El golpe de Estado de 1936

 

        En el entierro de Calvo Sotelo, Goicoechea juró por Dios que se comprometían a consagrar su vida en imitarlo, vengarlo y salvar a España (¿de qué?) que era una misma cosa, porque vengarían su muerte salvando a España e imitar su ejemplo sería salvar a España ¿Se refería a preparar el ambiente para el golpe de Estado o a ser asesinado? Como siempre hace la derecha: se arroga el “derecho” exclusivo a la venganza y a la salvación de la Patria, negando el de los demás bajo otros puntos de vista. A Hitler no le gustaba Calvo Sotelo, no quería ninguna relación con políticos tradicionalistas ni con monárquicos. A Mussolini sí. El hombre de Hitler, en ese momento, era José Antonio Primo de Rivera. Pero estaba encarcelado y sus seguidores eran muy minoritarios, aunque muy violentos y decididos. De modo que la muerte de Calvo Sotelo favorecía a Hitler en el pulso que mantenía con Mussolini sobre quién dominaba en el eje nazi-fascista. Indirectamente, el principal beneficiado iba a ser Franco. Mientras tanto, el De Havilland DH 89 Dragon, versión Rapide, volaba hacia las Palmas para servirle de escape hacia Londres, a donde había enviado a su familia, si todo salía mal. Se instruyó una causa judicial en el Tribunal Supremo para esclarecer la muerte de Calvo Sotelo, pero iniciada la guerra civil, milicianos socialistas atracaron sus dependencias y robaron el sumario. Aunque ya se ha demostrado la falsía de que el asesinato de Calvo Sotelo fuese la causa del fracasado intento de golpe de Estado, que degeneró en guerra civil, puesto que se estaba fraguando desde diciembre anterior, desde que Alcalá-Zamora se negó a la exigencia de Gil-Robles de formar un Gobierno monocolor de la CEDA, sí es cierto que llevó a muchos indecisos, que prestaban oídos a las calumnias de que eran las izquierdas las que estaban asesinando impunemente, al bando fascista.

 

    En consonancia con el cariz que tomaban los acontecimientos, la suboficialidad de la Marina se reunió en secreto, el 13 de julio, en El Ferrol, debatiendo cuál debía ser su actitud si sus oficiales se rebelaban contra el Gobierno. El plan de Mola preveía comenzar la sedición en Marruecos, más que nada como efecto psicológico, del apoyo de las fuerzas más fogueadas, preparadas y armadas, puesto que, en pocas horas, era imposible su traslado a la península. Esto, además, permitiría una zona a la que huir, si todo saliese mal. Para cumplir tales planes los golpistas realizaron una intensa campaña de reclutamiento de mercenarios “regulares” marroquíes. Les favoreció la mala cosecha de aquel año, por lo que no sólo alistaron a beréberes, los temidos enemigos del barranco del Lobo o el-Annual, que tantas bajas habían causado a los españoles -sabían aprovechar los repliegues del terreno para atacar, por sorpresa, a corta distancia, en lugar del heroico, y ya caduco, asalto a la bayoneta que aún se seguiría practicado, estúpidamente, en España- sino los marroquíes que, habitualmente, se desplazaban a Argelia en las temporadas agrícolas. Les ofrecían un salario mayor que el que pagaban los colonos franceses, y una prima de enganche de dos meses, que cobraban en el momento de alistarse. Se les dijo que la República era enemiga de al-Laj. Sin embargo tal plan tenía la debilidad de alertar sobre lo que ocurría, dando tiempo a los partidarios de la democracia a reaccionar. Casares Quiroga no era la persona idónea para hacerlo. Mola envió telegramas cifrados fijando la insurrección en Marruecos para las 5 de la madrugada del 18 de julio. El 16 el Comandante General de Gran Canarias, Amado Balmes, excelente tirador, al parecer miembro de la Unión Militar Republicana Antifascista, fallecía de un disparo en el estómago, mientras probaba una pistola, en solitario, según se dijo, en el campo de tiro.

