Armas para una guerra

 

O, posiblemente, para evitar que los anarquistas les desplazasen a la Federación Española de Trabajadores de la Tierra de lo que consideraban su territorio “conquistado”, que hiciesen retroceder el sindicalismo rural a la situación del siglo precedente, antes de las dictaduras. El 65 % de los campos jienenses, el 57 % de los de Ciudad Real, el 34 % de los de Albacete y el 13% de los del País Valenciano, fue colectivizado. Aunque la literatura se refiere más que nada a Aragón, donde se computaron unas 600 explotaciones colectivas: pueblos enteros cambiaron la forma de propiedad. No se encontraron allí a los campesinos especialmente deseosos de semejante experimento. Tal vez temían un proceso similar al bolchevique. Los milicianos anarquistas, sobretodo la Columna Durruti, debieron emplear la violencia para implantar las colectivizaciones. Aunque, al final, hay que reconocer la mejora que el cambio supuso para los labriegos, sobretodo para los más pobres. Sin embargo, esta forma de hacer las cosas, otra contradicción más con el espíritu libertario, supuso un rechazo de los labradores maños a que los entusiastas anarquistas catalanes, obreros industriales, en su mayoría, les impusieran cómo debían organizar sus campos y sus pueblos. También influiría en ello el Ministro de Agricultura, el comunista Vicente Uribe, que apoyó los derechos tradicionales a la pequeña propiedad. A éstos, que los ácratas denominaban “individualistas”, les permitían conservar la propiedad de tanto terreno como pudiese cultivar una familia sin contratar a trabajadores. En estas zonas los cambios fueron escasos. Sólo los labriegos sin propiedades, en zonas latifundistas, de tierras poco productivas, apoyaron mayoritariamente las colectivizaciones.

 

Los anarquistas les explicaban que la propiedad agraria aparentaba una engañosa seguridad, que podrían obtener alimento y, en último caso, vender sus tierras, en cualquier circunstancia. Pero que sólo la comunidad podía garantizar asistencia médica y protección más allá de la climatología, los desastres, la enfermedad y la vejez. Más allá de los ideales, ocurrió que muchos enviaron a los abuelos y enfermos a la colectividad, al tiempo que los miembros sanos se quedaban con toda la producción de la parcela familiar. Los salarios eran, en realidad, rentas garantizadas, que cobraban tanto si trabajaban como si estaban enfermos. La mayor parte de las colectividades libertarias, siguiendo sus fobias mentales, abolieron el dinero, emitiendo vales para alimentos, ropa o calzado. En una publicación periódica de Fraga, se indicó que, allí, se podía tirar dinero de Banco a la calle, que a nadie le atraería, pero que Rockefeller, a pesar de sus cuentas bancarias, no podría tomarse allí ni un café, que la gente era feliz sin el dios-dinero. Tanto la amenaza de morir de hambre, para el trabajador y para su cónyuge e hijos, antes para éstos, para que los ingresos de la familia no desapareciesen con él, como la ambición, debían dejar de ser la base de la laboriosidad. Debía ser la comunidad la que enseñase a sus miembros que la holgazanería, la deslealtad con la colectividad, pretender aprovecharse de ella, era socialmente injustificable e inadmisible. En la industria ocurría igual. Se cuenta que, en “La España Industrial”, una de las mayores empresas del textil, un trabajador robó una llave inglesa, lo que le valió el reproche de sus compañeros. Días después robó otra, por lo que un compañero le exigió que escribiese en la pizarra que, por sus robos, había sido trasladado a donde no pudiese hacerlo: ya no hubo más casos de indisciplina. No sólo la CNT, también la UGT sustituyó el dinero por vales.

