Orto y ocaso de Primo de Rivera

          

    En 1926 la República del Riff había sido derrotada completamente. No podía hacer frente a un ejército que se desplazaba a gran velocidad, equipado con las armas y medios de transporte más modernos, y con el apoyo del reconocimiento aéreo. Consciente de que los españoles no tendrían miramientos con quien había realizado tan crueles matanzas y violado todos los derechos humanos, de excombatientes y civiles, o quizás confiado en acuerdos secretos con los franceses, Abd el-Krim prefirió entregarse a éstos. Y algo debería haber porque no lo condenaron a muerte ni lo entregaron a los españoles. Fue deportado a la isla de La Reunión, a unos 700 kmtrs. al este de Madagascar, y a unos 150 al oeste de Isla Mauricio, en el océano Indico. Si lo que los franceses pretendían es que no pudiera contarle a nadie sus secretos, escogieron un buen lugar para ello. En 1947, terminada la II Guerra Mundial, con un Gobierno de Frente Popular, consiguió su traslado a Francia continental, escapándose en Egipto, donde el rey Faruk le concedió asilo. Tal vez todo estuviese pactado. En 1956 el inteligente rey Mojammed V le ofreció volver a Marruecos con todos los honores, pero lo rechazó. Quizás no quiso ser marioneta de nadie, o temió terminar asesinado si se inmiscuía en política, apoyando posiciones revolucionarias. A pesar de esta victoria no todos los militares estaban conformes con Primo de Rivera. El 24 de junio de 1926 estaba previsto un golpe de Estado que lo sustituiría por el General Aguilera. Participó en la conjura el General Weyler, Grande de España y antiguo Capitán General de Cuba, entre otros. Los conjurados fueron descubiertos y arrestados. La tibia reacción ante tales hechos (otra actuación más radical no estaría justificada, puesto que él mismo había llegado al poder mediante un golpe de Estado apoyado por los militares) no podía sino estimular a su repetición.

 

Si la “pacificación” (¿no es un contrasentido denominar pacificación a una intervención militar, a la derrota de una de las posiciones en litigio?) de Marruecos fue una gran victoria para Primo de Rivera, su Ministro de Hacienda, Calvo Sotelo, fue una de sus mayores calamidades. No sólo no se opuso a la política económica expansiva del dictador sin una base presupuestaria, una política fiscal adecuada, y la financiación de aquella mediante la emisión de Deuda Pública, sino que estaba obsesionado con la paridad de la peseta. Cuando su valor de mercado era de un 80% de su precio oficial, se anunció la incorporación al patrón oro. Con ello se consiguió una especulación que consiguió revalorizarla hasta el 94%. Desde el punto de vista del orgullo patrio y para presentarla como triunfo ante la ciudadanía, así como para la importación de bienes necesarios para la política de grandes obras, sería muy adecuada para las ínfulas dictatoriales, pero para las empresas exportadoras resultó un problema. También hubiera sido un coste financiero mantener duraderamente tal compromiso. Así que, como en otros aspectos de su política, también en esto la dictadura se basó en el engaño: jamás se llegó a efectuar dicha incorporación al patrón oro. De modo que los especuladores decidieron que había llegado el momento de vender. La peseta perdió su valor. Calvo Sotelo se dedicó a comprarla para mantener su valor, regalando 250 millones de pesetas a los especuladores. Es la política contraria a la que hace actualmente la Unión Europea, comprando dólares para favorecer a las empresas exportadoras, aunque con ello encarezca el precio del petróleo. De todos modos de lo que se trata es de regalar dinero a los especuladores que, posiblemente, sean los propios dirigentes del cotarro, sus familiares o socios. El resultado fue que la peseta valía a la llegada de la República el 50% de su valor en oro.