 

    A mediodía del 17, se descubrió la conjura en Melilla, puesto que los golpistas estaban repartiendo armas entre civiles de derechas. Pero el Comandante General de Melilla, Romerales, el más gordo de los 400 generales españoles, no se atrevió a arrestar a los sospechosos. Su indeterminación permitió que el Coronel Solans y el Tenientecoronel Seguí se adelantasen y lo arrestaran a él. Un Consejo de Guerra lo sentenciaría a muerte el 26 de agosto, por sedicioso y traidor: el mundo del revés. La Guardia de Asalto se les sumó y ocuparon la ciudad. Mola había indicado en sus instrucciones que debía considerarse que quienes no estaban con ellos estaban contra ellos. Una frase del eu-anguelios que también utiliza (am)Bush II. Legionarios, gran parte de los cuales se reclutaban como prófugos y delincuentes, a los que se compraba con la amnistía de sus delitos, y se entrenaban en la crueldad y los ataques suicidas, gritando “¡Viva la muerte!”, y también mercenarios “regulares” asaltaron la Casa del Pueblo y asesinaron a los sindicalistas que encontraron, a pesar de que no hubo la menor resistencia. Seguí asesinó al alcalde ¿Estaba vengado Calvo-Sotelo con todo ello? Franco había comunicado al ministerio de la Guerra que acudía al entierro del General Balmes. Esto le permitía ir, desde su puesto en Tenerife, eludiendo la vigilancia policial que había sobre él, a Las Palmas, donde le aguardaba el avión Dragon Rapide, y permanecer incomunicado. De no haber contado con la muerte de Balmes nadie se explica cómo podía haberlo hecho. Además podía ser otra coartada para, si todo salía mal, poder decir que “él no había sido”, que estaba en Las Palmas por motivo del entierro y que había aprovechado para ver a unos amigos. Otra ruta de escape. Sin embargo Solans no tuvo dificultad en hacerle llegar un telegrama disculpándose por haber tenido que adelantar el golpe de Estado.

 

    A Queipo de Llano se lo informaron en Huelva, y entró en un local cinematográfico. Otra forma de estar incomunicado, otra coartada. El Gobierno tenía noticia de lo que estaba ocurriendo desde aquella tarde. Tomó contacto con los mandos militares, pero no informó a la opinión pública. Al parecer temía más un levantamiento popular, que aprovechara la ocasión, que a las posibilidades de una victoria de los insurrectos. Es cierto que, igual que los amotinados no podían llegar a la península, tampoco el Gobierno podía enviar de inmediato tropas leales a Marruecos. Ni hubiera sido una buena idea, por todos los motivos anteriormente aludidos. Prometió a De La Puente Bahamonde, primo de Franco, varios aviones con tropas, que nunca llegaron. Tampoco habrían podido alterar, a esas alturas, los acontecimientos. Al contrario: podrían servir para aumentar los efectivos y armas a los sediciosos, que, por todo Marruecos, ocuparon los barrios obreros españoles, fusilando a los sindicalistas más destacados, que, heroicamente, sí, habían declarado la huelga general. En Málaga la situación era muy distinta. Los sindicatos habían contactado con la Guardia de Asalto, en la que confiaban. Aquella misma tarde, tal vez desconociendo las instrucciones de Mola, una Compañía de Infantería proclamó el estado de guerra y se dirigió a la aduana. Un marxista saludó puño en alto e insultó a los sediciosos, tal vez sin saber de qué parte estaban aquellos militares, por lo que le dispararon, lo que ocasionó la intervención de los de Asalto, que los derrotaron. Posiblemente esa extemporánea y descoordinado actuación fue la que les llevó al fracaso en dicha provincia. El Coronel Jefe de la Guardia Civil se sumó a la insurrección, pero sus propios hombres le arrestaron.

 

