El mito de la mística presencia de “El Ausente”

 

 

Franco decretó el 7 de septiembre la creación de academias para instruir, en el menor tiempo posible, a los nuevos oficiales de complemento, jóvenes universitarios a los que se lavaba el cerebro a conciencia, hasta hacerlos verdaderos suicidas, kamikazes, o “viento divino”, en recuerdo del huracán que dispersó la flota de invasión coreana, les hubieran llamado los japoneses. El 30 de septiembre Largo Caballero decretó que los milicianos estaban sujetos al Código de Justicia Militar. El 3 de octubre se entregaron los primeros 139 despachos de alféreces provisionales (en vista de su comportamiento, que la estadística confirmaría, algunos añadieron “y muertos efectivos”: se estima que más de 3.000 de ellos perecieron en combate, arrastrando con ellos a muchos soldados, con lo que consiguieron bastantes éxitos para el franquismo y pérdidas para los defensores de la Constitución) de infantería y 44 de artillería. Se crearon otros centros de formación de oficiales de complemento en Santa Cruz de Tenerife, Palma de Mallorca, Granada, Toledo y Vitoria, entre otras ciudades. Un alférez provisional, falangista, como casi todos, de Valladolid, con innegable gracejo y atino, definió el franquismo como un Estado nacional-sindicalista formado por alféreces provisionales a las órdenes de militares y clérigos de profesión. También se crearon otros para suboficiales, graduándose unos 30.000 durante toda la guerra. En Cáceres la Legión Cóndor se encargó de adiestrar a los falangistas, haciendo que dejaran de ser la banda de señoritos pistoleros de aquel verano. Los requetés ya sumaban 60.000 hombres, la mitad de ellos navarros. Tras el ejército de Africa constituían la segunda fuerza más eficaz del franquismo.

 

Despreciaban a la jerarquía eclesiástica española, que consideraban corrupta, farisaica, dispuesta a favorecer al mejor postor y ávida por sacar el mejor provecho. Consideraban a los falangistas como una chusma sin Dios. Estos se defendían proclamándose católicos, aunque no fuesen terratenientes, como ellos, lo que no era verdad en todos los casos. El Coronel Rada definió a los que tenía bajo su mando como gentes con fe en la victoria y en Dios, una granada en el mano y la otra en el rosario. Salvando las distancias, algo muy semejante a la mafia o al grupo terrorista VYL, “Vascongadas Y Libertad”, en vascuence, Euskadi Ta Askatasuna. El 13 de octubre las milicias republicanas pasaban a depender del Estado Mayor Central y, por tanto, del Ministerio de la Guerra. El 13 de noviembre, 13 Chatos se enfrentaron a 14 FIAT sobre el Paseo de Rosales. Fue la mayor batalla aérea de 1936. Al día siguiente, quizás como resultado de ello, o tras reflexionar sobre lo que pudiese ocurrir, Miaja prohibió a todas sus fuerzas que se atacase a los paracaidistas. Era el cumplimiento de las Convenciones de Ginebra, algo que ninguno de los contendientes de la II Guerra Mundial haría. Resultado de ello fue la costosísima invasión de la isla de Creta, después de que paracaidistas alemanes hubiesen aterrizado sobre las fortificaciones belgas de Ben-Emael, que no estaban preparadas para tal contingencia, demoliendo, sin ser molestados, sus techumbres, sobre las cabezas de sus defensores. Como consecuencia Hitler no autorizaría ninguna otra acción de paracaidistas, excepto la evasión de Mussolini de la cárcel del Gran Saso. Pero también había motivaciones estratégicas, interesadas: a los tripulantes nazi-fascistas que cayesen sobre Madrid se les podía apresar, impidiéndoseles que volviesen a combatir del lado de los franquistas, o intercambiarlos por apresados republicanos.

