El bombardeo de Guernica

 

Todo lo que habían hecho para crear ambiente, para “justificar” un golpe de Estado, no les sirvió para nada: no sacaron ningún rédito de ello, ni de los muchos muertos, destrucción y sufrimientos en cuya génesis habían colaborado. En su lugar sacaban provecho los carlistas, que sólo habían conseguido 10 diputados, y, sobretodo, la Falange, que no había logrado ninguno, sólo 20.000 votos. El único que pareció comprender la magnitud del latrocinio, el poder personal que Franco acumulaba, en sustitución de ninguna ideología, fue Hedilla. Y le costó varios días, un tiempo precioso e irrecuperable, hasta que sopesó la calaña de los designados. El 23 de enero, en La Fatarella, un grupo anarquista intentó una colectivización, encontrándose con la resistencia de los pequeños propietarios. Guardias de Asalto y patrullas obreras de la CNT llegaron desde Barcelona, produciéndose enfrentamientos en los que murieron varios campesinos. Con tales antecedentes y su finalización, que consideraron victoriosa, el Gobierno autónomo disolvió, el 4 de marzo, las patrullas de control y la Junta de Seguridad, que dominaba la FAI, y los consejos obreros y campesinos de la CNT, obligándoles a entregar las armas, y fusionó la Guardia de Asalto y la Guardia Nacional Republicana, que pusieron a las órdenes de la Consejería de Seguridad Interior, lo que interpreto que era ilegal, que invadía las competencias del Estado. El 18 de febrero el Gobierno autonómico había movilizado los reemplazos de 1932 a 1936, lo que también considero ilegal, invasor de las competencias del Estado. En un pleno del Comité Central ampliado del PCE, reunido en Valencia los días 5 y 8 de marzo, Comorera reprochaba que Cataluña no había colaborado en la victoria todo lo que podía, culpando de ello a los anarquistas.

 

Ponía como ejemplo que, mientras en Málaga los mercenarios de Franco fusilaban a tantos trabajadores, en Barcelona, Gobierno, organizaciones políticas y sindicales y periodistas, debatían si debían colectivizarse las vacas: estaba calentando el ambiente para lanzarse contra el núcleo de los más recalcitrantes. A pesar de que formaban parte de los Gobiernos de Cataluña y del Estado, y de que se habían decantado, desde el primer momento, por defender el régimen republicano, en cierta medida superando el comportamiento anarquista de 1873, aprendiendo de tan lamentable experiencia, ofrecían una resistencia pasiva a dicha movilización. Presionado por unos y otros, el cenetista Francisco Isgleas, Consejero de Defensa, ordenó la incorporación a filas, para el 18 de marzo, de tales quintas. La consecuencia fue un terrible enfrentamiento interno, que llevó a que dimitieran los Consejeros libertarios a la semana siguiente. Sin embargo, el 3 de abril se habían reincorporado Isgelas y Doménech. El 8 de abril, PSUC y UGT publicaron un “Plan de Victoria” para Cataluña, que consistía en integrar el ejército catalán en el Ejército Popular de la República, crear nuevas divisiones (era la estrategia, en ese momento, planteada por los comunistas) con las nuevas tropas movilizadas, nacionalizar la industria bélica y militarizar el transporte. Ese mismo día “Solidaridad Obrera” planteaba que ya se habían hecho demasiadas concesiones y era preciso comenzar a oponerse. Creyendo que, con ello, comenzaba una nueva etapa de la CNT, Andreu Nin, en “La Batalla”, publicaba el 11 de abril, que era necesario enfrentarse a la contrarrevolución.