 

Las tiendas se convirtieron en almacenes de distribución. Médicos, barberos, carpinteros o zapateros trabajaban gratuitamente: la comunidad se encargaba de su mantenimiento. Sin embargo tales vales se rechazaron entre pueblos vecinos, hasta que el dinero escaseó y los alimentos se encarecieron. En muchos pueblos se instalaron pequeñas manufacturas. Con ello se mejoraba la transformación industrial de los productos agrarios, se eliminaban intermediarios, se aumentaban las rentas rurales, el empleo continuado de mano de obra, compensando las puntas de estacionalidad agraria y los avatares climatológicos, al tiempo que disminuían los precios finales de alimentos elaborados para el consumidor. En tal situación, las colectividades comenzaron a convertirse en un ejemplo a seguir, y los pequeños propietarios se vieron estimulados a unirse a ellas, al comprobar las ventajas de la reagrupación parcelaria y la explotación en común. Los comunistas criticaban la autogestión por su ineficiencia, en tiempos de guerra. Es cierto que favorecían la producción de alimentos que se podrían considerar de lujo, los más caros, los que más mano de obra precisaban, y suponían una mayor rentabilidad para las explotaciones, cuando el país necesitaba grandes cantidades de trigo muy barato, y dejar disponibles a inmensos contingentes campesinos para empuñar los fusiles. Pero también es cierto que, en Aragón, se cosechó un 20% más, mientras que en Cataluña, donde la influyente Unión de Viticultores, que había absorbido a la Federación de Cooperativas para constituir la Federación de Sindicatos Agrícolas de Cataluña, consiguió del Gobierno de la Generalidad que decretase la afiliación obligatoria a ella de todos los agricultores, en una retrógrada defensa de las pequeñas parcelas y del campesinado tradicional, típico de todos los nacionalismos, se redujo.

 

Los anarquistas, concentrados en las grandes urbes y sectores fabriles catalanes, habían abandonado el medio rural, dándolo por perdido. Pero hubo otros experimentos de colectivizaciones alternativas. En los olivares de Jaén, donde los grandes propietarios habían impedido la implantación de la CNT, y sólo había una escasa presencia de la UGT en el campo, los Ayuntamientos expropiaron las tierras y dirigieron su explotación. El sociólogo Borkenau constató que el Ayuntamiento de Andujar contrataba a los mismos jornaleros, en las mismas explotaciones, por los mismos salarios de miseria y las mismas extensísimas jornadas de trabajo, que imponían anteriormente los latifundistas, obteniendo, lógicamente, la misma lucha de clases contra el concejo municipal, ya que les daba el mismo trato que los fascistas patrones, los que volverían a dominarlos cuando sus tropas ocupasen  sus tierras. Y aún continúan así. Muchas veces bajo el escarnecedor eufemismo de “cooperativa”, que, en realidad, son cartels de empresas capitalistas. Otro método alternativo era el reparto de las propiedades confiscadas. Así hizo Napoleón en Francia, con magnífico resultado, que dura hasta hoy. Constituía el ideario liberal y el anacrónico, tradicionalista, del anarquismo clásico. Fue entusiásticamente recibido por los pequeños y medianos propietarios, que veían aumentar el tamaño de sus explotaciones, mejorando su rentabilidad y convirtiéndolos en empresarios, contratantes de mano de obra, con todas las posibilidades de extorsión, de sentirse poderosos, incluso de conseguir favores y contraprestaciones sexuales, que ello confiere en el medio rural. Y también por los jornaleros y labriegos sin propiedades, que, de pronto, se veían con un “capitalito” en tierras. Lógicamente, como era de esperar, comprobaron que, frecuentemente, las explotaciones resultantes no les sacaban de la miseria, no eran rentables.

 

