La rendición del Santuario de Nuestra Señora la Virgen de la Cabeza

 

Las publicaciones periódicas internacionales informaron sobre lo ocurrido, por lo que, igual que habían hecho respecto de Durango, como de costumbre, la derecha “informó” lo contrario de la verdad: con el antecedente de Irún, culparon del incendio al ejército republicano que se retiraba. El 29 de abril, Queipo De Llano publicaba en el ABC que habían sido “los dinamiteros asturianos que han empleado los marxistas para después achacarnos tal crimen”. Es decir, reconocía que había sido un crimen, aunque no su autoría. Aquella misma mañana las tropas franquistas tomaban las ruinas, lo que habían dejado sus aliados nazis, de Guernica. El Cuartel General de Franco editó un comunicado en el que culpaba al fuego y a la gasolina (¿habían disuelto la ciudad con gasolina?) a las hordas rojas al servicio del perverso y criminal Aguirre, que había lanzado la mentira infame, porque era un delincuente común (al contrario que los insurrectos, que eran criminales de guerra, de lesa humanidad) y a los que quemaron Eibar e Irún, que siempre dejan una España espectral a sus espaldas ¿Se refería a la derecha conservadora española, que siempre deja un reguero de muertos a sus espaldas? Los eclesiásticos españoles confirmaron la mentira infame de que las víctimas habían quemado su propia ciudad, con ellos dentro. En Roma, un catedrático de teología declaraba que en España no había un solo alemán, porque Franco tenía suficiente con los soldados españoles, que eran los mejores del mundo. Y entonces ¿qué hacían en España los italianos? ¿Y los marroquíes? ¿No eran también españoles los que estaban del otro lado de las trincheras? Más tarde, algunos miembros de la Legión Cóndor dijeron que lo que trataron de hacer fue destruir el puente de Rentería, próximo a Guernica, pero que el viento, de fuerte intensidad, desvió las bombas.

 

Desde la altura a la que bombardea un Ju-52 el viento no puede, no tiene tiempo, de modificar el recorrido de bombas de 250 kgrs. de peso. Se sabe que no hubo viento dicho día. Que el puente no sufrió ningún daño, a pesar de las muchas pasadas efectuadas. Que los bombarderos volaron en formación cerrada, como se hace para destruir ciudades, y no en fila, como cuando se bombardean objetivos aislados, singulares, como un puente o un barco, de forma que cada avión abra paso al siguiente, le permita acercarse más al blanco, ocultándolo a la defensa antiaérea, y corregir el tiro en función de las explosiones de las bombas arrojadas por los que les precedieron. Tampoco sirven las bombas anti-personas, incendiarias o de metralla contra un puente de piedra. Ni se han lanzado nunca 33 toneladas de bombas contra un objetivo de tan pequeño tamaño. En el diario oficial , Wolfram Von Richthofen anotó: “Lamentablemente, los rojos pegaron fuego a las casas durante la noche. Hicieron salir a todos los habitantes”. Añadió, como explicación, que también prendieron fuego a edificios públicos y monasterios, y que las casas de allí eran, en parte, de madera. Pero el incendio fue de día, no de noche, y, si hicieron salir a todos sus habitantes ¿por qué murieron carbonizados, reventados o sepultados? Sin embargo, en su diario privado, aparece que el ataque fue planeado conjuntamente con los franquistas. Quizás quiso dejar constancia por si un día tenía que aportarlo como prueba. El parte de guerra de la Legión Cóndor de dicho día ha desaparecido, convenientemente. Ni siquiera la explicación de que, como en Durango, se trataba de cortar las carreteras a las unidades en retirada, resulta justificada. Sobretodo por el uso de tan diverso tipo de bombas, antipersonas, de metralla, de poco o mediano peso, y, más que nada, las incendiarias. O haber ametrallado a los ciudadanos que huían.

