La batalla de Boadilla del Monte

 

Así que se les ocurrió utilizar los Flack 88 de defensa antiaérea, ya que los aviones soviéticos no se adentraban sobre las zonas franquistas, primero contra Madrid, comprobando el poder destructivo de sus granadas, y, con esta experiencia,posteriormente, contra las fortificaciones. El resultado fue sorprendente: la precisón y rapidez de maniobra, enfilado y recarga, proyectados para su uso antiaéreo, junto a la capacidad destructiva de sus ojivas, demostraron una eficacia insospetacha para un cometido para el que no habían sido diseñados. Inmediatamente se comunicó el hallazgo a Berlín, solicitando que, además de las granadas de fragmentación, destinadas a formar una gran bola de metralla y fuego, que averiase a cualquier avión, aunque el disparo no hubiese sido demasiado certero, mediante espoletas temporizadotas, en las que se graduaba la altura de vuelo o la distancia del blanco, se fabricase munición de tal calibre de alto explosivo, e incluso perforante, para objetivos terrestres fortificados. Así, gracias al experimento con los españoles, los alemanes tuvieron un arma de una eficacia envidiable, de fácil transporte, con la que podían abrir paso a sus fuerzas acorazadas, incluso aunque éstas no dispusieran de armas de grueso calibre, como estaban sopesando por entonces los soviéticos, que también darían la sorpresa, en tal sentido. La “casa de las flores” de Pablo Neruda, cónsul de Chile, quedó destruida. El poeta escribiría en “Explico algunas cosas”: “Venid a ver la sangre por las calles,/venid a ver/la sangre por las calles,/venid a ver la sangre/por las calles!” Sin embargo muchos refugiados se seguían negando a abandonar la ciudad, tal vez por la garantía de acogimiento que ofrecían los Comités Locales. Por ello, a despecho del plan de evacuación, Madrid podía superar con mucho el millón de ciudadanos.

 

Se consiguió alojamiento para los muchos que se habían quedado sin vivienda, requisando pisos abandonados, se construyeron refugios antiaéreos, y se coordinó los suministros y los comedores públicos, una forma de racionalizar, repartir y compartir el hambre, lo que no evitó el surgimiento del mercado negro, el “estraperlo”, origen del empresariado actual español. Hasta el pan escaseaba. Se cazaron gatos y ratones para acompañar las sopas de lentejas esparcidas. Un impacto de artillería mató a un mulo, y las mujeres se abalanzaron sobre él hasta dejar sólo huesos, mientras los perros saltaban buscando encontrar algún hueco, obtener alguna parte. Un brigadista internacional escribió que los perros se habían acostumbrado a devorar cadáveres, y que un miliciano mató a uno que se comía los sesos de un camarada. En el pueblo de mi abuela se comentaba que habían visto liebres comiéndose a los muertos: tal vez lo que hacían era entrar en su interior, embadurnarse de sangre para acabar con sus parásitos. En el zoológico de Madrid mataron a un ave que había aprendido a imitar el terrorífico silbar de las granadas de artillería y bombas de aviación, en su recorrido descendente. Los franquistas bombardeaban a diario a las horas en que los trabajadores regresaban a su casa a mediodía, a comer. A los periodistas extranjeros les sorprendía la rapidez con que las calles quedaban expeditas al tráfico, se reabrían las tiendas y la gente volvía a pasear, tras los bombardeos, algo que no ocurrió en ninguna otra parte durante la II Guerra Mundial. Los tranvías continuaban en funcionamiento, aunque sus raíles debían reponerse repetidamente. El ferrocarril subterráneo metropolitano sólo se interrumpía cuando sus túneles debían utilizarse como refugio antiaéreo, un descubrimiento que luego utilizarían en Londres. Sin embargo la gente bromeaba diciendo que era más peligroso, porque podías encontrarte que la estación en la que te apearas había quedado en la retaguardia enemiga.

