La batalla de Extemadura

 

 

El 19 de julio Mola envió un millar de requetés, con algunos falangistas y otros voluntarios, comandados por el Coronel García Escámez, contra Madrid. En mayor número, unos 1.400, los envió a reforzar Zaragoza, una muy apreciable decisión militar, para impedir que las milicias anarquistas pudieran liberarla, de lo que estuvieron muy cerca. Y una tercera columna para ocupar posiciones en el litoral vasco, posiblemente con la intención de recibir abastecimientos, en especial municiones, por vía marítima. Como los obreros madrileños habían reconquistado Guadalajara, García Escámez debió desviarse hacia el norte, tomando la carretera de Burgos, lo que le llevó al puerto de Somosierra, en el Guadarrama. Era la misma ruta que 125 años antes tomaran las tropas napoleónicas para tomar Madrid. Allí se toparon con el Capitán Francisco Galán Rodríguez, hermano del Capitán Fermín Galán, fusilado por la sublevación republicana de Jaca, y milicianos madrileños. Los sediciosos consiguieron tomar el puerto, tras varias jornadas de lucha, pero agotaron sus municiones. Desde Valladolid, el Coronel Serrador, al mando de otro contingente, al que se le unieron guardias civiles y el resto del Regimiento de Transmisiones que había conseguido huir, tras su derrota en los acuartelamientos de El Pardo, intentó otro camino hacia Madrid, a través del Alto del León, pero tampoco disponía de munición suficiente. Semejante imprevisión sólo puede explicarse en la idea de un pronunciamiento, al estilo de los del siglo decimonono, que no iba a encontrar ninguna resistencia.

 

Fran­co le remitió inmensas cantidades de aprovisionamientos de fabricación alemana, a través de su otro aliado, el Portugal salazarista, o del puerto de Vigo: era consciente de que debía mantenerse la presión sobre Madrid, cercenando con ello la iniciativa estratégica del Gobierno constitucional, que pudiese dirigir milicianos hacia el sur, lo que haría peligrar su cabeza de playa andaluza, necesaria para el arribo del ejército de Africa. Sin embargo, para entonces, Madrid ya había organizado su defensa, constituyendo un Frente continuo. Así que Mola cambió de planes, enviando su fuerza principal, unos 3.500 hombres, bajo el mando del Comandante Beorlegui, hacia el norte, hacia el litoral vasco. De esta forma impedía el abastecimiento del Frente norte republicano desde la frontera francesa, suponiendo que éstos pretenderían ayudar a sus correligionarios frentepopulistas. La insurrección fascista en Valencia había provocado la creación de un Comité Ejecutivo Popular, en el que tenían la mayoría la CNT y la UGT, según su base afiliativa y su trascendencia social, no según los resultados electorales políticos. Una constatación más de cómo el poder se había desplazado hacia los obreros. Tras la derrota de los amotinados, la delegación enviado por el Gobierno para conseguir su rendición negociada, que no dio resultados, encabezada por Diego Martínez Barrio, se encargó de disolver dicho Comité Ejecutivo Popular, recuperando el poder para el Gobierno. También fracasó en ello. Este político sevillano, tipógrafo primero y periodista después, que había conocido la miseria, hijo de un albañil y huérfano de una vendedora del mercado, pertenecía a la logia masónica “La Fe de Sevilla”, y llegó a ser Gran Maestre del Gran Oriente Español. En 1923 fue elegido diputado a Cortes, pero la Junta del Censo y el Tribunal Supremo anularon su nombramiento, sustituyéndolo por Juan Ignacio Luca De Tena, de la familia propietaria de ABC.

