Un objetivo previsible: el Frente Norte

 

Así que, una columna motorizada, con FIAT Ansaldo a su cabeza, progresó confiadamente por dicha carretera, cayendo en una emboscada de los garibaldinos a la altura del Palacio de Ibarra. Nanetti y Nenni, entre otros, pidieron a los fascistas que se pasaran al bando proletario. La aviación republicana lanzó octavillas en el mismo sentido, ofreciendo salvoconductos y 50 ptas., 100 si lo hacían con su armamento, a los que se entregasen. El 11 de marzo los soldados de Líster debieron retroceder hasta el Norte de Torija, en la carretera a Zaragoza, ante el ataque de los “Flechas Negras”. La Brigada Thaelmann, apoyada por carros de combate, logró frenar a las fuerzas italianas. El 12 la aviación republicana despegó de las pistas de cemento del aeropuerto de Albacete, lo que no pudo hacer la franquista, que sólo contaba con pistas de hierba enfangadas. El General “Duglas” envió dos escuadrillas de bombarderos Katiuska y hasta 100 cazas, entre Chatos y Moscas. Es necesario tener en cuenta esta momentánea superioridad aérea para un correcto análisis de los resultados. Los italianos recibieron el simultáneo ataque de dichos aviones, los tanques T-26 a las órdenes de Pavlov, y tanques ligeros soviéticos BT-5. Al alba del 13 de marzo, la 2ª Brigada abre paso a su 11 División, al mando de Líster. El barro, la nieve y el frío obligaban a caminar por la carretera, lo que produjo un inmenso embotellamiento. Rodimtsev escribió que había presenciado una pelea entre el jefe de una batería y un oficial de intendencia. El primero argumentaba que la artillería era la que aseguraba la victoria de una batalla y hasta de una operación. El segundo le replicó que si ellos no llevaban las municiones ¿cómo iban a disparar?

 

El artillero ordenó a sus hombres que empujaran el convoy de suministros fuera de la carretera y el de intendencia sacó su pistola para defender la posición de sus vehículos: todo muy español. La XI Brigada Internacional y la de “El Campesino” reconquistaron Trijueque, completamente destruido por los bombardeos, mientras sus habitantes removían vigas y escombros buscando supervivientes, sobretodo niños. A continuación dichas unidades se dirigieron a Brihuega, espantando a los italianos, que se retiran hacia Zaragoza y Brihuega. El General Roatta decide sustituir a sus tropas de vanguardia por otras de refresco: las Divisiones “Dios lo quiere” y “Littorio”. Teóricamente podía ser una buena idea, pero las circunstancias eran inhabilitantes: la estrecha carretera y el lodo atascaron a los vehículos, que fueron destruidos por la aviación gubernamental. Aquel mismo día, los representantes del Gobierno legítimo protestaron ante la Sociedad de Naciones, la misma que había impuesto sanciones a Italia por su invasión de Etiopía, en la que Gran Bretaña tenía intereses, además de que, junto con Libia, que también se habían anexionado los italianos, con aquiescencia franco-británica, como ya se explicó al tratar sobre el Tratado de Algeciras, de 1906, podían dificultar las comunicaciones con Egipto. Presentaron pruebas documentales, a través de los prisioneros hechos, de que unidades regulares del ejército italiano operaban en España: nada consiguieron, eso es lo que la República obtuvo de las “democracias occidentales”. Simultáneamente el IV Cuerpo de Ejército preparaba una gran contraofensiva, mediante la cual se concentraría la División de Líster y toda la dotación de tanques en la carretera a Zaragoza. Para ello las tropas debieron caminar toda la noche entre el lodazal, para llegar al campamento de los tanques. A primera hora de la tarde Pavlov envió a sus carros de combate, a toda velocidad, transportando soldados sobre sus cubiertas.