Menos aún en un ambiente de guerra, con mercados deshechos e intervenidos. Sólo para productos muy específicos, generalmente con denominación de origen, en el Pirineo, Galicia y el litoral mediterráneo, este tipo de fincas puede enfrentarse a las empresas organizadas racionalmente, con fuertes inversiones y mecanización. Los anarquistas, contraviniendo sus prédicas tradicionales, se oponían al reparto de tierras, teorizando que reproducían la ambición pequeño-burguesa, lo que mostraba, una vez más, cómo se habían aproximado a los postulados marxistas. La experiencia demostró lo correcto del análisis, cómo se producía acaparación, desabastecimiento, escasez, mercado negro, encarecimiento y desmoralización en la zona republicana, mientras la autogestión obrera, la auténtica cooperativa, producía más alimento, pero, sobretodo, de mucha mejor calidad. Así lo llegó a reconocer el comunista Gobernador Civil de Cuenca. Sin embargo las colectividades fracasaron en la constancia y regularidad de su distribución de productos, si bien hay que considerar las requisas de camiones para el esfuerzo bélico, de lo que eran culpables, en gran medida, las milicias anarquistas, y su comportamiento desorganizado. Toda la ineficiencia de la producción y distribución agrícola iba a sufrirla la intendencia militar republicana y de las Brigadas Internacionales. El Gobierno estaba angustiado por el poder de las milicias anarquistas en Aragón.

 

En marzo de 1936 Sanjurjo se entrevistó en Berlín con el Tenientecoronel Beigbeder, que había sido influyente hasta el año anterior. Las relaciones entre sectores militares españoles y alemanes había sido estrecha desde la I Guerra Mundial, cuando éstos trataron de conseguir la participación de España a su favor, bien atacando a Francia desde el sur, en un segundo Frente, bien cerrando el Estrecho de Gibraltar a la Marina británica, dificultando la conexión con la India provisoria. Al terminar la Gran Guerra, enviaron a los generales africanistas sus excedentes de gas mostaza, el mismo por cuyo uso contra las kurdos, a los que se permite que los turcos bombardeen, invadan y asesinen a su antojo, ya que, para ellos, sí son terroristas, y, además, no son de su propio país, sino de uno extranjero, lo que, al parecer, les da mayor derecho de injerencia, se ahorcó a Sadam Jusseín. Con dicho gas bombardearon a los rifeños en la década siguiente. Colaboraron con la creación de la aviación española. La militar, que, prácticamente, se estrenó en el desembarco de la bahía de al-Joceima, o Alhucemas. Y la civil, puesto que Lufthansa participó en la fundación de Iberia, en 1927. Y en la de Construcciones Aeronáuticas. El hidroavión “Plus Ultra” era un Dornier “Ballena”, de diseño alemán. También fueron diseño alemán muchos de los fabricados por la Hispano Aviación, filial aeronáutica de la automovilística Hispano Suiza, que también produjo motores para aviones, e incluso cañones, ambos de prestigio internacional. Sanjurjo cometió el error de no entrar en contacto con las autoridades civiles. Posiblemente consideraba a Hitler y charlatán alucinado, y creyó que el camino más seguro era influir directamente al Presidente de la República, el Mariscal de Campo Hindenburg. Pero se equivocaba. Porque Hitler podría estar loco, pero controlaba rígidamente el poder.

 

Situó en los puestos claves a verdaderos fanáticos, que sentían por él una devoción y fanatismo ilimitado. O bien cobardes, que temblaban ante sus frecuentes arrebatos de cólera. Hitler odiaba a los militares, desde que su prima, la única mujer a la que amó, lo despreció por un Teniente de húsares: hacía todo lo posible por zaherirlos, humillarlos, y bastaba que le recomendasen cualquier cosa para hacer lo contrario. El 16 de julio, el cónsul general italiano en Marruecos, telegrafió a Mussolini que Franco preparaba una inminente rebelión en Tetuán, lo que demuestra su íntimo contacto con él. El 19, Giral, Presidente del Gobierno español, telegrafió al socialista Léon Blum, Primer Ministro francés, pidiendo su fraternal ayuda, en vista del peligro de la insurrección militar. De inmediato accedió al envío de 20 bombarderos Potez, un diseño obsoleto, pero que podía ser efectivo en una España con material de guerra anticuado, y una cantidad ridícula de autoametralladoras Hotchkiss, cañones Schneider, fusiles Lebel, todo ello ya muy superado, granadas y cartuchos. Todo ello provocó el enfrentamiento en las calles de Paris de izquierdistas y fascistas, que los militares franceses aprovecharon para mostrar su inquietud y sus simpatías por los sediciosos españoles. Se producen manifestaciones populares pidiendo cañones y aviones para España, y una concentración en el Velódromo ciclístico de Invierno aclamó a “Pasionaria”, mientras los “pacifistas” sostienen que criticar a Hitler o a Mussolini es amenazar la paz.