 

Yo creo que los alemanes trataron de dar una lección a la aviación italiana, de cómo se debía bombardear, de acabar con sus escrúpulos de arrojar bombas sobre católicos practicantes. Demostrar que el Papa estaba de parte del nazi-fascismo, que no iba a decir una palabra en contra de ellos, a apiadarse de los vascos muertos, como hizo cuando excomulgó a los pilotos estadounidenses porque habían bombardeado Roma, poniendo en peligro su propia vida, que ya no era lo mismo, y se lanzó a las calles a bendecir a sus feligreses damnificados. Y, por supuesto, de experimentar con el terrorismo aéreo. Posiblemente buscaban la proporción más adecuada del tipo de bombas que más destrucción podían causar, especialmente la combinación de alto explosivo con incendiarias, la diseminación de bombas ligeras y la capacidad destructiva de las mismas respecto del mejor aprovechamiento de bodegas y pocillos de bombardeos. También el 29 de abril, el acorazado franquista “España” se hundió frente a Santander, tras colisionar con una mina explosiva de los suyos. Para los vascos no podía ser otra cosa que absoluto “castigo de Dios”. Durante el repliegue republicano se produjeron actos heroicos. Por ejemplo, el Comandante Cristóbal, al mando del Batallón comunista “Rosa Luxemburg”, superando la atribuida ineptitud del Coronel Yartz, a cuyas órdenes se encontraba –de quien se comenta que era incapaz de entender un plano topográfico- repelió en las ruinas de Guernica el avance de FIAT Ansaldo, aunque no por demasiado tiempo. La Cruz Roja Internacional intentó parlamentar con los fascistas del Santuario de La Cabeza. Conforme triunfaban los métodos franquistas se producía un efecto mimético en la España democrática. Para el PCE, Largo Caballero era un muerto viviente. Se había quedado sin apoyos dentro y fuera de su Partido.

 

Incluso de su sindicato. Sólo podía contar con la veleidosa CNT. Para los comunistas ésta era la explicación de por qué había paralizado la integración de las milicias anarquistas en el Ejército Popular. Por qué permitía que el Frente de Aragón continuase estancado, en calma, en una “guerra fantasma” como la que se produciría, durante más de seis meses, hasta mayo de 1940, entre los franco-británicos y Alemania, después de haber roto las hostilidades con Hitler. Por qué consentía que, en lugar de fortificar sus posiciones, por lo menos, los milicianos anarquistas se dedicasen a pasear por la retaguardia aragonesa, como los grupos de la FAI, la “Columna Maroto” o la “Columna de Hierro”, entre otras, imponiendo con violencia la “comuna libertaria”, bajo la forma de “dictadura anarquista”, expropiando explotaciones agrícolas en colectividades cooperativas, lo que los comunistas consideraban que disminuía la productividad. Al menos así era respecto del imprescindible trigo, dedicando mucha mano de obra a las actividades hortofrutícolas, mucho más rentables, cuando el país pasaba hambre, la inflación era galopante y hacían falta más hombres en los Frentes. Y también que se consintiese que, en dicha retaguardia, se prohibiera todo tipo de actividad política (en particular la comunista, la más cercana, a excepción de la suya, de las masas obreras) salvo el anarquismo. Se incautaba el dinero de los campesinos, se emitían vales, e incluso una nueva moneda, e impuestos y requisas insufribles, que, naturalmente, no iban a parar al Estado, que se pretendía exterminar a golpe de voluntarismo, sino a las industrias colectivizadas, su propia organización pseudo-partidista, o el Consejo de Aragón, que funcionaba como una especie de Estado anarquista independiente o reino de taifa. Y los que protestaban por ello eran maltratados.

