La batalla de Málaga

 

Queipo de Llano también quería protagonismo, y no podía contentarse con que las fuerzas acumuladas para cercar Madrid estuvieran ociosas hasta que mejorasen las condiciones. Andalucía podía ser una buena alternativa. En la República la guerra estaba generando una extraña promoción de oficiales. En pocos meses habían conseguido una experiencia en combate como no llegaron a obtenerla los africanistas antes de la guerra civil. Eran jóvenes, agresivos, combativos, valientes, arriesgados, capaces de sufrir grandes penalidades, como sus soldados, y tan carentes de formación teórica, de conocimientos estratégicos, creyendo que todo se podía conseguir en base a la “furia española”, el arrojo y el desprecio por las bajas propias que tal actitud pudiese ocasionar, como ocurría entre sus enemigos. En realidad, durante la guerra civil de 1936-1936 se produjeron dos fenómenos que no se han resaltado adecuadamente. Por un lado una cierta sorpresa, rayana en la admiración, aunque, por supuesto, nunca reconocida, de los mandos republicanos hacia los resultados que estaban obteniendo los nazi-fascistas. La consecuencia de ello fue un progresivo mimetismo respecto de sus comportamientos, tanto militares como políticos o represores. La otra curiosidad es la similitud respecto de la guerra civil estadounidense. Si bien en aquella, sobretodo entre los confederados, y algunas individualidades, como Grant, entre los federales, demostraron ser grandes estrategas. Dicha nueva oficialidad republicana estaba vinculada al Partido Comunista, como Modesto y Líster, o acabó estándolo, como Tagüeña, si bien éste se había enrolado en los Batallones de las Juventudes Socialistas. Todos habían pasado por el 5º Regimiento aquel verano, que se evidenció como una fragua de nuevos oficiales.

 

Y, de él, todos sacaron comportamientos que podrían considerarse, de alguna forma, como stalinistas. Así estaba su obsesión por la disciplina, la obediencia ciega, la fe absoluta en el mando. Era el extremo opuesto al anarquismo. Pero, también, como todos los extremos, se demostró contraproducente. En la Unión Soviética se había reimplantado el saludo militar, abolido durante la Revolución de Octubre -Noviembre, según el calendario juliano- según el calendario gregoriano. Y lo mismo hizo el 5º Regimiento, primero, y el Ejército Popular, después, anulando las demostraciones antimilitaristas de los primeros y revolucionarios meses de guerra. Si se hubiesen conseguido triunfos indiscutibles todo habría sido distinto. Pero, al no ser así, la desconfianza y la desmoralización fue haciendo mella, y, con ello, reapareció, virulentamente, el anticomunismo. Los soviéticos no estaban en absoluto satisfechos con el resultado de la ofensiva contra Pozuelo. Kléber fue destituido y llevado a Moscú. No regresaría hasta junio, aunque como jefe de División, lo que podría considerarse un ascenso. En realidad, a pesar de la idealizada propaganda que comunistas y periodistas habían hecho de él, y de sus comportamientos y arengas revolucionarios, como militar no se diferenciaba de los causantes de los millones de bajas de la Iª Guerra Mundial, absolutamente despreocupados por la supervivencia de sus tropas. Hay quien opina que se trató de una jugada de los comunistas españoles, o incluso de Miaja, que no querían compartir sus éxitos con nadie. Pero tales éxitos, por más que la propaganda presentase como tales la detención de la ofensiva franquista, no resisten un análisis propiamente militar, los soviéticos no podían ser tan tontos como para caer en semejante simpleza, no les interesaba que los comunistas españoles acumulasen excesivo protagonismo, y, desde luego, éstos, y menos aún Miaja, carecían de fuerza suficiente como para alterar los propósitos de Stalin.

