El terror

 

 

El terrorismo, siguiendo los estudios estratégicos del General alemán Von Neuman, era el núcleo fundamental de la actividad fascista. Igual que lo fue para los asirios, seleúcidas, romanos, xiung-nu (hunos, para los romanos) persas, mongoles, turcos, etc.. El 30 de junio, Mola instruyó eliminar “izquierdistas: comunistas, anarquistas, sindicalistas, masones, etc.”. Queipo de Llano amplió el “movimiento (…) depurador (de limpieza, con la misma raíz que “purga”) del pueblo español” a “corrientes sociales avanzadas” o de “opinión democrática y liberal”, según recoge el falangista, nada sospechoso de izquierdismo, Dionisio Ridruejo, en su libro “Escrito en España”, en fecha tan temprana como 1964. Y aún hay quien duda del carácter fascista de la sedición y posterior esclavitud española. El periodista estadounidense John Whitaker obtuvo esta respuesta del Capitán Gonzalo de Aguilera, uno de los jefes de prensa (que se supone deben ser diplomáticos, evitando todo lo que pudiese provocar rechazo, por ejemplo, de los católicos y sus jerarcas) de Franco: “matar, matar y matar” buscando “exterminar un tercio de la población masculina y limpiar el país de proletarios”. ¿Quiénes iban a trabajar, entonces? ¿Cómo se pretendía mantener la producción? Tal ignorancia, simplicidad de pensamiento, es típica del fascismo y del militarismo. La cuantificación a un tercio era la que evaluaban como votantes del Bloque Popular. Difícilmente se puede expresar de modo más contundente la paranoia exterminadora, genocida, típicamente fascista. Es falso que los crímenes fascistas fueran actos individuales de venganza o rencores personales. Eso pudo ocurrir entre los descontrolados y furibundos ciudadanos, y pueblerinos, republicanos.

 

Pero, entre los fascistas se trataba de un exterminio premeditado, instruido, calculado, planificado, incluso cuantificado, sin importar mucho sobre qué personas, en concreto, se aplicara, como se verá más adelante. Y, siempre, con la complicidad y bendición eclesiástica ¿Los mismos que ahora dicen que llamar matrimonio a la unión de homosexuales viola un derecho humano que se sacan de la casulla, y profetizan que acabará con la democracia, como ya hicieron los fascistas en otro tiempo? El exterminio comenzaba con su victoria, sobre los que habían defendido la legalidad vigente, desde el mismo momento de su rendición, y continuaba sobre todas las autoridades que no se hubiesen sumado a la sedición: Presidentes de Diputaciones Provinciales, parlamentarios (al menos 40 de los representantes del Bloque Popular) Gobernadores Civiles, alcaldes, dirigentes de las partidos políticos, concejales (si no fuese porque eran fascistas, se diría que estaban materializando el ideario anarquista) y también sindicalistas. A estos se les fijaba sobre el pecho el carnet de afiliado, “demostrativo” de su “culpa”. El exterminio (¿la “solución final”, como teorizaron los nazis respecto de los judíos?) continuaba cuando el Frente militar se alejaba, en retaguardia, a cargo de falangistas y requetés: funcionarios, de la Administración Pública, los Partidos o los sindicatos, intelectuales, la clase media progresista, las masas obreras…

 

