La reconstrucción de un ejército

 

En un informe remitido a Moscú se indicaba que el Coronel (Hidalgo de) Cisneros (recordemos: el segundo piloto que se rebeló en el aeropuerto de Cuatro Vientos, junto con Queipo de Llano, y que sembraba Madrid de octavillas republicanas desde el aire, mientras el hermano de Francisco Franco, Ramón, se dirigía a bombardear el palacio real) era muy honesto y enérgico, con gran prestigio en la aviación y en el Gobierno y amigo de la Unión Soviética (terminaría afiliándose al Partido Comunista) pero que reconocía su desconocimiento teórico, táctico, e inexperiencia para dirigir la fuerza aérea, por lo que aceptaba con honestidad y gratitud el asesoramiento soviético, concluyendo que S(muchkevich) era en realidad el jefe de la fuerza aérea. El 12 de octubre pasó a denominarse “Día de la Raza” en la zona fascista, sustituyendo las connotaciones de hispanidad, de unión con los distintos países herederos de la cultura española, relacionado con el descubrimiento de la ruta comercial entre Europa y América, por un carácter racista, recuerdo del imperialismo, del exterminio de los conquistados, de los derrotados. En semejante clima cuartelario, para el de ese año, al acto de apertura del curso académico, presidido por Carmen Polo, en representación de Franco, su esposo, que colgaba, en un cuadro, sobre ella, el fascista obispo de la localidad, Pla y Deniel, el General Millán-Astray, creador del Tercio de Extranjeros, manco, tuerto y cosido a cicatrices, una especie de Nelson revivido (hasta en lo de abandonar a su esposa) salvo en su cerebro, que nunca fue muy vivaz, escoltado por un contingente de legionarios, y el Rector de la institución anfitriona, Unamuno, se convocó a la Universidad de Salamanca a los falangistas de dicha ciudad.

 

Tras el discurso entusiasta del fascista José María Pemán, tomó la palabra Francisco Maldonado contra los nacionalismos catalán y vasco. Unamuno, como disculpándose, dijo que el auditorio esperaba que hablase. Que quienes le conocían bien sabían que no podía permanecer callado. Que, a veces, el silencio equivale a mentir, que puede confundirse con la aquiescencia, por lo que comentaría el discurso, “por llamarlo de algún modo”, del profesor Maldonado, aunque sin entrar en la ofensa personal que suponía su diatriba contra vascos y catalanes, ya que él era vasco, y el obispo, “lo quiera o no”, era catalán, lo que hizo que éste se removiera en su asiento. Resaltó que se había hecho referencia a una guerra internacional en defensa de la civilización cristiana, reconociendo que él también lo había dicho en otras ocasiones, pero que la actual era una guerra incivil. Que vencer no era convencer, y que no podía hacerse desde el odio que no dejaba lugar a la compasión. Que allí estaba el señor obispo, catalán, para enseñarles la doctrina cristiana que no querían conocer, y que él, que era vasco, llevaba toda la vida enseñándoles la lengua española, que no sabían. Millán-Astray, que lo odiaba por haberle acusado repetidamente de corrupción, le interrumpió gritando: “¿Puedo hablar? ¿Puedo hablar?” Alguien gritó “¡Viva la muerte!”, al estilo legionario, y todos se levantaron saludando brazo en alto al retrato del Caudillo, colgado, atronando el paraninfo con sus vítores. Millán-Astray dijo que Cataluña y el País Vasco eran cánceres de la nación que el fascismo, remedio de España, exterminaría, cortando en la carne viva y sana como un frío bisturí. La militarista metáfora ya usada durante la dictadura.

 