 

En realidad, tanto a éste como a Hitler venían como anillo al dedo el cambio de situación de la guerra española: un conflicto de larga duración les permitía mantener abiertas todas las líneas de negociación, mientras progresaban en la carrera armamentística, probaban sus consecuciones y daban experiencia en combate a jóvenes oficiales. Incluso, por parte de la Unión Soviética, la República estaba contribuyendo a su financiación. No era de la misma opinión Mussolini, quien deseaba inmediatos y glorificantes éxitos, no conseguidos por sus tropas. Franco necesitaba adiestrar un nuevo ejército, en lo que lo ayuda alemana fue, aunque secreta, tan eficaz como en el campo de batalla. El Cuerpo de Tropas “Voluntarias” italiano tuvo su primera acción en el asalto a Málaga. Queipo de Llano era plenamente consciente de que Franco les había relegado a Mola y a él para consolidar su mando personal, sin que nadie pudiese hacerle sombra. Pero los sucesivos fracasos en Madrid estaban debilitando la posición de Franco. Así que Queipo de Llano volvió a insistir en una ofensiva en Andalucía, en la que él pudiese lucirse e incrementar su poder. Tampoco su posición era muy firme, después del fracaso de su ofensiva contra Andujar, quizás con la intención de una nueva “liberación del Alcázar” en el Santuario de Nuestra Señora de La Cabeza. Sin embargo el reconocimiento aéreo mostraba una oportunidad en el sector de Málaga, la estrecha provincia costera al sur de la Penibética. Queipo de Llano reiteraba que todo habría terminado antes de que comenzase la nueva ofensiva contra Madrid, que la victoria era segura, cuando los franquistas estaban necesitados de alguna, y, de no ser así, se podría dar por conclusa y redistribuir las fuerzas implicadas.

 

Como mínimo serviría como una distracción de tropas republicanas, y que cogiese por sorpresa el siguiente asalto a Madrid. La operación se asignó al Duque de Sevilla, Coronel Borbón. Franco encargó a Roatta la implicación en ella de sus 10.000 fascistas, con la colaboración de la Aviación Legionaria. Con ello mataba cuatro pájaros de un tiro. Contentaba a Mussolini y sus deseos de gloria, de acción. Si daba resultado éste y Queipo de Llano deberían repartirse el éxito y, posiblemente, terminarían peleándose sobre quién se debía apuntar la mayor parte de los méritos. Todo ello sólo podía beneficiarle a él, como Generalísimo de todos los ejércitos. Y, si fracasaba, ni Mussolini ni Queipo de Llano podrían abrir la boca. Al menos durante algún tiempo. E incluso implicaría a un Borbón, lo que debilitaría la posición monárquica. El reconocimiento aéreo demostró que había zonas débiles por la que se podía perforar la defensa republicana. Málaga efervescía de ambiente revolucionario, tanto en la ciudad como en el campo, centrado en sus colectividades, mayoritariamente anarquistas, fuera de la realidad de la guerra. El Gobierno no estaba contento con dicha situación, y se le culpó de la falta de previsiones sobre un posible ataque en la zona. En concreto se dice que Largo Caballero había expresado “ni un tiro más por Málaga”, aunque a mí me parece poco creíble. Lo que sí es cierto es que la defensa de Madrid era mucho más importante. Pero también que la ofensiva contra Andujar debía haber hecho pensar que Andalucía debía ser reforzada, que otros ataques podían repetirse en la zona, incluso sin que desistieran de asaltar Madrid. Contaban sólo con 12.000 milicianos, armados con menos fusiles, unos 8.000, y con insuficiente munición. Por si fuera poco el Coronel Villalba, Comandante militar de la plaza, con antecedentes de traición, dejó a toda Málaga casi indefensa. Al terminar la guerra se fue a Francia, regresando en 1951.