En términos generales, todos los que no hubieran colaborado con los golpistas, desde primera hora, o agregado más tarde (estos últimos, quizás para sumar méritos, frecuentemente eran los más sanguinarios; en algunos casos eran anarquistas cambiados de bando; cabe meditar si, actualmente, los terroristas más eficaces o que más insisten en la persistencia de la violencia no serán los delatores infiltrados) eran susceptibles de ser exterminados: masones (destruyeron sus logias y asesinaron a casi todos ellos y a sus simpatizantes; por ejemplo, en Huesca fusilaron a una centena de presuntos masones, cuando sólo existían una decena) profesionales, periodistas, médicos, pequeños industriales, o cualquier “sospechoso” de haber votado por el Bloque Popular, simplemente por haber emitido su voto el 16 de febrero. El caso de los maestros fue paradigmático. Sobre ellos los fascistas descargaron un odio mortífero. No podían “perdonarles” haber “colaborado” con el fin del privilegio del monopolio de la enseñanza a manos de eclesiásticos o católicos, su entusiasmo por la república y la democracia, que no era más que reflejo del sentir de amplias capas populares, o agradecimiento por el aumento de plazas y la asignación, y cumplimiento, de un salario digno, por parte de la República, así como su entrega en la concienciación ciudadana, democrática, de la infancia y la juventud. Es significativa la resistencia, en la actualidad, por parte de los mismos, los que se consideran designados por Dios para ejercer el monopolio del adoctrinamiento de “su moral” (inmoral, como puede verse) a que se implante la asignatura de convivencia ciudadana, o se restrinjan sus subvenciones o cobros con cargo a los presupuestos generales del Estado, mientras toman, deslealmente, posicionamientos partidistas, sorprendentemente sumisos, al tiempo que intentan socavar, en franca rebeldía, la autoridad, legal y legislativa, del Estado.

 

En las primeras semanas tras el intento de golpe de Estado, se fusiló a cientos de maestros. Cincuenta sólo en León, donde no existió una significativa resistencia a los amotinados. Se formaron “comités locales”, integrados por un falangista, dirigentes de derechas, el comandante del puesto de la Guardia Civil, y, generalmente, los latifundistas locales y el cura, si bien, en algunos casos, estos usaron su posición de privilegio para impedir o disminuir mayores masacres. Realizaban listas de izquierdistas, masones o simples liberales, conocidos o sospechosos. A veces se ponían a su disposición las actas de las elecciones del 16 de febrero. Se reprodujo el ambiente de la Inquisición, por el que los sospechosos delataban a otros para salvarse ellos o a sus familiares. En algunos casos, que en Granada llegaron a ser unos 2.000 (cifra semejante a la de Paracuellos del Jarama, Torrejón de Ardoz y Getafe, pero sobre unas bases carcelaria y de población inmensamente inferiores) sacaban a los que cumplían penas de cárcel para completar sus estadísticas y objetivos de fusilamientos. Jamás se podrá saber, a estas alturas, la cuantía de los asesinados por el terrorismo fascista español, si bien el esfuerzo por recuperar la memoria histórica está avanzando un poco en la labor de objetivar las proporciones, a pesar de toda la resistencia de los fascistas actuales o de los descendientes de los asesinos.

 

Sin embargo, contra los republicanos sí hubo una “Causa General”, manifiestamente injusta, basada en testimonios de parte, con pruebas demostradas como falsas, sin defensa posible, mientras continúa sin juzgarse, sin investigarse adecuadamente, con todas las seguridades legales, o participación de todos los afectados, aunque no tenga repercusiones personales (pero sí, al menos, debe reponerse el honor de los condenados injustamente, y compensar su sufrimiento, a ellos y a sus herederos legales) dadas las diversas amnistías concedidas, los crímenes de los fascistas, que, al menos, permitan una cuantificación más o menos objetiva. En Sevilla se les hacía desfilar camino de las murallas de La Macarena, para dar “escarmiento” (es decir: terrorismo) aunque más tarde, por razones de higiene, se les amplió la caminata, el “paseíllo”, hasta las tapias del cementerio. Mi abuela Reyes me contaba que pasaban por la calle Feria, obligándoles a gritar “¡Viva España!”, sabiendo muchos cuál era el fin del “paseo” que les esperaba. Cada vez que veía “Los payasos de la tele”, y sus gritos de “¡Más fuerte! ¡No oigo nada! ¡No se oye!” recordaba sus relatos. Más tarde, y en otras partes, con más vergüenza, con menor “necesidad” del terrorismo, aunque éste siempre es un placer fascista, se les fusiló de noche, a la luz de vehículos, aunque las gentes podían oír las deflagraciones. Se utilizaron camiones (“de la carne”, les solían decir) para llevar los cadáveres (“clientes”, les llamaban en algunos casos) a los cementerios. El de la madre del dirigente comunista Saturnino Barnero estuvo expuesto varios días en la Plaza del Marqués de Pumarejo, en Sevilla. Igual se hizo en Huelva con un confitero que, en 1932, había arrojado una alpargata cuando el golpista Sanjurjo era conducido a Sevilla.

