El Partido Comunista y la caída de la monarquía

 

El Partido Comunista de España no había conseguido una adecuada representación en aquellas elecciones. La mayoría de los historiadores explican este hecho por su carácter minúsculo, su insignificancia. Pero hay indicios que llevan a dudar profundamente sobre tal afirmación. Por supuesto, si el criterio de evaluación es el número de diputados o concejales electos, la conclusión no puede ser otra que esa. Pero hay otros posibles y otras explicaciones. La actitud tradicionalmente moderada del PSOE en lo social, aunque belicista, pro-aliada, durante la I Guerra Mundial, estaba siendo contestada por un número cada vez mayor de críticos, que vieron en la revolución soviética un camino a seguir. Ya en 1919 la influencia de la III Internacional Obrera, la comunista, entre los obreros españoles era notoria: en dicho año una serie de huelgas generales impusieron la jornada laboral de 8 horas. Este límite no se reducirá hasta 1976, muerto Franco, hasta un máximo de 44 horas en cómputo semanal. Para controlar la contestación interna que la comparación con el entorno internacional reclamaba, el PSOE precisó tres congresos extraordinarios. En el primero de ellos, en 1919, delegados que representaban 14.000 votos acordaron esperar, siguiendo las recomendaciones de la dirección del Partido, frente a 12.500 que se decantaban por la unificación de la II y III Internacionales. Días después, debido a ello, las Juventudes Socialistas se adherían a la III Internacional. En 1920, reunidas en Asamblea Nacional en la Casa del Pueblo, con el único punto de transformarse en Partido Comunista, aprobaron la creación del Partido Comunista Español, entre cuyos fundadores estaba Dolores Ibárruri, que firmaba sus escritos como “Pasionaria”, desde que publicó el primero, durante una Semana Santa. Había sido hasta entonces miembro del PSOE.

 

Dando por perdido un acuerdo internacional para unificar las internacionales socialdemócratas y comunista, el debate se limitó ya a la integración del PSOE en esta última. Para ello se convocó el Congreso Extraordinario de 1920, que, por mayoría aplastante, decidió su inclusión en la III Internacional. Sin embargo los dirigentes del PSOE manipularon las resoluciones de dicho congreso, interponiendo tres condiciones que imposibilitaban la aceptación de la misma. Por aquel tiempo los enfrentamientos habían llegado a la constitución de una internacional intermedia, llamada jocosamente la dos y media, que oficialmente pretendía acercar distancias para unificar la II y la III, aunque, en realidad, se esforzaba por derechizar la III, haciéndola aceptar los postulados socialdemócratas. Para solucionar la cuestión el PSOE convocó su tercer congreso extraordinario sobre el mismo tema. Fernando De Los Ríos y Daniel Anguiano informaron de las conversaciones con Lenin y otros dirigentes de la Komintern, y del rechazo obtenido por las condiciones prefijadas. El primero abogó, en respuesta, por la integración en la segunda y media, mientras que Anguiano defendió la anulación del condicionado preestablecido. Pasada la propuesta de De Los Ríos a votación ganó por 8.858 votos contra 6.094, debido a las presiones, extorsiones y manipulaciones de los dirigentes. Ante lo cual, Antonio García Quejido, miembro de la Comisión Ejecutiva y fundador del PSOE, así como primer Secretario de la UGT, informó de su salida del Partido y la constitución, el 13 de abril de 1921, diez años y un día antes de proclamarse la II República Española (III si se incluye la Catalana, de 40 años de duración, en los reinados de los Felipes III y IV) del Partido Comunista Obrero Español, junto con Facundo Perezagua, delegado, entre otros, de Bilbao, la Federación Socialista Asturiana, Virginia González, dirigente del PSOE y de la UGT y delegada, entre otros, de Puebla de Cazalla (Sevilla) así como Anguiano, entre otros.

