La guerra 1936-1939

 

 

Finalmente, el 1 de agosto, las milicias obreras decidieron que no había más remedio que asaltar los acuartelamientos valencianos. De forma que los de Infantería y el de Caballería de La Luisiana optaron por mostrarse innegablemente sediciosos. Pero, en contra de lo que esperaban, ante las milicias obreras, la Guardia de Asalto y algunas piezas de artillería, los soldados, posiblemente conocedores de lo ocurrido en el cuartel de La Montaña, se negaron a disparar, rindiéndose sin ofrecer ninguna resistencia. A primeras horas del 2 de agosto habían entrado los milicianos y las tropas leales al Gobierno en todos los cuarteles. Pérez Salas, liberado, permitió salir por una puerta trasera a sus “compañeros de armas”, para evitar que los milicianos les diesen su merecido. Por la misma razón fue trasladada a la motonave Cantábrico la oficialidad insurrecta apresada, para evitarles un final como el del cuartel de La Montaña. A pesar de ello, cuando los facciosos entraron en Valencia en 1939, y asaltaron la embajada de Panamá, donde se había refugiado, nadie “recordó” este hecho, y, el entonces Coronel de Estado Mayor, Pérez Salas, fue fusilado. Por cierto, dicha república ni siquiera se molestó en remitir una queja diplomática por ello.

 

La República Española había respetado escrupulosamente todas las legaciones extranjeras, incluyendo las representadas por personas sin ninguna designación oficial, por huida de sus respectivos titulares, como la noruega, las manifiestamente fascistas, como la anterior y la finesa, las que dieron refugio a fascistas en sus recintos (por ejemplo, las antedichas) que, cuando pudieron salir de su encierro, se dedicaron a asesinar o a señalar a demócratas para que fuesen perseguidos, o las que pintaron sus respectivas banderas en sus tejados y azoteas, para evitar que las aviaciones franquista, alemana e italiana les bombardeasen, sirviendo así de referencia para la más exacta localización de sus objetivos por las mismas. Entre tanto las milicias obreras y campesinas, junto a los destacamentos procedentes de Valencia y de Madrid, donde la situación parecía más controlada, pasando a la ofensiva, habían reconquistado terreno, hasta las proximidades de Córdoba y Granada. Los mineros de Río Tinto resistieron en sus instalaciones, hasta que, a finales de agosto, agotaron los explosivos y municiones de que disponían. Los republicanos se daban cuenta de los errores cometidos despreocupándose del ejército. En primer lugar confiando en la lealtad y el honor militares, contando con que la generosa oferta de concederles la baja con todos sus emolumentos a los que se negaran a jurar fidelidad a la República sería suficiente. El PCE realizó una valerosa y esforzada estrategia en conseguir afiliados entre oficiales y suboficiales, fruto de lo cual fue su conocimiento previo y advertencia sobre el intento de golpe de Estado de Sanjurjo. También pudo ser una estrategia de descrédito permanente de los militares, como expresó Franco en su inconcebible carta al Presidente del Gobierno tres semanas antes del golpe de Estado del 17 de julio.

 

Sin embargo, lo cierto es que los pronósticos comunistas se cumplieron, cogiendo a todos los demás por sorpresa, una y otra vez. Semejante ingenuidad, así como la de creer sus juramentos y seguridades de estar en contra de los sediciosos después de dicha fecha, para, posteriormente, traicionar al Estado español con la mayor de las felonías, sorprendiendo nuevamente a muchos, llevó al Gobierno de Giral a disolver el ejército, siguiendo los planteamientos anarquistas y del sector de Largo Caballero. Posiblemente con ello se evitó que unidades enteras, con su dotación y armamento, pasaran, de grado o por la fuerza, al bando de los golpistas. Pero la disolución significó la deserción de gran cantidad de reclutas de reemplazo, y la imposibilidad de utilizar activa, rápida y eficazmente las unidades leales durante los decisivos primeros días. El primero en darse cuenta de ello fue Martínez Barrio, que organizó desde Valencia columnas de tropas para la defensa de Madrid y, posteriormente, la reconquista de Andalucía. Y en segundo lugar la derivación de recursos hacia gastos sociales, innegablemente imprescindibles e insuficientes, pero que, ahora, se demostraba que estaban en riesgo, durante un largísimo futuro, por no haber atendido a la compra de suficiente material militar, con el que se podía haber atajado la insurrección. Aunque también dicho material habría dado mayor capacidad destructiva a los amotinados. Esta falta de inversión en gastos militares había sido repetidamente manifestada por el ejército, pero también por sus Ministros, Azaña y Gil-Robles, entre otros. Como de costumbre, la falta de previsión trató de superarse, muy a la española, con nuestra proverbial capacidad de improvisación, es decir: el arte nacional de la chapuza.