 

Se le formó consejo de guerra, en el que alegó “negligencia deliberada en el mando de las fuerzas republicanas que le fueron confiadas (en) Aragón y Málaga”, por lo que fue absuelto. Caso raro entre los franquistas, aun en momento tan lejano, ya pasada incluso la IIª Guerra Mundial, el ataque maquis, y en pleno bloqueo económico, pretendidamente para conseguir el retorno de la democracia, por lo que cabe suponer que Villalba convenció plenamente al tribunal. No sólo eso: Franco admitió su reingreso en “su” ejército, como Coronel jubilado. Es cierto que contaba con familiares muy cercanos a altos mandos del mismo, pero todo eso hace cuestionar hasta qué punto no estaban fundadas las acusaciones de los comunistas contra su jefe y valedor, el General Asensio. Ya el 12 de enero, en un informe a Moscú, el General Berzin criticaba que Largo Caballero mantuviese en sus puestos a dicho Subsecretario de Guerra, y al General Cabrera, Jefe del Estado Mayor, aunque se hubiese demostrado que saboteaban la fortificación de los Frentes. Claro que también creía que otros agentes de Franco estaban sin desenmascarar, y consideraba traidores a anarquistas y “trotskistas contrarrevolucionarios” del P.O.U.M., algo que se repetía en casi todos los informes a Moscú. Todo lo cual quita credibilidad a todas las acusaciones. Llegaría a justificar en la traición la caída de Málaga rematando que era necesario limpiar el campo republicano de escoria si se pretendía ganar la guerra a los rebeldes. En un informe que Vorochilov, Comisario del Pueblo para la Defensa, dejó que llegara hasta Stalin, un Coronel analizaba que el P.C.E. debía llegar al poder, por la fuerza, si era preciso.

 

El Coronel Borbón comenzó un tanteo a mediados de mes, aprovechando un intenso temporal de lluvias, que, si dificultaba el ataque, también obstaculizaba la reorganización de la defensa. Quizás la intención de Queipo de Llano fuese demostrar a Franco la viabilidad del proyecto, con un éxito inicial, forzándolo, en lo que podría obtener el respaldo de los nazi-fascistas, especialmente de los exaltados italianos, a acceder al asalto a Málaga. Comenzó por el extremo occidental, ocupando Marbella en poco tiempo. Simultáneamente unidades motorizadas italianas atacaron desde la sierra hacia Motril, amenazando con incomunicar la provincia con el resto de la República. El 21, los aviones italianos con base en Mallorca dieron una muestra de su poder y radio de acción, bombardeando la costa mediterránea peninsular. Aquel mes Italia y Gran Bretaña llegaron a un acuerdo por el que ésta reconocía las pretensiones mediterráneas de Mussolini, a cambio de que olvidase su interés por dominar España. Posiblemente Mussolini lo tomó como un pacto de ventaja, que le permitía conseguir sin ninguna oposición sus primeros objetivos, y que ya incumpliría cuando llegase el momento. Es lo que ocurre en todos los acuerdos en que se cede algo, de inmediato, a cambio de la promesa de obtener contrapartida más adelante, sin ninguna garantía de cumplimiento. A finales de enero, Richthofen, refiriéndose al Frente de Madrid, conculcaba en su diario los fantasmas demoníacos de cualquier piloto: niebla, lluvia, hielo y aeródromos encharcados. Las operaciones en Málaga también se retrasaron, de forma que las tropas italianas no estuvieron dispuestas para el ataque contra Guadalajara en la primera semana de febrero, como estaba previsto. Franco, sin embargo, decidió, inoportuna e incomprensiblemente, obviando sus eternas cautelas, iniciar su ofensiva cruzando el Jarama sin esperarlos. Tal vez quería aguijonear aún más a los italianos.

 