 

Aunque los comunistas le acusaban de trotskista, la IV Internacional, la Liga Comunista Internacional, y el propio Trotsky le criticaban haber colaborado con el Frente Popular, que consideraban ceder a la derecha, al poder de la burguesía, anteponer el reformismo a la revolución, que consideraban que, en España, estaba al alcance de la mano. El 16 de abril se integraron otros dos miembros de la CNT en el Gobierno catalán: ante tales incoherencias era imposible tomar en serio a los anarquistas, poder evaluar correctamente las consecuencias y determinación de sus bravatas. El 20 de abril, desobedeciendo las órdenes de su Armada, un pequeño carguero británico, el “Seven Seas Spray”, arribó de San Juan de Luz a Bilbao, sin toparse con minas ni buques franquistas. Sólo encontró a los hambrientos bilbaínos, que lo vitorearon. Otros barcos, retenidos en los puertos franceses, se lanzaron a la misma aventura. El “MacGregor” fue capturado por el crucero “Almirante Cervera”, a 10 millas de Bilbao. Pidió ayuda por radiofrecuencia y el Buque de Su Majestad (en siglas inglesas H.M.S.) el acorazado británico Hood, debió amenazar seriamente a los franquistas para que lo soltasen. A partir de entonces éstos comprendieron que no podrían rendir Bilbao por hambre, como se hacía en el Medium Aevum, y volvieron a hacer los “defensores de los derechos humanos” contra Basora, para adueñarse de los pozos de petróleo irakíes ¿Recuerdan cuando decían que los que ayudasen a Estados Unidos matando irakíes, o dándoles limosnas para costearles que ellos pudiesen dedicarse a hacerlo, tendrían petróleo barato? ¿Qué están haciendo con el petróleo, que ya ni los norteamericanos lo pagan barato?

 

Posiblemente almacenarlo, especular con su elevación de precio, intentado hundir la economía europea y la china, y que baje el euro. Aquel día se reanudaron los combates. Los franquistas contaban con la iniciativa estratégica, decidían cuándo, dónde y cómo atacar. Contaban con superioridad aérea, lo que les daba la ventaja del reconocimiento, además del bombardeo, desde el aire. Contaban con superioridad artillera. Y con el fanatismo carlista. Por si fuera poco los republicanos se lo pusieron más fácil, ordenando un repliegue sin previo aviso, que pudo suponer el desmoronamiento del Frente, si Mola hubiese sido menos cauto y más brillante, incisivo. De cualquier forma, el Jefe de Estado Mayor vasco, Coronel Montaud, quedó tan desacreditado que el Presidente de la Comunidad Autónoma, el peneuvista Aguirre, debió tomar el mando de su ejército. El mismo 20 de abril la aviación italiana confundió su objetivo. A los estadounidenses les ocurrió infinitas veces en Vietnam, y volvería a ocurrirles en Irak. Sesenta y seis años antes Von Richthofen no podía comprenderlo, comentándole a su diario, en cuya discreción debía confiar, más que en la suya propia: “Ahí tienes. Han tirado las bombas sobre nuestras propias tropas. Un día lleno de desastres. Cumpleaños del Führer. Sander (se refiere, de forma tan coloquial, al General de División Sperrle, a cuyas órdenes él se encontraba) ha sido ascendido a Teniente General”. Aquella primavera, comunistas y anarquistas se enzarzaron en una guerra sucia, soterrada, muy similar al panorama que existía un año antes. El sevillano Melchor Rodríguez García, torero anarquista, con el nº 3 de la Agrupación Anarquista de la Región Centro, conocido como “El Angel Rojo” jugó un papel destacado. Huérfano de padre, tuvo que dejar el toreo tras una grave cogida. Llegó a ser presidente del Sindicato de Carroceros. Luchó por los derechos de los presos, de cualquier ideología, lo que lo llevó a la cárcel durante la monarquía y la república.