 

Había sido Presidente del Gobierno durante dos meses, como persona muy respetada por todos, para dar confianza en la imparcialidad de las elecciones de 1933. En base a ello permitió la refundación de Falange Española y suspendió la aplicación de la Ley de Defensa de la República. En tal ambiente de derechización triunfó la Confederación Española de Derechas Autónomas, lo que provocó los primeros levantamientos anarquistas, que sofocó. Tras la deposición de Alcalá Zamora, como era presidente del Congreso, actuó como Presidente de la República en funciones, hasta que Azaña fuese elegido. Era, por tanto, la figura adecuada para negociar con los fascistas, por lo que Azaña le nombró Presidente del Gobierno, tras la dimisión de Casares Quiroga. El eligió al General Miaja como Ministro de la Guerra. Al fracasar ambos en su intento de convencer a Mola, dimitió a las tres horas de su nombramiento. Su sucesor, Giral, lo envió a Valencia con el mismo cometido. También se llevó a Miaja, y también fracasó, por lo que, al final, los acuartelamientos debieron ser asaltados por los milicianos, si bien los soldados habían comprendido la situación y no ofrecieron resistencia. Es lógico que los anarquistas no le hicieran el menor caso. Por todo el Levante se organizaron Comités Locales. El Gobierno, con una exquisita prudencia, en la situación en la que se encontraba, y, actuando sibilinamente, esperó a que las restricciones en los suministros y la financiación, llevaran a los anarquistas y a los nacionalistas a rendirse al control del Estado, sin importarle las consecuencias sobre la producción: aún no se tenía claro que la situación era de guerra, que su duración iba a ser muy prolongada, y que las simpatías internacionales (de los Gobiernos, no de la ciudadanía, lo que se demuestra, una y otra vez, que sirve de poco, si no actúa coherentemente a la hora de votar) se iban a decantar del lado del fascismo.

 

Los conservadores minifundistas huertanos eran los más reacios a la colectivización de sus explotaciones de alto rendimiento, tan necesarias para conseguir divisas. El Gobierno, junto con el sector derechista del PSOE y los comunistas, se basaron en estos agricultores para hacer frente al poder ácrata. Los presos comunes protestaron por el trato privilegiado que les daban a los hijos del dictador, quizás con la pretensión de que los fascistas actuaran en reciprocidad con los republicanos que tenían secuestrados ¡ilusos! por lo que se encargaron de su vigilancia milicianos anarquistas de la Comisión Provincial de Orden Público. A los Presidentes de la República y del Gobierno les llegaron rumores de que intentaban trasladarlos a Cartagena, donde les asesinarían, por lo que ambos ordenaron al Gobernador Civil que asegurase la integridad física de los dos terroristas, para lo que fue necesaria la implicación de Indalecio Prieto. Conforme Queipo de Llano comprendía que el mando militar se le escapaba de la mano, que estaba siendo ninguneado por Franco, la Iglesia y los nazis, emprendió una línea distinta de actuación. Ya resultaba obvio que se trataba de una guerra sin paliativos. Encararla, con posibilidades de éxito, y, sin entregar cualquier soberanía, sin el sometimiento absoluto, a italianos y alemanes, precisaba la compra, no el donativo, de armas. Y, para comprarlas, hacía falta dinero, más exactamente divisas, o crédito solvente. Debían estar en situación de competir con el Estado español, que, mal que bien, continuaba subsistiendo, funcionando, produciendo, generando divisas, acreditado, y, aún, solvente, por más que estuviese siendo ninguneado por las democracias. Fue Queipo de Llano el primero en darse cuenta. Vio la oportunidad que se le ofrecía y, con más sentido político que el resto de Generales amotinados, se dedicó a ello con la eficacia del más hábil pirata.

 