 

Por el contrario, a los pilotos soviéticos, españoles o de cualquier otra nación, defensores de la República, que se les disparase, sería sumamente difícil sustituirlos, mientras se continuaba pensando que la guerra sólo sería cuestión de meses. Aunque, teóricamente, ya estaba convencido desde un principio, la Ministra Federica Montseny, consiguió que el anarquista Buenaventura Durruti y sus 3.000 milicianos, dejasen el Frente de Aragón, donde todo estaba paralizado, y se presentaran en Madrid el 15 de noviembre. Quizás no podían soportar los éxitos, más propagandistas que reales, de los comunistas y las Brigadas Internacionales, que todo el mundo, impropiamente, consideraba que también lo eran. Ese mismo día, “La Batalla”, la publicación periódica del Partido Obrero de Unificación Marxista, analizaba, certeramente, que el proletariado español, ni siquiera el internacional, le importaban a Stalin, sino la política de pactos internacionales. En el ambiente de acusaciones mutuas en que PCE y POUM se habían enzarzado, los asesores soviéticos la acusaron de estar vendida al fascismo internacional, y presionaron a aquellos para reproducir en España la caza de brujas contra los trotskistas que se estaba produciendo en la Unión Soviética. Así que los comunistas bloquearon los pagos y suministros al POUM en el Frente de Madrid, en cuanto éste se estabilizó. De modo que la milicia del POUM terminó desapareciendo, integrándose en las de la UGT o la CNT. Franco comprendió que había fracasado, y recurrió al procedimiento que luego repetiría Hitler: el terror de las bombas, arrojadas masivamente desde aviones, experimentando metódicamente, alemanes e italianos, los efectos psicológicos de tal nueva estrategia militar, así como el bombardeo artillero.

 

Esto lo hacían los “salvadores de la patria”, los “nacionales”, los defensores de la “unidad nacional”, que utilizaban fuerzas extranjeras, dotadas de la última tecnología militar disponible, para derruir la capital del Estado. Ya Franco había declarado al corresponsal de The Times que derribaría Madrid antes de dejarla a “los marxistas”. Lo suyo era dejársela a los nazi-fascistas. O, quizás, ni siquiera eso: quedárselo todo para él sólo. Se excluyó de los bombardeos al barrio de Salamanca, residencia de los ricos, los que apoyaban a los fascistas. Así que, al poco, grandes masas fueron a refugiarse allí. Indicaron a sus “países amigos”, entre ellos Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos, que pintasen sus banderas, en gran tamaño, sobre las azoteas y tejados de sus embajadas. Y su aviación las evitó cuidadosamente, al tiempo que les servían de orientación para bombardear concienzudamente otros objetivos. Sin embargo no respetaron las banderas de la Cruz Roja que los madrileños pintaron sobre sus hospitales, actuación diferencial que demuestra la villanía de la aviación nazi-fascista. La UGT organizó, admirablemente, la reubicación de las principales industrias madrileñas en los túneles no utilizables del ferrocarril metropolitano. Simultáneamente, el Director General de Bellas Artes, el cartelista Joseph Renau, junto con los escritores José Bergamín, Rafael Alberi y Mª Teresa León, organizaron el traslado del Museo del Prado a Valencia, en camiones del 5º Regimiento. El 16 los nazi-fascistas bombardearon los museos de El Prado, el Antropológico, el de Arte Moderno y el Arqueológico, la Academia de Bellas Artes de San Fernando, la Biblioteca Nacional, el Archivo Histórico Nacional, y los hospitales Clínico de San Carlos, Provincial y de la Cruz Roja, y una escuela, lo que dejó una alfombra de niños sobre el pavimento, esperando que sus despojos fuesen reconocidos por sus padres o algún otro superviviente.