    Los sindicatos llamaron a los obreros y campesinos a defender la ciudad, pero lo que hicieron fue incendiar el Casino Mercantil, el Aero Club, la Sociedad Malagueña y todo lo que simbolizara a las clases dirigentes. Poco después el General Patxot Madoz, que no estaba incluido entre los conspiradores, partidario de una intervención militar pero no de confabularse con los falangistas, considerando que la insurrección había sido sofocada, dio orden de volver a los cuarteles. En Larache los trabajadores españoles resistieron aquella noche, casi sin armas. En Ceuta, a los legionarios del Coronel Yagüe les bastaron dos horas para dominar la situación, asesinando al alcalde. Todos los altos mandos en Marruecos serían fusilados, incluido el Alto Comisario del Protectorado, y varios comandantes legionarios y de “regulares”. El comandante De La Puente Bahamonde, primo-hermano de Franco, le había criticado la crueldad de su represión en Asturias, por lo que éste le replicó que algún día tendría que fusilarlo, y lo destituyó. Tras la victoria del Bloque Popular se le encomendó el mando del aeródromo de Tetuán, donde resistió aquella madrugada, hasta ser asediado por la artillería, averiando los aviones antes de rendirse. En realidad debió incendiarlos, para dejarlos inutilizables. Fue de los pocos a los que, en Marruecos, le hicieron un simulacro de Consejo de Guerra, en el que no le asignaron defensor. Franco se negó a confirmar la sentencia, y le pasó la responsabilidad a Luis Orgaz ¿Esperaba que éste le indultase o, simplemente, no quería problemas con su familia, o que se le acusara de permitir la muerte de un familiar? Lo cierto es que fue fusilado a continuación, a las cinco de la tarde, y en los muros exteriores de la fortaleza de Monte Hacho. El único caso de un fusilamiento en Ceuta por la tarde. Tal vez deseaban que se hiciese público, demostrar que Franco no tenía piedad ni de sus familiares ¿O para que no le diera tiempo a arrepentirse, a impedirlo?

 

    El propio Franco modificó el apellido de su primo en la partida de defunción, por el de Baamonde, para que no pudieran relacionarlo con el suyo, y le dijo a sus familiares que lo habían matado “los rojos”. En la madrugada del sábado 18 de julio, Queipo de Llano se dirigió a Sevilla. Se alojó en un Hotel céntrico, aunque de poco renombre. El torero “El Algabeño” le había prometido 1.500 falangistas. Pero, como era verano, la mayoría de los “señoritos”, muchos de ellos estudiantes, se habían ido de vacaciones, o habían sido detenidos por sospechas de participación en ataques terroristas o tenencia ilícita de armas. Sólo pudo encontrar a 15. A las 6 horas y 10 minutos, Franco telegrafió a todas las Divisiones orgánicas, al Jefe de la División de Caballería, a la Comandancia de Baleares y a las bases navales, cuya cooperación era imprescindible para que la sedición marroquí  resultara amenazadora. Llamaba heroico al ejército de Africa. Indicaba “España sobre todo”, remedando el himno alemán, y que las guarniciones canarias y las de la península se unían a ellos, terminando con un “Viva España con honor”. Como si los que habían incumplido su juramento de lealtad (la mayoría, primero respecto del rey, y después) a la República respetasen el sentido de tal palabra. Con todo lo cual daba a entender, a los que conocían los objetivos ordenados por Mola, que había bastado una hora y diez minutos para cumplirlos en Marruecos, no aclaraba de qué parte estaba él ni el ejército de Marruecos, puesto que no revelaba nada de lo ocurrido. Y producía desinformación y descontrol sobre quiénes y dónde se habían sublevado a quienes tuviesen tal sospecha. Quizás, en parte, fuesen recomendaciones de Mola, con tales objetivos, ya que Queipo de Llano y otros actuaron de forma parecida.

 

    Pero, así también seguía reservándose la opción de alegar que todo había sido un mal entendido, que pensaba que el intento había sido frustrado. Demostraba que él no estaba en Marruecos entonces. Una exculpación más. Lo que significaba que había incumplido la misión que Mola le había encomendado. Y adelantaba la insurrección de las guarniciones peninsulares, con lo cual entraba en contradicción con los minuciosos planes de Mola, y desorientaba a todos, tanto a los golpistas como a los leales a la legitimidad democrática, dejándolos sin tiempo de reacción. Pero, sobretodo, se situaba por encima de la autoridad de Mola. Si las cosas salían a su gusto, él podría presumir de haber dado la orden de la sedición, que a él era al que los demás habían obedecido, y no a Mola. En Madrid el mensaje llegó al radiotelegrafista Balboa, del Ministerio de Marina. Lo habían retransmitido desde Cartagena. Balboa lo comunicó al Ministerio, por lo que el jefe de la estación de radiofrecuencia, el Capitán de Corbeta Ibáñez, uno de los conjurados, fue apresado. Se le ordenó que avisara a los radiotelegrafistas de la escuadra sobre lo que ocurría, añadiendo que vigilasen a sus oficiales, “una cuadrilla de fascistas”, les desobedecieran y, si era necesario, “se los carguen”. El destructor Churruca no recibió dicho mensaje porque entonces tenía su transceptor de radiofrecuencias averiado. Franco promulgó el estado de guerra en Canarias, sin tener atribuciones para ello. Menos aún esta vez. Ni la Guardia Civil ni la de Asalto se dejaron intimidar, y acudieron a defender el Gobierno Civil tinerfeño. Franco envió allí a todas sus tropas y a falangistas, rindiéndolo a mediodía. Por fin el Gobierno, cuando el caos ya reinaba por todos los acuartelamientos, informó por las emisoras de radiofrecuencia lo que estaba ocurriendo.