 

Todos estos hechos precisaban un apoyo popular para sostener la dictadura. Una de sus “medidas” fue conceder la laureada de San Fernando a su hermano Fernando, fallecido en la defensa de Monte Arruit, en Marruecos, y concedérsela también a sí mismo, por su triunfo sobre Abd el-Krim, que le fue impuesta por el rey, y que exaltaría la envidia de Franco, nombrado General de Brigada en 1925. Por otro lado Primo de Rivera comenzó a elucubrar sobre una Asamblea Consultiva, no vinculante (es decir, semejante a las Cortes de la Edad Media) con miembros designados por él mismo o por el rey, no electos, para elaborar una nueva Constitución que asentara tales principios. El propio Mussolini se lo aconsejó. Al parecer el rey era remiso a tal solución, que defraudaba la promesa de temporalidad, transitoriedad, regeneracionista, y se encaminaba cada vez más al fascismo: comprendía que cada vez estaba más enmarañado en una situación anticonstitucional que, si fracasaba, y había indicios de que se dirigía hacia el precipicio, podría arrastrar a su dinastía. Para afianzar su poder, superando tales obstáculos, Primo de Rivera organizó un peculiar plebiscito (Franco repetiría semejantes “consultas” en varias ocasiones) sin ninguna garantía de limpieza (entre otras cosas por la prohibición de partidos políticos y ausencia de opositores en las mesas) por el que dijo haber recogido seis millones y medio de firmas. Téngase en cuenta que en aquellas fechas no existía ningún documento de identificación personal, la fotografía era algo muy extraordinario y no había ordenadores para poder comprobar las repeticiones de firmas o de nombres, o su suplantación. Quizás por todo ello no cambió la postura real. Hasta 1927. En ese año se llevó a cabo una huelga general en Austria contra los nacionalistas, que habían llegado al poder mediante victoria electoral.

 

La consecuencia sería un acercamiento de éstos hacia los fascistas italianos, para asegurar su alianza en caso de necesidad. Muerto Lenin (pseudónimo de la clandestinidad, que podría traducirse “hombre del río Lena”) en 1924, Stalin, para alcanzar el poder en solitario, consiguió aunar aliados para acusar al ucraniano Trotsky de indisciplina en el Partido, debilitando la organización del mismo, por lo que fue destituido como Comisario del Pueblo (Ministro) para la guerra, expulsado de la dirección del Partido y de éste, y deportado a Kazajstán, sucesivamente, en 1927. En 1929 sería expulsado de la URSA, y, en 1940, asesinado por orden de Stalin. En 1927 Primo de Rivera intentó integrar a la oposición en la Asamblea Consultiva, de semejantes características a la designada por Napoleón para firmar aceptando la primera Constitución Española, la de Bayona, de 1808. Pero el tiempo había pasado. Ya quedaba diáfano que no se trataba de una situación temporal, y casi nadie estaba por la labor de apuntalar una dictadura que, además, se tambaleaba, al tiempo que iba adhiriéndose a postulados fascistas. En realidad, con dicho intento, les daba una oportunidad de negarse a ello, de darle con la puerta en las narices, demostrar su distanciamiento respecto del dictador, confirmarse como alternativa legitimada y legitimista ante su prevista derrota, o recuperar dicha senda a los que en alguna ocasión aceptaron veleidades colaboracionistas. Así hicieron, entre otros, intelectuales como Menéndez Pidal. Su único triunfo fue integrar al conservador duque de Maura, hijo del dirigente conservador Antonio Maura i Montaner, fallecido poco antes, que se había opuesto a la dictadura.

 

La Asamblea, en la que se integró la derecha más radical y reaccionaria, como La Cierva, Pradera, Ramiro de Maeztu o José Mª Pemán, podía interpelar al Gobierno, pero, cuando lo hizo, recibió una respuesta tan colérica y fuera de tono, que la opinión pública comprendió que cualquier encauzamiento democrático de la dictadura era imposible. Manuel Azaña, huérfano desde muy niño, había estudiado en El Escorial con los frailes agustinos, aunque se supone que posteriormente se hizo masón. Era doctor en Derecho, miembro prominente del Ateneo de Madrid, y del Partido Reformista, de Melquíades Alvarez. En 1924 publicó un exaltado manifiesto contra la dictadura, de la que hacía culpable al rey. Al año siguiente, con José Giral, fundó Acción Política, que en 1930 se convertiría en el partido político Acción Republicana. En 1926 consiguió el Premio Nacional de literatura, con todo lo cual se perfilaba como un opositor a la dictadura, como alternativa a su sustitución. Convencido de que la monarquía, culpable de haber apoyado al dictador, había perdido cualquier legitimidad que le hubiesen podido otorgar las amañadas elecciones que realizaba, ya que no el injustificable derrocamiento de la I República, formó la Alianza Republicana con otros demócratas, entre ellos Alejandro Lerroux y Marcelino Domingo, además de los exiliados en París y la intelectualidad. En enero de 1927 se había fundado la Federación Universitaria Española, que se posicionó contra la dictadura y comenzó acciones de agitación estudiantil. Un grupo de anarquistas de la C.N.T. tomó contacto con correligionarios portugueses para crear una organización integrada, que denominaron Federación Anarquista Ibérica. Pero la F.A.I. fue bastante más que eso.

