Fracasa el segundo asalto a Madrid

 

Para entonces la República ya había perdido Villaviciosa de Odón, lo que abría el acceso directo hacia la Casa de Campo y el puente de Segovia. Las tropas que llegaban a Madrid, agotadas, desmoralizadas, derrotadas, huidas, creaban un ambiente de pesimismo, de incapacidad de resistencia, que se iba extendiendo. Habían llegado a robar ambulancias para ponerse en fuga. Además de aumentar la dificultad de aprovisionamiento de la capital. Quizás los periodistas acentuaran el dramatismo con afán sensacionalista, y el sempiterno objetivo de vender más ejemplares. O, tal vez, les fuera más fácil obtener la información de ellos que de los héroes que continuaban resistiendo, en sus posiciones. Lo cierto es que Varela comunicó a los de su zona que podían anunciar al mundo que, aquella misma semana, Madrid sería conquistada. Mucho se ha especulado sobre por qué Franco no ordenó el ataque a Vallecas, desguarnecida, según revelaba el reconocimiento aéreo, con intención de cortar la carretera a Valencia. Los historiadores franquistas lo justifican en un exceso de confianza en la rápida llegada a la capital. El resto lo consideran un error estratégico. Yo creo que es la misma concepción de dejar una vía de escape que siguió con Málaga o Barcelona: en unos casos le dio resultado y en otro no. Pero no la considero errónea en absoluto. Cortar la retirada a los alemanes, además de las instrucciones expresas de Hitler, supuso prolongar seis meses más, hasta casi su aniquilamiento, la resistencia en Stalingrad, aunque contaban con la ayuda del “General Invierno”. Es posible que los comunistas considerasen sacar provecho del abandono gubernamental, estableciendo un simulacro de Gobierno, dominado por ellos, que demostrase lo que eran capaces de hacer.

 

Mucho más ingenuos, los anarquistas, simplemente, trataron de implantar su dominio, abiertamente. Así, los mismos que se negaban a la idea comunista de implantar comités locales, ahora los pedían, persiguiendo objetivos libertarios. El PCE no paraba de estimular la defensa contra “los fascistas y sus moros”, evocando la defensa de Piotrgrad, antes y ahora Santpetersburg, y, entonces, Leningrad, contra los "rusos blancos". En los locales cinematográficos se proyectaban sin descanso las películas “El acorazado (Príncipe) Potemkin” o “Los marineros de Kornstadt”, entre otras, invocando el comportamiento heroico de las masas. En la plaza de Atocha un cartel amedrentaba con que, si en Badajoz los fascistas habían matado a 2.000 personas, si entraban en Madrid matarían a media ciudad. Mujeres y niños formaban cadenas humanas para amontonar piedras y adoquines para hacer barricadas. Siguiendo los planteamientos comunistas de mes y medio antes, según una proclama del 26 de septiembre del 5º Regimiento, se prepararon las viviendas de Carabanchel Bajo para defenderlo casa por casa. Los combates llegaron a los suburbios del sur de Madrid. Se constituyeron Batallones de sindicalistas: ferroviarios, maestros de escuela, barberos, sastres, tipógrafos, etc.. Imitando lo que se había hecho en Barcelona, el Hotel Ritz pasó a ser comedor de necesitados y refugiados. El palacio de Juan March se hizo sede de la Junta de Defensa. Pero la situación estaba cambiando. Ya el 28 de octubre, el representante soviético en el Comité de No Intervención, declaró que no se sentían más obligados a cumplir sus acuerdos de lo que hacía Alemania, Italia y Portugal. La llegada de la “ayuda” soviética dio un vuelco a la esperanza de resistencia. Al día siguiente, una formación de 30 bombarderos ligeros Katiuska, recién llegados, atacaron Sevilla.