 

    Inmediatamente los sindicatos, que ya debían tener noticias de lo que sucedía, por lo menos de los mensajes a las Divisiones orgánicas, se ofrecieron a colaborar con el Gobierno, y exigieron armas, como mínimo para sus cuadros dirigentes. Los partidos de izquierda apoyaron tales planteamientos. Por todas partes los amotinados actuaban igual: militares, guardias civiles, falangistas, y propietarios, “gentes de orden”, estos últimos con escopetas, que se habían sublevado (no en todas partes había soldados, se  pusieron del lado de los golpistas o se les sumó la Guardia Civil) tomaron los edificios públicos, especialmente el Ayuntamiento, y proclamaban el estado de Guerra, con grandilocuencia oficialista, lo que consiguió desorientar a muchos, que creían que actuaban por orden o en defensa del Gobierno central. Posiblemente era el plan meticulosa y reflexivamente fraguado por el perverso Mola. Hay quienes sostienen que el golpe triunfó donde la Guardia Civil se puso del lado de los sediciosos, como muestra de su efectividad. En realidad no fue tan así. Donde los sindicatos se daban cuenta de lo que ocurría o del riesgo que se estaba corriendo, declararon la huelga general, y, con los trabajadores disponibles, acudieron al Gobierno Civil pidiendo armas. Si se les daba, salían con ellas a las calles, el ejército permanecía acuartelado y, en esos momentos de duda, la Guardia Civil, la de Asalto y los carabineros se ponían de su parte, y al final, se derrotó a los sediciosos. Si no había armas o se les negaron, levantaban barricadas, sin armas adecuadas, y las “gentes de orden”, con o sin los militares, la Guardia Civil, y a veces también la Guardia de Asalto, se dirigían contra ellos, los derrotaban, fusilaban a los supervivientes, a casi todos los cargos públicos, incluyendo el Gobernador Civil, la mayoría de los alcaldes, concejales y representantes políticos que no se hubiesen puesto de su parte, y también a los delegados sindicales.

 

    Es decir, el triunfo favoreció a los más osados y castigó a los dubitativos. Posteriormente venían las acusaciones, delaciones y más fusilamientos, torturas y otras represiones. Entre las víctimas ocupaban un lugar destacado los maestros, favorecidos por la República, a los que los fascistas y católicos, clérigos o seglares, profesaban un odio mortal, inhumano, por inculcar a los niños ideas de ciudadanía, de civismo, de convivencia democrática, de libertad de pensamiento y de elección, y, sobretodo, por haber sido cómplices en sustituir enn la tarea, el negocio, que la Iglesia Católica afirmaba creía haber recibido en monopolio del mismo Dios, aunque éste se olvidara de expresarlo así en sus Mandamientos. Posiblemente este modus operandi estuviese premeditadamente planeado por Mola. La Guardia Civil, llamada entonces Guardia Nacional Republicana (es posible que tal cambio de nombre influyese en su creencia de que su misión fundacional estaba siendo traicionada) tenía una fuerte tendencia a pasarse al bando fascista en cuanto podían. La de Asalto fue mucho más leal a la República. Aunque, como ésta sólo estaba acuartelada en las ciudades, no tuvo la trascendencia de la Guardia Civil para controlar amplias zonas. El Doctor Giral, entonces Ministro de Marina, ordenó que tres destructores partiesen de Cartagena rumbo a Melilla. Simultáneamente destituyó a toda la oficialidad que desobedeciese al Gobierno. En altamar los tres destructores recibieron órdenes radiotelegráficas de bombardear Melilla. Una estupidez inútil, sin el menor efecto práctico. Así los oficiales del Almirante Valdés y del Sánchez Barcáiztegui comprendieron lo que ocurría, reunieron a la tripulación y le explicaron la sedición que se había producido y su finalidad. La marinería, ya alertada, apresó a los oficiales y nombró un comité de dirección. La oficialidad del Churruca, que continuaba con su equipo de radiofrecuencia inoperativo, comprendiendo lo que estaba sucediendo, aprovechó la ocasión para separarse de los otros destructores.