 

Así que, según tal análisis, para conseguir la victoria era necesaria la unificación de todas las fuerzas militares, y también las políticas, sobretodo las que se oponían a dicha unificación militar. La CNT se convertía en el nudo gordiano, la personificación de la desunión, el punto de apoyo de Largo Caballero. Desde el principio de la sedición militar habían dicho que, primero, había que hacer la revolución, y que sólo así el pueblo estaría dispuesto, consideraría de su interés, aceptar los sacrificios necesarios para ganar la guerra. Por el contrario, el PCE había apostado, desde el primer momento, por mantenerse leales al pacto del Frente Popular, por olvidar cualquier aspiración revolucionaria, dando prioridad absoluta al triunfo frente al fascismo internacional. Es posible que pesara en ello la historia de la Revolución Soviética, que los comunistas de la época consideraban el catecismo. Especialmente la decisión de Lenin, ante el colapso económico que amenazaba el fracaso militar, de sustituir el comunismo de guerra por la “nueva política económica”. A pesar de que había sido el principal defensor, en contra del criterio de los liberales, dentro y fuera del PSOE, de que los anarquistas entrasen en el Gobierno –como reconoció el propio Largo Caballero- quizás para poder convencerles de la equivocación de los planteamientos de la CNT, lo que consiguió con una minoría dirigente, pero no con las sentimentalistas, fanáticas y carentes de formación teórica, mayoría de mandos intermedios y locales, y sobretodo, el núcleo cerrado de la FAI. Los comunistas llegaron a la conclusión de que un ataque contra los ácratas sería determinante. Tanto si Largo Caballero salía en su defensa como si se ponía en su contra, como si no hacía nada, se quedaría tan aislado que debería dejar la Presidencia del Gobierno.

 

Y todo ello sin necesidad de lanzar una campaña de descrédito contra dicho representante del Estado, contradictoria con sus planteamientos unitaristas, y que, incluso, podría considerarse como traición al Estado en tiempos de guerra. Al contrario: los que aparecían como opuestos a la unidad, traidores al objetivo de la victoria militar eran los anarquistas. Los que mejor parecían entender lo que estaba ocurriendo, quizás por su conocimiento cercano de los procedimientos stalinistas, eran los dirigentes del POUM. También eran las víctimas propiciatorias: un núcleo pequeño, sin ascendencia sindical, puesto que la FAI había logrado expulsarlos de la CNT, y en la UGT, donde se habían instalado, el déficit democrático les impedía conseguir mayor ascendencia sobre los afiliados. Además, con ello, los comunistas españoles se acomodaban a los planteamientos soviéticos de lucha contra el trotskismo, que significaba la desunión de los proletarios. Aunque el POUM, en tales fechas, no podía considerarse trotskista. Como el POUM defendía a los anarquistas con uñas y dientes, considerándolos la única barrera eficaz contra el stalinismo, se configuraban como objetivo prioritario. Para Andreu Nin había que acabar con la democracia burguesa, por lo que animaba a la CNT y a la FAI a la conquista del poder, para implantar la democracia obrera, en plena guerra civil. Para el POUM no es que la República fuese reformista, sino que el Gobierno del Frente Popular estaba negociando un pacto con los franquistas. Gorkin llegaría a decir que le cabía la certeza moral de ello. Además consideraban que del PCE no podían esperar otra cosa que una purga de tipo stalinista. Con ello la paranoia de ambas facciones se retroalimentaba mutuamente, pronosticando un sombrío futuro.

 

