Todos contra todos

 

Los carlistas pretendían la vuelta a la Edad Media. Un rey absolutista y autoritario, de la rama borbónica del archiduque Carlos María Isidro, ya que mantenían que las mujeres, no sólo no podían ser reinas, sino que ni siquiera podían transmitir la herencia dinástica, reconociendo sólo la línea paterna. En realidad tampoco deberían aceptar a los borbones, que habían llegado a España por derecho de matrimonio, y reclamaron la herencia del trono alegando la línea materna. Y, yendo más atrás, tampoco deberían admitir a Carlos I, que heredó el trono de su madre, Juana la Loca. Ni tampoco ésta, que lo heredó de su madre, Isabel I. Por no retroceder más. Igual que los falangistas, también odiaban a los liberales. En el cúmulo de contradicciones en el que habían caído después de un siglo de sediciones, insurrecciones, levantamientos, rebeldías y guerras sucesivas, se negaban a que existiese un Parlamento, pero, en cambio, apoyaban Cortes territoriales, de los antiguos reinos que conformaban Hispania, igual que en la Edad Media. Especialmente en el País Vasco, donde, junto con Navarra, tenían la mayor parte de sus seguidores. Esto suponía una deriva respecto del unitarismo y centralismo borbónico, siguiendo el canon francés, por mero oportunismo, desde 80 años antes, lo que los enfrentaba a la CEDA, el Bloque Nacional y la Falange. Se referían a la conspiración judeo-marxista-masónica, que tomaban del ideario clero-fascista, antecediendo a su empleo por Franco. Recibían fondos de la familia Oriol, entre otros, pero también de la Italia fascista. Manuel Fal Conde y el conde Tomás de Rodezno se surtían de armamento en Alemania e Italia, a donde enviaban a la oficialidad requeté para instruirse. Entre ellos había estado el coronel Varela, como instructor, desde meses antes, por lo que no podían “justificarlo” con el triunfo del Frente Popular.

Oriol había fletado un barco con 6.000 fusiles, 150 ametralladoras pesadas, 300 ligeras, 10.000 granadas de mano y 5.000.000 de cartuchos. Al parecer, los carlistas contaban con 30.000 milicianos, 8.000 de ellos en Navarra, que estaban en contacto con el General Mola. Era inconcebible que se uniesen a una conjura del Bloque Nacional, ya que éstos pretendían la reintronización de Alfonso XIIIº, como si nada hubiese ocurrido, ignorando la voluntad popular reiterada en sucesivos procesos electorales, y éste era nieto de Isabel II, a la que los carlistas negaban ninguna legitimidad. Así que, al final, deberían luchar unos contra otros para decidir quién sería el rey. Y ninguno de los dos grupos monárquicos, con los falangistas, que apoyaban la república, sólo que al estilo hitleriano. La CEDA era completamente pragmática respecto a la forma del Estado: podía ser una república, siempre que fuese de corte alemán o austriaco, o una monarquía, como la que mantenía a Mussolini en el poder. Les era indiferente, siempre que terminara en dictadura, que es lo que, en realidad, pretendían. Todos intentaban engañar a todos los demás: una conjura tras otra conjura, un golpe de Estado tras otro golpe de Estado, una insurrección tras otra insurrección, una guerra civil tras otra guerra civil. Hasta que ganaran “ellos”. Era la misma estrategia de Hitler respecto de sus “aliados”: un engaño a escala planetaria, hasta conseguir el poder único, la jefatura total. Así los republicanos creían estar seguros, pues los enemigos de la democracia de ningún modo podrían unirse. Sólo debían temer del ejército, que no esperaban que contase con el menor apoyo popular. Por lo visto no comprendían la capacidad de reclutamiento que tiene una amenaza de fusilamiento, sobretodo si se ve cómo se aplica a diario, con intencionalidad absolutamente terrorista.