 

Desconozco si esto se había hecho anteriormente en algún enfrentamiento militar, pero los soviéticos seguirían haciéndolo hasta mucho después de la IIª Guerra Mundial, cuando dispusieron de vehículos sobre ruedas, sobre orugas o semi-orugas suficientes para transportar sus tropas con una mínima protección. Los italianos fueron sorprendidos en plena maniobra de sustitución de posiciones, en campo abierto, sin haber preparado una mínima defensa. Los republicanos se lanzaron a la lucha directamente, saltando desde los tanques. En las cercanías de Trijueque fueron detenidos por las ametralladoras, al tiempo que los italianos contraatacaban con una variante lanzallamas de Ansaldo. Para este cometido fue el mejor tanque durante muchos años, puesto que su amplia capacidad le permitía incorporar internamente los depósitos de líquido inflamable y gas propelente, ofreciéndole la mínima protección y la ocultación de su coraza, lo que no podía hacer, por ejemplo, el Panzer I, que debía remolcar dichos depósitos, por lo que quedaban muy expuestos. Por el contrario, si resultaban alcanzados de lleno, la tripulación de las Ansaldo no sobrevivía, mientras que los carros lanzallamas que portaban dichos depósitos en el exterior, podían resultar indemnes. De inmediato surgió de entre los olivos otro Batallón de infantería italiano. El Mayor Pando y Rodimtsev dirigieron la defensa desde el pie de una colina. La capitana Encarnación Fernández Laguna logró que su Compañía de Ametralladoras contuviera a los italianos, hasta que llegaron los refuerzos de Líster, con carros de combate. Pando y Rodimtsev corrieron hacia la posición de las ametralladoras para felicitar al oficial al mando, y se la encontraron mirándose en un trozo de espejo, con ayuda del cual se peinaba.

 

La División 14 de Mera debía atravesar el Tajuña, atacando Brihuega desde el sudeste. El Coronel Barroso, Jefe de Operaciones de Franco, había advertido a los italianos de que era posible un contraataque por este flanco. Pero, con su idiosincrática arrogancia y despreocupación, no les prestaron atención alguna. Los republicanos habían dinamitado un puente sobre dicho río, por si los franquistas llegasen hasta él. Sin embargo, el oficial responsable consideró que era mejor terminar cuanto antes con la voladura, sin esperar a ponerse a tiro del enemigo. Así que Mera debió recurrir a sus camaradas de la C.N.T. local, para que enviasen exploradores en avanzada y espías, que averiguasen y señalizaran el paso idóneo para tender pontones, ya que las lluvias habían vuelto caudaloso el río. Por aquellas fechas Mola envió las primeras instrucciones para atacar en el Frente Norte. El diseño de la ofensiva había correspondido al Coronel Juan Vigón, su Jefe de Estado Mayor, al que los alemanes consideraban de lo más sobresaliente del nuevo ejército español. Sin embargo sus iniciativas sierre estuvieron limitadas por la desproporcionada prudencia, si no el temor a que pudiese hacerle sombra, de Mola. Al amanecer del 18 de marzo, la 14 División atravesó la pasadera, tomando posiciones elevadas sobre Brihuega. Una tormenta de aguanieve ocultó la maniobra a los franquistas, pero también retrasó el resto de la operación. Así que debió ordenar a sus soldados que se mantuviesen tirados en el suelo, sin disparar, con la esperanza de pasar desapercibidos a los italianos. No cambió la meteorología hasta primera hora de la tarde. Entonces se lanzaron más de un centenar de “Chatos” y “Katiuskas” contra Brihuega.

 

