¿Un nuevo orden?

 

 

Muchos falangistas y guardias civiles se alistaron a la FAI para evitar sospechas (igual que había ocurrido con la Inquisición o se repetiría con los nazis: por ejemplo, Hitler y Himmler, tenían antecedentes judíos, aunque ambos eran hijos de autoritarios católicos, los de este último devotísimos, si bien la madre de Hitler le prodigaba mimos excesivos) y, por el mismo motivo, se comportaron con la máxima crueldad. Del mismo modo que, terminada la guerra, muchos anarquistas se incorporaron a la Falange o a la policía, delatando, torturando y asesinando a sus compañeros, pero, sobretodo, a los comunistas. En las zonas más pobres la represión fue muy superior. Por ejemplo, en Toledo se asesinaron a 400 personas entre el 20 y el 31 de julio, aunque no hay que olvidar que los amotinados en el Alcázar tenían secuestrados a 100 rehenes republicanos, que amenazaban con asesinar si se les asaltaba o bombardeaba, y que no sobrevivieron al asedio. En Ciudad Real, entre agosto y septiembre, se produjo la mayor parte de los asesinatos, unos 600 durante toda la guerra, cuyas víctimas, en su mayoría, fueron enterrados en el pozo Carrión. En toda Castilla-La Mancha suman unos 2.000 durante toda la guerra. En Ronda presuntos fascistas fueron arrojados por la hoz por forasteros. Igual ocurrió en otros muchos lugares, reproduciéndose un ritual del siglo XIXº, en el que se incendiaba las iglesias de los pueblos vecinos, pero no la suya propia, lo que deja la sospecha de que muchos de dichos asaltos, preludios de los del siglo XXº, especialmente durante el periodo republicano, estuviesen motivados por un deseo de venganza mutua entre pueblos colindantes. En Málaga prácticamente no hubo crímenes hasta el 27 de julio, tras el bombardeo fascista del mercado, en el que asesinaron a mujeres y niños.

 

El demente Queipo de Llano, con sus charlas radiofónicas, igual que, con sus intentos terroristas de amenazar con la “quinta columna”, consiguió provocar la furia represiva en Madrid, también lo logró en Málaga, al asegurar que tenía la ciudad llena de espías. Así que, los que resultaban sospechosos de ello, fueron sacados de la cárcel y fusilados. Entre agosto y septiembre hubo unas 1.100 ejecuciones extrajudiciales, entre ellas la del golpista General Patxot. En septiembre, en el País Valenciano se asesinaron a 4.715 personas. En ningún caso hubo una planificación de los asesinatos en la zona republicana, un estudio teórico sobre los efectos que podría provocar y su conveniencia, como sí la hubo, desde antes del golpe de Estado, entre los sediciosos. No hubo una fría, sistemática, masiva, primaria y activa ejecución, como entre los sediciosos, sino que fue anárquica, secundaria, reactiva, colérica, vengativa, consecuencia del impacto traumático que produjeron las noticias sobre el comportamiento terrorista en las zonas dominadas por los fascistas, y hubo una inmensa diversidad en las distintas zonas geográficas, muy influenciado por la preeminencia de organizaciones sindicales y políticas en cada una de ellas.

 

En las zonas dominadas por los golpistas la represión continuó hasta un mes antes de la muerte de Franco (en realidad continúa hasta nuestros días, pues los fascistas siguen asesinando, propinando palizas e incendiando locales de organizaciones y asociaciones democráticas, aunque los medios de desinformación en masa lo ocultan, la policía nunca encuentra a los culpables, y los jueces y demás autoridades niegan la existencia de una sistemática, achacándolos a reyertas o actuaciones aisladas, sin querer reconocer la existencia de organizaciones terroristas fascistas) mediante ejecuciones extrajudiciales o juicios injustos, permitiendo o no su defensa, con pruebas falsas o sin ellas, durante su tortura, con posterioridad a ella (por ejemplo, violaciones de mujeres, castración de hombres, etc.) o sin que se haya podido comprobar, excepto la inseguridad sobre su desenlace o la comunicación anticipada del mismo, y fue ordenada directamente por los mandos militares o políticos. En cambio, en las zonas republicanas, las autoridades actuaron con absoluta presteza para evitarla, existiendo informes policiales de ello y de la investigación para encontrar a los culpables. En septiembre, el Gobierno de Unidad, de Largo Caballero, consolidó los tribunales populares y se crearon consejos municipales, que sustituyeron y disgregaron las patrullas, cuyos miembros fueron enviados a combatir a los distintos Frentes. Los fascistas no hicieron nada parecido respecto de los falangistas asesinos.