 

Así se subieron obuses en camiones y camionetas. Incluso se llegó a disparar desde tal emplazamiento, en algunos casos causando accidentes, al no prever la fuerza del retroceso, la resistencia de la estructura del vehículo o el desplazamiento del centro de gravedad del mismo. Sin embargo la idea era innovadora. Los soviéticos la llevaron a la práctica de inmediato, superponiendo torretas del tanque T-27 sobre camiones semiacorazados, que llegaron a operar durante la guerra española de 1936-1939. El resultado fue malo, porque la coraza era insuficiente, aunque se demostró una medio eficaz y barato de conseguir apoyo artillero, siempre que el contrario careciera de capacidad antitanque. Ya analizaremos como, a raíz de la experiencia en dicha guerra, tal vez del conocimiento de las antedichos vehículos soviéticos en la misma, y de las exigencias de Rommel durante la campaña africana, los alemanes fabricaron Flack-88 autopropulsados, sobre chasis de camiones, que tuvieron un efecto impactante sobre el campo de batalla, y sobre el desarrollo de los carros de combate de entonces y del futuro, toda vez que el alcance eficaz de dicho cañón era superior a los demás medios antitanques y acorazados de la época, lo que le confería una primacía absoluta. Pronto se comprendió, en España, que era más cómodo y seguro remolcar los obuses en lugar de subirlos y, en su caso, bajarlos, de los camiones. Desde un siglo antes todos los militares soñaban con un medio de tracción mecánica para la artillería. Varios países experimentaron con tractores accionados por vapor de agua.

 

Pero eran lentos, sobretodo para ponerlos en marcha, hasta alcanzar la suficiente presión en sus calderas, difíciles de maniobrar, por ejemplo, en el interior de las ciudades, o para darse la vuelta en una carretera, su peso los imposibilitaba para desplazarse por terrenos blandos o en barrizales, o superar la menor pendiente, o, dada también su altura y su elevado centro de gravedad, desplazarse por superficies desniveladas, acometiendo sesgadamente dichas pendientes. Además, bastaba una bala o un trozo de metralla para que sus calderas reventaran, pudiendo la explosión propagarse al amunicionamiento. Los motores de explosión interna carecían de potencia suficiente y, durante la I Guerra Mundial, el escenario bélico era el paisaje lunar de las trincheras surcadas de zanjas y socavadas por cráteres del reiterado bombardeo, por lo que sólo los carros de combate suponían una alternativa útil. Pero, en una guerra móvil, como la española, con camiones de mayor potencia y carreteras modernizadas por Primo de Rivera y la República, la tracción mecanizada de la artillería hizo su aparición mundial. Se “acorazaron” camiones y camionetas recubriéndolos con chapas soldadas. En algunos casos convirtiéndolos en eficaces autoametralladoras, o usándolos para embestir barricadas y otras defensas improvisadas y poco fortificadas. Pero en otros, sobretodo cuando se pretendieron corazas más efectivas, de mayor grosor, demostraron que los motores que servían de base carecían de potencia suficiente, lo que, unido a la dificultad de la refrigeración, añadida por el chapeado superpuesto, les llevó en muchos casos a su agrietamiento: como dicen los franceses “se gripper” (castellanizado “griparse”) que significa producir diarrea, al escaparse el aceite.