A continuación la División de Líster atacó tras de los T-26: era la forma clásica de hacerlo, cubriéndose con éstos, como se haría durante los siguientes seis años. Iba reforzado con la XI Brigada Internacional. Se enfrentaba a la División “Littorio”, la mejor de las unidades italianas, formada por soldados regulares. Mientras tanto Mera casi ha cercado Brihuega, subrepticiamente. Cuando los italianos se dan cuenta de ello huyen despavoridos. “El Campesino” se presentó en Brihuega en una moto al atardecer. Los soldados de la 14 División, que debieron tomarlo por italiano, le dispararon, por lo que dio media vuelta considerando que el pueblo aún estaba ocupado por fascistas. Sin embargo, la llegada de la noche, la capacidad motorizada de los italianos, y el repliegue en orden de la División “Littorio”, les evitó una completa derrota, aunque sufren 5.000 bajas y pierden gran cantidad de material. Se les incautó documentos según los cuales se aplicaban vendajes para simular heridas. Los republicanos pudieron ser suministrados con acémilas, recibiendo vino generosamente. Algunos prepararon paella en las posiciones. Los comisarios entregaron tres cigarrillos a cada soldado. Cuando llegaron los camiones pudieron cambiarse de alpargatas, que habían quedado inservibles con la lluvia y la nieve. Fue la única auténtica victoria republicana durante la guerra. El P.C.E. dijo que había sido la Brigada de “El Campesino” la que tomó Brihuega. Durante su exilio en la Unión Soviética éste se reveló contra el stalinismo, por lo que fue enviado a un campo de trabajo forzado, y la historia oficial del PCE cambió tal versión. En realidad muchos oficiales soviéticos le habían precedido. Las sospechas en la Unión Soviética y en España se retroalimentaban y justificaban mutuamente. Se llegó a considerar que los fascistas españoles y los trotkistas-bujarinistas en la U.R.S.A., eran eslabones de la misma cadena. Algunos asesores militares soviéticos que regresaban de España, se dedicaron a impulsar las purgas.

 

El jefe del III Cuerpo de Fusileros escribió al Comisario del Pueblo para la Guerra, Vorochilov, cómo era posible que los enemigos del pueblo, traidores a la patria por cuyos intereses había combatido en España, ocupasen los mejores puestos de dirección. Pedía un expurgo cuidadoso de todos los jefes, empezando por los de mayor rango, para evitar que buscavidas, traidores solapados y capitanes mediocres, como los que había visto en el ejército español, costasen la sangre de los bolcheviques. Sin embargo, un triunfo republicano en Guadalajara no significaba exactamente una derrota de Franco. Este había conseguido cuatro objetivos: escarmentar a los italianos, ganar terreno, causar bajas a los republicanos a cambio de muy pocas de las “suyas”, y demostrar a sus aliados que debían volcarse en enviarle ayuda si no querían hacer el ridículo. Efectivamente Moscardó tuvo muy pocas pérdidas, puesto que siempre fue retrasado en la ofensiva, apareciendo sus tropas cuando las fuerzas italianas ya le habían despejado el terreno, atraído el contraataque republicano sobre ellos, o iniciado la retirada. Los franquistas cantaban canciones zahirientes contra los italianos. Por ejemplo, cambiaron la letra de Facetta Nera, con un estribillo que repetía: “Guadalajara no es Abisinia / aquí los rojos tiran bombas explosivas”. Y remataba con: “La retirada fue cosa atroz: / hubo italiano que llegó hasta Badajoz”. Es decir, Franco continuaba progresando en su afán de dominio personal, y en la guerra de desgaste contra los españoles demócratas. Si Mussolini creía poder colocar un títere en España, para lo cual había seleccionado a Calvo Sotelo, los republicanos habían dejado tambaleantes sus pretensiones.

 

Sin embargo, su orgullo herido le obligaba a aumentar su apoyo a Franco, con más tropa y armamento: lo contrario hubiese sido reconocer la derrota. Todo ello tendría un costo económico que no había sido previsto en un principio, con negativas consecuencias para Italia. Tratando de dejar claro que, si alguien interpretaba que había sido una derrota, ésa era achacable solo a los militares, sustituyó a Roatta por el General Ettore Bastico. Más aún: dado su histérico e inconstante comportamiento, llegó a la conclusión de que los militares italianos no estaban capacitados para dirigir una ofensiva. Así que, en el futuro, siempre actuarían bajo la dirección y la responsabilidad de otros, tratando de compartir con ellos los fracasos que pudieran sobrevenir. En el caso de España aceptaron la sumisión a la oficialidad franquista. De modo que Franco, a pesar de haberlos dejado en la estacada, de enviarlos a una alocada ofensiva sin apoyo adecuado, con su habitual buena suerte, baracca, y también mala intención, deslealtad, espíritu retorcido, sin reparar en medios ni en consideraciones éticas o morales, en lugar de sufrir la lógica represalia de “sus aliados”, sacaba aún más provecho de todo ello. Así el conde Ciano escribió en su diario que, para conseguir un triunfo militar que borre de la memoria la derrota, se enviaban a España oficiales, material y armas, incluyendo aviones y 4 submarinos. Los alemanes, que habían entrado en la guerra casi a remolque de los italianos, y que no consideraban España una zona de su interés inmediato, tomaron las riendas desde aquél momento. Enviaron aún más material innovador, secreto, y, puesto que ya no deberían compartir su éxito con il Duce, apostaron decididamente por Franco. Aunque sin exageraciones, para no asustar ni a británicos ni a soviéticos con su capacidad militar, poniéndolos sobre aviso, estimulando su rearme y su alianza diplomática.