 

De modo que la furia inicial empezó a ser controlada a partir de octubre de 1936, desapareciendo casi por completo a principios de 1937, si bien en los agónicos finales del Estado democrático tuvo lugar un proceso de descomposición, de desestructuración, obcecación y paranoia obsesiva respecto de la traición y el espionaje, parangonable a los que se han registrado en otras situaciones de derrota en otros países, con sus consecuencias de injusticias, violencias e inseguridad ciudadana. A finales de octubre, en Madrid, se fusilaron a 31 presos de la cárcel de Las Ventas, entre ellos el escritor vasco Ramiro de Maeztu y Whitney, embajador de Primo de Rivera y diputado por Renovación Española, Partido de la aristocracia y la alta burguesía, dirigido por Goicoechea y Calvo Sotelo, posteriormente redenominado Bloque Nacional, y Ramiro Ledesma, fundador de las terroristas Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista, o J.O.N.S.. Con los franquistas llegando a Madrid el Gobierno se traslada a Valencia, y da orden de traslado de los encarcelados golpistas. Se encargan de hacerlo milicianos anarquistas. Sin embargo no todos los convoyes llegan íntegros a sus destinos. Entre el 7 y el 8 de noviembre un total de unos 2.000 presos fueron fusilados en Paracuellos del Jarama y Torrejón de Ardoz. Se iniciaron procesos judiciales para esclarecer los hechos y condenar a los culpables, excavándose las fosas comunes en las que se habían enterrado los asesinados, algunos de cuyos cadáveres fueron reconocidos por sus familiares, con presencia de representaciones diplomáticas extranjeras. En la zona dominada por los fascistas nunca se hizo nada semejante. Sin embargo milicianos anarquistas armados de fusiles asaltaron los juzgados y robaron el sumario, por lo que no llegó a completarse. Azaña salvó a los agustinos del colegio de El Escorial, donde él había estudiado.

 

El Ministro de Gobernación, Galarza, salvó a Joaquín Ruiz Jiménez, que sería Ministro de Franco. Negrín, y hasta “Pasionaria” salvaron a bastantes posibles víctimas, ella precisamente a muchas monjas, algo que se suele ocultar. A pesar de ello los fascistas mantienen, sin más prueba que su propio fanatismo, que el Gobierno republicano ordenaba los crímenes. Igual defensa de la justicia y el orden llevaron a cabo, en Cataluña, Companys, Gassol, Escofet, Bosch Gimpera, Rector de la Universidad, o el sindicalista Juan Peiró, declarándose contrarios a los crímenes, ayudando a esconderse o a huir de España a cientos de posibles víctimas. El Gobernador Civil de Huelva, Jiménez Castellano, veló personalmente por la seguridad de los detenidos derechistas, lo que no se consideró en su favor por los fascistas. Igual hicieron muchos alcaldes, concejales y otras autoridades, así como sindicalistas, enfrentándose a los violentos, protegiendo a los apresados, incluso impidiendo la quema de iglesias. Durante toda la guerra, en la zona republicana, hubo unos 38.000 asesinatos (algún historiador eleva esta cifra hasta los 60.000 y los fascistas hasta los 500.000, aunque Salas Larrazábal lo negó) de los que 8.815 corresponden a Madrid y 8.352 a Cataluña, en 1936, en ambos casos. Mola era consciente de que nada estaba saliendo según sus planes. El fracaso en el amotinamiento de la Marina, debido a la presteza de Giral, algunos oficiales, y, sobretodo, la suboficialidad y la marinería, dejó a las tropas coloniales bloqueadas en Marruecos. Esto, junto con la derrota de la sedición en Madrid, lo que era previsible, Barcelona y todo el Mediterráneo, excepto Mallorca e Ibiza, imposibilitaba a los golpistas la toma del poder. Se iniciaba, por tanto, una guerra civil, cuyo desarrollo dependía del ejército colonial. La muerte de Sanjurjo dejó descabezada la insurrección.

