La reorganización de la retaguardia

 

 

Militares y falangistas locales prepararon un plan para sacar de la cárcel de Alicante, durante el golpe de Estado, a José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia, y a su hermano Miguel, a los que les habían pasado dos pistolas por el locutorio. Sin embargo José Antonio se negó a ello. Quizás tuvo miedo de que lo mataran en el intento, estando seguro de que el golpe triunfaría en Valencia, y en toda España. Al día siguiente lo intentaron falangistas de la vega baja del Segura, de los que murieron tres, y todos los demás fueron apresados por la Guardia de Asalto. La Compañía Transmediterránea se puso del lado fascista desde el primer momento. El mismo 19 de julio, su motonave Primo de Rivera, redenominada Ciudad de Algeciras tras el advenimiento de la República, escoltada por el destructor Churruca, que, por tener la radioemisora estropeada desconocía lo que estaba pasando, transportaron un tabor o batallón de mercenarios “regulares” marroquíes, unos 225 hombres. Cuando la tripulación del Churruca comprendió que había sido engañada, llevó el buque a zona republicana. Ese mismo día el cañonero Dato escoltó a otros navíos, transportando otro tabor. La Armada constitucional tomó posiciones de patrulla en el Estrecho de Gibraltar y consiguió bloquearlo. A partir de entonces sólo pudieron llegar sediciosos a la península por vía aérea. Utilizaron para ello 3 Foker F.VII, que podían transportar 14 soldados, y dos hidroaviones Dornier Wal (Ballena) que podían albergar una veintena, a partir del día 20. Se unieron los ricachones pilotos civiles del Aeroclub de Sevilla, que llevaban en sus avionetas un legionario en cada vuelo. No era menos esperpéntica la situación en Cataluña, donde los anarquistas defendían la República burguesa, mantenían el orden establecido y colaboraban en el Gobierno autonómico.

 

Aunque, como era de esperar de los ácratas, con indisciplinas, incumplimientos, deslealtades y aprovechamiento para implantar sus métodos e ideales, que desmentían tales compromisos. En dicho día 20, tras acabar con el intento fascista en Cataluña, 2.000 representantes de las Federaciones locales de la CNT, habían debatido si debían instaurar el comunismo libertario o, primero, acabar con la sedición. Optaron por lo segundo. García Oliver, Durruti y Abad de Santillán se dirigieron, con sus armas, al Palacio de la Generalidad. Companys, como abogado laboralista, había defendido gratuitamente a muchos anarquistas, por los que sentía simpatías. Algo inexplicable para la burguesía que respaldaba el nacionalismo catalán, que los llamaba “murcianos”, para resaltar su origen foráneo, inmigrante, por proceder de Murcia muchos de ellos, que habían llegado en los años 20 para construir el ferrocarril metropolitano transversal, en condiciones que los obreros catalanes no habrían admitido. Pero también, porque, en caló, en gitano, murciar significa robar: un juego de palabras absolutamente inapropiado. Companys comprendió que los ácratas controlaban la situación, a consecuencia del intento golpista, por lo que decidió conservar el meo formulismo institucional, esperando que, a partir del mismo, pudiese ir recuperando el verdadero poder. Se dice que les comentó que a los anarquistas nunca se les había tratado en consideración a su importancia, que siempre habían sido perseguidos. Que él antes estuvo con ellos, pero que, después, forzado por las realidades políticas, se vio obligado a enfrentarles y perseguirles. Que, ahora que eran dueños de Cataluña, esperaba que no les sentara mal que les recordase que no les faltó ayuda de los poco o muchos leales de su Partido y de los guardias y mozos de escuadra. Que si no le necesitaban o no le querían como Presidente de Cataluña, se haría soldado para luchar contra el fascismo.