Ya el 24 de noviembre el PSUC había exigido la expulsión del Consejero de Justicia, Andreu Nin, del Gobierno catalán, por las constantes acusaciones de contrarrevolucionario que el POUM hacía de dicho organismo, del que formaba parte, y contra las purgas de Stalin en la URSA, en su publicación periódica, “La Batalla”, de modo continuado, lo que podía comprometer la ayuda militar de dicha potencia. Al parecer la Unión Soviética confirmó dicha amenaza. A Companys le pareció bien acabar con un apoyo de los anarquistas, de modo que el 12 de diciembre cesó al Gobierno autonómico, y el 16 designó a uno nuevo en el que el comunista Rafael Vidiella sustituía a Nin. Los anarquistas no tuvieron más remedio que acomodarse a las circunstancias, si bien consiguieron aumentar en un Consejero más, hasta cuatro, respecto del Gobierno nombrado en septiembre. El 24 de abril, el automóvil en que viajaba Eusebi Rodríguez Salas, apodado “El Manco”, comisario de Oren Público, miembro del PSUC, anteriormente del POUM y, antes aún, anarquista, fue tiroteado, aunque él no resultó herido. El 25, Roldán Cortada, destacado dirigente de la UGT, fue asesinado en Molins de Rei. El PSUC organizó un entierro multitudinario, que terminó en manifestación contra la CNT, lo que el POUM calificó de contrarrevolucionario. Con ello no ayudaba ni a la CNT ni a la revolución. Rodríguez Salas organizó una incursión contra Hospitalet de Llobregat, de intensa militancia anarquista, donde decía que podrían encontrarse los asesinos de Roldán Cortada.

 

El Gobierno republicano envió a los carabineros, para hacerse cargo de la frontera francesa y desarmar, acabando con ellas, a las patrullas de control anarquistas, que se comportaban como si toda España fuese suya, como si tuviesen potestad para decidir las relaciones internacionales, quiénes podían o no pasar de un país a otro. Los milicianos se resistieron en Bellver de Cerdanya, produciéndose un intercambio de disparos, a resultas de los cuales murió Antonio Martín, apodado “El Cojo de Málaga”, que presidía el comité revolucionario de Puigcerdá. El 29 de abril se formaron grupos armados, con fusiles y granadas de mano, de la CNT y la FAI, que patrullaban por Barcelona. La situación era tan tensa  que el Gobierno autónomo de Cataluña, previo acuerdo con la CNT y la UGT, decidió, el 30 de abril, que en Barcelona no se celebrase el 1º de Mayo. En un informe a Moscú se indicaba que Largo Caballero había prohibido la actividad del Partido Comunista en el ejército, por lo que se había recurrido a disfrazarlas de actividades culturales. Así, en el Batallón Petrov, hubo una cena la víspera del 1º de Mayo, a la que invitaron a miembros del Comité Antifascista (de escritores) al Comité del Partido (Comunista) a la redacción de “Mundo Obrero, a Líster y otros de sus mejores comandantes. Crearon en Madrid una escuela de policía para sus afiliados y simpatizantes, de la que se apoderó el NKVD. Afiliaron a todo el que se lo propuso para integrarlos en tal academia, que se llenó de indeseables, que utilizaron para sus propios fines, sin que ni siquiera Wenceslao Carrillo, del PSOE, Director General de Seguridad, pudiese impedirlo. Con ellos el paranoico Orlev detenía e interrogaba a miembros de otros grupos políticos, con absurdas acusaciones.

 

Por ejemplo, tras la batalla de Guadalajara, acusó espionaje y traición a Antonio Verardini, Jefe de Estado Mayor de la 14 División, de Mera. Al enterarse éste se presentó con Sanz, el comandante de la 70 Brigada confederal, y un camión de milicianos anarquistas, en el despacho de Miaja, exigiéndole que lo pusiese en libertad o irían ellos a sacarlo. Lo mismo hizo cuando se acusó a la Comandante miliciana Mika Etxebehere de “desafecta” (una acusación que usarían mucho los franquistas, durante casi cuarenta años) a la República. Tras el fracaso de La Cruz Roja con los fascistas del Santuario de La Cabeza., se ordenó a dos Brigadas republicanas que lo tomasen al asalto. Finalmente, al comprender que ya iba en serio, y resultar gravemente herido por la metralla el obstinado Capitán Cortés, accedieron a la evacuación de niños, mujeres, enfermos y heridos, entre ellos el propio Capitán Cortés. Propagandistas fascistas escribieron que las mujeres fueron violadas por los milicianos.