 

En principio careció de ninguna relevancia en Portugal, donde el anarquismo, y, en su conjunto, el sindicalismo, era muy residual, menor aún de lo que la escasa industrialización del país vecino harían factible. Lógicamente, se posicionó en contra de ambas dictaduras, y proclamó que lucharía por derrocarlas. Argumentó cómo el anarcosindicalismo no había podido impedir la persecución de Primo de Rivera, por lo que repudiaban tal comportamiento como un desviacionismo inapropiado e inútil respecto del sentido revolucionario ácrata. De esa forma integró a los elementos más radicales del anarquismo, que propugnaron la defensa contra la persecución dictatorial y devolverle los golpes, al tiempo que esgrimían las posibilidades revolucionarias tomando como referente la soviética, y reactivaban la agitación obrera. La FAI tendrá una importancia decisiva en la historia de la II República. La dictadura reaccionó con una doble estrategia: elevar la retórica sobre la mejora de las condiciones de vida de los trabajadores y reprimir violentamente toda la oposición, sindical, política y estudiantil. Nada de esto podía agradar a los conservadores, que veían cómo la situación se escapaba de las manos. Por otro lado la Banca estaba profundamente disconforme con la actuación monetaria y presupuestaria del ministerio de Hacienda Pública, y la burguesía industrial con las intromisiones intervencionistas, estatalizadoras y monopolísticas de la dictadura. Todo esto llevó al rey a plantearse cómo salir del embrollo en que se había metido. Incluso Primo de Rivera empezó a pensar en dimitir. El problema es que hay líos en los que no se sabe cómo se ha entrado y, menos aún, cómo salir de ellos. En 1927 Primo de Rivera creó la Academia General Militar, nombrando como director a Franco. Algo sorprendente, ya que casi todos los ascensos de Franco habían sido por méritos de guerra, no había asistido a cursos o estudios teóricos.

 

¿Cómo podía enseñar teóricamente lo que no había aprendido del mismo modo? En 1924 el dictador había ido a Marruecos, a convencer a los “africanistas” de la necesidad de replegarse hacia la costa, por el acoso continuo de los rifeños, que asediaban o atacaban Xauen o Tetuán. Tras el almuerzo habían escogido al Teniente Coronel Franco para hacer el brindis, que aprovechó para, con palabras muy medidas y estudiadas, poner en compromiso al dictador para que explicara su política, entonces de abandono de Marruecos, en términos respetuosos pero que indicaban reproche. Es posible que Primo de Rivera interpretase que se había constituido en el portavoz de los “africanistas”, por lo que deseaba alejarlo de ellos, romper su unidad. También es posible que pretendiese mantener la paz en Marruecos, tras la victoria lograda, y la violencia de los mercenarios “regulares” indígenas y, sobretodo, del Tercio, podrían estimular una nueva insurrección. Quizás pensara que alejar a Franco de los mismos contribuiría a su control. Desde luego no es creíble que pretendiese promociones de oficiales decididos al ataque suicida: con Marruecos pacificado no eran necesarios, y, en la situación política que la dictadura atravesaba habrían sido un problema más. De no haber sido así habría aceptado la negativa de Franco, quien sugirió que el inválido Millán-Astray era más idóneo. También propuso El Escorial como ubicación de la academia, pero el dictador impuso Zaragoza. Puede ser otra prueba de que desconfiaba de él, e intentaba alejarlo de las cercanías del poder, de que tomara contactos con otros militares. Durante este tiempo Franco se dedicó a leer libros de Derecho Político, Economía y Hacienda Pública. Es cierto que eran los puntos conflictivos en los que la dictadura estaba siendo atacada.