 

Mola comprendió que era necesario cubrir este puesto de mando único, coordinar los distintos Frentes abiertos, impedir que surgiesen rivalidades entre los que habían aceptado, al menos, aparentemente, la dirección de Sanjurjo, así como confrontaciones ideológicas, que, ya se analizó en el capítulo “Todos contra todos”, eran sumamente previsibles. Además había que presentar una estructura que permitiese acuerdos de colaboración internacional. Mola, más que ningún otro, sufría las dificultades de municionamiento, y era el único que estaba en condiciones, que tenía la obligación, de atacar Madrid. Consideraba que era él quien debía suplir a Sanjurjo, ya que había sido el diseñador (“Director”, denominación ya bastante equívoca) del golpe. En realidad él era el que había dado la dirección a Sanjurjo, por el hecho de haber sido éste el primero en intentar la insurrección contra el orden democrático, sin que concurriese ningún otro mérito o esfuerzo que lo justificase. Tal vez contara con poder manipularlo a su antojo. El calculador Mola sopesó, desde el comienzo de sus planes, que su bajo escalafón en el generalato le impedían mayores pretensiones. Esto, unido al fracaso de todos sus planes, mermaba sus posibilidades, así como los éxitos de Franco y, sobretodo, Queipo de Llano. La muerte de Sanjurjo le presentaba una nueva oportunidad ¿Se puede entender esto como un móvil para su asesinato? Pero debía conseguirlo rápidamente, antes de que todo el mundo comprendiera que su plan había fallado, Queipo de Llano consolidara su conquista de Sevilla y Andalucía, y que Franco cruzara el Estrecho y absorbiera todo el protagonismo del ejército a su mando. Así que Mola convocó una Junta de Defensa Nacional en Burgos, el 24 de julio, compuesta por 10 Generales y 2 coroneles. Un número muy apostólico. La presidencia se la entregó a Cabanellas, el más viejo de todos, aduciendo su veteranía, su primacía en el escalafón, lo que parecía cerrar el paso al joven Franco.

 

Sin embargo Mola cometía un gravísimo error, con ello: el viejo Cabanellas podría ser manipulado por él, pero era masón, y eso le granjeaba el odio de los eclesiásticos, los ultracatólicos y el clerofascismo. Y, con él, a su mentor, a Mola. El 25 imprimieron un Boletín “Oficial del Estado” por el que se arrogaban, por su cuenta y riesgo, todos los poderes del mismo -que decían representar, “legítimamente”, para mayor escarnio, falsía- ante las potencias extranjeras. Mola era un ecléctico. Partía de la base de que los ciudadanos, en sucesivas confrontaciones electorales, habían demostrado su rechazo definitivo a la monarquía, y habían apostado por la separación entre la Iglesia y el Estado. En tal sentido se había expresado en varias ocasiones. Por igual motivo, debería también mantener que los españoles se habían decantado por la democracia. Pero no llegaba a tanto: era un autoritario y sólo creía en la dictadura. El tipo de régimen político, e incluso la religiosidad, le traían sin cuidado, siempre que permitiesen o facilitasen la implantación de la dictadura que deseaba. Ya tuvo problemas con los carlistas, cuyo apoyo tanto necesitaba, pues, prácticamente, no contaba con otras fuerzas. Estuvo a punto de dejarlos fuera de la sedición, al no admitir los compromisos, seguridades, definiciones políticas y religiosas que le exigían. Incluso ordenó arriar la bandera monárquica que se había izado en Pamplona. Queipo de Llano coincidía en todo con tales planteamientos. Pero llegaba aún más lejos: para facilitar la toma del poder había que utilizar los sentimientos republicanos, demostradamente expresados por la ciudadanía. Así terminaba sus charlas radiofónicas gritando: “¡Viva la República!” y con el Himno del Tenientecoronel Riego, para desconcierto de todos. Queipo de Llano también era masón. Pero el más ecléctico, pragmático, y falsario, de los tres era Franco. Su padre había sido masón, y lo eran sus dos hermanos.