 

Pero que si creían que en tal puesto, que sólo muerto hubiese dejado ante el fascismo, con su Partido, su nombre y su prestigio, podía serles útil en la lucha, podían contar con su lealtad, convencido de que había muerto un pasado de bochorno y que deseaba sinceramente que Cataluña marchara a la cabeza de los países más adelantados en materia social. Azaña lo tildaría, con notable exceso, de conspiración para abolir el Estado español. Algunos políticos catalanes, como Tarradellas, han negado la veracidad de tales palabras, pero semejante retórica, ampulosa y victimista, heroica y pedigüeña, demagógica y plagada de errores políticos, siempre contradictoria, resulta inequívocamente companysana. Lo cierto es que, en Barcelona, las fuerzas de orden público ascendían a 5.000 hombres, el ejército había desaparecido, tanto por haber sido detenida o muerta la oficialidad rebelde, como por haber desertado o integrado en las milicias y dirigido al Frente los demás. Frente a ello los anarquistas podían movilizar 100.000 hombres y 40.000 fusiles y pistolas, tomados del Cuartel de San Andrés o de anteriores saqueos. Y habían demostrado, aquella misma mañana, que, muchos de ellos, estaban dispuestos a morir si les ordenaban atacar. En tal situación y exaltación no era fácil encontrar otro camino. Pero a nadie se le ocultaba que el anarquismo siempre había sido la baza de los nacionalistas contra el Gobierno central. García Oliver, dentro de la deriva ideológica ácrata, había publicado, dos días antes, en Solidaridad Obrera, el dilema de que defender el comunismo libertario era defender la dictadura anarquista, mientras que defender la democracia significaba colaboracionismo. Esto se puede entender como un auténtico abandono de los postulados ácratas, el reconocimiento de su error histórico, y la aceptación de las premisas frentepopulistas de la Komintern.

 

En su libro “Por qué perdimos la guerra”, Abad de Santillán avanzaría aún más, al exponer que los anarquistas rechazaban cualquier dictadura, incluso la suya propia, lo que dejaba completamente desmontada su contradicción política. Las críticas, tras la guerra, de que los comunistas habían abandonado cualquier pretensión revolucionaria para defender el republicanismo burgués, impidiendo que los anarquistas pudiesen llevarla a cabo, resultan, por tanto, injustificadas. Es cierto que algunos ácratas hicieron intentos en tal sentido, pero, en su conjunto, como organización, tal idea venía siendo derrotada, como en el congreso de la CNT celebrado en Zaragoza sólo 7 semanas antes. Así que propusieron la creación de un Comité Central de Milicias Antifascistas, formado por 15 miembros. Ellos se reservaron 3 puestos para la CNT (Durruti, García Oliver y Asens) y dos para la FAI: Abad de Santillán y Aurelio Fernández. Es cierto que no respetaban la proporcionalidad de las candidaturas del Bloque Popular, en las que no habían participado, pero nadie puede negar que era una propuesta generosa. Quizás creían en una ilusoria reciprocidad en donde ellos estaban en minoría. Pocas horas después los anarquistas tomaban el control de la gestión de los suministros de agua, gas y electricidad. Al día siguiente, 21 de julio, Izquierda Republicana de Cataluña y los demás partidos políticos aceptaron tal propuesta. Una vez constituido se convirtió en un órgano omnipotente, que, según el ideario anarquista, sustituyó a todos los demás poderes, no sólo autonómicos, sino del Estado, en su ámbito de competencia territorial. Organizó columnas de milicianos y las envió a los Frentes, la seguridad interior, el abastecimiento, la atención social, etc.. El Gobierno de la Generalidad perdió toda capacidad, toda iniciativa. García Oliver y Eugenio Vallejo se dedicaron a reconvertir la industria a la producción militar.