Fal Conde y el pretendiente carlista, Javier de Borbón-Parma, habían creado una Junta Suprema Militar, formada por oficiales reservistas, que conspiraban para una insurrección junto con la Unión Militar Española, fundada en 1933 por el Tenientecoronel Rodríguez Tarduchy, falangista, y Barba Hernández, el Capitán de Estado Mayor que había declarado que Azaña ordenó disparar a la barriga en Casas Viejas. Eran de ideas reaccionarias, aristocráticas, casi feudales, y buscaban defender sus intereses corporativos y colaborar en la insurrección, aglutinando a un 10% de la oficialidad, tanto en activo como en la reserva Mantenían contactos con los anteriores, Renovación Española, las Juventudes de Acción Popular, la Falange y los conspiradores, a través del General Goded) casi feudales. En dicha Junta Suprema Militar también estaban integrados el Bloque Nacional y Falange, sirviendo de enlace el coronel Varela. El comercio exterior, afectado por la Gran Depresión, se contraía desde 1931. La mitad de las exportaciones se centraban en naranjas, almendras, vino y aceite, y el desequilibrio del balance de pagos se retrotraía a la mal gestionada economía de Primo de Rivera, en 1925. Por aquella época comenzaban a expandirse las teorías keynesianas, que hoy denostan los ¿neo?liberales, según las cuales los incrementos de la renta personal disponible, por ejemplo, los salarios, suponían engrandecer la demanda y, con ella, activar toda la economía, aunque tuviese la desagradable consecuencia de la inflación de precios. Es algo de sentido común, una conclusión directa e inmediata de los postulados del almirante de la marina británica, el terrateniente escocés Adam Smith.

En realidad las tesis de Keynes, además de sus propias experiencias personales en el virreinato de la India, en 1913, y las consecuencias de la desmovilización y la rescisión de los contratos para el ejército, tras la I Guerra Mundial, estaba directamente influido por el programa electoral del New Deal, nuevo trato, nuevo acuerdo, nueva alianza (con evocaciones evangélicas) nuevo negocio, de Roosevelt, el cual, a su vez, trataba de imitar las consecuciones positivas de Primo de Rivera y Mussolini, y que imitaría Hitler. Sin embargo, los empresarios reaccionarios, entre los que militan los ¿neo?liberales y sus seguidores políticos, como Pinochet, Margaret Thatcher, Reagan, Felipe González, la dinastía (am)Bush o Aznar, entre otros, desde el punto de vista estrictamente económico, salvando las diferencias entre ellos, prefieren mantener la depresión económica, la atonía empresarial, un “bajo” nivel de beneficios empresariales, a fin de castigar a los trabajadores, condenarlos al desempleo, a enfrentarse a la marginalidad o la muerte de hambre de ellos y sus familias, para someterlos, obligarles a aceptar rebajas salariales, preparar las condiciones para futuros periodos de superexplotación obrera. El Instituto de Reforma Agraria veía paralizada su labor con múltiples pleitos de los propietarios, lo que desesperaba a los campesinos, que ocuparon fincas en Madrid, Salamanca y Toledo. En Badajoz 60.000 jornaleros rotularon fincas baldías, lo que fue imitado en Cáceres, Jaén, Sevilla y Córdoba. Posiblemente, con el recuerdo de Casas Viejas y los tiempos explosivos que corrían, Azaña ordenase precaución a la Guardia Civil. Hasta que uno de sus miembros murió al enfrentarse a los campesinos en Yeste (Albacete) causando su reacción la muerte de 17 campesinos, y mucho mayor número de heridos.

No obstante el Frente Popular consiguió el asentamiento de casi 200.000 colonos sobre 756.000 Has., superando los logros del bienio reformista. La Ley de Reforma Agraria preveía la creación de un Banco Nacional Agrario, que no llegó a crearse, por lo que los nuevos pequeños propietarios o arrendatarios carecían de semillas, aperos, bestias y abonos para la labranza, por lo que, ni sus efectos fueron significativos para la productividad ni, en sólo unos meses, mejoraron las condiciones de vida de los que, a ojos de los demás, parecían afortunados. Es decir, la reforma agraria, con la que Napoleón consiguió crear una clase media, que estabilizó la política en Francia durante decenios, y aún influye en ella, y en el resto de Europa donde se realizó, pero no en Iberoamérica, donde, entre otros, Estados Unidos se ha opuesto, considerándolo revolucionario o incluso comunista, tampoco se pudo lograr en España, en tan breve espacio de tiempo. Por entonces el paro obrero llegaba al 17%, casi al 30% en Andalucía -recordemos, sin derecho a ningún subsidio de desempleo- de los que el 66% eran labriegos. La situación se agravaba por una temporada de lluvias que anegaron los campos, sobretodo en La Mancha, Andalucía y Extremadura, entre diciembre y marzo. La FAI no paraba de instigar huelgas, pretendiendo preparar el ambiente, en tales circunstancias, para llegar a la revolución. Abril comenzó con la unificación de las Juventudes Socialistas y Comunistas, como Juventud Socialista Unificada, bajo la dirección del socilista Santiago Carrillo, y los comunistas Trifón Medrano y Fernando Claudín, aprobando como objetivo el encuadramiento y la formación de los jóvenes en el marxismo-leninismo. Había sido planeada por Alvarez del Vayo, durante mucho tiempo asesor y hombre de confianza de Largo Caballero, y por “Medina”, nombre clandestino de Vittorio Codovilla, agente de la KOMINTER.