 

El también había intentado serlo, pero fue rechazado. Quizás por su ignorancia y escasa capacidad filosófica. Es una historia similar a la de Nerón, que intentó integrarse en los “misterios eleusinos”, el culto de la diosa Demeter en Eleusis, que prometía la resurrección de los muertos y la vida eterna a sus seguidores. Pero fue rechazado por impío, por falta de virtud. Así que su odio lo llevó a perseguir a todas las religiones que prometieran lo mismo, entre ellas la propia de Demeter, el judaísmo y el cristianismo, que, en aquella época, no se distinguían uno del otro. Franco odiaba a los masones. Quizás también a su hermano Ramón, al que había llegado a pronosticarle que acabaría fusilándolo, cuando criticó su comportamiento en la represión de Asturias, en 1934. Posiblemente también odiara a su padre, que los había abandonado a todos para irse con una amante. Sin embargo tenía muy buenas relaciones con su hermano mayor, Nicolás, al que admiraba, y, tal vez, envidiaba (seguramente también envidiaba a su hermano menor, Ramón, el héroe del Plus Ultra y del levantamiento republicano de 1930) por haber conseguido entrar en la Armada y sus éxitos como universitario, ingeniero naval y abogado. Lo consideraba la figura paternal que le faltó. Pero no el sentido autoritario, ejemplificante o aleccionador, sino, probablemente, por que podía conseguir de él lo que le pidiese, utilizaba el sentimiento paternal del mismo para usarlo a su antojo. Nunca fue un hombre religioso, aunque, en contacto con la alta sociedad asturiana, comprendió las ventajas de mantener las apariencias en tal sentido. Así que Franco comenzaba a convertirse en el “candidato” de los curas, los eclesiásticos que saludaban brazo en alto, al estilo fascista, y del Vaticano. Y era precisamente la Iglesia el único elemento de confluencia de carlistas, alfonsistas, falangistas y conservadores autoritarios. Excepto el ala izquierdista de la Falange, asemejable al ala izquierdista de los Escuadrones de Asalto (S.A.) hitlerianos.

 

Y, como ellos, en cuanto su labor propagandística, de desubicación y confusión ideológica, dejó de ser útil, se hizo peligrosa, serían prontamente expulsados de cualquier núcleo de poder, incluso perseguidos. No es extraño que terminasen pactando con el Partido Comunista, bajo el nombre de Falange Auténtica, tras la muerte de Franco, su incorporación a la Junta Democrática que provocó el pacto por la transición a la recuperación de la democracia. El Cardenal Gomá había expresado que judíos y masones de tenebrosas sociedades del internacionalismo semita habían envenenado el alma nacional con doctrinas absurdas, cuentos mongoles convertidos en sistema político. Posiblemente no consideraba al catolicismo como una tenebrosa sociedad internacional, que había envenenado el mundo desde hacía siglos, provocando escalofriantes millones de muertes, de torturas, y cientos de guerras. Franco asimiló rápidamente el mensaje, de procedencia clero-fascista centroeuropea, y lo integró en su ¿ideario? hasta el último discurso de su vida. El Cardenal Vicente Enrique y Tarancón, en su “Recuerdos de juventud”, narra que todos los sacerdotes de Tuy, donde se encontraba en julio, se alegraron de la sedición militar, y la apoyaron como un deber de conciencia. El 30 de septiembre el obispo Pla y Deniel, de Salamanca, publicó la carta pastoral “Las dos ciudades”, reproduciendo el análisis maniqueista de San Agustín en su libro “La ciudad de Dios”, de quince siglos antes, nada menos que contra la Roma imperial. Culpaba de incapacidad a los gobernantes republicanos. No hizo lo mismo, posteriormente, contra el franquismo, en ningún momento.

