El Gobierno de Largo Caballero

 

Varela incumplió la promesa de Moscardó de respetar la vida de los milicianos que se rindiesen. Para mayor escarmiento (terrorismo) se les fusiló en las empinadas calles de Toledo, a la vista de las familias de alguno de ellos, de la población que se suponía que había apoyado el sitio. Los que presenciaron tales hechos contaban, conmocionados o jocosos, según la sensibilidad de cada cual, que la sangre corría como torrenteras. También asesinaron a los 200 milicianos heridos que encontraron en el Hospital de San Juan Bautista, utilizando las bayonetas o granadas de mano. En el Hospital de Maternidad de Beneficencia encontraron a 20 parturientas, que se las llevaron a las tapias del cementerio y las fusilaron: los que decían luchar por la justicia, en defensa de la familia, de la religión católica y de Dios. Moscardó saludó a Varela con su “sin novedad en el Alcázar”, lo que llamó la atención de todos, por lo que Franco se lo hizo repetir, al día siguiente, ante él y ante los periodistas que había convocado para ello. Internacionalmente se fraguó otra leyenda sobre el valor hispánico, el desprecio a la muerte y a los sufrimientos, propio de los salvajes. Y Franco apareció a los ojos de todos como el salvador de los héroes sitiados, aunque se encontraba a cientos de kilómetros de allí hasta que fueron exterminados los resistentes republicanos, hasta que dejaron de sonar las deflagraciones y la muerte impuso su silencio, salvo para los llantos. Desde los años 20 tanto la Unión Soviética como la Internacional Comunista tenían agentes en España, igual que en el resto de países europeos. Stalin les dio un nuevo cometido: vigilar y controlar el comportamiento de los distintos Partidos Comunistas.

 

Así, en 1932, llegó a España el argentino Vittorio Codovilla, que informaba a la KOMINTERN, especialmente sobre las actuaciones de los nuevos dirigentes comunistas. Tenían, por tanto, conocimiento muy fidedigno de lo que ocurría en España. Siguiendo el doble o triple juego de Stalin, por todas partes, comenzando por la U.R.S.A., se organizaron inmensas manifestaciones ciudadanas favorables al Gobierno legítimo y constitucional español, lo cual reflejaba fielmente los sentimientos populares, contrarios al frío y cruel cálculo de sus respectivos Gobiernos, respecto de la guerra española. Los soviéticos enviaron a España a Mijail Koltsov, corresponsal de “Verdad”, en ruso Pravda, y a los cineastas Roman Karmen y Boris Makasaev, que, 3 semanas más tarde, comenzaron a proyectar en Moscú sus documentales desde el propio Frente. El 21 de agosto, Marcel Rosenberg, representante de la Unión Soviética ante la Liga de las Naciones, pasó a ser embajador en Madrid. El 28 de agosto, Dimitrov, Secretario General de la KOMINTERN, había anotado en su diario personal la posibilidad de organizar un cuerpo internacional para ayudar a España. Quizás presionase a Stalin en tal sentido, aunque es bien sabido que nadie podía hacer cambiar de opinión a este personaje, si es que él no caía en la cuenta por sí mismo. Uno de los primeros asesores soviéticos que llegaron a la zona republicana informó a sus superiores de la angustiosa falta de armamento que se padecía: sólo uno de cada tres milicianos llevaba fusil, el resto iban desarmados, esperando que se produjese una baja para utilizar su arma, y sólo una ametralladora cada 150 ó 200 combatientes. El 3 de septiembre Dimitrov volvió a anotar en su diario que la situación en España era crítica.

 