 

El objetivo principal debía ser el aeropuerto de Tablada, pero tal vez encontraron demasiada resistencia y, bien para evitar bajas, que hubiese pruebas tan tempranas de la presencia soviética en España, para conseguir mayor experiencia en el bombardeo de precisión, o, simplemente, por temor, dejaron caer sus bombas sobre las casas señoriales de la Avenida de La Palmera, aunque los daños fueron muy escasos. Tal vez sólo se intentaba asustar, demostrar que, si los fascistas seguían bombardeando Madrid, las ciudades conquistadas por ellos podían sufrir las mismas represalias. Mi abuelo me contaba haber visto a mujeres en combinación, corriendo y chillando por ella. Nada semejante a los restos calcinados y descuartizados de las mujeres madrileñas que hacían cola para comprar comida para sus familias. Yo creo que el objetivo secundario era el palacete de Torcuato Luca De Tena, que, con dinero o las soflamas del ABC tanto había estimulado el fascismo, la sedición de los Generales y la guerra. Pero las consecuencias, completamente insospechadas, iban a tener repercusiones militares a nivel mundial, durante más de 20 años. Efectivamente, las adineradas familias sevillanas exigieron a Franco una defensa antiaérea eficaz sobre la ciudad. Y, a su vez, los militares alemanes recomendaron a Hitler la del aeropuerto de Tablada, donde se encontraba buena parte de la Legión Cóndor con sus aviones.

 

La forma más efectiva y barata de hacerlo, ya que Hitler se negaba a traer a España a sus nuevos aviones de caza, por entonces, armas secretas, era instalar cañones antiaéreos en el cerro de San Juan de Aznalfarache, donde el Cardenal Segura se estaba construyendo, a costa del sufragio popular, un palacio con suntuosos jardines y pirámide particular, bajo la excusa de Monumento al Sagrado Corazón de Jesús, imitación de otros muchos que había en España, aunque sin jardines, palacio ni tumba megalómana. Franco lo imitaría en su Valle de los Caídos, en Cuelgamuros. Esto permitía y suponía la cobertura de una inmensa zona, que ni los cañones de 40, ni los de 75 mmtrs., podía abarcar. Así que se decidió traer a España los nuevos Flack antiaéreos, de tiro rápido, de 88 mmtrs., un arma secreta, por entonces, que precisaba ser experimentada, evaluada, comprobada, y ajustada en combate. El 3 de noviembre se hizo maniobrar sobre Madrid una formación de Chatos. Al día siguiente pusieron en fuga a una escuadrilla de FIAT, y mostraron su superioridad sobre los Heinkel 51. Los madrileños, desconocedores de las siluetas de los distintos modelos, en parte incrédulos, en parte entusiasmados, presenciaban los combates aéreos, chillando de júbilo al suponer que todos los aparatos que caían eran enemigos. Iban a desarrollar una estrategia eminentemente defensiva, ya que sus instrucciones eran no adentrarse el en Frente, más que lo que pudiesen retroceder planeando, a motor parado, por daños en combate o avería, hasta las líneas republicanas, de forma que los franquistas no pudiesen tener pruebas de su presencia. Bajo tales premisas, y el continuo aporte de los nazi-fascistas, era imposible conseguir la superioridad aérea. Menos aún a largo plazo. El 5 de noviembre Varela tenía concentrados 15.000 hombres para el asalto a Madrid. Podía intentar un cerco por el sur, cruzando el Manzanares por Villaverde, en dirección a Vallecas, como ya se ha comentado, y Vicálvaro.

