La “dictablanda”

 

Ante una caída brutal de la Bolsa se decidió cerrarla hasta el martes siguiente, con la intención de dar tiempo a asumir la situación, a que las publicaciones periódicas hiciesen su trabajo propagandístico, se pudiera acumular más dinero para más compras y los tenedores de acciones se tranquilizaran. Pero no fue así. Ya no había de donde sacar más dinero, ni legal ni ilegalmente. La mayoría de las acciones se habían adquirido a crédito, y las pólizas que los respaldaban incluían una cláusula que autorizaba a los acreedores, que mantenían el depósito en pignoración de dichas acciones, a venderlas para equilibrar la garantía, si la cotización bajaba de determinados niveles. Así que, en lugar de conseguir dinero para más comprar, el tiempo se empleó por los financiadotes para organizar ventas masivas. Es lo mismo que ocurrió en los años 80, con la diferencia de que los ordenadores aún dieron más automatismo, rapidez e inevitabilidad al proceso, por lo que se acordó situar distintos niveles de cobertura de las garantías, en función del patrimonio e ingresos de los deudores, a parte de sus propiedades mobiliarias, y experiencia en créditos anteriores, eliminando automatismos al proceso, para evitar efectos en cascada. Efectivamente, al siguiente martes, las ventas superaron con mucho a las compras, las cotizaciones volvieron a bajar, y nuevos paquetes de acciones volvieron a ponerse a la venta, originando un círculo vicioso. Empezaron a descubrirse casos de desfalco y familias ricas arruinadas. Algunos optaron por el suicidio ante la situación depresiva anímica que padecieron, así como por la vergüenza de acabar en la cárcel o que su familia, si le llevaban a juicio, se quedase sin posible herencia. Ya había habido anteriormente, en el periodo de oscilación, familias arruinadas y algunos suicidios. Pero eran de pobres, de trabajadores, y esto no es noticia. Los ricos, como en el poker, esperaban recuperarse manteniendo la apuesta.

 

Cuando esto no fue posible comenzaron a conocerse situaciones “noticiables”. Las publicaciones periódicas, con mala conciencia por su actuación propagandística de la especulación en Bolsa, de que había que mantener la calma, no vender, llevando la ruina a muchas familias, trataron de justificarse magnificando los suicidios de directores de Banca y magnates de los negocios. “Lógicamente”, ocultaban que, tras de ello, habían habitualmente problemas de uso indebido de capitales ajenos. Esto no era edificante, no suponía una conducta heroica, responsable por sus recomendaciones públicas, demostradas erróneas. Pretendían mostrar algo así como “los ricos también lloran”, o que sus consejos eran de buena fe, que se equivocaban y lo pagaron con sus vidas, que si ellos hubieran podido predecir la catástrofe habría evitado su trágico final. No que se trataba de un gran engaño, en el que los más ambiciosos quedaron atrapados por no salirse a tiempo, por no atender oportunamente las señales de alarma. Como los monos y los humanos somos seres de imitación, con ello se propagaba la conducta suicida. Pero por cada rico que acababan con su vida muchos más padres de familias obreras también lo hacían, sin que apareciese en los medios de comunicación masivos. Las entidades financieras se encontraron sin capitales disponibles, todos los mercados se hundieron: no había demanda solvente. El paro, la miseria, el hambre, se extendió por todas partes. Recuérdese que, entonces, no existía seguro obligatorio de desempleo. Las empresas necesitaron recuperar sus capitales por todo el mundo, de modo que la Gran Depresión se convirtió en un fenómeno mundial. De golpe se hizo evidente algo en lo que pocos habían recapacitado: la economía estadounidense dominaba y se extendía por todo el mundo. Los países que antes y más la sufrieron fueron los iberoamericanos, el “patio trasero” (¿el trastero? ¿la cuadra? ¿el estercolero?) de Estados Unidos.

