La ofensiva contra Andújar

 

Fracasado el ataque contra Madrid, Franco no pudo negarle a Queipo de Llano tropas y material. Podía ser una forma de obtener éxitos internacionalmente, y desviar fuerzas republicanas en vista a la nueva ofensiva contra Madrid que se planteaba. Y, además, para conseguir más divisas. Queipo de Llano había planteado la conquista de los olivares de Andujar, para unir a “sus” exportaciones de aceitunas y aceites de Sevilla y Córdoba. La XIV Brigada Internacional del General “Walter” obtuvo su bautismo de fuego con la orden de reconquistar Lopera, sin contar con enlaces telefónicos ni apoyo de aviación o artillería. Y no habían recibido ninguna instrucción que pudiese denominarse militar. Dicha Brigada integraba el Batallón francés “La Marsellesa”, que incorporaba una Compañía inglesa, en la cual estaba integrada una Sección irlandesa. La acción comenzó el 28 de diciembre, de madrugada, y duraría menos de 24 horas. Los franquistas trituraron a los republicanos con ametralladoras, morteros y artillería. Como había ocurrido con muchos milicianos, la primera experiencia de verse segados por las ametralladoras producía los efectos de gran número de bajas y, entre los supervivientes, de echar a correr -hacia atrás- lo que aumentaba más aún la letalidad. A pesar de todo hubo ataques y contraataques repetidos por ambos bandos, con sucesivas ganancias y pérdidas de terreno. En una de tales acometidas los republicanos se dispersaron, perdiendo conexión con sus mandos. Entre los olivares quedaron 800 brigadistas muertos, y otros 500 dejaron sus posiciones. Setenta y ocho de las muertes correspondían a los 145 miembros de la Compañía inglesa. Entre ellas la de John Cornford, bisnieto de Charles Darwin, de 21 años de edad, que aún llevaba vendas sobre las heridas sufridas en Boadilla del Monte. El Comandante Gaston Delasalle, al mando del Batallón “La Marsellesa”, fue arrestado, acusado de incompetencia, cobardía y de ser un espía fascista.

 

André Marty constituyó rápidamente un tribunal militar y lo condenó. Un brigadista escribió que la guardia arrastró al sentenciado, que aún se obstinaba en justificarse, fuera de la sala, sonaron dos o tres disparos y se depositaron sobre la mesa un reloj y varias monedas, concluyendo que aquello era justicia revolucionaria. Las opiniones sobre tal juicio y sus componentes son diversas. Ilya Ehremburg escribió más tarde que Marty hablaba y, a veces, actuaba, como un enfermo mental. Para otros Marty consideraba “indecisión pequeñoburguesa” perder el tiempo antes de fusilar a alguien por meras sospechas. Es conmocionante reflexionar sobre los que llegaron a España para arriesgar su vida en defensa de la democracia, de la justicia o de la revolución comunista, y la perdieron así, asesinados por “los suyos”, acusados de fascistas ¿Merecía la pena tal riesgo para actuar como espía? ¿Necesitaban los nazi-fascistas a brigadistas internacionales para obtener tal información? Sin embargo muchos brigadistas continuaron admirando a Marty, considerándolo un verdadero revolucionario. Se le ha descrito como un compendio de paciencia, firmeza granítica y determinación inquebrantable. El futuro jefe del Batallón británico consideró al consejo de guerra como impecable. Lógicamente, de haber expresado otra cosa hubiera sido poco probable que alcanzase tal cargo en una Brigada Internacional. Stachesky, el agregado comercial soviético, había hecho amistad con Negrín. A finales de año informó a Moscú que lo consideraba muy sensato, y cercano a las tesis soviéticas. El 30 de diciembre hubo críticas contra la Comisaría de Abastecimientos de la Generalidad, por la carencia de alimentos. Al día siguiente murió Unamuno, durante una tertulia.

