La consolidación del fascismo

 

Igual que hizo Servia, el Gobierno griego sólo aceptó parcialmente las exigencias italianas (es lo que deseaban los demandantes, en ambos casos)  solicitando aquél la mediación de la Sociedad de Naciones. Esta fue la excusa que Mussolini utilizó para dar una demostración de su política de “hechos, no palabras”. En este caso los hechos fueron remitir una escuadra para que invadiera la isla de Korfú. Para hacerlo la escuadra, previamente, bombardeó un viejo castillo, que alojaba exiliados griegos expulsados de la ultranacionalista Turquía, lo que produjo muchas víctimas. Mussolini se negó a que la Sociedad de Naciones interviniera, manteniendo que ni dicho bombardeo, ni la ocupación de Korfú, constituían ningún acto de guerra, sino, simplemente, una forma de presión contra Grecia para que cumpliera sus exigencias, y hasta que éstas se cumplieran. Es decir, estaba reproduciendo el comportamiento o justificación franco-belga al invadir la cuenca del Ruhr. En caso de que, finalmente, interviniera, Italia abandonaría la Liga. Una propuesta conciliadora hacía extensivo el homenaje a los fallecidos de las delegaciones francesa y británica, que también formaban parte de la delimitación de fronteras greco-albanesas, y se encargaba al Tribunal de La Haya que cuantificara una justa reparación económica. Sin embargo los británicos se mostraron firmes y consiguieron que las tropas italianas desalojaran la isla, a cambio de los 50.000.000 de liras reclamados, sin esperar a la decisión del Tribunal de La Haya, pero desbaratando la estrategia fascista. Sin embargo la situación en Grecia era caótica. En 1922, tras la derrota frente a Turquía, un grupo de militares, partidarios de Vénselos, obligaron a abdicar al rey Constantino, acusando de traición y fusilando a varios de sus Ministros y consejeros, y coronaron al hijo de aquél, como Jorge II.

 

En 1923 la repatriación de 1.400.000 greco-turcos supuso el colapso económico y el ascenso del republicanismo y de los comunistas. El General Metaxas intentó en golpe de Estado para fortalecer a la monarquía, pero sólo consiguió la abdicación del rey y la proclamación de la república en 1924. Todo ello mientras Italia exigía una revisión de los Tratados de París que le diese opción a recibir indemnizaciones de guerra, y extendiera sus fronteras hacia el norte. Yugoslavia se vio comprometida a reconocer la soberanía italiana sobre la ciudad de Fiume, y a obligarse, mutuamente, a no intervenir en caso de que fuesen agredidos cualquiera de ambos Estados. Alemania, con todas las puertas cerradas, se vio forzada a establecer relaciones comerciales con la URSA, que, a su vez, estaba bloqueada por el “cinturón sanitario” que habían tejido las demás potencias a su alrededor, tratando de asfixiarla. Mussolini vio su oportunidad y también pactó un acuerdo comercial semejante. Pero llegó aún más lejos: inició negociaciones para reconocer al Gobierno soviético. Indudablemente intentaba conseguir prestigio internacional, quizás que las grandes potencias le permitiesen sus futuras invasiones y anexiones. Gran Bretaña, comprendiendo la envergadura del desafío, se le adelantó. Así que Italia debió avanzar un paso más, intercambiando embajadores con el primer país comunista del mundo. De este modo consiguió un gran prestigio popular, pero también el enfrentamiento con los liberales, que temían que tales aventuras llevasen a Italia a la guerra. En tales condiciones Mussolini pidió al Parlamento la aprobación de una ley de plenos poderes. Sólo se le opusieron socialistas y comunistas. Sin embargo el desarrollo de los acontecimientos hizo que la coalición de Gobierno se rompiese. Mussolini debía encarar, por tantoun nuevo proceso electoral.

 

Y, para ello, aprobó una nueva ley, según la cual la lista mayoritaria obtendría 2/3 de los escaños. Se había teorizado que el ascenso del fascismo era consecuencia de la representación proporcional. Algo falso, puesto que tener una representación parlamentaria miserable no le impidió conseguir el poder. Tanto socialistas, populistas como liberales creían que  ganarían las elecciones. Todos menos los fascistas, por lo que consiguió que se aprobara la Ley Acerbo sin mayor obstáculo. Pero entonces realizó su jugada maestra: hizo creer que socialistas y comunistas habían llegado a un acuerdo secreto para presentarse conjuntamente a las elecciones, a pesar de que la Comintern se negaba a ello. Así que convenció a algunos populistas, ex-socialistas y los más significativos liberales, de la necesidad de presentar una extensa lista conjunta, que los italianos denominaron il listone. En cambio el voto socialista se presentó dividido entre socialdemócratas, socialistas unitarios y maximalistas. Completaban el sector democrático el Partido Comunista, una lista republicana y otra denominada “oposición constitucional”. De este modo, increíblemente simple, los fascistas pasaron de 35 diputados, a constituir la mayoria en 1924. A la apertura del nuevo Parlamento, el Secretario del Partido Socialista Italiano, Matteotti, hizo una demoledora crítica del fascismo, del Gobierno de Mussolini, la violencia y amenazas durante las elecciones, pidiendo que se anularan, lo que fue apoyado por el resto de la oposición, y respondido con insultos y amenazas por los fascistas. Días después fue raptado y asesinado por éstos. Alfonso XIIIº consideró el asunto tan peligroso como el fusilamiento de Ferrer en España, y Primo de Rivera escribió a Mussolini deseándole que saliese triunfante, y que el pueblo italiano le hiciese justicia “por sus méritos y servicios”.