 

Además, el fracaso en el Jarama y la derrota de Guadalajara, con sus grandes pérdidas humanas y materiales, hicieron por fin comprender a Franco que los republicanos habían conseguido organizar una defensa contundente en Madrid, que allí no podría derrotarlos. Los estrategas alemanes influyeron mucho en ello, insistiendo que debía atacarse en zonas que el reconocimiento aéreo demostraba peor defendidas, en especial la rica franja industrial y minera vasco-asturiana, sobre la que tenían ambiciones directas. Los propagandistas de Franco le cubrieron la retirada, teorizando que la guerra no se ganaba conquistando una u otra ciudad (lo contrario de lo que se consideraba anteriormente: que la victoria consistía en ocupar Madrid) sino derrotando al enemigo. Es decir, a los demócratas, a los leales al Gobierno legítimamente constituido, al resto de los españoles. Desde entonces se dedicó a los bombardeos contra la capital, y no volvió a intentar ninguna otra ofensiva allí, sino que prosiguió su nueva estrategia de agotamiento, favorecer la traición, y acabar con otros Frentes, lo que le permitiría poder acumular más tropas donde quisiese. Los favorables a la República se llenaron de optimismo, que tanto necesitaban. El New York Times comparó Guadalajara con Bailén, a Mussolini con Napoleón, que caminó hacia su ocaso desde entonces. Los republicanos no entendieron el cambio que se estaba produciendo, que su falta de iniciativa los iba a dejar inermes ante los nazi-fascistas, que podían decidir dónde, cuándo y con qué medios atacar. El Frente Norte se mostraba especialmente desarticulado. No sólo no había conexión geográfica con Madrid, sino que rechazaban cualquier forma de dependencia respecto de las decisiones del Gobierno central.

 

En Asturias y Cantabria seguían funcionando los mismos Consejos desde la reacción contra el fracasado golpe de Estado, mientras que los nacionalistas vascos pretendían ir más allá de lo pactado respecto del Estatuto de Autonomía. Otros que querían aprovechar la guerra para imponer sus pretensiones. Un mal momento para ello, como se terminó demostrando. Un antecedente, otro más, a lo largo de la reciente Historia de España, de que los separatismos españoles son insaciables: es absurdo negociar nada con ellos, puesto que cualquier pacto lo toman como punto de partida para ascender más peldaños, para nuevos motivos de enfrentamiento, crispación y ataque a la unidad nacional, es decir, la españolaLa presencia de tres miembros del PSOE, Santiago Aznar, Juan Gracia y Juan De Los Toyos, Ramón María Aldasoro, de Izquierda Republicana, Alfredo Espinosa, de Unión Republicana, y Juan Astigarrabía, del P.C.E., no parecía afectar a un Gobierno autonómico en el que los nacionalistas, aparentemente, estaban en minoría, con sólo cuatro componentes del PNV (cuyo lema seguía siendo “Dios y Ley Vieja”, lo que podía perfectamente ser asumido por los carlistas) José Antonio Aguirre (como “Príncipe”, en vascuence Lehendakari, “El que ejerce el oficio de ser el primero”, en latín Princeps, “El primero del Senado”, el que lo pre-sidía, el más senil de los senadores) Jesús María Leizaola, Heliodoro De La Torre y Telesforo Monzón, y Gonzalo Nárdiz, de Acción Nacionalista Vasca. Porque, frecuentemente, los políticos de las comunidades españolas con implantación separatista son antes separatistas que izquierdistas. Para muchos de ellos lo del internacionalismo proletario es simple palabrería frente al dogma de fe del antiespañolismo.