 

O envolverla por el norte, cruzando el río por Puerta de Hierro y dirigirse hacia la Dehesa de la Villa. Sin embargo, tal vez por decisión de Franco, se decidió un movimiento de menor amplitud, hacia la Ciudad Universitaria, al mando de Castejón, la cárcel Modelo, al mando de Asensio, y el Cuartel de la Montaña, al mando de Delgado, superando, parcialmente, excepto este último, las débiles fortificaciones, más bien líneas atrincheradas. Esto significaba desviar, hacia el norte, los ejes de avance de dichas tres columnas. Así se evitaba el ataque directo, pero entrando lo más rápidamente posible en la capital. El reconocimiento aéreo recomendaba tales opciones, puesto que, con ello, se rodearía toda, o casi toda, la línea de defensa y se cogería desprevenidos a los republicanos, que deberían reorganizar y dispersar sus fuerzas, improvisando. Por supuesto, mientras más directo fuese el ataque, y menor la amplitud del movimiento, el rodeo, menor sería la sorpresa y las dificultades para reubicar a los defensores. Se iniciaría el avance con un continuado ataque por el sudoeste, a través de la línea de ferrocarril, por la discontinuidad entre las trincheras situadas tras de Carabanchel Bajo y el Hospital Militar. Otra, más al sur, debía atravesar las líneas de trincheras entre Carabanchel Bajo y Villaverde, bifurcándose, posteriormente, entre la carretera que llevaba al Puente de Toledo, y, atravesando la carretera de Getafe, el puente del ferrocarril del sur. Con ello se impedía la movilidad de las fuerzas gubernamentales. Muchos han criticado tal actuación pero yo la considero correcta, en función de la escasa resistencia efectiva demostrada, hasta entonces, en la mayor parte de las posiciones republicanas. Además se evitaba la defensa de las barriadas obreras.

 

Posiblemente el espionaje y los “quintacolumnistas” habían informado de la propaganda del PCE y de la decisión de ofrecer fuerte resistencia en ellos. El día 6 Varela ordenó el ataque, para el día siguiente, señalando direccionamientos hacia la Plaza de España, el Hospital Clínico, el Cerro de Garabitas, Rosales, Princesa y Ferraz. Quizás por indicación de Largo Caballero, se intentó integrar en la Junta de Defensa de Madrid al Partido Obrero de Unificación Marxista, que los soviéticos consideraban trotskista, aunque hacía tiempo que Andreu Nin había dejado de admirar a Trotsky, y éste los criticaba duramente. Es cierto que en Madrid carecían de representatividad, pero habían sido suficientemente conscientes como para llevar allí a sus milicianos. Marcel Rosenberg, el embajador soviético, se opuso a ello, amenazando con interrumpir la llegada de armas. Era la primera vez que los soviéticos extorsionaban de tal forma, demostrando el poder de su monopsonio de oferta, y su intencionalidad de influir políticamente en España, sólo unos pocos días después de la llegada de los primeros envíos. Los cargos fundamentales de dicha Junta recayeron en Antonio Mije, miembro del Buró Político del PCE, como Consejero de Guerra, y Santiago Carrillo, Secretario General de las Juventudes Socialistas Unificadas, como Consejero de Orden Público. Si bien el puesto de Director General de Prisiones recayó en un anarquista, lo que debe tenerse muy en cuenta. El 5º Regimiento tomó un papel protagonista en acciones de seguridad interior. Con la misma intención algunos agentes secretos del NKVD se quedaron en Madrid. Miaja estableció su Cuartel General en el Ministerio de Hacienda. Su Jefe de Estado Mayor era el Tenientecoronel Vicente Rojo, uno de los más preparados militares españoles, reconocido por los propios historiadores franquistas, que había cursado en la Escuela Superior de Guerra de París, aunque quizás se le podría achacar exceso de teoría y falta de práctica. Justamente lo contrario que sus oponentes africanistas. A esas alturas ninguno de los dos conocía, a ciencia cierta, qué unidades estaban bajo su mando, dónde estaban localizadas ni quiénes eran sus mandos. En tales condiciones es difícil dirigir un ejército. En aquellos días algunos militares profesionales, incluido el Jefe de Operaciones, se habían pasado al enemigo que, posiblemente, tuviese mejor conocimiento, a través de la información que estaban recibiendo y los reconocimientos aéreos, de la situación de la defensa de Madrid que los propios encargados de ella. Miaja había sido exhortado por el Gobierno a resistir a toda costa. Sin embargo, el mismo Gobierno, le dio instrucciones detalladas para un posible repliegue en dirección a Cuenca, significativo de la confianza que se tenía en las posibilidades de la defensa. Estaba con ellos el soviético General Gorev, que algunos historiadores creen el auténtico artífice de la resistencia madrileña. Si fue así habría que reconocerle un indudable mérito de humildad, sigilo y ocultación, además de sus dotes estratégicas, cualidades todas ellas de la máxima consideración militar, puesto que no quedó ninguna prueba de ello. El igualmente soviético Coronel Nikolai Voronov, que, como Mariscal de Campo, aceptaría la rendición del también Mariscal Von Paulus y sus 500.000 supervivientes en Stalingrad, era el responsable, junto con los mandos españoles, de la artillería. Utilizaban como punto de observación el edificio de la Compañía Telefónica Nacional de España, entonces el más alto de Madrid. Dicho nombre rimbombante trataba de ocultar que se trataba de una filial de la IT & T estadounidense. Por la misma razón los franquistas lo utilizaban como referencia telemétrica para sus tiros, por lo que recibió más impactos de artillería que ningún otro.