 

En respuesta de ello, el propio Pablo Iglesias, y toda la nueva ejecutiva del PSOE, se vieron obligados a firmar un manifiesto en el que se declaraban defensores de la revolución rusa. Lo que no evitó que la nueva Federación de Juventudes Socialistas, reconstruida tras el pase de la anterior al Partido Comunista Español, decidiese en 1921 constituirse en Federación de Juventudes Comunistas. Tras el desastre de El-Annual el P.C.E. convocó una huelga general que tuvo amplia repercusión en el País Vasco, donde los obreros intentaron impedir el embarque de tropas. Como consecuencia las direcciones de ambos partidos y juventudes comunistas fueron encarceladas, sus locales clausurados y sus publicaciones suspendidas. Con la intermediación de la Komintern, el Partido Comunista Español y el P.C.O.E. se fusionaron aquel mismo año en el Partido Comunista de España, así como las dos Juventudes Comunistas, lo que debería servir de ejemplo en la actualidad. Imitando excesivamente los antecedentes bolcheviques, sin analizar adecuadamente que las circunstancias españolas, e incluso internacionales, eran distintas a las de Rusia cinco o quince años ante, un error en el que caerían una y otra vez, decidieron centrar en la actividad sindical. Siguiendo las directrices entonces vigentes en la Komintern propugnaron el Frente Unico de Trabajadores. Hasta entonces los enfrentamientos entre UGT y CNT los hacía negarse a secundar las huelgas convocadas por “los otros”. Ya en 1919, la confluencia en el objetivo de conseguir la jornada laboral de 8 horas había puesto en cuestión semejante comportamiento, nefasto para la clase, en su conjunto. La intencionalidad era, no sólo una unidad táctica de acción, sino promover la unión de ambos sindicatos en una gran central obrera única.

 

Las bases teóricas de dicho planteamiento estaban en los análisis marxistas, de que los trabajadores no tienen intereses diversos, como ocurre con las distintas facciones de la burguesía, en función de las condiciones necesarias para el desarrollo de sus distintas actividades empresariales, así como en los planteamientos leninistas, e incluso de Rose Luxemburg, de la imperiosidad de un movimiento obrero cohesionado y combativo. Esta táctica se demostró particularmente acertada, pues se oponía a la pretensión empresarial de enfrentar a ambos sindicatos para dividir sus fuerzas y encauzarlos hacia la moderación, objetivo esencial de la dictadura de Primo de Rivera. Frente a la depresión económica que siguió a la I Guerra Mundial lanzaron su llamamiento “ni un minuto más de jornada, ni un céntimo menos de jornal” que tuvo especial repercusión en Asturias y Bilbao, sobretodo en el sector minero, pero también en el metal vasco, que sostuvieron una huelga de tres meses de duración. En base a todo ello, en 1922, durante el XV Congreso de la UGT, fueron expulsados 29 de sus sindicatos, por estar dirigidos por comunistas. No era, por tanto, una organización tan insignificante. Durante el II Congreso del PCE, en julio de 1923, en línea con lo que ocurría en otros países, se advertía del peligro de la reacción, lo que ningún otro Partido parecía comprender, y que se materializó en septiembre, mediante el golpe de Estado de Primo de Rivera. El PCE analizó, contra la textualidad del manifiesto publicado por el golpista, que su objetivo encubierto era profundizar en la guerra marroquí, como así sería tres años más tarde. En consecuencia creó, desde ese mismo día, diversos Comités de Acción contra la Guerra y la Dictadura, de común acuerdo con la CNT, y en algunos casos, con obreros socialistas. Como en Vizcaya, que llevó a cabo una huelga de 24 horas contra el golpe de Estado. Sin embargo sus dirigentes se negaron a ello, propiciando el pacto con la dictadura.