 

En esto consistía la “cruzada”, la misión divina que “los defensores de la cultura de Occidente y la civilización cristiana” decían haber recibido proféticamente, aunque nunca explicaron cómo se les notificó, por la que recibían el beneplácito y bendiciones eclesiásticas, por lo que aún, no sólo no han pedido perdón a las víctimas y a los que creemos en la libertad y la democracia, todos los cuales nos sentimos víctimas también, sino que continúan ofendiéndoles y ofendiéndonos al beatificar y santificar sólo a los que murieron de su bando, igual que hacen los partidarios de la banda VYL (“Vascongadas Y Libertad”, en vascuence Euskadi Ta Askatasuna) homenajeando, izando monumentos, recuerdos, y denominando parques, plazas, avenidas, instituciones, institutos y colegios con el nombre de los suyos. André Malraux inmortalizaría este bombardeo, aunque no a los que sucumbieron en él, en su obra “La Esperanza”, también llevada a la cinematografía. Ese mismo día llegaron a Cádiz 5.000 soldados alemanes. Durruti contraatacó el 17 de noviembre desde la Ciudad Universitaria hacia la Casa de Velázquez. Les faltó el apoyo artillero y aéreo comprometido, de lo que culparon a los comunistas, bien a propio intento o por ineptitud. Al sufrir el fuego artillero y de las ametralladoras franquistas, sobre los cuales no tenían experiencia previa, se replegaron en desorden hasta las trincheras de origen. Ese mismo día hubo una reorganización del Gobierno Autónomo de Cataluña, por la cual el Partido Obrero de Unificación Marxista dejaba de estar representado, y, por tanto, los anarquistas se quedaban sin ningún apoyo en el mismo.

 

El 18 de noviembre, después de dos días de juicio, José Antonio Primo de Rivera fue sentenciado a muerte, su hermano Miguel a cadena perpetua, y su cuñada Margarita a seis años y un día. José Antonio Primo de Rivera remitió un telegrama al Gobierno alegando defectos de forma, un método no reconocido como recurso procesal, que los fascistas no permitieron a ninguno de los 200.000 presuntamente asesinados por ellos. Largo Caballero había impuesto que se notificaran las sentencias de muerte al Gobierno, para evitar injusticias. Franco imitaría tal procedimiento arrogándose las mismas potestades que el Consejo de Ministros, sin debatir con nadie, no para evitar las injusticias, como demostraría su actuación, sino para favorecer a los “recomendados” y contabilizar los favores debidos. Un método absolutamente mafioso: injusticia sobre injusticia de los que proclamaban la justicia de su insubordinación para reinstaurar la justicia que decían que faltaba. Ese mismo día Alemania e Italia reconocieron al régimen de Burgos. El 19, con el apoyo de artillería pesada, la columna de Asensio traspasó las defensas republicanas, cruzó el Manzanares y, cuesta arriba, llegó a la Escuela de Arquitectura, en la Ciudad Universitaria. Los anarquistas sospechaban que el Gobierno republicano conmutaría la pena de muerte sentenciada a Primo de Rivera. Así que, para impedirlo, a las 7 de la mañana del 20 de noviembre, la ejecutaron, en el patio de la cárcel. El Consejo de Ministros estaba convocado, incluyendo en el temario pronunciarse sobre dicha sentencia. Un telegrama informó del fusilamiento, por lo que Largo Caballero se negó a firmar el enterado para no implicarse en un acto ilegal. Pero, con ello, consolidaba, aún más, la ilegalidad del asesinato.

 