 

No es extraño, por tanto, que el Gobierno vasco de octubre del 36 intentara una vía de confluencia con la izquierda, a través de la doctrina social católica, al tiempo que apoyaba la “libertad religiosa”, eufemismo bajo el que amparaba el catolicismo militante frente al laicismo del Gobierno del Estado, el aseguramiento del orden público (que era también lo que propagaban, siempre mintiendo, los fascistas, utilizando, para ello, la sedición militar y la confrontación civil e internacional: la mejor forma de destruir cualquier tipo de orden) así como la defensa y fomento de las señas de identidad y el reconocimiento de la personalidad vasca, de innegable tufillo racista. En sus nueve meses de existencia hizo más esfuerzo para consolidar su separatismo que para defender el régimen constitucional, que estaba siendo atacado. Así se fomentó el uso público del vascuence, justificándolo en la escasez monetaria acuñaron la suya propia, y, aprovechando las circunstancias de la guerra, hicieron uso de la recaudación de impuestos estatales, controlaron la Banca privada en su ámbito y la Bolsa de Bilbao, y, sobretodo, su propio ejército. El aristócrata Telesforo Monzón, que luego sería dirigente de “Unidad Popular” (en vascuence Herri Batasuna) actualmente ilegalizada, por colaboración con banda armada para la comisión de delitos terroristas, fue, entonces, Consejero de Gobernación. Es decir, el encargado de asegurar el orden público, objetivo que propagaba el Gobierno autonómico. Su primera medida fue disolver las Guardias Civil y de Asalto, lo que no parece una buena forma de hacerlo. Podía haber resentimiento histórico contra una Guardia Civil que había sido utilizada para la represión por Gobiernos despóticos.

 

Pero, aunque la Guardia de Asalto demostró que era capaz de emplear los mismos métodos, no podía alegarse contra ella tal comportamiento secular. En cambio reclutó entre los “patriotas” (en vascuence abertzaleaj, lo cual vuelve a asemejarse con el vocabulario fascista) la entonces nueva policía, “Los que vigilan desde la esquina” o “Los que miran esquinados, de reojo, es decir, que espían” (en vascuence, Ertzaina) seleccionados por su altura (como no se argumentaron razones objetivas, como ocurre en la actualidad, cuando se fijan dos medidas diferentes, para ambos sexos, hay que concluir que el motivo era que a Monzón les gustaban así) con sus llamativos uniformes, quizás asemejando los primitivos de la Guardia Civil, y, sobretodo, el más soberbio armamento, y su control exclusivo por el separatista PNV. Lógicamente, sólo podía levantar sospechas ante los partidarios de la unidad frente al fascismo. Pero, sobretodo, entre los anarquistas, siempre opuestos a los elementos represores. Estos, que sabían que se jugaban su existencia, organizativa y personal, incluso las de sus familias, frente al fascismo, probaron, repetidamente, que estaban dispuestos a luchar hasta la aniquilación: la suya y la de los demás. Por ejemplo, en sus violentos ataques contra los edificios de San Sebastián donde se habían apostado los insurrectos, quemando Irún cuando fueron cercados por los sediciosos (posiblemente esto influyese en Franco para evitar la estrategia del sitio: no parecía muy coherente justificar una guerra por el incendio de iglesias y estimular a que ardiesen ciudades) o, posteriormente, pretender la destrucción de San Sebastián antes de que entrasen los fuerzas de Mola.

 