 

El embajador, Juan Cárdenas, y el agregado militar, Antonio Barroso, en París, traicionaron al Estado español: informaron de la petición de ayuda al Gobierno francés al embajador de éste en Londres, que creía ciegamente en la imperiosa necesidad de mantener el beneplácito británico para asegurar su colaboración en la defensa de Francia, y a la prensa, sobretodo de derechas (por ejemplo France-Soir) lo que servía de propaganda para los golpistas, ya que expresaba su importancia, que el Gobierno español negaba públicamente, mientras bloqueaba dichas transacciones. Fernando De Los Ríos, de vacaciones en Ginebra, encargó a Pablo Azcárate que se encargara de la embajada de París. Pero ambos carecían de credenciales, fondos ni conocimientos armamentísticos, para cerrar el trato. El propio 19 de julio, cuando Franco se incorporó “oficialmente” a la sedición, recibiendo el mando del ejército de Africa, Bolín lo dejó en Tetuán y voló a Lisboa, donde consiguió la firma de Sanjurjo ratificando la carta dirigida por Franco, presentándose como comprador de suministros y aviones para el “ejército español no marxista”, lo que debería incluir a la inmensa mayoría de los leales al Gobierno legítimo. Fue lo último que hizo Sanjurjo antes del cadente aéreo que le costaría la vida, tan ventajoso para Franco. Salvador de Madariaga, miembro de una familia de tradición militar, colaborador del Ministerio de Asuntos Exteriores británico durante la I Guerra Mundial, Jefe del Departamento de Desarme de la Sociedad de Naciones durante la dictadura de Primo de Rivera, embajador de la República en Estados Unidos y en la Sociedad de Naciones, Ministro de Instrucción Pública y de Justicia durante gobiernos de la coalición radical-cedista, mantenía que, sin ayuda extranjera, ninguno de los dos contendientes podía ganar la guerra.

 

¿Una guerra perpetua? Basándose en dicha apreciación, el Ministro de Asuntos Exteriores británico, el conservador Anthoy Eden, convenció al Gobierno francés que enviar armas a al Gobierno legítimo de España era estimular a Alemania y a Italia a que multiplicasen su apoyo a los rebeldes, por lo que la mejor ayuda que podía prestarle era no hacerlo, impedir que llegara armamento a ninguna de la dos zonas ¡Increíble! El 21 de julio Bolín llegó a Roma. El 22 recibió una carta de Alfonso XIII, que le entregó su secretario privado, el marqués de Viana. Ambos se entrevistaron con Galeazzo Ciano, Ministro de Asuntos Exteriores de Mussolini, su suegro. Aquél les prometió todo lo que necesitase para acabar con la amenaza comunista en todo el Mediterráneo. Sin embargo, la muerte de Calvo Sotelo y de Sanjurjo, había dejado al Duce sin personas de confianza, es decir, sin vasallos sumisos, por lo que decidió congelar la ayuda. Ese mismo día Franco pidió a Hitler aviones de transporte, a través de Beigbeder, el mismo con el que había conectado Sanjurjo. En Canarias habían secuestrado un avión alemán. El 25 de julio Franco lo devolvió, enviando en él a dos nazis alemanes, afincados en Marruecos, que comerciaban con los insurrectos, y al ayudante de campo del General Kindelán. Conscientes del riesgo que podía suponer, los responsables diplomáticos impidieron que pudiesen entrar en contacto con miembros del Gobierno o dirigentes del Partido. Sin embargo, antes de salir de Marruecos, uno de esos empresarios había conseguido comunicación con el encargado de España y Marruecos en la ABWEHR, quien convenció a Alfred Hess del interés del planteamiento. Este conectó con su hermano Rudolf, la mano derecha de Hitler en ese momento. Fue así como Hitler los recibió, después de presenciar la opera melodramatica “Sigfrid”, lo que pudo influir en su ánimo de lograr hazañas.