 

No fueron casos aislados: igual que en la Edad Media, este comportamiento se mantuvo durante mucho tiempo, hasta que, por motivos sanitarios (y, quizás también, porque el terrorismo empezaba a obrar en contra, a volver a la opinión pública, francesa y británica, del lado republicano) se exigió que se enterrasen de inmediato. Ni siquiera pueden “justificar” que el exterminio, el terrorismo, fuese venganza por la resistencia al golpismo y a la ocupación militar, o para acabar con la misma (es decir: terrorismo) o por el “calentamiento” de la guerra, que creen que puede justificarlo todo, aunque no para la zona republicana o en la revolución bolchevique, ni siquiera durante su periodo de guerra, más internacional que civil: ni en Navarra, ni en Palencia, Soria, Segovia o Burgos hubo la menor oposición, y en todas ellas se asesinó a los demócratas. En esta última se han computado 2.500 ejecuciones extrajudiciales, y en Navarra se llevan identificadas 2.789. Los pozos de Caudé, en Teruel, de 84 metros de profundidad, se atracaron a tope con víctimas del terrorismo fascista: un campesino se dedicó a anotar en una libreta los “tiros de gracia” que oía, sumando 1.005. El 15 de agosto, en Pamplona, requetés y falangistas escogieron a unos 60 presos, incluidos algunos sacerdotes sospechosos de separatismo, que no se contabilizan como persecución a la Iglesia, que sólo se aplica a los crímenes republicanos, para fusilarlos. Los requetés querían que pudiesen confesarse, los falangistas no. Durante la polémica algunos echaron a correr, por lo que tuvieron que cazarlos. Para terminar con ella los sacerdotes absolvieron en masa a los supervivientes, que fueron fusilados a continuación, pudiendo volver a Pamplona los camiones a tiempo de que los ejecutores requetés participaran en la procesión de la Virgen del Sagrario, a su paso por la catedral.

 

Que la represión fascista se cebara, pero no fuese exclusiva, en zonas de abundante implantación sindical y voto frentepopulista prueba que estaba planificada, que pretendía determinados objetivos, exterminadores, aunque no se basaba en causas concretas. Por ejemplo, el 61’75% de las represiones fascistas en La Rioja se realizaron en los distritos electorales que habían votado mayoritariamente por el Bloque Popular: las fosas comunes próximas a Logroño acogen a 2.000 cadáveres. Pero esto no excluía a los demás: casi todos los pueblos de La Rioja, también los que votaron por opciones radicalmente derechistas, tienen víctimas sepultadas en las fosas comunes de La Barranca. Pero la represión no se circunscribía a los votantes de 1936: en Uncastillo (Zaragoza) se “aprovechó” el golpe de Estado para fusilar a cerca de la mitad de los 118 apresados durante la huelga general revolucionaria de 1934. Queipo de Llano y su ayudante, el Tenientecoronel Cuesta Monereo, habían mentido, como siempre hace la derecha. Nombrándose General de la División, ante la amenaza del enemigo exterior, lo que era falso, declaró que el ejército tomaba la dirección del país, para entregarla mas tarde (40 años después) cuando se restableciera la tranquilidad y el orden (que él y los suyos habían deshecho) a elementos civiles preparados para ello (es decir: fin de la democracia) decretó el estado de guerra, el juicio sumarísimo (lo que no cumplió) y fusilamiento a los dirigentes de los sindicatos que convocasen huelga, a los que no entregasen las armas en su poder en el plazo de 4 horas, a todos los que perturbaran la vida (se supone que excepto a los suyos, que eran los que más la perturbaban, e incluso acaban con ella) y el toque de queda, movilizaba los reemplazos desde 1931, invocando el patriotismo por el bien de la República.

