confiar en nadie si no era en los comunistas para hacerlo. Según escribió en su diario, el Presidente de la República se había quedado aislado en su residencia, en plena refriega, por lo que se quejó al Presidente del Congreso, en quien confiaba más que en Largo Caballero, que, en tal situación, no podía ejercer las funciones que le correspondían. Tal vez temía por su propia seguridad. Insinuó que, en otro caso, dimitiría. Con su habitual sutileza, no lo haría con tal contundencia como para verse obligado a cumplirlo. Indudablemente para Largo Caballero no hubiese constituido ninguna amenaza. Lo cierto es que se enviaron a Barcelona los destructores “Lepanto” y “Sánchez Barcáiztegui”, con tropas de la Armada para evacuar al Jefe del Estado. Hidalgo De Cisneros llegó a Reus con dos escuadrillas de cazas (algo innecesario: donde hacían falta era en el Frente) y dos bombarderos.

 

Los Amigos de Durruti repartió en las barricadas una octavilla, acordada el día anterior con el POUM, que al día siguiente reproduciría en el órgano de expresión de dicho Partido, dirigida a los trabajadores, en la que pedían una Junta revolucionaria, fusilamiento a los culpables (se supone que consideraban culpables a los del otro bando, no a los del suyo) desarme de todos los cuerpos armados (¿también del ejército y de las milicias, incluidas las suyas?) socialización (¿incluía este término la colectivización de tipo anarquista?) de la economía y disolución de los Partidos Políticos que hayan agredido a la clase trabajadora. Esto excluía a los sindicatos y a anarquistas que también hubiesen agredido a la misma clase trabajadora. Tanto la CNT como la FAI se mostraron en contra de semejante contenido, aquella misma tarde. Los nacionalistas vascos estaban pidiendo la intermediación de Mussolini y el Papa para que Mola no cumpliese su amenaza de destruir Bilbao. El 6 de mayo, jueves, Pío XIº encargó al Cardenal Gomá tal misión. Mola sólo se comprometió a que no hubiese excesos ni represión sanguinaria, si Bilbao se rendía. Esa misma tarde, el sector FAI de la CNT propuso al Gobierno deshacer las barricadas y volver al trabajo de inmediato, si también se retira la Guardia de Asalto y no hay represalias. A las 5 y cuarto de la mañana el Gobierno autonómico accede. “Solidaridad Obrera” publica: “¡Camaradas de la fuerza pública, a vuestros cuarteles! ¡Camaradas de la CNT, a vuestros sindicatos! ¡Compañeros de la UGT y del PSUC, igualmente a vuestros centros!”. Este reparto de camaradería y compañerismo no resulta muy coherente.

 

Sin embargo el filocomunista “El Noticiero Universal”, y “Treball”, coinciden en que hay que acabar con el trotskismo criminal, que incita a que los antifascistas de Cataluña se maten entre sí, y que atiza discordia con el país amigo y hermano de la URSS. El 7 de mayo, viernes, llegan a Barcelona los 5.000 efectivos enviados por Valencia, en 150 camiones. El Comité Regional de la CNT comunica radiofónicamente que todos deben colaborar a restablecer el orden. Se empieza a demoler las barricas, aunque sigue habiendo disparos. Sin embargo ni el PSUC ni la Guardia de Asalto abandonaron sus posiciones en el centro de Barcelona, iniciando la represión contra los anarquistas, a los que detienen públicamente y les rompen el carnet del sindicato: una estupidez, porque podría significar un medio de prueba sobre la implicación del mismo. La CNT y Largo Caballero cosechan todas las consecuencias de los acontecimientos. Las publicaciones periódicas comunistas analizan los hechos, pidiendo un castigo ejemplar para el POUM. “La Rambla”, controlada por el PSUC, informó que la UGT había expulsado a todos los dirigentes del POUM, y a los afiliados del mismo implicados en la insurrección. “La Batalla”, órgano de expresión de POUM, seguía insistiendo en que la victoria en la guerra y el triunfo de la revolución exigían la retirada de la fuerza pública de la calle y que la clase trabajadora conservara sus armas. Desde el día 8, sábado, se fue normalizando la situación en Barcelona. La batalla campal había costado, al parecer, 218 muertos, y demostrado que la unidad antifascista mediante la convicción mutua había fracasado, que sólo era posible mediante la violencia, al imperante estilo stalinista. Los Amigos de Durruti repartió un “manifiesto a los trabajadores” por las calles, en el que criticaban que la CNT hubiese ordenado el alto el fuego y el retorno al trabajo, cuando estaban a punto de conseguir la victoria total, lo que calificaban de traición a la revolución.