 

Aunque tampoco esto fue noticia para los medios de comunicación en masa: lo importante eran los sufrimientos del pueblo estadounidense. En Europa fue Alemania la que más sufrió, la economía más dislocada, por los pagos de las indemnizaciones de guerra. Un nuevo acicate para el nazismo. En España las Exposiciones Iberoamericana de Sevilla e Internacional de Barcelona, de repente, se quedaron sin visitantes, vacías. Los periodistas extranjeros abandonaron sus puestos y regresaron a sus países: sus empresas ya no podían pagar su desplazamiento. La última esperanza de Primo de Rivera se había perdido. La retirada de capitales extranjeros, atraídos por los programas expansivos, de modernización y de monopolios privados, de beneficios seguros, acabó con la estabilidad económica de estos años. Franco aprendió bien la lección: mantendría férreamente la salida de capitales, hasta su muerte. En tales circunstancias Primo de Rivera no podía esperar otra cosa sino un rearme sindical, una nueva etapa de conflictividad laboral. La peseta sufrió una nueva caída: si la política monetaria de Calvo Sotelo había tenido como único objetivo la presunción, el orgullo nacionalista, con independencia de sus componentes económicos, el resultado no podía ser más humillante, degradante, derrotista. El rey comprendía lo explosivo de la situación, y se decidió a romper amarras con el dictador. Este, que también había fracasado en la consecución de un Partido único, de corte fascista, no vio otra forma de apoyo que volver a contar con sus compañeros militares. Pero había dos factores que limitaban tal apoyo: los días de los triunfos en Marruecos quedaban lejanos, y un sector de la oficialidad (los “junteros”) siempre se había opuesto a la aventura en Africa, por lo que ni siquiera reconocían la bondad de tales triunfos, sino el engaño que había supuesto respecto de sus manifestadas intenciones, inicialmente abandonistas.

 

Y eran precisamente los estamentos de más elevada graduación, los que habían escalado a dichos puestos en base a su antigüedad en el escalafón y vinculaciones políticas y familiares, los que conformaban tal sector. Primo de Rivera reclamó el apoyo de los Capitanes Generales en 1930, y, cuando no lo obtuvo, consideró injustificado continuar con las consultas, en estamentos inferiores, en los que podría encontrar a sus adeptos. Desmoralizado optó por dimitir. El rey no hizo nada por evitarlo, creyendo que así separaba el destino de ambos. Pero la forma en que Primo de Rivera y el rey escenificaron dicha ruptura fue negativa para la continuidad dinástica. Alfonso XIIIº había aceptado la dictadura, no hizo nada por evitarla, y el dictador dimitía sin tomar en consideración cuál era la opinión del rey. Este había perdido su oportunidad de cesarlo. De esta forma quedó ante la opinión pública como un elemento inútil. Costoso e inútil, innecesario. Podía perfectamente ser ignorado, como parecía haber hecho Primo de Rivera. En tal caso el pueblo se preguntaba ¿merecía la pena pagarle sus elevados emolumentos? Aún Primo de Rivera dejó una bomba de relojería instalada: recomendó al rey que nombrara para sucederle al General Berenguer. Y, estúpidamente, el rey siguió su consejo. Dámaso Berenguer había obtenido algunos éxitos en Marruecos, antes de que se produjese el desastre de el-Annual, por lo que podía esperar que respaldara la política africana de Primo de Rivera, que protegiese su fama y su labor. Pero el Expediente Picasso señalaba a Berenguer como uno de los responsables de dicho desastre. Para la opinión pública se trataba de un contubernio entre todos los implicados en tal escabechina, incluido el rey, para evitar que se hiciese justicia, que se conociese el grado de su implicación. Otra consecuencia negativa para el mantenimiento de la monarquía. Además desperdiciaba la última oportunidad de regresar a la democracia, ya que seguía instalado en la dictadura militar.