 

Ya desde el 22 ó 23 de julio comenzaron a acorazar vehículos, con resultados bastante aceptables, en aquellos primeros días, en que no tenían que enfrentarse a artillería antitanque de procedencia alemana. Iniciaban con ello la adaptación a la industria de guerra. En el mundo surrealista en el que se vivía era lo menos esperable del anarquismo. Sin embargo, poco a poco, la Generalidad fue recuperando su poder. Así, en agosto, nombró su propia Comisión de Industrias de Guerra, y, lentamente, fue absorbiendo atribuciones a las Milicias Antifascistas. La CNT intentó controlar la economía y las finanzas de Cataluña, pero, sutilmente, la Generalidad aprovechó su incapacidad para ganarle terreno. Fue el Sindicato de Banca de la UGT el que se hizo con el control de las operaciones interbancarias, con el fin de evitar las fugas de divisas. Bastó conseguir alguna cuota de poder para que se evidenciase la contradicción de la teoría ácrata. Por ejemplo, en 1917 habían condenado las corridas de toros o los cabarets, que consideraban que servían para embrutecer al pueblo. Pero, para llevarlo a cabo, debían comportarse dictatorialmente, lo cual, para ellos, era un pecado mucho más grave. Las Mujeres Libres, anarquistas, que llegaron a tener 30.000 afiliadas, pegaban carteles en el barrio chino contra la prostitución, y daban cursos para enseñar a las mujeres profesiones alternativas. Esta organización llegó a crear sindicatos exclusivos de mujeres en la alimentación y el transporte de Madrid y Barcelona: otra contradicción más. Y otra que, en las empresas colectivizadas por la CNT, las mujeres mantuviesen un salario un 20% inferior al de sus compañeros. Las evaluaciones que se han hecho no han podido constatar más de 1.000 mujeres en los Frentes. Para defender Madrid se formó un batallón entero de mujeres.

 

El embajador alemán no podía comprender que Franco ordenase el fusilamiento inmediato de las milicianas capturadas y continuase almorzando tranquilamente. Conforme la posibilidad de triunfo se fue oscureciendo, la República fue, uno por uno, siguiendo los pasos de los victoriosos fascistas, caminando hacia el autoritarismo. De modo que, en 1938, las mujeres republicanas habían quedado relegadas a tareas auxiliares, volviendo, poco a poco, a la situación tradicional. El comportamiento y consecuencias de la República de Afjanistán demuestra hasta qué punto la inercia social es inexorable, el cambio de roles es mucho más complicado que el mero voluntarismo, el poder de la palabra, el chasquido de dedos, que pretenden anarquistas y feministas, y lo trágico de contextos anacrónicos, irreales, ilusorios. En este sentido resulta espeluznante, y demostrativa de la situación desesperanzadora a la que llegaría la República, la poesía de Miguel Hernández: “¡Mujeres: parid y llevad ligeras / hijos a los batallones, / aceituna a los molinos / y pólvora a las trincheras!” Un periodista francés, pro-anarquista, escribió que algunos fusilaban en el acto a proxenetas y traficantes de droga, método directo que no puede definirse sino como represivo: una nueva contradicción. Mientras los franquistas reverenciaban las iglesias y dinamitaban las escuelas públicas, los anarquistas incendiaban las iglesias, destruían cárceles, especialmente las de mujeres, o monumentos patrióticos, pero reverenciaban las escuelas y los hospitales, manifestando, unos y otros, sus filias y fobias, el tipo de sociedad que pretendía. El “bienio reformista”, construyendo escuelas o mediante las Misiones Pedagógicas, proyectos itinerantes, especialmente para los pueblos, como La Barraca, de García Lorca, que llevaba representaciones teatrales gratuitas, o El Búho, de Max Aub, evidenció su ideario transformador.