Unamuno retomó la palabra para hacer notar que el necrófilo e insultante grito, mientras él estaba hablando, sólo podía interpretarlo como una amenaza de alguien que se consideraba símbolo de la muerte. Que ¡Viva la muerte! era equivalente a ¡Muera la vida!, y que, él, que se había pasado la vida expresando paradojas que excitaban la ira de quienes no las comprendían (toda su vida fue una esquizofrénica paradoja) podía decir, con autoridad en la materia, que aquella le parecía ridícula y repelente. Que el General Millán-Astray era un inválido de guerra, lo que no era preciso decir en un tono más bajo. También lo había sido Cervantes. Que en España había demasiados mutilados, y que pronto habría muchísimos más, si Dios no les ayudaba. Que le atormentaba que Millán-Astray pudiera dictar las normas de la psicología de las masas. Que un mutilado sin la grandeza espiritual de Cervantes se sentiría aliviado viendo cómo se multiplicaban los mutilados a su alrededor. Que la España nueva, una creación negativa, sin duda, que quisiera crear Millán-Astray, a su imagen, sería una España mutilada. Millán-Astray gritó: “¡Muera la inteligencia!”, algo que ya había repetido en arengas anteriores. A Pemán debió parecerle un exceso que los propios fascistas se considerasen tontos, por lo que sentenció: “¡No! ¡Viva la inteligencia! ¡Mueran los malos intelectuales!” ¿Se referiría a Unamuno? ¿Se creía a su altura, como para comparársele? Pero éste continuó, impertérrito, señalando que se encontraban en el templo de la inteligencia, y que estaban profanado su sagrado recinto con semejantes gritos. Considerándose un profeta indicó que vencerían pero no convencerían, porque para persuadir se necesitaba razón y derecho, y que le parecía inútil pedirles que pensaran en España. Algunos sostienen que Carmen Polo tomó del brazo a Unamuno y, acompañados por su escolta, lo llevó hasta su casa, evitando que lo asesinaran allí mismo. A mí me resulta difícil de creer.

 

Y que, cuando informaron a Franco, lamentó que hubiera salido vivo. Tal vez lo que le salvase fuera el revuelo internacional que había producido el asesinato de García Lorca. Aquel mismo día se reunió el consejo municipal y, a propuesta del concejal Rubio Polo, se le desposeyó como edil, cargo para el que había sido reelegido desde 1931, confirmado por el Comandante Del Valle, que destituyó, sin tener ninguna autoridad para hacerlo, a los elegidos democráticamente que le parecieron poco fascistas. El 28 de diciembre, conmemoración del exterminio en masa de los Santos Inocentes, del 2.006, el Partido Popular, mayoritario en el Ayuntamiento de Salamanca, se negó a que se anulase tal decisión, que, por tanto, continúa vigente. Lo que demuestra, más allá de toda duda razonable, de qué parte está el Partido Popular respecto del fascismo. El mismo 12 de octubre de 1936 llegó el segundo buque soviético, con 50 carros de combate T-26 y algunos vehículos acorazados. Providencialmente cuando Franco se decidía a atacar a Madrid. No satisfechos con destituirlo, a Unamuno le impusieron arresto domiciliario. Pocos días más tarde, al entrevistarlo el periodista francés Jérôme Tharaud, declaró que la guerra civil sin cuartel se estaba convirtiendo en una locura colectiva, que los crímenes del lado republicano no se relacionaban con ninguna ideología, ni siquiera con el anarquismo, sino con bandas de malhechores natos, que aprovechaban la ocasión para satisfacer sus feroces pasiones.

 

Pero que debía esperarse que el “Gobierno” (el entrecomillado es añadido: los franquistas por entonces no tenían Gobierno, sino una Junta Militar; lo “civil”, en aquel momento, les traía sin cuidado) de Burgos se opusiera a otro régimen de terror, si su propósito era salvar la civilización occidental cristiana y la independencia nacional, no estar al dictado de ninguna potencia extranjera. 

Que era necesario sustituir el suicidio moral y el entontecimiento por la unión moral de todos los españoles, una paz de convencimiento para restablecer la patria. Que no se pueden formar sindicatos obligados por la fuerza, por la amenaza del terror. Que el bolchevismo y la servidumbre totalitaria eran igualmente bárbaros, anti-civiles e inhumanos, prácticamente lo mismo. Mientras tanto el Partido Comunista decidió dar muestra de lo que debía hacerse, puesto que nadie parecía hacer caso de sus planteamientos. Constituyó la primera Compañía de Acero (nótese que, en ruso, es Stalin) que debía ser ejemplo de disciplina. Para ello se establecieron unas normas simples y rígidas, que, en parte constituían un remedo de las de la Legión Extranjera fascista. Por ejemplo, que no se debía abandonar a ningún camarada muerto (lo cual supone un estúpido e inútil esfuerzo, que sólo puede acarrear más bajas y desgaste, por una especie de respeto atávico y simbólico) o herido (esto resulta muy lógico: daba seguridad, solidaridad y cohesión a las tropas) o que se tenía pleno derecho a disparar contra un camarada que avanzase o retrocediese sin tener órdenes de hacerlo. Algo que los anarquistas no comprendían. Las Brigadas Internacionales seguirían las mismas normas, por las que serían disciplinadas, junto con la instrucción militar y el adoctrinamiento político, antes de enviarlas al Frente. La teoría comunista lo justificaba en que las tropas sólo combatirían bien si sabían por qué lo hacían. Aunque no parece que un ejército voluntario necesite que nadie les dé explicaciones. Se encargaron de ello los comisarios políticos.