 

Antonio Machado escribiría, al estilo de cuando firmaba como Juan de Mairena: “Ha muerto repentinamente, como el que muere en una guerra ¿Contra quién? Quizá contra sí mismo”. A pesar de haberlo motejado de “rojo” y de traidor, los falangistas le organizaron un entierro multitudinario, considerándolo uno de los suyos durante muchos años. Durante aquel mes abdicó Eduardo VIII. El folletín con la divorciada señora Simpson, que había tenido embromada a la opinión pública británica durante aquel medio año, terminó. Todo lo cual demostraba, también, hasta qué punto tal sociedad permanecía imbuida por la mentalidad conservadora, por la hipocresía puritanista victoriana. Por cierto, que muy pocos conocían que la viuda Reina Victoria había mantenido relaciones con su mayordomo Morgan, escocés- como ella, como toda la dinastía británica reinante en la actualidad- de dos metros de altura, que transportaba en brazos sus 100 kilos de peso para evitarla andar de una a otra estancia, y subir y bajar las escaleras de palacio. Hasta que murió, al parecer de un infarto. Aún se conserva la estatua que la desconsolada emperatriz le erigió, en un lugar tan discreto, pero que ella podía visitar a diario, como el patio interior que daba a las cocinas. Esperar que, a partir de entonces, los británicos exigiesen de su Gobierno un trato más ecuánime hacia España sería ilusorio. A Eduardo VIII le sucedió Jorge VI, padre de la reina actual. Chiang Kay Check estaba en guerra abierta con Japón, pero, por indicación de Estados Unidos, no la declaró como tal: así podrían seguir ayudándola, por mero interés en mantener su mercado en la zona, sin las limitaciones de la Ley de Neutralidad. Los franquistas “celebraron” la llegada del año nuevo disparando desde Getafe doce cañonazos contra la Puerta del Sol.

 

Indudablemente su intento era alcanzar a quienes hubiesen pretendido tomar las uvas como se hacía tradicionalmente, aglomerando a gran cantidad de personas, como si no hubiese ocurrido nada, y causar así la mayor mortandad posible ¿Con la pretensión de que se rebelaran contra los dirigentes republicanos? ¿Iban a culparles a ellos de semejante atrocidad, de tal ataque terrorista? Al parecer a Franco no le gustó un comportamiento tan poco profesional. Como en otras ocasiones, se tomó como referencia la torre de la Telefónica, con lo cual los obuses explotaron en la Plaza de Cibeles y la Gran Vía, diez de ellos en el propio edificio. No fue hasta la entrada del año cuando llegaron a España los 96 primeros voluntarios norteamericanos, para defender la República. Para entonces Franco tenía 200.000 hombres bajo su mando, la mitad de los cuales eran milicias carlistas y falangistas. El ejército de Africa alcanzó los 60.000, sobretodo por una nueva e intensa recluta de mercenarios rifeños: los del Barranco del Lobo, los del Al-Annual, apoyando a los que se denominaban “nacionales”, los mismos africanistas que llevaban decenios causándoles un interminable genocidio, aunque no exento de contragolpes calamitosos para los invasores. La soldada a estos marroquíes eran mucho más elevada que el salario que solían percibir. La recluta se vio estimulada por la continuidad de malos años agrícolas. También la Legión creció con muchos voluntarios extranjeros. Entre ellos eran mayoría los portugueses, que se denominaron “viriatos”, llegando a los docemil. Le seguía un destacamento de derechistas franceses, y los 600 “camisas azules irlandeses, junto con su General, Eoin O’Duffy. Estos últimos, durante la batalla del Jarama, fueron tiroteados por un destacamento falangista, creyéndolos brigadistas internacionales, perdiendo cuatro hombres, por lo que se marcharon a su casa ese verano. Sus aliados criticaban abiertamente la fracasada estrategia de Franco. Especialmente el deslenguado Mussolini.

