Autogestión: La revolución anarquista

   

La conquista del Alcázar era bastante difícil. Casi tanto como su destrucción. Los milicianos tardaron mucho tiempo en conseguir un solo cañón de 175 mm., con el que tampoco hicieron mucha mella en su estructura. Pero, en realidad, el bastión defensivo se basa en sótanos subterráneos, completamente inmunes a los bombardeos. Los milicianos se protegían del sol con sombreros de paja, se tendían en sus colchonetas tras sus parapetos, intercambiaban insultos con los guardias civiles rebeldes y cesaban el fuego dos veces al día, para que un ciego pedigüeño pudiese recorrer la calle del Carmen, en plena línea de tiro: esto sólo podía ocurrir en España. Según la épica franquista, el 23 de julio, mediante conversación telefónica, Cándido Cabello, abogado toledano, amenazó con fusilar al hijo mayor del Coronel Moscardó, si no se rendía, a lo que éste respondió animando a su hijo a morir como un valiente, lo que ocurrió en el acto. No hay pruebas concluyentes de que tal conversación llegara a realizarse, o fuese de tal naturaleza. En realidad el hijo del Coronel Moscardó no fue fusilado sino un mes más tarde, como represalia por un bombardeo aéreo fascista, que causó muchas muertes en Toledo. La verdad es que el Coronel Moscardó había tomado más de 100 rehenes toledanos, incluidos mujeres y niños, que no saldrían con vida de allí, aunque si sobrevivieron las esposas de los guardias civiles que allí se refugiaron. El Gobierno, el Coronel Rojo y el embajador de Chile, representando al cuerpo diplomático, hicieron infructuosos intentos para que fuesen liberados. Parece ser que se les fusiló, utilizando sus cadáveres para cegar las brechas abiertas por la artillería. La leyenda sobre el Alcázar, contada en su beneficio, su interés y forma, se convirtió en el signo del franquismo.

 

A los refugiados allí, creídos de que Moscardó había permitido el fusilamiento de su hijo, ni se les podía ocurrir rendirse, hacer inútil tal sacrificio, que se asimilaba al de Abrajam con su hijo Isaac (si bien Dios no permitió que lo consumara, lo que, según la leyenda franquista, no se encargó de hacer con el hijo de Moscardó) con el mismo Dios, que entregó a Su Hijo para la redención de la Humanidad pecaminosa, pero, sobretodo, con la leyenda de Guzmán “El Bueno”. Esta leyenda posiblemente sea una derivación de su propio apellido, tal vez derivado del inglés Goodman, que significa “Hombre Bueno”. En ella se omite que tenía siete hijos, el último de los cuales (tal vez ya viudo) se lo entregó a su hermano, para que se encargase de criarlo, y que fue éste, aliado de los mahometanos, y no estos, el que, presuntamente, le amenazó con matarlo, pero que no llegó a cumplir. La ocultación de todos estos detalles potencia el carácter emotivo, pero también la falsía, interesada, de tal leyenda. La prensa internacional se deshizo en honores a los cadetes héroes, asemejándolos a los del castillo de Chapultepec, durante la invasión estadounidense de anexión de California, Nuevo Méjico, Arizona, Nevada, Colorado y Utah. En este caso, en realidad, los 37 cadetes huyeron, como la mitad de la guarnición, aunque fueron apresados por los invasores, sólo 4 murieron, 2 al cruzar el jardín botánico, otro al tirarse por la ventana desde la que protegió la huida de sus compañeros, y otro defendiendo la retirada. En el Alcázar, los cadetes estaban de vacaciones. Sólo 9 estaban allí, posiblemente porque no tenían familia disponible para acogerles en esas fechas, y se amotinaron.

 