 

Se edificaron 7.000 escuelas en dos años, cifra similar a la realizada en los treinta primeros años del siglo, en el periodo anterior, creando otros tantos puestos de maestros, a los que se les aumentó el sueldo entre un 20 y un 40% (pagarían con sus vidas, el desempleo, la condena a no obtener más puestos de trabajo, a morir de hambre y de miseria, ellos, sus hijos y sus cónyuges, la magnanimidad que la República mostró hacia ellos) al tiempo que se duplicó el número de Institutos de Enseñanza Media. Así un millón de niños, lógicamente pobres, de los que no se ocupó ni la monarquía, ni la dictadura, ni la Iglesia Católica, fueron escolarizados, y el analfabetismo, que alcanzaba al 45% de la población en 1930, disminuyó espectacularmente. Las Casas del Pueblo, de la UGT, y los Ateneos Libertarios anarquistas, en los que, entre otras labores, voluntarios ácratas leían publicaciones periódicas a los analfabetos e incentivaban su debate, colaboraron en esta tarea. Este esfuerzo, en la zona republicana, se continuó durante la guerra, mediante las Milicias de la Cultura o las Brigadas Volantes, combatiendo el analfabetismo en trincheras, hospitales y retaguardia, colonias infantiles, la extensión cultural, etc…, repartiendo revistas y publicaciones periódicas, proyectando películas, pronunciando conferencias o leyendo poemas en el Frente, como hicieron Rafael Alberti y Miguel Hernández, todo lo cual impresionó a los extranjeros, como al escritor Saint-Exupéry. En Barcelona las organizaciones obreras incautaron locales, colgando sus enseñas de las fachadas. La CNT se quedó con el edificio del sindicato patronal, colaborador de los golpistas, Fomento del Trabajo Nacional, ondeando en él su bandera roja y negra. El 22 de julio,

Franco pidió al agregado alemán que Hitler le enviase 10 aviones con la máxima capacidad de transporte.

 

A estas alturas, tanto Indalecio Prieto como Largo Caballero comenzaban a perder el control sobre partes del PSOE. De forma que no pudieron seguir impidiendo que la política unitaria del PCE se hiciese efectiva. El 23 la Sección Catalana del PSOE, el Partido Comunista de Cataluña, la Unión Socialista y el Partido Proletario se unieron en el Partido Socialista Unificado de Cataluña, que, de inmediato, se adhirió a la Internacional Comunista. El PSUC se quedó con el barcelonés Hotel Colón, en el que se refugiaron los rebeldes y debieron asaltar. El POUM se apropió del Hotel Falcón. Este Partido, que se configuraba como una vía intermedia entre el comunismo y el anarquismo, obtuvo un crecimiento espectacular. Este hecho, unido a la anterior admiración de Andrés Nin hacia Trotsky, del que había sido un colaborador destacado, les granjeó un odio visceral de los stalinistas, a pesar de la posterior separación ideológica de dicho Partido y sus dirigentes, Nin y Maurín, respecto de Trotsky y su Cuarta Internacional, que les atacaron continua y contundentemente. El mismo día 23, Durruti y muchos otros dirigentes anarquistas se dirigieron al Frente de Aragón, con lo que la posición ácrata en el control de Cataluña se debilitó: otra demostración de generosidad, de realismo y adecuación a la situación del último anarquismo español. Por Barcelona circulaban, a toda velocidad, vehículos incautados, señalados, con pintura blanca, con las siglas de las organizaciones con las que se “justificaba” su robo, sin la prudencia de quien teme dañar lo que es suyo o de la empresa para la que trabaja, aprovechando tal circunstancia para experimentar la sensación de velocidad, en plena ciudad, la ilusión competitiva. Con ello se produjeron muchos accidentes.