 

Muchos consideraron que no había otra forma de retornar a la democracia sino mediante un pronunciamiento militar, del tipo de “La Gloriosa” de 1869. Sanjurjo se creía más capacitado que Berenguer, no sé sabe por qué razón. Posiblemente, de haber sido otro el elegido, salvo que fuese él mismo, también se habría considerado más capacitado. Era un hombre sumamente ambicioso, envidioso y vengativo. Y pronto tendría ocasión de demostrarlo, de tomarse la revancha, sin importarle que con ella derribase la dinastía reinante. Por entonces era Director General de la Guardia Civil, por lo que había colaborado con la represión de Primo de Rivera. Quizás por ello se consideraba con más derecho, que debían pagarse sus servicios, o que podría controlar la situación mejor que ningún otro. Tanto sus omisiones, sus acciones desleales, como su propia muerte, iban a propiciar, no sólo la caída de la monarquía, sino también la de la república, y el ascenso de Franco. Al parecer Alfonso XIIIº ordenó a Berenguer que preparase una vuelta al proceso electoral en el menor plazo posible. Pero Berenguer no era el más predispuesto a ello. Sabía que el “Expediente Picasso” volvería a la palestra, y que, con él, volvería a verse en la picota. Así que no tenía el menor interés personal en hacerlo. Tal vez influido por las noticias de las heroicas (y absurdas) acciones durante la I Guerra Mundial, se viera impulsado a arriesgados avances en Marruecos, mientras fue Alto Comisario. Es cierto que ordenó al Comandante General de Melilla no continuar adentrándose en territorio enemigo hasta no fortificar convenientemente la retaguardia, y que fue el incumplimiento de tal orden la causa de la derrota. Pero la desastrosa experiencia, por la que fue procesado y separado del servicio, hasta que Primo de Rivera lo amnistió (un antecedente de lo que haría la derecha durante el “Bienio Negro” republicano, y en tiempos de Franco, relegando la justicia a los intereses de banderías) lo había convertido en un político abúlico.

 

Se dedicó a vegetar sin hacer nada, respondiendo repetidamente al rey que el momento no era el adecuado para convocar elecciones, que los republicanos podrían convertirse en una fuerza amenazadora. Y la verdad era que, mientras más se pospusiese la vuelta a la democracia, más favorable se haría el electorado al retorno a la república.Tan apático era Berenguer, tan incierto veía el futuro del país, que ni siquiera realizó una eficaz labor represora, que es la que define la actuación de una dictadura militar, como era la suya. Por eso se la llamó “La Dictablanda”. Siguiendo los postulados liberales, tal como se hacía (y se hace aún hoy) en casi todo el resto del mundo, excepto en la URSA y la fascista Italia, se mantuvo el equilibrio presupuestario. Como no podía defraudar los pocos apoyos de derecha con los que contaba, ni lo permitía su propio concepto de transitoriedad gubernativa, se abstuvo de ninguna reforma fiscal. En consecuencia, sólo podía mantener tal equilibrio reduciendo profundamente el gasto público. Así se dejaron de realizar obras públicas y, unido a los efectos mundiales de la Gran Depresión, el paro se disparó. Al parecer Alfonso XIIIº se planteó abdicar para salvar la dinastía, pero fue desalentado de hacerlo, ya que su hijo mayor era hemofílico, y se dudaba sobre su supervivencia (moriría en 1938) su segundo hijo estaba incapacitado por ser sordomudo, el tercero era una mujer, el cuarto nació muerto, el quinto también era mujer, y el sexto, Juan, sólo contaba 17 años. El partido Unión Patriótica se convirtió en Unión Monárquica Nacional, con intención de acumular votos para conseguir la victoria en la futura confrontación electoral. Fue un error, puesto que la opinión pública percibió que se hacía frente único contra el “enemigo” republicano, lo cual lo colocaba, automáticamente, como alternativa al poder. Pero, además, al implicarse en el apoyo a la dictadura, que había sido el estigma de su nacimiento, monárquicos históricos comenzaron a distanciarse de dicho Partido y de la figura real. 

 

