El fracaso del golpe de Estado de 1936

 

 

Por tanto, la defensa de la República en Sevilla quedó separada. Al oeste, aislados por el río, en Triana y al nordeste, en El Pumarejo y La Macarena, donde levantaron barricadas. Queipo de Llano consideró que debía reservar sus fuerzas para un posible contraataque gubernamental. Además, la ciudad se llenó de “pacos” (francotiradores) que, al no dejarse ver los militares, guardias civiles y falangistas, se dedicaban a disparar contra los que llevaban ropas eclesiásticas o de ricos. Era una repetición de “La ciudad quemada”, de 1909. El abogado Adolfo Cuellar informó a Queipo de Llano el eficaz uso que los sindicalistas estaban haciendo de la radiofonía, y le recomendó que tomase la emisora y la usase en su provecho. Así lo hizo, comenzando aquella misma noche sus salvajes arengas de matanzas en masa y violaciones de mujeres, propagando “desinformación” que contradecía a las tranquilizadoras declaraciones del Gobierno. Por ejemplo, que contaban con la Marina para conquistar la península. Mola diría más tarde que, cuando pensaban que todo había fracasado, la voz de Queipo de Llano, emitida por Radio Sevilla, supuso nuevos bríos para los sediciosos. Era el primer golpe de Estado en el que los mensajes telegráficos cifrados, los aviones, las líneas telefónicas y las emisoras de radiofrecuencia pasaban a ser determinantes. Franco aterrizó en Casablanca, en el Marruecos francés, vestido de paisano, con el bigote afeitado y pasaporte falso ¿Por qué no fue directamente a Ceuta, a Melilla, a Tánger, a Larache? Posiblemente porque quería estar seguro, no correr riesgos. Sólo se presentaría cuando todo hubiese terminado, cuando todo estuviese claro. Le recibió el periodista Luis Bolín. Desde Larache les recomendaron que siguiesen la ruta hacia Tánger.

 

En Cádiz, los propios guardianes de la prisión militar en la que se encontraba el Coronel Varela, a consecuencia del intento golpista de abril, le liberaron. Se puso al frente de la sedición, atacó la comandancia, defendida por obreros, y al Ayuntamiento, utilizando artillería. Otro antecedente del riesgo de dejar vivos, en las cárceles, a los predispuestos a la sedición. En Almería el Gobernador Civil se negó a entregar armas a los sindicalistas, por considerar que sería una provocación para los militares. A pesar de ello la Guardia Civil se amotinó. Después diría que, en realidad, no disponía de armas. Tampoco las tenía el Gobernador Civil de Jaén, pero sí tenía ideas, y claras: exigió a la Guardia Civil que entregaran sus armas. Su comandante, el Coronel Pablo Iglesias, y todos los demás, protestaron por ello, proclamando que estaban dispuestos a defender a la República, pero obedecieron. Las armas se entregaron a los sindicatos. Lo mismo podía haberse hecho en otras provincias. Al menos hubiera servido para aclarar de qué lado estaban. Tras entregar las armas no parecería lógico colaborar con los insurrectos, que podrían fusilarlos por ello. Sin embargo así ocurrió en Nerva, en Huelva. A pesar de que, después de amenazarles con quemar el cuartel si no entregaban las armas, nadie les hizo el menor daño tras entregarlas, cuando llegaron “los suyos”, se dedicaron a asesinar a mansalva. Tal vez lo hiciesen para demostrar su colaboracionismo, y que no se les responsabilizara por haber entregado el armamento. Pero era un nefasto antecedente que contradecía a quienes clamaban por la contención de las venganzas, por el respeto a quienes se rindieran, algo que ocultan los fascistas, tratando de “justificar” delitos anteriores, provocadores, con enloquecidos excesos posteriores, siempre en número muy inferior.