Ambos habían estado desviando simpatizantes de las Juventudes Socialistas al PCE, argumentando que alli era más fácil escalar puestos, dado que estaba en continuo crecimiento, y que su organización y disciplina, así como la coordinación y ayuda internacional, eran la mejor garantía para derrotar al fascismo. Tras el inicio de la guerra civil, Santiago Carrillo encuadró a 200.000 afiliados a la J.S.U. en el mítico 5º Regimiento, una de las unidades más efectivas, pero con mayor mortandad, durante la misma, lógicamente bajo mando comunista. Largo Caballero, que obtenía un gran apoyo en las radicalizadas Juventudes Socialistas, se veía, con ello, desprovisto del mismo. Indalecio Prieto debió frotarse las manos. A la apertura del nuevo Congreso elegido, según el artículo 81º de la Constitución, era opcional el debate sobre la conveniencia de la disolución del anterior, si el Presidente de la República lo había hecho más de una vez durante su mandato electoral. Indalecio Prieto, posiblemente a instancias de Azaña, en uso de dicha cobertura constitucional, no sólo reprobaba la convocatoria de unas elecciones que el propio PSOE había exigido desde 1934, y sobre cuya negativa habían fundado la convocatoria de la huelga general revolucionaria de octubre de dicho año, sino que, en base a ello, solicitaba la destitución de Alcalá-Zamora por haber utilizado impropiamente sus facultades.

Aparte de las interpretaciones que pudieran hacerse sobre enfrentamientos personales y revanchismo, culpándolo de haber permitido el pacto entre Lerroux y la CEDA, así como el nombramiento de Ministros de dicha procedencia, lo que no era más que la consecuencia del resultado electoral, era una oportunidad para revocar su poder a un representante de los conservadores, que no había tenido las consecuencias de calmar a los antirrepublicanistas, como habían previsto, especialmente Azaña, que fue el que insistió en su nombramiento. La propuesta de Prieto contó con 238 votos a favor (es decir, no toda la coalición del Frente Popular votó por ella) y sólo 5 en contra, lo que evidencia que la extrema derecha, que luego lo utilizó como justificación de que se trataba de un golpe de Estado (¿una votación por mayoría parlametaria?) quería aprovecharse de la conmoción que tal cambio iba a suponer, como demostración del absolutismo que el Frente Popular pretendía. Fue asesinado el juez que había condenado a 30 años de cárcel a un falangista, por el asesinato de un pregonero de publicaciones periódicas izquierdistas. Durante el desfile conmemorativo de la proclamación de la II República hizo explosión un artefacto cerca del palco presidencial. En la confusión, Guardias de Asalto dispararon contra un alférez de la Gurdia Civil. En su entierro los falangistas se enfrentaron a la Guardia de Asalto, produciéndose muertos y heridos. La Falange publicó que era autora de tres ataques terroristas, en los que murieron dos periodistas, en Santander y San Sebastián, y Capitán socialista, en Madrid. Al día siguiente los falangistas perpetraron otro ataque terrorista, ametrallando a trabajadores en pleno centro de Madrid, con el resultado de tres muertes y 40 heridos. En tal ambiente se exigió a los diputados que entregaran sus armas antes de entrar en el edificio del Congreso.