Efectivamente, tras la conquista de Maqueda por los fascistas, Madrid se encontraba directamente amenazaba, puesto que a nadie se le podía ocurrir que Franco ordenase dar la vuelta a sus tropas, hacia el sur, hacia Toledo, mientras los republicanos se veían incapaces de reconquistar Zaragoza ni Oviedo. Ni siquiera el Santuario de Nuestra Señora la Virgen de La Cabeza, en Andujar. El 4 de septiembre, a la toma de Irún por las tropas de Mola, que dejaba a San Sebastián y Bilbao seriamente comprometidas, a la toma de Irún por las tropas de Mola, el Dr. Giral había dimitido como Jefe del Consejo de Ministros, tras reconocerse incapaz de conseguir armas para los defensores de la democracia, y la impotencia miliciana para pasar a la ofensiva, ni siquiera para detener el avance del ejército colonial. Estaba claro que sólo el PSOE, el Partido con mayor número de parlamentarios, podía ofrecer una alternativa de Gobierno. Azaña no podía ya esgrimir la división interna del mismo para hurtarle tal derecho. Largo Caballero se había dedicado a visitar las posiciones de los milicianos en la Sierra de Guadarrama, siendo aclamado, por igual, tanto por ugetistas como por cenetistas. Era lógico que se aprovechase cualquier ocasión para subir la moral. De forma que, popularmente, se había hecho a Largo Caballero la personificación del milagroso renacer del entusiasmo. Según los informes soviéticos era capaz de echarlo a perder todo y a todos, pero era el único nombre que podía inspirar confianza en el Gobierno. El liberal Prieto consideraba que su oponente seguía siendo el terco y exasperante obrero del estucado de siempre, pero, en ese momento, era la figura imprescindible. Tanto Azaña, como Prieto y el Partido Comunista insistían en que, de cara a conseguir ayuda exterior, era necesario mantener la imagen de un Gobierno liberal.

 

“Pasionaria” y Jesús Hernández reiteraban que en España se estaba produciendo la revolución democrática burguesa, truncada una y otra vez durante casi siglo y medio. Siguiendo los postulados marxistas (incumplidos por Lenin, cuando atisbó la posibilidad de una revolución auténticamente socialista) que la consideraban una etapa imprescindible para la implantación del socialismo, el P.C. declaraba apoyar tal proceso, defendiendo la legalidad constitucional republicana. Pero Largo Caballero exigía mayoría del PSOE: era el momento del desquite contra los que habían impedido sus proyectos reformistas cuando fue Ministro de Trabajo. No obstante, el argumento esgrimido era de peso, de forma que también integró a los liberales en su Gobierno. Pero fue aún más lejos: ofreció la integración a anarquistas y comunistas. Era completamente lógico: ambos constituían las mayores aportaciones de combatientes. Los primeros mostraban una admirable persistencia, tozudez y entusiasmo, aunque escasamente proporcionales a los resultados que obtenían. Los comunistas se empeñaban en superarles en valor, pero añadían unas dosis de disciplina y eficacia, encarnadas en su 5º Regimiento, que los hacían muy superiores. Y en ambos debía basarse cualquier ofensiva. Quizás también pretendiese aliados contra posibles extorsiones de Azaña y los liberales, como había soportado durante el “bienio reformista”, cuando su presencia en el Gobierno era manifiestamente minoritaria, sin que le ayudase mucho el hipotético apoyo de sus correligionarios, mucho más derechistas, Indalecio Prieto o Fernando De los Ríos. Los ácratas estaban dispuestos a tomar el control de órganos ilegales, que disputaban el poder al Estado, pero sus postulados les “prohibían” participar en instituciones normatizadas.

 

Y precisamente era desalojarlos de tales órganos el objetivo de todos los demás, incluso del PC. Como alternativa ofrecieron la disolución del Gobierno y su sustitución por un Consejo de Defensa Nacional. Es decir: exactamente lo mismo que habían hecho los fascistas. Y es que los extremos se tocan. Lógicamente, la “ocurrencia” de los anarquistas fue rechazada, y se quedaron fuera del Gobierno. No obstante le dieron su apoyo. El PCE no creía que Largo Caballero fuese el hombre del momento, a pesar de todo el cortejo que le habían hecho, cuando sólo podían confiar en su apoyo, cuando lo precisaban para completar el Bloque Popular -Frente Popular, como se le conoció después- llegando a denominarlo “El Lenin español”. Lo consideraban un deslenguado, incapaz de analizar seriamente la situación, visceral e impetuoso. Es decir: un peligro, como había demostrado durante la última campaña electoral, y antes de ella, cuando el PCE gestaba su estrategia de Bloque o Frente Popular. Podía implicarse en peligrosos aventurerismos militares, crear el desconcierto y la desunión, sobretodo con los liberales, y, más aún, con las potencias europeas, cuya colaboración, ingenuamente, seguían esperando. El 8 de septiembre el PCE comunicó a Moscú que, a pesar de sus esfuerzos, no habían conseguido impedir el Gobierno de Largo Caballero. Sobre la oferta de formar parte del mismo la KOMINTERN les respondió que debían rechazarla. Sin embargo, José Díaz, en un alarde de visión y soberanía política, se enfrentó a tal orden, la incumplió, integrándose en dicho Gobierno. Tras hacerlo, contestó, justificándose, que los habían obligado la vehemente insistencia de todos, y las consecuencias que tal renuncia, tal desprecio, supondría para la confianza en el nuevo Gobierno, después de haber apoyado lealmente al liberal José Giral.