 

A las 4 de la madrugada del domingo 19, Casares Quiroga, sobrepasado por las circunstancias, habiéndose equivocado en todos sus planteamientos, cuando los sindicatos comenzaban a hablar de traición, reconoció, tardíamente, que no era capaz de modificar la situación, y dimitió. Era lo mismo que le ocurriría a Chamberlain, sólo 3 años después, tras haber permitido el engrandecimiento de Hitler, su invasión de Polonia, y verse obligado a declararle la guerra, en contra de toda la contemporización que había mantenido. Azaña nombró a su amigo Diego Martínez Barrio, presidente del Congreso, con la esperanza de que pudiese negociar con los sediciosos. Era un hombre flexible, que había compartido Gobierno con Ministros de la CEDA. Quizás estaban dispuestos a transigir en un Gobierno conjunto con la extrema derecha, a disolver el Congreso y convocar nuevas elecciones, contando con que parte del pueblo castigaría electoralmente a todos los extremistas. Al salir el sol aquel 19 de julio, el destructor Churruca llegó a Cádiz con el transbordador Ciudad de Algeciras, en el que transportaron todo un tabor de mercenarios “regulares” marroquíes. Era como una nueva invasión mahometana, traída por los que se autoproclamarían “nacionales” y “Cruzada de liberación”, bendecidos por los jerarcas del catolicismo.

 

Igual que 1.225 años antes, cuando también fueron consecuencia de la felonía de Aquila o Achila II, hijo del rey Witiza y contrario al rey Roderico (Don Rodrigo, para las crónicas castellanas) al parecer dux de la Bética, al que (parece que, tras ser vencido, los ocupantes le permitieron reinar en la Lusitania) reemplazó brevemente, mientras se lo consintieron las huestes que trajo en su apoyo, con la colaboración del bizantino comes de Ceuta, domus Julianus (el conde Don Julián, para las crónicas castellanas) y el Cardenal Primado de Toledo, Teodomiro, al que los invasores, en premio, le concedieron el reino autónomo de Cartagena, el mismo que tuvo Boabdil, como resultado de su capitulación con los Reyes Católicos, si bien éstos le expulsaron a Marruecos, tras derrotarlo, al amotinarse en defensa de los derechos de los granadinos, por el incumplimiento castellano, especialmente el obispo Torquemada, Gran Inquisidor, de lo capitulado. La consecuencia del nuevo auxilio mahometano fue que toda la costa, de Algeciras a Portugal, hasta Jerez de la Frontera, quedó en poder de los fascistas. En La Línea los carlistas asesinaron a 200 presuntos masones. En San Roque los mercenarios marroquíes fusilaron a una pareja de anarquistas, después de que todo el pelotón violase a la mujer. Estos eran los que venían a defender a Dios y a la familia. Cinco carabineros, que habían sido heridos defendiendo la legalidad constitucional, fueron amontonados en un camión. Como no podían mantenerse en pie, los mataron a bayonetazos. Franco tomaba el mando cuando ya le era factible invadir la península. Desde la minoría de edad de Alfonso XIIIº, anarquistas, PSOE, liberales progresistas, y, más tarde, el PCE, pedían la independencia de Marruecos. Si se les hubiera escuchado tal vez no hubiera habido dictaduras en España en el siglo XXº, Alfonso XIIIº podía haber muerto en el trono, haber sido coronado alguno de sus hijos, o haberse mantenido la República frente al fascismo.

 

Aquella mañana, creyendo que toda la conjura naval había sido abortada por el Doctor Giral, el Gobierno envió al Estrecho de Gibraltar a toda la flota disponible. Sin embargo, lo que consiguieron fue poner en conocimiento de la oficialidad lo que ocurría, anteriormente impedido por la intersección de las comunicaciones. Los conspiradores, que no controlaban a los radiotelegrafistas, desconocían que los marineros ya estaban al cabo de la calle. Así que éstos, armados, consiguieron el dominio de la mayoría de las naves. En casi todos los casos los oficiales se rindieron. Pero en las unidades de mayor calado, como el acorazado Jaime I, el único disponible, o en dos de los cruceros, el Miguel de Cervantes y el Libertad, la lucha fue encarnizada. También en el Churruca, al comprender que habían caído del bando equivocado, los marineros recuperaron el mando. Los fascistas dirían que Giral había ordenado a los marineros que se amotinaran y asesinaran a sus oficiales, cuando, en realidad, eran éstos los amotinados. En Gibraltar, la oficialidad de la Marina de Su Graciosa Majestad, igualmente reaccionaria, escuchaba todas las comunicaciones radiadas y quedaba conmocionada. Recordaban el motín de Invergordon, Escocia, de 5 años antes, cuando los marinos, en protesta por los recortes salariales, se negaron a que la flota saliese del puerto, aunque sin apoderarse de ningún barco o amenazar a sus oficialies. O la de la flota francesa enviada al Mar Negro para oponerse a la revolución soviética, en 1919, en la que intervino André Marty. Así que, de inmediato, pasaron a los sublevados, que garantizaban el dominio de la jerarquía, las posiciones de la flota republicana y permitieron a Franco un centro de información en Gibraltar. No hay prueba de que el Gobierno británico autorizase tal comportamiento.