 

Así que asumió la existencia de un Estado Mayor General conjunto germano-italiano. Posiblemente pretendiese conseguir más ayuda armamentística, y de todo tipo, pero, más que nada, dividir con ellos sus fracasos. La fuerza aérea alemana en España llegaba a los 100 aviones. La mitad de ellos eran cuatro escuadrillas de biplanos Heinkel He-51. No eran aviones enteramente obsoletos, como podría pensarse. Las limitadas fuerzas que permitieron los Tratados de Versalles a Alemania estimuló a fabricar aparatos de una gran calidad, que compensara su escaso número. Pero eludiendo llamativas apariencias innovadoras. Lógicamente todo cambió cuando Hitler llegó al poder. El He-51 era el mejor biplano de combate que se llegó a fabricar. Su armamento era el habitual de su época, pero era completamente metálico, con alas aflechadas, en ligero ángulo hacia atrás, y carlinga acristalada cerrada, lo que le permitía una velocidad y techo de vuelo superiores a los de cualquier otro biplano, manteniendo la capacidad acrobática de los mismos. Tenía un magnífico blindaje, lo que le hacía un superviviente nato. Todo lo cual requería un motor de gran potencia, a pesar de su apariencia, oculta, de pequeño motor de avioneta, dada su linealidad y carencia de aparatosas tomas de aire o radiadores. Así que, cuando dejó de ser útil como caza, se le empleó con gran eficacia como cazabombardero, para lo que también había sido diseñado, como multifunción, a pesar de su relativamente escasa autonomía. La otra mitad eran otras cuatro escuadrillas de bombarderos Junker Ju-52. Como aviones de transportes eran muy innovadores, aunque pronto serían muy superados por los Douglas DC-4 estadounidenses, tanto en velocidad como en capacidad de carga y alcance.

 

Como bombarderos eran muy mediocres, comparables a los Savoia, pero no los superaba en eficacia ninguno de los que se emplearon durante la guerra de 1936. Sobretodo porque los soviéticos limitaban sus incursiones en la retaguardia enemiga, como ya se ha indicado, su número era muy escaso, y nunca se les utilizó en formaciones cerradas, concentradas, como hicieron los nazi-fascistas, experimentando las nuevas estrategias aéreas que ya se planteaban para la siguiente guerra europea. A las peticiones de Franco los alemanes enviaron destacamentos de antitanques, ametralladoras, artillería, artillería antiaérea, formada por cañones de 20 y de 88 mm., un cuerpo de señaleros, y 88 Panzer I, en dos Batallones, que se acantonaron al Norte de Toledo. Todo ello bajo el mando del Coronel Von Thoma. Además una gran cantidad de ingenieros e instructores civiles. Posteriormente llegaron “asesores” de la GE.STA.PO, y un Estado Mayor naval embarcado en los acorazados de bolsillo “Deutschland” (rebautizado “Bismarck” durante la IIª Guerra Mundial, para evitar la afrenta de que dicho nombre fuese hundido) y “Admiral Scheer”, que se mantuvieron en patrulla en el Mediterráneo occidental, posiblemente escuchando comunicaciones de radiofrecuencia e informando de ellas a los franquistas, y avistando buques soviéticos y dando su posición para que los hundiesen los submarinos de Italia, que carecía de fronteras con la U.R.S.A..

 