Así que decretó que pasaría por las armas sin formación de causa (¿para qué? ¿por qué debía hacerse justicia, a pesar de lo que se propagase, de lo que se justificase? así era más cómodo, en plan dictatorial) a los que cometiesen contrabando, defraudasen o exportaran capitales, según la “legalidad vigente”. Es decir, la ausencia de ella, según la forma fascista de falsear la realidad de los hechos. Exigió el aumento de producción, en el más puro estilo hitleriano, de todo lo que pudiese proporcionar divisas: el vino, el aceite y los cítricos. Concluyó acuerdos de comercio con los salazaristas portugueses, lógicamente sin el menor respaldo “legal”, ni siquiera de la Junta de Defensa Nacional. Sin embargo la presionó para que proporcionara fondos para comprar maquinaria suiza, con la que potenciar el funcionamiento de Hilaturas y Tejidos Andaluces (HYTASA) la única empresa textil integral del resto de España, aparte de Cataluña (uno de los motivos por los que, restaurada la democracia, como trueque por el apoyo de sus políticos, se la hizo desaparecer) que había quedado en manos de los fascistas. Con ello consolidó 2.500 puestos de trabajo, los mismos que los ¿neo?liberales, se disfracen bajo las siglas que sean, han permitido que se perdieran. Impuso que las exportaciones se cobraran, sobretodo, en libras o dólares, con los que podía comprar armamento, pero nunca en pesetas, cuya cotización internacional estaba decayendo, en parte motivada por esta decisión de Queipo de Llano, con lo que lastraba la posibilidad del Gobierno legítimo y constitucional de abastecerse de armas. Después de la guerra, al contrario de lo que había logrado la República, los fascistas nunca consiguieron recuperar la cotización de la peseta. El siguiente paso fue la requisitoria de entregar dichas divisas en el plazo de tres días, desde su cobro, bajo la amenaza de actuar “con energía” contra los que no lo hiciesen. Los cobros en pesetas no se podían controlar, ni descubrir los acumulados ocultamente, con la misma facilidad.

 

Según escribiría Kuznetsov, futuro agregado naval de la embajada soviética en España, la Flota republicana no supo cumplir con su deber impidiendo el paso del Estrecho de Gibraltar a las fuerzas fascistas. Tal afirmación pasa por alto algunos aspectos de importante significación. El primero es que, durante los dos primeros meses de guerra, el puente aéreo trajo a la península 12.000 legionarios y mercenarios indígenas “regulares”. Frente a dicha cifra, el contingente transportado en buques pierde su carácter decisivo. El Gobierno constitucional protestó a todos los niveles internacionales por la implicación de la aviación militar italiana y alemana en la guerra española. Trataba de sacar provecho a la condena y sanciones impuestas por la Liga de las Naciones a Italia, por su invasión de Etiopía. Sin embargo no obtuvo ningún apoyo. Es cierto que la Armada leal al Gobierno de la República se había quedado casi sin oficiales, necesitaba instrucción, entrenamiento, y dirigida por Comités de Marineros, posiblemente vaciló o temió entrar en combate. Pero es que, frente a ellos estaban los acorazados alemanes “Deutschland” y “Admiral Scheer”. El primero era el más avanzado acorazado del momento. Redenominado “Prinz Von Bismarck” tras el comienzo de la II Guerra Mundial, para evitar un golpe de efecto si era dañado o hundido, se enfrentó él sólo a casi toda la Flota británica del Mar del Norte, necesitando un ataque conjunto aéreo y submarino, mantenido durante varios días, para acabar con él. Sólo el japonés “Yamato”, al que hundirían los estadounidenses de igual forma, nueve años después, lo mejoraba, aunque no contaba con instalaciones de R.A.D.A.R., y el alemán sí. Era, por tanto, suicida entablar combate con ellos. Analizadas las consecuencias de la victoria fascista y el comportamiento de las potencias europeas, la alternativa era razonable: hubiese ahorrado, finalmente, más víctimas.

 