 

Así, cuando la policía clausuró los locales del Sindicato de Mineros de Vizcaya, entregó las llaves a la UGT. Primo de Rivera elogiaba la “lealtad” de los socialistas, y los integró en los Consejo de Estado, Consejo de Trabajo, Consejo Interventor de Cuentas del Estado, Comisión Interina de Corporaciones, Consejo Técnico de la Industria Hullera, Tribunal de Cuentas, etc.. La represión contra los anarquistas favoreció el ascenso de dirigentes propiamente sindicalistas, revisionistas respecto de ninguna perspectiva revolucionaria, al menos a corto plazo, como Angel Pestaña. Para sobrevivir a dicha represión no se les ocurrió otra cosa que suspender su actividad, sus publicaciones, y cerrar sus locales: una especie de “autodisolución”. No todos los sindicatos confederados aceptaron tal estrategia. Por ejemplo, los mayores sindicatos de Barcelona. En Sevilla la CNT, entre cuyos dirigentes estaba José Díaz, continuó oponiéndose a la dictadura. La consecuencia fue que muchos de sus miembros fueron fusilados, paseados por el Parque de (donado por la Infanta) María Luisa (Fernanda de Borbón y Montpensier) engalanado para los fastos de la Exposición Iberoamericana de 1929, entre los rosales blancos petit menu (“pitiminí”)  que trepaban por los plátanos ornamentales, donde fueron a incrustarse las balas perdidas, en aplicación de la “ley de fugas”, es decir, por la espalda, simulando que habían tratado de huir. Igualmente fueron detenidos miembros del Comité Central del PCE y de las Juventudes Comunistas. Un comunicado de la Dirección General de Seguridad informaba de una conjura simultánea en España y Portugal, con lo que se justificaba la encarcelación en masa de comunistas. La misma justificación que utilizaría Franco trece años después. Sus locales fueron asaltados, saqueados y clausurados. Primo de Rivera proclamaba que venía a luchar contra el comunismo.

 

Demasiadas molestias contra un Partido insignificante, como, simultáneamente, se declaraba. En 1924 se juzgaba a sus miembros en consejos de guerra. La incorporación al PCE de un grupo de sindicalistas barceloneses, en torno a la revista “La Batalla”, encabezados por Maurín, anterior Secretario General de la CNT hasta su detención, en 1922, supuso un importante crecimiento afiliativo y en influencia social. Sin embargo dicho grupo se desvió hacia el nacionalismo catalanista, una visión pequeño-burguesa alejada del concepto revolucionario, y terminarían escindiéndose y aproximándose al trotskismo. En 1925 el dictador y el rey se jactaban ante periodistas franceses de que el comunismo era un peligro que el Directorio había sabido conjurar deteniendo a los principales revolucionarios. El hecho de que gran parte de los dirigentes del PCE proviniesen del PSOE y la estrategia de éste, colaboracionista con la dictadura, en una primera fase, produciría enfrentamientos personalistas que iban a impedir unas relaciones de cooperación entre ambos Partidos, en momentos en que era de suma importancia, al igual que en el ámbito sindical. Esta tendencia se reafirmó con la integración de José Bullejos Sánchez y otros jóvenes militantes a la dirección del Partido, que insisten, además, en una poco crítica imitación de la revolución soviética. En 1927 la represión primorriverista había agotado su capacidad de amedrantamiento, y el movimiento obrero volvió a resurgir. Los Comités Paritarios se desenmascararon en su intento de estimular un sindicalismo reformista, apaciguador, no revolucionario, que, al final, se demuestra incapaz de conseguir mejoras de envergadura y duraderas para los trabajadores. En Andalucía los jornaleros ocuparon cortijos. En 1929 se celebró el III Congreso del PCE, en París, dada la persecución existente en España, en el que se analizó, a mi entender, erróneamente, que la revolución que se gestaba en España era democrático-burguesa, y que debía estar dirigida por el proletariado.

 