En plena campaña electoral, en el discurso en el Teatro de la Zarzuela, José Díaz había advertido que no se podía admitir que el ejército estuviese en manos de Generales fascistas y monárquicos, con lo que el triunfo del Bloque Popular duraría lo que tardaran en reponerse los reaccionarios. Ya el 27 de febrero “Mundo Obrero” señalaba a Goded, Franco, Fanjul o Martínez Anido como Generales peligrosos. Varela organizó un intento de golpe de Estado para el 19 de abril, que fue desbaratado, confinándosele en Cádiz, y a Orgaz, que le apoyó, en Las Palmas. Así ambos estuvieron disponibles para los sediciosos casi el mismo 17 de julio. El 28 un pistolero de la FAI asesinó a los hermanos Badia, dirigentes del partido Estado Catalán. Como Presidente de la República interino se eligió a Diego Martínez Barrio, quien nombró Presidente del Gobierno al francmasón, Gran Oriente de España, Augusto Barcia Telles, abogado defensor de los miembros de la Generalidad catalana, con poco éxito. Es posible que todo ello fuese orquestado por Azaña, para que resultara intachablemente imparcial su desisgnación definitiva como Presidente de la República, que se llevó a cabo el 3 de mayo, con 754 votos a favor y sólo los 88 en blanco de la CEDA. Lo que debe analizarse, una vez más, como un doble juego de la extrema derecha, que colaboraba con los mismos hechos que, posteriormente iba a criticar y a utilizar como “justificación” de un golpismo que estaban planteando desde 1932, sin contar con los que habían traído las dictaduras anteriores, desde antes de la huelga general revolucionaria de octubre de 1934, y desde antes de la convocatoria de nuevas elecciones y del triunfo del Bloque o Frente Popular. Inmediatamente, el nuevo Presidente de la República recién electo, encargó a Indalecio Prieto la formación de un nuevo Gobierno. A Prieto, no al PSOE.

Pero, lógicamente, éste debía contar con el apoyo de su grupo parlamentario, si no quería perder cualquier ascendencia futura sobre su Partido. Y no lo logró: Largo Caballero se opuso a que se colaborase con una política derechista. El PCE analizó como errónea tal decisión, como una nueva incomprensión de los objetivos del Frente Popular. Posiblemente Largo Caballero esperaba vencer en el congreso extraordinario prevista de su Partido, que no llegaría a celebrarse, para conseguir él mismo, y su sector proclive, la jefatura del Consejo de Ministros. Era exactamente la misma situación que, cuatro años antes, había llevado al Gobierno alemán, sucesivamente, a Von Papen y Hitler. Azaña, entonces, designó al galleguista Casares Quiroga. Al parecer era un hombre enfermo, que consideraba un error que Azaña dejase la presidencia del Consejo de Ministros. Era el nombramiento más inapropiado para desbaratar una intentona golpista que el PCE no paraba de denunciar. Posiblemente Azaña pretendiese seguir gobernando el país, desde la jefatura del Estado, a través de la docilidad de este hombre. Su única labor pro-activa, en los siguientes dos meses, fue acelerar el proceso de autonomía de Galicia, una de las exigencias de su Partido al integrarse en Izquierda Republicana, anteponiéndola a la de Andalucía, que estaba más adelantada, consecuencia de lo cual no se ha tenido más remedio que considerarla también autonomía histórica, título que se pretendía reservar para Cataluña y el País Vasco, con los privilegios inherentes, constitucionales o no. Largo Caballero seguía instando a la violencia para conseguir los objetivos socialistas. El desfile del 1º de Mayo fue una manifestación inequívocamente radical: entre banderas rojas y retratos de Lenin, Stalin y Largo Caballero, se pedía un Gobierno proletario y un ejército popular. Hasta los mendigos ya no “pordioseaban”, sino que pedían solidaridad revolucionaria.