Tal vez porque, como afirma el refrán: “cree el ladrón que todos son de su condición”. No parece un adecuado homenaje a sus esposos, familiares y compañeros asediados, a los que se presentaba como héroes. Aunque poco, ya que habían sido derrotados, habían terminado rindiéndose el 1º de mayo, Franco ya había tomado el poder y su aparato de propaganda no lo necesitaba. Lo que sí es innegable es que Cortés fue operado, muriendo en el hospital de Andújar, sin que los vencedores empleasen bombas de mano ni bayonetas para asesinarlo, como hacían los fascistas con los luchadores por la libertad. Por ejemplo, tras la “liberación” del Alcázar de Toledo. Sólo murieron 20 insurrectos, frente a 100 milicianos asaltantes, una proporción, en teoría, militarmente aceptable para la toma de posiciones defensivas, si bien los rebeldes fueron bajas, en su mayoría, por el fuego artillero durante el prolongado asedio, y no en los asaltos.

 

Los supervivientes del ataque final no se tomaron venganzas ni asesinaron a los sediciosos, culpables de dichas muertes, como éstos acostumbraban a hacer frente a los defensores de la democracia. Los sitiados habían cavado sepulturas en los jardines del Santuario. Cuando los franquistas lo conquistaron exhumaron los cadáveres y los llevaron a sus localidades de origen, con gran parafernalia y ceremonia. Algo que no se ha hecho con los procedentes de las fosas comunes y las cunetas del franquismo. María Gómez, de Bélmez, entonces con 13 años, debió reconocer los cuerpos de sus tíos y sus primas. Se pidieron fotografías de los difuntos, con lo que se imprimió un certificado, encabezado por la imagen de Franco, como una especie de nuevo Dios Padre. Pasadas las celebraciones de los “25 años de paz”, a la que tanta propaganda dieron los franquistas, aparecieron en Belmez, en casa de María Gómez, unas imágenes en las losas calizas o pizarrosas de la cocina y otras habitaciones. Se veía en ellas un individuo con largos bigotes, caídos, al estilo chino, una mujer y dos niñas, más otros dos hombres, alejados de las imágenes anteriores, uno casi calvo, y otro de poblada barba. Algunos tenían los ojos muy abiertos, o bien sustituidos por una mancha negra. También aparecieron en la capilla del Santuario, pero, al reconstruir los daños del asedio, se recubrió con mármol rosa toda la capilla, y las autoridades eclesiásticas no permiten que se descubran para investigar tales imágenes. Estas tenían la característica de que desaparecían al lavarlas con lejía, aunque, días después, volvían a surgir, no exactamente en el mismo lugar, con la misma forma ni la misma distancia entre unas y otras. Se publicó que, en algunas imágenes, había restos de nitrato de plata. Se cerraron las habitaciones y las imágenes volvieron a aparecer.

 

Más tarde se descubrió que María tenía otra llave de las mismas. Se precintaron las habitaciones y las imágenes volvieron a aparecer. Pero el sello había sido roto. María declaró que le fue necesario coger algo y debió entrar. Se borraron las imágenes, de nuevo, y se volvió a precintar. Las imágenes no reaparecieron, en aquella ocasión. Aunque sí después, ya sin precinto. Se dice que María era analfabeta. Sin embargo, un investigador publicó que había descubierto que hizo un curso de revelado fotográfico por correspondencia. Que ninguna tienda del pueblo había vendido nitrato de plata o ningún producto apto para el revelado fotográfico. Pero sí en otros pueblos colindantes, aunque no conocían a quiénes se lo habían vendido, y parece que no era María Gómez. Otros investigadores informaron que dicha casa fue antiguamente un prostíbulo. Se grabaron psicofonías y sesiones de espiritismo, en las que se oían gritos. Y se publicó que en excavaciones en el patio se encontraron huesos humanos, algunos de ellos de niñas.