Los hechos se encargarían de demostrar que la situación española no era pre-revolucionaria. La denominación de democrático-burguesa era  poco esclarecedora. Si se trataba de asemejar con la revolución liberal, en España ya se había superado esa etapa. Y, además, en tal caso, no era el proletariado el más adecuado para dirigirla. Sólo la revolución proletaria puede tener como guía al proletariado, con los aliados de clase que pudiese conseguir. Aparte de que sería estúpido conseguir dicha guía para conducir a la victoria a otra clase social distinta de la obrera. Lo que se gestaba en el país no era una revolución, sino una transformación del régimen político. Tras la experiencia de la transición española a la democracia en 1977 nadie puede tener dudas sobre ello. Una conceptualización errónea sólo puede llevar a actuaciones erróneas. Como consecuencia de ello, entre otras cosas, el PCE no se integró en el Pacto de San Sebastián. La amnistía de Berenguer para los presos políticos en 1930 -antecedente de lo que después se haría en la República, tanto durante el “bienio negro” como en el Frente Popular, aunque de signo opuesto- permitió un incremento de la actividad política del PCE. Consecuencia de ello Berenguer reactivó la persecución de los comunistas. En marzo se celebró la Conferencia Nacional de “Pamplona”, así llamada por necesidades de la represión política, porque, en realidad, se desarrolló en Bilbao. En ella se incorporó Dolores Ibárruri al Comité Central, y se concluyó que la represión interna y el reformismo de la UGT impedían un trabajo revolucionario desde su interior, por lo que se recomendó a los comunistas que abandonaran dicho sindicato y se integraran en la CNT. Esto fue posible por la muerte de Virginia González y Antonio García Quejido, que eliminaba los mejores puntos de contacto con la UGT.

 

La primera consecuencia fue el fortalecimiento del PCE en Sevilla, donde el núcleo de la CNT, encabezado por José Díaz o Manuel Delicado, consiguió un alto nivel de combatividad y presencia social. A medio plazo significaría un cambio profundo en la CNT, logrando su activa colaboración en el proyecto republicano, algo inimaginable hasta entonces, pero también su paulatina disolución, que, en realidad, ya se había iniciado antes. Esta se originaba, en parte, por un aumento del nivel cultural que hacía más asumibles los análisis marxistas, dejando en entredicho el voluntarismo anarquista, en parte por una deriva, que ya se había iniciado en Estados Unidos, desde unas aspiraciones hacia el comunismo libertario hasta un individualismo libertario, llegando a coincidir, como ocurre en la actualidad, una actitud de desidia y apatía social, de comodidad, negativa a pagar impuestos o a realizar el servicio militar obligatorio, haciendo coincidir la proclama de la disolución del Estado con los planteamientos liberales pequeño-burgueses, tan extendidos en la actualidad, del mínimo Estado.  Paradójicamente, en la actualidad, reclaman la intervención del Estado -que se supone que quieren que desaparezca de inmediato- que les solucione el problema de la vivienda o de las hipotecas, o que les permita la utilización gratuita de edificios desocupados. Consecuencia de tal deriva ideológica fue la errónea estrategia de reducir su actividad, como defensa ante la persecución de la dictadura, lo cual iría abriendo camino, junto con la realidad soviética, a la idea de que la antorcha revolucionaria pasaba a manos comunistas. Este aumento de actividad hizo que el Director General de Seguridad, General Mola, crease una Sección de Investigación Comunista, en conexión con los servicios policíacos anticomunistas de otros países. Una organización insignificante no justificaría tal hecho.

 

Posiblemente fue la radicalización del movimiento obrero, consecuencia, a su vez, de la crisis económica internacional, la que obligó a reaccionar a liberales e incluso conservadores, hacia el republicanismo, como forma de atajar un proceso revolucionario que, se veía claro, ni la dictadura ni la monarquía hubiesen estado en condiciones de impedir. Este hecho parecen desconocerlo la mayoría de los analistas, incluso desde la izquierda. Todo ello hay que resaltarlo para comprender por qué el PCE no se integró en el Pacto de San Sebastián. Entre otros argumentos se mantenía que al proletariado le era indiferente la monarquía o la república, pues lo único que podía satisfacer sus aspiraciones era la revolución social. Eso era absolutamente cierto, y debería rememorarse en estos momentos de desvaríos. Pero, por otro lado, se objetaba que no se podía mantener una alianza en la que se hacía depender de los sectores liberales, incluso de los conservadores, representados por Alcalá-Zamora, la llegada de la República. Y con ello se criticaba ardorosamente la posición dependiente adoptada por el PSOE: un motivo más de enfrentamiento, incentivado por la estrategia stalinista y la dirección de la Comintern en dicha época. Ya eso era incorrecto: en aquellos momentos la correlación de fuerzas implicaba supeditarse a dichos sectores, que eran los que tenían un suficiente respaldo social como para impulsar los cambios necesarios. Es posible que si el PSOE no se hubiese integrado en el Pacto de San Sebastián, el PCE hubiera sido más proclive a hacerlo. Claro que, sin la presencia del PSOE, los posibilidades de éxito habrían sino minúsculas. Sería necesario esperar al triunfo de Hitler para que la estrategia del Frente Popular, entonces en debate por los sectores más progresistas en Alemania, fuese asumida por Stalin y la Comintern.