 

El anarquista García Oliver, Ministro de Justicia, lo nombró Delegado General de Prisiones, consiguiendo acabar con las sacas y fusilamientos de presos. Su nombre está relacionado con las inexplicables fugas de reconocidos franquistas, como Agustín Muñoz Grandes, Valentín Gallarza, Ramón Serrano Súñer, los hermanos Luca de Tena o Ricardo Zamora. El traidor Coronel Casado lo nombró alcalde de Madrid, encargándole de entregar la ciudad a Franco, mientras él huía, lo que hizo con las cárceles llenas de comunistas, que se habían opuesto a la rendición, casi todos los cuales serían fusilados. No obstante se le juzgó por anarquista y cargo público republicano. A pesar del testimonio a su favor de prominentes franquistas, como el General Muñoz Grandes, sobre cómo había salvado a muchos presos, se le condenó a 6 años de prisión, aunque sólo cumplió uno y medio. A su entierro, en 1972, acudieron personalidades de muy diversas ideologías, sobretodo anarquistas y falangistas. Aquellos cantaron el himno ácrata, “A las barricadas”, sin que ocurriese nada: algo insólito en la época. Pues bien, en aquella primavera de 1937, escribió un informe en el que acusaba al Consejero de Orden Público de mantener cárceles secretas, ilegales, en las que se torturaba y ejecutaba, como espías o traidores, a personas de todo tipo de ideologías, algunos de los cuales habían sido absueltos por tribunales populares. La CNT hizo pública tal acusación. El 22 de abril, Largo Caballero la aprovechó para disolver la Junta de Defensa de Madrid, tomando el Gobierno, establecido en Valencia, el control del orden público en aquella ciudad. La Columna de Hierro estaba formada por 3.000 presos comunes, liberados del penal de San Miguel de los Reyes.

 

Eran los que más se oponían a la militarización, criticando a la dirección de la CNT por haber accedido a participar en un Gobierno, que siempre era una nueva esclavitud política. Ante la amenaza de no cobrar la paga -¿luchaban los anarquistas por la paga, es que se consideraban militares profesionales, soldados de fortuna, mercenarios de la guerra?- si no se integraban en una Brigada Mixta, abandonaron el Frente de Teruel y se dirigieron a Valencia para “hacer la revolución”, aunque a lo que de verdad se dedicaron fue al bandidaje: otra demostración más de la utopía anarquista y la rehabilitación de excarcelados. Hubo que emplear el ejército para reprimirlos. En semejante línea crítica se posicionaron “Los Amigos de Durruti”, resto de la Columna Durruti que no se habían integrado en el Ejército Popular, bajo la dirección de Jaime Balius, antiguo católico y separatista. Como muchos anarquistas, seguían pensando que Durruti había sido asesinado por comunistas. Acusaban a la CNT de colaboracionista, de no tener ni seguir ninguna teoría revolucionaria. Frente a ello apostaban por un Gobierno conjunto con la UGT, en lo que coincidían con Largo Caballero, que socializase la economía, proclamase la movilización general, no tanto para conseguir la victoria sino para asegurar igualdad de trato para todos, el control obrero del ejército, la disolución de la policía y la apuesta por la revolución. Propagaban que se estaba llevando a cabo una “contrarrevolución stalinista”. Todo esto demostraba que la guerra había aniquilado el proceso de discusión interna, la capacidad de toma de decisiones según el ideario anarquista. Los ácratas habían dejado de ser una fuerza, ni política ni militar, más o menos compacta. Demostraban que carecían de una representación bajo la que se sintieran unidos. Cayeron en la desmoralización y, en su mayoría, no sólo aceptaron la integración en el Ejército Popular, sino que abandonaron su ideario y, en gran medida, se mostraron proclives a aceptar los planteamientos comunistas.