 

A comienzos de agosto se completó el rosario de felonías sediciosas. Ya no hubo más desenmascaramientos de los cobardes golpistas que se mantenían agazapados, esperando a sopesar sus oportunidades, de qué lado se decantaba la victoria, jurando (y, por tanto, perjurando) que estaban del lado de la legalidad vigente, para después traicionarla. Lo que no significa que no hubiese más traiciones en el futuro, sino que ya éstas no iban a involucrar nuevas unidades o acuartelamientos amotinados, sino individualidades que continuaron practicando un doble juego, pasando información a los sediciosos o “aconsejando” de modo conscientemente erróneo, contrario a los intereses de la República. Para entonces la rebelión dominaba el Marruecos español, Castilla-León, Aragón, Galicia, Navarra, las provincias de Alava, Cáceres, Huelva, Cádiz, Tenerife, Las Palmas, casi toda Sevilla y Baleares, buena parte de Granada, las ciudades de Oviedo, Ceuta y Melilla, el alcázar de Toledo y un grupo de rebeldes que realizaban desmanes en la provincia de Jaén, usando como refugio y base de operaciones el Santuario de Nuestra Señora la Virgen de La Cabeza, patrona de Andujar. El Gobierno legítimo mantenía el dominio de Castilla-La Mancha, Cataluña, el País Valenciano, Cantabria, la mayor parte de Andalucía, las provincias de Vizcaya, Guipúzcoa, Badajoz, Murcia, casi toda Asturias, la isla de Menorca y algunos barrios del casco histórico de Sevilla. Es decir, conservaba 14 millones de ciudadanos sobre 270.000 kmtrs.2, frente a 11 millones y 235.000, respectivamente, más el Marruecos español, que desequilibraba ampliamente dicha semejanza. Se podría decir que la población española en Marruecos era muy escasa, pero a los golpistas no le importaba, ya que, sin el menor escrúpulo se dedicaban a “reclutar nativos” de dicho país.

 

Tal conducta, así como la crueldad que demostraron durante su participación, como la que ya era conocida defendiendo su territorio frente a la ocupación europea, más en concreto la española, que pronto se demostró la parte débil, la que más dudas albergaba en su población sobre la justicia, conveniencia y duración de dicha nueva aventura imperialista, debía haber significado el desprecio y reproche de propios y extraños hacia quienes los emplearon. Como les ocurrió a los franceses, que utilizaron “pieles rojas” en sus guerras del Canadá o de los 7 años. O los británicos, durante la independencia de Estados Unidos. Sin embargo sólo los republicanos mantuvieron la repugnancia hacia tal incoherencia de quienes se decían “nacionales”, que pretendían la independencia de hordas extranjeras y defender la religión católica. E incluso se ha llegado a olvidar. Por otro lado Marruecos representaba una inmensa producción agrícola, suficiente para abastecer al ejército sedicioso. Una ambicionada producción minera, que suponía divisas con las que financiar o garantizar la compra de armamentos. Y una extensa cantidad de puertos y costas que podían utilizarse para recibir armas del extranjero, y concentrarlas para aprovechar la mejor ocasión para llevarlas al lugar que más le interesase de los territorios que habían dominado. La Armada española no podía controlar tantas costas y puertos. Más aún teniendo en cuenta la interferencia que realizarían las Flotas alemanas, italianas y, en menor medida, británica y francesa. El pro-fascista Comité de No Intervención, formado fundamentalmente por Gran Bretaña y Francia, ni siquiera llegó a plantear el bloqueo marítimo o la vigilancia marroquí, manteniendo la ficción de que se trataba de una nación independiente.

 