 

Incluso en el propio PSOE hubo discrepancias sobre tal participación, repitiendo, como se indicó en su lugar, parecidos argumentos, aunque de forma falsa, pues ni Julián Besteiro, ni Trifón Gómez ni Saborit podían defenderlos con sinceridad. Tal vez se defendían a sí mismos, a su estrategia colaboracionista con la monarquía y la dictadura. Sin embargo la decisión mayoritaria se impuso. Pero, en lugar de hacer uso de una clase obrera politizada, acosada por el desempleo y la depresión económica mundial, que hacía huelgas generales reivindicativas, e incluso políticas, contra la dictadura, y hasta contra la monarquía, por toda España, el “Comité Revolucionario” prefirió ponerse en mano de los militares y apostar por un pronunciamiento. El PCE se opuso a tal concepción, criticando que era consecuencia de la mayoría de Partidos liberales en dicho Comité, que pretendían mermar protagonismo a los trabajadores debido a su temer de que se llegara a producir una auténtica revolución. Sin embargo, tras conseguir la colaboración militar y organizar la insurrección, los coaligados retrasaron repetidamente la fecha de su ejecución. Finalmente estaban considerando volverse atrás de su propuesta de pronunciamiento, sustituyéndola por una huelga general, en coincidencia con la opinión del PCE, y que el ejército se limitara a no reprimirla. El 12 de diciembre el Nuncio vaticano, Monseñor Tedaschine, se entrevistaba con Alejandro Lerroux, urgiéndole al levantamiento de Barcelona, pues, en caso contrario, Miguel Maura caería en el descrédito, siendo sustituido en el movimiento republicanista por representantes más radicales, reiterándole su apoyo a cambio de que la Iglesia fuera respetada.

 

Sin embargo la guarnición de Jaca fue informada de que contaba con el apoyo de todo Aragón, y que el Capitán General tenía previsto abortar el movimiento, por lo que se adelantaron a arrestar al Gobernador Militar de la plaza, General Urruela, un coronel, un teniente-coronel y varios oficiales que se habían negado a sumarse al pronunciamiento. El Director General de Seguridad, General Mola, tenía localizados los focos insurreccionales en Madrid, Barcelona y Jaca. Como el Comandante Ramón Franco, al que suponía cabecilla del movimiento militar en Madrid, había sido apresado, contaba con el control de la capital. Al parecer ignoraba que el General Queipo de Llano estaba implicado. Este había sido expulsado del ejército, junto con otros militares, por Primo de Rivera, por su colaboración con el republicanismo. El General Berenguer, tras ser nombrado Jefe del Gobierno por el rey, lo primero que hizo fue decretar una amplia amnistía, con lo que pretendió calmar los ánimos y ganar tiempoIncluyó en ella a Indalecio Prieto, Unamuno y Ortega y Gasset, todos ellos en el exilio, entre otros, así como muchos militares, que fueron reincorporados al servicio activo. El rey excluyó expresamente de entre ellos a Queipo de Llano y Cabanellas, entre otros: nuevamente la mano del monarca actuaba directamente en su propio perjuicio, otra estupidez más, un enemigo más. Mola conocía las dudas existentes en Barcelona, por lo que concluyó que no se posicionarían mientras otra capital de provincia no se sumara al pronunciamiento. Así que determinó que la clave era Huesca: el que primero la asegurase ganaría la partida.