Los separatistas vascos, en cambio, siempre habían mantenido que estaban dispuestos a venderse al mejor postor, que pretendían sacar provecho de la situación, por más que, objetivamente, el fascismo en nada podía favorecer sus pretensiones, y que escogieron el bando de la República sólo porque le había ofrecido un Estatuto de Autonomía que les pareció aceptable, saltándose los requisitos legales para su consecución. Coincidían con los fascistas en su rechazo del izquierdismo y el obrerismo. Mantenían que en el País Vasco no había división de clases sociales, lo que demuestra incapacidad de raciocinio y una visión absolutamente aldeana, medieval, de un territorio de hidalgos, señores feudales, feudos, campesinos y vasallos, ideológicamente, ya que la legalidad había superado tal concepto, desde la Constitución de 1869. Despreciaban a los obreros afiliados a la UGT o la CNT, considerándolos descendientes de inmigrantes castellanos, asturianos, gallegos y andaluces, que habían acudido a “su” territorio “sólo” para conseguir o mejorar su sueldo, sin valorar, como nunca hacen los nacionalistas, que sólo con su concurso había sido posible su desarrollo industrial, que tampoco apreciaban, salvo como motivo de orgullo y muestra de superioridad racialNo podían comprender que no estuviesen afiliados a Solidaridad de Trabajadores Vascos, S.T.V., su dependiente sindicato, lo que les parecía traición a “su” patria. Menos aún que votasen al PSOE, al PCE o a otros Partidos liberales republicanos. También coincidían con los fascistas en su defensa del catolicismo, que les había enfrentado en muchas ocasiones a la República. Aunque los sacerdotes vascos, en oposición a lo ocurrido en el resto de España y a las directrices de Roma, se demostraron furibundamente contrarios a los sediciosos.

 

La resultante de todo ello fue que el PNV trataba de mantener una imposible posición intermedia, indecisa, equidistante. Su estrategia era defender exclusivamente “su” territorio, si fuese atacado. Mantenerse a la defensiva. Y, defender, antes que nada, y por cualquier medio, la supervivencia de sus seguidores, sus tierras, sus posesiones y sus tradiciones. No mostraban el menor entusiasmo, convencimiento, en la justicia de la defensa de la democracia, ni siquiera de las ventajas humanas, de respeto, de derechos, y materiales, que podían derivarse de ella. Su pasividad y silencio se interpretaba como duda respecto de qué lado debía decantarse la victoria, incluso la oculta seguridad de que los fascistas terminarían triunfando. Todo lo cual no ofrecía confianzas a los republicanos. A pesar de ello Largo Caballero asumió sus exigencias de que el ejército vasco no se incluyese en el Ejército Norte. Pero no se lo había comunicado oficialmente al jefe del mismo, General Llano de la Encomienda. Tal vez trataba de demorar la noticia hasta ir convenciendo a sus socios de Gobierno, particularmente a liberales e izquierdistas, que se negaban a ello. En esta ambigüedad los separatistas se comportaron exquisitamente con los franquistas que capturaban. Muchos de ellos se remitieron a Francia, dejándolos en libertad al pasar la frontera. Tal vez esperaban un trato semejante por parte de ellos. El Gobierno pidió explicaciones de tales hechos al Ministro Irujo, representante del PNV en el mismo, quien respondió que simplemente se trataba de humanizar la guerra. Pero no fue así. No entraba en las entendederas del fascismo. Al contrario. Conscientes de las contradicciones que la coalición de los nacionalistas vascos con el Frente Popular les suponía, descargaron furibundos ataques contra ellos. Les llamaron “vasco-soviéticos”, lo que no podía ser más contradictorio. Más astuto, Franco destacó una peculiaridad de la definición política que se atribuían, de cara al extranjero: así afirmó que eran antes demócratas que cristianos.

 

Para comprender el significado de esta frase, hay que retrotraerse a la época y a la mentalidad fascista de entonces, para la que tachar a alguien de demócrata era insultarlo, acusarle de anteponer nada al cristianismo o al catolicismo era considerarlo hereje, merecedor de la hoguera, por mucho que el Partido del Fascio, en Italia, hubiese pactado con la democracia-cristiana, acabando por absorberla. Les suponía “infectados por un liberalismo destructivo (que les impedía comprender) esta página sublime de persecución religiosa en España que, con sus miles de mártires, es la más gloriosa que ha sufrido la Iglesia”. Juan Pablo II y el Papa actual, mano derecha del anterior en asuntos políticos, por lo que heredó su solio, han reverdecido el mismo camino, beatificando y santificando sólo a los que estaban de parte de los fascistas, de los suyos. Para el arzobispo de Burgos los curas vascos eran la escoria del clero, y estaban vendidos a los rojos. Es lógico que fusilaran a los que hicieron prisioneros, aunque esto, según los papas, no era persecución religiosa, ya que, en estos casos, los mataban por sus ideas políticas, no por sus ideas religiosas, como achacan a los asesinados, condenados o fugados de la zona republicana. Para el catedrático de Teología Moral de la Universidad de Salamanca, la guerra civil de 1936 era la más santa de la historia, y los que se defendían del ataque de los rebeldes franquistas (y no ellos) eran traidores a la Patria y criminales. E incluso apóstatas. Habría que preguntarles a los mercenarios “regulares” mahometanos, o a los lutheranos, agnósticos o ateos de la Legión Extranjera o los nazis de la Legión Cóndor, qué opinaban de ello.