Simultáneamente, en Cuenca, Prieto se oponía a lo que consideraba excesos, advirtiendo de una posible subversión militar, encabezada por Franco. Y la CNT celebraba un congreso en Zaragoza, en el que Largo Caballero pedía unidad de acción con UGT, lo mismo que llevaba 16 años proponiendo el PCE. El día 4 José Antonio Primo de Rivera propagaba su soflama “invasión de los bárbaros”, según la cual el Frente Popular obedecía consignas de Moscú de acabar con la familia y promover la prostitución (¿no es ésta capitalista?) en masa, utilizando como “prueba” una manifestación feminista (él decía “de muchachas”) en las que se gritó: “¡hijos sí, maridos no!”. Por cierto, es lo que se está llevando a la práctica en la actualidad, con las parejas de hecho y los divorcios, sin que Moscú haya tenido que consignar nada, lo que se hacía desde mucho antes en Estados Unidos. Julián Besteiro, catedrático de Lógica de la Universidad Complutense, analizaba que la situación española no era comparable con la Rusia de 19 años antes, con casi todos los militares implicados en la I Guerra Mundial y una retaguardia casi desguarnecida. Por ejemplo, el palacio de invierno estaba custodiado por un regimiento femenino, que, tras varias horas de asedio, ver los reflectores del acorazado Aurora y sus primeros cañonazos, se pasó al bando de los revolucionarios. Aún así, la guerra, más internacional que civil, que siguió, duró casi nueve años, y su consecuencia fue la consolidación en el poder de Stalin. Por el contrario la CNT continuaba con su propensión a un sindicalismo reformista, y se centraba en conseguir trabajo para sus afiliados en situación de desempleo.

Quizás por desconocimiento teórico de unos y otros, o como estrategia comunista, algunos sectores, como Manuel Tagüeña, mantenían que sus objetivos de ambos eran los mismos (se referiría a una futura sociedad sin clases en la que los Estados, en su concepción marxista, decimonónica, exclusivamente como instrumentos represivos para el dominio de las clases dirigentes, desaparecerían, para los anarquistas mediante “decretos de disolución”, para los marxistas clásicos, simplemente por la evolución de la sociedad, al hacerse innecesarios, superada la lucha de clases al desaparecer las diferencias de éstas, en un mundo en paz y concordia) aunque conseguidos por distintos métodos, para los comunistas organizada y disciplinadamente. En efecto, la disciplina en el PCE, absolutamente stalinista, llegaría a hacerse provervial, así como los castigos por su incumplimiento, llegando a un fanatismo, confianza en el triunfo, que un alto dirigente del Partido Comunista Italiano la definió como la fuerza y, al mismo tiempo, la deshumanización de su homónimo español. Ante una revolución que se consideraba no sólo factible, sino inminente, cumplimiento ineluctable, y, en cierta medida, voluntarista, muy al estilo ácrata español, del análisis, más leninista que marxista, cualquier sentimentalismo se consideraba una debilidad pequeño-burguesa, y, bajo tal perspectiva, las objeciones anarquistas y trostkistas contra el autoritarismo stalinista eran consideradas infantiles, ante la grandiosidad de la obra que debía acometerse a corto plazo, puesto que partían de la base de que la revolución no podía hacerse bajo otros planteamientos. En realidad era una visión militarista.

Era el año de la entronización de Enrique VIII en Gran Bretaña, lo que haría anteponer sus amoríos con la señora Simpson a cualquier consideración sobre política internacional. Como consecuencia de la invasión de Etiopía, la Sociedad de Naciones sancionó a Italia con diversas medidas económicas. La principal de ellas debió haber sido el embargo petrolífero. Pero Estados Unidos se negó a ello. Entre otras razones porque no era miembro de dicha Liga de Naciones, por voluntad propia, y porque Italia había invadido Etiopía sin declararle la guerra. Para compensar esta prueba de debilidad se admitió a la U.R.S.A. en ella, a la que se había vetado su ingreso, tanto por su armisticio unilateral con Alemania en marzo de 1918, como por la negativa a reconocer al nuevo Estado revolucionario. Todo esto enviaba mensajes contradictorios a la República Española. En realidad Estados Unidos estaba en una situación complicada. La Ley de Neutralidad, aprobada por los Conservadores, impedía mantener relaciones comerciales con los países que se hubieran declarado la guerra. Esto significaba estimular las guerras sin declaración previa, a pesar de lo que ellos criticarían posteriormente a Japón, al que se impidió dicha declaración previa al retrasar, durante una hora, la entrevista con el Vicepresidente de Estados Unidos, hasta que se confirmó el bombardeo del Puerto de la Perla, en inglés Pearl Harbor. Y que ellos, desde entonces, no han vuelto a declarar ninguna guerra: simplemente han invadido lo que les ha parecido. Desde 1927 reomendaban a Chiang Kai Chek que no declarase la guerra a Japón, a pesar de haberles invadido, para poder continuar ayudándoles. Así General Dynamics, la filial aeronáutica de General Electric, les vendió, a crédito, una partida de aviones, que, al final, terminaría pagando Estados Unidos. Igual que las ventas a plazo que Hitler hizo a Franco.