El primero fue Sánchez Guerra. Le siguió Ossorio y Gallardo, que se declaró monárquico pero disconforme con la existencia de un rey: una incomprensible incoherencia. El tercero fue Miguel Maura, que retornó a la juventud antialfonsina de su padre, Antonio Maura. Más tiempo tardó en decidirse el dubitativo Niceto Alcalá-Zamora y Torres, terrateniente cordobés, abogado de prestigio, antiguo miembro del Partido Liberal, de Figueroa (Conde de Romanones y Grande de España) subsecretario de Gobernación con él, más tarde se pasó al Partido Liberal Democrático, con el que fue Ministro de Fomento y Ministro de la Guerra, y representante de España en la Sociedad de Naciones. Era un monárquico tradicional, católico y catolicista, derechista conservador, tanto en el terreno político como en el social, moral o religioso, aunque siempre se opuso a la dictadura. Una vez tomada la decisión, se hizo furibundamente republicanista, sin abandonar sus concepciones tradicionales y conservadoras. Porque, no nos engañemos, se puede ser republicano y conservador. Si alguien tiene alguna duda, que piense en Hitler, Reagan o la dinastía (am)Bush. Alcalá-Zamora afrontó su determinación con proclamas públicas antimonárquicas, por lo que, de repente, dado lo inusual, en la Historia española, de confluir sentimientos tradicionalistas, especialmente en lo religioso, con el republicanismo, que siempre había sido anticlerical, revolucionario, en el sentido de liberalismo radical, le convirtió en centro de atención público, y, con ello, en referente del republicanismo entre las clases dominantes. Junto con Miguel Maura constituyeron el partido político Derecha Liberal Republicana. En 1929 Marcelino Domingo y Alvaro de Albornoz fundaron el Partido Republicano Radical Socialista, diferenciándose del Partido Republicano Radical, de Lerroux, y de Acción Republicana, de Azaña, del que se escindió. Dicho Partido tendría una importante repercusión durante la II República.

 

Desde 1926 el inteligente, conciliador, convincente y manipulador Manuel Azaña consiguió ir aunando todos estos Partidos dispersos en Alianza Republicana, a la que se añadió el Partido Republicano Catalán, de Companys (que condicionó tal apoyo a la futura concesión de un Estatuto de Autonomía para Cataluña y sólo para Cataluña) la Organización Republicana Gallega Autónoma, de Santiago Casares Quiroga, la Unión Republicana Autonomista de Valencia, y una notable representación de la intelectualidad del momento, aglutinada, en su mayoría, a través del Ateneo de Madrid. Azaña era (¿el único?) consciente de que todo ello era necesario para conseguir que el republicanismo representara una alternativa creíble, una oposición sólida. Pero, al mismo tiempo, comprendía que era insuficiente. Se precisaba la incorporación del voto mayoritario, el sufragio obrero, para conseguir la mayoría. La represión de Primo de Rivera había conseguido, al menos según las cifras “oficiales”, que en la actualidad se dan válidas, indiscutibles, aunque yo mantengo mis dudas, que la UGT sobrepasara la CNT en número de inscritos, por primera vez en la Historia de España. Sin embargo hay que tener en cuenta que, por la misma idiosincrasia del anarquismo, que consideraba que el movimiento obrero no podía limitarse por formalismos burocráticos, aunque tal comportamiento fuese en detrimento de su propia organización y capacidad financiera, que se suplía con voluntarismos, sacrificios personales y colectas, así como la propia represión, que actuaría en contra de cualquier tipo de prueba de inscripción o afiliación, significaban que la CNT podía tener un predicamento superior a lo que indicasen tales cifras, sobrepasando a la UGT. De cualquier forma los liberales se negaban a ningún tipo de pacto con los anarquistas, a los que consideraban su más terrible enemigo. El Partido Comunista era una organización minoritaria, absolutamente despreciable, y así continuaría hasta la huelga general revolucionaria de 1934, el movimiento de amnistía contra la represión de la misma en 1935, la victoria electoral del Frente Popular, el fallido golpe de Estado del General Mola y la subsiguiente guerra (in)civil en 1936. 

 