 

Desde el principio, al contrario que los milicianos anarquistas, que hacían ostensible oposición a cualquier forma de lo que consideraban autoritarismo, tanto en sus barbas descuidadas, las colillas entre sus labios, su indumentaria, en absoluto “uniforme”, sino individualista, y siempre desarrapada, los comunistas se esforzaron en mostrar aspecto de soldados disciplinados, tanto en su uniforme como en su conducta y comportamiento. Sólo su forma disciplinada de marcar el paso, ya constituía una clara diferencia con el risible y vergonzoso aspecto de los milicianos anarquistas. Sus primeras “actuaciones” consistieron en desfilar por Madrid, lo cual, indudablemente, colaboró a elevar la moral y la convicción en la resistencia. A partir de ella comenzaron a propagarse las “compañías de acero”, que otros partidos políticos terminarían imitando. El PCE reagrupó las suyas en lo que denominó 5º Regimiento de Milicias Populares, tal vez por oposición a la 5ª columna, con la que amenazaba Queipo de Llano en sus etílicas soflamas radiofónicas. El 5º Regimiento fue la primera unidad en contar con un comisario político. Lo designó Vittorio Vidali, apodado “Comandante Carlos”. Los nombres ficticios se consideraban necesarios, dado que los procedentes de países antirrevolucionarios (todos menos la Unión Soviética) podrían ser represaliados, encarcelados, asesinados o, al menos, impedírseles trabajar, si se les reconocía como implicados en la República Española, que todo el mundo, para bien o, más ordinariamente, para mal, consideraba revolucionaria. Los comisarios políticos debían considerarse parte integrante del ejército.

 

Debían ser educadores, en toda la extensión de la palabra, conseguir que su unidad se impregnara del más alto espíritu de disciplina y lealtad a la causa republicana, explicar a los reclutas que la victoria dependía de ejecutar, sin hacerse preguntas, cualquier orden que pudiesen recibir del mando militar, y que los intereses de los soldados y los civiles eran los mismos. Preocuparse hasta el menor detalle del bienestar material y la comodidad de sus tropas y predicar con su ejemplo, siendo los primeros en avanzar y los últimos en retroceder. Mantener elevada la moral de los combatientes, tomar las medidas disciplinarias que pudieran ser comprometidas para el mando directo de las tropas, y asegurarse del cumplimiento de las órdenes recibidas de la superioridad. Pero, más ocultamente, también debían  vigilar la lealtad de los Oficiales militares asignados a las diferentes unidades. Los comunistas los utilizaron, como norma, para el adoctrinamiento colectivo, convencidos de que así lograrían un ejército cohesionado. Los anticomunistas siempre acusaron a estos “capellanes militares laicos” de intentar apoderarse del ejército republicano, que el PCE parecía el único en entender indispensable, impulsando su creación. Sin embargo su utilidad se hizo evidente y todos los partidos políticos y la UGT los imitaron, aunque no los anarquistas. Los mandos del 5º Regimiento fueron extraídos de las Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas, formadas por el PCE de entre sus miembros, que ya habían tenido experiencia en combate, mostrando adecuada eficacia y combatividad. Su primer Jefe fue Enrique Castro Delgado, con el asesoramiento de comunistas extranjeros. La campaña de reclutamiento la dirigió “Pasionaria”. La denominaron “Frente Común”, y fue un éxito. El aspecto disciplinado, de ejército regular, adecuadamente uniformado, convenció a gran número de hombres, deseosos de luchar por su patria y el Gobierno constitucional, a alistarse al 5º Regimiento.