Quizás impedido la II Guerra Mundial, cambiando anticipadamente la visión internacional respecto del fascismo. Una decisión semejante a la de estrellar aviones contra los buques estadounidenses, como un nuevo “viento divino” (en japonés kami-kaze) como el que dispersó la flota coreana que pretendía invadir Japón cuatro siglos antes. Algo que los Comités de Marineros difícilmente podían asumir. Antony Beevor mantiene que los buques alemanes debían tener instrucciones de eludir el combate, pero no cita ninguna documentación que lo apoye. La verdad es que hubiera sido apoteósico que una flotilla de destructores, ya obsoletos, sin adecuada equipación antiaérea, hubiese puesto en fuga a lo más moderno de los buques insignias alemanes, sobrevivido a los ataques de la aviación, y hundido o capturado a los franquistas ¿Habría podido admitir Hitler una situación semejante? Teniendo en cuenta que estaba incumpliendo los Tratados de París, impagaba las indemnizaciones de guerra y había enviado su ejército a la cuenca del río Rhur, desafiando los acuerdos anteriores, sin que Francia ni Gran Bretaña pareciesen atreverse a impedirlo, los marineros republicanos españoles no podían considerar tal posibilidad. Ni tampoco lo corroboran los hechos posteriores, como el bombardeo, por la misma Flota alemana, de las Baleares. Ambas frases son, por tanto, a mi entender, completamente injustificadas, bastante fuera de la realidad. Siguiendo el plan previamente trazado por Mola, y comenzado a poner en práctica por Queipo de Llano, que abrió el paso por la Sierra Norte sevillana, sin atender a la ofensiva del General Miaja para reconquistar Córdoba y Granada, Franco encomendó el avance a su subordinado, el Tenientecoronel Yagüe, el más eficaz de los militares sublevados, en lugar de ocupar el mando directamente, a través del eje Mérida-Trujillo-Navalmoral de la Mata-Talavera de la Reina-Madrid. Distribuyó sus fuerzas en cinco columnas ¿Para dar la razón a Queipo de Llano o para ponerlo por embustero?

 

Cada una de ellas con unos 1.500 hombres. Requisó camiones, igual que hacían los anarquistas, sobre los que montó a sus legionarios, mercenarios “regulares” marroquíes y artillería de campaña de 75 mm.. Es decir, este innovador militar, el más agresivo, eficaz e inteligente de ambos lados de la contienda, estaba anticipándose a crear fuerzas de choque y artillería motorizadas. Consiguió, con ello, avanzar a una velocidad no superada hasta la invasión nazi de Francia, si bien es cierto que no encontró resistencia adecuada, ya que el Gobierno legítimo, carente de un ejército que pudiese recibir tal nombre, había asumido la estrategia de la defensa pasiva de Madrid. Avanzaba sin buscar ninguna protección para sus tropas, tanto por considerar que en tal terreno, debido a su superioridad en ametralladoras y el asalto a la bayoneta, obtendría la victoria, como por la experiencia de aquellos primeros días, en los que los campesinos buscaban defender sus casas, sus hijos y sus mujeres, según las noticias que tenían del comportamiento de aquellas hordas salvajes, beduinas, que cumplían exactamente las arengas del sádico psicópata Queipo de Llano, y parapetarse con sus muros. Así que los camiones entraban en los pueblos, a toda velocidad, hasta encontrar resistencia. Utilizando los altavoces regalados por los alemanes, exigían la rendición, la apertura de todas las puertas y ventanas, colgando ropas blancas de ellas. Si no había resistencia, echando pie a tierra, se completaba la ocupación en tenaza. Todo muy simple y eficaz. Posiblemente los alemanes tomaran nota de ello y, cuando su invasión de Polonia no se desarrolló según los planes previstos, se tomaron seis meses para fabricar camiones (además de tanques medios Panzer III, con los que no contaban antes) lo que los estúpidos aliados franco-británicos les permitieron, mientras esperaban convencer a los pacifistas belgas que les dejasen atacar Alemania a su través, instituyendo las nuevas fuerzas de asalto mecanizadas.

 

Franco le cedió bombarderos medios Savoia-Marchetti 81 y transportes Junker 52 adaptados pera el bombardeo, pilotados por italianos y alemanes, respectivamente. Si había resistencia la artillería acababa con el pueblo. Posiblemente habría sido más eficaz utilizar las estribaciones del terreno para crear grupos móviles, pero eso significaría dejar a las mujeres a expensas de los mercenarios “regulares” marroquíes y los delincuentes amnistiados de la Legión Extranjera. En ambos casos, una vez ocupado el pueblo, se procedían a los asesinatos en masa de rigor, siempre indiscriminados, nunca previo juicio, que sería un retraso para conseguir los objetivos, y mermaría el carácter terrorista que se buscaba, excusándose en que eran “represalia” por los que, “antes”, habían hecho los “rojos”, a los que se les reprochaba tal conducto. Incluso en todos los muchísimos pueblos en los que, antes, nadie había cometido jamás ningún asesinato. La experiencia demostraba que, en los pueblos, los trabajadores luchaban hasta la temeridad, defendiendo a sus familias. Pero, en campo abierto, sin adiestramiento militar ni fogueo en combate, los bombardeos y la artillería podían con ellos. Entre otras razones porque, excepto en Irún, no se les ocurría cavar trincheras. Posiblemente por no haber participado en la guerra colonial ni en la Gran Guerra Europea, y haber transcurrido muchos años desde la anterior guerra carlista, en la que, al final, se comprendió que las trincheras eran imprescindibles para resistir a la artillería. André Marty informó el 10 de octubre a la KOMINTERN, que el idiota de Largo Caballero le había dicho al funcionario comunista Antonio Mije, que los españoles eran demasiados orgullosos para cavar en el suelo ¿Y quiénes hacían las instalaciones de alcantarillado, los cimientos de las obras, las vías de ferrocarril o labraban la tierra?