 

Engañó a los soldados, haciendo ver que defendía la república, con lo que consiguió las piezas del Regimiento Ligero de Artillería nº 3 con las que tomó el centro de Sevilla. Dijo a los soldados que se trataba de una operación militar, con lo que consiguió su obediencia. Cuenta Antonio Burgos que un Capitán sedicioso resultó herido, siendo acogido en el Ayuntamiento, donde le hicieron una cura, tras la cual, sacó su pistola y apresó al alcalde, Horacio Hermoso Araujo, que sería fusilado y sustituido por Ramón de Carranza, designado por Queipo de Llano, y al edil republicano derechista, Angel Casal, propietario de la tienda “El Rey de los Bolsos”, que lograría sobrevivir. El 22 de julio la Legión Extranjera ejecutó el asalto final contra los barrios obreros. Utilizaron como escudos humanos a los hijos de los trabajadores, que habían secuestrado. Así murieron Natividad Morales López, de 3 años de edad, Valeriana Romero Baena, de 5 años de edad, y Manuel Chaves Maqueda, de 12 años de edad. Una muestra de la heroicidad del “puñado” (unos 4.500, a esas alturas) de “valientes” que tomaron Sevilla, defendiendo a Dios, su “justicia”, el “orden” y la familia. Mi tía Julia Galván estaba en las barricadas de la Plaza del Marqués de Pumarejo. Era una mujer extraordinaria, bachiller superior, a pesar de ser hija de labriegos de una aldea extremeña, reflexiva, joven, bella y elegante, encargada de la zapatería La Imperial, en La Europa, y, al mismo tiempo, delegada sindical. Mi abuelo Rafael, que era Guardia Civil, con medallas al mérito militar al haber anulado y capturado, él sólo, a un nido de francotiradores, en Marruecos, y desarmado una bomba destinada a acabar con el rey, al paso del ferrocarril, consiguió liberarla. Le dijo que había agotado todos sus recursos, que no podría volver a hacerlo. Y ella le contestó que haría lo que consideraba su obligación. Así se fue a defender los pueblos de la provincia de la barbarie fascista.

 

En Mairena del Aljarafe se la encontró mi abuelo, en una cuneta, desnuda de la mitad inferior de su cuerpo, “reventada”, según sus palabras, y rematada a tiros. Es decir, cumpliendo estrictamente lo que Queipo de Llano, su “autoridad”, por entonces, les enaltecía radiofónicamente. Eran unas hordas dirigidas y encaminadas para sembrar el terror: terrorismo. Perfectamente planificado. Queipo de Llano les prometió impunidad para sus crímenes, y lo cumplió. Con la colaboración de la amnistía por el festejo de la coronación de Juan Carlos I ¡Los defensores de la familia tradicional…! No quiso reclamar su cadáver para evitar que mi abuela tuviese que reconocerla, por lo que estará en alguna fosa, si es que aún no la han localizado. La resistencia final fue replegándose hasta el arco de La Macarena, donde acabaron con ella mediante empleo de artillería. Cuando llegaron los marroquíes, asesinaron a los resistentes republicanos supervivientes con sus puñales. Pero, para entonces, con las tropas coloniales en la ciudad, oponérsele ya era imposible. A Fernando Barrera, tío de un cuñado mío, lo castraron en Triana. Meses después se suicidó. Por cierto, a su entierro fueron a llorarle dos novias. Queipo de Llano designó Delegado de Orden Público al Coronel Díaz Criado, que apresó al Gobernador Civil, José María Varela Rendueles, a pesar de la “palabra de General español” de Queipo de Llano de respetar la vida de todos los que le acompañaban, incluidos los guardias de asalto que le defendían, si se rendían, lo que no cumplió. El honor… Varela fue condenado a muerte, aunque se había negado a entregar armas a los sindicalistas. Franco lo indultó por intercesión de la condesa de Lebrija y un jesuita.