 

Tanto uno como otro se utilizaban para llevar tropas de refresco, abastecimientos y hasta visitas de familiares al Frente. Era más fácil cocinar en Madrid, y, con tales medios de transporte, la comida podía llegar caliente a primera línea. A los brigadistas internacionales les impresionaba el valor de los españoles, tanto en combate como en situaciones esperpénticas. Uno comentó que había visto a un hombre sacarse la comida de entre los dientes con una cerilla, en medio de la calle, mientras soportaba un bombardeo. Pero todos los extranjeros coincidían en que tales gestos podían ser similares a los que se aplaudían en una corrida de toros, pero se trataba de excesos inútiles para la guerra, incluso negativos para mantener una resistencia a largo plazo. Sobretodo los comunistas, que parecían los únicos en darse cuenta que la guerra había llegado a un punto muerto, y que terminaría resolviéndose por agotamiento de una de las partes, salvo que la opinión pública internacional forzase a sus Gobiernos a cambiar de bando y defender la democracia. Sin embargo no actuaron en consecuencia con tan nítido análisis, exigiendo a las tropas sacrificios que no estaban justificados para una guerra de desgaste. Muchos “turistas de guerra”, especialmente extranjeros, acudían a primera línea para experimentar el ambiente en las trincheras, con bastante seguridad de volver a casa, o al hotel, tras unos minutos emocionantes. A los combatientes les gustaba salir de la rutina, verse acompañados, alentados, admirados, que sus esfuerzos eran comprendidos y compartidos, sobretodo cuando se trataba de extranjeros famosos, como Ernest Hemingway. Pero todo cambiaba cuando pedían un fusil o una ametralladora para hacer tiro al blanco con el enemigo, porque sabían que la contestación era un bombardeo artillero.

 

Los madrileños habían pasado del terror angustioso, ante la amenaza del asalto inmediato de los mercenarios marroquíes y los asesinos falangistas, a la exultante e injustificada esperanza en una rápida victoria, y a la inexpresada pregunta sobre cuándo tendría fin aquella pesadilla y cuál sería su capacidad de aguante. Si, entre aullidos de sirenas, bombardeo y bombardeo, alguien podía olvidar la situación, si es que no veía los sacos terreros protegiendo esculturas, edificios públicos, puertas y escaparates de las tiendas y entradas a los refugios antiaéreos, así como los carteles que los señalaban, los edificios derribados o dañados, los cráteres en las calles, restos de incendios o columnas de humo, o el olor constante a chamusquina, se lo recordaba las descargas de fusiles o el tabletear de las ametralladoras, que el viento esparcía por todos los recovecos, discontinuadamente. Los Comités Locales fueron suplidos, poco a poco, por un mando centralizado. La policía paralela, surgida de los momentos de mayor terror, se había consolidado, y parecía imposible acabar con ella: otro régimen de terror dentro del acoso del terror. Los comunistas intentaron imponer la censura a las publicaciones anarquistas, tal vez porque las considerasen desmoralizadoras, quizás por mera imitación de lo ocurrido en Rusia, años atrás, o siguiendo órdenes de los soviéticos, pero los milicianos ácratas lo impidieron: era un nefasto precedente de lo que iba a terminar en enfrentamiento directo. Franco sustituyó a Mola por el General Orgaz. Con ello desplazaba de una posición  preeminente  al  que  había  sido  su  competidor,  al  que  había  diseñado  el  –fracasado- intento de golpe de Estado, un ser truculento, calculador, maquiavélico, que, en un futuro, podía convertirse en alternativa de poder.

 