El duque de Sevilla avanzó por la costa, machacando sin dificultad a las unidades de milicianos que fue encontrando. Los “camisas negras” de Roatta cortaron el paso hacia el mar. Se les sumó otra columna procedente de Granada, en dirección a la carretera de la costa, aunque, tal vez por indicación de Franco, dejaron pronto expedito el paso para no completar el cerco de la ciudad, estimulando su abandono en lugar de una defensa numantina. Para completar dicha estrategia la aviación italiana, parte de la marina franquista y el acorazado “Admiral Graf Spee” bombardearon la ciudad. Ante tales fuerzas la flota republicana ni intentó zarpar de Cartagena. En tres días de ofensiva, tanto los franquistas como italianos, alcanzaron las proximidades de Málaga. Sin embargo el tiempo empeoró aún más y la inminente toma de la ciudad se demoró. Por su parte los soldados republicanos había aprendido a permanecer agachados y constantemente en comunicación visual y auditiva con sus oficiales, desplazarse a la mayor velocidad posible, disparar sus pocas armas automáticas en ráfagas cortas, ahorrando la escasa munición de que disponían, alcanzando la misma destreza con los fusiles, morteros y ametralladoras que antes envidiaban de los marroquíes. Quizás debido a los anteriores fracasos, Mola era, en ese momento, comandante supremo: así otro nuevo correría de su cuenta. Esto debe considerarse a la hora de evaluar las “equivocaciones” de Franco durante esta nueva ofensiva. Orgaz continuaba al mando del Frente de Madrid, y Varela de las tropas en campaña. Contaban con cinco Brigadas.

 

Pero hay que entender que esta agrupación de tropas no era similar a la que utilizaban los republicanos, mucho más próxima a lo que podríamos denominar Regimiento, puesto que las franquistas contaban con 6 Batallones cada una. Además, al contrario que en otras ofensivas, tenían 11 Batallones de reserva. Esto significaba que Franco era consciente, a pesar de las críticas que les hacen algunos historiadores, que la capacidad de resistencia y contraataque de los republicanos debían considerarse con el respeto debido a un enemigo que estaba a su misma altura. En total unos 25.000 hombres, bastante más que en anteriores ofensivas, a los que hay que añadir dos Batallones alemanes de ametralladoras, 6 baterías de artillería pesada de 155 mm., los temibles cañones de 88 mm. de la Legión Cóndor, dispuestos ya para ser utilizados masivamente en primera línea, como  cobertura artillera contra blancos terrestres, y no sólo en segunda línea, como antiaéreos, para lo que fueron diseñados, y los carros de combate de Von Thoma. En conjunto una masa de medios enorme, en comparación con lo que se había puesto sobre el terreno en aquella guerra hasta entonces. Y, más que nada, una proporción de tropas regulares alemanas en línea de combate, actuando conjuntamente con el Ejército de Tierra, como nunca se había visto. Aunque la mayoría de las fuerzas seguían siendo mercenarios “regulares” marroquíes y medio-mercenarios de la Legión Extranjera. Estos eran los que se autodenominaron “nacionales”. Se organizaron dos grupos de ataque, acantonados en Pinto y Valdemoro. Y, ambos en las célebres cuatro columnas. El Coronel García Escámez tenía a su mando una Brigada, situada al sur de Valdemoro, con la responsabilidad del flanco derecho de la embestida, con objetivo en Ciempozuelos. La columna de Asensio, con base en Valdemoro, la dividió en sus dos Brigadas.

 

Una, más al norte, debía abrirse paso entre las elevaciones del Telégrafo y Mesa, cruzar la carretera que une Pinto con San Martín de la Vega y tomar dicho pueblo desde el norte. Su otra Brigada debía rodear el alto de Valdecabas por el norte, y dirigirse al Canal del Jarama, con lo que mantenían el contacto entre la Brigada que debía tomar San Martín de la Vega y el flanco derecho, a las órdenes de García Escámez. Al sur de Pinto estaba la Brigada de Sáenz De Buruaga, que debía avanzar hacia el sur del alto de Gózquez, cruzar la carretera de San Martín de la Vega a Madrid a la altura de Gózquez de Abajo, atravesar el Canal del Jarama al norte de dicho pueblo, y continuar entre el canal y la vía del ferrocarril en dirección nordeste tomar La Boyeriza y el Puente Pindoque, sobre el Manzanares, cruzarlo y girar a la derecha, hacia el sur, para tomar Casa Blanca. Barrón debía colaborar en el avance de Sáenz De Buruaga, para lo que disponía, además, de 10 Escuadrones de caballería. Pero, tras cruzar el Puente Pindoque, separarse de Sáenz de Buruaga, en dirección norte, para después girar a la derecha, hacia el sur, tomando el alto de Pajares, atravesar la carretera hacia Vaciamadrid, y dividirse de nuevo, hacia el alto de Valdeperdices y Arganda, y Morata de Tajuña. El Coronel Rada sustituía a Monasterio (ignoro la causa: tal vez alguna crítica o desavenencia respecto de las anteriores actuaciones de Franco) y se posicionaba al norte de Pinto, responsabilizándose del flanco izquierdo, al norte de la línea de avance. Debía cruzar la carretera de San Martín de la Vega hacia Madrid entre el alto de Cabeza Fuerte y La Marañosa, y dirigirse directamente hacia Vaciamadrid, cortando el paso a cualquier contraataque republicando, mientras el centro del avance continuaba su progresión.