La Republica contaba por entonces con 340.000 hombres bajo las armas, aunque nunca superó la mitad de ellos concentrados en un solo Frente: es el inconveniente de la guerra a la defensiva, se pierde la iniciativa estratégica, es el enemigo el que decide el lugar y el momento, como saben muy bien los jugadores de ajedrez y los que hayan leído “El Príncipe” de Nicolás Maquiavelo, lo que obliga a distribuir las fuerzas equitativamente, puesto que se desconoce dónde van a ser necesarias, como ocurrió en el Alamein al sustituto de Rommel, mientras éste se operaba en Berlín de úlcera de estómago. De ellos 130.000 se distribuían entre los Ejércitos del Centro y del Sur. Las tres zonas del Norte, en que había sido cortada la resistencia republicana, Asturias, Santander y País Vasco, agrupaba otros cienmil, y el Ejército de Operaciones de Teruel, que se ocupaba del Frente de Aragón, unos treintamil. El resto, unos 80.000, lo formaban Guardias de Asalto, la Guardia Nacional Republicana, que integraba a los guardias civiles fieles a la República, los carabineros y las Milicias de Vigilancia de Retaguardia, constituidas por el Gobierno para tratar de eliminar las policías paralelas que se habían formado. Todos ellos actuaban en retaguardia. El grupo más numeroso eran los carabineros, que alcanzaron los 40.000 efectivos, dependientes del Ministro de Hacienda, ya que su misión originaria era impedir el contrabando. Sin embargo Negrín terminaría haciéndolos prácticamente guardia personal suya. Todas estas cifras son meras aproximaciones. Las referencias se ha demostrado que estaban muy manipuladas. Por ejemplo, las raciones repartidas, puesto que había fraudes desde los estados mayores hasta los capitanes de cocina. En este caso aumentándolas injustificadamente.

 

Pero también por razones políticas y personales, para dar o quitar importancia, conseguir refuerzos, justificar derrotas o glorificar los éxitos, por lo que unas veces se incrementaban y otras se disminuían. La República movilizó los reemplazos de 1933, 1934 y 1935. Una gran parte de ellos se presentaron voluntariamente, sin necesidad de acudir a los métodos amenazadores, de fusilamiento, de los franquistas. Pero no siempre era por motivos ideológicos: también actuaba a favor del alistamiento el hambre generalizada, la relativa seguridad de una ración y una paga, y tener un arma a disposición con la que poder defenderse personalmente, antes que ser exterminados como conejos, como habían demostrado los fascistas que estaban dispuestos a hacer desde el primer momento del golpe de Estado. Hay testimonios de que en los pueblos comían las sobras de los hospitales militares aunque estuviese sin masticar. Mediante el convencimiento o la extorsión se fue consiguiendo que las columnas de milicianos se convirtiesen en Batallones y Brigadas, y que cada uno de ellos tuviese su Comisario Político. Alvarez Del Vayo logró que Largo Caballero le nombrase Comisario General, con lo que los comunistas pudieron controlarlos: aquella primavera, de un total de 168, 125 pertenecían al Partido Comunista, Partido Socialista Unificado de Cataluña o Juventud Socialista Unificada. El Gobierno de la Generalidad de Cataluña siguió los mismos pasos, pero intentando que las tropas a su mando constituyesen un ejército independiente. Lo mismo trató de hacer el Gobierno Vasco, creando el Euzko Gudarostea, formado por 25.000 que no estaban integrados ni en Brigadas ni en Divisiones, sino sólo en Batallones. Militarizaron la industria de guerra, y crearon una academia y una sanidad militares propias, además de levantar, por su cuenta, el llamado “cinturón de hierro” de Bilbao. La República había distribuido sus tropas para la defensa del área de Pozuelo, en Madrid.

 

Era una posición idónea, que impedía un avance fascista desde el saliente de La Colonia, amenazaba y podía cortar el saliente franquista que atacaba la Ciudad Universitaria, así como el de Boadilla, aprovechando el republicano entre los de Pozuelo y La Colonia, que apuntaba hacia la elevación del Ventorro del Cano, y, en caso de necesidad, acudir en ayuda del sector Noroeste de Madrid, aunque carecía de la adecuada coordinación y suministro de municiones. Sin embargo estaba excesivamente lejos del saliente franquista de Villanueva de la Cañada, y del republicano que se dirigía a Villaviciosa de Odón. El 3 de enero, cuando Orgaz acumuló los refuerzos necesarios, continuó exactamente con el mismo plan anterior, sin evaluar que ya no contaba con el factor sorpresa, atacando a ambos lados del Guadarrama, desde el Ventorro del Cano y desde Boadilla. El flanco derecho republicano se desmoronó, de forma que, aunque el izquierdo y Pozuelo se mantuvo, los franquistas tomaron Las Rozas, consiguiendo su objetivo de cortar la carretera a La Coruña. Koltsov, aún reconociendo el heroísmo, que no logró detener el ataque, culpó del desastre a la confusión y la estupidez, planteando dudas sobre si habría habido traición en el propio Cuartel General. Varela llevó hasta Pozuelo casi todas sus ocho baterías de artillería pesada, sus carros de combate y casi toda la aviación que pudo utilizar. Con ello rompió la defensa republicana, formada por una unidad constituida a partir del reformado 5º Regimiento, bajo el mando de Modesto. Parte de los republicanos huyeron, cuando ya les quedaba muy poca munición, desorientándose en la niebla, no sin antes destruir algunos Panzer I con sus T-26 de la versión más antigua. Miaja ordenó a la 10 Brigada que los desarmase. En su defensa hay que indicar que había solicitado municiones a Valencia.