La única posibilidad de contacto radicaba en la UGT. Desde su creación, en un ambiente sindical dominado por el anarquismo, su objetivo había sido la moderación. Lo mismo ocurriría con los sindicatos no anarquistas estadounidenses. Sin embargo, desde la revolución bolchevique, y el crecimiento del Partido Comunista, dado que, siguiendo los postulados de Lenin, no intentaron crear un nuevo sindicato, dividir aún más a la clase obrera, un núcleo de dirigentes ugetistas se iba haciendo progresivamente más revolucionario, y las tesis marxistas, e incluso las leninistas, resurgían, o aparecían de nuevo en el sindicato. Por otro lado, a pesar de la represión, la CNT subsistía, de modo que, ante la perspectiva del derrocamiento, de una u otra forma, de la “dictablanda”, UGT tenía que aparecer como similar en exigencias sindicales a la CNT. Por otro lado el PSOE apoyaba dicha radicalización, como método de acabar con la dictadura militar. Todo ello dificultaba cualquier acuerdo entre liberales y sindicalistas. Como el PSOE, desde su creación, ha dominado las decisiones de dicho sindicato, siguiendo la tesis de Karl Marx, que, basado en la experiencia, establecía la actividad revolucionaria en el ámbito político, el de la visión a más largo plazo, más futurista, y no en el sindical, más centrado en lo inmediato y en la mejora de las condiciones de trabajo sin cuestionar la propiedad de la empresa, si bien la socialdemócrata Rose Luxemburg, analizó que debiera ser justamente al revés, Azaña se planteó que la interlocución debería situarse precisamente en el nivel político. El problema era encontrar la persona adecuada para llevarla a cabo. La simplificación stalinista, hasta que triunfó la visión frentepopulista, mantenía que cualquier acuerdo con los liberales era pura traición de clase. La actitud de Marx en absoluto fue tan monolítica.

 

Hasta 1848 mantuvo que la única posibilidad de conquistar el poder estribaba en un pacto con la pequeña burguesía, con los sectores populistas, igualmente agredidos por la expansión capitalista. En “El Manifiesto (de la Liga o del Partido o de los) Comunista(s)” (de todas estas formas se ha traducido, en adaptación a las circunstancias políticas de cada momento) sostiene que cualquier pacto de este tipo significará dejarse arrastrar al engaño, pues, al final, los burgueses terminarán haciendo causa común en defensa de sus intereses de clase contra los trabajadores. Así en “La Guerra Civil en Francia” analiza que fue tal pacto la causa de la traición y derrota final de los comuneros o comunardos de París, aunque no critica tal pacto, en sí mismo. Y, posteriormente, durante la guerra civil alemana, tomó parte en la misma, igual que Frederick Engels, que llegó a ostentar el grado de coronel en el ejército revolucionario, siendo su unidad la última en retirarse de Alemania, y sin haber sufrido una sola derrota. Como dicho levantamiento conllevaba posiciones populistas, pactistas, con la pequeña burguesía, analizaba que el peligro, la unificación alemana bajo el despotismo bismarckiano, lo que constituiría la puerta de Europa a la influencia del despotismo zarista, era tan grande que justificaba tal intento. Lo cual significa que podrían existir circunstancias, como puede ser el peligro de atropello, de fin o limitación de la democracia, que justificaran tal pacto. Es lo que, pocos años más tarde, se utilizaría como argumento favorable al frentepopulismo. Si la creación del Partido Comunista había derechizado al PSOE, privándole de sus elementos más izquierdistas, la consolidación y crecimiento de aquél había supuesto una competencia, un cierto mimetismo, que había llevado a algunos dirigentes del partido socialdemócrata español a posiciones maximalistas. La acusación de pacto con la dictadura, sostenida por anarquistas y comunistas, era particularmente imperiosa en tal sentido.

 

No era ajena a tal proceso la experiencia italiana. Así muchos mantenían que una actitud más radicalizada habría impedido el ascenso del fascismo. Aunque también se podría defender lo contrario. Uno de estos ejemplos era Largo Caballero, de siempre vinculado a la UGT. Sin embargo sus posiciones no pueden analizarse desde la perspectiva marxista, quizás más bien desde al competencia con el anarquismo, al que admiraba, aunque comprendiendo sus errores y limitaciones. Si Primo de Rivera encontró su “hombre del PSOE” en Julián Besteiro, Azaña encontró el suyo en Indalecio Prieto. Era un periodista (recordemos que Azaña era escritor, Premio Nacional de Literatura) de “El Liberal”, del que terminaría siendo Director y propietario, junto con otros miembros de su familia. Un profundo republicanista. Sostenía que la república abriría las puertas al triunfo del PSOE. No fue difícil convencerlo de que estaba justificado que el PSOE se sumara al proyecto de instauración republicana. Es lo que se conoce como “Pacto de San Sebastián” de agosto de 1930, que aglutinó una mayoría social, aunque no electoral (al menos con la legislación entonces vigente) a favor de la república. Pero Prieto hizo algo más: reprodujo los posicionamientos de Azaña en el PSOE, llegando a convencer a su Ejecutiva y a Largo Caballero. Este, a su vez, convenció a la dirección de la UGT, en la necesidad de colaborar en el intento. Más aún, convencería a la CNT, bajo el argumento de que era la única forma de acabar con la dictadura, puesto que la monarquía persistía en ella. Y esa era la única forma de terminar con la represión, en el sentido de volver a la plena legalidad, aunque ya la habían conseguido en algunas provincias: una incoherencia más de la “dictablanda”. La FAI, en cambio, no terminaba de convencerse.