Para pilotarlos se convenció a pilotos estadounidenses que pìdieran su baja en el ejército, comprometiéndose General Dynamics a pagarles su sueldo, a cambio de sustanciosas ventas de armas al ejército norteamericano. Sin embargo, unos meses después, aprovisionario de petróleo, con pago aplazado, sin ninguna garantía que lo respaldara, a Franco, mientras se la negaba al Gobierno legítimo de la República, que no había declarado la guerra ni invadido a nadie. Todo lo cual debe clarificar el posicionamiento ideológico de unos y otros. El apoyo condicionado a las “democracias”, según interese. Hitler había iniciado su estrategia de anexionarse Austria, contraviniendo, una vez más, los Tratados de Paz de Paris. Mussolini consideró que eso daría un inmenso prestigio a Alemania, por lo que se opuso a ello. El mundo, y también España, consideró que eso supondría una ruptura entre el fascismo y el nazismo, diluyendo su peligrosidad. En septiembre de 1918, durante la ofensiva de los cien días, con la que finalizaría la I Guerra Mundial, las tropas francesas consiguieron traspasar la línea Hindenburg-Ludendorff, de 160 kmtrs. de largo, diseñada por estos mariscales alemanes en 1916, tras los resultados de la primera batalla del Somme. Su objetivo era retroceder hasta ella, devastando las zonas desalojadas, como “tierra quemada”, lo que se hizo en febrero de 1917, fecha desde la cual mantuvieron dicha posición y sirvió de partida para el último ataque alemán, durante la segunda batalla del Somme. Rectificaba un saliente, permitiendo ahorrar 50 kmtrs. de trincheras, con lo que se daba movilidad a 13 divisiones alemanas, con las cuales consiguieron reforzar el frente y crear una reserva, para realizar la última acometida, que, dado su prolongado éxito y magnífica planificación, llegaron a considerar que conduciría a la victoria.

Cuando los franceses analizaron su construcción quedaron impresionados: bajo las casamatas de ametralladoras, de cemento armado, profundas trincheras y alambradas de púas, y puestos de mando, existían túneles que permitían el seguro y rápido reposicionamiento de tropas. Tras la llegada al poder de Mussolini los franceses temieron por las intenciones del dictador. Los viejos mariscales Joffre y Petain plantearon la construcción de una línea fortificada semejante a la desarrollada por los alemanes. Sin embargo los jóvenes Reynaud y De Gaulle se opusieron a la misma, considerando que era un error estratégico, y que era preferible invertir su costo en armamento, especialmente tanques y aviones, confiriendo movilidad en la ofensiva. En realidad ya lo había escrito Maquiavelo, en “El Príncipe”, razonando que las fortificaciones sólo eran útiles en estrategias púramente defensivas, que significaban ceder la iniciativa estratégica al enemigo, quien podía escoger el lugar, el momento y el modo de llevarla a cabo (como en el ajedrez) y, si era inteligente, lo haría sólo bajo condiciones que le dieran el éxito. Maginot, mutilado de la I Guerra Mundial, posterior Ministro de la Guerra, consiguió convencer al Gobierno, por lo que la línea llevó su nombre. Consistió en 108 fortificaciones principales, localizadas a 15 kmtrs. de distancia entre ellasmás una inmensidad de otras secundarias, situadas en posiciones intermedias. Incluía acuartelamientos, salas de reuniones del alto mando, almacenes de armas y explosivos, y dormitorios, comunicados por 100 kilómetros de galerías y pequeños ferrocarriles, todo ello subterráneo, con ventilación forzada a prueba de gases tóxicos. Las obras comenzaron en 1928. A partir de 1934, tras la llegada de Hitler al poder, se continuaron hacia el norte, hasta el Canal de la Mancha, para protegerse de un nuevo ataque alemán. Costaron el equivalente a 230 millones de euros en su época, y, en 1936 se concluyeron en su mayor parte, si bien los trabajos continuaron hasta 1939.