 

Tal vez quería comprender el fundamento de las críticas. Pero también es posible que comenzara a verse a sí mismo como otro futuro dictador, como una alternativa a Primo de Rivera, que superase sus errores. Desde luego contaba con las simpatías del rey. La dirección de Franco de la Academia General Militar puso de manifiesto algunas características de este personaje hasta entonces desconocidas. Por ejemplo, su gusto por visitar, más bien inspeccionar, las obras, agobiando a arquitectos y constructores. Así consiguió que la Academia estuviese dispuesta en menos de un año. Otra fue su capacidad, cuando pudo escogerlos, de rodearse de subordinados absolutamente leales a su persona, con independencia de su validez: en esto era completamente fascista. Por eso se llevó a su lado a Monasterio, a su tío (hermano menor de su padre) Franco Salgado (que sería su secretario personal durante toda su vida) y a Camilo Alonso Vega. Estos últimos también estaban en la guarnición de El Ferrol cuando, junto con Franco, fueron destinados a Marruecos, atravesando España los tres juntos. También se confirmó que no le faltaba espíritu burócrata. Su padre había sido contable de buque de la Armada. Ya en Marruecos había demostrado su carácter minucioso durante el tiempo que fue Capitán pagador. En Zaragoza llegó a la obsesión por controlar el gasto. Franco era profundamente tímido, como el dictador portugués Oliveira Salazar. Las características físicas de Franco durante su juventud y su tono de voz, poco viril, le habían costado muchísimas bromas, contribuyendo a tal complejo. La Academia le dio una oportunidad inusitada: podía pronunciar interminables discursos ante una formación de hombres a pie firme, que no tenían opción a interrumpirle o contradecirle.

 

Así fue forjando su propio estilo, que nunca fue elocuente, pero que sabía intercalar palabras clave, que moviesen los sentimientos, en medio de una extensa palabrería carente de verdadero contenido. En una época en que el cine era mudo, no existía televisión y los receptores de radiofrecuencias eran objetos experimentales, propios de ricos excéntricos, a sus cadetes les sorprendían y emocionaban sus arengas. En ellas insertaba su ideología ultraderechista, consiguiendo promociones de oficiales que tendrían una implicación determinante en la guerra (in)civil que se venía fraguando desde la cruel represión de la huelga general de 1917. Por entonces comenzaron a hacerse públicas algunas circunstancias de la vida privada de Primo de Rivera. Viudo desde los 38 años, al fallecer su esposa, de 29 años, durante el parto de su sexto hijo, se le consideraba asiduo de salas de fiestas, cabarets (se le achacaba haber estado encandilado por una de sus “artistas” denominada “La Caoba”) cafés-cantantes (de flamenco) prostíbulos y otros lugares de mala reputación. En 1928 los nacionalistas del Kuo-Min-Tang del señor de la guerra Chank Kai-chek, en alianza con la URSA y el Partido Comunista Chino de Mao-Tse-Tung, conquistan Pekín. Con ello acaba la república liberal China, tras la muerte en 1925 de su Presidente, Sun Yat-sen, sumida en la impotencia y la guerra civil entre los señores de la guerra, apoyados por las distintas potencias extranjeras. A partir de entonces los nacionalistas se dedican al exterminio de los comunistas chinos. En ese mismo año se conoció que Primo de Rivera estaba relacionado sentimentalmente con Niní Castellanos. Había llegado la situación de que cualquier cosa que hiciera era tomada en sentido negativo, y utilizada en su contra. Tal vez por eso tales relaciones finalizaron. En 1929 se produjo otro intento de golpe de Estado. Al parecer el instigador fue el Capitán General de Valencia.

 