 

Con ello dejaban claro que su concepto de victoria total se circunscribía a determinadas concesiones, por más que las llamasen revolucionarias, mediante la extorsión de continuar con las barricadas en Barcelona y poco más ¿Se puede mantener con ello las “concesiones revolucionarias”? ¿Iban las fuerzas de orden público a permitir que se levantaran barricadas, de nuevo, sin tomar medidas efectivas para evitarlo? ¿Qué pasaba con el resto de la España republicana? ¿Se podía mantener semejante actitud revolucionaria frente al resto? ¿Iba a consentirlo una mayoría frente a tal minoría? ¿Y la España franquista? ¿Es que no contaba en los proyectos revolucionarios? ¿Y la situación en el resto de Europa, enfrentándose incluso a la Unión Soviética? ¿Es que no se cuantificaba la relación de aliados y enemigos en la que habían caído? ¿La posibilidad de conseguir armas y municiones? Y las fuerzas de orden público que, a partir de entonces iba a ser necesario apostar en Barcelona, para que la situación no volviera a repetirse, las tropas que se deberían destinar a disciplinar el Frente de Aragón, para que otro enfrentamiento en la retaguardia no contara con su apoyo, disminuyendo todo ello la capacidad ofensiva, incluso de resistencia, en primera línea. Todo ello evidenciaba la ausencia de contacto con la realidad, de sentido común, incluso, de quienes se creían los más agudos analistas políticos. La paranoia stalinista, remedo de lo que ocurría en la Unión de Repúblicas Socialistas Asamblearias, iba a recetar una actuación alternativa, aparentemente menos costosa: la persecución individual, por más extensa que fuese, de quienes consideraban culpables de debilitar la resistencia frente al franquismo. Pero, a su vez, la situación española retroalimentaba y “justificaba” las purgas stalinistas en la U.R.S.A..

 

En realidad, lo que estaba ocurriendo era la descomposición interna de un movimiento popular, que decidió acabar con la insurrección, cuando los medios gubernamentales se mostraron ineficaces contra ello, la desmoralización que producía la acumulación de derrotas, la pérdida continuada de terreno, la falta de victorias decisiva, la conversión en una guerra de desgaste, para la que no se estaba preparado, ni material, ni militar ni psicológicamente, puesto que todo se había apostado por un esfuerzo supremo, de valor y sacrificio, pero momentáneo, cuyos resultados no compensaban los esfuerzos, cuyo final, aunque lejano, y aún más costoso, no se veía nada halagüeño. La militarización obligatoria no había servido para conseguir triunfos decisorios, la participación en los Gobiernos, central y autonómico, ni había consolidado la “revolución” ni siquiera había asegurado los suministros a la retaguardia. Y la confrontación entre centralización o autonomismo, geográfico y político (considerando que el anarquismo es un movimiento político, lo que su teoría niega) como forma de vertebrar una República en guerra. Todo ello eran fracasos del anarquismo, cesiones respecto de sus principios fundamentales, que no se habían materializado en justificaciones prácticas, produciendo frustración, conductas irracionales. Y, por parte del POUM, el miedo a que el triunfo comunista produjese una España stalinista, la paulatina inmersión en una resistencia desesperada, que, sin más horizonte que su derrota, no tenía otro futuro que consolidar y “justificar” el stalinismo. Como decía Lenin, no hay nada más contrarrevolucionario que una revolución fracasada.

 

La desaparición de la URSA en 1991 es innegable prueba de ello: La Unión Europea no se habría atrevido a aprobar una jornada laboral de 78 horas semanales, 13 al día, y no 65, como falsamente se dice, puesto que sólo Polonia y Francia tienen jornada legal de cinco días a la semana, retrocediendo las relaciones laborales cien años atrás, en otras circunstancias. Igual se puede decir respecto del reparto de armas y vituallas. La falta de actividad, de combatividad, en el Frente de Aragón, su comportamiento en la retaguardia, su resistencia a la unidad de mando y a integración en un ejército, odiado por la teoría anarquista, sembraban dudas respecto de ellos, lo cual a su vez, les hacía sospechar de espurio comportamiento anarquismo. Todo ello fue causa de los llamados “hechos de mayo”. Y todo ello, parecía quedar absolutamente demostrado, para ambas partes, por los mismos. Franco llegó a decir que él había sido el causante, a través de trece agentes que tenía infiltrados en Barcelona. No hay pruebas de que se tratase más que de una baladronada. Cada parte asignó la responsabilidad de los hechos a un complot en el que estaban implicados los demás, que podían provenir de Moscú, de Berlín o de los independentistas catalanistas, según cada uno de los “analistas”. Sin embargo hay que reflexionar que, si todo se hubiese tratado de una estudiada maniobra comunista, habrían tenido sus tropas o fuerzas de orden público dispuestas, para conseguir una rápida victoria, sin dar tiempo a la prolongada resistencia, a que la situación pasase a conocimiento internacional, reivindicándose como salvadores de la situación frente a la apática, lenta, cobarde, ineficaz o cómplice inacción del Gobierno.