 

Contaba, además de su Brigada, con un Regimiento de requetés. El Estado Mayor republicano también  había analizado la zona como idónea para lanzar un contraataque, que, teóricamente, podría cortar la línea de suministros desde Extemadura-Andalucía. Pero habían surgido antagonismos personales entre los Generales Miaja y Pozas sobre quién debía asumir el mando, lo que había demorado su materialización. Es un comportamiento tan típico como incomprensible de los españoles, que Franco supo atajar con su dictatorial despotismo. Sin embargo, los hechos posteriores harían parecer providencial dicho enfrentamiento, puesto que, mientras se resolvía la cuestión sobre la jefatura, la República había situado en la zona 50 Batallones, un número semejante a la infantería que Franco pretendía lanzar. De no haber sido por tal demora la situación hubiera sido muy distinta: los republicanos se habrían estrellado atacando a una masa ingente de fuerzas enemigas. Quizás fue el reconocimiento aéreo, que probaba la paulatina llegada de tropas, lo que llevó a Franco a iniciar el ataque, sin esperar a los italianos. El 5 de febrero el tiempo atormentador se apaciguó, y Mola pudo dar la orden de avance para la mañana siguiente. Richthofen anotó en su diario privado que hasta el 6 de febrero los cazas alemanes no pudieron apoyar la operación, que de todas partes llegaban peticiones de apoyo de la Legión Cóndor -que ya contabilizaba 14 bajas- poniendo como ejemplo que así había ocurrido en Zaragoza, porque detectaron un (aparato) “rojo”, concluyendo que las cosas no deberían hacerse así. Los italianos también habían enlentecido su avance, y aún se encontraban a 4 kmtrs. de Málaga. Comoquiera que los italianos utilizaban medios motorizados, induce a la reflexión que pudiese afectarles la climatología malagueña.

 

Tal vez el traidor Villalba envió contra ellos todo lo que disponía, lo que dejaba abierta una ruta de escape, y permitía que los franquistas avanzaran con el menor número de bajas posibles. O quizás fuese el propio Franco quien diera tal orden. Con ello impedía el cerco de Málaga, que siempre evitó en todas las ciudades, propiciando la huida, de la que tanto partido propagandístico sacaba, además de alentar a sus tropas al ataque fogoso y continuado, convencidas de que la resistencia que encontrasen no sería duradera. Pero también, de ser cierta mi sospecha, evitaba un triunfo indiscutible de los italianos, que hubiesen acabado de subírseles a las barbas, de imponer el dominio que deseaban sobre España, como parte de su nuevo “Impero”. En el Frente de Madrid, Rada atacó el cerro Marañosa, de 700 mtrs. de altura, que dos Batallones republicanos defendieron heroicamente. Saénz De Buruaga tomó Gózquez de Abajo, situado 5 kmtrs. al sur de dicho cerro, y a un kilómetro del río Jarama. Asensio sobrepasó San Martín de la Vega. García Escámez tuvo que librar un duro combate para conquistar Ciempozuleos, perdiendo 1.300 hombres de la 18 Brigada. Ese mismo día Pablo De Azcárate, en representación del Gobierno legítimo, demostró al de Londres que había italianos luchando del lado de los franquistas, para que lo indicase al Comité Contrario a la Intervención en le Guerra de 1936. Sin embargo tales acusaciones y pruebas fueron rechazadas o ignoradas: los demócratas, que sólo dos años después pretendían enarbolar la bandera de la democracia.