 

A partir de ese momento Stalin reconsideró su posición de no inmiscuirse en la situación española: ahora estaba en juego el prestigio del primer Partido Comunista que se integraba en un Gobierno sin haber pasado por un proceso revolucionario, mediante actos violentos o presión externa. Y, con ello, la guerra en España daría un vuelco completo. Sin embargo Stalin estaba jugando a tres bandas: negociaba simultáneamente con Gran Bretaña y Alemania la vuelta a las fronteras del Imperio zarista, la anexión de media Polonia de después de la I Guerra Mundial, la reintegración de los Estados Bálticos e incluso de Finlandia, todo lo cual lo consideraba imprescindible para la defensa de Leningrado frente un ataque por sorpresa. Incluso Besarabia, en Hungría, amenazando los pozos de petróleo que aseguraban la movilidad del ejército nazi. Y, todo ello, tras los fusilamientos (fue una sorpresa: habían sido expulsados del Partido en diversas ocasiones y readmitidos tras sus confesiones; también habían confesado su participación en el asesinato de Kirov, por el que fueron condenados a 10 y 5 años de cárcel, respectivamente, que, quizás, sólo esperaban cumplir parcialmente, simbólicamente) de Zinoviev (su apellido real era Apfelbaum, de origen judío) y Kamenev (su apellido real era Rosenfeld, de origen judío; estaba casado con una hermana de Trotski, y fue Presidente del Congreso y del Comité Ejecutivo Central de todas las Rusias, lo que, en teoría, era equivalente a Jefe del Estado Soviético) tras haber confesado su participación en un atentado contra Stalin, mientras iniciaba la tercera fase de la eliminación del poder de los trotskistas, precisamente del Ejército Rojo, obra de ellos, donde más sólidamente estaban instalados. En tal situación la ayuda de Stalin nunca podría ser la necesaria como para derrotar al fascismo: sólo mientras tal situación precisase compaginar diplomacia y amenaza.

 

André Marty, informó a la KOMINTERN que la influencia política del PCE había superado todas las expectativas. Que era el único Partido consciente de lo que debía hacerse. Que los objetivos que fijaba eran adoptados de inmediato por todos, y reproducidos en todos los periódicos, aunque sin analizar que, dada su estrategia de confluir con los liberales y oponerse a los anarquistas, cuyos afanes revolucionarios, en tal situación, asustaban a todos los demás, era lógico que así fuese, no sólo porque pareciesen razonables a la mayoría, sino porque añadían la “autoridad” de presumirse que provenían de un análisis izquierdista, marxista. Que el PCE facilitaba cuadros para la policía (el apodado “camarada Checa”, responsable del Partido para el ejército y la policía, ordenó las directrices para interrogar a los acusados de delitos graves para la seguridad del Estado) que el 5º Regimiento había reclutado 20.000 combatientes, todos bajo mandos comunistas, y que se estaba ganando una merecida fama, aunque obviaba que sin respaldo de éxitos notorios. El astuto Azaña se opuso a la integración de los comunistas en el Gobierno, pero, según éstos, Largo Caballero lo puso como condición para hacerse cargo de la Presidencia. A estas alturas los liberales había dejado de ser una fuerza política de importancia. A la pequeñez de sus muchos Partidos se añadía el hecho de que las derechas habían abandonado el Congreso, bien por situarse del bando fascista, bien por esperar de qué lado se decantaba la guerra para optar por los triunfadores. De esta forma no podía esperarse una suma de votos que pudiera oponerse a planteamientos izquierdistas: el Presidente de la República se estaba quedando aislado. 

 