 

    Queipo de Llano, su ayudante y otros tres oficiales fascistas, se presentaron en el despacho del Jefe de la 2ª División orgánica, Fernández de Villa-Abrille y Calívara, que estaba reunido con el General de la Brigada de Artillería, les plantearon la situación y, ante sus dudas, sacaron sus pistolas y les arrestaron. Sin embargo, posteriormente éste actuaría como interlocutor de aquél para dominar Sevilla, por lo que hay historiadores que consideran que fue un engaño más. O que, en todo caso, no quería posicionarse hasta que no se clarificase más lo que ocurría. Lo cierto es que sería expulsado del ejército y condenado a 6 años de cautiverio, tras lo cual murió, en 1946, en una pensión de Madrid, posiblemente de hambre, ya que carecía de medios de subsistencia. Al parecer era masón. Como la puerta no tenía llave, Queipo de Llano situó en ella un cabo ordenándole que les disparase si intentaba huir. Cabe destacar que, con tal precipitación de los acontecimientos, estaba siguiendo más al llamamiento de Franco que al plan de Mola. Tal vez Franco y Queipo de Llano habían acordado que la única posibilidad en Sevilla estribaba en el factor sorpresa. A continuación se dirigió al aledaño cuartel de Infantería de San Hermenegildo, encontrándose a todo el Regimiento en el patio, armado y en formación. Resueltamente felicitó al Coronel por ponerse del lado de sus compañeros de armas para salvar a la Patria. Con ello, igual que Franco, tampoco descubría sus intenciones. El Coronel le respondió que estaba decidido a apoyar al Gobierno, aunque los hechos posteriores demostraron que su decisión era poca. Entonces Queipo de Llano le pidió continuar la conversación en su despacho. Allí, a punta de pistola, le desposeyó del mando del Regimiento, y fue llamando uno por uno a jefes y oficiales, por orden de graduación, ofreciéndoles tal mando.

 

    Aunque no mostraron un claro posicionamiento a favor de la República, expresaban dudas sobre las posibilidades de éxito, comparándolo con la “sanjuanada”, y la necesidad, en su caso, de exiliarse. Hasta que el joven capitán Fernández de Córdoba, falangista, accedió: lo más parecido que pueda darse al cinematográfico camarote de los hermanos marxistas, es decir, Marx. Para entonces, Cádiz, Jerez de la Frontera, Algeciras y La Línea de la Concepción, ya habían caído en manos de los fascistas: la amenaza marroquí empezaba a ser creíble. El Gobernador Civil distribuyó guardias civiles y de asalto en los edificios públicos y la Telefónica. Queipo de Llano destituyó al General Jefe de la 2ª División Militar y se nombró a sí mismo, proclamando a continuación el estado de Guerra. Promulgó un artículo único, por el que declaraba que fusilaría a todo el que se levantase en armas contra el ejército o a los que declarasen huelgas: estaba claro que habían sacado lecciones del abortado intento de Sanjurjo. Seguía sin aclarar de qué parte estaba. Todo ello previamente elaborado por sus ayudantes, y posiblemente siguiendo las instrucciones de Mola. Envió un grupo de soldados a la Maestranza de Artillería, otra de las claves de su éxito. Allí estaban depositados 40.000 fusiles. Conectando con “gentes de orden”, tal vez, muchos de ellos, familiares de falangistas, hicieron que se presentaran allí pidiendo fusiles para defender la República. Y los obtuvieron. Cuando llegaron los sindicalistas los recibieron a balazos. Se produjo un enfrentamiento entre la Guardia de Asalto y el ejército en el que se tomaron a éste tres vehículos acorazados. Sin embargo, antes que de que las fuerzas enviadas para cerrar el puente sobre el Guadaíra lo ocupasen, consiguieron pasar tres piezas de artillería, otra de las claves del éxito de Queipo de Llano.

