El segundo asalto contra Madrid

 

Mientras tanto muchos milicianos prolongaban, innecesariamente, sus tareas de centinela, guardia y vigilancia en la capital, con lo que se eximían de incorporarse al Frente, contraviniendo las órdenes oficiales. El PCE inició una campaña instando a la población de Madrid a cavar trincheras, ya que las líneas de defensa planeadas estaban demostrándose incapaces de detener el avance franquista. El 22 de octubre Franco decretó la destitución de Unamuno como Rector. Lógicamente sin tener ninguna atribución para ello. Los falangistas trataron de nuevo de asaltar la cárcel de Alicante, con ayuda del cónsul alemán, que pidió a la marina nazi la implicación de un torpedero, para salvar a José Antonio Primo de Rivera. Aún hubo dos intentos más, que parece que fueron atajados por petición de Franco al alto mando alemán: unos y otros debieron comprender que en la zona franquista sería más causa de desunión, de enfrentamiento, que ayuda, en un proceso ya totalmente militarizado. Franco instruyó que el ataque contra Madrid era prioritario, y que a él había que subordinar todos los demás. Posiblemente, el dubitativo Franco no tenía la misma certeza su triunfo inmediato que todos los demás: tal vez temía que su fracaso pudiese coincidir con triunfos de Mola o Quiepo de Llano, sus principales competidores. Así que estaba justificando no entregarles refuerzos. El Gobierno republicano, que se debatía entre la parálisis, la falta de iniciativa, la dejadez y la frenética rutina inercial, también daba por segura la caída de Madrid. Se justificaba denunciando sabotajes fascistas, no todos comprobados. Sólo el PCE insistía en que era posible, y necesaria, la resistencia de Madrid. El 23, Ju-52 bombardearon Getafe y Madrid, que se estrenaba en esta experiencia. Fueron particularmente cruentas las bombas que cayeron sobre Preciados, Fuencarral o Luna.

 

Especialmente mortífera y espeluznante la que cayó sobre una cola de mujeres para comprar alimentos. El 25 de octubre, 7.800 cajas, conteniendo el resto de la reserva metálica del Banco de España, bajo el mando del Dr. Negrín, custodiados por carabineros, y la supervisión de Orlov y sus subordinados del N.K.V.D., partieron de los polvorines de La Algameca, en Cartagena, donde llevaban depositadas desde el 17 de septiembre, embarcaron hacia Odessa. Es posible que, en esa decisión, influyera que los servicios secretos soviéticos habían detectado que los alemanes estaban sopesando rescatar a José Antonio Primo de Rivera del penal de Alicante. Indudablemente, si se atrevían a atacar la cárcel para conseguir a un político, por muy fascista que fuera, que sólo había conseguido 20.000 votos en las últimas elecciones, si bien su Partido había aumentado muchísimo en afiliación, desde que la guerra lo convirtió en una garantía de ser de “los buenos” (como los expedientes de “limpieza de sangre” de tiempos del Santo Oficio de la Inquisición de Herejes) y licencia para cometer las mayores atrocidades impunemente, incluso con el riesgo de que su Jefe muriera en el intento, si llegaban a conocer lo que escondían aquellos polvorines, un metal difícil de destruir, mayor interés tendrían en llevarlo a cabo. Aunque no llegase a manos de Franco o los alemanes, bastaba que se hundiese, durante la operación, para que la República perdiese cualquier oportunidad de comprar armas, combustible y alimentos, de los que también carecía, a esas fechas. Por otro lado, si el pro-fascista Comité de No Intervención decretaba el bloqueo marítimo, como pedía Alemania, el resultado sería el mismo: sin la garantía del oro del Banco de España, su posibilidad de exportación, nadie vendería armas ni nada a la República.