 

Cuando le recordó tal hecho a Largo Caballero, éste le respondió que lo que estaba haciendo era intentar justificarse, diluir su responsabilidad directa como jefe de la defensa de Madrid. Miaja emplazó ametralladoras en los cruces de carreteras que se dirigían a la capital para cortar el paso a los prófugos. Envió la XII Brigada Internacional y la de Líster, y recamó a XIV Internacional, que se encontraba en el Frente de Córdoba. El 7 de enero Kléber envió al Batallón Thaelmann en las cercanías de Las Rozas, prohibiéndoles que retrocedieran. Los hombres del Batallón obedecieron heroicamente: sólo sobrevivieron 35. El 10, Málaga y Almería fueron bombardeadas por los franquistas. El 11 hubo un contraataque republicano por Majadahonda. Karl Anger, miembro de la XI Brigada Internacional, escribió que era un pueblo tranquilo, nada hermoso, pobre, al que no había llegado aún la guerra. Lo llenaron de tropas, vehículos, cañones y ruidos, propios de un ejército en campaña. Aquella tarde y la mañana siguiente se podían vislumbrar algunas muchachas, observando escondidas tras las ventanas. Cuando dejaron el pueblo, a la mañana siguiente, la aviación enemiga lo bombardeó, haciendo huir a sus pobladores, que abandonaban todos sus bienes: casas, campos, camas y ganados, especialmente cerdos. Las casas, sin ninguna vida, sin ninguna luz, sin ninguna silueta, parecían calaveras. Sólo perros perdidos, abandonados también, y una loca que chillaba espantosamente en su casa vacía, en medio de calles iluminadas sólo por la luna. Las Brigadas Internacionales carecían de mapas y de brújulas, no conocían el terreno ni las posiciones del enemigo, por lo que se arriesgaban a dispararse entre ellos, tanto como a toparse con mortíferas sorpresas. Por ejemplo, podían cavar trincheras que no estuviesen alineadas con las aledañas. No era menor el problema idiomático. Anger era servio, pero pertenecía a un Batallón alemán.

 

En Majadahonda se les unió el primer voluntario chino, que integraron en el grupo servio: sus piernas quedaron destrozadas antes de que hubiesen podido enterarse de cuál era su nombre. Según Anger había en su Brigada antiguos rusos blancos o hijos de los mismos que añoraban su patria y trataban de hacer méritos para que les dejasen regresar. En las que se denominaron dos batallas de la carretera de La Coruña, una Brigada de tanques formada por voluntarios, sobretodo franceses, según un informe remitido a Moscú por los asesores soviéticos, dieron muestras de indisciplina. Se preguntaban a qué habían ido si se les prohibía beber vino e ir de putas, y se les obligaba a madrugar y a caminar 25 kmtrs.. Según dicho informe, cuando les explicaron la situación, se portaron como héroes. Tras un día de combate en el interior de los tanques faltaba oxígeno. Sus tripulantes salían borrachos, vomitando o en estado de nerviosismo. Esto podría deberse a deficientes ajustes entre el compartimento motor y los habitáculos, incluso en los tubos de escape, dejando entrar en aquellos gases de combustión, por ejemplo el tóxico monóxido de carbono, o, al menos, vapores de aceite lubricante y grasas consistentes recalentados. O la falta de adecuados evacuadores de humo, lo que permitiría la acumulación de gases de los disparos, con su penetrante olor a pólvora quemada, enrareciendo el aire al desplazar el oxígeno necesario. Al terminar las batallas proclamaron que no se consideraban franceses, sino antifascistas internacionalistas. Todas las columnas franquistas, variando los planes iniciales, giraron confluyendo hacia el Este. Tomaron Aravaca, con lo que protegían, parcialmente, de un ataque republicano, el saliente hacia Ciudad Universitaria, en el eje de Húmera hacia o rodeando la elevación de Garabitas.