 

Los republicanos que huían de sus pueblos, con carretillas, acémilas y carros, impedían a los milicianos efectuar contraataques efectivos contra las poblaciones que estaban siendo tomadas. A veces, incluso se apoderaban de sus camiones. Pero el terrorismo no es siempre un buen procedimiento, como pudieron aprender los alemanes, y están comprendiendo los israelíes: muchos de estos fugitivos, cuando consideraban que habían puesto a salvo a sus familias, regresaban a sus pueblos y, con escopetas o fusiles abandonados, descargaban su ira y su impotencia muriendo en vanos intentos de reconquistar sus pueblos, lo que forzaba a Yagüe a ir desperdigando tropas para reforzar su retaguardia. Justamente lo contrario de lo que pretendía con sus represalias masivas, al más puro estilo fascista. El 8 de agosto Francia cerró sus fronteras con España. El 10 Yagüe llegó a Mérida, distante 300 kmtrs. de Algeciras. Pero, si se descuenta lo que habían conquistado Varela, Queipo de Llano y Castejón, en la Sierra Norte de Sevilla, y los transportes en ferrocarril, la proeza se reduce a una caminata. Castejón tomó la ciudad bombardeándola con su artillería y dos Jünker 52, tras lo cual los legionarios y mercenarios marroquíes tomaron las casas lanzando granadas de mano contra ellas, como habían hecho en Triana, en Sevilla. Pero, como “había guerra”, a los fascistas esto le parece completamente justificable, los mismos que abominan de que los sindicalistas sevillanos incendiaran algunas viviendas en la Avenida de Reyes Católicos, el 19 de julio, o consideran “necesaria” dicha guerra para evitar incendios de iglesias, unas 130 según sus datos, exagerando muchísimo. Sin embargo la entrada sur de la ciudad, entre el puente romano y la Alcazaba, no pudo ser tomada por Asensio hasta la noche. El 11 de agosto, los milicianos emeritenses, ayudados por un importante contingente de Guardias de Asalto y Civiles, iniciaron un contraataque. A pesar de ello Franco ordenó que la fuerza principal se dirigiese a Talavera la Real, camino de Badajoz.

 

El General García Valiño, que había escapado de la zona republicana, se unió al contingente de Mola que avanzaba hacia el norte, internándose entre San Sebastián e Irún. En Galicia consiguieron reparar de urgencia al acorazado “España”, que esperaba su desguace. Junto con su homólogo “Jaime I”, que permaneció bajo dominio republicano, eran dos vetustas máquinas de guerra. En realidad estaban obsoletas desde su mismo diseño, más parecido a los acorazados costeros suecos, pensados para defender, con un número ingente de ellos, el tranquilo litoral báltico. Los españoles eran más grandes, disponían de mayor número de torretas, aunque no de más calibre, eran más caros de fabricar, e igual de poco marineros. Fueron parte de las ilusiones imperialistas de Alfonso XIIIº, más que para enfrentarse a otras potencias marítimas, para dar apariencia y, en todo caso, bombardear la costa marroquí. El hecho de que Mola dirigiese su esfuerzo principal hacia el norte, dejando prácticamente a Franco la responsabilidad de conquistar Madrid, aunque tenía toda la lógica desde una perspectiva militar, políticamente suponía conferirle un poder que aprovechó desde el primer momento. Aniquilar la resistencia de Badajoz, además, abría una ruta de escape hacia Portugal, por si fuese necesaria. Esta ciudad estaba defendida por menos de 2.000 milicianos, casi sin armas, y unos 500 soldados, mandados por el Coronel Puigdengolas, tras haber derrotado a la Guardia Civil, que, ante la inminente llegada de Yagüe, se habían declarado favorables a los fascistas. El 14 de agosto Yagüe posicionó sus tropas frente a la muralla.