Los sediciosos eran, en realidad, guardias civiles, al mando del Tenientecoronel Romero Bassart, que fue el verdadero organizador de la defensa. El 2 de septiembre Yagüe llegó al valle del Tajo, y avanzó por su margen izquierda, lo que defendía su flanco izquierdo de un ataque desde Madrid, pero hacía azarosa su progresión hacia dicha ciudad, si antes no tomaba una cabeza de puente. Es la misma situación en la que se encontró Von Paulus en su asalto a Stalingrad, la actual Volgagrad, aunque allí el desenlace fue catastrófico para los nazis porque cayeron en la trampa de cruzar el río, y sólo hacerlo con la mitad de sus tropas, mientras los carros de combate medios y pesados soviéticos, con efecto másico, en un ataque fulgurante y sorprendente, cercó sus posiciones y la ciudad. Asensio y Castejón avanzaron por las peñas del sur del río hacia Navalmoral de la Mata, siendo sorprendidos por un ataque de la escuadrilla internacional formada por André Malraux, el literato francés. A continuación 8.000 milicianos, al mando del General Riquelme, se les enfrentaron. Yagüe ordenó un movimiento envolvente y, antes de ser cercados, los milicianos debieron retroceder. Los experimentados marroquíes, utilizando su táctica habitual, se escondían por todos los recursos del terreno, sorprendiendo a los inexpertos milicianos de ciudad con ataques a corta distancia, que no podían repelerse. Algunos milicianos organizaron guerrillas para detener el avance fascista.

 

Muchas veces, a raíz de los resultados durante la II Guerra Mundial, sobretodo en Yugoeslavia, y menos en Francia o Bielorrusia, se ha especulado que esta era la forma adecuada de enfrentárseles por unos combatientes sin adecuado adiestramiento militar, y no la defensa en posiciones estáticas, como presentaba Riquelme y otros muchos, militares conservadores, sin imaginación ni capacidad táctica, con espíritu funcionarial más que técnicos vocacionales en el arte de la guerra. Aprovechando su empuje, Yagüe avanzó sin parar, sin dar aliento ni permitir la organización de la defensa, hacia Talavera de la Reina, el objetivo más destacado en la ruta de Madrid. Esto forzó al repliegue continuado de 10.000 milicianos, causando su agotamiento y desmoralización. Finalmente, un ataque lateral, amenazando envolverlos, con bombardeo aéreo y artillero, acabó con ellos. Sólo los más valientes decidieron resistir hasta el final. La noche del 3 de septiembre, a sólo 100 kmtrs. de Madrid, fueron abandonando las escasas armas de la República por la carretera. En un mes de ataques y progresión continuos, Yagüe había sumado otros 200 kmtrs.: le estaba dando a Franco la preeminencia militar en la sublevación ¿Por qué no continuó su avance hacia Madrid? Si no a la misma velocidad a otra inferior, tomando más precauciones, pero continuar su avance. Aunque Franco le ordenase que se desviara hacia Toledo, podía haber dividido sus fuerzas, como hizo cuando se le ordenó retroceder hacia Badajoz. Pero ¿por qué se tomó tanto tiempo en dirigirse a Toledo, en conquistarlo, lo que, al final, se hizo casi sin lucha, dada la superioridad numérica y material de los atacantes? Al menos haber lanzado patrullas de reconocimiento, que le confirmarían la situación de desmoralización y nulo convencimiento en la resistencia de los milicianos.

 

Sólo hay una explicación posible: que la orden de Franco no fuera desviarse hacia Toledo, sino, simplemente frenar. Algo que, hasta ahora, no cuenta con ningún respaldo documental. Quizás Franco se estaba arrepintiendo de haber enviado tanto material a Mola, de que éste, inopinadamente, se hubiese dirigido hacia San Sebastián, en lugar de converger ambos hacia Madrid, a pesar de haber fanfarroneado de que tomaría café, en pocos días, en la Gran Vía madrileña. Tal vez quería dejarlo como fatuo, incumplidor, poco digno de confiar en sus compromisos. Por esas fechas estaba claro, todos los militares, nacionales y extranjeros, asesores y Gobierno fascistas, coincidían en que era necesario un mando único. Tal vez Franco quería dejar constancia de que, sin él, el triunfo, simplemente, no era posible. Y que, por tanto, debían plegarse a las condiciones que él impusiese. Franco debía saber que conquistar una gran ciudad era mucho más difícil que derrotar a obreros, sin experiencia de combate, en campo abierto o pequeñas ciudades. De hecho Madrid no fue conquistada durante toda la guerra: fue necesario acudir a la traición, como en la toma de Gibraltar, para terminar con ella. Quizás esperaba que Mola fracasase en San Sebastián. Pero, para sacar ventaja de ello, él no debía intentar siquiera el asalto a Madrid, arriesgándose a una derrota. Ni Hitler ni Mussolini querían una guerra larga, que diese tiempo a recapacitar a británicos y franceses, a que apoyaran, finalmente, a la democracia española. Pero Franco se planteaba una dictadura personal vitalicia, y una guerra larga le daba la oportunidad del exterminio de todos los que se le opusieran. Queipo de Llano también era de la misma opinión: el General italiano Mario Rotta comentó que le había dicho que la guerra debía ser lenta, dando tiempo a “pacificar” todo el país.