La Junta Central Carlista de Guerra, a imitación de lo que había hecho Franco, constituyó una Real Academia Militar Carlista para formar a sus oficiales. Franco lo consideró como una intromisión en sus potestades, una demostración de autonomía que no estaba dispuesto a tolerar. Era, además, un momento, durante la ofensiva a Madrid, y motivo oportunos para reafirmar su poder, sin que nadie pudiese discutir lo adecuado de uno y otro. Así que declaró no autorizada tal iniciativa, como contraria al Movimiento Nacional. Como sin duda esperaba, la Junta Central Carlista dio marcha atrás. El Jefe de la Comunión Tradicionalista, Manuel Fal Conde, posteriormente homenajeado como uno de los insurrectos, escogió el exilio en Lisboa a un consejo de guerra. Otra victoria más, un oponente menos en el camino a la dictadura personal del franquismo. Pocos días después el Jefe Nacional de la Falange, Manuel Hedilla, y el jefe de sus milicias, Agustín Aznar, solicitaron del embajador alemán instructores para los jefes de centurias de sus academias. Al haber implicado a los alemanes Franco se encontró sin posibilidad de intervenir, pero el emberrechinamiento contra Hedilla y Aznar iría convirtiéndose en odio. Posteriormente intentaron, en varias ocasiones, elevar la graduación para las que formaban en tales academias, cosechando continuas negativas. Para evitar cualquier insumisión Franco puso a todas las milicias políticas bajo el Código de Justicia Militar (que a él no le había impedido sublevarse) y a los mandos militares, en lo cual imitaba la anterior decisión de la República, aunque limitaba su dependencia directa al Coronel Monasterio. Considero que esto era una clara degradación de su reconocimiento militar, siquiera fuese por la cuantificación de sus efectivos. En el Frente Norte, la única ofensiva republicana la llevó a cabo el General Llano De La Encomienda, a principios de diciembre, atacando hacia las montañas de Villarreal, en dirección sur, casi sin apoyo aéreo, y arrastrando con bueyes unos cuantos cañones.

 

Un voluntario francés del Batallón Larrañaga, Pierre Bocheau, comunista, escribió que, en el patio del cuartel, un día lluvioso, llenaron de balas las cartucheras, comprobaron fusiles, revólveres y ametralladoras, y siguieron una canción iniciada por otro voluntario, casi un niño. Recorrieron Bilbao hasta la estación del ferrocarril, donde novias, madres y hermanas esperaban para despedir a los españoles. Los del destacamento internacional, formado por italianos, franceses y búlgaros recordaron a las suyas, mientras las españolas, haciendo sus veces, supliendo la carencia que notaban en la despedida, les daban pan, naranjas y ternura. Durante el trayecto en el tren alguien hablaba de la muerte con indiferencia: no importa morir, sino vencer. Cantaban y, mientras los hacían, se creían inmortales. Se apearon en Elorrio, de noche. Formaron bajo una intensa lluvia. Tres días después les despertaron a las dos de la mañana. Otro voluntario le dijo que el corazón latía más deprisa cuando iban a entrar en combate. Podía ser en un par de minutos. Las balas golpeaban el suelo, a sus pies, silbaban cerca de sus orejas y movían las ramas de los árboles. Se oyeron las voces “dispuestos para avanzar “ y “adelante”. El barro les llegaba hasta los tobillos y las balas por todas partes. Se sentía temblar, convulsivamente, y debía esforzarse para conseguir el dominio y continuar avanzando. Llevó a un herido, agotado después de todo un día de pie. Caían al toparse con los cráteres de las bombas, y el herido gemía, contagiando a todos su sufrimiento. Al llegar al bosque perdió el conocimiento. La XIII Brigada Internacional intentó siete veces reconquistar Teruel. Perdida la esperanza de lograrlo, así como recuperar Zaragoza o Huesca, el Frente de Aragón permaneció tranquilo.

 

Aunque parecen falsas las acusaciones comunistas de que los anarquistas jugaban al balompié con el enemigo. Sin embargo Hemingway se lo creyó, y lo reprodujo en su libro “La Guerra Civil en España” sin ponerlo en duda. El Frente se reordenó en seis Divisiones, ninguna de ellas dotada al completo, sin pasar por la etapa de Brigadas, como había ocurrido en toda la demás zona republicana. Tal vez porque no se esperaba que acometieran ofensivas, durante las cuales, mientras el enemigo tampoco acumulaba grandes unidades, era más eficaz la movilidad de las agrupaciones de menor tamaño. Los comunistas no tenían el menor interés en armar a los anarquistas. Nada de la aportación soviética llegó al Frente de Aragón, hasta que el Ejército Popular republicano se hizo cargo de las nuevas ofensivas, bajo mando comunistas. Quizás fue el elemento más destacado por el que se simplifica que los comunistas utilizaron el armamento soviético en provecho propio. En realidad, desde el punto de vista militar, es lógico que se acumulase en Madrid, donde el peligro era más inminente, y las consecuencias de una derrota mucho más catastrófica. Además se justificaban argumentando que los milicianos tenían superioridad numérica frente al enemigo. Esto no parece comprobado, pues los franquistas pudieron acumular entre Teruel y los Pirineos casi 20.000 hombres. Además las mejores tropas del Frente se habían llevado a Madrid, y muchos de los que se quedaron seguían utilizando escopetas. De todas formas, resulta, al menos, sorprendente, que los anarquistas se cayesen en tal pasividad, entregados sólo a hacer “su” revolución, en la retaguardia. Sobretodo cuando habían anunciado que convertirían la zona en la “Ucrania española”.