 

Sin intentar el salto, telegrafió a Franco para que lanzara un bombardeo aéreo, posiblemente con la intención de hacer huir a sus defensores, para poder machacarlos en campo abierto. Aquella tarde, aprovechándose del bombardeo, rodeó la ciudad y tomó todas las entradas, las puertas Pilar, de Palmas, Trinidad y de Carros. Al terminar el bombardeó se inició el asalto, tomando las casas con granadas de mano y a bayonetazos, sin discriminar entre defensores y no combatientes. Tras de la matanza, ya comentada anteriormente, se saqueó toda la ciudad, incluidas las propiedades de los que apoyaban a los fascistas. Lo “justificaban” diciendo que era “el impuesto de guerra que pagaban por su salvación”. Desde luego sus propiedades, salvo los terrenos, no habían quedado salvadas. Es la misma “justificación” que da el grupo terrorista “VYL” (“Vascongadas Y Libertad”, en vascuence Euskadi Ta Askatasuna, a su “impuesto revolucionario”. Los oficiales franquistas se aseguraban de que el botín apresado por los marroquíes llegara a sus tribus: así estimulaban las futuras reclutas de mercenarios. A los legionarios, mucho más disciplinados que aquella hueste de beduinos salvajes, no se les permitía cargar con todos los enseres robados, como hacían con los moros: se contentaban con arrancar las piezas de oro de las dentaduras de los muertos, a golpes de culata de fusil y escarbando o haciendo palanca con la bayoneta. Mientras tanto, al enlentecer el ataque a Madrid, e impedir la movilidad de Queipo de Llano, al que había dejado sin efectivos suficientes, justificado por el avance hacia el centro, que no terminaba de completar, mostraba a todos los demás como incapaces. Estaba claro que iba a pedir compensaciones a cambio de la conquista de Madrid.

 

Para impedir que Queipo de Llano pudiera anotarse ningún triunfo, encomendó al Coronel Varela 400 mercenarios marroquíes “regulares”, para operar en Andalucía. Huelva ya había sido conquistada, con los primeros mercenarios marroquíes “regulares” que llegaron a Sevilla, abriendo otra ruta de escape hacia Portugal, antes de acabar con la resistencia en Cádiz y Algeciras, por más que esta zona era imprescindible para el desembarco de las tropas africanas. En la semana siguiente al mismo Varela se dirigió a defender Granada, que podía ser liberada por la ofensiva republicana al mando de Miaja. Consolidada la situación se dirigió a Ronda, intentando una ruta de penetración que sorprendiera a los defensores de Málaga, parapetados en las estribaciones de la Subbética, y que sería, cinco meses después, la que finalmente tuviese éxito. El 17 de agosto el acorazado “España”, el crucero Almirante Cervera y el destructor Velasco, llegaron a constituir una Flota formidable, para las circunstancias españoles, y bombardearon San Sebastián. El Go­bernador Militar republicano amenazó con fusilar a los rehenes derechistas si causaban gran mortandad. Pero a los sediciosos, las muertes, de unos o de otros, les eran indiferentes: no sólo continuaron su bombardeo naval sino que, en lugar de colaborar con el traslado de tropas africanas, se sumaron a la “labor” transportes Junker 52, preparados para el ataque aéreo, tanto sobre dicha capital como sobre Irún. En dicha ciudad se constató que los milicianos podían enfrentarse a fuerzas de choque bien instruidas y armadas. De ello se extrajo conclusiones erróneas, porque la clave era mantenerse a la defensiva en posiciones bien elegidas y preparadas. Cuatro siglos antes Maquiavelo había explicado que así no se podían ganar las guerras.