 

Sin embargo las empresas estadounidenses distribuidoras de petróleo bloquearon los suministros al Gobierno legítimo, derivándolo hacia los franquistas, lo que obligó al racionamiento de la gasolina, cercenando tales diversiones automovilísticas. Estados Unidos, aunque no oficialmente, volvía a ser el enemigo de España, como en 1898, y lo sería hasta la Constitución de 1978, apoyando a los fascistas españoles. Y después, apoyando al grupo terrorista VYL (“Vascongadas Y Libertad”, en vascuence Euskadi Ta Askatasuna) hasta que Aznar se sometió a colaborar en la invasión de Irak, reproduciendo nuevamente las amenazas cada vez que Rodríguez Zapatero ha dado alguna muestra de soberanía e independencia en sus decisiones de Gobierno. Se colgaron altavoces de los plátanos ornamentales de los boulevards de Barcelona, que emitían música continuamente, intercalando “noticias” sobre la próxima reconquista de Zaragoza. El 24 de julio, los sindicatos anularon su convocatoria de huelga, y llamaron a los barceloneses a volver al trabajo. Fue, entonces, cuando descubrieron que muchos propietarios o directivos de las fábricas se habían pasado a la zona fascista. Los Comités de Empresa se responsabilizaron de organizar la producción: es lo que se denominó colectivización “espontánea”. Se produjo, con ello, un impulso colectivista, propiamente revolucionario, pero que nada tenía que ver con el estatalismo soviético. Los impulsores serían la FAI y la CNT, con gran desagrado por parte de los liberales y el PCE, que aún esperaban el apoyo de las “democracias occidentales”. Por ello sería un movimiento resueltamente autogestionario, que hundía sus tradiciones en la España comunera, de explotación agraria colectiva, con reparto en suertes de parcelas y unificación y reparto de las cosechas o del producto de su venta. O en las comunidades de pescadores, o en la partición de las capturas entre patrones y pescadores.

 

O en las muchas cooperativas, agrarias, artesanales, alimentarias o industriales, que se extendían por toda España, muchas de ellas impulsadas desde sectores católicos o de los Sindicatos Libres o “amarillos” (por los colores de la bandera vaticana) seguidores de la doctrina social de la Iglesia. Pero también la UGT se sumó a ello. En su visión colaboracionista, intentando evitar problemas con los poderes establecidos, la CNT compartió con la UGT la dirección de muchas industrias socializadas o reestructuradas. La mayoría de éstas fueron organizadas exclusivamente por la UGT o en colaboración con la CNT o la FAI en Extremadura, un 20% de las de Aragón, el 15% de las de Madrid y Castilla-La Mancha, aunque muy pocas en Andalucía. La mayor parte de las colectivizaciones se realizaron en Cataluña y Aragón, donde más implantación tenía la CNT, llegando a aglutinar tales empresas hasta el 70% de los asalariados. Al contrario de lo ocurrido en el mundo soviético, no puede interpretarse colectivización o socialización como incautación o expropiación. En muchos casos eran simplemente la puesta en común de la organización, la planificación, las compras, y, sobretodo, las ventas de la producción de explotaciones agrarias o artesanales, individuales o familiares, y fueron, en gran medida, voluntarias, e incluso entusiastas. Aunque la presencia de anarquistas, y miembros de la UGT, con el fusil terciado a la espalda, debía influir mucho en el estado de ánimo. En este ambiente, mezcla de odio, desconfianza y euforia, incluso en las empresas en las que los dueños o gerentes continuaban en sus puestos, se extendió la tendencia de crear Comités que impusieran o compartiesen el control obrero, impulsando la planificación de la producción, y evitar “sorpresas” respecto de las verdaderas intenciones de aquellos.

 