 

En Valladolid, tal vez cumpliendo los planes de Queipo de Llano, la Guardia de Asalto se apoderó del Gobierno Civil, sacó de la cárcel a los golpistas apresados, y tomaron Radio Valladolid y Correos, mientras los Generales Saliquet y Ponce ocupaban la Capitanía General, a punta de pistola. El General Molero y otros militares se defendieron a disparos, éste, junto a otros, resultó herido (más tarde será fusilado) y tres más, muertos. Saliquet proclamó el estado de guerra y tomó la ciudad, aunque la UGT de ferrocarriles opuso una valerosa resistencia, hasta su aniquilación. Burgos cayó en poder de los fascistas sin ninguna resistencia, lo que no evitó fusilamientos en masa de personas indicadas por la policía, entre los que se encontraban los Generales Batet, Jefe de la Sexta División Militar y, por tanto, superior de Mola, y Mena, que mantuvieron su fidelidad a la República. Allí se dirigieron los miembros civiles de la conjura para “entregar” el mando a Sanjurjo. El Gobierno envió a Zaragoza al General Núñez del Prado y Susbielas, con la arriesgada misión de confirmar la dudosa lealtad de su amigo, el masón General Cabanellas. En cuanto llegó fue fusilado, junto con su ayudante. El Gobernador Civil se había negado a dar armas a la CNT, que, no obstante, había decidido actuar sólo de acuerdo con éste. El Coronel Monasterio se lo impidió: al amanecer tomó la ciudad, aplastando la resistencia de los obreros, que cotaban con pocas armas. En Pamplona, Mola declaró el estado de guerra en toda Navarra (que se había opuesto al Estatuto de Autonomía del País Vasco, al considerar que formaba parte del histórico reino de Navarra) para restablecer el principio de autoridad, lo que decía que exigiría castigos ejemplares, tanto por su seriedad como por la rapidez (es decir, injusticia) con que se llevarían a cabo.

 

Sin embargo, al contrario de lo que habían hecho Franco o Queipo de Llano (también es cierto que, al pasar más tiempo, ya era difícil engañar más) llamaba a los patriotas que “suspiraban por este Movimiento”, hasta entonces dominados por Internacionales antiespañolas, lo que dejaba diáfanas sus intenciones. Sólo hubo una corta resistencia en la Casa del Pueblo, brutalmente masacrada por los carlistas, que acudían del campo para alistarse, cantando que iban para matar muchos rojos, gritando “¡Viva Cristo Rey”! con espíritu inquisitorial, de quema de herejes. A Goded se la había asignado la insurrección de Valencia, desde la que podría llevar tropas rápidamente hasta Madrid. Pero, tal vez porque creyese más fácil el amotinamiento en Barcelona, le pareciese más importante tal objetivo, dada su inmensa ambición y orgullo, quisiese imitar a Prim, o fuese convencido por Franco, que no deseaba que nadie conquistara Madrid sin su concurso, eligió dicha ciudad. La tarde anterior, Companys, el Presidente de la Generalidad, que acabaría fusilado en Montjuich, se negó a entregar amas a los anarquistas, a pesar de conocer lo que ocurría en Marruecos y en Sevilla, y que el Comisario General de Orden Público, Escofet, le había entregado los planes de los golpistas de la ciudad, conseguidos por la Unión de Militares Republicanos Antifascistas. Al contrario: la Guardia de Seguridad y Asalto, a sus órdenes, apresó a los que encontraron armados, si bien los liberaron posteriormente por exigencia de la CNT. Esta constituyó, aquella madrugada, comités de defensa locales, desvalijaron armerías, alguna con ayuda de suboficiales afectos, y cuatro vapores anclados, entre ellos el Uruguay, que había sido prisión de Azaña en 1934. El sindicato de estibadores de UGT sabía que había dinamita en los almacenes. La localizaron y estuvieron toda la noche fabricando bombas de mano.