 Cuando María ya era muy anciana, las últimas imágenes aparecidas fueron barnizadas, y así se conservan hasta hoy, después de su muerte, sin que hayan cambiado de forma o posicionamiento. Un programa de Canal Sur-Andalucía sobre hipnosis regresiva se interesó por este hecho. María, alegando su avanzada edad, se negó a ser hipnotizada. No obstante, el psicólogo conversó largamente por ella, interesándose por hechos dramáticos de su vida. Así aparecieron los recuerdos de la guerra. María, muy orgullosa, enseñó el certificado de héroes del Santuario de Nuestra Señora La Virgen de la Cabeza. En él aparecía su tío, con uniforme de gala de la Guardia Civil, y largos bigotes hirsutos, imitando a Salvador Dalí. Y también su tía, con sus dos hijas pequeñas.

 

Dicho psicólogo llamaba la atención de que las distancias relativas de las imágenes guardaban la proporción, aunque no su posición relativa, de las de Franco y las otras dos fotografías, y que, según algunos habitantes de Andújar, el otro personaje, más distante, que no aparecía en todas las imágenes de las que hay fotografías, tenía algún parecido con el barbudo Comandante que dirigió las milicias anarquistas que asediaron el Santuario. Para mí son la consecuencia de la experiencia traumática de una niña que, con 13 años, debió reconocer los restos de sus tíos y sus primas. Los muertos tienen los ojos agrandados, muy abiertos, o se han reventado o podrido, quedando sólo las negras cuencas. La gomina o el jaboncillo, si es que disponía de ellos durante el sitio, terminan deteriorándose, y los largos bigotes caen, a ambos lados de la cara. Eso no significa que se trate de una superchería, de un timo: es posible que María Gómez los realizase de noche, quizás a oscuras, para que aparecieran durante el día, revelándose al darles la luz, pero que se tratase de un acto inconsciente, una demostración de esquizofrenia o doble personalidad, incomunicadas. Ese mismo 1º de mayo, en medio del repliegue republicano en Vizcaya, el 8º Batallón de la UGT, copó, en una emboscada, a 4.000 combatientes de “Flechas Negras”, con sus FIAT Ansaldo, haciéndolos huir.

 

Con motivo de la publicación el 30 de abril de un artículo en “Adelante”, el Ministro de la Guerra Soviético, Klimenti Vorochilov, envió un aparentemente desproporcionado telegrama cifrado a Stern, ordenándole que se fuese a ver personalmente a Largo Caballero, para responderle que no sólo no le enviarían los pilotos que habían pedido, sino que, dada su actitud desleal, tendrían que retirar a sus hombres en España, a menos que condene y castigue a los culpables del provocativo artículo, que consideraba atacaba a la Unión Soviética y sus dirigentes, o se disculpara ante ellos. El 2 de mayo se publicó en “Solidaridad Obrera” que los trabajadores no debían dejarse desarmar. Había un casus belli claramente contra los anarquistas: consideraban que el edificio de la Compañía Telefónica Nacional de España, que en realidad era estadounidense, de la I.T.T., en la Plaza de Cataluña, de Barcelona, era propiedad suya, desde que se apoderaron de él el 19 de julio. A pesar de que lo dirigía un comité formado por la CNT y la UGT, más un delegado del Gobierno autonómico. Tenían apostados sus milicianos a las puertas del mismo, que controlaba una extensa red de comunicaciones. Esta era una actitud típica de las milicias anarquistas, y humanamente comprensible, de multiplicar y justificar los puestos de retaguardia para eludir el envío al Frente de algunos, que contasen con buenas relaciones con sus dirigentes. El PCE y la Junta de Defensa de Madrid habían terminado con tal situación en la capital y en todo el Frente del Centro. Pero en la C.T.N.E. fueron más lejos, al espiar y hacer públicas las conversaciones de miembros de los Gobiernos, central y autonómico, y hasta del Presidente de la República, que les parecían traicioneras. Ningún Estado del mundo permitiría tal actitud, menos aún en tiempos de guerra.