 

Informó de ello al ejército y coordinó que llegaran allí, de inmediato, un número absolutamente superior de tropas, incluyendo importantes contingentes de artillería y ametralladoras, que abrieron fuego contra los rebeldes, entre los que se encontraba un indeterminado número de civiles que se les habían unido, a las once de la noche, en el Santuario de Cillas, a tres kilómetros de Huesca, causando numerosas bajas y la completa desbandada. Tras recorrer tres kilómetros, Galán decidió regresar y rendirse, convirtiéndose en mártir por la república, en lo que le secundaron los demás encausados. El resultado fue el fusilamiento de sus dirigentes, los capitanes Fermín Galán Rodríguez, masón y anarquista, del Regimiento de Galicia nº 9, y Angel García Hernández (junto con Salinas se dirigió a parlamentar con los atacantes, lo que no fue respetado, y les apresaron) del Batallón de Cazadores de Montaña La Palma nº 8, y la condena a cadena perpetua del capitán Luis Salinas García (éste era hijo de un Capitán General, y había informado, erróneamente, de la declaración de huelga general por la CNT de Zaragoza, lo que contribuyó a precipitar los hechos) del destacamento del Regimiento de Artillería a pie nº 5, cuya base principal estaba en Zaragoza, además de dos tenientes y un alférez. Más tarde fue condenado a muerte el capitán Sediles, acusado de colaboración, así como otros muchos oficiales y suboficiales, condenados a distintas penas, pero sería indultado por las movilizaciones populares, durante la campaña electoral para el 12 de abril. Los subordinados de Mola le elogiaron como salvador de la monarquía, pero este respondió que ya estaba muerta, y que aún había que esperar a lo que ocurriese en Madrid.

 

Le objetaron que con Ramón Franco apresado (organizó un vuelo directo por el Atlántico Norte, el segundo, aunque más largo, tras el de Lindbergh y su Spirit of Saint Louis, hacia Washington, pero capotó y tuvo que ser recogido por un mercante en alta mar, lo que le llevó a enfrentamientos con Primo de Rivera, por lo que sobrevoló el Palacio Real arrojando octavillas republicanistas) la conjura en Madrid quedaba sin dirección militar. Al parecer desconocían la implicación de Queipo de Llano. Mola replicó que, dado el arrojo y simpatía personal del aureolado como “héroe del Plus Ultra”, se escaparía de la prisión militar en cuanto quisiera. Y así ocurrió. Posiblemente fue Mola quien dio instrucciones de no parlamentar, de no respetar la bandera blanca (dispararon contra un alférez sublevado que la portaba) y apresar a quienes lo intentasen. Presionó al Gobierno, que dudaba sobre la actuación más correcta encaminada a calmar los ánimos, para que se encarcelaran y condenaran a los insurrectos. Si consideraba que la monarquía estaba condenada al fracaso ¿por qué actuó así? Quizás por su propia personalidad, sádica y sanguinaria, que no entendía más que de muertes y represalias. Como los que actualmente cierran las posibilidades de diálogo, estén del bando que estén. Pero también es posible que, ya antes de la proclamación de la II República Española, ya estuviese actuando contra ella, llevándola por la vía del enfrentamiento fraticida, tal vez con la intención de un retorno de otra línea dinástica, el carlismo, con el que tenía estrechas vinculaciones. Años después el General Francisco Franco se quejaría de que, de haber estado la Academia General Militar en Madrid, sus alumnos y cuerpo de guardia habrían salido a la calle el 14 de abril de 1931, a dispersar a las multitudes, impidiendo la proclamación de la II República ¡Como si eso hubiera sido posible!