 

Al menos transitoriamente: al final de la guerra darían la desagradable sorpresa de demostrar la plasmación práctica de sus ideales revolucionarios. Cuando sufrían el bombardeo enemigo, se enfrentaban a sus ametralladoras, o se les ordenaba asaltar sus posiciones, se preguntaban qué oficial comunista lo había organizado todo para acabar con sus milicianos, sin considerar o desconociendo que los comunistas aún morían en mayor número, muchas veces a causa del estúpido y superado empleo del valor y sacrificio del combatiente, que se había demostrado ineficaz en la Iª Guerra Mundial. Peor aún si la aviación, controlada por los comunistas, o la artillería, que también creían en sus manos, equivocaba sus objetivos y disparaba sobre ellos. Para el PCE, quizás erróneamente, los anarquistas habían dejado de ser la fuerza imbatible, la principal organización obrera del país. No merecían estar en el Gobierno, no representaban a un núcleo compacto y extenso de ciudadanos. Aquellos grupos o individuos que no habían podido convencer, que se negaban a integrarse en el Ejército Popular, a admitir una línea unitaria que antepusiera el triunfo militar a ninguna otra discusión, podían y debían ser inmediatamente reprimidos, ya que habían fracasado otros métodos, y no era de esperar que funcionasen en el futuro, ni se podía perder más tiempo en ello. Indudablemente era un análisis típicamente stalinista, propio de la época, contrario al respeto a la libertad individual. En Barcelona había desaparecido la camaradería, la solidaridad, el espíritu de lucha, la ilusión revolucionaria del inicio de la guerra. Los clubs nocturnos y los restaurantes de lujo habían vuelto a dar servicio.

 

Se suministraban del “estraperlo”, y cerraban mientras las mujeres de los obreros, a las cuatro de la mañana, empezaban a coger sitio en las colas del pan, mientras se explayaban en contra de la falta de alimentos. Los anarquistas iban, de una u otra forma, perdiendo el control de las empresas colectivizadas. No sólo debían enfrentarse a la totalidad de Partidos Políticos, que se oponían a ellas, sino contra la UGT. Igual ocurría en el campo, en el que el Gobierno central trataba de asfixiar a sus colectivizaciones, cercenando sus recursos financieros, mientras los pequeños y medianos propietarios utilizaban su representación en el Gobierno autonómico para propagar su oposición a las mismas. El Partido Socialista Unificado de Cataluña culpaba la irracional distribución alimentaria a los comités de abastos anarquistas, y la situación económica tras cinco meses de “fiesta revolucionaria”. Joan Comorera, Secretario General de dicho Partido consideraba imprescindible reanudar la recaudación de impuestos, organizar los suministros y acabar con los comités de barrio anarquistas, lo que enfureció a la CNT. Desde diciembre, al constituirse el nuevo Gobierno “fuerte” autonómico, los comunistas publicaban que debían disolverse los comités obreros, y concentrar la dirección económica, política y militar en el mismo. El anarquista Josep J. Doménech fue sustituido, como Consejero de Abastos, por Comorera, que suprimió los comités y privatizó la venta de pan. Con ello las colas no disminuyeron, Doménech denunció que el resultado había sido la especulación y el acaparamiento, y la Guardia de Asalto a caballo se encargaba de reprimir sin miramientos cualquier disturbio que se provocase. Aunque el racionamiento se había aprobado mucho antes, sólo comenzó a aplicarse dese febrero. La UGT y la asociación de rabassaires apoyaron la línea del PSUC y del Gobierno autonómico, criticando la desorganización y falta de productividad de las colectividades agrarias de la CNT.

 