 

Se referían a las proezas del guerrillero anarquista Majnov en Ucrania, contra los invasores alemanes, los rusos blancos e incluso el Ejército Rojo, de Trotsky, aunque, finalmente, fue derrotado y su guerrilla aniquilada, tras muchos esfuerzos y penalidades, para comunistas, anarquistas, y la población, que debió sufrir ambas acometidas y represalias. Si tanto odiaban los anarquistas el militarismo, Aragón les ofrecía la oportunidad de demostrar su capacidad guerrillera, fuera de toda disciplina y dirigismo. Había experiencia histórica durante las guerras napoleónicas y carlistas. Mucho se ha escrito, también, sobre que, durante la guerra civil de 1936, no hubo movimiento guerrillero. Como tantas otras simplezas, proviene, en su mayoría, de análisis, indocumentados, anarquistas, basados en su experiencia, visión y percepciones personales. Y, quizás, elevando a la globalidad el reconocimiento de sus errores. Lo cierto es que hubo resistencia en retaguardia en Galicia, León, Extremadura y Andalucía. Allí llegó a formarse una Brigada irregular, dirigida por Manuel Pastor, ebanista, apodado “Maroto”. La mayoría de todos ellos eran fugitivos de apresamientos franquistas, o que trataban de evitarlos, defendiendo sus vidas. Pero no hay explicación posible a que no se hiciese nada parecido en Aragón, donde habrían constituido un auténtico problema para los escasos efectivos franquistas. Sobretodo durante las primeras semanas, en las que carecían incluso de munición suficiente. Claro que nada de eso se sabía entonces, sino tras más de cuarenta años de estudios documentales, y las propias autoglorificaciones de las “proezas” de los insurrectos. Es posible que, al acumular, mayoritariamente obreros industriales catalanes, desconocedores del terreno y de la vida a la intemperie, no llegasen ni a planteárselo.

 

O que siguiesen esperando, ilusoriamente, el retorno de sus compañeros de sus compañeros más eficaces, idos a Madrid, cuando tal Frente se estabilizara u obtuviese un triunfo “definitivo”, y, recibiendo el armamento necesario, incluidos tanques y aviones, pudiesen reconquistar Aragón, por lo que no debían desperdigar sus fuerzas. Lo cierto es que tal tipo de guerra hubiese sido menos costosa que las ofensivas que tendrían lugar posteriormente. El NKVD, y, en menor medida, la inteligencia militar soviética, se encargaron, no sólo de espionar al enemigo, en lo que no parece que fuesen muy efectivos, quizás por la dificultad de encontrar personas de confianza de los nazi-fascistas dispuestos a jugarse la vida por la U.R.S.A., sino de operaciones de sabotaje de envergadura. Se encargaba de ello Orlov, jefe del NKVD en España, que había sido responsable de los partisanos durante la guerra civil rusa. Más tarde declaró que, además de dirigir la “policía” clandestina, preparó a 1.600 guerrilleros y 14.000 soldados, lo que resulta excesivo. Obsérvese que los milicianos podrían considerarse un término medio entre ambos: una fuerza irregular que actuaba como un ejército regular tratando de derrotar, frontalmente, a uno –o varios, según se interprete- de dicho tipo, lo que, con un simple análisis teórico, resulta imposible. Los antecedentes de las revoluciones francesa y soviética no eran, del todo, comparables: sobretodo en Francia los ejércitos extranjeros tardaron mucho tiempo en acudir en defensa del feudalismo, todos los soldados simpatizaban con los revolucionarios y sus peticiones, y la mayoría de los militares franceses con experiencia, por ejemplo en la revolución estadounidense, ya se habían pasado a su bando, y en Rusia la Iª Guerra Mundial, la Revolución de Febrero, la liberal, y el levantamiento ultraderechista, zarista, “servil”, pseudofascista (antes de que pudiese denominarse así una ideología política) habían causado un efecto parecido.