 

Pero no consiguieron aproximar más el Frente a Madrid, ni cercarlo por el norte, como pretendía la ofensiva, aunque sí cortar la carretera a La Coruña. Cuando llegaron las tropas adicionales republicanas la embestida se había contenido, y ambos contrincantes estaban agotados. Según la comisaria soviética de la unidad médica de la Brigada de Carros de Combate, en unas casas en la zona boscosa de El Escorial se improvisó un hospital de campaña para tanquistas y brigadistas internacionales, con colchones en los suelos, sábanas, mantas y una estufa de leña. Estaba abarrotado a consecuencia de la ofensiva franquista. Un francés susurró a hipotéticos camaradas que tuviesen cuidado, porque los obuses procedían de la izquierda, comenzó a cantar La Internacional, y se murió. También atendían a un marroquí gravemente herido en una pierna, que se negaba a hablar y a comer. En un tanque llevaban al conductor muerto, y a dos tripulantes heridos, todos soviéticos. El jefe de la Brigada visitaba a sus hombres con frecuencia. Le preguntó a uno de los tanquistas herido si quería que le llevase algo. Posiblemente se refería a cigarrillos, alcohol, publicaciones periódicas o libros en ruso, o comida. Pero éste le respondió que le gustaría tener un reloj. El jefe de la Brigada le dio el suyo. Había españoles heridos en los brazos y en las piernas, de los que se sospechaba que se habían disparado ellos mismos, para que les diesen de baja del Frente. También informó con todo detalle sobre el caso de un tanquista con fractura en un brazo, que desarrolló reacciones psíquicas anormales, lo que posteriormente se denominaría trauma (en inglés shock) o fatiga de combate, algo que los militares soviéticos ignoraron u ocultaron habitualmente.

 

Presentaba una extraordinaria agitación, hablando sin parar sobre sus recuerdos: su entrenamiento, incluyendo la ubicación de los campos, su estancia en el Ejército Rojo, indicando los nombres de sus mandos y el destino de sus unidades, a los suministros y a los combatientes que llegaban a España en barcos, a los trotskistas, y, sobretodo, a los anarquistas, sobre los que desarrolló delirios paranoicos de terror a que le atacasen, los matasen a todos. Si los mapas eran escasos aún lo era más la capacidad para interpretarlos, sobretodo los mapas militares en blanco y negro, con curvas de intersección de planos de cotas. Cavaban trincheras con las bayonetas y las manos, pero no hacían letrinas porque la tierra era rocosa, y podían constituir un blanco para la artillería enemiga. Así que evacuaban en las propias trincheras, horrorizando a los brigadistas internacionales. Los españoles aguantaban el viento de la sierra con el mono de trabajo, alpargatas o sandalias, que, en el monte, se rompían al poco tiempo. Frecuentemente se reliaban en las mantas, que, además, podía ser el único medio de camuflaje, y lo único con lo que contaban para protegerse de la lluvia o la nieve y dormir, sin más jergones, tiendas de campaña, barracones, túneles o dormitorios subterráneos. Carecían de jabón, y hasta de depósitos de agua, por lo que iban cubiertos de barro, que, además, les servía de camuflaje. El Ejército Popular tampoco disponía de suficientes armas automáticas, ni de quienes las operasen debidamente entrenados ni experimentados en su uso, lo que suponía una gran desventaja frente a los franquistas. Por ejemplo, los mercenarios marroquíes las utilizaban con gran destreza.