Así se terminó constituyendo el segundo Gobierno de guerra, con 6 Ministros del PSOE: Largo Caballero, que se reservaba la cartera de Guerra, Alvárez Del Vayo, muy afín a los comunistas, de Estado, Galarza, Gobernación, Negrín, Hacienda, Prieto aunaba Marina y Aire, y Anastasio De Gracia, Industria y Comercio. Izquierda Republicana, el Partido del Presidente de la República, otros tres: Mariano Ruiz Funes, Justicia, Julio Just (éste fue nombrado unos días después, posiblemente por exigencia de Azaña, que desearía que su Partido tuviese mayor representación que los comunistas; también de cara a la imagen exterior) Obras Públicas, y Giral, como Ministro sin cartera, que daría continuidad a los proyectos del Gobierno anterior… caso de que los hubieraDos comunistas: Vicente Uribe en Agricultura, y Jesús Hernández, que terminaría expulsado del PCE en 1944, por contrarrevolucionario, Instrucción Pública. Tomàs i Piera, de Izquierda Republicana de Cataluña, en Trabajo y Sanidad, implicaba a la Generalidad de Cataluña, y Bernardo Giner de los Ríos, de Unión Republicana, Comunicaciones y Marina Mercante, completaban los posibles apoyos de Azaña: si conseguía la colaboración de los comunistas podría controlar a Largo Caballero. No había representación del PNV. Entre las primeras medidas del nuevo Gobierno, que podrían parecer simbólicas, estaba el cambio de los nombres de los comités controlados por los anarquistas, aunque sin atreverse a sustituir a sus dirigentes, lo que, inexplicablemente, les hizo ver su situación, su poder real, terminando por obedecer una disciplina estructural, como integrantes de una organización estatal. Así los Comités Locales fueron reemplazados por consejos municipales, que reflejaban la paridad política en lugar de la correlación de fuerzas. 

 

El mismo 8 de septiembre, el Comité Ejecutivo Popular de Valencia, que había ignorado la Delegación del Gobierno encabezada por Martínez Barrio, aceptó al nuevo Consejo de Ministros. El cambio fue significativamente notorio en Cataluña, resultando favorecido, sobretodo, el PCE, del que todos esperaban colaboración, incluso que tomase a su cargo la responsabilidad, teniendo en cuenta los antecedentes soviéticos, de mantener a raya a anarquistas y nacionalistas, especialmente de los separatistas. Es necesario reflexionar sobre un proceso que se reproduciría hasta el final de la República, y que fue el mimetismo respecto al comportamiento del bando fascista, aunque, desde luego, desde otros puntos de vista. Conforme Franco iba cosechando victorias este proceso fue retralimentándose, “probando” su eficacia. El primer indicio fue la imitación de los asesinatos, venganzas y terrorismo propio de los insurrectos, aunque sin alcanzar los niveles de crímenes y crueldad del modelo. El siguiente fue el intento de implantar un modelo centralista. En ello tendría gran importancia la visión comunista, influida por el stalinismo de la época, pero también de los liberales, que temían a los anarquistas y recelaban de posibles traiciones de los nacionalismos centrífugos. Creían que, con ello, iban a convencer a franceses y británicos que cualquier intento revolucionario sería de inmediato controlado, convenciéndoles de que prestaran su necesaria ayuda. La integración de Italia y Alemania en el Comité Contrario a la Intervención extranjera en la guerra de España demostró lo ilusorio de tal pretensión. Las potencias nazi-fascistas comprendieron que los británicos no tenían intención de impedirles su ayuda a Franco, que todo era una tramoya farsa. 

 

Más aún: tras su masiva entrega de armas durante los primeros momentos, lo que ahora más convenía a sus intereses era impedir que ningún otro país, especialmente la Unión de Repúblicas Socialistas Asamblearias, pudiesen llegar a hacer lo mismo respecto del Estado legítimo y constitucional español. El cínico conde Ciano, Ministro de Asuntos Exteriores de su suegro, Mussolini, insistía en que no sólo se debía prohibir la entrega de armas, sino la “colaboración propagandística” de ningún otro país. Así justificarían la acusación contra la U.R.S.A. de incumplir los acuerdos, incluso aunque no aportase más armas al bando demócrata, lo que podrían utilizar como excusa para ellos seguir armando y abasteciendo a su Franco. Por supuesto debía referirse a las manifestaciones populares, no a los editoriales periodísticos o los discursos de políticos favorables a Franco. Alemania, bastante más realista y práctica, exigió que, aparte de palabras y acuerdos, se estableciese un bloqueo real del comercio. En la misma línea, Stalin insistía en que se controlasen también los puertos lusos, desde los que Franco recibía la mayor parte del material. En su táctica dilatoria, Hitler exigió la entrega de los restos de un Ju-52, accidentado sobre la zona republicana. Nadie pareció sorprenderse de la contradicción que suponía tal hecho con su negativa a aceptar su intervención en la guerra. Finalmente, el 9 de septiembre, se reunió en Londres, organizado por la Foreing Office, el Comité Internacional para la Aplicación de la No-Intervención en España, formado por los embajadores de todos los países europeos, excepto Suiza. Pronto se comprendió que tal estructura no era operativa, por lo que se creó un subcomité que reunía a las 5 mayores potencias y a 5 representantes del resto de países.