 

Sin embargo el 12 de diciembre de 1930 no hizo nada, estando más cerca de Huesca que muchas otras tropas que se enviaron. Tal vez no fue informado de lo que ocurría. Lo que no puede interpretarse sino como que sus superiores no confiaban en él. O, al menos, que no lo tuvieron en cuenta. Puede que el contingente enviado se considerase más que preparado para el objetivo a cumplir. Pero, teniendo en cuenta los antecedentes en Marruecos y en la huelga general de 1917 en Asturias, no resulta lógico que Mola no recomendase su presencia para zanjar la situación. Sobretodo conociendo que Fermín Galán había combatido con el Tercio de Extranjeros, a las órdenes de Franco, recibiendo dos menciones distinguidas de él, por su comportamiento en acción. Tal vez les cupiese la duda, como a mí, sobre si Franco no estaba incluido en la conjura. Es posible que, dada su habitual indecisión, constante duda, a la gallega, al estilo estadounidense, esperase a que la situación quedara clarificada para ponerse del lado del que mejor partido pudiese sacar, sin correr excesivos riesgos para su futuro. El “Comité Revolucionario”, sorprendido por tales acontecimientos, no quiso que un levantamiento prematuro llevara a la derrota o a la cárcel al resto de los conjurados, por lo que condenó lo que sucedía, aunque mantuvo los planes previstos para el lunes siguienteDicho día sobrevolaron Madrid el avión del Comandante Ramón Franco, dispuesto para bombardear el Palacio Real, y el de su subordinado, Hidalgo de Cisneros, arrojando proclamas republicanas. Estaba previsto que el PSOE y la UGT convocasen la huelga general en apoyo de la insurrección, pero Trifón Gómez y Saborit, entre otros, que no creían posible el triunfo, sabotearon el llamamiento, como concluiría el XIII Congreso del PSOE. En cambio sí se hizo en las ciudades donde el PCE era más fuerte. En Santander los obreros se apoderaron de algunas armas y hubo lucha callejera. En San Sebastián se asaltó el Gobierno Civil. Hubo huelga general en Bilbao.

 

En varios pueblos andaluces se proclamó la república. Alarmados los terratenientes latifundistas, apoyo de la dictadura, se envió al ejército. Para impedirlo se declaró en Sevilla la huelga general. El PCE analizaba que el fracaso era consecuencia de haber puesto todas las esperanzas en los militares, en las dudas del Comité “Revolucionario”, que continuamente proclamaba la inminencia de la insurrección y la posponía, y en pretender un movimiento minoritario, elitista, en lugar de favorecer un movimiento revolucionario, de masas. Con ello, el PCE, por muy correctos que fuesen sus análisis, aún se distanciaba más del Pacto de San Sebastián. Quizás asustado por el intento de bombardeo o por los movimientos obreros, el rey aún presionó más a Berenguer para que convocase elecciones. Este volvió a posponerlas, aduciendo que, en esos momentos, parecería consecuencia directa de los sucesos de diciembre. Finalmente las convocó para el 19 de marzo. Pero la oposición se negó a participar en ellas con la Ley electoral de Primo de Rivera, que garantizaba el triunfo de los monárquicos. Ante tal situación Berenguer optó por dimitir el 14 de febrero, dos meses antes de la proclamación de la República. El rey designó Jefe de Gobierno al cordobés José Sánchez Guerra y Martínez, del Partido Liberal. Una muy buena elección. Este, con muy buen sentido, fue a visitar a la cárcel al también cordobés Alcalá-Zamora, y le propuso participar en un Gobierno de transición, que promulgaría una nueva Ley electoral admisible para todos. Pero Alcalá-Zamora ya estaba demasiado comprometido con la república como para volverse atrás, participando en un Gobierno monárquico, lo que podría interpretarse por algunos sectores como traición a la causa y a los mártires por la república, truncando su futuro político. Así que lo rechazó. Esto, así como su consecuencia, iba a condicionar la respuesta futura a Romanones y Aznar.

 

Sánchez Guerra, al que no se le ocurría ninguna alternativa posible, optó por dimitir. El 18 de febrero, el rey nombró Presidente del Consejo de Ministros al almirante Aznar, exigiéndole la inmediata convocatoria de elecciones. Así lo hizo, para el siguiente 12 de abril. Pero sólo convocó municipales. El PCE consideró que era una magnífica ocasión para demostrar su representatividad y optaron por concurrir. Esto suponía un cambio respecto de la estrategia anterior, de centrarse en el movimiento sindical.

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