 

Las organizaciones obreras incautaron escopetas, coches y camiones, sobre los que apilaron sacos terreros o, los metalúrgicos, soldaron algún tipo de coraza, pintando en ellos, en blanco, CNT-FAI, POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista, escisión filotrotskista del PCE, encabezada por Mauri y Andreu Nin, que habían impulsado la candidatura del Bloque Obrero y Campesino, a imitación del Bloque Obrero que se presentó en 1931 en Málaga, y antecedente del Bloque Popular, aunque de signo netamente clasista, propiamente leninista) PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña, nombre proyectado para la unificación de PSOE y PCE en Cataluña que, obstruida por Largo Caballero, aún no se había materializado) y UHP -¡Uníos, hermanos proletarios! frase final del Manifiesto (del Partido, o de la Liga) Comunista (o de los comunistas, pues de todos estos modos se ha traducido, según las conveniencias) de Marx de 1848, que había sido utilizada durante la Comuna de París en 1871, y en Asturias en 1934– o la bandera roja y negra anarquista, que pocas horas después ondearía en muchas barricadas y edificios. La conjura la constituían Antonio Llopis, anterior presidente de la patronal, catalanista y reaccionaria, Fomento del Trabajo Nacional, el barón de Viver, falangistas, requetés y la Unión Militar Española. Pero se encontraron con la fidelidad de las Guardias de Seguridad y Asalto,  Civil (si bien ésta más tardíamente, cuando ya la victoria inicial estaba decantada) y las organizaciones obreras. Al día siguiente estaba previsto el inicio de la Olimpiada Popular, réplica a la Olimpiada de Berlín, organizada por los nazis. En lugar de ello muchos extranjeros, incluso participantes de la misma, se sumaron a la lucha en las calles y, 200 de ellos, se integraron en las milicias populares y llegaron a formar en sus columnas.

 

Se constituyó un Comité de Defensa Confederal, en el que Durruti, García Oliver y Ascaso conectaron con la Generalidad, en contra de la voluntad de su presidente, y consiguieron de algunos guardias de asalto algunas armas. Al amanecer, en el Regimiento de Infantería nº 13, en Pedralbes, se repartió coñac a los soldados, y se les dijo que tenían orden del Gobierno de Madrid de acabar con una insurrección anarquista. Camino de la Diagonal se les unieron falangistas y “gentes de orden”. Las sirenas de las fábricas y de los barcos comenzaron a sonar. A las 5 de la mañana, también salieron de sus cuarteles el Regimiento de Caballería de Montesa, el de la calle Tarragona, el de Travesera de Garcia, el Regimiento de Dragones de Santiago, que fue diezmado en el Cinc d’Oros, dispersándose, y una batería del 7º Ligero de Artillería, que fue atacada en cuando salió, debiendo retirarse a su acuartelamiento. Algunas unidades no lograron ni ponerse en la calle. Las que consiguieron aproximarse a sus objetivos debieron parapetarse en los hoteles Colón y Ritz, en la Telefónica, o levantar barricadas, que fueron forzadas en envites casi suicidas de camiones pesados conducidos por obreros. Desde los tejados les tiroteaban y arrojaban bombas de mano de fabricación casera. Otros preparaban barricadas para impedir el acceso al centro. Toda la experiencia de 27 años antes tomaba cuerpo y deseos de venganza. Mallorca permaneció leal, con su base de submarinos, cuyos suboficiales y soldados resistieron a sus jefes. Goded sí se hizo con Mallorca y, con tan mediocres antecedentes, se dirigió en hidroavión a Barcelona, a donde llegó a las 11 de la mañana. Arrestó al Jefe de la 4ª División Orgánica, General Llano de la Encomienda, pero, a las pocas horas, todos los edificios en los que se encontraban los rebeldes habían sido asediados. Los asaltos contra los mismos produjeron numerosísimas bajas.