 

Igual que los cuchillos y, acostumbrados a luchar en zonas áridas, a sacar provecho de todas las estribaciones del terreno, lo que no sólo minimizaba sus bajas, sino que causaba pánico a los republicanos, temiendo sus silenciosos y asesinos ataques nocturnos, dejando, a la mañana siguiente, los rojos arroyos de sus degüellos. También tenían los franquistas superioridad artillera, aunque, afortunadamente, ambos bandos eran tan torpes en su uso que la mayoría de los obuses caían en tierra de nadie. Los franquistas mantenían las tácticas de la Iª Guerra Mundial de coordinar los asaltos de tanques con la infantería, que se continuarían practicando hasta la batalla del saliente (entrante, para los soviéticos) alemán en Kursk, en 1943. Sin embargo los militares de la Unión Soviética estaban empeñados en probar las últimas teorías sobre ataques autónomos de tanques, que permitirían sacar partido a toda su velocidad, para lo cual carecían de material adecuado en aquella época, puesto que sus carros no tenían coraza, ni cúpula con visores en derredor, ni intercomunicadores de radiofrecuencia, apropiados. Es decir, no podían ver (la palabra “blindado” proviene del inglés, significando “cegado”)  avisarse de los peligros u objetivos, ni resistir los disparos del enemigo. Líster y Modesto, que habían recibido instrucción militar superior soviética en dicho período, sólo un cursillo improvisado de unas cuantas semanas, estaban imbuidos del mismo espíritu. El resultado sería asaltos rechazados o, en todo caso, unas inmensas e insustituibles pérdidas en carros de combate, y, lo que era mucho peor, en tripulaciones.

 

    Pero la máxima ventaja franquista era la alemana Legión Cóndor, así como los aviones que recibían de Alemania, y el entrenamiento de sus pilotos por parte de aquella, lo que significaba un uso táctico de sus bombarderos y cazabombarderos que los soviéticos no conseguirían hasta bien entrada la IIª Guerra Mundial, y tras experimentar con los aviones estadounidenses con cañones de 30 mm., Aira Cobra y King Cobra, y su propio diseño, el Il-2, lo que suponía un magnífico y gratificante entrenamiento para colocar bombas sobre tanques, contra fortificaciones o dentro de las trincheras. A mediados de mes la ofensiva se consideró finalizada, sustituyéndose por planteamientos defensivos: había costado 15.000 bajas a cada bando. Otro nuevo fracaso en un ataque contra Madrid. Sin embargo, en lo que empezaba a pergeñarse como una guerra de desgaste, Franco podía permitirse tácticas de gambito, uno por uno, siempre que ganase terreno, por poco que fuera, que podía presentar internacionalmente como victorias, y continuar recibiendo tropas de los ejércitos de sus aliados, pues contaba, además de con casi media España -cierto que la más deshabitada, con ciudades de menor población- con el “Protectorado” de Marruecos, de donde seguía obteniendo reclutas de contingentes de mercenarios. A partir de la segunda quincena de enero, Franco comenzó a preparar otro asalto contra Madrid. El nuevo plazo que se fijaba era para antes de la llegada de la primavera. Volvió a plantearse un movimiento en pinza, para cercarla totalmente, y volvió a descartarlo. Decidió comenzar con un objetivo menos pretencioso, cortar la carretera de Aranjuez, cruzando el Jarama por el sur de Madrid, y ver los resultados. Si todo iba bien se dirigiría hacia el nordeste, buscando la carretera de Valencia. Como los italianos pedían protagonismo se les asignó el vector Norte de la pinza, de Sigüenza hacia Guadalajara, para converger en Alcalá de Henares. Pero el mal tiempo pospuso los planes.
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