 

En septiembre de 1930 el General José Uriburu dio un golpe de Estado fascista en Argentina contra el Presidente Irigoyen, que había intervenido el mercado de petróleo para fijar los precios y romper los oligopolios, como medida para superar la crisis de 1929. En 1931 convocaría elecciones, que anuló por haber resultado vencedora la Unión Cívico Radical de Irigoyen, trucando las siguientes elecciones para entregar el poder al General Justo. En España, Berenguer seguía sin convocar elecciones, y la paciencia se acabó. Se decidió impulsar otro pronunciamiento militar que derrocase al que se mantenía en el poder. La intención no era sustituir a un General por otro, sino instaurar un Gobierno provisional civil que convocase directamente elecciones constituyentes para restablecer la república, ya que la Constitución de 1869, ni ninguna otra española, establecía formalmente dicha forma de organización del Estado, puesto que la I había sido acorralada y derrocada antes de que su proyecto constitucional llegase a ponerse en vigor. Para presidirlo se perfilaba como el más idóneo Alcalá-Zamora, ya que podía aunar voluntades de militares conservadores aunque republicanos, o a los que el cúmulo de circunstancias le hubiesen hecho perder la fe en que la monarquía pudiese afrontar los problemas seculares de la nación. Se sabe que estaban implicados en la conjura Gonzalo Queipo de Llano y Sierra, Ramón Franco Bahamonde, Ignacio Hidalgo de Cisneros y López de Montenegro, Fermín Galán Rodríguez y Angel García Hernández, entre otros. Como el pronunciamiento fracasó y el Gobierno no llegó a descubrir la trama, seguramente habría más implicados cuyo nombre no llegó a conocerse. Quién sabe si entre ellos no se encontraban Sanjurjo y Francisco Franco. Respecto del primero, resulta enigmático su comportamiento del 14 de abril, que muchos consideran decisivo para la salida de España de la familia real. Es cierto que tal actitud la explican la mayoría de autores por simple revanchismo.

 

Pero tal revanchismo, o su mera ambición personal, igualmente podrían explicar su implicación en el pronunciamiento de diciembre. Más tarde, quizás también por revanchismo, intentó sublevarse contra la república. Es lo que se conoce como “sanjurjada”, por similitud con la “vicalvarada” (pronunciamiento de O’Donnell en Vicálvaro en 1854) o la “sanjuanada", el pronunciamiento de Aguilera y Weyler del 24 de junio, la noche de San Juan, de 1926. Sin embargo, si existió tal revanchismo, algún favor debería creerse merecer de la república, así como suficientes apoyos, todo lo cual hace especulativa su participación en dicho pronunciamiento. Aún menos fundamento tendría la de Francisco Franco, salvo la vinculación con su hermano Ramón, así como su desmedida ambición de poder. O considerarse a sí mismo como un Napoleón revivido, encerrado entre las tapias de la Academia General Militar, donde no podría llevar a la práctica el genio militar que él mismo se atribuía. En todo caso, al haberse instaurado la república como consecuencia de un proceso electoral, y la posterior defección de dichos personajes, es lógico que sus dirigentes políticos no tuviesen el menor interés de hacer pública ninguna cooperación con tales mandos militares, ni con ningún otro. La UGT convocó una huelga general, secundada pasivamente por la CNT, aunque ésta no hizo ningún tipo de declaración pública. Se creó un Comité Revolucionario, cuya presidencia se otorgó a Alcalá-Zamora, tratando de demostrar que la república podía ser algo perfectamente serio, ordenado, continuista, conservador, con experiencia de Gobierno, y no el salto al vacío, el desorden y el desgobierno, que los golpistas pro-borbónicos habían presentado.