 

Los emisarios, tras entregarle una carta manuscrita por Franco, en la que explicaba los motivos de la sedición y pedía ayuda armamentística, presentaron a Franco como un nuevo héroe moderno, como el más hábil de los Generales españoles, lo cual no era demasiado meritorio, relatando sus proezas en Africa y en la represión de la huelga general revolucionaria de Asturias. Tan impresionado debió quedar que, no sólo accedió a lo que le pedían, sino que duplicó el número de aviones de transportes solicitados, considerando que era el elemento más necesario en aquél momento: toda una lección de estrategia militar. Mola también había pedido ayuda de Hitler. Este insistió en que el material que enviaría sólo podía ser utilizado por Franco, lo que este incumpliría parcialmente. Con ello estaba desacreditando y dejando a Mola en situación comprometida, militar y políticamente: Hitler no sólo influía en el futuro de España apoyando al que, desde ese momento, sería su protegido, frente al Gobierno constitucional, sino, incluso, frente al auténtico organizador de la insurrección. La reunión concluyó a la una y media de la madrugada de aquél 26 de julio, ordenando a los Ministros del Aire, el Mariscal de Campo Goering, y de la Guerra, General Von Blomberg, que lo organizaran todo urgentemente. Goering, amante de la ópera, posiblemente influido por el momento, lo denominó Operación Feuerzauber, como el último acto de Sigfrido.

 

Se decidió entregar a Franco 20 Junker 52, 6 cazabombarderos Heinkel 51, que, entonces, eran la fuerza de línea de cazas de la Luftwaffe, si bien estaban a punto de ser sustituidos por los Messerschmitt Bf-109, con sus tripulaciones y equipos de mantenimiento, con mecánicos e ingenieros, 20 cañones antiaéreos con sus dotaciones, instructores para todo ello, una unidad médica, además de otro material y municiones. Los envíos se simularían a través de una empresa fantasma, la Sociedad Hispano-Marroquí de Transportes (HISMA) como transacciones comerciales, durante toda la guerra. Desde 1937 esta sociedad fundó otras, como Aralar, Santa Tecla, Sierra de Gredos o Montes de Galicia, que acapararon participaciones en las principales empresas mineras españoles. Tal vez fuese el pago por el material que se estaba recibiendo: “el oro de Berlín”, en forma de piritas e hierro, necesarios para su producción armamentística, más útil que el oro, del que Franco carecía. Goering creó un departamento para reclutar pilotos “voluntarios”, supervisar la utilización del material y, sobretodo, el funcionamiento de las nuevas armas, aún no probadas en combate, especialmente la aviación. Ante la resistencia de Mussolini, Franco tuvo que convencer al cónsul general italiano en Tánger y a su agregado militar y agente del Servicio de Inteligencia Militar. Mediante ellos le “informó” que, si le enviaba la ayuda que pedía, podía garantizarle el triunfo de la insurrección, aunque “Francia continúe con el envío de armas y munición al gobierno de Madrid”. Al parecer esta última frase fue clave para conseguir sus propósitos, por lo que, siguiendo su simplista modo de comportamiento, seguiría repitiendo tal argumentación hasta la saciedad. También es posible que Mussolini supiera que Hitler ya había decidido enviarle ayuda, que Stalin se negaba a intervenir en el conflicto, o que el Gobierno británico se decantaba del lado de Franco.

 