En la última semana de abril, se publicó un documento firmado por las direcciones del PSOE y del PCE, por el que se constituía el Comité Nacional de Enlace, que debía reunirse dos veces a la semana, proponiendo su inmediata reproducción en los niveles provincial y local, lo que, según los comunistas, se cumplió por todas partes, perdiendo Largo Caballero sus partidarios, que ahora le acusaban de anticomunismo. Los primeros fueron el Ministro de Estado, Alvarez Del Vayo, y los agrupados alrededor de “Claridad”, antes de absoluto control de Largo Caballero. En realidad se trataba de una estrategia muy bien elaborada por el KOMINTERN. El 21 de diciembre, Stalin, Molotov y Vorochilov, Comisarios del Pueblo para Asuntos Exteriores y de Guerra, respectivamente, habían enviado una carta al Presidente del Consejo de Ministros español, recordándole que había sido el Gobierno de España quien había solicitado el envío de consejeros militares (¿A qué venía dicho recuerdo? Quizás tratasen de hacerlo recapacitar sobre lo necesitado que estaba de ellos) que, por se extranjeros, debían limitarse a su labor como tales consejeros (es decir: se desaconsejaba que se empleasen militarmente en primera línea, posiblemente para evitar pruebas sobre la implicación soviética en la guerra española) que (coincidiendo con lo aprobado en la KOMINERN) la ayuda que recibía tenía por objetivo salvaguardar la democracia (resulta cínico que Stalin tuviese tal interés) por lo que debía continuar con la coalición del Frente Popular, favorecer a los campesinos y atraerse las clases medias. Es decir, eran unos consejos muy prudentes para conseguir la unidad, un apoyo mayoritario para ganar la guerra. Y, como se indicaba en la propia carta, “impedir que los enemigos de España vean en ella una República comunista”.

 

Algo, también, sumamente lógico. Y que coincidía con la estrategia de Stalin de, simultáneamente, negociar con Hitler, Gran Bretaña y Francia, al mejor postor, alianzas internacionales (ya lo había hecho con Mussolini, el primero con el que intercambió embajadores, rompiendo el bloqueo diplomático y económico, al que la Unión de Repúblicas Socialistas Asamblearias estaba sometida) intercambio comercial, y el reconocimiento de las fronteras acordadas con el Ministro británico de Asuntos Exteriores, tras la Iª Guerra Mundial. Por lo que le convenía ocultar su implicación en la guerra española, en lo que fracasó. Pero había un mensaje no explicitado, que Largo Caballero entendería a la perfección. Para comprenderlo debemos recordar que éste, para desembarazarse de la confluencia de comunistas y liberales en su Gobierno, estaba intentando un “Gobierno sindical”, es decir una coalición entre la UGT, o sea, él mismo y los suyos, y la CNT. Y, a mi entender, advertirle, amenazarle seriamente contra ello, era el velado objetivo de la carta. Es decir, que se diera demasiada preeminencia a los anarquistas. La firma de Vorochilov, el que debía suministrar armamento a la República Española, completamente innecesaria e injustificada, no podía tener otra finalidad sino hacer patente la materialidad de la amenaza.

 

Mientras Dimitrov, Gerö y los demás se encargaban de crear, de la nada, un ejército popular eficaz, disciplinado y sujeto a un mando único, imprescindible para ganar la guerra, procuraban atraerse a los militares profesionales, que siempre fueron contrarios a la cesión al anarquismo que significó la disolución del ejército republicano, que siempre desearon un ejército disciplinado, eficaz y con mando único, aunque no popular, consiguiendo, no sólo que aceptasen tal premisa, sino, incluso, que pasasen a formar parte del Partido Comunista, Codovilla fue el encargado de convencer a Largo Caballero de que cumpliese el programa acordado y que superase su odio hacia el P.C.E. por su estrategia unitarista, en especial por el efectivo control que había logrado sobre la Juventud Socialista Unificada, consiguiendo unas relaciones amistosas. Cuando llegó a España el búlgaro Stoyán Minéevich, alia nomine cognitu como “Stépanov”, ambos objetivos respecto de Largo Caballero habían fracasado. Así que se sustituyó por la estrategia de desvincular las Carteras de la Guerra de la de Presidencia. Con ello se pretendía cortar cualquier ayuda al “independentismo” militar anarquista. Simultáneamente se continuaba con la estrategia de atracción de los militares profesionales, situando en los puestos clave a los más afectos y sustituyendo a los más reacios. Cuando no bastaban las razones militares o ideológicas se acudía, simplemente, a la ambición personal, prometiendo puestos prominentes a cambio de sumisión. Así el Tenientecoronel Antonio Cordón, desde la Secretaría Técnica del Ministerio de la Guerra, se encargaba de la paga, la disciplina, los suministros y el control del personal. El Tenientecoronel Segismundo Casado, que denunció favoritismo respecto del 5º Regimiento, fue sustituido como Jefe de Operaciones del Estado Mayor General por un simpatizante de los comunistas.