 

En realidad, no existen pruebas de que hubiese otros curas vascos disparando que los fanáticos capellanes carlistas, remedos del furibundo cura Santa Cruz, que absolvía en masa a sus capturados antes de fusilarlos. Para entonces los republicanos continuaban con el fiero sitio de Oviedo. El 30 de noviembre el XIV Cuerpo de Ejército inició un ataque contra Villarreal y Vitoria, consiguiendo cortar la carretera de acceso a dicha ciudad. Sin embargo el reconocimiento aéreo franquista descubrió las concentraciones de tropas y fueron rechazadas. Desconociendo tal dato, los nacionalistas atribuyeron la derrota a la falta de coordinación y disciplina de los Batallones. No obstante se conservó el control de tres montañas: Maroto, Albertia y Jarinto, que consiguieron fortificar. Sin embargo no supieron camuflar las posiciones adecuadamente, por lo que fueron blanco fácil de cazas y bombarderos, ya que carecían de defensa antiaérea. Ante los frustrados intentos de Franco de conquistar Madrid, el Frente Norte se evidenciaba como el objetivo secundario, ya que no podía recibir ayuda del Gobierno, del que estaba desconectado por vía terrestre y marítima desde los primeros días de la insurrección fascista. En el País Vasco se constituyeron 46 Batallones, la mitad de los cuales eran el Euzko Gudaroztea, y los otros milicias de la UGT, CNT, comunistas o liberales. Había, además, 10 Batallones de asturianos y cántabros, mal considerados por los vascos. Pero no contaban con armamento adecuado. Intentaban conseguirlo comprándolo en el extranjero, en el mercado negro, y trayéndolo en buques pesqueros o británicos, para eludir la piratería franquista.

 

También lo consiguieron algunos mercantes, como el soviético “A. Andreev”, que, en diciembre, llevó a Bilbao la mayor carga de armas hasta que fue conquistado por los franquistas: dos escuadrillas de “Chatos”, 30 carros de combate T-26, otros 14, también soviéticos, tipo Renault, armados con cañones de 37 mm., 40 lanzaminas, 50 cañones, 300 ametralladoras y 15.000 fusiles, con su munición adecuada. También faltaban alimentos, puesto que el reabastecimiento tardaba, con frecuencia, más de una quincena. No llegó a haber hambre porque administraron apropiadamente una gran reserva de garbanzos, enviados por Méjico. Así como la caza del gato y de las gaviotas. Los franquistas tenían el acorazado “España”, gemelo del “Jaime I” republicano, el crucero “Almirante Cervera” y el destructor “Velasco”, lo que, en teoría, formaba la más poderosa Flota española de la época. Los republicanos sólo podían oponerles un viejo destructor y dos submarinos, escasamente operativos, y cuatro pesqueros de altura armados con cañones de 101 mm. desguazados del “Jaime I”. Según un informe soviético la falta de sintonía entre el mando naval y la marinería era absoluta. Para aquella el Capitán de Fragata Enrique Navarro no prestaba atención a la Flotilla, no visitaba los buques, y vestía de paisano, incluso en su Cuartel General. Lo achacaban a que temía a los marineros. Cuando lo visitó dicho asesor soviético se lamentó de la indisciplina, y que los comités de los buques habían amenazado con asesinarle. Observó que no había miembros del PSOE, ni menos del PCE, entre los componentes del Cuartel General. Al parecer existía un acuerdo tácito entre la oficialidad del mismo y la embarcada para que la Flotilla no zarpase. Mediante continuas justificaciones toda reparación se hacía inacabable. La gente la denominaba “Comité de No Interferencia”. Como el informe se conserva en el Archivo Militar del Estado Ruso, puede ser un error al traducir “Comité de No Intervención”.

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