 

Y, además, era necesario que el enemigo insistiese en un asalto sin la menor imaginación. En Guipúzcoa, la rebelión había sido derrotada, fundamentalmente, por los anarquistas. Estos, junto a los mineros asturianos, nacionalistas vascos y un grupo de comunistas franceses organizados por André Marty, que, más tarde constituiría las Brigadas Internacionales, llegaron a unos 3.000 hombres, superando en número a las fuerzas de Beorlegui. Pero éste había sido pertrechado con toda la artillería y Panzer I con los que Mola contaba. Estos carros de combate alemanes montaban dos ametralladoras en paralelo, lo que le permitía un fuego continuado, disparando con una mientras recargaba o desatascaba la otra. Tenían un perfil muy bajo, que, en su época, se consideraba poco eficaz, casi un arma de juguete, con escasa visibilidad. Los ingenieros alemanes lo habían diseñado así para constituir un blanco más difícil, así como ahorrar coste, para poder fabricar un número inmenso de ellos, mantener la estabilidad en terreno abrupto y conseguir una velocidad muy superior a todos los tanques de entonces, excepto los soviéticos. Pero, sobretodo, tenían una coraza que les permitía enfrentarse a cualquier tipo de carro medio y la mayoría de armas antitanques conocidas por aquellas fechas. Y también dispuso de los Junker 52 adaptados como bombarderos. Franco reforzó la ofensiva, posiblemente para castigar la resistencia de Irán, evitando que se constituyese en ejemplo a seguir, con 700 legionarios y una batería pesada, de 155 mm.. Los agricultores  franceses colaboraron con los milicianos, haciéndoles señas sobre las posiciones artilleras de los enemigos. Al sur de Irún, en el alto de Puntza, los enfrentamientos cuerpo a cuerpo fueron terribles.

 

Las posiciones fueron  desalojadas y retomadas repetidamente, durante una semana. Beorlegui fue herido por una esquirla de ametralladora en la pantorrilla. Se negó a que lo curasen para continuar dirigiendo el ataque. La herida se le gangrenó, causándole la muerte. Los milicianos, junto con los dinamiteros asturianos, emplearon todo su valor, que era casi lo único que poseían, resistiendo los asaltos a su último baluarte, en el convento de San Marcial. Había seis camiones con municiones del otro lado de la frontera, que Francia impidió que llegasen a Irún. Agotadas las reservas los milicianos se defendieron a pedradas del asalto de los requetés. Algunos llegaron a Francia cruzando a nado el Bidasoa. Irún, casi arrasada por los bombardeos fascistas, tanto aéreos como artilleros, fue terminada de incendiar por los milicianos en retirada. El nacionalista Telesforo Monzón, Consejero de Gobernación vasco, llegó a Barcelona buscando armas. Sólo pudo conseguir mil fusilas y seis cañones. Sin embargo, con la mediación de los anarquistas y del Presidente Companys, llenaron todo un tren de armas, para hacerlo llegar al Frente norte a través de Francia. Los franceses lo dejaron entrar, pero no salir, reteniéndolo en Hendaya. De esta forma, actuando por su cuenta, descoordinadamente, sin ninguna consideración o conocimiento del entorno internacional, no sólo no consiguieron ninguna ayuda para los resistentes vascos, sino que privaron a los defensores de la libertad y la democracia de todo el país de un tren completo de armas, desde los primeros días de enfrentamiento. Tal vez la diferencia entre la victoria y la derrota. Tras el infructuoso ataque contra los defensores de la provincia de Málaga, Varela tuvo noticia de que el contingente de Miaja, unos 3.000 hombres, formados por el ejército leal a la República, provenientes de los que habían sido utilizados por los golpistas en Valencia, milicianos madrileños y andaluces, reconquistaba pueblos en dirección a Córdoba. Así que, el 20 de agosto, abandonó Ronda y se dirigió a apoyar al Coronel Cascajo.

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