 

Esto es necesario tenerlo en cuenta porque pudo afectar a las luchas por el poder, en la que Casado y, o, los comunistas, pudieron influir sobre Miaja, en el Frente Central durante la batalla del Jarama, con las consecuencias de pérdida de terreno y no conseguir una victoria neta, debido a la retención de tropas de refuerzo durante los primeros preciosos días. Y también al vergonzoso final de la guerra. En marzo un informe a Moscú aseguraba que el PCE tenía el control sobre 27 de los 38 mandos fundamentales en dicho Frente. Aunque no debe darse absoluta credibilidad a tales jactancias, que también buscaban la acaparación de méritos hacia los que se presentaban como responsables de tales “éxitos”. Desde enero, Rosenberg, el embajador soviético, continuamente presionaba a Largo Caballero con lo que debía hacer o dejar de hacer, a quiénes debía sustituir y a quiénes debía nombrar. Hasta que un día el Presidente del Gobierno lo echó de su despacho. Es posible que, con ello, el embajador soviético acabase con su última oportunidad, ya que recibió orden de dirigirse a Moscú el 21 de febrero. Y allí sería fusilado. Por supuesto no debido a tal enfrentamiento con Largo Caballero, sino como parte de una purga stalinista. Pero, si hubiese tenido más tacto, más éxito, en su estrategia, podía haber demorado más tiempo tal final, haber tenido más posibilidades de escaparse. La amenaza de dejar de recibir armas soviéticas se hacía cada vez más agobiante, conforme quedaba demostrado que ningún otro país estaba dispuesto a colaborar en tal proporción. Incluso los asesores soviéticos se tomaban tal licencia ante cualquier objeción a sus planes. En el Frente Sur el Ejército Popular obtenía nuevas victorias, de menor envergadura, en Pozoblanco.

 

Los comunistas argumentaban, además de propagar la potencia y eficacia lograda por el nuevo ejército, que se basaba en los principios de de organización, disciplina y mando único que tan machaconamente había repetido el PCE: indudablemente, sin mencionarlo, era un encubierto reproche hacia la situación en el País Vasco. El 23 de abril, Wolfram Von Richtfhofen anotó en su diario que el tiempo era muy bueno. Con ello concluyó su dosis de satisfacción. Prosiguió quejándose de que la 4ª Brigada sólo había desplegado dos de los doce Batallones que se le había ordenado que desplegase. Además tenían que relevarlos. La infantería no avanzaba, por lo que, a las seis de la tarde, la Legión Cóndor (¿se referiría a sus unidades en tierra?) se retiró, justificándolo en que no se podía dirigir a una infantería incapaz de atacar posiciones débiles. El 24 anotó, encolerizado, que la aviación italiana había bombardeado la ciudad que no era. Al parecer, los fascistas estaban disconformes con que se bombardease Bilbao, pues temían que los católicos vascos pudiesen obligar al Papa a protestar. Hedilla, movilizó a sus partidarios en contra de la Junta Política nombrada por Franco. El domingo 25 de abril, Franco ordenó su apresamiento. Ese mismo día, el Jefe de Estado Mayor de Mola, el Coronel Vigón, dio su conformidad al bombardeo de Guernica, mientras las desmoralizadas fuerzas de Markina se replegaban hacia allí, a 10 kmtrs. del Frente. El lunes 26, Vigón volvió a confirmar el plan de ataque aéreo contra Guernica. Era día de mercado en dicha localidad, por lo que estaba llena de campesinos y ganado.