 

Al contrario que Franco, que contaba con la ayuda y la financiación de sus similares ideológicos, lo que incluye, no sólo a los nazi-fascistas, sino a todo el capitalismo, la República del Frente Popular no tenía, en ese momento, apoyo desinteresado de nadie: todo debía comprarlo, pagando por adelantado. Desde Odessa, custodiado por el NKVD, el oro llegó a Moscú: 510 toneladas, 518 millones de dólares de la época como metal fundido, sin contar con que parte del mismo eran monedas antiguas españolas y portuguesas, cuyo valor de mercado, que no se llegó a constatar, debía ser muy superior. Según el convenio firmado, la República podía disponer del mismo, a través del Eurobank, en cualquier lugar donde el mismo tuviese sucursales, y efectuar pagos a cualquier país, sociedad o persona física que designase. Inmediatamente el Gobierno soviético cargó en la cuenta 51 millones de dólares por las armas ya entregadas, que, en su momento, se calificó de “fraternal apoyo”. Las gestiones de Negrín en la URSA demostraron sus posibilidades diplomáticas y políticas. Se expresó como partidario de la centralización de poderes, lo que era absolutamente música celestial para los stalinistas. Coincidió con los soviéticos en que no debía permitirse que la Generalidad catalana y los anarquistas controlasen las finanzas. Para los soviéticos, los catalanes estaban haciendo desaparecer cientos de millones de pesetas del Banco de España en Barcelona, sin ningún control. No parecían entender que la despreocupación gubernamental, respecto del funcionamiento de la industria catalana, había tenido gran parte de culpa. Al parecer, el cónsul soviético en Barcelona, Antonov-Ovseenko, simpatizaba con Companys y el anarquista García Oliver.

 

Consideraba que éste no objetaba la dirección unitaria o la disciplina militar, aunque se oponía a la restauración de la jerarquía militar permanente, a lo que le hacía ver que le daba la razón. Informó a Moscú que una delegación del que se denominaba Comité Nacional de Marruecos había negociado con el Comité de Milicias Antifascistas la rebelión contra Franco, con lo  que éste se quedaría sin sus mercenarios y productos agrícolas, a cambio de la promesa de independencia y dinero. El PCE, en línea con sus planteamientos anteriores y el anticolonialismo de los comunistas en Occidente, apoyó tal criterio. Pero los soviéticos los rechazaron con desagrado, puesto que significaría el enfurecimiento de Francia, si el levantamiento se extendía hacia su parte del “Protectorado”, e incluso de Gran Bretaña, que lo considerarían una confirmación de las pretensiones revolucionarias internacionales, por mucho que Stalin lo negase, con palabras y con hechos, y que fuese el principal motivo de diferencia respecto a Trotsky y su revolución permanente. Comunicados estos contactos a Largo Caballero, se limitó a sugerir que negociaran directamente con él. Para quienes confiaban en la victoria de la República, y en que Marruecos seguiría “siendo español”, no era sino un estímulo a los separatismos. Antonov-Ovseenko coincidía con el Consejero Miravitlles en que los anarquistas cada vez gestionaban más prudentemente la industria, abandonando el igualitarismo en las grandes empresas. Mientras, la KOMINTERN consideraba que Cataluña y Aragón eran la sede del “majnovismo” (que había sido aniquilado en Ucrania durante la guerra “civil” rusa) español. Negrín admitió con los soviéticos que Antonov-Ovseenko comenzaba a ser peligroso. Este revolucionario de octubre había sido trotskista y de la Oposición de Izquierdas, aunque se escapó de la purga en agosto del 36, “confesando sus errores” y delatando a muchos de sus antiguos compañeros, antecedente de lo que ocurriría en Estados Unidos durante la “caza de brujas”.