 

También apresó al Presidente de la Diputación Provincial, al Delegado de Trabajo, al Jefe de la Policía Municipal, aunque éstos no habían participado en los tiroteos, por ninguno de ambos bandos, a muchos concejales, pero también a simples funcionarios del Ayuntamiento o de otros organismos públicos, “culpables” de haber colaborado, en el cumplimiento de sus obligaciones laborales, con las autoridades democráticamente elegidas, todos los cuales serían asesinados. La cárcel resultó insuficiente para tanto apresamiento, así que se hizo uso del Cine Jáuregui, donde se hacinaron 2.000 secuestrados, el revistero Teatro Variedades, el local de la Falange, en la calle Jesús del Gran Poder, futura sede de la Obra Sindical 18 de Julio y del Seguro Obligatorio de Enfermedad, dos barcos anclados cerca de la Torre del Oro, e incluso la Plaza de Toros. La hermana de Pepe Díaz, Francisca, de 18 años, fue interrogada durante una noche, en la que vio cómo se llevaban a muchas obreras de una fábrica de aceite, en cordada de presos, para fusilarlas. Aquel año fueron asesinadas 8.000 personas por las hordas fascistas en Sevilla. Las investigaciones actuales elevan dicha cifra hasta unos 15.000 durante todo el régimen franquista. El 10 de agosto fueron fusilados, entre otros, el masón Fermín  De Zagos, el socialista Manuel Barrios, y el notario Blas Infante, Padre de la Patria Andaluza, este último tras haber pedido confesión y comunión, en las tapias de la Granja de Las Beatas, que surtían de alimentos a La Gota de Leche, institución protectora de la infancia desposeída, sita en el kilómetro 4 de la carretera de Madrid. De Carmona, como se la conoce en Sevilla. Un pastor oyó la deflagración y acudió a ver que pasaba. Muchos años más tarde desveló que Infante había sobrevivido. Llamó a la puerta de la granja, pero las monjas, que también habrían oído el fusilamiento, no le abrieron.

 

Sediento, ya que se estaba desangrando, fue a beber a una fuente-abrevadero cercana, y se sentó en el pretil a esperar que alguien pasase por allí y le socorriese. El pastor tampoco quiso correr riesgos y se marchó, motivo por lo que ocultó su testimonio durante tanto tiempo. Al día siguiente fueron a recoger los cadáveres. Infante estaba caído, al pie del pretil del abrevadero. A Córdoba la conquistaron casi sin resistencia, por lo que no hubo represalias. Enfurecido, Queipo de Llano envió allí a Bruno Ibáñez, Comandante de la Guardia Civil, para que las hubiese. Este encargó relaciones de fusilables a latifundistas y clérigos. Se les secuestraba, por la tarde, en los sótanos de la sede de la Falange, que, a la mañana siguiente, estaba vacío. Por los olivos y los caminos quedaban los labriegos fusilados. También en el cementerio y en las carreteras. Durante toda la guerra, “Don Bruno” asesinó a unos 10.000, casi al 10% de la población cordobesa. Huelva no fue conquistada sino hasta mediados de septiembre, tiempo durante el cual imperó el orden. Pero, tras la entrada de los fascistas fueron asesinadas 2.000 personas, entre ellas el Gobernador Civil, Jiménez Castellano, y los comandantes de la Guardia Civil y de Carabineros. A lo que hay que añadir otros 2.500 desparecidos, posiblemente en el mar. Consumada la conquista de la provincia, Queipo de Llano envió a Castejón a abrir el camino hacia Extremadura, la “Vía de la Plata”, ruta que le pareció más accesible hacia Madrid, ya que las mayores dificultades orográficas en tal carretera estaban situadas en la provincia de Sevilla, ya tomada, y los republicanos no habían tomado posiciones en dicho trayecto, más largo que la “ruta califal” por el Valle de los Pedroches, y algo más que por la “ruta de los invasores castellanos”, por Despeñaperros, que sigue siendo la carretera “de Andalucía”, por antonomasia, que sí estaban defendidas por milicianos. Es lo que se conoció como “la columna de la muerte”.