En la zona franquista sólo un grupo reducido de personas supo del fusilamiento, que se ocultó a la mayoría, incluso a los falangistas. Así se inició la “liturgia” del “ausente” eterno, en las reuniones de los falangistas y en las actas de sus órganos ejecutivos y deliberatorios. Hasta que surgió la retórica de que el “ausente” estaba presente en espíritu. Quizás como justificación de las decisiones que se estaban tomando, que algunos comenzaron a criticar de desviacionistas. Y, más tarde, se extendió la consideración de “presentes” a todas las bajas: una tendencia del fascismo español, de utilizar la denominación opuesta a la situación real, que aún perdura en nuestros días. Tuvieron que transcurrir dos años, hasta el 20 de noviembre de 1938, cuando la victoriosa campaña del Ebro inmunizaba a los franquistas de la conmoción de dicho reconocimiento, para que hiciesen pública la muerte de José Antonio, al que consideraron “mártir” ¿No fueron igualmente mártires los 200.000 presuntos asesinados por los fascistas? Ese mismo día (la misma fecha que el Marqués de Villaverde, escogió para desconectar la respiración asistida a Franco, su suegro, 39 años después: nada de casualidad; aunque, éste, cabezota hasta el fin, aún resistió más de 24 horas) Durruti visitó el Frente. Al bajarse del automóvil, a uno de sus escoltas se le enganchó la correa de una ametralladora, un naranjero, en la portezuela, apretando el gatillo, involuntariamente, con lo que una bala perforó el pecho de su jefe. Se le llevó al improvisado Hospital del Hotel Ritz, donde falleció tras 12 horas de agonía. Quizás, ante las escasas probabilidades de éxito, prefirieron no intervenir, que los anarquistas no pudiesen culparles de haberlo asesinado, dejando que las hemorragias internas acabaran con él, sin atreverse a intentar esas mínimas posibilidades. Se extendió el rumor de que uno de sus hombres se había revelado contra él, por su exceso de disciplina.

 

Para evitarlo, se informó que había sido víctima de un francotirador, puesto que los hechos reales podían infundir más dudas. Con ello los anarquistas comenzaron a sospechar de los comunistas. Así que se varió la versión, achacándola a una bala perdida en el Frente, lo que tampoco convenció a los ácratas. A su entierro, en Barcelona, acudió medio millón de asistente, cifra nunca alcanzada en dicha ciudad en ninguna otra inhumación. El PCE, consciente del peligro que todo ello suponía, se deshizo en alabanzas al difunto, insistiendo, especialmente, en el hecho de que siempre había apostado por la unidad de acción. Con ello intentaban evitar sospechas, hacer ver que les era innecesario asesinarlo, y estimular a que sus seguidores prosiguiesen en dicha línea. Llegaron a asegurar que estaba a punto de hacerse comunista. Es cierto que, desde hacía algún tiempo, mostraba su incomprensión ante lo desorganizado del comportamiento ácrata. Quizás imitando a los comunistas, la Falange aseguró que era simpatizante falangista, como sus dos hermanos. El 21 de noviembre de 1936, día siguiente al del fusilamiento de Primo de Rivera, aun sin conocerlo, Unamuno escribió que la barbarie se había impuesto, el régimen del terror, por católicos y anticatólicos, por los hunos y los hotros. Ese mismo día los franquistas ocuparon el Hospital Clínico de Madrid. La 4ª Bandera de la Legión luchó, sala por sala, contra el Batallón Edgar André, de la XI Brigada Internacional. Uno de sus miembros escribiría que se luchó con fiereza por cada casa, por cada portal y por cada piso –antecedente de lo que ocurriría en Stalingrad- que la línea de batalla pasó por los mejores laboratorios y bibliotecas de España, y que se llegaron a utilizar los gruesos tomos de la Encyclopedia Britannica para parapetarse.

 