 

De las acciones guerrilleras se encargó, entre agosto del 36 y octubre del 37, Mansurov, apodado “Coronel Xanthé”, que sería designado héroe de la Unión Soviética y Coronel General, cargo que tenía responsabilidad sobre un Frente, es decir, un conjunto de Grupos de Ejércitos. Más tarde diría que él era el Robert Jordan de la novela “Por quién doblan las campanas”, de Hemingway, aunque éste le cambió la nacionalidad por la estadounidenses, lo que, sin duda, le garantizaba en mayor número de lectores en su país. A partir de octubre del 37 sería sustituido por Eitingon, considerado un gran héroe de la inteligencia exterior soviética, especializado en lo que los estadounidenses denominan “operaciones encubiertas”, para referirse a las suyas, y asesinatos cuando se refieren a las de la Unión de Repúblicas Socialistas Asamblearias. Por ejemplo, planeó la muerte de Trotsky en su rancho-fortaleza de Méjico. La creación del Ejército Popular precisaba la “militarización” de los milicianos. Los anarquistas relacionaban dicho nombre con ataques a la dignidad humana. En defensa de la milicia revolucionaria esgrimían la moral del combatiente. Sin embargo, cuando se tomaba como base el asambleismo de éstos, como hacían anarquistas y trotskistas, algo inédito en otros países, el resultado muchas veces era el instinto de conservación, la elusión de riesgos. El comportamiento de la Armada republicana fue una buena muestra de ello. El inteligente anarquista Cipriano Mera lo comprendió, explicando muchas veces que era imposible tomar decisiones apropiadas en el ambiente inhumano de la guerra, bajo el bombardeo o ametrallamiento. Algunos de los suyos replicaban que, si el triunfo radicaba en situar a alguien con una pistola a la espalda de cada siete u ocho combatientes, podían darlo por perdido.

 

Y, por supuesto, desde su enfoque ideológico, en aras a la revolución anarquista, así era. Otros estaban dispuestos a asumir la más férrea disciplina, a fusilar a los que abandonaran su puesto, incluso un mando único, pero no que los dirigiensen desde un despacho, lejos del riesgo. Por lo visto esperaban que el Estado Mayor recibiera la información, desplegara sus mapas e hiciese sus cálculos en el estrecho foso de una cualquiera de las trincheras. En el invierno de 1936-1937, parece que todos habían asumido la situación, más o menos a regañadientes, aún conscientes de que su supervivencia ideológica se enfrentaba a una encrucijada, lo que producía profundos temores, incrementados por el poder que estaban alcanzando los comunistas. En particular se oponían al mando unificado. No sólo anarquistas y el P.O.U.M., sino también los nacionalistas. Pero también a la disciplina militar convencional. Ya había habido un antecedente en 1917, cuando Trotsky fue designado jefe de la asamblea o consejo (soviet) de representantes de organizaciones de izquierdas y obreras en Piotrgrad porque Voline tenía reparos anarquistas respecto del poder. El delegado de la Asociación Internacional de Trabajadores, la Internacional Anarquista, en España, mantenía, con toda sensatez, que basar la guerra en principios antiautoritarios, asambleas generales, discusiones de organización y acuerdos, sería perderla. Finalmente se llegó a una solución de compromiso: los anarquistas se negaban a aceptar el tratamiento y el saludo militares, y que se les nombraran oficiales no libertarios. Los anarquistas escogerían delegados, como venían haciendo desde el principio, e informarían de ello al Estado Mayor, para que ratificase el nombramiento confiriéndoles la graduación militar correspondiente.