 

El incendio de Irún, quizás innecesario, había provocado la cólera de los nacionalistas vascos, que preferían un rendición que permitiese la supervivencia de los suyos (confiaban en sus escasas diferencias ideológicas con los sublevados para ello) que la destrucción de su país, fueses quien fuese el vencedor. En San Sebastián los anarquistas culpaban a los nacionalistas por no apoyarles suficientemente. En tales circunstancias se corrió la voz de que el Gobernador Civil negociaba la rendición de la ciudad. Tras un enfrentamiento entre anarquistas y nacionalistas, el 14 de septiembre se abandonó la ciudad. El Coronel De Los Arcos, que había reemplazado a Beorlegui, se apoderó de toda Guipúzcoa, salvo Eibar y Elgueta, que continuaron resistiendo. Ya no había posibilidad de retirarse hacia Francia o recibir armas y munición desde allí, si hubiesen tenido intención de permitirlo. Tal como sabían muy bien los militares, ahora la situación se hacía evidente, y la desmoralización se extendería entre los defensores del Gobierno legítimo en el Frente norte. Cuando Franco ordenó a Yagúe que se desviara para liberar el Alcázar de Toledo, se enfadó por tal decisión, carente de ningún sentido militar (si lo tenía político, para las ilimitadas ambiciones de dictador absoluto de Franco) por lo que, tras la toma de Ronda el 18 de septiembre por Varela, fue sustituido por éste, mucho más sumiso, aunque mucho menos efectivo. Los historiadores franquistas justifican tal destitución porque cayó enfermo el 20 de septiembre. Aunque también pudo ser un ataque de ira, a los que Yagüe era propenso, por la incomprensible, a su entender, decisión de su jefe. Franco y su equipo de propaganda llegaron, cuando ya no había peligro, para presentarse internacionalmente como el más victorioso de los insurrectos, el héroe de la ofensiva. Ya no había posibilidad de retirarse hacia Francia o recibir armas y munición desde allí, si hubiesen tenido intención de permitirlo. Tal como sabían muy bien los militares, ahora la situación se hacía evidente, y la desmoralización se extendería entre los defensores del Gobierno legítimo en el Frente norte.

 

A partir del 28 de septiembre, Queipo de Llano impuso licencias al comercio exterior, método que Franco continuaría utilizando durante 40 años. Las concedía, en principio, una nombrada Junta Reguladora de Exportación e Importación, con absoluta arbitrariedad y métodos puramente mafiosos, iniciando la corrupción y el mercado negro que caracterizarían todo el franquismo. Giral había fracasado como Presidente del Gobierno. Su rápida y decidida acción mientras fue Ministro de Marina, que pudo haber sido esencial si hubiese contado con mayor poder, si se le hubiese escuchado en el Ministerio de Guerra, ya no era posible, ante un ejército disuelto que precisaba reconstruirse. Mientras tanto la CNT y la UGT, fundamento de las milicias, crecían espectacularmente, alcanzando los dos millones de afiliados cada una. En parte por solidaridad ante el esfuerzo de guerra, por el heroísmo mostrado por sus afiliados en la defensa de la República, pero también comprendiendo, con ello, que el poder se deslizaba hacia los obreros: los amotinados les estaban consiguiendo, a costa de la sangre y los mártires que les causaban, lo que les habían negado el pacto de candidaturas del Bloque Popular y las urnas. Igualmente crecía la minúscula Confederación General de Trabajadores Unitaria, formada por los comunistas expulsados de los otros sindicatos. Y el Partido Obrero de Unificación Marxista. Pero, sobre todo, el PCE, que, tras ocho meses de guerra, alcanzaría los 250.000 militantes.