Para tomarse el prometido café en Madrid, con más de un mes de retraso, los franquistas sólo debía avanzar unos 500 metros… Hubiesen podido llegar a la Gran Vía, como fanfarroneó en dicha fecha Mola, utilizando el tranvía o el ferrocarril suburbano metropolitano, si sus servicios no hubiesen quedado interrumpidos por la línea del Frente. Aún así Madrid resistió. No fue la tumba del franquismo, como predecía la propaganda comunista, pero dio la sorpresa al mundo. No menos al Gobierno republicano. Los madrileños veían en el P.C.E. la única organización que había confiado en ellos, que había llamado a la resistencia creyendo que era posible, por lo que su afiliación se cuadruplicó. En el llamamiento con motivo de la celebración del XIXº aniversario de la Revolución de “Octubre”, la KOMINTERN recordaba que los heroicos defensores de Madrid detenían, con sus pechos, la agresión fascista a la democracia europea, y una nueva Guerra Mundial a toda la Humanidad. El 23 terminó la fase de bombardeos aéreos concentrados sobre Madrid, y, con ello, el segundo asalto contra la capital, tras el fracaso anterior de Mola, cierto que con muchísimos menos medios. Los bombardeos derribaron cientos de construcciones, entre ellas el palacio de Liria, del que el Duque de Alba, con la mayor hipocresía, culpaba a la República. El 26 de noviembre el Tenientecoronel Rojo estableció cuatro sectores en el Frente de Madrid. Al noreste, desde el río Perales hasta la Facultad de Medicina, bajo el mando de Kléber. Desde allí a la Puerta del Angel, en la Casa de Campo, al mando del Coronel Alvarez. Desde allí a Villaverde, bajo el Tenientecoronel Mena. Y desde Vallecas a La Marañosa, al mando de Líster. El Frente pasaba por las calles de Carabanchel, sucediéndose disparos de francotiradores, lanzamientos de “colas de gallo (en inglés, cock-tails) Molotov” y explosiones de cargas de demolición, que se escondían debajo de las casas. Se dice que, en una de ellas, desapareció una Compañía entera de requetés.

 

Me parece una exageración legendaria. Para entonces Franco era perfectamente consciente de que su ofensiva había fracasado. O, como eufemísticamente siguen insistiendo los “historiadores” franquistas, que “había acabado el primer ciclo de operaciones” ¿Qué operaciones? ¿Qué guerra? No era una guerra lo que se pretendía en un principio, sino desalojar del poder al PSOE. Igual que sus descendientes pretenden ahora. Desde que Madrid demostró su resistencia, ya en noviembre, sólo una guerra triunfante podía darle la victoria. Así que, ante el fracaso del ataque semifrontal, sopesó una maniobra envolvente. Interrumpidas las comunicaciones directas con Barcelona, la línea principal de suministros, la unión con el Gobierno constitucional, pasaba por la carretera a Valencia. Para cortarla había dos posibilidades: un ataque sorpresa por el norte, hacia Guadalajara, o insistir hacia Vallecas y Vicálvaro. Esto era demasiado próximo a Carabanchel, por lo que se podría trasladar tropas de allí con relativa facilidad. No habría, por tanto, factor sorpresa. Además la carretera de Valencia estaba mucho más lejos en esta dirección. Finalmente, como en otras ocasiones, siempre guardándose una carta de reserva, se decidió un ataque doble: el principal, por el norte, y otro de distracción por el sur. Así escogería aquél por el que encontrase menor resistencia, y asegurar que ese era el tenía previsto desde un principio. Ese mismo día desembarcaron en Cádiz otros 7.000 soldados alemanes.

 

El 28 Franco firmó en Salamanca un pacto secreto con los italianos, por el cual aceptaba su política mediterránea, lo que conllevaba asumir su dominio sobre España, aunque quizás no fuese completamente consciente de ello, y no estuviese claramente especificado, a cambio de la ayuda militar “para restaurar el orden político y social”, como si hubiese sido alguna vez un Estado fascista. La aviación italiana y sus pilotos habían sido asignados a la Legión Extranjera, y llevaban sus uniformes. Pero Mussolini, envidioso de los éxitos alemanes, ordenó que se desgajaran en el Cuerpo de Tropas “Voluntarias” –como de costumbre, la derecha siempre nombrando las cosas en oposición a la verdad- al mando del General Mario Rotta, apodado “Manzini”. Este ya había estado en España al principio de la guerra, como director del Servicio de Inteligencia Militar Italiano, equivalente a lo que hacía el Almirante Canaris para Alemania. El pacto no incluía el envío de tropas italianas, así que cuando Franco se enteró de que Mussolini iba a enviarlas, para que operasen de forma autónoma, bajo órdenes exclusivamente italianas, protestó al embajador Roberto Cantalupo y al Coronel Emilio Faldella, agriando desde entonces las relaciones entre los Generales franquistas y la oficialidad italiana. Dichas tropas eran, en su mayoría, milicianos fascistas, enviados obligatoriamente o alistados falsamente: nada de voluntarios, en el sentido jurídico de consciente y libre manifestación de voluntad. A muchos se les “informó” que iban a Abisinia, encontrándose en pleno invierno en la Sierra de Guadarrama con equipación ecuatorial. El Cuerpo de Tropas “Voluntarias” llegó a constar de 50.000 hombres, aunque muchos de ellos eran españoles, a los que se destinó para completar las unidades italianas, a las órdenes de la oficialidad fascista. Se aumentó la dotación de tanques FIAT Ansaldo. Estos eran una variante del tipo carry inglés.