En esta ocasión no se trataba de sustituir  un General por otro, como se había hecho en Portugal (aunque el civil Antonio Oliveira Salazar estaba escalando posiciones) sino por restaurar el régimen anterior. El Gobierno se entregaría a Sánchez Guerra, que había presidido el penúltimo antes del dictador, durante el cual destituyó al gobernador “civil” de Barcelona, el General Martínez Anido -Ministro de Gobernación durante la dictadura- por su cruel represión en su provincia de la huelga general de 1917. Sánchez Guerra volvió de su exilio en Francia y se presentó en Valencia, en el lugar y fecha indicados. Pero el pronunciamiento no se llevó a cabo. Juzgado por un Consejo de Guerra fue declarado absuelto. Tal vez, como el levantamiento no había llegado a materializarse, no había pruebas suficientes para condenarlo. Si fue así creó un precedente por el que los sucesivos Gobiernos no interferirían hasta que tales golpes de Estado tuvieran efecto, lo que permitiría encarcelar a toda la conjura, desactivando su organización para el futuro. Esta circunstancia beneficiaría sobremanera a Franco, que pudo llevar a cabo el suyo hasta que le entregaron el mando del ejército de Africa, con la posibilidad de iniciar una guerra contra España con expectativas de triunfo. Otra alternativa es que se desestimaran las acusaciones a Sánchez Guerra a cambio de que silenciase los nombres de los militares envueltos, lo cual demostraría hasta qué punto el número y la dispersión de los que habían pasado a oponerse al dictador era importante. Lo cierto es que, a partir de entonces, Sánchez Guerra, sin haber hecho nada que lo justificase, pasó, de pronto, a convertirse ante la opinión pública, en la personificación de los oponentes a la dictadura. El rey debió aprovechar esta oportunidad que se le presentaba: la vuelta a la legalidad anterior, a la caduca Constitución de 1876. Sin duda recibió múltiples presiones en tal sentido. Pero dudó.

 

No creía que el sistema anterior, que se había mostrado agonizante, fuese más duradero que la dictadura. Y semejante indecisión, desconfianza, le enemistó con todos: con el dictador y con la oposición “legitimista”, monárquica, borbónica. Había desperdiciado su última oportunidad. Le quedaban dos años de reinado. En Italia se llega, tras los Pactos en el palacio vaticano de Letrán (así llamado por edificarse en las propiedades del patricio romano Plauto Laterani, perseguido por el emperador Nerón)  a un concordato con el Papa (que la Iglesia se había negado a firmar con los Gobiernos liberales) llamado la Concilliazione, por la que ésta aceptaba, finalmente, la pérdida de los Reinos Pontificios, a cambio de una indemnización, el reconocimiento del Estado Vaticano, y la preeminencia eclesiástica en la escuela y la familia. El único cardenal que se opuso a ellos, el futuro Juan XXIII, al parecer Gran Oriente de la Masonería, fue prácticamente desterrado como Nuncio en Turquía, donde, durante la II Guerra Mundial, tuvo oportunidad de colaborar con la fuga de judíos de la persecución nazi. La única jerarquía católica que hizo algo parecido. En 1926 Mussolini había implantado un Consejo Nacional de las Corporaciones, de clara inspiración soviética, pero que no tenía actividad práctica. Primo de Rivera trató de consolidarse haciendo públicas las deliberaciones de la Asamblea Consultiva respecto de una nueva Constitución. Siguiendo el “modelo” italiano, el Gobierno, nombrado directamente por el rey, no tenía que dar cuentas al Parlamento. Sólo la mitad de sus miembros serían elegidos por sufragio, el resto serían “miembros natos” por representación corporativa o directamente designados por el rey: todo un antecedente de las Cortes de Franco.

 

Un Consejo del Reino (actualmente vigente; Aznar fue su último miembro designado, aunque dimitió al entrar en incompatibilidades con sus rentables negocios) daría asesoramiento no vinculante al Gobierno. Si muchos historiadores mantienen las diferencias entre Primo de Rivera y el fascismo, hay que estar ciego para no ver las similitudes. La situación había llegado al punto en el que, como en algunas partidas de ajedrez, cualquier cosa que se haga empeora la situación. Como ocurrió a Estados Unidos en Vietnam y está ocurriendo ahora en Irak: si abandonan es malo, si no lo hacen es peor. Las publicaciones periódicas se pusieron en contra del proyecto de Primo de Rivera. Este consultó con Mussolini, que le mostró su desacuerdo. Como al año siguiente daría plena vigencia a la Asamblea General de las Corporaciones, presidida por él mismo, tal respuesta sólo puede interpretarse en el sentido de que intentaba acabar con Primo de Rivera, llevar a España a una guerra civil, e intervenir en la misma para anexionársela, como haría con Albania, siguiendo su idea de Imperio Mediterráneo, que comenzaba en Libia y había intentado extender por Grecia. En vista de ello, estúpidamente, Primo de Rivera también se posicionó contra tal proyecto, que era obra suya. Con ello había conseguido llevar a la opinión pública la idea de que la Constitución debía renovarse, que no podía volverse atrás, y que él era un completo inútil. Y sin embargo, durante el verano, amplió los miembros de la Asamblea Nacional, precisamente mediante una representación corporativa. Pero se encontró con que tales representantes se negaron a participar en dicha mascarada, o que las instituciones implicadas elegían a opositores a la dictadura.