 

Y es que la Historia demuestra que la Humanidad se imita a sí misma continuamente. La tumba del Cónsul General soviético en Barcelona estaba cavándose de nuevo. Esto nos lleva a meditar sobre el trágico fin de muchos de los que apoyaron a la España democrática. Un grupo de historiadores comienza a defender que dichas muertes no fueron casuales, que fueron enviados a España con la pretensión de librarse de ellos, y “encontrar pruebas”, por ejemplo, sus contactos con anarquistas y pseudotrotskistas, difíciles, de otro modo, contra personajes molestos para el stalinismo. El 26 de octubre, el comité organizador de las Brigadas Internacionales pasó a denominarse comité militar. Se integró en él al General Walter, e hizo de intérprete la esposa de Hidalgo de Cisneros, jefe de la aviación, la aristocrática Constancia De La Mora, nieta del conservador Antonio Maura. Se nombró a “Kléber”, apellido de un General de la Revolución Francesa, “Manfred Stern”, según el pasaporte de Canadá falsificado por la NKVD, un húngaro judío, muy  alto,  oficial  bolchevique  -que acabaría asesinado por Stalin- como su comandante militar. Los brigadistas no entendían lo que en España llamamos “instrucción” militar: habían venido a España a combatir, no a desfilar. O que se justificase tanto el saludo militar a los oficiales, aunque muchos de ellos fuesen paisanos sólo unos días antes: desconocían los antecedentes anarquistas en España, que se oponían a tal demostración de autoridad. Algo más los largos discursos, los temas de discusión y su votación democrática, que pretendían la mayor uniformidad ideológica posible. Muchos brigadistas fueron declarados no aptos para el servicio militar, transferidos a tareas en retaguardia o se volvieron a sus casas.

 

A pesar de las promesas, y que se les decía que todo el mundo estaba pendiente de su actuación en combate, la escasez de armas, equipación y hasta uniformes, era constante. Debían parecer expertos para impresionar a los milicianos, pero, la mayoría de ellos, sólo habían aprendido a marcar el paso, y no habían cogido un fusil hasta que no se dirigieron a primera línea. Los veteranos de la I Guerra Mundial debieron enseñarles a buscar la munición del calibre adecuado para sus armas, entre la gran diversidad de éstas que habían vendido los soviéticos a la República Española, y a cargarlas. La presencia de aquellos pocos experimentados en combate sería la principal diferencia respecto de los milicianos. Además, 30 oficiales soviéticos figuraban, la mayoría bajo pseudónimos, como voluntarios brigadistas, para ocultar la implicación de la URSA. Entre ellos Walter, Kléber, Gal, Copic, o buena parte del batallón polaco Dombrowski. La Unión Soviética estableció en Tiflis una base de entrenamiento para 200 pilotos y 60 oficiales de infantería. A los asesores militares soviéticos se les ordenó permanecer fuera del alcance de la artillería fascista. Más que mantener su integridad física, lo que se pretendía es que no pudieran ser apresados, y aportados como prueba ante el Comité de No Intervención, del que la URSA continuaba, también, siendo miembro. Al parecer pasaron por España 772 pilotos, 351 tanquistas, 204 intérpretes, 166 señaleros, 141 técnicos militares, 100 artilleros, 77 marinos, entre 20 y 40 agentes del NKVD, y 20 ó 25 diplomáticos soviéticos, lo que suma un máximo de 2.150, de los que 600 eran asesores no combatientes. Nunca hubo más de 800 simultáneamente. Los asesores eran unos 150 en 1937, 250 en 1938, y sólo 84 en enero de 1939. El Comisario del Pueblo para la Defensa, Vorochilov, que se había designado el nombre en clave de “El Amo” para la Operación X (la ayuda militar a España) se empeñó en la defensa de Madrid, a pesar de que el Gobierno republicano ya la daba por perdida.

 