 

Sin embargo se mantuvo en pie, pasando a ser signo de la determinación izquierdista. Conservó vestigios de los impactos, inexplicablemente, hasta hace pocos años. Quizás Franco pretendiese un recuerdo permanente de las consecuencias de intentar el retorno de la democracia. Sin embargo la República sacó poco provecho de tal puesto de mando artillero, porque se carecía de munición suficiente. Tal vez porque se partiera de la base de que Madrid no podía defenderse, y su abastecimiento de obuses terminarían sirviendo para el enemigo. Mientras, en las plantas bajas, el presidente de la ITT, Sosthenes Benn, recibía a los periodistas, y, según Paul Schmidt, traductor de Hitler, tenía preparado un banquete para los conquistadores. Como todos los políticos “profesionales” se habían trasladado, con el Gobierno, a Valencia, los miembros de dicha Junta se reclutaron entre las juventudes, tanto las Socialistas Unificadas como las Libertarias. Les llamaron “la guardia infantil de Miaja”, enérgicos revolucionarios, que contrastaban con su jefe, viejo, miope, charlatán, voluble y fácilmente seducible, a través de halagos y fama. Los comunistas utilizaron ambos recursos, convirtiéndole en héroe de la resistencia. En lo que parecía reconocimiento de su mutua necesidad, se hizo comunista. Azaña, en su diario privado, se mofó de esta “conversión” de viejo, recordando que, cuatro años antes, se proclamaba muy republicano, pero abogaba por fusilar a los socialistas.

Madrid se encontraba en un ambiente de exaltación, conseguida por las llamadas del PCE a la resistencia, el amenazador recuerdo de las masacres franquistas, y la furia desatada por la constatación de las muertes, destrucciones y daños que la aviación fascista.

 

La insistencia de Mola en la 5ª columna, la que atacaría desde dentro, cuando se acercaran la del ejército de Africa, la de Valladolid, la de Pamplona y la de Zaragoza, toda una fábula desde el punto de vista militar, puesto que no había suficientes efectivos en todos esos puntos, y en otros debían concentrarse en defender sus posiciones, pero que aterrorizaba a la población, hizo explosiva la situación: se detuvo a todo el que se sospechaba que podía ser un fascista encubierto. Se confundían las explosiones de granadas de artillería con bombas de mano arrojadas desde las ventanas, o el ametrallamiento de la aviación fascista con disparos de francotiradores, lo que aumentaba la paranoia y las detenciones injustas. Se cortaron las líneas telefónicas para impedir que los espías pudieran informar a los atacantes. Poco antes del asalto a Badajoz la Guardia Nacional Republicana se había rebelado. En Madrid no le dieron esa “oportunidad”, sino que se desató contra ella una “represión preventiva” o “venganza”, igualmente injustas. También se produjeron venganzas por actuaciones de los Guardias de Asalto, hasta que el Gobierno los reclamó para su mando directo en Valencia. Surgió entonces el “problema” de qué hacer con los miles de encarcelados, si Madrid era invadida por los franquistas. Había experiencias, desde Cádiz y Sevilla, de que los liberados en tales condiciones, se convertían en los más crueles asesinos y torturadores por parte de los insurrectos.