 

Aquel domingo fueron incendiados la mayoría de iglesias y conventos de Barcelona, y también se produjeron ejecuciones extrajudiciales, como la de 12 religiosos carmelitas, acusados de dispara desde las ventanas de su convento, como en 1909, lo que posiblemente fuese falso: pero todo ello fue posterior a la sublevación, por lo que de ninguna forma puede utilizarse, a posteriori, como “justificación”. Vitoria cayó en manos de los sediciosos. En cambio el Gobernador Civil de Bilbao desvió las llamadas telefónicas de los acuartelamientos hasta su despacho, de modo que, cuando Mola llamó para lanzarlos a la calle, se vio imposibilitado para hacerlo. Era la primera vez en el mundo que se usaba una derivación de las líneas de teléfonos para abortar en golpe de Estado. Se constituyó en consejo de defensa para Vizcaya, que rodeó la fortaleza de Basurto y desarmó a los soldados. En el resto del País Vasco los sindicatos se hicieron con el control.

En San Sebastián, el Coronel Carrasco se declaró defensor de la República (quizás esta repetida conducta obedeciese a instrucciones de Mola, absolutamente falto de escrúpulos) por lo que se envió una columna para reconquistar Mondragón. Sin embargo, en cuanto ésta salió, Carrasco se apoderó de la ciudad, por lo que regresó, acorralando a los golpistas en el Hotel María Cristina y en el Gran Casino, y los derrotó heroicamente. Se dice que los rebeldes se parapetaban con rehenes en las ventanas del Hotel. Puede que fuese mentira, pero en el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 colocaron a soldados de reemplazo en las del Congreso, tomado por guardias civiles. Los anarquistas se apoderaron de las armas del cuartel de Loyola, desconfiando de que el Partido Nacionalista Vasco no negociara con el mejor postor. También fusilaron a encarcelados de derechas, lo que enfrentaría para siempre a ambas organizaciones.

 

Martínez Barrio mantuvo una conferencia telefónica con Mola, que comprendía que, siguiendo sus propios análisis, era imposible dar marcha atrás, que sus crímenes quedasen impunes. Sólo podía haber un vencedor que diese “escarmiento” a los derrotados. Así que le contestó: “no es posible, señor Martínez Barrio”. Es significativo el tono respetuoso: Azaña había escogido un buen interlocutor. Y añadió: “Habríamos traicionado a nuestros ideales y a nuestros hombres. Mereceríamos ambos que nos arrastrasen”. Es curioso que empleara la misma frase que “Pasionaria” había dirigido a los fascistas en el Congreso en varias ocasiones. La noticia se extendió, y comenzaron manifestaciones espontáneas contra el Gobierno, gritando: “¡Traidores! ¡Cobardes! ¡Tenemos que empezar por fusilarles a ellos!”. En Oviedo, el Coronel Aranda aseguró su fidelidad al Gobierno, por lo que no entregaría armas, según sus instrucciones. La palabra de los “defensores del honor” podría haberse evaluado si Casares Quiroga hubiese hecho pública la frase de la carta que Franco le dirigió el 23 de junio, en la que, mientras relacionaba los motivos de descontento del ejército, aseguraba que faltaban a la verdad (una expresión barroca que gustan repetir los mentirosos componentes de la derecha española) los que presentaban “al Ejército como desafecto a la República”, añadiendo que “le engañan quienes simulan complots a la medida de sus turbias pasiones”. Aranda convenció a los dirigentes sindicales de que los mineros debían dirigirse a defender Madrid, ya que él se encargaría de Oviedo. Así lo hicieron, tras lo cual Aranda se desenmascaró, ayudado por la Guardia Civil se apoderó de la ciudad y fusiló al Gobernador Civil, que poco antes lo había presentado como “hombre de honor”. Lógicamente los mineros regresaron, y tuvieron que conquistar una ciudad que los militares habían organizado para resistir su asalto.

 