Además de los 15.000 mercenarios “regulares” marroquíes, las fuerzas ocupantes de 11.000 soldados españoles de reemplazo, otros 10.000 mercenarios, reclutados “irregularmente” entre las kabilas que de modo tan resuelto se oponían a la ocupación, y los 4.000 legionarios que de allí se trajeron. Es decir, unos 40.000 hombres endurecidos y entrenados en cruelísimos combates y métodos de lucha propiamente salvajes, coloniales. Que, añadidos a otros 50.000 soldados reclutados de reemplazo, de menor rendimiento militar, y 30.000 miembros de las fuerzas de seguridad del Estado, que tomaron para su bando en la península, sumaban un potente ejército de unos 130.000 hombres, incluyendo 10.000 jefes y oficiales y 17 generales, aunque muy dispares y difíciles de conjuntar. La República podía haber contado con otros 50.000 soldados reclutados de reemplazo, 7.000 jefes y oficiales y 22 generales. Sin embargo la disolución del ejército hizo, en principio, inutilizables tales fuerzas, su coordinación y acción ofensiva inmediata. Buena parte de ellos, tras el decreto de disolución, lógicamente, desertaron. Bastantes oficiales se pasaron al bando golpista, y muchos generales, ya de edad avanzada, prefirieron no implicarse en una guerra que tomaba mal cariz, en la que los militares de carrera en el bando republicano, tenían poco que hacer, tras la disolución del ejército. Sumados unos 33.000 miembros de las fuerzas de seguridad del Estado se podrían considerar unos 90.000 hombres bajo las armas, aunque dicha cifra teórica había mermado tas la repetida disolución. La República contaba con las ciudades más pobladas y las zonas industriales, lo que aportaba la mejor capacidad productiva, aunque no de armamento, para lo que se carecía de fábricas adecuadas para las exigencias de la época, y, sobretodo, de la mayoría de obreros sindicalizados, que aportarían todo su entusiasmo combativo en los primeros meses de contienda.

 

Pero también con gran parte de la producción minera y agraria, sobretodo el arroz levantino, el vino y los cítricos, principales fuentes de divisas del país. Así como las que poseía el Banco de España. Sin embargo, al poco, se demostraría que todo ello no suponía una gran ventaja, puesto que Franco iba a recibir inmensas cantidades de armamento con pago aplazado, mientras que a la República, a pesar de su legitimidad y que podía pagar de contado, se le bloqueaba su posible adquisición, lo que iba a dejarla sin más apoyo y fuente de aprovisionamiento bélico que la Unión Soviética. El trigo estaba repartido entre ambas zonas. Las minas de Río Tinto continuaron dominadas por sus trabajadores, hasta que los fascistas acabaron con ellos a finales de agosto. A partir de entonces Queipo de Llano la convirtió en una fuente de divisas y, también, objeto de ambición, por parte de Alemania, y de impedirlo, por parte británica, lo que la hizo un eficaz elemento de presión diplomática, aunque lo lógico, si no hubiese habido una intencionalidad ideológica oculta, hubiera sido que los británicos apoyaran decididamente la victoria de los demócratas. Los fascistas, que sólo controlaban las zonas más retrasadas, en todos los aspectos, y empobrecidas, tenían, en cambio, el control de la industria conservera, de pescados y productos agrarios, de Galicia, La Rioja y Navarra, lo que tendría efectos directos sobre las tropas en campaña. La República controlaba, en principio, una zona compacta, salvo la isla de Menorca y la resistencia sevillana, unida por redes de ferrocarriles, carreteras, telégrafos y telegrafías. Los fascistas dominaban zonas separadas, en dos Continentes distintos, insulares, e, incluso, las peninsulares, divididas por la provincia de Badajoz, o desperdigadas en ciudades y reductos aislados.

 

Sin embargo, de inmediato, Franco contaba con apoyo aéreo, sobretodo de transporte, de los fascistas, todas las navieras internacionales, que no tuvieron el menor empacho en servirle, mientras que, en parte por la intervención del Comité de No Intervención (a favor de la democracia) bloqueaban el acceso a los puertos leales al legítimo Gobierno. El dictador portugués, Antonio De Oliveira Salazar, vendió armas y municiones a los fascistas, producidas en sus fábricas, los Bancos portugueses le consiguieron préstamos internacionales, el puerto de Lisboa concentraba los envíos de alemanes e italianos, que se reexpedían por carretera hacia las zonas franquistas, esquivando el simulacro del Comité de No Intervención (a favor de la democracia) facilitó el aeropuerto de Caía, desde el que la aviación alemana bombardeó Badajoz, y una central telefónica en el Hotel Aviz de Lisboa, que unía las líneas telefónicas de Burgos y Sevilla. Igual hizo la Armada británica en Gibraltar, informando sus escuchas de radiofrecuencia y hasta los mensajes descifrados. Igualmente desde Estados Unidos, la ITT (la verdadera propietaria de la Compañía Telefónica Nacional de España, , a pesar de su engañoso patriótico, nacionalista y españolista nombre) la misma que financiaría el golpe de Estado de Pinochet contra el Gobierno chileno, facilitó a Franco grabaciones de conversaciones telefónicas de los mandos republicanos. Y sus compañías petrolíferas, contraviniendo la Ley de Neutralidad estadounidense (como con Mussolini o Chiang Kai Chek) proveyeron al terrorista amotinado Franco, que no se consideraba Estado, parte en guerra, pero no al Estado español, a la República, que, ese sí ¡estaba en guerra! ¿Contra quién o contra quiénes?