 

Por algo había sido el primero en dar ejemplo en su aceptación de la disciplina. Se calcula que una cuarta parte de sus reclutas provenían del PSOE y otro 15% de partidos liberales progresistas. El PCE propagaba que alistó a 60.000 hombres, aunque difícilmente pudieron ser más de 30.000. Entre ellos estaban Juan Modesto, un carpintero que había sido cabo de la Legión Extranjera, y Enrique Líster, un camorrista juvenil, que se había hecho un fanático comunista, y fue enviado a Moscú a recibir instrucción militar superior. Con todo ello el PCE consiguió un inmenso prestigio, y también una gran afiliación. En su obsesión por la disciplina, o, como denuncian sus detractores, por controlarlo todo, previendo el futuro dominio del Estado, monopolizaron los ascensos en el 5º Regimiento para los afiliados al Partido. También los Oficiales del disuelto ejército republicano prefirieron integrarse en las organizaciones comunistas, donde recibían un trato más respetuoso, se atendía a sus recomendaciones y podían dirigir mejor maniobras que fuesen obedecidas sin cuestionamientos. Habitualmente eran de elevada antigüedad, y muy burocratizados, ya que los más jóvenes, ambiciosos y de mayor vocación militar, habían pedido su traslado a Africa, donde las posibilidades de ascenso eran muy superiores, era seguro que adquirirían experiencia en combate y podrían demostrar su capacidad táctica, se habían hecho “africanistas” y formaron parte del bando rebelde. Es decir, que su aporte militar era, fundamentalmente, teórico, obsoleto, si no olvidado, anclado en la Primera Guerra Mundial.

 

En realidad, el ejército español de la época no superaba dicha concepción, pues sobre ella Franco había diseñado los cursos de la Academia Militar General de Zaragoza, y no existía ningún otro centro de perfeccionamiento o estudios militares superiores: todo se quería basar en la tradición y en la “experiencia práctica”, que sólo se podía adquirir y pulir en Marruecos, luchando contra los cabileños, absolutamente desconocedores de las nuevas armas y tácticas militares. Y no se preveía que los militares pudiesen tener otra utilidad que esa, puesto que ya se había asumido el papel secundario, como potencia derrotada, como país aislado, de España. Y lo mismo ocurría con los soldados de reemplazo que no habían pasado por las colonias: su experiencia “militar” se limitaba a haber hecho guardias, haber servido de ordenanza de un oficial, limpiarle las botas, el correaje, y la pistola, hacerle la cama y limpiar y ordenar su cuarto, si era soltero, o la compra a su esposa y, cuanto más, haber participado en algún ejercicio de maniobra o entrenamiento de despliegue táctico. Los militares, lógicamente, siempre se opusieron a la disolución del ejército, y, basándose en el criterio de los comunistas, aprovecharon el cambio del de los liberales y el Gobierno para recomendar la reorganización militar, desde una perspectiva de control centralizado, ortodoxa, lo que cuadraba con el deseo de disciplinar a los anarquistas. En realidad no había otra forma de resistir la acometida de un ejército formal, bien entrenado, armado, experimentado y sin escrúpulos. Sobretodo tras el fracaso de los partidarios de las milicias de ofrecer alternativas tácticas y estratégicas respaldadas por sus resultados. Largo Caballero encabezó a los nuevos convencidos de tal necesidad: el único medio de hacer creíble a los Gobiernos extranjeros que existía voluntad y capacidad de resistencia frente a los sediciosos, de control sobre las veleidades revolucionarias, y que merecía la pena que ayudaran a la República Española en su esfuerzo.

 