Llegó a amenazar con “estrictas medidas disciplinarias” (en tiempos de Stalin y dicho por un amigo personal y hombre de confianza de éste ¿significaba eso fusilamientos?) a los mandos soviéticos, si no se conseguían victorias en el Frente de Madrid. El asunto tiene su lógica: posiblemente, los agentes secretos de la URSA sabían que se produciría un reconocimiento diplomático de Franco, como Jefe de Estado, si tomaba Madrid, la República Española dejaría de despertar interés para el resto del mundo, al considerarla una causa perdida, la Unión Soviética habría apoyado a un bando perdedor, habría salido derrotada, cediendo prestigio internacional, y Stalin no podría utilizarla como baza en sus negociaciones simultáneas con británicos, franceses y alemanes, como estaba haciendo. El Mariscal de Campo Malinovski (Coronel “Malino”, durante su estancia en España) reconocería que los oficiales soviéticos enviados, aún siendo magníficos, eran de baja graduación. Podían ser muy buenos tenientes, incluso jefes de Compañía o Escuadrón, pero encargarlos que asesorasen a jefes de División excedía su experiencia y conocimientos. Aún así, despreciaban a las milicias republicanas, tanto como a los militares profesionales españoles, partiendo de la base de la nula experiencia de estos, aunque ellos no la superaban en mucho, por lo que contradecían las órdenes que éstos daban, y no tenían ningún miramiento en desautorizarlos. El descuido e irresponsabilidad, tan propia de los españoles, lo consideraban en la Administración, el Estado Mayor o el Frente, como prueba de sabotaje. Indudablemente, influía en ello los antecedentes que traían de su país. Para un stalinista resultaría incomprensible que no se cumplieran las órdenes del Ministerio de la Guerra, o que se hiciese lo contrario, y se quedaran tan tranquilos.

 

Un comisario de un Batallón de tanques comprendió mejor la situación, al informar que no habían tenido en cuenta que la gente pertenecía o simpatizaba con diferentes partidos políticos. Otro hecho que les resultaba incomprensible es que nadie se privara de consumir alcohol a la vista de todos, que hasta se sirviera vino en las comidas. No entendían que el vino no puede compararse con el vodka. Un comisario de aviación informó de la amenaza que significaba para los pilotos soviéticos, que se entusiasmaron de un país en el que era tradicional beber vino en las comidas o tenerlo siempre disponible en las tabernas. Y no menos por la existencia de prostíbulos autorizados. El Partido Comunista prohibió la visita de los militares a los burdeles, lo que mejoró la disciplina. Pero, para entonces, ya muchos se habían contagiado de enfermedades venéreas, en un tiempo en el que no existían antibióticos. Y había quedado una visión errónea de la realidad. Así un jefe tanquista, miembro de un KONSOMOL, tuvo la mala suerte de ofrecer 200 pts., casi el sueldo de un mes, a una mujer, que, no sólo lo rechazó, sino que informó de ello al Comité de Mujeres Antifascistas. Hoy, en la Rusia reconquistada por el capitalismo, es ordinario que la esposa, además de su doble jornada de trabajo, se prostituya, bien con turistas, bien con un grupo escogido de amistades, conocidas, “de confianza”, y “posibles”, generalmente gangsters (me resulta racista llamarles mafiosi, fuera del contexto histórico de lucha contra la aristocracia borbónica, cuando ninguna ley podía proteger al pueblo, como si hubiesen sido los italianos los que inventaran toda delincuencia) para poder completar el mes. A finales de octubre, el hábil Joaquín Ascaso realizó un viaje a Madrid, para negociar con el Gobierno las condiciones de supervivencia del Consejo de Aragón. Se acordó que se integrasen en su Comité de Control representantes de los distintos Partidos.

 

De esta forma, en teoría, pasaba de ser un órgano de decisión anarquista a otro del Frente Popular. Sin embargo los ácratas se reservaron muchos instrumentos de dominio, en los estamentos inferiores, por lo que, al final, debió ser disuelto. Durante septiembre y octubre, los fascistas negociaron el canje de Primo de Rivera por dinero, o por el hijo de Largo Caballero, secuestrado en Sevilla, o la esposa e hijas del General Miaja, en Melilla, algo que actualmente se critica respecto del grupo terrorista VYL (“Vascongadas y Libertad”, en vascuence Euskadi Ta Askatasuna) o de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. En octubre, Eden, Ministro de Asuntos Exteriores británico, olvidando las pruebas que le había aportado Alvarez del Vayo, consideraba que eran más evidentes los suministros soviéticos a España que la ayuda nazi-fascista. Ya lo dice el eu-angelios: No hay peor ciego que el que no quiere ver. Bélgica, acobardada por la reocupación alemana de Renania, rompió su Tratado de alianza con Francia: era la pero reacción posible, demostrando que se envalentonaba fraguando compromisos militares contra enemigos incapaces, y que pretendía no inmiscuirse en una guerra, cuando ésta era posible. Con ello estimulaba futuras acciones agresivas de Hitler, que aún provocasen mayor temor, y nuevas y mayores pasivas permisividades. El 27 de octubre los franquistas tomaron Torrejón de Velasco, Seseña, Torrejón de la Calzada y Griñón. Ante la situación de inseguridad creada, Largo Caballero consideró que debía elevar la moral de la población y de las tropas.