 

En su mayor parte se trataba de republicanos progresistas, alarmados por el ascenso del anarquismo, con el que simpatizaba el sector izquierdista del PSOE, y admirados por la disciplina que mostraban los comunistas, así como por su política de Frente Popular, de defensa de la democracia y respeto al pacto de contención revolucionaria, de acción común con los liberales republicanos, aunque sin someterse a sus planteamientos, como hacía el ala derechista del PSOE. Pero también había oportunistas, que buscaban el control del poder, que veían bascular hacia la izquierda tenaz, organizada. Si es que no eran simpatizantes de los sediciosos, que intentaban con ello conseguir garantías, una especie de salvoconducto, de “expediente de pureza de sangre”, como se hacía en tiempos de la Inquisición, como los que se alistaban a la Falange, del otro lado. Aquello que los golpistas esgrimían como justificación era, precisamente, lo que estaban logrando, y lo que utilizarían como “prueba” de sus “vaticinios”: exactamente lo contrario de lo que pretendían con su estrategia exterminadora. Milicianos de UGT se paseaban por Madrid, donde eran mayoritarios. También de la CNT, que recibía continuo trasvase de aquellos, disconformes por su pasividad y templanza, inadecuada a los tiempos que corrían. Y de otras organizaciones de izquierda. Todos uniformados con mono azul oscuro, propio de los mecánicos, y brazaletes o pañuelos al cuello, rojo y negros para los anarquistas y rojos para los de UGT, PSOE y comunistas, sin afeitarse, mostrando ocupación de muchas horas a la causa, aspecto descuidado, “obrero”, pidiendo documentación a todo el mundo, perdiendo y haciendo perder el tiempo, sintiéndose importantes, sin ninguna utilidad, provocando una situación de asedio, en lugar de dirigirse a los Frentes para colaborar realmente en la lucha. Igual que jóvenes ociosos, con correaje militar y el fusil terciado a la espalda.

 

La resistencia de Casares Quiroga a entregar armas a la población, así como la falsaria bellaquería de los militares en Sevilla, Oviedo o San Sebastián, había producido desconfianza, por lo que se escondieron muchas de las armas finalmente repartidas, en previsión de nuevas traiciones, o a la espera de una futura revolución, mientras muchos milicianos llegaban a los Frentes con sus manos vacías, esperando que un compañero causase baja para hacerse cargo de su fusil, arreos y munición. Muchachas de las Juventudes Socialistas, con uniforme rojo y azul, recolectaban para el Socorro Rojo Internacional, entusiasmadas por un nuevo ambiente de libertad. Los Jóvenes Pioneros, organización escolar que imitaba al Komsomol ruso, popularmente conocidos como “balillas”, en oposición, más modernizada, a los “flechillas” falangistas, en doble fila, canturreaban consignas del momento, con entonación cansina, parvularia, como si fuese la tabla de multiplicar. Los periodistas extranjeros hacían notar que no se veían en público americanas, cuellos duros o corbatas, aunque no se les ocurría achacarlo al inusitado calor del verano del 36. Cuando se consiguió que la mayoría de los milicianos se integraran en el Frente, volvieron a abrir los restaurantes y tiendas de lujo. El dinero comenzó a escasear, por lo que los sindicatos emitieron “vales”. Antes de que la situación se descontrolase, el Ayuntamiento asumió tal responsabilidad. Comenzaron a constituirse comités revolucionarios o comités locales por todas partes, especie de soviets, que reproducían la proporción de las candidaturas del Bloque Popular, sustituyendo al Gobierno y a las autoridades locales en la organización de servicios básicos. Hoteles, locales comerciales e incluso viviendas fueron convertidos en hospitales, escuelas, alojamiento de milicianos, orfanatos y puestos de mando.

 