Los voluntarios llegaban de todas partes a París, algunos en los topes de los trenes. Allí, taxistas de izquierdas los esperaban, para conducirlos a los centros de recepción, entre los que se encontraban las sedes de los sindicatos y  del Partido Comunista Francés. La ruta más practicada era la marítima, vía Marsella hacia Barcelona y Valencia. Otros eran dirigidos en tren hacia Perpiñán, viaje en el que, tras haber tratado de pasar desapercibidos, esquivando miradas, podían, por fin, confraternizar, compartir comida y vino, y cantar, reiteradamente, la Internacional. Llegados a los Pirineos, algunos se atrevían a atravesarlos solos, a pie, de noche. En algún caso, llegados a un puesto controlado por anarquista, se les rechazaba, aduciendo que no necesitaban hombres, sino armas. La verdad es que tenían miedo de que los comunistas formaran una “legión extranjera”, para acabar con ellos. Pasada la frontera a los voluntarios se les alojaba en el castillo de Figueras, hasta que un tren los llevase a Albacete, reconquistada a los sediciosos de la Guardia Civil, en cuyos acuartelamientos se concentrarían las Brigadas Internacionales. A los que desembarcaban en Barcelona los recibía el cónsul soviético, Antonov-Ovseenko, y vestidos de civiles, se les hacía desfilar, en formación militar, por las Ramblas, para enaltecer la resistencia republicana. Se les alojaba en el Hotel Colón, convertido en la sede del PSUC. El mismo 12 de octubre de 1936 desembarcó en Alicante el primer contingente de brigadistas. A la madrugada siguiente llegarían a Albacete. Se encontraron que su alojamiento, el cuartel de la Guardia Civil de la calle Libertad, había sido escenario de represiones y fusilamientos. Un grupo de comunistas alemanes se decidió a asearlo. Muchos de los voluntarios estaban en desempleo, y llegaban desnutridos.

 

Las raciones de habichuelas en aceite produjeron diarrea entre los británicos. Lo primero que hicieron los comunistas alemanes, en cuanto llegaron, fue colgar un cartel con el lema “Amamos la disciplina”. Rodimtsev, que sería uno de los comandantes claves de la resistencia de Stalingrad, seis años más tarde, informó a Moscú que, al ser recibido en el Ministerio de la Guerra, el General Pozas, Jefe del Ejército del Centro (anterior jefe de la Guardia Civil y futuro miembro del Partido Comunista) le dijo que los milicianos abandonaban el Frente y volvían a sus casas cuando les parecía. En cambio los franceses  pegaron otros advirtiendo sobre las enfermedades venéreas. No era ninguna estupidez: teniendo en cuenta que no existían antibióticos, morirían por esta causa tantos brigadistas como milicianos.

 Junto con adoctrinamiento recibieron prendas presuntamente militares: calcetines gruesos y largos, botas, frecuentemente de tamaño inapropiado (posiblemente por las diferentes normas de tallas españolas, respecto de las que conocían de sus países de origen) pantalones de bombacho, gruesos jerseys y gorras caqui o gorros alpinos de lana. Algunos hallaron uniformes antiguos, y los estadounidenses consiguieron traer restos de la I Guerra Mundial. Los comisarios políticos y los dirigentes comunistas recibieron chaquetas de cuero negro, gorro azul y cinturón con un gran pistolón automático del 9 largo. El jefe de las Brigadas Internacionales era André Marty, que ya había dirigido a los voluntarios franceses en la defensa Irún. Con sus grandes bigotes blancos constituía una leyenda de la KOMINTERN, puesto que, siendo marinero, en 1919, había dirigido el amotinamiento contra la oficialidad de la Flota francesa en el Mar Negro, enviada para combatir a los soviéticos: su autoridad era incuestionable. Estaba imbuido de la misma obsesión que Stalin contra los “trotskistas-fascistas”, cuyos agentes y traición veía por todas partes, y estaba dispuesto a eliminar. 

 

Fue tremendamente cruel con desertores, sospechosos de traición o falta de combatividad. Reconocería haber llegado a fusilar a 500 brigadistas, por tales motivos, durante la guerra española. El 15 de octubre se decretó la creación de los comisarios políticos. El entusiasmo provocado por la designación de Largo Caballero como Presidente del Gobierno, la primera vez en España que el PSOE llegaba a tal puesto, con mayoría (que sólo unos días después Azaña hizo relativa, al conseguir la incorporación de otro miembro de Izquierda Republicana, y, con la ayuda de Prieto, de otro del PNV) y, además, representando al ala más radical del Partido, junto con dos del PCE, que, teóricamente, debían consolidar la mayoría absoluta de la izquierda -aunque Azaña y Prieto estaban decididos a que no fuese así- duró pocos meses. Los comunistas siempre lo habían cuestionado, aunque se libraron mucho de no expresarlo públicamente, para no quitar esperanzas ni confianza en el Gobierno. El 17 de octubre, Marty lo definía, en un informe a la KOMINTERN, como un mal burócrata sindical (hay que tener en cuenta la visión bolchevique del papel subordinado, de “correa de transmisión” respecto del Partido, que conferían al sindicalismo, para comprender lo que significaba de despreciativo) y que él y Prieto se atacaban continuamente desde las trincheras de las publicaciones periódicas que dominaban: Claridad, El Socialista y El Liberal. Ese mismo día los franquistas habían rota el asedio a Oviedo: reconquistar la ciudad ya sería imposible. El 18, durante su ofensiva contra Madrid, ocuparon Illescas, Robledo de Chavela y otros pueblos cercanos a la capital. Ese mismo día el Estado Mayor republicano constituyó las seis primeras Brigadas Mixtas, integradas en la División Orgánica de Albacete, al mando del Coronel Segismundo Casado.