 

Abominaba del intento de revolución comunista (los niños cantaban “¡Somos hijos de Lenin!”, que el asemejaba a los hijos de Caín) y pormenorizaba atrocidades comunistas y anarquistas, de quienes escribía que se gozaban con el asesinato, el saqueo, la destrucción y el incendio, diversiones que, por lo visto, consideraba exclusivas de los fascistas, “la ciudad celeste de los hijos de Dios”. Publicaba que Pío XIº estaba de parte de la contrarrevolución de los “cruzados de Cristo y de España”, y detallaba las peticiones eclesiásticas: derogación de toda la legislación republicana en materia religiosa, especialmente la Ley de Congregaciones de 1933, y matrimonial, sobretodo el divorcio, que el clero volviese a controlar los cementerios, y un nuevo Concordato. Aunque no lo manifestaba abiertamente, trataba de volver a las relaciones anteriores a 1931, a la interconexión Iglesia-monarquía, al césaro-papismo medieval, que habría conmocionado a San Agustín si hubiera vivido un par de siglos más, lo bastante para llegar a conocerlo. La mayor parte de la jerarquía católica estaba de acuerdo con todo ello, o, al menos, no mostró su oposición. Simultáneamente una minoría de sacerdotes denunciaba las atrocidades fascistas, arriesgando sus vidas. Igual había ocurrido durante la Revolución Francesa o la guerra napoleónica (impropiamente llamada “de la independencia”) española. Ir a misa o hacer ostentación de amuletos religiosos se convirtió en marchamo de fascismo: el retorno a la Inquisición. Incluso la carne de cerno, marranaj (“prohibida”, en hebreo) para mahometanos y, por errónea asimilación, para judíos, además de su más rápida reproducción, se convirtió en la dieta proteínica prevalente en la España fascista.

 

Existen numerosos casos en la Historia de la Humanidad en el que los insurrectos, unidos por el odio, no consiguen ponerse de acuerdo en un proyecto de futuro, de organización de un Estado, haciendo interminables las guerras. Estados Unidos tiene gran experiencia en ello. Así está ocurrió en Yugoslavia, y continúa ocurriendo en Afjanistán, Somalia, Irak, etc… en los que, tras haber apoyado a múltiples grupúsculos para acabar con Gobiernos progresistas, populares, que no claudicaban ante las grandes potencias, terminaron luchando entre ellos, haciendo interminables los conflictos. España, como se analizó en el capítulo “Todos contra todos”, caminaba en dicha dirección. Me decía mi padre que, los que no sirven para construir, se dedican a destruir. Los incapaces de educar adecuadamente a sus hijos se dedican a exterminar a los hijos de los demás. Al General Franco, quizás aconsejado por su hermano Nicolás, se le ocurrió una forma de extender, por algún tiempo, la unidad: reconocer que luchaban por una monarquía, aunque sin determinar quién sería el monarca. Dicha elección la decidirían después de la guerra. Alfonsistas y carlistas aceptaron de inmediato: se aplazaba así la confrontación entre ellos. Pero también los republicanistas accedieron a ello, ya que, en principio, era una especie de “monarquía electiva”, como la que había instaurado la Revolución Gloriosa, la “septembrina”, en 1869, y que, tras el fracaso de Amadeo I de Saboya, traería la I República al Estado español. Así lo creyeron Mola, Queipo de Llano, y la Falange, excepto su sector izquierdista, que siempre estuvo disconforme con ello.