 

    El Almirante Valdés y el Sánchez Barcáiztegui bombardearon Ceuta y Melilla y volvieron a Cartagena. Más tarde el Churruca entró en el puerto de Melilla para unirse a los sediciosos, que contaban con la Marina para cruzar el Estrecho. Mientras que, en todas partes, la burguesía se había incorporado al ejército, la Armada seguía integrando aristócratas en gran proporción, u oficiales con dicha mentalidad. Recordemos que el padre y el hermano mayor de Francisco Franco estaban enrolados en la Marina de Guerra, y que él mismo quería haberse integrado en ella, pero no pudo por estar cerrado el cupo de ingresos en dicho año. Hasta Hitler denostaba del carácter reaccionario, imperial, de su Marina, con la que nunca contó para sus planes. Pero, en España, la reacción de la suboficialidad y la marinería, abortó tales planteamientos golpistas. Así se encontraron con que sólo tenían un destructor y un cañonero para llevar a transbordadores y motonaves con tropas a la península. Mientras, en Marruecos, habían dicho al Jalifa que el Gobierno pensaba proclamar la independencia del Protectorado, para mermar la ascendencia de lo ocurrido, por lo que debía ponerse de parte de los sediciosos o no encontraría ayuda contra los que le iban a exigir responsabilidades por su colaboración con las fuerzas ocupantes. En realidad sería Franco quien, al final, terminaría concediendo la independencia a Marruecos. Este dejó el mando de Canarias al General Orgaz y se dirigió, por mar, una travesía más lenta, pero más segura, hasta el aeropuerto. Allí llegó a las tres de la tarde.

 

    A esa misma hora, el Consejo de Ministros rechazó la oferta de colaboración de los sindicatos, pidió confianza en el Estado, afirmó que la rebelión había fracasado en Sevilla (al parecer Queipo de Llano le hacía llegar noticias falsas sobre de qué bando estaba: otra felonía, otra exculpación más, por si le hiciera falta) “gracias a la previsión del Gobierno” y amenazó con fusilar a quien facilitase armas. Puede que tal determinación también estuviese relacionada con las entregadas a fascistas en Melilla y en Sevilla. Tal seguridad mostraba que llegó a confundir a muchos, entre ellos a la habitualmente impulsiva “Pasionaria”, quien resucitó el lema de Petain en Verdún: “¡No pasarán!”. Pero la situación era distinta. Era al Gobierno legítimo al que correspondía tomar la iniciativa, abortar la sedición. Una estrategia defensiva, quedarse a la espera, era dar opción a los insurgentes para proseguir con su estrategia y acomodar sus tácticas, permitir que sumasen más adeptos. Maquiavelo en su “El Príncipe”, lo explica adecuadamente. En Sevilla los sindicalistas habían ocupado el Hotel Inglaterra, signo de lujo, desde el que se domina la Plaza Nueva y el Ayuntamiento. Lo más eficaz hubiera sido coordinarse con el Gobierno Civil, aunque es posible que, en aquellos momentos, nadie tuviese muy claro de qué parte estaba cada uno. Tal vez pensaron que, desde aquella posición, podían vigilarlos a todos. En el aeródromo de Tablada, así llamada la margen del Guadalquivir donde el Ayuntamiento, siglos antes, había hincado empalizadas y prohibido a los alfareros continuar extrayendo arcilla, como antes hacían en la Chartreuse o Cartuja sevillana, los aviones se prepararon para bombardear a los rebeldes, aunque aún no se conocían sus posiciones. El General Vara del Rey, personalmente, los averió para que no pudieran hacerlo. Es posible que también impidiese el cumplimiento de la orden de enviar refuerzos a De La Puente Bahamonde, a Tetuán.

 