O que los términos serviles, tan propio de Franco respecto de sus “superiores” nazi-fascistas, le convencieran de que había conseguido un nuevo vasallo, en sustitución de los difuntos. Lo cierto es que el 30 de julio recibió 12 bombarderos Savoia-Marchetti 81, lo mejor con lo que contaban los italianos, aunque su diseño ya era muy obsoleto, dos muy modernos aviones trimotores de transporte, parecidos a los alemanes Junker 52, y un barco con combustible y municiones. Con ello Mussolini se anticipaba a Hitler. De los 12 bombarderos, dos se estrellaron entre Cerdeña y Nador, con mecánicos, técnicos y 170.000 cartuchos, y otro tuvo que aterrizar por avería en el Marruecos francés, de modo que nadie podía dudar del apoyo que Franco estaba recibiendo: las evidencias resultaban innegables. Los que mejor conocimiento tenían de la situación eran los alemanes. No sólo por los informes de sus propios militares en combate, por sus agentes secretos, su embajada, por la que le facilitaban los insurrectos y los fascistas más afines a ellos, sino a través de los empresarios alemanes y sus contactos. El Almirante Canaris, que dirigía la inteligencia militar alemana, la ABWEHR, se había visto con Franco, en España, varias veces, y estaba de acuerdo con sus planes. Sin embargo el Ministro de Asuntos Exteriores por entonces, Von Neurath, se negaba a apoyar a Franco, temiendo una reacción británica, contra la cual no estaban aún preparados. Es lógico que Hitler acabara destituyéndolo. Desde el 1 de agosto Franco recibió el material alemán, en Cádiz, a veces a través de Lisboa, que incluía carros de combate Panzer Pkzw I, cañones antiaéreos de 20 y de 88 mm., lo más moderno en este tipo de armas, que se harían mundialmente famosos, al utilizarse, en contra de su diseño inicial, como armas contra carros y, posteriormente, como armamento de los mismos.

 

A partir de entonces, cuatro aviones de transporte volarían desde Alemania semanalmente, y cada 5 días partiría un barco mercante, durante dos años. En toda la guerra Hitler remitió a Franco 170 buques cargados de material. No obstante, el envío de tropas no estuvo al completo hasta mediados de noviembre, cuando el fracaso de Franco en Madrid impulsó la creación de la Legión Cóndor. El triunfo del fascismo en España suponía amenazar a Francia por dos Frentes, obligándola a inmovilizar buena cantidad de tropas en la frontera sur, y la ruta marítima británica hacia el canal de Suez, obligando al Reino Unido de la Gran Bretaña a retirar unidades de combate del Atlántico. Los alemanes utilizarían los puertos de Vigo, El Ferrol, Cádiz y Las Palmas de Gran Canaria para atracar y reabastecer sus submarinos, aunque también lo harían en altamar, especialmente a través de los pesqueros gallegos. Además la guerra en España les permitió a sus soldados y, sobretodo, jóvenes oficiales, conseguir experiencia de combate y valorar sobre el terreno las nuevas tácticas estudiadas por los teóricos militares. A pesar de ello, el 2 de agosto los franceses propusieron internacionalmente la idea británica de impedir la intervención en la guerra española. Preguntaron a Italia y Alemania si apoyaban tal planteamiento. El 4 se habían negado a ello, mientras aceleraban su entrega de material a los sediciosos, por lo que pudiese ocurrir. El 5 de agosto, los aviones italianos escoltaron el “Convoy de la Victoria” a través del Estrecho de Gibraltar.

 

Y, sin embargo, el Gobierno británico, a través de su embajador en París, seguía presionando al francés para que no se dejara influenciar por las manifestaciones callejeras favorables a la República Española, asegurándole que estaba controlada por los ácratas más radicales, y que sólo los fascistas podían impedir el anarquismo y la influencia soviética, que aún no se había producido, exigiendo que, hasta que internacionalmente se aprobase impedir ninguna intervención, Francia se anticipara cortando el comercio privado con la España democrática. Y aún hay quien se sorprende, o se deja engañar, por el comportamiento de las “democracias occidentales”. Hay un dato que es necesario tener en cuenta: las relaciones entre Hitler y Mussolini estaban muy deterioradas, debido a que el primero quería anexionar su verdadera patria, Austria, a Alemania. Pero el imperialista Duce ya había puestos sus ojos en aquella diminuta y abandonada nación, privada de su propio imperio, sin costas, y separada de cualquier país que se atreviese a prestarle ayuda, excepto Alemania. Para limar asperezas Hitler visitó a Mussolini, quien le recibió con una apoteósica exhibición armamentística, desconociendo los planes secretos de rearme de aquél, que, posiblemente aceleraría, acabando con cualquier resistencia al mismo, tras el inmenso desfile que presenció de los italianos. Además, el Duce le trató con total arrogancia, haciéndole ver que él tenía la primacía en el “invento” del fascismo y en la toma del poder. Hitler regresó enfurecido. Posiblemente todo esto colaborase a la política de apaciguamiento británica, esperando que la rivalidad entre ambos fascismos les acobardase para entrometerse en una guerra lejana. 