 

Sin embargo, el principal apoyo lo recibieron los fascistas en los primeros días a través de los medios internacionales de desinformación en masa. Así se “informó” sobre obreros cubiertos de sangre por sus matanzas en Barcelona, cuando, en realidad, trabajadores del matadero, que se aprestaron a defender a la República sin siquiera despojarse de sus delantales de trabajo. O que los republicanos habían volado el Arco de Bará. O que los milicianos saqueaban Barcelona, cuando la fotografía mostraba a guardas de asalto triunfantes y extenuados tras acabar con la sedición. O atribuir a los republicanos la masacre de Talavera del Tajo, cometida por las hordas fascistas de Yagüe. O que los republicanos habían asesinado a medio millón de personas, cifra que, después, rebajaron a 55.000, que tampoco era cierta. O que degollaban a sacerdotes, o que “Pasionaria” había cortado la yugular de un cura de un bocado. O que habían asesinado a 20.000 sacerdotes, cifra que, al final de la guerra, rebajaron a 7.937, cuando la realidad fue de 13 obispos y 4.184 sacerdotes. Además hay que contar 2.365 frailes y 283 monjas. Cifras todas ellas insignificantes en comparación con los sindicalistas asesinados. O la violación de monjas, que se han demostrado inexistentes, incluso por la “Causa general” o gran juicio fascista contra la República, en el que sólo se incluye el caso de una monja presuntamente asesinada, sin violarla, por negarse a contraer matrimonio con un miliciano. En términos generales, al principio de la guerra, los fascistas conseguían que los medios internacionales de “desinformación” masiva se “tragaran” (por ingenuidad o por connivencia con el fascismo) todas las “noticias” que les endilgaban, produciendo un estado de opinión pública favorable al embargo de armas a la República, que era lo que sus Gobiernos pretendían.

 

El único apoyo que la República consideraba “seguro” era el Frente Popular francés, vencedor de las elecciones de mayo anterior. Pero había sido puesto en riesgo por la remilitarización de Renania por Hitler, incumpliendo los acuerdos de Versalles. Francia acudió a Gran Bretaña para acordar acciones de castigo, a través de la Sociedad de Naciones. Sólo consiguió respuesta de apaciguamiento, de que los Tratados de París habían sido excesivamente rígidos, puesto que, al fin y al cabo, Renania era parte de Alemania, y era lógico que un país tuviese soberanía completa sobre su territorio, incluida la movilidad de sus tropas dentro de sus fronteras. Que había pasado demasiado tiempo desde el fin de la I Guerra Mundial y que la situación había cambiado, que había que olvidarse del literal de dichos Tratados, considerarlos letra muerta y aprestarse a la convivencia democrática, entre las naciones europeas (excepto la Unión de Repúblicas Socialistas Asamblearias, por supuesto) en términos de igualdad, y no de imposiciones consecuencia de una pasada, y ya lejana, victoria militar. Es decir: exactamente lo mismo que decía Hitler. Para Gran Bretaña estaba claro que el objetivo de éste, como el de Mussolini (si bien con éste no era tan condescendiente, porque en el Mediterráneo y Etiopía estaba poniendo en riesgo sus intereses) era acabar con el comunismo, y no se le podían cortar las alas (los espolones) hasta que no lo ultimaran. Y, cuando se hubieran despedazado entre ellos, no constituirían ningún peligro ninguno de los contendientes. Los franceses, en cambio, tenían la convicción de que ellos iban a ser la primera presa, objetivo de la revancha, y que debían adelantarse en el golpe, antes de que los planes de rearme (si se permitía a Hitler que incumpliese parte de los Tratados, se estaba considerando que todos ellos eran, igualmente, letra muerta: también las limitaciones de armamentos) reconvirtiesen a Alemania, de nuevo, en gran potencia militar.