 

Y no se le ocurrió otro modo que un discurso radiofónico, en el que informó que, al amanecer del día 29, la artillería y los trenes blindados abrirían fuego contra las tropas rebeldes, apoyadas por bombardeos y ametrallamientos aéreos, tras lo cual entrarían en acción los tanques, por su flanco más vulnerable. Una verdadera insensatez, reproducida en las publicaciones periódicas del día 28. Quizás trataba de atraer la atención internacional para aumentar el impacto de un triunfo. Sin embargo el incrédulo Azaña, trasladó la presidencia de la República a Barcelona ese mismo día. Efectivamente, el capitán Pavel Arman (que nada tiene que ver con Inessa Armand, la amante de Lenin; demostró su heroísmo en varias ocasiones, se enfrentó a los stalinistas y moriría en su patria, luchando contra los alemanes) lanzó 15 T-26 para reconquistar Seseña. A mí este nombre me recuerda a Sesenia, lo que los incultos periodistas denominan Chechenia. Sus tripulantes eran instructores voluntarios soviéticos, procedentes de una Brigada bielorrusa (al mando del Coronel Pavlov, culpado de la derrota ante el empuje alemán en su país, por lo que fue fusilado en 1941) mientras los aprendices españoles accionaban el cañón y las ametralladoras, hasta que adquiriesen experiencia. Tras ellos se lanzó la primera Brigada Mixta, de Líster, haciendo retroceder a los sorprendidos franquistas, y causando muchas bajas en la caballería de Monasterio. Sin embargo, demostrando una admirable capacidad de improvisación, los mercenarios “regulares” marroquíes incendiaron tres tanques utilizando botellas de gasolina. Es lo que se llamaría, durante la invasión alemana de Bielorrusia, “colas de gallo (en inglés cock-tails, por el adorno que se ponía en las copas, pinchando una cereza) de Molotov”, aunque ya antes se habían utilizado en las cargas suicidas de la caballería polaca, contra las formaciones Panzer. Y, antes de todo, en algunos ataques aislados durante la I Guerra Mundial, tras la demostración de su vulnerabilidad frente a los lanza-llamas.

 

Pero lo cierto es que la guerra española es la que daría a conocer tal táctica, que, poco después, se haría inútil, cuando los nuevos tanques alemanes se fabricasen con grasa y tomas de aire sifónicas a prueba de incendios provocados. Todos consideraron un triunfo la reconquista de Seseña, que frenaría el asalto a Madrid, pero lo cierto es que se había fracasado en el principal objetivo, romper las líneas franquistas, dado que los tanques avanzaron a más velocidad de la que los hombres de Líster podían mantener, lo que impidió que les pudiesen proteger, perdiéndose 3 tanques y sus tripulaciones, el 20% de los lanzados al ataque, en una sola batalla. Cuatro “victorias” más como esa y Arman se quedaría sin unidades sobre las que mandar. Ese mismo día 29 la República decretó la movilización de todos los varones de entre 20 y 45 años de edad. Pero no el estado de guerra, para impedir que los franquistas pudieran considerarse parte beligerante. Sin embargo, al no hacerlo, a los proveedores estadounidenses de Franco no les afectaba la Ley de Neutralidad. El 30, la aviación franquista, los defensores de la familia, y el orden, con el apoyo eclesiástico (aunque a ellos poco les importan los niños: prefieren que sus cargos continúen violándolos o sodomizándolos antes que aceptar que sean juzgados) bombardeó una escuela en Getafe, asesinando a 60 niños. Ese mismo día el Gobierno republicano iniciaba la evacuación de Madrid. Las emisoras de radiofrecuencia franquistas anunciaban la eminente caída de Madrid. Incluso algún periódico fascista publicó el discurso de Franco celebrando, anticipadamente, su conquista. Sin embargo cientos de agitadores comunistas discurseaban, a diario, en cuarteles, fábricas, locales cinematográficos, esquinas de las calles y patios de vecinos, la necesidad de resistir.