 

Cuando Castejón llegó a Zafra nombró las “autoridades” que le pareció: la “legalidad” fascista, como un señor feudal, exigiéndoles que le entregasen una relación de 60 fusilables, el 1% de la población. El modus operandi se describe a continuación. A los “agraciados” se les iba apresando y se los encerró en una habitación del Ayuntamiento. Pero no se les fusilaba de inmediato: podían con ello enojar a alguien “de orden”. Estos iban pasando por las dependencias municipales, se es enseñaba la lista, la examinaban, y podían borrar de ella a los que quisieran, hasta un máximo de tres. Pero debían sustituirlos por otros tantos. Así hasta que, al mediodía, Castejón consideró que su mesnada había descansado y podía reanudar la marcha, llevándose amarrados a aquellos por los que ningún poderoso se había interesado, al parecer unos 48. A cada alto en el camino se fusilaba a siete de ellos y se les dejaba en la cuneta, para propagar su efecto terrorista. Se supone que los supervivientes oían las deflagraciones y sabían lo que les esperaba. Es decir: no importaban las personas, ni los motivos, ni las causas, ni las culpas. Era una auténtica represalia fascista. Lo único que importaba era el número. Simultáneamente se creaba una cadena de favores, de agradecimientos, de dependencia, hoy por ti mañana por mí, al más puro estilo mafioso. De tal modo se ponían los cimientos del futuro Estado fascista, no de derecho. No es extraño que sus consecuencias fuesen la corrupción y el enchufismo. Aunque, bien pensado, no era más que la continuidad de la monarquía absolutista, que, desde el fin del imperio romano, soportaba España, y del que los periodos democráticos habían sido excepciones, interruptus. De alguna forma el felipismo heredó tales tendencias, aunque sin dichos inicios, antecedentes: es la inercia de la historia, que tanto tiempo se tarda en superar, en sustituir por el auténtico Estado de derecho, en todos sus niveles y concreciones.

 

Tras cruzar el estrecho de Gibraltar, un nuevo contingente de 2.500 hombres se unió a los sediciosos. Por orden de Franco, el Tenientecoronel Yagüe, de mayor graduación y de su entera obediencia, se hace cargo del mando, con lo que Queipo de Llano pierde la preeminencia militar. Si hubiese tomado directamente el mando, en lugar de permanecer cómodamente en Sevilla, disfrutando de sus sádicas, psicopáticas, sexuales arengas radiofónicas, tomando el control “político” y económico, pretendiéndose el heredero de Sanjurjo, demostrando sus habilidades en tal sentido, sólo el propio Franco podía haberse puesto al frente. Siguiendo la ruta abierta por Castejón, el 11 de agosto conquistaron Mérida. El 14 de agosto se lanzó el asalto sobre Badajoz. Los franquistas siempre han justificado este hecho indicando que no podían dejar un número tan elevado de republicanos a sus espaldas. En realidad no suponían ninguna amenaza, al no disponer de medios mecanizados para perseguirles, ni artillería para enfrentárseles. Fue orden expresa de Franco. Posiblemente quería contar con una ruta directa de escape si todo salía mal, como hacen los “buenos” delincuentes. Y, también, de aprovisionamiento alternativo, a través de Portugal. Pero, sobretodo, era una excusa perfecta para demorar la ayuda que Mola pedía con insistencia, cuyas tropas, el 21 de julio, habían sido detenidas en la sierra en la sierra en su ataque hacia Madrid. Igual haría desviándose para recibir la pleitesía del Coronel Moscardó, en Toledo. En realidad lo que pretendía es que Mola fracasase, que no pudiese conquistar Madrid ¿No era esto malo para “su causa”? Para “la suya”, no. Debía quedar claro que era imprescindible, que él era el único artífice de la victoria, y que a él le correspondía la “herencia” de Sanjurjo, el mando supremo de toda España. La “Causa General” contra los demócratas computó, sin ninguna garantía, 243 asesinatos causados en Badajoz por los republicanos.