 

Un acta de la Federación local de la CNT informaba de un acuerdo, del 8 de noviembre, con los socialistas de la Consejería de Orden Público, de fusilar, de inmediato, a todos los fascistas y elementos peligrosos, cubriendo su responsabilidad, trasladar al penal de Chinchilla, a los que no lo fuesen, y dejar en libertad inmediata a los detenidos sin responsabilidad, para demostrar a las embajadas el humanitarismo (¿anarquista?) sin determinar quién ni cómo podía decidir quiénes estarían en cada grupo si no se les juzgaba adecuadamente. Se les trasladó, en autobuses de dos pisos, hasta las estaciones de ferrocarril, que debían llevarles a su destino. Pero, en Paracuellos del Jarama y en Torrejón de Ardoz se hicieron “sacas” y se fusilaron., entre el 7 de noviembre (fecha anterior a la del acta en la que se alude al presunto acuerdo) y el 4 de diciembre, poco a poco cada día, hasta 2.400 sospechosos. Aunque los métodos no son comparables a los de los fascistas, puesto que había ocultación, conciencia de la injusticia que cometían, y no propaganda terrorista, convencimiento de que cumplían una orden divina, un deber patriótico, ejecutados con humillación y sadismo, del bando contrario, de lo que aún siguen sin arrepentirse, y numéricamente son insignificantes, en relación con ellos, la insidia y degradación humana sí se pueden asemejar. No se ha podido demostrar que la Junta de Defensa, Miaja o el Gobierno de la República tuviesen conocimiento de lo que estaba ocurriendo. Los periodistas “informaban” en todo el mundo que Madrid se enfrentaba a sus últimas horas, que sería tomada muy pronto por Franco, que sus tropas conseguirían una inmediata y decisiva victoria, irremediablemente, que ya tenían a la vista la capital, que su vanguardia luchaba en los barrios periféricos, llegando a dar detalles sobre lo ocurrido durante la toma de Madrid.

 

En Portugal se retransmitió la entrada triunfal de Franco en Madrid, montado sobre un caballo blanco. Ya el 23 de julio difundieron que José Antonio, evadido de la cárcel de Alicante, se dirigía a la capital al frente de varios miles de paisanos. Quizás dicha “información”, contribuyó a acabar con su vida. Miaja recibió los telegramas de felicitación enviados a Franco por El Salvador y Guatemala: es propio del ser humano confundir los deseos con las realidades. Al parecer, Franco ya tenía designados tribunales de guerra y destacamentos de la Guardia Civil, por cada distrito, para exterminar a los demócratas que apoyaron al Gobierno legítimo, y había dado órdenes a su Estado Mayor para proveer transporte a las jerarquías de la Iglesia, a la misa que se celebraría el día 7 de noviembre en Madrid, para celebrar su conquista. Para los fascistas y conservadores, tan unidos, que controlaban la mayor parte del mundo, era la batalla final de la civilización contra la barbarie roja. Para liberales e izquierdistas, unos en retroceso irreversible, otros en lento ascenso, era la última trinchera para evitar que el totalitarismo se apoderase de Europa. Aquel mismo día, al inspeccionar un tanque italiano, destruido durante un ataque rechazado (la resistencia se estaba haciendo paulatinamente más eficaz: por ello el plan de asalto a Madrid eludía el ataque directo a las líneas de defensa) encontraron el cadáver del capitán Vidal-Quadras, que llevaba en su guerrera el plan de operaciones de Varela del día 6. Otra muestra más del exceso de confianza y desprecio de la resistencia republicana. En él se indicaba que se realizaría un ataque de distracción entre los Puentes de Segovia y de Andalucía, para fijar a los defensores, mientras las fuerzas de maniobra virarían hacia el noroeste, penetrando entre la Ciudad Universitaria y la Plaza de España.