Eran frecuentes las largas disputas en los Comités Obreros, signo distintivo del anarquismo, pero también del más puro estilo hispánico, en nada alejado del griego clásico o del bizantinismo. Sin embargo, una vez tomada la decisión, era sorprendente su inmediata puesta en marcha. La primera muestra de ello fue la rápida restauración de los transportes urbanos barceloneses, con las calles aún repletas de barricadas y escombros. En 5 días funcionaban 700 de sus 800 tranvías, repintados del rojo y negro anarquista. Este triunfo no es comparable con el de otras industrias, ya que no necesitaban financiación, gracias al cobro inmediato en efectivo, ni adquisición de materias primas o combustibles. Dentro del ideario ácrata el dinero se consideraba odioso, símbolo, representación y sustituto fantástico de la ambición. Aunque en muchas actividades su gestión económica no puede criticarse, en otras las finanzas eran desastrosas. Para ellos esta faceta era tan asqueante como que un cura regentase un prostíbulo. Es propio de la incultura empresarial no distinguir entre los ingresos, las ventas, y los beneficios. Como les ocurre a muchos trabajadores autónomos y pequeños empresarios, creían que todo el dinero que entraba en caja era absoluta y directamente disponible. Así que no reparaban en reservar fondos para la reposición de materias primas, productos incorporables o intermedios, combustibles, amortizaciones, etc., con el resultado de acabar con el capital circulante. Lo cual no significa que despilfarrasen. Era habitual que, tras cobrarse su salario, repartiesen el resto en organizaciones revolucionarias. O para que las colectivizaciones agrícolas pudiesen mejorar su mecanización, lo cual parece, una vez más, contradictorio con la tradición libertaria.

 

Conforme constaron que el Gobierno les cerraba los créditos llegaron a plantearse la apropiación de para de las reservas de oro, para pagar las importaciones que necesitaban. Otro gran fracaso anarquista, desventajosamente comparable con la planificación bolchevique, fue la descoordinación de las distintas cooperativas de una misma industria. Funcionaban en gran medida como empresas capitalistas independientes. Sin embargo las gestionadas por el Gobierno no lo hicieron mucho mejor. El 25 de julio se sumó a los sublevados un DC-2, avión de transporte americano. El 29 llegaron 20 Junker 52, que podían llevar 23 soldados cada uno, procedentes de la compañía aérea Lufthansa. Para entonces ya habían cruzado el Estrecho 837 rebeldes, utilizando el puente aéreo. Hasta el 5 de agosto lo harían 1.500 más. A los sediciosos se les ocurrió una idea original, dentro del espíritu chapucero típicamente español: se habilitaron soportes para bombas, de las que existía una gran dotación en el aeródromo de Tablada, en Sevilla, de modo que, en los vuelos de vuelta, de vacío, todos los aviones pudiesen hostigar a las patrullas marítimas republicanas. Simultáneamente Franco pidió a Mussolini el envío de bombarderos, llegando, al poco tiempo, algunos Saboia, con tripulación debidamente entrenada en el ataque aero-naval. Tal acción obligó a reagrupar los buques gubernamentales en torno a los que contaban con una adecuada capacidad anti-aérea.

 

Esto, unido a la presencia de la Armada hitleriana, que se interpuso obstaculizando la visión y la presencia de la flotilla española, tras haber amenazado al Gobierno de España con declararle la guerra si agredían a sus buques, además de hundir directamente a los implicados, y la presumible información británica, desde los puestos de vigilancia, ojeo e instalaciones de R.A.D.A.R., en el Peñón, facilitaron que, al amanecer del 5 de agosto, iniciaran el cruce del Estrecho 3 motonaves (entre ellas la Sanjurjo, redenominada Ciudad de Ceuta tras la llegada de la República) escoltadas por dos cañoneros, un guarda-costas y 22 aviones. Es lo que llamaron, con una jactancia ilimitada “Convoy de la Victoria”. Sin embargo es cierto que, con ello, sumaron 2.500 hombres con toda su impedimenta, ametralladoras, una batería de artillería y equipo sanitario, sin todo lo cual hubiese sido imposible la progresión hacia Madrid. Ese mismo 5 de agosto, el Gobierno de la Generalidad de Cataluña decretaba la jornada máxima laboral de 40 horas semanales: tras la invasión de los fascista se tardarían 43 años, bajo el mandato de Felipe González, en recuperar este hito histórico, en pleno esfuerzo de guerra. Los comités obreros tenían el control de todos los servicios, de las grandes empresas, como Ford, la industria petrolífera, química, textil o naviera, y miles de empresas de menor tamaño. El 11 de agosto el Gobierno de la Generalidad creó el Consejo de Economía de Cataluña, con representación de todos los partidos políticos y sindicatos, que, el 24 de octubre, propulsó el decreto de Colectivizaciones y control obrero de industrias y comercios. No era aplicable a la agricultura ni a entidades de crédito. Dejaba a la negociación entre propietarios y trabajadores la colectivización de empresas de menos de cien empleados.