 

De esta forma los anarquistas no llegarían a contar con una escala de mando escogida por sus aptitudes militares, como puede ser la disciplina, y, en cambio, muchos de ellos alcanzarían mandos inferiores, aunque el Estado Mayor impidiese nuevos ascensos, en base al reducido número de bajas obtenido por las fuerzas a su mando, independientemente de los triunfos cosechados. Como, en el nuevo Ejército Popular, sólo los oficiales regulares podían llegar a Coronel, las milicias libertarias sólo podrían estar dirigidas por Tenientecoroneles. En la práctica ninguno pasó de Comandante. Con todo ello, con sus idealizados prejuicios simbólicos, estaban cerrando el paso a ninguna alternativa real a los mandos comunistas, en especial a los oficiales regulares recientemente afiliados al Partido, cuyos relativos triunfos eran, comparativamente, demostrables, y que, por ello, paulatinamente iban a alcanzar los más elevados escalafones. Sin embargo los prejuicios idealistas a nivel individual, tenían un distinto análisis desde la perspectiva colectiva. Así García Pradas, miembro del anarquista Comité de Defensa de Madrid, y director del diario “CNT”, justificaba el acuerdo en que la mayor parte del salario de sus Comandantes se entregaba a dicho Comité, que contó con millones de pesetas para transferir a las colectividades agrícolas. El 6 de diciembre de 1936, Von Richthofen anotó en su diario privado que los aviones alemanes, bajo sus órdenes, hacían huir a los “rojos”. Este tipo, as del aire alemán, era un oficial duro, arrogante y engreído, que se creía a la misma altura que su primo, el mítico “Barón Rojo” (en este caso el color no era despreciativo) que murió durante la I Guerra Mundial. Era tan odioso para los alemanes como para los españoles.

 

Sin embargo llegaría a ser, por desgracia, mundialmente conocido como aniquilador de poblaciones, en España (Durango y Guernica) de Rótterdam, de Belgrado, en Creta (Canea y Heraklion) pero, sobre todo, gran cantidad de ciudades soviéticas, especialmente en Stalingrad, en la que murieron 40.000 ciudadanos, sólo a causa de tales bombardeos aéreos. Ese mismo día el Gobierno de Cataluña creaba el Exèrcit Nacional de Catalunya, formado por tres divisiones, en lugar de organizarse sobre Brigadas Mixtas, como en el República. Este proyecto no tuvo materialización, pero dejó claras las intenciones de los separatistas. Hasta esa fecha, los soviéticos habían suministrado a la República 136 aviones, 106 tanques T-26, 30 vehículos acorazados, 174 cañones de campaña, casi 700.000 obuses, 340 morteros, 3.750 ametralladoras, 120.000 granadas de mano, más de 28.000 bombas, más de 60.000 fusiles casi 151 millones de cartuchos, más de 1.000 pistolas, 150 toneladas de pólvora y 6.200 de combustible y piezas de repuesto. Sin ello la defensa de la España democrática hubiese sido imposible. El 8 de diciembre, Pemán, como responsable de la Comisión de Cultura y Enseñanza, en el preámbulo del decreto de depuración, explicaba cuál era la misión de ella y de dicha delictiva Comisión: no sólo punitiva, sino preventiva, para garantizar que no se volverá a tolerar a los envenenadores del alma popular, primeros y mayores responsables de todos los crímenes y destrucciones que sobrecogen al mundo, hijos espirituales de catedráticos y profesores que, a través de instituciones como la llamada Libre de Enseñanza, forjaron a generaciones enteras.

 

Por lo visto, a dicho cristianísimo señor no le sobrecogían los crímenes y destrucciones del Santo Oficio de la Inquisición de Herejes, de los “conquistadores” iberoamericanos, los “reconquistadores” cristianos, las atrocidades, numéricamente mucho más importantes, que cometían “los suyos” o sus correligionarios nazi-fascistas. El 13 de diciembre el Ministerio de la Guerra distribuyó una orden circular para que las milicias republicanas censaran a sus componentes, por orden de graduación, con vistas a su militarización total. El 14 de diciembre escaseaba el pan en Barcelona. Franco sustituyó a Mola y Varela en el Frente Central, encargando su dirección a Orgaz para la ofensiva prevista para el 16 de diciembre. Con ello, en cierta forma, los presentaba como culpables del fracaso del asalto anterior. Sin embargo mantuvo a Varela al mando directo de los 17.000 hombres lanzados al ataque. Su destitución completa hubiese rebotado contra él mismo, ya que fue él quien le designó. Con tal cambio parecía presentarlo como inadecuado para un diseño estratégico, pero eficaz en sus consecuciones tácticas, del mando de tropas en campaña. Dicha fuerza operativa siguió dividida en 4 columnas, a las órdenes de García Escámez, que sustituía al criminal Castejón, herido en combate, Barrón, Sáenz de Buruaga y Monasterio. Utilizando intensivamente cañones de 155 mm., aquella noche conquistaron Boadilla del Monte, a 15 kmtrs. al oeste de Madrid. El Estado Mayor republicano concluyó que se trataba del inicio de un ataque principal, y no de una ofensiva de distracción. La Brigada Internacional XI reconquistó el pueblo. Los franquistas se retiraron a suficiente distancia y cerraron su retirada, pretendiendo sacar provecho de su artillería pesada, de grueso calibre.