 

Pero fue precisamente al revés: quizás la competencia por conseguir bases aeronavales en España, controlando el Estrecho de Gibraltar, les llevó a rivalizar en su entrega de material a Franco, y, con ello, a colaborar en la guerra española, superando y aplazando sus diferencias respecto de la anexión austriaca. El 7 le llegaron de Italia 27 cazas FIAT, cinco carros de combate ligeros FIAT-Ansaldo, 40 ametralladoras, 12 cañones y gran amunicionamiento, mientras la propaganda fascista, como siempre miente la derecha, repetía que la República había recibido 20 ó 50 (mucha diferencia ¿no?) aviones franceses. Sí es cierto que el 8 de agosto había comprado 13 cazas y 6 bombarderos franceses, sin tripulantes y desarmados, a través de sociedades privadas y otros países, especialmente Méjico. Además, basándose en los ficheros incautados por los milicianos al consulado alemán de Barcelona, el Gobierno republicano demostró que la intervención fascista había sido acordada con los Generales sediciosos desde mucho antes del fallido golpe de Estado. Sin embargo, ese mismo día, el Gobierno francés prohibió la entrada en España de armas y aviones civiles, fuese cual fuese su origen, a pesar de que ninguna otra potencia se hubiese comprometido con la propuesta de evitar la intervención internacional. Al contrario: Alemania e Italia incrementaban sus envíos de tropas y material a los sediciosos, que Eden expresaba desconocer. E Ibiza y Formentera habían sido reconquistadas sin dificultad. El día anterior se había producido el primer bombardeo aéreo de Madrid, que provocaría asesinato de presos fascistas, en represalia. Al comienzo de la guerra, España poseía unas reservas de 635 toneladas de oro, 715 millones de dólares de la época, mientras que los fascistas sólo podían hacer promesas para el caso de que consiguiesen el poder.

 

Sin embargo Juan March aportó a los fascistas 15 millones de libras esterlinas, y Alfonso XIII, 10 millones de dólares, de los 85 que había conseguido evadir de España. Igual harían otros muchos que habían retirado sus capitales al extranjero desde la llegada de la República, especialmente durante el inquietante año 1936, pero también desde que la dictadura de Primo de Rivera dio síntomas de derrumbe económico, sobretodo tras la desastrosa gestión de la que, en teoría, era responsable su Ministro de Hacienda, Calvo Sotelo, aunque en realidad era poco más que un pelele de los militares, y que, después del 14 de abril de 1931, no vieron mejores motivos para retornarlos. También hubo aportaciones de particulares extranjeros, como el petrolero Deterding. Mejor ayuda les prestaron los que impidieron al Gobierno legítimo disponer de sus fondos o créditos en el extranjero, entorpeciéndole su comercio, obligándole a pagar en efectivo y por adelantado, o reteniendo las mercancías en puertos y fronteras, negándole o dificultándole las licencias de exportación o los permisos de embarque. Mientras tanto, Franco recibía 3.500.000 toneladas de petróleo totalmente a crédito. El Gobierno constitucional no pudo obtener ni siquiera la mitad. Thorkild Rieber, presidente de la Texas Oil Company y admirador del fascismo, al conocer la sedición de los generales, desvió 5 petroleros en camino, hacia la refinería de petróleo de Tenerife, controlada por Franco, cuando eran suministros comprados por CAMPSA, empresa semiestatal. A mediados de agosto se entrevistó con Franco y le ofreció todo el petróleo que necesitara, a crédito, y sin plazo para pagarlo. A final de año ya le había enviado 344.000 toneladas, que llegarían a 1.866.000 durante toda la guerra.

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