 

Al deponer los anarquistas su actitud, se produjo una desmoralización general entre los suyos, que, a partir de tal momento, cuestionaron todas sus posiciones teóricas y se replegaron a las directrices que propagaba el PCE. Hasta los últimos momentos de la guerra, en que volverían a tomar protagonismo de la forma más catastrófica. Hasta entonces se encarceló a 3.700 inculpados en los “hechos de mayo”, de los que un 90% eran afiliados a la CNT, un 4% al POUM, pero un 3% al PSUC y a la UGT. La mayoría de ellos fueron juzgados por tribunales especiales, que los dejaron en libertad en un 57% de los juicios, proporción que se elevó al 94% en el caso de los tribunales populares. Además hubo presos políticos, junto a otros comunes, en el sistema paralelo del DEDIDE y del SIM, en las dependencias del Palacio de las Misiones, el Preventorio C (“el Seminario”) el Preventorio G (el convento de las Damas Juanas) o la cárcel del Estado, asignada a ellos, en la calle Deu i Mata. Aparte de los campos de trabajos, creados por el anarquista García Oliver en diciembre de 1936, que poco podía imaginar que iban a servir para reprimir a los suyos. Se calcula que pudo haber unos 20.000 apresados entre el Pueblo Español de Montjuïch, Vandellós y L’Hospitalet de l’Infant, Omells de Na Gaia, Concabella, Anglesola y Falset. Las sentencias de los tribunales, posiblemente basadas en la falta de pruebas, el desconocimiento de la realidad de los hechos por los protagonistas, o los antecedentes de julio, que hacían difícil reprimir un comportamiento que resultaba semejante, sobretodo por los tribunales populares, reforzaron la mentalidad stalinista que no había otra “solución” que actuar al margen de la legalidad, mediante represión oculta, secreta, que “tan buenos” resultados estaba dando en la URSA. Las emisoras de radiofrecuencia de la CNT fueron sometidas a censura, igual que sus publicaciones periódicas y las del POUM.

 

Con ello se vieron imposibilitados de responder a las acusaciones, invectivas y calumnias que iban a sufrir. El POUM fue acusado de espionaje, de agente provocador de los fascistas, de planear el asesinato de Indalecio Prieto y del comunista General Walter, a quien se presentaba como uno de los comandantes más populares del Ejército republicano. El 8 de mayo el General Roatta comunicó al conde Ciano que el General Sperrle le había dicho que la Legión Cóndor atacó Guernica con bombas incendiarias. Lamoneda, Secretario del PSOE, hizo público que se exigía un Gobierno con autoridad en los Frentes y en la retaguardia, y que castigase rápidamente a los revoltosos de los “hechos de mayo” en Barcelona, lo que resulta bastante próximo a los posiciones del PCE. El 9 de mayo, José Díaz, en un multitudinario acto celebrado en Valencia, pidió que el pueblo juzgara la línea política del PCE, pero también que juzgara las de los demás. Que bajo el trotskismo trabajaban muchos fascistas emboscados, que hablaban de revolución para sembrar el desconcierto. Se preguntaba por qué el Gobierno no los exterminaba como a tales, planteando como prueba que en los juicios de Moscú ya habían confesado que actuaban en combinación con Hitler, bajo las órdenes de Trotsky. No es extraño que fuese un comunista español quien lo asesinara en Méjico. El ejército vasco llegó a las posiciones que se propagaban como “Cinturón de Hierro de Bilbao”. Aparte de la conexión mental con la siderurgia vasca, el Presidente Azaña escribió en su diario que era “invención de la fantasía”.