Azaña, comprendiendo la necesidad de mantener el contacto con las masas, el único apoyo que quedaba a la República, entregó el Consejo de Ministros a su amigo, el químico Doctor Giral, cuya primera medida fue decretar la disolución del ejército, una decisión muy controvertida, pero que los antecedentes aludidos parecen justificar –además de coincidir con los planteamientos anarquistas y del sector de Largo Caballero- y ordenar el reparto de armas a los sindicatos. Posiblemente Giral había criticado la pusilanimidad de Casares Quiroga. De hecho había sido el que mayor decisión y eficacia mostró, como Ministro, para combatir la sedición. Quizás, si hubiera sido Presidente del Gobierno, podía haberla evitado. O, tal vez, hubiese hecho que se anticipase, lo cual podía haber servido para su más fácil derrota. Todo ello debió influir en su nombramiento. Pero la situación ahora era distinta, y el reto era derrotar a todo un ejército ya bastante posicionado. Algunos Gobernadores Civiles se negaron a cumplir tal orden, lo que originaría muchas miles de muertes, en aquellas primeras horas, incluso las suyas propias. El General Miaja, que también había intentado convencer a Mola, se opuso a dichas medidas, aunque se le obligó a obedecer. Obsérvese cómo el protagonismo pasaba a las organizaciones obreras, las que mayor cantidad de asociados representaban, las que mayor número de víctimas estaban sufriendo, desde un principio, las primeras que habían reaccionado más o menos adecuadamente, aunque, enlentecidas por el Gobierno, sin medios a su alcance, demasiado tarde, para su desgracia. En La Coruña, los sindicatos pidieron armas al Gobernador Civil. Bajo las nuevas circunstancias, éste tuvo que acceder. Sin embargo la jefatura del Arsenal de El Ferrol, se negó a cumplir la orden. Ante su desenmascaramiento, sin esperar más, los conjurados, siguiendo su modus operandi, también decretaron el estado de guerra. Lo que no impidió que obreros y marineros tomasen el Arsenal.

 

Mientras tanto, los Regimientos de Infantería de Marina nº 29 y de Artillería de Costa nº 3 iniciaban la conquista de la ciudad. El acorazado España, gemelo del Jaime I, y el crucero Almirante Cervera se encontraban en grandes reparaciones. Este permaneció fiel a la República, enfrentándose, desde su dique seco, al destructor Velasco, sublevado, al que inutilizó. Sin embargo no pudo disparar contra los cañones costeros, en manos de los sediciosos, al no poder maniobrar, estando varado, para eludir los tinglados del muelle. En tan inusuales circunstancias se mantuvo un intenso y prolongado combate naval, hasta el 21 de julio, en pleno puerto, que produjo importantísimos daños. El mismo domingo 19, a los soldados del Regimiento de Mérida, en Vigo, medio se les emborrachó. Tras lo cual se les ordenó la toma del centro de la ciudad, a bayoneta calada. Allí, en la Puerta del Sol, un oficial proclamó el estado de guerra, no un golpe de Estado o un pronunciamiento militar, siguiendo el modus operandi de otros lugares. Unos ciudadanos, desarmados, se opusieron a ello, por lo que dicho oficial ordenó disparar, lo que hicieron contra todo ser viviente. Estos eran los que se amotinaban porque estaba habiendo muchos atentados terroristas, la mitad de ellos obra de la extrema derecha, de los falangistas, y pretendían “restablecer el orden público”, haciendo tiro al blanco con ciudadanos indefensos. Sobre las dos de la tarde, con la situación ya decantada del lado de los defensores de la República en Barcelona, la Guardia Civil tomó la determinación de unirse, también allí, a los que, en principio, iban a triunfar. En este caso, a los defensores del orden constituido, no del desorden ilegal e ilegítimo, como en otras partes.

 

El Coronel Escobar, con 800 guardias civiles, se presentó ante el balcón de la Comisaría de Orden Público, a la que se asomaba Companys (posiblemente estuviese previamente acordado por teléfono, un acto teatral, de los que le gustaban, como cuando fue fotografiado en la cárcel, tras los sucesos de 1934, leyendo la publicación periódica de su Partido) se cuadró y se puso a su disposición. Con su entrenamiento en armas de fuego fueron de gran utilidad para someter a los golpistas refugiados en los hoteles. Sin embargo los anarquistas reconquistaron la Telefónica sin su colaboración. En la avenida de Icaria se formaron trincheras con bobinas de papel de imprimir para detener al Regimiento de Artillería de Montaña nº 1. Contra ellos se posicionaron dos cañones. En medio del tiroteo, un grupo de obreros y un guardia de asalto, con sus fusiles levantados sobre sus cabezas, se dirigieron allí, pidiéndoles que no disparasen e informándoles del engaño de sus oficiales. Entonces volvieron los cañones contra los sediciosos y se produjo un cambio de bando progresivo de los soldados. Los estibadores llevaron los cañones que habían tomado y dispararon contra la Capitanía General, donde Goded se rindió. Caridad Mercader, la madre del comunista que asesinaría a Trotsky, impidió que se le fusilara en el acto. Se le pidió que se dirigiera por radio a los sublevados, pero sólo declaró que “la suerte” le había sido adversa, y que los que quisieran continuar la lucha no podían contar con él. Igual que la voz de Queipo de Llano la noche anterior, respecto de los golpistas, tales palabras constituyeron una llamada a redoblar la resistencia para los defensores de la democracia. Desde Riotinto, se acercaba una columna de mineros a Sevilla, en camiones, cargados de barrenos. Los guardias civiles se posicionaron en la cercana barriada de La Pañoleta, más próxima al pueblo de Camas que a Sevilla.