 

En la mañana del 8 de febrero, los franquistas habían llegado a la orilla oeste del Jarama, mientras, entre grandes humaredas (sin punto de comparación con lo que los amantes del “orden” y del fascismo tacharon de “orgía revolucionaria” contra el intento golpista, de mediados de julio, que tanto criticaron, y que, tras meses de bombardeo, si no olvidaron, deberían objetivamente de considerar juego de niños) y edificaciones derrumbadas, Málaga caía en poder de los fascistas. Algunos milicianos, desconcertados por la derrota, sin llegar a comprender cómo no habían podido presentar la misma resistencia que Madrid, vagaban sin saber a dónde ir, cuando la huida ya era imposible, sin más horizonte que ser empujados contra las paredes y servir de diana a los “defensores de la justicia”, sin más delito que haber intentado defender al Gobierno legítimo, que tan poco les apoyó. Sin más juicio, sin más derechos. La carretera de la costa se llenó de huidos, en medio de escenas dantescas. Al parecer Franco ordenó bombardearles. Se utilizó la aviación, que, tras descargar sus bombas, continuaban haciendo pasadas, en vuelo rasante, ametrallándoles, hasta agotar sus municiones. Dicha carretera, en muchos tramos, discurre acotada por un farallón rocoso, lo que imposibilita refugiarse o eludir la masacre. Y también la marina. En las zonas acantiladas, los buques se aproximaron tanto, que sus víctimas podían ver los saltos de alegría de los marineros, cuando sus obuses hacían “un buen blanco”, casi todos, a tan escasa distancia, que lanzaba muchos despojos humanos por los aires. Observaron que los impactos contra los farallones desperdigaban metralla y trozos de roca en un radio mayor, causando más muertos y heridos que los impactos directos.

 

Quizás dicha experiencia se utilizó por la artillería nazi-fascista en las escarpaduras del Frente de Aragón. Aunque los italianos ya habían llegado a conclusión semejante durante la Iª Guerra Mundial, cuando, en Caporeto, disparaban por encima de las trincheras, para provocar aludes de nieve e hielo que sepultaran a los austriacos. Eran casi doscientos kilómetros, llenos de curvas infinitas, desesperantes hasta para quien las recorre en vehículo, siguiendo hasta Almería, el refugio más cercano para tal masa humana, ya que Granada capital estuvo en poder del fascismo desde el primer momento. Durante la huida los más viejos, heridos, depauperados, sedientos o hambrientos, iban quedando en la carretera. Mujeres enloquecidas aún amamantaban los cadáveres de sus hijos. Cada vez que los buques y aviones cargaban su mortífera munición se repetían los ataques. Y, a cada uno de ellos, los niños se desperdigaban. Algunas personas los recogían, e incluso los criaron el resto de sus vidas. Otras, sin comida ni agua, ya exhaustos, no querían hacerse cargo de tal responsabilidad, que muriesen, unos u otros, tomados de la mano de los que no eran de su familia. Una madre asfixió a su hijo con su pecho, cuando un trozo de metralla, rebotado del farallón, le destrozó su cabeza, desplomándola sobre el. Algunos milicianos que aún conservaban algún arma, incapaces de soportar tales vivencias, se alejaron de la carretera para suicidarse. Sin posibilidad de ofrecer ayuda a tan inmenso enjambre humano, las casas y pueblos cerraban puertas y ventanas, tal vez temiendo que los asaltasen. O para no dejarse conmover por tales visiones. Muchas veces me he preguntado el motivo de tanta crueldad, que me parecía innecesaria, gratuita, sin otro fin que el disfrute del terrorismo. Por supuesto que la “justificación” esgrimida por los franquistas, de que no querían dejar escapar a los milicianos, que volviesen a combatir en otros sectores, es absolutamente insostenible: su número era ínfimo, más aún el de  sus armas.