 

Pero que no podían hacerlo sin el decidido apoyo británico, por lo que no les quedaba otra opción que esperar sumisamente a que Gran Bretaña cambiase de criterio, sin crear distancias entre sus posiciones diplomáticas. Y ello significaba sacrificar a España y a los españoles. Igualmente el Vaticano, que voceaba toda esta persecución contra el catolicismo, como continúan propagando en la actualidad, en un demencial y descerebrado discurso, incluyendo beatificaciones y santificaciones de los asesinados por unos de los bandos, y que sólo puede acabar con nuevos incendios de iglesias. Y aún continúan, como entonces, ocultando el fusilamiento de 16 sacerdotes vascos, incluido el coadjutor de Mondragón, acusados de ser nacionalistas por los “nacionales” fascistas. Sólo que en este caso no era persecución, ya que lo habían cometido los suyos, sus aliados, los que luchaban por Dios para imponer la religión obligatoria (¿la mahometana? ¿la lutherana de los alemanes? ¿la druida, que pretendían imponer los nazis, sus otros aliados en la contienda?) y los privilegios y monopolios eclesiásticos, como el de la enseñanza. Los extranjeros no podían comprender qué sucedía en la que consideraban ultracatólica, papista, más que el Papa, e inquisitorial España. No entendían que eran fenómenos interconectados, cara y cruz de la misma moneda, que se implicaban mutuamente. Que la Iglesia Católica había sido, no sólo cómplice, sino justificación de la tiranía monárquica, de las dictaduras, de la oposición al progreso, a la libertad, a la democracia. Igual que lo sería durante los siguientes cuarenta años, y continúa en el mismo sendero, cuando se niega a que se recupere la memoria histórica, y, no ya a que se juzguen las violaciones de los derechos humanos cometidas por sus esbirros, sino a que se reponga el honor, la inocencia y la legitimidad de los que fueron masacrados por ellos.

 

Al tiempo que hacen participar al propio Papa, televisivamente, en un “auto de fe” en el que declaran que, eso sí, llamar matrimonio a la unión civil de homosexuales es violar los derechos humanos (¿en qué Declaración Universal de los mismos se incluyen como tales, como que los presos terroristas tengan que estar encarcelados cerca de la casa de su mamá?) pero continúan sin condenar a Franco, su aliado y “benefactor”, sin excomulgarlo por su genocidio, después de cuatro decenios haciéndolo entrar en las catedrales bajo palio, como si fuese la personificación del propio Dios en la tierra. Y, de camino ¿por qué no excomulgan también a los cardenales que permitieron tal idolatría, semejante sacrilegio? En realidad, durante la Revolución Francesa (sin contar la Mejicana o la Rusa, que muy pocos se atreven a considerar avances de la Humanidad, fin de regímenes autocráticos, dictatoriales, cuasi esclavistas, cuasi de servidumbre de la gleba, amparados y bendecidos por los jerarcas eclesiásticos) ocurrió lo mismo, aunque en cifras inmensamente superiores. Para los anarquistas liberarse de las trabas e idolatría, superchería, que, para ellos, significaba la religión, era tan necesario como el reparto de tierras, sin comprender que ambos planteamientos no eran más que herencias ideológicas de la revolución liberal. Así, no es extraño que, en las mismas hogueras con las que pretendían acabar con los objetos litúrgicos (tal vez juegos malabares para ocultar el robo de obras de joyería o de arte, con alto valor de mercado) quemaran registros eclesiásticos, de la propiedad y actas notariales, como habían venido haciendo los del Partido Republicano Radical, para impedir la expulsión de los viticultores catalanes (rabassaires) de las tierras arrendadas hasta la muerte de la cepa o rabassa morta.