 

Todo el pueblo madrileño se lanzó a la tarea y, en poco tiempo, se excavaron kilómetros de trincheras. Unos días después, respaldado por todo el Frente Popular excepto por el Presidente de la República, Largo Caballero, volvió a ofrecer a los anarquistas que se integrasen en el Gobierno. Argumentaron que así aumentaba la representatividad de éste, aunque posiblemente de lo que se trataba era de controlarlos, de que asumieran que sus milicianos debían integrarse en el nuevo ejército republicano o, al menos, conseguir una mejor coordinación a todos los niveles militares. Quizás Largo Caballero también pretendía recuperar una nítida mayoría radical en el Gobierno, desdibujada por los últimos nombramientos de representantes del PNV, y el tandem moderado de Azaña y Prieto, en el que colaboraban, inexplicablemente, para él, los comunistas. Azaña no podía olvidar que su primer Gobierno se vio obligado a dimitir, y se habían producido las primeras mayores divisiones entre los republicanistas, a consecuencia de la proclamación del Comunismo Libertario en Casas Viejas, con ataque al cuartelillo de la Guardia Civil. Pero también debía comprender –era zorro como él sólo- que estaba en juego el desequilibrio gubernamental. Como reconocería Federica Montseny, que contravino las advertencias de su padre, el publicista “Federico Urales”, de que el Estado era siempre una institución represiva, fuesen quienes fuesen los que la controlasen o ejecutasen, en la decisión ácrata pesó más la presencia de los comunistas en dicho Gobierno, la expansión que estaban experimentando desde entonces, el aumento del influjo soviético y la campaña contra las organizaciones que habían creado los anarquistas, o de las que se habían apoderado, todos sus centros de poder, especialmente los económicos.

 

Así que la Federación Anarquista Ibérica consideró que arrumbar sus principios ideológicos estaba bien pagado con 5 Ministerios, si incluían los de Guerra y Hacienda, con la intención de defender sus organizaciones militares y económicas. Algo completamente utópico. Al final se conformaron con 4: Sanidad, que pasaba de Dirección General a Ministerio, del que se encargaría Montseny, la primera mujer en ejercer de Ministro en España, Industria, para Joan Peiró, Comercio, para Juan López, y Justicia, para García Oliver. Este, como no podía ser de otra forma, demostró que no sería un Ministro de Justicia al uso: implantó la justicia gratuita, sin ningún tipo de tasas, para todos, pobres y ricos, y destruyó los ficheros de los delincuentes. Franco se encontraría con más dificultad para apresar delincuentes que a comunistas, e incluso anarquistas. Horacio Prieto, Secretario del Comité Nacional de la CNT, y los Ministros Peiró y López, entre otros, se encargaron de convencer a los faistas de la conveniencia de llegar a un acuerdo. En ninguna otra parte del mundo los anarquistas habían llegado nunca a un Gobierno. El 2 de noviembre la aviación franquista bombardeó Bilbao. El 4 las tropas de Franco conquistaron Alarcón, un eslabón más en la carretera Talavera de la Reina-Maqueda-Santa Cruz-Navalcarnero y Móstoles, quedando sólo Villaviciosa de Odón para llegar a Madrid, según el eje de avance que había pretendido Yagüe, y que Franco abandonó para entretenerse en Toledo, y también Leganés y Getafe, de forma que, de la carretera Toledo-Illescas, sólo quedaba Carabanchel para entrar en Madrid. El 5 se constituyó el nuevo Gobierno republicano.