 

Contarían con 4 Batallones de 1.000 hombres, además de artillería, ametralladoras y servicios auxiliares. Pero la verdad era que no podían constituirse con la totalidad de los efectivos, dado el número de bajas sufridas durante la retirada hacia Madrid. Como ya se indicó, la primera estaba bajo el mando del Comandante miliciano Líster. La segunda del Comandante Martínez de Aragón. La tercera y la quinta, formada por carabineros, del Comandante José Mª Galán y Fernando Sabio, respectivamente. La cuarta y la sexta, compuesta por soldados de reemplazo, la última con sede en Murcia, del Capitán de Infantería Eutiquiano Arellano y de Miguel Gallo Martínez, respectivamente. Según Rodimtsev, cuando visitó el Estado Mayor de Líster, éste le recomendó precaución, porque podría haber quintacolumnistas ¡en el propio Estado Mayor de la Primera Brigada Mixta, la principal fuerza de choque de la República! Quizás fuese obsesión de los comunistas, pero Líster siempre dio muestras de estar muy pegado a la realidad y captar la psicología de las personas, especialmente de los colectivos. También puede ser un adorno melodramático del ruso a su relato. Los madrileños no eran conscientes de lo que se les venía encima. Estaban satisfechos con visitar el Frente de vez en cuando, sobretodo los domingos, con la familia, y disparar algunos tiros, como quien va de montería o a las barracas de tiro de las verbenas, sin otro resultado práctico que gastar munición, hacer ruido, o, lo que era peor, desatar la réplica de los franquistas, que podían ocasionar incluso heridas o muertes entre los civiles, hombres y mujeres, adultos, ancianos o niños, excursionistas domingueros, de gira campestre, para contemplar las trincheras desde los bosques cercanos.

 

Algo parecido había ocurrido durante los ataques a Washington, en la Guerra de Secesión estadounidense, con los burgueses y sus mujeres contemplando, desde sus coches de caballo descapotables, o sus monturas, las evoluciones de las líneas de combate de la infantería, y las cargas de la caballería. Hasta que les alcanzaban el fuego de los fusileros o de la artillería, y la animada y jocosa conversación se transformaba en gritos, tragedia, y galopadas hacia la ciudad.

El 20 se organizó en Brigadas Internacionales a los voluntarios extranjeros concentrados en Albacete. La XI bajo el mando de Kléber, y la XII del de Lukács. Con todo ello, en poco tiempo, la República lograba contar con 80.000 combatientes. El Frente de Aragón estaba paralizado tras la llegada de refuerzos carlistas a Zaragoza. El Coronel Villalba coordinó un ataque republicano para reconquistar Huesca, que casi consiguió cercar con 13.000 milicianos, procedentes de varias columnas, con algunas baterías artilleras y camiones acorazados. Los 6.000 insurrectos lograron defender la entrada del ferrocarril, por lo que el sitio no fue completo, pudieron recibir suministros y refuerzos, y rechazar la exigencia de Villalba de rendición, que dio el 21 de octubre. Con ello un importante contingente republicano, en relación a lo que se disponía, que hubiera sido de mucha más utilidad empleado para otros cometidos, quedó embarbascado en un objetivo menor, inmovilizando sólo un número reducido de insurgentes. Ese mismo día Navalcarnero cayó en manos de los franquistas, importantísimo nudo de comunicaciones, a 30 kmtrs. de Madrid. Cuando aparecieron las tanquetas italianas Ansaldo, de sólo 3 Tms., ya obsoletas por entonces, pero contra las cuales los milicianos no tenían nada que oponer, desde dos direcciones convergentes, a la voz de “copo”, abandonaron la triple línea de trincheras que rodeaba el pueblo, excepto por el Este, en dirección a Madrid.

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