 

Fuese o no una añagaza (igual le ocurrió a Hitler: un avión con los planes de ataque se estrelló en la zona del Somme, pero franceses y británicos llegaron a la conclusión de que, o eran falsos, o serían alterados, por lo que no hicieron nada para proteger Las Ardenas) era una alternativa creíble, factible, cayendo en la cuenta de que aquella zona estaba desprotegida, y que carecían de fuerzas de reserva para enviarlas allí, donde Castejón había iniciado el ataque aquella mañana, siendo gravemente herido. Aunque los milicianos consiguieron frenar el primer ataque, se acudió a la UGT y a la CNT para que proveyesen los hombres que hacían falta. Hay que comprender que, como ya habían movilizado a sus voluntarios, y el Gobierno a los reservistas, los que quedaban no eran muy proclives para jugarse la vida, incluso podían ser prófugos de la movilización general. Las Casas del Pueblo y los Ateneos Libertarios rebañaron de donde pudieron, los concentraron y remitieron al Frente. También se remitió allí a los huidos del avance franquista por el suroeste, que estaban concentrados en segunda línea para suplir las bajas y hacerse cargo de los fusiles que quedasen sin dueño. Y a 26.000 de los 40.000 defensores de Carabanchel. Con ello se duplicaba en la zona al número de los atacantes, cuya cifra los republicanos desconocían. Esto no desmerece la heroicidad de los republicanos, soldados de leva reciente –muchos de los cuales habían aprendido a cargar y disparar un fusil la tarde anterior, desconocían cómo desencasquillarlo, maniobra que cuesta dedos a algunos expertos, y requiere un tiempo precioso durante un ataque- carabineros y milicianos, que debían enfrentarse a un ejército mejor equipado, adiestrado, organizado, dirigido y experimentado en victoriosas batallas.

 

Aquella noche los centinelas vieron fantasmas por todas partes, produciéndose oleadas de disparos que consumieron buena parte de las diez balas con que contaba cada uno de los defensores: el Ministerio de la Guerra, guardando celosamente el secreto del escondrijo de los almacenes de municiones, había huido de Madrid sin comunicarlo. El 8 de noviembre las fuerzas de asalto de Yagüe se sumaron al ataque de la Casa de Campo. Como ya se había desvelado el factor sorpresa, se inició la acción machacando las defensas republicanas, desde Puerta de Hierro hasta el puente de la Princesa, con artillería. El republicano Comandante Palacios con dos batallones de voluntarios y una batería de cañones Vickers de 105 mmtrs., llegó a Madrid, siendo recibido por Miaja y Rojo. Al parecer el comisario político italiano, Luigi Longo, intentó impedirlo, para que quedase claro que la defensa de Madrid era labor de los comunistas. Pero Palacios y sus hombres se abrieron camino. No obstante, para no incomodar al PCE, tal recepción se mantuvo casi en secreto. Mientras tanto las columnas franquistas de Barrón y Tella atacaban ardorosamente Carabanchel. Con sus defensores reducidos no pudieron detener la embestida hasta los puentes de Segovia, donde se encontraba un batallón de mujeres, y Toledo. Sin embargo, lo había conseguido: los africanistas no eran invencibles. La confianza se redobló cuando llegó a la Casa de Campo, tras desfilar por la Gran Vía sus 1.900 hombres, a los que los madrileños, entre ellos muchas ancianas, que se secaban las lágrimas con una mano mientras alzaban el otro puño, vitorearon dando vivas a los rusos, creyendo que eran tropas regulares, lo que enalteció la moral de todos, la XI Brigada Internacional, la primera que se incorporó a la lucha, mandada por Kléber. Su temeridad, rayana en el suicidio, sobretodo de los alemanes, su disciplina, contención en el desperdicio de municiones, agilidad, y disposición para cavar trincheras, serían un ejemplo para los milicianos.