 

Su tímida reforma agraria, basada en la puesta en regadío, lo que significaba necesidad de nuevas inversiones y aumento de mano de obra, no consiguió atraerse al campesinado, pero sí el enfrentamiento con los grandes terratenientes, tradicionales rentistas absentistas, que seguían considerando sus propiedades como un derecho divino al lujo y la ostentación propios de su abolengo, y no como un negocio que requiere atención y adecuación a los mercados. Aún confiaba Primo de Rivera en el prestigio que le reportaría el éxito de las exposiciones Iberoamericana de Sevilla e Internacional de Barcelona, según la llegada de visitantes, divisas y relaciones con países extranjeros con las que comenzó. Un acontecimiento de repercusiones mundiales se estaba fraguando. La especulación bolsística había llegado a su punto culminante en Estados Unidos. Los expertos empezaron a recomendar prudencia, advirtiendo que no se podía esperar el alza ilimitada de las cotizaciones. Y, sin embargo, éstas continuaron subiendo, lo cual desprestigió a los agoreros, cuyos avisos dejaron de ser tenidos en cuenta. Hasta que, finalmente, las cotizaciones se estabilizaron. Entonces los especuladores profesionales consideraron que era el momento de vender. La Bolsa se desplomó, y dio el primer susto. Todos los directores de Banco se apresuraron a asegurar que no había motivo para la depreciación bolsística, que la economía seguía exactamente igual que en los días anteriores, por lo que llamaban a la calma, puesto que las ventas masivas serían catastróficas para todos. Las publicaciones periódicas, que durante varios años habían vendido a base de repetir fantásticas historias, algunas de ellas exageradas, mitificadas, cuando no completamente inventadas, sobre las grandes fortunas acumuladas. Así que se sentían culpables, por lo que colaboraron con dicha labor tranquilizadora. La Bolsa se estabilizó, a la baja, y, entonces, los especuladores expertos volvieron a comprar.

 

Los inexpertos pensaron que el susto había pasado y continuaron sus inversiones imprudentes. La Bolsa volvió a subir, pero, cuando se llegó a determinado nivel los especuladores volvieron a vender: la Bolsa entró en oscilación. Este es el comportamiento idóneo para la especulación, como más se puede ganar, sabiendo lo que se hace. Y perder, si no se sabe. Se había pasado de un entorno de “todos ganan” (aunque más los que permanecen que los que venden) en unas expectativas de alza continuada, a otro de “unos ganan lo que otros pierden”, como en la lotería, el poker o las apuestas a los caballos, cuando la Bolsa entra en oscilación. Comenzaron a arruinarse los que se habían visto enriquecidos en un tiempo brevísimo. Como siempre ocurre, los menos informados, los de más lenta reacción, eran los que partían de la nada, los que carecían de una fortuna que los respaldase, los que habían invertido a crédito. Cada vez las oscilaciones eran mayores, y siempre a la baja. Los directores de Banco volvieron a clamar por la calma, pero ya comenzaban a ser tan poco creíbles como antes lo fueron quienes pedían prudencia. Así que decidieron actuar por su cuenta. La Bolsa necesitaba dinero (¿sacrificios humanos?) para recuperarse, y lo buscaron por donde fuese. Concedieron créditos arriesgados, incluso a sí mismos o a sus familiares, comprometiendo sus fortunas. O, simplemente, tomaron indebidamente el dinero que administraban. Igual ocurrió en la mayoría de las empresas. La idea era vender cuando se recuperasen las cotizaciones, por lo que nadie tenía que enterarse ni perder nada. Al contrario: era una magnífica oportunidad para ganar muchísimo dinero, comprando muy barato y vendiendo cuando estuviese encarecido. El cuento de la lechera. El problema es que no hay un método objetivo para considerar donde está el límite entre caro y barato, quién decide cuál es el precio “real” y cuándo se debe tomar la decisión adecuada.

 

Como de costumbre, la ambición actúa irracionalmente. Así llegó el Jueves Negro de 1929.

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