 

Era muy moderado, sobretodo en relación al ambiente social que se había alcanzado, gracias a la intervención de los partidos políticos, pero, también, a Juan Peiró, que encabezaba a los “treintistas”, los más moderados de la CNT. Entre los muchos problemas que debían atajarse estaban la concentración de esfuerzos para ganar la guerra, con una disminución del número de trabajadores experimentados, que habían marchado a los Frentes, evitar situaciones de desabastecimiento o de desempleo laboral, cuando la mitad del mercado estaba que poder de los fascistas, con lo que se rompía la red de relaciones comerciales. En el mes de agosto estuvo en Barcelona el sociólogo austriaco Franz Borkenau, que estudió una fábrica de automóviles, constatando que el Comité de Dirección nombrado por los trabajadores había reducido los costos y aumentado la eficiencia, y que los obreros, tanto los de Izquierda Republicana de Cataluña como los de CNT, trabajaba con libertad, entrega y entusiasmo. Concluyó que era debido porque, a diferencia de lo que ocurría en el mundo bolchevique, la estructura burocrática de planificación no les entorpecía. Experimentos similares fueron abortados por la injerencia soviética en Checoslovaquia o Polonia, o por la alemana reunificada y Estados Unidos contra la Yugoslavia socialista, consiguiendo su desmembración separatista, decenas de guerras civiles, barbarie, exterminios mutuos, imposición de regímenes fascistas, como en Albania, Bosnia o Croacia, que impiden el derecho a voto de los que consideran servios, e incluso la independencia de los kosoveses, gracias a la benevolente aceptación de albaneses huidos, que llegaron a convertirse en mayoría, tras los bombardeos inhumanos, inmisericordes, estadounidenses. Y ahora se quejan de que quemen sus embajadas.

 

La devaluación de la peseta incrementó los costes de las materias primas en un 50% en los primeros 5 meses, además de la dificultad de suministro. El Gobierno, además, opuesto a aventurerismo revolucionario, consiguió un embargo oficioso internacional de divisas para las empresas socializadas. A mediados de agosto el Partido Comunista concluía que ya no se trataba de una de guerra civil: la presencia de tropas y aprovisionamiento internacionales de modo “gratuito”, sin contraprestación económica preestablecida, sin garantías de recobro, obligaba a considerarla guerra internacional contra el fascismo, por la independencia de España, de la Patria, de la Nación, y por la democracia, por más que los fascistas, siempre mintiendo, todo lo pretendan “explicar” del revés. Pasados más de setenta años aún hay quienes se empeñan en negar los hechos, en continuar creyendo y propalando las mentiras propagandísticas de los de extrema derecha, sin reconocer que los republicanos habían traído la democracia a España, por lo se les intentó exterminar, lucharon por defenderla y traerla de nuevo, incluso renunciando a la forma republicana, si se imponía como condición imprescindible. Los vuelos fascistas continuaron: 677 hasta septiembre, con lo que 12.000 hombres se incorporaron al ejército franquista, la mitad de las tropas con las que contaban en Marruecos. Con la reserva restante se garantizaba apoyo en caso de necesidad y, sobretodo, mantener el control si el Gobierno constitucional conseguía convencer a los marroquíes de que aprovechasen para independizarse, cortando la base de aprovisionamiento de los franquistas. Los hermanos Primo de Rivera tenían en su celda un mapa de España, sobre el que dibujaban los movimientos de tropas de los que les llegaban noticias, en rojo y azul.

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