El Hotel Palace de Madrid, de los mayores de Europa, pasó a ser orfanato de víctimas del fascismo. El Ritz, hospital militar. Se organizaron fuerzas de seguridad, deteniendo a los asesinos que trataban de sacar provecho de la “caza de fascistas”. Milicianos anarquistas, con su mono de trabajo, acompañaban a los carabineros en la inspección de fronteras y controlaban los pasaportes. Un Comité de Fronteras decidía quién podía entrar. Tribunales revolucionarios se hicieron cargo de la “justicia”, mejorando los iniciales juicios fraudulentos, aunque en algún lugar continuasen siendo una farsa grotesca. Los acusados podían obtener defensa letrada de abogados, y citar a testigos. Las sentencias de muerte se hicieron infrecuentes, pasado el terror de las primeras semanas. Los anarquistas, muy extendidos entre los pescadores, estibadores y marineros gijonenses, crearon allí un Comité de Guerra que organizó una cooperativa para controlar toda su industria. Los mismos pescadores, y también en Avilés, incautaron y colectivizaron toda su flota, los muelles y las fábricas conserveras. Después de dos meses se fusionaron con el comité de la UGT, que controlaba el interior, los valles mineros, en un Consejo conjunto, presidido por uno de tal procedencia. En Santander fue la UGT la que creó el Comité de Guerra, al que los anarquistas criticaron de autoritario. En el País Vasco se crearon Juntas de Defensa, en las que los nacionalistas se peleaban con anarquistas y comunistas, mientras aquellos negociaban con el Gobierno un Estatuto de Autonomía ilegal, sin cumplir los plazos y procedimientos impuestos por la Constitución, que impidió a Andalucía tener el suyo antes de que Queipo de Llano y Franco acabasen con el cuadro, el precio que habían puesto por colaborar con los demócratas contra los fascistas. En septiembre murió el octogenario Alfonso Carlos de Borbón, pretendiente carlista, sin dejar descendencia, en otro ventajoso, para Franco, accidente, en este caso automovilístico.

 

Ante el encarcelamiento de Primo de Rivera, el Consejo Nacional de la Falange nombró una Junta de Mando Provisional, de siete miembros, para suplirlo, designando a uno de ellos, al Jefe Provincial de Santander, Manuel Hedilla, como Jefe Nacional. A Franco no debió gustarle: era un miembro del ala izquierdista, republicanista, “revolucionaria”, por lo que podía convertirse en un elemento de desunión, de desavenencia, respecto de sus pactos con los conservadores, los eclesiásticos y los monárquicos. Le era mucho más práctico, ventajoso, un “Jefe ausente”, “mudo”, que no pudiese decidir, ni, por tanto, oponerse a nada. En sustitución del Himno del Tenientecoronel Riego, Franco impuso el de la Legión Extranjera, “El novio de la muerte”, con su fantasmagórica y macabra alegoría, posiblemente utilizada con intencionalidad terrorista, que contaminaba acústicamente las calles, a través de altavoces. Cambió los noticiarios de las emisoras de radiofrecuencia por “partes de guerra”  -con toques de cornetín de órdenes militares como música de sintonía- emitidos desde el cuartel del Generalísimo (recordemos que era el tratamiento que utilizaba Godoy) que, a su vez, servían de fuente para las publicaciones periódicas. De esta forma podía manipular la información, presentándose a sí mismo como héroe victorioso. En “El laberinto español”, Gerald Brenan narra que los visitantes de Barcelona se contagiaban, aquel otoño, del ambiente exultantemente transformador. Por ejemplo, los camareros devolvían las propinas explicando, cortésmente, que rebajaba al que la ofrecía (?) y a quien la aceptase. A los extranjeros, de inmediato, se les recibía repitiéndoles el ideario antifascista, y las ilusas esperanzas de la ayuda de las democracias frente al fascismo.

 

El hotel Ritz de Barcelona fue utilizado por la CNT y la UGT como “Unidad gastronómica número uno”, eufemismo de comedor público para quienes lo precisaran, para lo cual los comités locales expedían los correspondientes “pases”. Sorprendentemente, no se perdió casi ninguno de sus lujosos cubiertos. Los anarquistas lo explicaban por el hecho de haber pasado a ser propiedad del pueblo y éste no se roba a sí mismo. A los huidos del avance franquista se les aojaba en los pisos de los ricos. En Madrid el P.C.E. incautó el hotel Gaylord para su alta dirección, y, posteriormente, para los asesores soviéticos. Con perfecto conocimiento de lo que ocurría en las “democracias occidentales”, tanto el PCE como el PSUC, defendían, exaltadamente, que en España no había revolución, protegiendo a los industriales y a los pequeños campesinos -mientras, en la URSA, los kulaky insurrectos eran enviados masivamente a campos de trabajo forzado- actitud que tuvo su importancia en su crecimiento afiliativo. Tanto “La Vanguardia” como “El Noticiero” publicaban, en Cataluña, elogios al que denominaban “modelo de disciplina soviético”, posiblemente en oposición al anarquismo, que se adueñaba del levante español. El Gobierno liberal y el PCE coincidían en el control central para ganar la guerra. Un ejemplo de la escasa visión ácrata es que centraban su ofensiva en reconquistar Zaragoza, cuya importancia, tanto en sí misma como por ser nudo de comunicación entre Madrid y Barcelona, es innegable. Pero no comprendían la amenaza inmediata sobre la capital de la República. Para los anarquistas la única justificación para luchar contra el fascismo era progresar en la revolución social. Y aún continúan con tal argumentario. No estaban dispuestos a devolver lo que consideraban que habían conquistado, sin ninguna colaboración del Gobierno, que les negó las armas para su defensa.