 

La República trató de enaltecer la defensa de la ciudad, propagando que había costado cientos de muertes a los franquistas. Estos, conscientes de la masacre que habían organizado, repitieron dicha cifra. Mas tarde sus propios “historiadores” la rebajaron a 285. Hoy se ha establecido en 44 muertos y 141 heridos. En base a ello pretenden justificar los 12.000 asesinatos fascistas en la provincia, de ellos 6.610 perfectamente identificados, y el resto conjeturas por las cifras de enterramientos y fosas comunes encontradas. Se concentró en la Plaza de Toros a los defensores que se habían rendido. De allí se sacó a los militares y fuerzas de seguridad republicanas, a los que se paseó por la ciudad y se fueron fusilando en sus plazas y calles, o en las del cementerio, alineados para facilitar su sepultura. Sin embargo, el número era tan increíble, que no pudieron hacerlo: tuvieron que incinerar los cadáveres, motivo por el que su cuantificación resulta difícil. Al resto se les aniquiló en el coso taurino, emplazando una ametralladora, al más puro estilo nazi, en la puerta de toriles. Durante dos días se impidió que los periodistas pudiesen entrar en la ciudad, para que los fascistas disfrutasen a gusto de sus sanguinarias y macabras orgías. En esto Franco era distinto a Queipo de Llano. Y también la situación. La estrategia ya no era de terrorismo: el golpe de Estado había fracasado. Ahora se trataba de una guerra, el ejército de Africa conquistando España: el mundo del revés. Lo lógica hubiese sido que se hubiera acabado con el terrorismo, propiamente, que se tratara de obtener una limpia victoria militar. Pero no era esta la pretensión: se trataba de sustituir el terrorismo por el exterminio. Franco ya empezaba a plantearse, no asumir el poder, sino mantenerlo de por vida. Y, para ello, no podía sobrevivir una oposición.

 

Es decir, el terrorismo no acababa, sino que, a partir de entonces, se ocultó, se negó, como hicieron los nazis, que tanto aprendieron en la guerra de España, con sus campos de exterminio. Los marroquíes utilizaron sus puñales para castrar a los republicanos, dándoles de comer sus órganos genitales a los perros, lo que les producía hilaridad. Tal vez trataran de que aprendiesen dicha conducta, que continuaran practicándola, contra una población desarmada, cuando abandonasen la ciudad. España no había sido capaz de conquistar Marruecos, de europeizarlo. Los marroquíes habían derrotado a Españaen dicha misión. De una u otra forma habían contribuido a la instauración de las dictaduras, al derrocamiento del rey. Habían conquistado a una parte del ejército, conseguido que el salvajismo se apoderara de una parte de ellos, primeramente de la oficialidad de los mercenarios “regulares” marroquíes, entre los que se encontraba Franco. Después en el Tercio de Extranjeros, en cuya creación participó Franco. Más tarde en todos los militares “africanistas”, entre los que se encontraba Franco. Y ahora el ejército de Africa conquistaba España, una parte de Europa. Unos nuevos bárbaros, esta vez por el Sur, iban a acabar con el Estado de derecho, a sustituirlo por el salvajismo tiránico, vístase de fascismo, de nacionalismo, de catolicismo, o de cualquier otra justificación, que los criminales innatos encuentran con tanta facilidad para sí, aunque la rechacen para sus adversarios.

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