A las cuatro y media de la tarde, el repiqueteo de campanas daba la alarma de bombardeo aéreo. Tras la espantosa destrucción de Durango se habían preparado, urgentemente, los sótanos, como improvisados refugios antiaéreos. Todo el pueblo de Guernica corrió hacia ellos. 

 

Apareció un Heinkel 111, de la “escuadrilla experimental” de la Legión Cóndor, descargó sus bombas sobre el centro de la ciudad, y se marchó. El He-111, por entonces un arma secreta, era el bombardero de mayor precisión, capacidad de carga y defensa artillada con que contaba Hitler: sería el máximo responsable del bombardeo de Gran Bretaña, junto con el Dornier 17, durante la batalla de Inglaterra. Todos salieron de los refugios para atender a los heridos, creyendo que todo había terminado. Pero era sólo un avión de localización y señalización del blanco, posiblemente con bombas incendiarias, una táctica completamente innovadora, también secreta, de los alemanes, que los aliados imitarían durante la IIª Guerra Mundial. Así que, un cuarto de hora después, la totalidad de la escuadrilla completó su destructivo “trabajo”. Unos corrieron, de nuevo, a los refugios, pero otros, considerando que no podrían soportar tal carga de bombas, huyeron hacia las afueras. Allí les aguardaban los cazas He-51, que ametrallaron a hombres, mujeres, niños, monjas del hospital y ganado, todos civiles, no combatientes, desarmados e indefensos. A las cinco y cuarto llegaron tres escuadrillas de “Abuelos”, es decir, Ju-52, desde Burgos, que, durante dos horas y media, en pasadas de 20 minutos, establecieron un terrorista carrusel aéreo. Los casi 40 aviones que tomaron parte en la masacre arrojaron todo tipo de bombas, desde las incendiarias, tubos de aluminio de un kilo de peso, las anti-personas, de dos kilos, hasta las de 250 kgs., incluyendo las pequeñas y medianas. Era, realmente, un bombardeo experimental. Familias enteras quedaron enterradas en sus casas o en sus sótanos, muchos de los cuales se desplomaron

 

Vacas y ovejas brincaban de dolor mientras ardían, debido a la termita y el fósforo blanco, el mismo que se volvió a utilizar en Irak, hasta que morían, entre edificios en llamas. Algunos seres humanos aparecían, negros por el humo y el fuego, entre las nubes negras y pulverulentas de las explosiones y los derrumbes. Otros escarbaban enloquecidos buscando a sus familiares o amigos bajo los escombros. El hispano-francés, de ascendencia italiana, Pablo Ruiz Picasso, reflejó fielmente en su gran cuadro los artículos que reproducían las publicaciones periódicas. Los que se dirigían a Guernica, huyendo de Bilbao, se encontraban un inexplicable horizonte rojo-anaranjado, a aquellas horas del día. Sólo se salvó la Casa de Juntas, con su roble, que había quedado fuera del corredor aéreo prefijado. Ese mismo día Durango pasaba a poder de Franco. El Gobierno vasco informó de 1.645 muertos y 889 heridos, lo que suponía que fue afectada un tercio de su población, aunque obras recientes reducen la cifra de muertes hasta 200 ó 300, basándose en los registros de los cementerios. Sí es cierto que resulta extraño que se computasen más muertos que heridos, cuando la proporción habitual suele ser la inversa. Quizás supusieron que los desaparecidos estaban sepultados bajo los escombros, o habían sido reducidos a cenizas por los incendios y las bombas de fósforo (como en Irak, donde consiguieron que las nuevas bombas incendiarias, de fuego metálico, a base de uranio y plutonio, dejaran muy pocos restos de sus víctimas, que, así no pueden cuantificarse en toda su envergadura) sin considerar que algunos podían haber huido, lejos del avance franquista, incluso al exilio. De todo lo cual se desprende que la realidad debe ser intermedia entre tales cifras.

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