 

Es decir, vehículos sobre orugas muy pequeños, bajos y descubiertos, destinados al transporte, complemento de los poco operativos, pesados y caros Mark I de la Iª Guerra Mundial. Cuando se comprendieron sus limitaciones se les añadió un parapeto delantero para proteger a los tripulantes, y, después, se le añadió una ametralladora de infantería, sin afuste, o, en todo caso, desmontable, para que se pudiera utilizar fuera del vehículo, puesto que sólo podían disparar hacia el frente. Los polacos diseñaron la primera versión para transporte de tropas, mucho más largos, y sin ninguna protección para sus ocupantes, sobre los cuales los alemanes realizarían verdaderas matanzas. Sobre todos los antecedentes el Ansaldo era realmente innovador: era mucho más grande, con orugas similares a los tanques coetáneos, y un gran habitáculo prismático, de gran capacidad, completamente cubierto, incluso por el techo, y una ametralladora integrada en la estructura. Pero, al no estar situada en una torreta o en una barbeta, sólo podía disparar hacia el frente, con los ángulos de tiro que permitía su engarce. Además su chapa era demasiado endeble para resistir las últimas armas antitanque disponibles. Sin embargo los republicanos carecían de ellas en muchos casos, por lo que tales tanques, que, en realidad, no merecían tal nombre, podían hacer estragos en sus ataques a las trincheras, simplemente como ametralladoras móviles con una débil protección acorazada. Los italianos comprendieron que necesitaban verdaderos tanques para hacer la guerra, y se dedicaron a su diseño, imitando a los T-26 soviéticos, incorporando una torreta y cañón de similares características, y coraza algo más gruesa. Pero, cuando los emplearon en Libia, en la Cirenaica, ya estaba completamente obsoleto.

 

Su artillería de campaña era vetusta, pero de calibre adecuado, debido a que sustituyeron los tiros de caballerías por vehículos de arrastre motorizados, permitiendo un mayor volumen y peso de sus piezas. La “Aviación Legionaria”, posiblemente llamada así tanto por imitación a la Legión Extranjera, en la que estuvo integrada al principio, a la Legión Cóndor, a la que trataba de emular, si no de superar, como a retraer la ideo del Nuevo Imperio (romano) que Mussolini pretendía construir, sumó casi 5.000 hombres. La base de bombarderos la situaron en Mallorca, quizás para evitar comparaciones con los alemanes, cuando éstos empezaron a sumar éxitos, sobretodo en operatividad. O porque quisieran justificar con ello su presencia, preparando “el cuerpo” a los españoles, y tomando bases de ocupación, cuando les dijesen que pensaban quedarse con las Islas Baleares en pago a sus servicios, quizás como paso previo a manipular a Franco, o a quien fuese, a quien estuviese dispuesto a ello, como Gobierno títere. Desde el punto de vista militar se dedicaron a hundir convoyes marítimos que abastecían a la República, de armas y de todo. El General Kindelán, al mando de la fuerza aérea franquista, se encontró, con ello, tan desplazado como su similar Hidalgo de Cisneros, en la República, que, hasta después de hacerse comunista, podía darse por satisfechos si el soviético  General “Duglas” le informaba de lo que hacían “su” fuerza aérea. El 29 de noviembre Varela inició el ataque hacia la carretera de La Coruña, en el noroeste de Madrid. Se trataba de un movimiento de amplio recorrido, con su eje principal Villaviciosa de Odón-Las Rozas, paralelo al río Guadarrama. Una vez superada la sierra y alcanzada la carretera, giraría a la derecha para caer sobre Madrid. El primer asalto, menos ambicioso, comenzó contra Pozuelo desde La Colonia, implicando a legionarios y mercenarios “regulares” marroquíes. Unos 3.000, con apoyo de tanques, artillería y Ju-52 en misiones de bombardeo.