 

Siempre pesimista, desconfiado, malpensado, por lo que acertaba muchas veces, dudaba que Bilbao se defendiera. En los 80 kmtrs. de su línea defensiva habían trabajado 15.000 personas, a los que hay que sumar los correspondientes a las concesiones civiles, durante todo el invierno. Construyeron fortificaciones de cemento con troneras, aunque en muchas zonas sólo eran trincheras, y en otras había discontinuidades. Su diseño era muy simplista, quizás debido a la carencia de medios, materiales, recursos humanos y tiempo, para hacer algo mejor. O, quizás, por desconocimiento militar de sus proyectistas. Así contaba con una sola línea defensiva, no estaba prevista la defensa en profundidad, y el trazado era excesivamente rectilíneo, lo que imposibilitaba el apoyo mutuo del fuego cruzado. Todo lo cual podía ser perfectamente detectado por el reconocimiento aéreo franquista, aprovechando su superioridad en el aire. Eran, por tanto, injustificadas las comparaciones que se hacían con la Línea Maginot, que había sido reforzada en febrero, y que sería completamente inútil, más bien negativa, para detener a los alemanes, pues se convirtió en una ratonera, en la que fueron apresados soldados, cañones antitanques, ametralladoras y carros de combate, que podrían haber sido de gran utilidad desplegados en campo abierto, maniobrando en función de las circunstancias. En la construcción del “Cinturón de Hierro” no se había asegurado su secreto. En la Línea Maginot no era necesario, salvo en sus detalles internos, puesto que el fin no era ganar una guerra en marcha, sino evitarla. Es decir: su fin era disuasorio, lo que significaba que la propaganda era útil para cumplir tal objetivo. Sin embargo nada de eso hubiera servido para la defensa de Bilbao, puesto que el Comandante Goicoechea, responsable de las obras, se pasó al enemigo con los planos detallados como salvo conducto. Recapitulemos: Sevilla, Oviedo, Zaragoza, Málaga… y, ahora, Bilbao.

 

La victoria fascista en España se jalona de traiciones de militares, sin las cuales, presumiblemente, habrían fracasado en sus pretensiones. Nada de honradez, nada de sentido del honor, nada de virtudes militares, nada de amor a la Patria, a la que traicionaban y estaban destruyendo. En base a las previsibles dificultades a las que deberían enfrentarse, los italianos incrementaron los efectivos de sus unidades destacadas al Frente Norte. Igualmente, las cuatro Brigadas navarras recibieron refuerzos, hasta llegar casi a la dotación de Divisiones. También los nacionalistas, la UGT, la CNT y el PCE reclutaron nuevos Batallones, además de reposicionar en la defensa de Bilbao unidades asturianas y cántabras. En dos ocasiones el Gobierno intentó llevar refuerzos a través de Francia, especialmente aviones, pero el Comité Contra la Intervención lo impidió. Los republicanos no podían comprender que el bloqueo sólo se llevara a cabo en la frontera francesa, la que precisaban para asistir al Frente Norte, y no en la de Portugal, que suministraba directamente a Franco, sirviendo de puerto para parte de los envíos de Hitler. No se podían enviar directamente desde el resto de la zona republicana, porque podrían quedarse sin combustible, o sin el suficiente para eludir a los cazas franquistas. Para defender Bilbao sólo quedaban seis “Chatos”. Por un tiempo la moral se recuperó cuando derribaron los dos primeros Dornier 17, nuevo bombardero secreto alemán, que compartiría con el He-111 el bombardeo de Gran Bretaña, durante la batalla de Inglaterra, que habían llegado a España. Sin embargo todo se vino abajo con el derribo de Felipe Del Río, as del aire de la República.

 

La confluencia de católicos y comunistas en las trincheras vascas deshacía, por sí sola, el invento de la persecución del catolicismo, o la “Cruzada en defensa de la religión”, que no es otra cosa sino la versión católica de la Guerra Santa o Yijad islamiyia. Los comunistas culparon a Largo Caballero de no haber conseguido la formación de un ejército regular, como se había hecho en Madrid. Era una acusación injusta, porque el Frente Norte estaba incomunicado, fuera del dominio de Valencia, y en el País Vasco no había la proporción de comunistas que habían conseguido establecer tales criterios en el Frente del Centro. Lo mismo se puede decir respecto de la acusación de no haber militarizado la industria vasca. Lo cierto es que el nacionalismo se basa en la connivencia con la burguesía local, en la defensa de sus intereses exclusivistas, como puede ser la reducción impositiva. Y el mantenimiento intacto de sus empresas. Así que, en vez de ello, era más fácil culpar siempre a Madrid, esperar que la ayuda le llegara por arte de magia. Allí habían actuado con gran entrega, entusiasmo, y movilización popular, los comisarios políticos. En el Frente Norte se les movilizaba como soldados: preferían el fascismo a la menor inquietud de futura revolución. Consideraban proselitismo, y se prohibía, la propagación de que las milicias debían convertirse en ejército. En Bilbao y Santander se prohibieron reuniones políticas multitudinarias. Las publicaciones periódicas fueron sometidas a censura. Sólo el nacionalismo, incluso el separatista, estaba autorizado. Mientras que el pueblo llano, los obreros vascos, luchaban con heroísmo en defensa de la República, el contubernio nacionalista-empresarial tramaba la traición. Nada se había hecho para mejorar el problema de la propiedad de la tierra, los salarios, la situación de las masas obreras o la incorporación de la mujer a la industria.