 

Aunque siempre he sido republicano yo también accedería, en la actualidad, a un soberano elegible, aunque fuese de carácter vitalicio, siempre que pudiese ser cesado y no constituyese una dinastía imperativa, es decir, prejuzgase el nombramiento de su sucesor, antes que los innecesarios riesgos de una república, si no va acompañada de la revolución social, lo único que merece asumir tales riesgos. Lo que no podía nadie suponer es que Franco demoraría tal decisión 30 años más, y que no sería efectiva sino hasta después de su muerte, lo que le convertía en rey de facto. El General Franco, quizás también maquinado por Nicolás, organizó en Sevilla, para el 15 de agosto, fiesta de la patrona de la ciudad, la Virgen de los Reyes, un acto de homenaje a la bandera monárquica. Era la consecuencia lógica de la decisión anterior, de la aceptación de una monarquía si haber escogido, aún, el monarca. Queipo de Llano, comprendiendo la trascendencia de lo que significaba, no acudió a recibir a Franco. El Cardenal Ilundáin, sí. Pero entonces comprendió que su ausencia podía suponer, igualmente, su desaparición de la escena. Así que se presentó en el Ayuntamiento, cuando Franco ya estaba allí, y, en su balcón central, donde estaba previsto el cambio de banderas, y vomitó una de sus peroratas realmente demenciales. Mostró incomprensión por el color morado de la misma bandera a la que juró fidelidad, y bajo la cual había cometido su amotinamiento, argumentando que sólo podía simbolizar inmoralidad. Y que a la roja y gualda había que ofrecer, sin vacilar, la vida y el oro (¿de quiénes?) con lo que se cumpliría la copla (magnífica contrastación ideológica) que cantaba que no había oro para comprarla ni sangre para vencerla. Aunque había sido derrotada en Marruecos, cuyos kabileños ahora colaboraban en que se volviese a izar, y en las urnas.

 

Franco comprendió la oportunidad que se le ofrecía, así que pidió a Queipo de Llano que arriase la tricolor, que aún ondeaba: con ello Queipo estaba corriendo, él mismo, el telón final de su breve representación como rey de Sevilla. A partir de entonces podría ser virrey de Andalucía, pero ya había abdicado del protagonismo absoluto. La bicolor se izó al son de la Marcha Real, tras lo cual todas las “autoridades” allí presentes, entre ellas el Cardenal, la besaron con veneración teatral. Franco, entonces, tomó la palabra, para enfatizar que era la insignia de la raza (?) los ideales, la dignidad, la Religión, de todo lo que habían querido eliminar las hordas marxistas y la propaganda de Moscú. El retrato de Queipo de Llano se había obligado que colgara de las ventanas de las casas, y se reproducía en recipientes, ceniceros y espejos. Los “cortesanos” de Franco no podían consentir que se desmereciese la figura de su “jefe”, por lo que se destriparon los sesos para idear una forma de “contrapropaganda”. Se les ocurrió que su efigie apareciese al comienzo de las proyecciones cinematográfica, al son de la Marcha Real, durante 5 minutos, en los que el público debía ponerse en pie y saludar brazo en alto. Parecía que, con ello, se contentaba a monárquicos y fascistas. Pero, en realidad, se estaba estableciendo que el “rey” a elegir era el propio Franco, al que se le tocaba la Marcha Real, y que él era el máximo dirigente fascista, ya que Primo de Rivera estaba encarcelado por la República. Tan buena idea les pareció que se implantó en toda la zona “reconquistada”, en la que se impuso el retrato de Franco en todos los edificios públicos. Al sonar la Marcha Real, aunque fuese mediante emisión por radiofrecuencia, todos los que la oyesen debían levantarse, o parar de andar, aunque fuese cruzando una calle, y también los vehículos, y saludar brazo en alto.