 

En la anarquista Solidaridad Obrera, a mediados de aquel agosto, se seguía pidiendo la disolución de todas las órdenes religiosas, la expropiación de todos los bienes eclesiásticos (es decir, la nueva materialización de las desamortizaciones, anuladas por un siglo de moderantismo liberal o el retorno de los conservadores) y el fusilamiento de obispos y cardenales. Pero la furia popular, materializada en individuos muy determinados, de instintos propiamente criminales, no se quedó en los elementos eclesiásticos. Todos los que, de una u otra forma, se consideraban aliados de los asesinos fascistas, fueron objetivo de la apasionada revancha por los atroces crímenes que Queipo de Llano estaba cometiendo en Sevilla con los trabajadores: militares golpistas, latifundistas, grandes señores y “señoritos”, grandes propietarios, caciques, patronos, comerciantes y señalados profesionales, sobretodo, estos últimos, si habían escrito artículos en publicaciones periódicas o en éstas se les señalaba como opositores a la democracia, al Bloque Popular o al sindicalismo. Sin embargo, en todo caso, fue numéricamente muy minoritario, y no tan indiscriminado como se da a entender. A pequeños comerciantes, sacerdotes cercanos a los sufrimientos populares, gerentes y encargados, no sólo se les respetó, sino que los anarquistas frecuentemente los colocaron en la dirección de empresas colectivizadas. Quizás los “pacos” (francotiradores) en la exacerbada Sevilla, por los “discurso” radiofónicos de Queipo de Llano, disparasen contra los que llevasen sombrero y corbata (como los falangistas, en los meses anteriores, habían disparado sus pistolas y ametralladoras contra los grupos de obreros, sólo por llevar “monos” de trabajo o gorras, o ir en mangas de camisa) pero no hay constancia documental que sostenga esta repetida acusación.

 

Se requisaron locales para constituir “checas” (apócope de Chrezvichàinaia Komissia, o “Comisión Extraordinaria”, órgano policíaco con el que los soviéticos investigaron y reprimieron el terrorismo, la contrarrevolución y el sabotaje) que analizaron los ficheros de organizaciones patronales y de la derecha, y recibieron delaciones, con lo cual, en poquísimo tiempo, y en un ambiente paranoico, se detuvo y “juzgó” a presuntos cómplices del golpe de Estado. Con semejantes métodos y ambiente cometieron múltiples injusticias. Muchos fueron torturados para que “confesasen” o delatasen a sus cómplices, o acabaron fusilados. Los anarquistas eran contrarios a tales comportamientos, que, para ellos, no suponían otra cosa sino reproducir los aparatos represivos, burocratizados, del Estado, y que habían sufrido en carnes de sus correligionarios en Rusia: defendían el fusilamiento inmediato mediante la simple denuncia “popular” de alguno de sus convecinos. El tipógrafo socialista prietista, aunque sin cargo de relevancia, Agapito García Atadell, organizó la Milicia Popular de Investigación, con la que asesinó, robó y saqueó, participando en numerosas “Ch.K.” en Madrid y Valencia. Antes de ser descubierto, alegando que se le había encomendado una misión de espionaje, se marchó a Marsella, con dos cómplices, donde vendió gran cantidad de joyas. Un policía francés alertó a Luis Buñuel, quien lo puso en conocimiento del embajador de la República Española, según narra en sus memorias, por lo que intentó marcharse a Argentina, en octubre. Pero el barco que tomó hacía escala en Canarias. El embajador español informó a otro de un país neutral, quien lo puso en conocimiento de la policía franquista, que lo detuvo, junto con uno de sus compinches. Se le juzgó en Sevilla y le aplicaron el garrote vil: tuvieron con él más miramiento que con los inocentes exterminados en masa sin previo juicio, acusación o delito.

 

Tal vez precisamente por ello: porque en los casos de exterminio terrorista eran conscientes de que no tenían nada de qué acusar, ni pruebas ni tiempo para demorar sus actos terroristas.

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