    De modo que la Zona Aérea del Estrecho quedaba inoperativa, y la 2ª División orgánica, aunque desestructurada y descoordinada, casi en su totalidad en manos de los fascistas: no sólo se facilitaba la llegada de las tropas de Marruecos sino que era imposible, a corto plazo, rechazar su desembarco. Se ha reiterado que el Gobierno no consideró la importancia de Sevilla, no comprendió su posición estratégica y no puso todo el interés en mantener su control. Además de las noticias contradictorias que le llegaban, lo cierto es que el Director General de la Guardia Civil envió, desde Huelva, una Compañía. A su frente se puso el Comandante Haro. Cuando llegó a Sevilla se puso a las órdenes de Queipo de Llano. Este sacó de la cárcel a los falangistas, quizás también a otros delincuentes dispuestos a colaborar en los asesinatos de demócratas, que se apuntarían a la Falange. En días sucesivos serían el núcleo principal de la represión. Todo esto influyó en los fusilamientos de encarcelados de extrema derecha en Paracuellos del Jarama, Torrejón de Ardoz y otras localidades madrileñas, y también en Málaga. Conforme las emisoras de radiofrecuencia informaban de lo que ocurría, más falangistas de vacaciones fueron volviendo y recibiendo armas. Para entonces Queipo de Llano ya contaba con 4.000 militares, guardias civiles y falangistas a su mando. Posicionó sus piezas de artillería ante las escalinatas del Banco de España y en la calle Granada, disparando salvas contra la Telefónica y el Hotel Inglaterra. Si se hubiera hecho un uso eficaz de los tres vehículos acorazados tomados al ejército se hubiese dificultado tal acción. Y también si los guardias municipales del Ayuntamiento hubieran disparado, aunque no tuviesen armas largas, simplemente con sus pistolas. Pero no lo hicieron. Comprendiendo correctamente lo que ello significaba, los rebeldes tomaron el Ayuntamiento. Se gritó a los guardias de asalto que les respetarían la vida si se rendían.

 

    Se lo creyeron. A continuación se rindieron los sindicalistas del Hotel Inglaterra. De inmediato se fusiló a los guardias de asalto. “Viva España con honor”. A las 7 de la tarde los fascistas controlaban el centro de Sevilla. Entonces los sindicatos reaccionaron. Desde AJ-35 Unión Radio-Sevilla propagaron que habían declarado la huelga general y pidieron a los campesinos que acudieran a defender a la ciudad. Todos los barrios obreros se movilizaron para defender a la República. Mi abuela Reyes me contaba que, en una casa de vecinos de la calle Feria, una mujer ató un pañuelo rojo y lo envió, enfervorecida, con esta misma causa, con esa sola “arma”. El muchacho palideció. Fue la última vez que se le vio con vida. Las vecinas la hicieron culpable de lo ocurrido, no a los fascistas que lo mataron, como los fascistas de ahora culpan al actual Presidente del Gobierno de los cuarenta años de terrorismo no franquista, sin agradecerle los cuatro años transcurridos con el menor número de ataques terroristas. Una forma gratuita de añadir dolor, cuando ya es irremediable, contra una madre, no contra los verdaderos asesinos que estaban dominando las calles. Los sindicalistas pidieron ayuda a la Guardia Civil, que envió un destacamento al centro de la ciudad. A mitad de camino, los desalmados dispararon contra los obreros que les acompañaban, la mayoría de ellos desarmados, produciendo una escabechina. Quizás todos estos hechos, que se repetían en otras ciudades, llevaran a convencer al Gobierno de disolver, no sólo la Guardia Civil, que tan deslealmente se comportaba, sino todo el ejército. Al comisario de policía se le aseguró que su esposa cobraría íntegro su salario, después de fusilarlo, si entregaba las fichas de las organizaciones sindicales (posiblemente actualizadas durante el “bienio negro”) que tenía escondidas. También se lo creyó. Desconozco si en esta ocasión se cumplió la palabra y su viuda cobró algo. Los trabajadores convergieron hacia el centro de la ciudad. Pero ya era tarde.

 

    Casi sin armas, enfurecidos, y con distinta visión anarquistas y comunistas, en vez de iniciar un contraataque efectivo, se dedicaron a incendiar iglesias y casas de ricos, hasta en la Avenida de Reyes Católicos, próxima a donde se habían producido los enfrentamientos. Si los sediciosos se “justifican” en que trataban de evitar los incendios de iglesias, deberían considerar que casi la mitad de ellos se produjeron tras su insurrección. Es como cuando intentaron justificar la invasión de Irak y Afganistán aduciendo que iban a “acabar” con el terrorismo (de los otros) produciendo el mayor ascenso terrorista de toda la historia reciente. Entre las iglesias asaltadas estaba la que acogía la talla de la Esperanza Macarena. Queipo de Llano organizaría una recolecta para reconstruirla, lo que le valió su consideración de benefactor, su “derecho” a que sus restos reposen, si es que pueden, en el nuevo templo, a que su fajín se pasee, año tras años, en procesión, por las calles de la ciudad que sufrió sus asesinatos en masa, y su espada forme parte del “tesoro” de la Hermandad. Envió a sus huestes hacia el norte, quizás siguiendo el rastro de las columnas de humo, con lo que consiguió dividir a los resistentes en dos bloques.

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