 

El 3 de mayo, siguiendo órdenes de Artemi Aiguader, Consejero de Seguridad Interior, que difícilmente podía haber tomado una decisión de tal envergadura por cuenta propia, Rodríguez Salas, comisario de Orden Público, al mando de tres camiones de Guardias de Asalto, a las tres de la tarde, sorprendieron y desarmaron a los centinelas milicianos. Pero, al entrar al edificio, le detuvieron con ráfagas de ametralladoras, mientras, por las ventanas, disparaban sus fusiles para dar la alarma. Rápidamente los guardias de Asalto fueron rodeados. Dionisio Eroles, dirigente de las patrullas de control, intentó convencerles de que desistieran. Con adoquines de las Ramblas, el Paralelo, Ciutat Vella, Vía Layetana, Sants, San Andrés, y otros barrios alejados, se formaron barricadas. Las tiendas cerraron y los tranvías se retiraron del servicio. Las fuerzas de orden público, junto con el Partido Socialista Unificado de Cataluña, la Juventud Socialista Unificado, la UGT y algunos miembros de Estat Català se enfrentaron a los comités de defensa confederales, las patrullas de control, las Juventudes Libertarias, Los Amigos de Durruti y el POUM y su organización juvenil, Juventudes Comunistas Ibéricas. Los dirigentes de la CNT se reunieron con Companys y Josep Tarradellas, Primer Consejero, exigiendo la dimisión inmediata de Aiguader y Salas. Simultáneamente el Comité Regional de la CNT convocaba huelga general. La reunión terminó de madrugada, sin ningún acuerdo. El 4 de mayo, martes, se repartían armas en las barricadasbarricadas se repartían armas, se preparaban los edificios para la defensa, y volvieron a circular vehículos incautados pintados con las diversas siglas, a toda velocidad, para evitar el fuego de los francotiradores.

 

También reaparecieron los camiones con corazas de fabricación casera, que no estaban en el Frente, sino escondidos, preparados para utilizarlos en la retaguardia republicana. No tengo claro de qué parte estaban. Los anarquistas los achacaron a los comunistas, aunque historiadores de prestigio aseguran que fueron los libertarios quienes los usaron. Acabados los sucesos volvieron a desaparecer igual de misteriosamente, sin integrarse a los Frentes, igualmente ocultos, sin que se aclarase su procedencia o destino. Había enfrentamientos en el Paralelo, el Paseo de Colón, la Plaza de Palacio, junto al Parque de la Ciudadela, en el Born, en las estaciones de ferrocarril de Francia y del Norte, entre otros lugares. Desde los hoteles Colón y Victoria la Guardia de Asalto hacía fuego contra los milicianos de la Telefónica. Se produjeron los primeros heridos y las ambulancias tuvieron que acudir a retirarlos. La mayor parte de la ciudad la controlaban los anarquistas, incluidos los cañones pesados de Montjuïch. Barcelona tenía un notable parecido con “La Ciudad Quemada” la “Semana Trágica” de 1909. Y, también, con la del 19 de julio: sacos terreros en balcones y tejados, tiroteos, ráfagas de ametralladoras y explosiones. Los medios de comunicación conservadores internacionales calificaron los hechos como guerra civil dentro de la guerra civil. En realidad habría circunstancias, antes de que finalizase la contienda para que pudiese calificarse así con más propiedad. A media tarde se presentaron en Barcelona el Ministro anarquista Juan García Oliver y Mariano R. Vázquez, apodado “Marianet”, Secretario Nacional de la CNT, y también los dirigentes de UGT Carlos Hernández Zancajo y Mariano Muñoz Sánchez, que enviaba el Gobierno republicano. Aiguader y Rodríguez Salas presentaron su dimisión. El Gobierno autónomo se reunió, rechazando tal dimisión, que habría supuesto considerarlos responsables de los acontecimientos, y decidió pedir ayuda al Gobierno de la República.

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