 

Incluso introdujeron una nueva táctica, que se haría frecuente en la II Guerra Mundial: cavar pozos de tirador. La propaganda, tratando de elevar los ánimos, hizo de Kléber un héroe, lo que fue mal interpretado por los soviéticos, que consideraron “kleberismo” la acaparación personal de los honores, con olvido de los españoles. El día 9, Palacios lanzó a sus batallones a la reconquista del sector noroeste, a partir del puente de San Fernando, en el que perdió la mitad de sus fuerzas, en un solo día. Así no se podía ganar la guerra: eran victorias pírricas. Ni esta acción ni muchas otras de los milicianos, llegaron a conocimiento público. En parte por la propaganda comunista, en parte porque así cuadraba a su ideario, el embajador británico, Sir Henry Chilton, creía que la resistencia de Madrid era obra de extranjeros, a pesar de que llegaron al día siguiente del inicio del asalto, y que sólo representaban una vigésima parte de los defensores. Coincidieron con tal análisis los franquistas, que así incidían en el peligro comunista internacional, “justificaban” la participación extranjera, a su favor, de los nazi-fascistas y derechistas, y disculpaban el que ya se anunciaba como segundo fracaso, tras el de Mola, en la conquista de Madrid. La Brigada de Lístar fue lanzada hacia la zona universitaria, cruzando el Manzanares. Los mercenarios “regulares” marroquíes atacaban cubriéndose mutuamente, por secciones, en un coordinado y experto avance. El propio Rodimtsev, que había sido instructor de ametralladoras, vio desde su puesto de observación cómo una de ellas, la que cubría el puente, se atascó. Se dirigió allí personalmente, la desatascó, y no le dio tiempo a devolver su manejo al operador, sino que debió seguir utilizándola, porque el enemigo había llegado hasta él.

 

Manteniendo el fuego, sin inmutarse, logró hacerles retroceder, formando un bloqueo sobre el puente con los que intentaban el avance. Los marroquíes, quizás como hacían en su tierra, utilizaban señuelos para hacerlas disparar, tras lo cual machacaban su posición con morteros. Rodimtsev les tuvo que enseñar a camuflarlas. Sin embargo debió escuchar algunas críticas sobre que los soviéticos les habían remitido material de baja calidad. Paralizado su ataque principal, tal vez por recomendación de la observación aérea alemana, Varela desvió la presión hacia Carabanchel: una magnífica demostración de agilidad táctica. Los milicianos, que conocían el terreno, defendieron el pueblo casa por casa, causando grandes bajas a los marroquíes. Dos kmtrs. más al norte, en la Casa de Campo, a la XI Brigada Internacional se le ordenó reconquistar su zona central, aquella misma tarde. Consiguió avanzar varios cientos de metros, pero a costa de importantísimas bajas. Todo se quería conseguir a base de valor, de la furia española, pero, estratégicamente, era un esfuerzo insostenible. La ofensiva sobre Carabanchel prosiguió con toda ferocidad. Miaja, tal vez alertado por Gorev, temió que el enemigo intentase cortar la carretera a Valencia, por lo que envió a cuatro Brigadas contra el Cerro de los Angeles. Se unió a dicha ofensiva la segunda Brigada Internacional que entraba en combate, la XII, al mando del escritor húngaro Mate Zalka, apodado General Lukacs, con menos instrucción militar aún que la XI, aunque contaba con veteranos de la I Guerra Mundial. Su asalto acabó en un desordenado fracaso, probablemente por incomprensión lingüística y fallo en las comunicaciones. Mientras tanto, nadie pareció percatarse de que los franquistas lanzaban su ataque sobre los cerros de Garabitas, Paquillo y Basurero, desde cuyos altos su artillería daría cobertura a toda su acción posterior.

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