 

Allí esperaron a que llegasen. Haro les ordenó que dispararan a los vehículos, no a los trabajadores, para hacer estallar los explosivos. Y así ocurrió. El primer automóvil explotó, transmitiendo la detonación a los sucesivos camiones, en un desastroso efecto en cadena. Aquella noche Queipo de Llano diría por Radio Sevilla que intentaban demoler la ciudad, haciendo ver que él la había salvado. De los 68 mineros supervivientes 67 serían fusilados, y uno condenado a cadena perpetua, ya que sólo tenía 16 años. Santander se mantuvo desde el principio leal al Gobierno constituido, al negarse su Regimiento de Infantería a la insurrección. En Gijón los estibadores hicieron retroceder a los militares dirigidos por el Coronel Pinilla hasta el cuartel de Simancas, donde resistieron durante un mes, hasta que los dinamitaron. En Madrid intentaron sublevarse los Regimientos de Infantería nº 6 y de Carros de Combate de El Pacífico, pero los militares leales consiguieron dominar la situación y hacerse con el mando. Dirigentes comunistas entraron en el cuartel del Regimiento de Infantería, nº 1, decidiendo a los soldados a que apoyasen al Gobierno. La aviación mantuvo su obediencia y, junto con la Guardia de Asalto y la Guardia Civil, que en Madrid fue leal, y algunos paisanos, asaltaron el Regimiento de Artillería de Carabanchel, que se había amotinado. Sólo 5.000 de los fusiles entregados a los sindicatos tenían cerrojo, como medida de seguridad contra las insurrecciones. Los demás estaban en el cuartel de La Montaña del Príncipe Pío, donde, 128 años antes, habían fusilado los franceses a los españoles amotinados. Dicho cuartel formaba parte de la conjura, por lo que se negó a entregarlos.

 

Allí llegó el General Fanjul, que tenía como objetivo tomar el mando de la 1ª División orgánica, y encabezar la rebelión de los cuarteles desde El Pardo, en el norte, hasta Getafe, en el sur, obligando a dividir sus fuerzas al Gobierno, mientras esperaba refuerzos desde Pamplona, Zaragoza o Barcelona, pero que dudó que pudiese hacerlo de tal forma. En realidad la insurrección de Madrid, que todos los conjurados analizaban como imposible, había sido asignada al General Villegas, que debía tomar el Ministerio de la Guerra, pero, viendo el curso de los acontecimientos en el conjunto del país, desistió de hacerlo. A las 5 y media, Franco, ya uniformado, aunque seguía sin bigote, llegó a Tetuán, donde le recibieron Yagüe, Solans, Seguí, Sáenz de Buruaga, etc., poniendo a su mando el ejército rebelde de Marruecos. Franco no había cumplido la misión encomendada por Mola, y se le entregaba la fuerza insurrecta más poderosa. De inmediato le informaron que el golpe de Estado no había resultado según lo previsto, especialmente en lo referente a la Marina, indispensable para cruzar el Estrecho. Así que envió a Bolín a comprar aviones y suministros para “el ejército español no marxista”. Posteriormente ordenó que los leales a la República fuesen internados en el castillo del monte Hacho, en Ceuta, y en un campo de prisioneros cerca de Tetuán, y que los falangistas de cada sitio (obsérvese cómo seguía eludiendo responsabilidades, dejando la culpa a otros) escogiesen sin ningún detenimiento (es decir, injustamente) cada amanecer a los que fusilarían en masa. En Madrid, aquella tarde, al decidir la salida, junto con los falangistas que se le habían unido, Fanjul se encontró rodeado de paisanos dirigidos por sindicalistas, comenzó el tiroteo y tuvieron que refugiarse, de nuevo, en el cuartel. Las palabras de Goded, comunicando que se había rendido, se transmitieron por altavoces a unos y otros.

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