 

La Brigada republicana que defendía la zona, completamente sorprendida, abandonó sus posiciones en desorden. Sin embargo un contraataque, con refuerzos de T-26, triunfó. No era esto lo que tenían previsto los franquistas. El 1 de diciembre, en medio de la guerra, el Congreso de los Diputados celebró sesiones en Valencia, demostrando al mundo que, al contrario de lo que mantenía la propaganda antidemócrata, la República continuaba respetando la Constitución y la democracia en España. El Coronel Von Richthofen anotó en su diario privado, el 2 de diciembre, que los movimientos de los carros de combate (se refería a los alemanes) eran inexplicables. Los nazis, que no debían confiar en la pericia de los conductores franquistas, los dirigían al campo de batalla, apeándose, para que pudiesen ser apresados por los republicanos, y entregando sus puestos a los españoles, precisamente donde más difícil es conducirlos. A Richthofen le parecía que se paseaban, que perdían el tiempo. Si no les creían preparados para llevarlos en carretera ¿qué esperaban que hiciesen en campo abierto, frente al enemigo? Más adelante añadió: “Salamanca quiere tropas de tierra alemanas: dos divisiones, por lo menos”. Y que, el 4 de diciembre, su Ju-52, descargó 36 toneladas de bombas sobre Madrid: aunque la capacidad de bombardeo de tales aviones eran ínfimas en relación a los anglo-americanos de la II Guerra Mundial, la cercanía de los aeropuertos de ataque respecto del objetivo permitían la repetición de misiones, con resultado final tan aterrador.

 

Si bien durante el enfrentamiento austro-prusiano algunos globos habían dejado caer algunas bombas sobre Viena, y dirigibles y aviones alemanes habían hecho lo propio sobre Londres y París, durante la Iª Guerra Mundial, era la primera vez en la Historia que se experimentaba el bombardeo aéreo masivo, concentrado, continuado de una ciudad. Algo muy diferente al bombardeo artillero. Sin embargo, en éste se había producido un descubrimiento trascendente, que pasó inadvertido, aunque no para los alemanes. Dentro de la atmósfera española de improvisación constante, que termina influyendo a todo el que pasa algún tiempo entre nosotros, la Legión Cóndor recibía continuas peticiones de bombardeo de posiciones fortificadas republicanas. Los franquistas estaban sorprendidos por la inesperada resistencia que estaban encontrando en el Frente de Madrid. La aviación alemana entonces presente en España, no era capaz de destruir objetivos tan concretos. Carecía de la debida precisión para ello. Más aún contra fortificaciones de gran resistencia. Solicitaban al Alto Mando el envío de los nuevos aviones, por ejemplo los bombarderos en picado, que apuntaban al blanco dirigiéndose a toda velocidad contra él, soltaban las bombas y salían bruscamente del picado, para lo que necesitaban un motor de gran potencia y una estructura metálica, monoplano, capaz de resistirlo sin romperse. Las bombas, por su propia inercia, continuaban el recorrido en una parábola muy abierta, casi tiro tenso, con lo que, tras un entrenamiento reiterativo, podían conseguir una gran precisión. Sin embargo Hitler se negaba, puesto que eran armas secretas. La Legión Cóndor estaba saturada de objetivos: además de bombardear Madrid a diario, a días alternos lo hacían sobre Málaga, y, a requerimiento, sobre objetivos netamente militares.

Advertisements
This entry was posted in El largo y tortuoso camino a la democracia en España. Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s