 

El 6 se produjo un intenso bombardeo aéreo sobre Madrid, mientras los franquistas llegaban a Carabanchel y Villaverde, con lo que cortaban la carretera Aranjuez-Madrid, haciendo inútil la reconquista de Seseña. Ese mismo día Largo Caballero propuso la retirada del Gobierno a Valencia. Los anarquistas se opusieron frontalmente, considerando que se abandonaba la defensa de Madrid, y que produciría desmoralización. El General Pozas quedaría como Jefe del Ejército del Centro, y Miaja como Jefe de la Junta de Defensa de Madrid. Ambos recibieron órdenes selladas que no debían abrir hasta las seis de la madrugada: ninguno de los dos lo cumplió, sino que los abrieron de inmediato, sorprendiéndose de que la documentación se había introducido en un sobre erróneo, debiendo intercambiársela. Miaja consideró que se le ordenaba suicidarse en la defensa de Madrid. Y no le faltaban razones para creerlo. Al parecer era miembro de la Unión Militar Española, que no se distinguió precisamente por apoyar a los Gobiernos progresistas de la República. Tal vez por ello, tras la dimisión de Casares Quiroga, Diego Martínez Barrio le encomendó la cartera de la Guerra, pretendiendo que pudiera ser admitido como interlocutor por los sediciosos. Cuando su cometido de llegar a acuerdos con ellos, posiblemente, incluso, con un Gobierno compartido, que sería ilegítimo, se mostró inviable, Miaja lo intentó, telefoneando nuevamente a Mola. Según los historiadores franquistas éste le respondió que cómo trataba de convencerlo, cuando sólo unos meses antes le estaba proponiendo que se afiliase a la U.M.E.. Puede que se tratara de una estrategia para alejarlo de los más levantiscos africanistas. Como Mola murió en 1937, en otro de los accidentes aéreos que tanto favorecieron a Franco, no quedan pruebas del contenido de tal conversación.

 

Tras su fracaso Martínez Barrio dimitió, tras sólo 4 horas como Presidente del Gobierno. El nuevo Gobierno lo envió como delegado gubernativo a Valencia, también con la misma misión pactista, de negociar con los asesinos. Y, quizás por los mismos motivos, se llevó a Miaja. Igualmente fracasaron. Sin embargo, el pueblo y los milicianos terminaron atacando los cuarteles sediciosos, y sus soldados se rindieron sin resistencia, tras la experiencia del cuartel de La Montaña del Príncipe Pío. Con dichos soldados Martínez Barrio formó dos columnas, y fletó dos trenes hacia Andalucía, bajo el mando de Miaja. Este consiguió varias victorias, acercándose a Córdoba. Por entonces los fascistas descubrieron que sus hijas estaban en Melilla y las apresaron. Un feroz bombardeo aéreo deshizo y dispersó las tropas de Miaja, y éste volvió a Madrid sin ellas. Se le acusó de abandonar su misión, en un consejo de guerra secreto, para evitar la desmoralización que hubiese producido hacerlo público. Quizás por la misma razón se le absolvió, igualmente en secreto, por falta de pruebas. Aquella misma noche del 6 de noviembre, una colosal columna de camiones se llevó a Valencia todos los archivos del Gobierno. Evidencia de que llevaban tiempo preparándolo. Tal vez la incorporación de los anarquistas al Gobierno obedeciese a evitar su reacción, quizás su levantamiento, frente a tal decisión. Como en una tragicomedia de opereta, una partida de milicianos de la CNT detuvo a la comitiva en Tarancón, y apresaron a los Ministros Alvarez del Vayo y Juan López Sánchez, a pesar de ser también anarquista, y a los Generales Asencio, Subsecretario de Guerra, del que se decía que había discriminado a los milicianos anarquistas, especialmente a favor de los comunistas, y Pozas, acusándolos de deserción. Acompañaba el convoy el embajador de la Unión Soviética, que tuvo que escuchar las opiniones ácratas sobre el stalinismo. Tuvo que intervenir Horacio Prieto para que depusieran su actitud.

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