 

Alcalá-Zamora, quizás disconforme con la denominación revolucionaria que le habían otorgado, lo constituyó, a imitación de los “Gobiernos en la sombra” británicos, en “Gobierno republicano”, que sesionaba públicamente en el Ateneo de Madrid. Quizás con ello se pretendiese, también, dejar claro que no se trataba de apoyar una nueva dictadura militar, sino de implantar un Gobierno de civiles, ajeno a las veleidades dictatoriales del monarca. En la noche del 14 de abril siguiente se convertiría en Gobierno Provisional de la República. Tanto los sindicalistas como los estudiantes universitarios hicieron propaganda  pública a favor de la república. La fecha prevista para el pronunciamiento era el 12 de diciembre. Sin embargo la trama militar fue mucho más desorganizada que todo el tinglado político y sindical predispuesto para preparar el terreno y apoyarla. Se consideró que no se podría llevar a cabo en la fecha indicada, por lo que se decidió retrasarlo hasta el 15. Tal comunicación no llegó a la guarnición de Jaca, quizás porque el correo destinado a transmitirla se asustó y no cumplió su cometido, o fuese un traidor, o, simplemente, se olvidasen de dicho pequeño eslabón, que, no obstante, tenía una importancia estratégica como ruta de escape a Francia, si el pronunciamiento programado fracasase. En tal sentido, igual importancia tendría Zaragoza, donde radicaba la Academia General Militar. Lo cierto es que los capitanes Galán y García, cumpliendo lo acordado, consiguieron el apoyo de todos los militares, y, posteriormente, de toda la ciudad de Jaca, a favor de la República, declarándola constituida, marchando a continuación a Huesca (otro punto clave en el camino Madrid-Zaragoza-Huesca-Jaca hacia Francia) para sumarla al levantamiento. Dada la descoordinación producida, al Gobierno le fue fácil enviar un grueso contingente de tropas que haría imposible alcanzar tal objetivo.

 

De este modo decidieron regresar a su acuartelamiento, y resistir allí hasta que se sumaran el resto de conjurados. Pero nada acababa de producirse, por lo que se consideraron fracasados y se rindieron. Inmediatamente se les abrió un consejo de guerra sumarísimo. Fermín Galán renunció a su defensa, declarándose personalmente el único responsable de todo lo ocurrido. García Hernández aceptó un defensor de oficio, que optó por pedir clemencia del tribunal. En realidad, el principal argumento debía haber sido que, si se permitió el golpe de Estado de Primo de Rivera, si la “dictablanda” era la continuación del mismo, no había legitimidad jurídica ni moral para condenar a muerte a los sublevados de signo opuesto. Pero la derecha nunca ha entendido de tales sutilezas: continua y persistentemente han empleado un doble rasero para justificar lo más injustificable de los suyos, y los castigos ejemplarizantes para quienes se opusiesen a sus designios. Así que ambos fueron condenados a muerte, algo incomprensible en comparación con los hechos antes aludidos, con el intento de sus superiores en graduación, Aguilera y Weyler, la absolución de Sánchez Guerra, si bien aquél pronunciamiento no llegó a producirse, y su consejo de guerra no consideró probada la conjura, o la tolerancia demostrada con las manifestaciones públicas y huelgas a favor de la República, incluso el “Gobierno” del Ateneo de Madrid. Indudablemente la dictadura y los militares que la apoyaban se veían acosados, y pretendían dar un escarmiento ante una situación que se les escapaba de las manos. En cambio no pudieron ampliarlo a los demás implicados o seguidores, sino reducirlo a los dos capitanes, por ser los sublevados de más alta graduación. La sentencia se ejecutó el 14, a pesar de ser domingo, tras vitorear los condenados a la República. Como preveían las ordenanzas se hizo desfilar todo el acuartelamiento ante los cuerpos fusilados.

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