 

Yo presencié, siendo niño, 20 años después, cómo un joven Guardia Civil abofeteaba a un viejo que no se había parado en medio de la Avenida de La Borbolla (apellido ilustre, de ascendencia asturiana, vinculado a la dictadura, aunque también al PSOE) frente al cuartel de la “benemérita”, de Avenida de Eritaña, tras la antigua sevillanísima Venta de Eritaña, propiedad de unos republicanos fusilados, hurtada a sus huérfanos herederos por el sacerdote que los tutoreaba, cuyo solar hoy ha sido absorbido por dicho cuartel, ni descubierto de su boina. Tal vez estuviese mal del oído. Mientras lo hacía, no respetando tampoco el toque de arriado de bandera, yo le miraba, con el mayor desprecio, intentando frenar con ello la humillación y el castigo al anciano, sin dejar de andar, desafiándolo. Me juré, entonces, no pararme nunca ni mostrar el menor aprecio por una bandera que, desde aquel momento, me resulta odiosa. La imposición era la norma de la España autoritaria, no sólo de la fascista. Los carlistas realizaron una insultante campaña de alistamiento, presentándolo como condición para ser buen español, amar a la patria y a sus gloriosas tradiciones. A sensu contrario, se podría inferir que, quienes no fuesen requetés, no tenían “derechos” (en realidad los autoritarios, los autócratas, los dictatoriales, negaban ningún derecho, excepto a ellos mismos, que se autootorgaban, incluso, el de la insurrección y el asesinato en masa) como ciudadano, eran reos de traición. En la misma línea, Manuel Machado, que resultó sorprendido por la sedición en zona fascista, escribió: “Si al oír un ¡Viva España! / con un ¡Viva! no responde / si es hombre no es español / y si es español no es hombre”, que cantaría Manolo Escobar, anacrónicamente, 40 años después. La Falange era mucho más insidiosa: imitando la frase del “tío Sam”, concluía con el lacónico “ahora o nunca”, entre amenazador y oportunista.

 

No en valde Queipo de Llano denominaba a la camisa azul el “salvavidas”: vistiéndola, muchos “camisas nuevas”, anteriormente republicanos, salvaron las suyas acabando con muchas otras. Y otros se prepararon para hacer el gran negocio con el “estraperlo” (así se llamó al mercado negro de productos alimenticios racionados, hasta casi 20 años después, cuando en toda Europa ya se había estabilizado la producción tras la hecatombe de la II Guerra Mundial) y la corrupción, a todos los niveles. En Sevilla, en menos de un día, llegaron a conseguir 2.000 nuevos afiliados. En octubre, en toda España, sumaban 35.000 falangistas, casi el 20% de los combatientes franquistas, en teoría muchos más que los requetés. Primo de Rivera temía que los militares y los conservadores los utilizaran y manipulasen en su provecho. A pesar de lo cual decidió apoyar el golpe de Estado. En la cárcel, igual que Ledesma Ramos, con Onésimo Redondo muerto, y muchos “camisas viejas” presos o muertos en los momentos previos o iniciales de la insurrección, comprendía que tal aluvión no iba sino a desnaturalizar sus líneas ideológicas. Aunque algunos se dirigieron a los Frentes, la mayoría, al contrario de lo que hicieron los carlistas, prefirió continuar viviendo en sus casas, dedicándose a asesinar a mansalva, cuando no a robar y sacar ventaja del terror. Formaron “patrullas del alba”, escuadrones de la muerte dedicados al fusilamiento cuotidiano, terminando por convertirse en una policía política, espías de todo, y sus “cuartelillos” en verdaderas “Ch.K.”, donde torturaban a su antojo, igual en hacía la Guardia Civil. Paseaban sus uniformes obligando a los viandantes a saludar brazo en alto gritando “¡Arriba España!”. Igual hacían las de la Sección Femenina, que entraban en las tabernas preguntándole a los hombres por qué no vestían la camisa azul, regalándoles vestiditos de muñecas, observadas y protegidas por escuadristas varones, que reían la escena.

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3 Responses to ¿Un nuevo orden?

  1. C. says:

    Vaya gratamente sorprendida, muy interesante… seguire leyendote a fondo…
    saludos

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