 

Lo demuestran las fotografías que se conservan de aquella tragedia. Los cercanos buques, y los aviones en vuelo rasante, podían diferenciar a la perfección la insignificancia de los posibles combatientes respecto de la colectividad masacrada. Mi respuesta, durante mucho tiempo, ha sido que se pretendía implicar a todas las Armas en la represión, que nadie pudiese quedar enteramente al margen de ningún colectivo implicado en asesinatos terroristas, abominando del comportamiento de los demás sediciosos. Quizás el sanguinario Mola hiciese algún comentario en tal sentido. Igual que Casio exigió a todos los conjurados que enseñasen su puñales sangrientos, aunque no hubiesen sido necesarias nuevas heridas, aunque Julio César ya estuviese muerto, a Bruto. Sin embargo, recientemente, se me ha ocurrido un posible motivo “militar”: aterrorizar a las poblaciones que intentasen resistir el asalto franquista hasta el último momento, estimularlas a huir al primer envite, provocando la desmoralización en los defensores e impidiendo que les proveyesen, sin esperar a que se desmoronasen y que los nazi-fascistas pudieran emplear todos los medios de destrucción masiva que utilizaban (y aún continúan utilizando: en Palestina, en el Líbano, en Irak, en Afjanistán, en Colombia, etc.) contra la población indefensa, incluso en plena huida. Mientras tanto las tropas terrestres se encargaban de la represión directa. Según un informe del embajador británico a su Ministerio de Asuntos Exteriores, aunque en la tardía fecha del 31 de agosto de 1944, en la primera semana de “liberación”, se habían fusilado en Málaga 3.500 personas, y, en el tiempo transcurrido desde entonces, se condenaron a muerte dieciseismil novecientas cincuenta y dos.

 Actuó de fiscal franquista el diestro “Carnicerito de Málaga”, como se denominó a Carlos Arias Navarro, último Presidente de Gobierno del franquismo –lo que le permitió anunciar la muerte de Franco entre femeninos sollozos- y primero de la recuperada monarquía, de la que trató por todos los medios, incluso con todas las apariencias reformistas que fuesen necesarias, impedir que fuese democrática. Lógicamente se presentó a las elecciones de 1977 en las listas de Alianza Popular, junto con Fraga Iribarne, también Ministro franquista, que propagaban “reformar lo reformable, mantener lo mantenible” del franquismo, y que España era “como una balsa de aceite”. Y, lógicamente, fue derrotado, por lo que se retiró de la política activa, toda vez que la democracia se hacía inevitable y él no tenía cabida en ella. La caída de Málaga debilitó aún más la posición de Largo Caballero. Continuaba tratando de impedir la influencia comunista en el ejército. André Marty lo achacaba a la influencia de los británicos sobre éste y sobre Indalecio Prieto: me parece pura fantasía. El 9 de febrero Rada había llegado a la unión entre el Jarama y el Manzanares, en las proximidades de Vaciamadrid. Sin embargo el eje central del avance se encontró con la resistencia de las concentradas fuerzas republicanas, y quedaron bloqueados. Los republicanos no llegaron a desentrincar las intenciones de los franquistas, por lo que se dedicaron a fortificar la carretera a Madrid y la orilla Este del Manzanares. Las lluvias volvieron a arreciar y el Jarama creció, hasta hacerse infranqueable, de modo que los franquistas tuvieron que detener su ofensiva, dedicándose a triturar con su artillería todas las posiciones republicanas. La XII Brigada Internacional “Garibaldi” fue enviada a defender Arganda, donde la recibieron bajo el intensísimo cañoneo franquista.

Advertisements
This entry was posted in El largo y tortuoso camino a la democracia en España. Bookmark the permalink.

One Response to La batalla de Málaga

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s