 

La Brigada Internacional XII consiguió unírseles, y ambas encontraron refugio tras los anchos muros de los chalets de los madrileños adinerados. De tal modo que los franquistas se vieron obligados a emplear su infantería para desalojarlos. Se sucedieron asaltos que se convirtieron en carnicería por ambas partes. El Partido Comunista analizó que la situación requería un cambio radical para conseguir la victoria. Planteó para ello un programa de 8 puntos. Incluía la concentración de todo el poder en el Gobierno del Frente Popular, cuyas decisiones deberían ser acatadas y respetadas por todos. Esto iba dirigido contra los gobiernos autonómicos y los nacionalistas, pero, especialmente, contra los “reinos de taifa” anarquistas. Podría parecer stalinista, influido por la situación y devenir histórico de la Unión Soviética, pero conecta con todos los antecedentes teóricos y prácticos del marxismo, así como con el sentido común para encarar una guerra. Planteaba el servicio militar obligatorio, con abundantes reservas bien instruidas, y un mando único competente que gozase de la confianza del pueblo. Disciplina de guerra en retaguardia, acabando con las actuaciones anárquicas de “incontrolados” y la idea cantonalista de que la guerra sólo afectaba al Frente. Nacionalización y reorganización de la industria básica, impulsando la bélica. Creación de un Consejo Coordinador de la Industria y la Economía, en el que estuviesen representados todos los técnicos y especialistas del Frente Popular, que dirigiese y orientase toda la producción. Control obrero de la producción, que actuase de acuerdo con el plan trazado por el Consejo Coordinador y para apoyarlo. Fomento de la producción agrícola, de acuerdo con los representantes de las organizaciones campesinas, Partidos y organizaciones del Frente Popular, garantizando precios remuneradores para sus productos. Coordinación de ambas producciones, agrícola e industrial, con el objetivo fundamental de ganar la guerra.

 

Unidad de todas las fuerzas proletarias y antifascistas en torno al Frente Popular y al Gobierno de la República. Todas dichas medidas eran bastante sensatas, concordaban con las pretensiones históricas de los comunistas, suponían enfrentarse a los localismos y actitudes anarquistas, y significaban un aumento de la radicalidad, por otro lado consistente con la situación militar y política que se atravesaba, pero contradictoria con los planteamientos frentepopulistas que mantuvo antes y después, de asumir las visiones liberales para lograr el apoyo de la burguesía y la colaboración internacional. Pero, para entonces, ya todo había cambiado: los Partidos minoritarios habían perdido todo poder, y la Unión Soviética parecía presentarse como la gran salvadora, dispuesta y capaz para asumir en exclusiva todo el esfuerzo preciso para lograr el triunfo. También es posible que dichos planteamientos se hubiesen acordado sin consultar con la KOMINTERN o con sus aliados soviéticos. Largo Caballero no estaba de acuerdo con tales puntos. Recelaba del poder que estaban consiguiendo los comunistas, por lo que se resistía a continuar las medidas centralizadoras, y, tras decretarlo, a consolidar el Ejército Popular. El 19 de diciembre Orgaz tuvo que suspender el ataque: se había quedado sin reservas y los republicanos estaban en superioridad. Sólo había logrado avanzar unos cuantos kilómetros en dicha dirección y desde Brunete, hacia el norte, tomando Villanueva de la Cañada, en el flanco izquierdo, al otro lado del Guadarrama, muy lejos del eje principal escogido para el avance. Sin embargo, el saliente formado tendría una importancia decisiva en el ataque siguiente, ya que, desde él, conquistaron Las Rozas y cortaron la carretera de La Coruña, en un amplio movimiento envolvente.

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