 

El 12 de mayo, el Secretario de Estado del Vaticano, el Cardenal Pacelli, futuro Papa, envió el telegrama al Presidente del Gobierno Vasco, con las condiciones de rendición de Bilbao acordadas entre Mola y el Cardenal Gomá ¡a la dirección del Presidente del Gobierno de la República! Un error incomprensible en la democracia vaticana, que me hace sospechar de algún infiltrado, respecto de una Curia innegablemente pro-fascista ¿Quizás alguien ideológicamente próximo al demócrata Cardenal Roncallli, futuro Papa Juan XXIII, el único que se opuso abiertamente al concordato con Mussolini, por lo que fue “desterrado” como Nuncio Apostólico a Turquía? Así que el Gobierno autonómico nunca llegó a enterarse de ello. En realidad, el Partido Nacionalista Vasco se puso a disposición de los sediciosos desde el primer momento. Sólo unos días después, cuando se comprobó que el golpe de Estado había fracasado, que el Gobierno legítimo se mantenía en el poder en más de la mitad de la nación, aunque quedaba incomunicado respecto del País Vasco, lo que facilitaba las aspiraciones de los autonomistas, incluso de los separatistas, que serían, al menos durante un tiempo, imposibles de evitar desde Madrid, Pamplona o Sevilla (la bicefalia golpista, tras la muerte de Sanjurjo, y hasta el posicionamiento de Franco en Salamanca) y que aquél estaba dispuesto a negociar un Estatuto sin pasar por las cortapisas legales que, con la composición electoral de entonces, se hacía difícil, casi imposible en tiempos de guerra, cambiaron de bando. Es posible que en esto influyeran los militares de la zona, que, desde el principio, presuponían la victoria de los insurrectos, actitud derrotista en la que persistieron casi todos, impidiéndoles, psicológicamente, una defensa eficaz. Menos aún contraataques efectivos.

 

Era más fácil culpar siempre a Madrid, como de costumbre. Una minoría del PNV, en los entornos de Ajuriaguerra y Leizaola, se mantuvo en la actitud de un acercamiento hacia los rebeldes, negociando, a través del cónsul de Italia en San Sebastián, la rendición por separado, respecto del resto de España, y el compromiso de que las milicias nacionalistas mantendrían el orden público en Bilbao (es decir: impedir la destrucción de la industria pesada) hasta que llegara el Cuerpo de Tropas “Voluntarias” italiano, que defenderían a los civiles (no a los militares ni a los militarizados, que, por tanto, debían esperar la represión por haber obedecido al Gobierno legítimo) bilbaínos de los españoles franquistas. Y se lo creyeron. La República no estaba dispuesta a que los altos hornos, los astilleros y la industria armamentística, o utilizable como tal, pasara indemne a manos del enemigo. Para los separatistas, la independencia es mero voluntarismo, y la podrán conseguir en cuanto lo deseen, en cuanto se lo propongan. No hacerlo, es su máxima demostración de magnanimidad, de condescendencia, por la que el resto del país debe estarles agradecido y pagarles el favor. En el caso de los vascos, siempre creen tenerla al alcance de la mano, cuestión de semanas o de meses, a lo sumo. Su análisis político se basa en que las piedras se pueden romper a cabezazos. Y, cuando la realidad lo desmiente, se autohipnotizan de que la realidad intenta engañarlos, que la verdadera causa ha sido no haber golpeado con mayor fuerza y convencimiento. No les importan los sufrimientos que tal “análisis” pueda acarrear a unos u otros. Es decir: significativamente similar al nacional-socialismo. Ante tal simplicismo era un “contradiós” destruir lo que, sólo unos meses después, terminaría siendo “suyo”.

Advertisements
This entry was posted in El largo y tortuoso camino a la democracia en España. Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s