Se repitió el error, ya cometido en la I Guerra Mundial, de considerar el Macizo de las Ardenas como excesivamente escarpado como para que la infantería (no comprendían cómo habían evolucionado los camiones) y los carros de combate de entonces, pudieran atravesarlo tan rápido como para que no fuesen advertidos por el ejército francés, dando tiempo suficiente para el reposicionamiento de tropas y abortar el ataque. No fue así ni en 1940 ni en 1944, repitiéndose ¡por tres veces en 30 años! por los alemanes la misma estrategia con igual éxito inicial. De modo que, por esta zona no fortificada, la línea Maginot se convirtió en una inmensa ratonera, en la que fueron apresados cientos de miles de soldados, que no pudieron actuar eficazmente en la defensa de su país. Al norte de dicho macizo las fortificaciones eran más débiles, tanto porque la necesaria invasión de Bélgica daría tiempo a movilizar y posicionar todo el ejército, como para estimular a los alemanes a hacerlo a través de tal frontera, lo que obligaría a los británicos a colaborar en la Alemania, como en 1914, ya que aquellos eran aliados de Bélgica, y garantes de su neutralidad e independencia. También en 1936 el fascista General Metaxas ocupó el Gobierno griego, si bien no dudó en enfrentarse a Mussolini cuando consideró que su invasión de Albania constituiría un peligro futuro para todos los Balcanes. Fue el año de la Olimpiada de Berlín, lo que supuso una tremenda propaganda sobre la organización y poderío nazi. En marzo, Hitler había enviado tropas a Renania, incumpliendo su compromiso de no hacerlo. Francia, amedrentada por el significado de tal arrogancia, consultó con Gran Bretaña, pero ésta la disuadió de realizar ninguna medida de fuerza, considerando que era propio de la soberanía de un país situar tropas en todo su territorio, y que ello no tenía por qué interpretarse como una demostración de hostilidad.

Tal vez esta falta de reacción, además de la victoria electoral en España, donde el sentimiento antifascista había arraigado profundamente, llevaron al triunfo del Frente Popular en Francia. Los republicanos españoles se sintieron seguros, creyendo que ello, tanto como la invasión italiana de Etiopía (el único país propiamente independiente, junto con Liberia, del continente africano) y Albania, materialización de sus pretensiones imperialistas en el Mediterráneo, amenazando las posiciones británicas en Egipto, y los territorios franceses en Túnez y Argelia, la remilitarización de Renania (la cuenca del Rhin) la construcción de la línea Maginot, alargada por la frontera con Alemania, garantizaba la alianza franco-británica con España, contra una posible insurrección fascista, pues suponían, ilusamente, que no iban a consentir a Francia emparedada por el nazi-fascismo. No comprendían que, para Gran Bretaña, el verdadero temor era una posible revolución en España. Igualmente interpretaron que la entrada de la URSA en la Sociedad de Naciones, las sanciones de ésta a Italia, y el conflicto de intereses entre ésta y Alemania, respecto de la anexión de Austria, garantizaría la ayuda al Gobierno legítimo de la República Española, y dificultaría el apoyo a los conspiradores. En España Junio comenzó con una huelga conjunta de UGT y CNT de albañiles, mecánicos y ascensoristas de Madrid, que convocaron una manifestación con 70.000 participantes. Allí acudieron los terroristas de la Falange, con ametralladoras. En los disturbios los huelguistas asaltaron tiendas de alimentación, debiendo ser reprimidos por la policía. En julio el Jurado Mixto aprobó un laudo, que la UGT aceptó, pero no la CNT, que continuó con la huelga, produciéndose enfrentamientos entre ambos sindicatos. Los falangistas intervinieron con violentos ataques. Los anarquistas reaccionaron asesinando a tres guardaespaldas de José Antonio Primo de Rivera en una cafetería.

Pretendiendo mostrar imparcialidad, el Gobierno, de la forma más estúpida, cerró los locales de la CNT en Madrid, y encarceló a los dirigentes anarquistas de la huelga, entre ellos al que sería mítico dirigente de las milicias, Cipriano Mera. En Málaga, a mediados de junio, la CNT convocó una huelga de 100.000 jornaleros. Durante ella que se produjeron verdaderos combates con la UGT, criticados por ambas direcciones.

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