 

Para el embajador republicano en Gran Bretaña, Pablo de Azcárate, todo era un embrollo de confusas y estériles discusiones sobre denuncias y contradenuncias. Tal vez este era el objetivo que perseguían sus constituyentes. Los dinamiteros asturianos continuaban atacando Oviedo, dominado por Aranda mediante su traidora felonía. Habían acorazado, artesanal, rudimentaria, y poco eficazmente, algunos camiones, llegando a ingeniar su adaptación como lanzallamas. Con ellos se lanzaron a la carga, temerariamente, intentando abrir brecha. Pero se demostraron muy vulnerables y fueron rápidamente destruidos. Desde Galicia una columna salió en apoyo de los sitiados, al mando del Coronel Martín Alonso. A 30 kmtrs. de Andújar, 1.200 falangistas y guardias civiles se habían atrincherado en el Santuario de Nuestra Señora la Virgen de la Cabeza, que, como Pelagio, según las crónicas andalusíes, el mítico Don Pelayo, actuaban como bandoleros y ladrones entre los pueblos vecinos. Ante tal circunstancia la población exigió que se acabase con ellos, aunque las autoridades mantenían que había otras prioridades. El mando de mayor graduación, el Coronel de la Guardia Civil Antonio Cordón, decidió rendirse, pero el Capitán Santiago Cortés, también de la Guardia Civil, se lo impidió. Los milicianos utilizaron altavoces para convencerles de que se rindieran. Hablaron por ellos Miguel Hernández, Pedro Garfias y Constancia de la Mora, entre otros. Los milicianos sólo contaban con dos o tres cañones, por lo que, imitando lo que se había hecho en el Cuartel de la Montaña, los trasladaban de un lugar a otro, para simular que contaban con una batería. Pero, con ello, enlentecían la cadencia de fuego, y dificultaban la corrección del tiro, ajustando la puntería.

 

A la aviación fascista se le ocurrió un método de avituallamiento por el aire: dejaban caer escasos aprovisionamientos atados a pavos, que, al intentar volar, hacían de paracaídas, y, tras su captura, de alimento. Conforme la situación se fue haciendo más desesperada comenzaron las deserciones entre ellos. Prieto quería que el PNV estuviese integrado en el Consejo de Ministros, quizás porque considerase que podían apoyarle en sus posturas, conseguir una mayor obediencia en el Frente Norte y, tal vez, amarrar a dicho Partido para que no negociase con los fascistas. Los contactos fueron simultáneos a la aprobación, a mi entender, ilegal, del Estatuto de autonomía vasco, en vía muerta desde el inicio del “bienio negro”, cuyos gobernantes se negaban a poner en peligro la “unidad de la Patria”. En realidad los fascistas demostraron ser los verdaderos “desunidores” de la Patria: al menos hasta que pudieron someterla, esclavizarla, en su integridad. En la zona republicana, después de 6 meses de guerra, algunos milicianos seguían combatiendo con sus propias escopetas de caza. No tenían piezas de repuesto y había tal diversidad de armas que algunas unidades precisaban dieciséis calibres de munición distintos. El estado de conservación era tan malo que, los pocos morteros y granadas con que contaban, podían ser más letales para quienes los lanzasen que para los enemigos. Así que preferían utilizar bombas de fabricación casera, a base de dinamita en latas de conservas. Sin embargo el principal problema era la falta de disciplina. En el Frente de Madrid muchos milicianos lo abandonaban de noche para dormir en sus casas. Se consideraba normal buscarse un escondite para dormir durante las guardias, e incluso se mofaban de quienes no lo hacían así. Al enterarse de tal comportamiento los fascistas menudearon los ataques nocturnos. 

 