 

Por el contrario, los comunistas concluyeron que era imperioso que el PCE controlara el poder, que impusiera disciplina y forzada unidad en toda la zona republicana. Indudablemente esta contradicción, conforme se agravase, iba a producir desmoralización en los defensores de la República. Largo Caballero, a pesar de sus simpatías por los anarquistas, no podía dejarlos de considerar como competidores de la UGT. Temía el ascenso de su afiliación, así como la propaganda que los fascistas estaban haciendo de la “revolución española”, que les cerraba las puertas de las “democracias occidentales”, más propensas a prestar oídos al fascismo internacional. En tal situación prefirió contratar los uniformes a empresas extranjeras, a pesar de la depreciación de la peseta, en lugar de a las industrias textiles socializadas por la CNT, dilapidando unas divisas que hubiesen sido preciosas, si se hubiese podido adquirir armas con igual facilidad que prendas. En el mismo sentido, el PSUC pidió a los afiliados a la UGT en Banca que obstruyesen las operaciones financieras de las empresas colectivizadas. No es justo, por tanto, culpar a la desorganización anarquista del descenso de la producción de la industria catalana. Los periodistas extranjeros comparaban la socialización empresarial como la vuelta a las comunidades medievales, en un tono romántico. En realidad se tecnificó y racionalizó el trabajo, tanto en la industria como en la agricultura: otra contradicción anarquista. Por ejemplo: el sindicato de la madera de la CNT cerró centenares de talleres que no eran eficientes, concentrando la producción en dos grandes plantas que superaban los 200 operarios cada una, reorganizado verticalmente toda la actividad, desde el talado en el Valle de Arán hasta el producto terminado. E igual hicieron en el curtido, la ingeniería ligera o la Banca.

 

Se agrupó las 20.000 empresas textiles catalanas, que empleaban a 230.000 trabajadores, el 75% de los cuales pertenecía a CNT, en un Consejo General, que controlaba y distribuía las importaciones de materia prima y la producción final, y fijaba salarios y precios. Si bien es cierto que, en ese momento, el problema no era el desempleo, sino suplir la mano de obra movilizada para la guerra. Los anarquistas pretendían un sistema que superase el despilfarro del capitalismo y la ineficiencia soviética, equilibrando los poderes de productores y consumidores, lo que constituyen perspectivas profundamente marxistas. Pero fallaron en todo. Tales planteamientos requieren que los trabajadores asuman parte de la visión empresarial. Sin dirigentes con la adecuada preparación teórica y decisiones centralizadas, les fue imposible comprender que, una vez tomada la propiedad o el control obrero de las empresas, la consuetudinaria pretensión de cobrar más y trabajar menos, dejaba de constituir un objetivo para el interés de la clase trabajadora, sino una expresión, típicamente capitalista, más bien pequeño-burguesa, de ambición individual, de interés personalista. Pero no sólo en las zonas industriales, también en las agrícolas se realizaron colectivizaciones, alcanzando la cifra de casi mil explotaciones colectivas, que agrupaban cerca de mil campesinos cada uno, lo que representa una cifra próxima a un millón de trabajadores bajo esta forma de propiedad compartida. Esto sí que era una auténtica revolución, más que una simple reforma, agraria. Y, también allí, la CNT consiguió, en bastantes casos, la colaboración de la UGT. Tal vez porque, técnicamente, era la forma más eficiente de mejorar la producción, tanto de latifundios como de minifundios, permitiendo la disponibilidad de trabajadores agrarios para su movilización militar.

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2 Responses to Autogestión: La revolución anarquista

  1. C. says:

    Guauuu que control… te debes de aburrir muchisimo en mi blog… es un lugar muy interesante,
    Un saludo

    • raromerol says:

      Estoy revisando los comentarios: no entiendo muy bien a qué te refieres con el control, el aburrimiento o que es un lugar muy interesante, pero, en todo caso, yo también te deseo salud.

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