Durante ellos, los propios vigías eran remisos a dar la alarma, puesto que, al abrir fuego, en la oscuridad, tanto por los asaltantes, contra quien les estaba descubriendo, como por los medio despertados de sopetón, sobresaltados, los centinelas eran las primeras víctimas. Los soviéticos tomaron nota de ello y lo reprodujeron en el Frente Ruso, sobretodo cuando descubrieron que los alemanes, que no habían previsto que la invasión de la Unión Soviética les costase más de tres meses, o que las nevadas llegasen a principios de diciembre (lo mismo le ocurrió a Napoleón: en ambos casos habían estudiado las estadísticas meteorológicas rusas desde cien años antes) carecían de ropas contra el frío glaciar, y que los Panzer IV no podían ponerse en marcha cuando la nieve se congelaba entre las ruedas y las cadenas. De modo que el mando alemán tuvo que dar orden de moverlos cada cuatro horas, lo que interrumpía el sueño de las tropas en casi un kilómetro a la redonda, por el ruido que hacían, así como les obligaba a dormir apartados de su zona de maniobra, cuando antes buscaban abrigo bajo los mismos o pegados a sus ruedas. Hasta que entraron en servicio los Panzer VI, primero, y V, después, de más potentes motorizaciones, y grandes ruedas, que aplastaban el hielo sin dificultad, imitación a las rodaduras del soviético T-34, de características admirables para su época. Tanto en Madrid como en Barcelona, al principio, destacamentos enteros abandonaban el Frente durante los fines de semana, para ver a sus familias, ducharse y cambiarse de ropa. En aquella penuria se desperdiciaba munición disparando contra aviones nazi-fascistas a gran altura. O se perdían posiciones porque no se cavaban trincheras, o se disputaba sobre quién debía hacerlo o a quiénes les tocaba el turno.

 

Era frecuente la indisciplina, sobretodo entre los anarquistas procedentes de fábricas, menos habituados al servilismo y la obediencia acrítica. En cambio no fue un problema que se mantuviesen las agrupaciones políticas y sindicales en la estructura miliciana. O que los jefes, entre los anarquistas, se eligiesen en asamblea, pues la experiencia demostró que siempre fueron escogidos los que habían demostrado mayor valor, entereza, iniciativa en el combate, entusiasmo y confianza en la victoria contagiosos, y prestigio para dar órdenes convincentes y hacerse obedecer: al contrario, dicho método vinculaba a los electores con sus jefes, los hacía responsables de su nombramiento y los predisponía, mejor, a obedecerlos. Se podría objetar que tal sistema no evaluaba los conocimientos teóricos, pero no había candidatos que disputaran con tales méritos. Más problemática era la creencia anarquista de que se trataba de una revolución contra el autoritarismo, lo que les hacía revolverse violentamente al menor indicio de ello. Esto contravenía la hipótesis voluntarista de Bakunin de que, durante la acción, al contrario de lo que propagaba la teoría ácrata, naturalmente los más dispuestos y capaces ordenaban y dirigían, y el resto obedecerían al mando. Frente a ello se establecieron tribunales milicianos para castigar la indisciplina. Los anarquistas se organizaron siguiendo las normas romanas, aunque a su estilo. Cada diez milicianos elegían a su Cabo de la decuria, cada cien a su Delegado de la centuria. No había una norma sobre la composición de las columnas. La más numerosa, por ser la de mayor prestigio, la que más propaganda periodística había concitado, fue la de Durruti, que llegó a contar con 6.000 efectivos. Otras sólo reunían a pocas centurias.

 

Muchas habían conseguido un oficial del disuelto ejército republicano, que asesoraba al jefe de la columna, sin dar órdenes directas a nadie. Pero, mientras no demostrase fehacientemente, con los hechos, su compromiso con el esfuerzo republicano, era sujeto de sospecha por parte de todos. Fue el caso del Coronel Romero Bassart, hermano del Tenientecoronel de la Guardia Civil que había dirigido la resistencia del Alcázar de Toledo. Aquél, que se había opuesto a los sediciosos en Larache, consiguió salir de Marruecos, y sería asesor de la CNT. O del Coronel Mangada, que, en el mes de julio, cuando su columna se dirigía a Avila, rechazó un ataque del temible Comandante Doval, desde Salamanca, en el que murió Onésimo Redondo, instigador de la máxima criminalidad de la Falange. Sin embargo las dudas estaban justificadas: muchos Oficiales traicionarían a la República, antes o después. Al principio de la guerra es posible que se fusilase a Oficiales leales, desoyendo sus protestas de ello: de todas formas, para los anarquistas, no eran más que miembros del aparato represivo, favorecedores de la esclavización de los obreros por los patronos, que controlaban los resortes del Estado burgués, como se había demostrado en 1917, durantes las dictaduras, en 1934 y tantas otras. Y también que, ante un enfrentamiento perdido, se culpara de traición, injustamente, a los mandos o asesores militares, intentando hacer escarmiento con ellos: es lo mismo que comenzaron a hacer los romanos, aterrorizados por las victorias, que, para su orgullo, les resultaban inexplicables, de Anibal, comenzando a crucificar a sus Legados y Mílites (Generales de División y de Brigada) derrotados.

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