 

Parte de la coalición gobernante, y con ella la Iglesia, e incluso los sectores fascistas sindicalistas, que se habían creído sus falsías revolucionarias, se separaron de Mussolini. Los empresarios se asustaron por el giro de los acontecimientos, y pidieron al rey que lo destituyese. Pero éste dudaba, considerando que debía darle más tiempo para cumplir sus promesas electorales. Los fascistas culparon del crimen a judíos y masones, con intención de desprestigiarles, y respondieron con otra ola de violencia, especialmente contra las publicaciones periódicas que rechazaban el fascismo. Quemaron libros que consideraron subversivos, como en tiempos de la Inquisición de Herejes. Asesinaron a los contrarios al fascismo. Trescientas mil personas abandonaron Italia hacia el exilio. Parte de la oposición decidió abandonar el Parlamento como acto de protesta. Es la oportunidad de Mussolini: declaró que la oposición parlamentaria, minoritaria, no servía para nada, sino para obstruir la labor constructiva del Gobierno, sobretodo si no acudía a sus escaños (como hacía Unidad Popular, en vascuence Herri Batasuna) así que anuló sus actas de diputados y encarceló a Gramsci y a los comunistas. Tras cinco meses de suspensión parlamentaria, los liberales integrados en la coalición triunfante se mostraron contrarios al Gobierno. Mussolini consiguió que el rey disolviese el parlamento en 1925, y declaró que se hacía personalmente responsable del asesinato de Matteotti, que si los fascistas eran una asociación de delincuentes él era el jefe (il capo) de la misma, y que si la violencia era resultado de un clima histórico, político y moral, dicho clima lo había creado él. No volvería a haber más votaciones en Italia hasta 1929, y entonces serían simplemente un plebiscito, no unas elecciones con posibilidades decisorias. Primo de Rivera había comenzado su política marroquí abandonando territorios ocupados por el General Berenguer en 1920, lo que produjo protestas de los “africanistas”.

 

Es posible que éstos acudieran al rey y que Primo de Rivera recibiese presiones en dicho sentido. Y también de británicos y franceses. Y es que el poder nunca es totalmente absoluto: los intereses de clase, los poderes fácticos, la situación económica, la realidad de los hechos, imponen sus condiciones. El-Annual había cambiado por completo, como Francia y Gran Bretaña temían, las circunstancias norteafricanas. Ahora a nadie le interesaba asumir el coste de una guerra, que, con el material tomado a los españoles, la experiencia en combate, la moral de victoria, y el reclutamiento de nuevos independentistas, amenazaba ser mucho más complicada. Pero tampoco podían permitir la pervivencia de la República de la Confederación del Riff, un estímulo a la insurrección antiimperialista para todas las colonias. Incluso el sultán de Marruecos sabía que su escaso poder, y hasta su vida, tenía fecha de caducidad: el ataque expansionista de los rifeños no tardaría en llegar. Posiblemente contactaría con las potencias europeas para asegurarse un apoyo que no podría obtener de sus súbditos. Ya en 1923 Alfonso XIIIº hizo un viaje a Italia, tal vez para conseguir la intermediación de Mussolini en la complicada situación norteafricana, o para que éste convenciese a Primo de Rivera, del que se hizo acompañar (en una conversación con el rey italiano lo presentó diciendo que era “su Mussolini”) de la conveniencia de insistir en el expansionismo imperial. Tal acúmulo de contradicciones fueron resueltas por el propio Abd el-Krim, que, envalentonado por sus éxitos, decidió en 1925 que había llegado el momento de volverse contra los franceses, acabando también con su dominio en Marruecos: en una especie de el-Annual francés llegó a 30 kmts. de Fez, lo que no podía quedar sin escarmiento.

 

Atacar primero al sultán quizás no le hubiese sido más útil: las potencias europeas habrían intervenido igualmente, atenazando a sus guerreros entre dos frentes. Primo de Rivera, cambiando su política, exigiría colaboración a británicos y franceses, dado que el resultado debería beneficiar a todos. Gran Bretaña deberió considerar que, si estuviese dispuesta a aceptar tales costes, lo haría en su exclusivo beneficio, y los territorios cedidos a España en Marruecos no justificaban dicho riesgo. La aventura, en todo caso, era complicada. Primo de Rivera lo sabía, y su situación política, ilegal, anticonstitucional, no le permitía ni una derrota, ni una guerra costosa y duradera, ni una actuación subordinada a los franceses. Necesitaba intervenir en absoluta superioridad, como hace habitualmente Estados Unidos. Así que exigió de Francia, sobretodo, tanques y aviones, que obtendría al buen precio y aplazamiento apetecidos, aunque no de regalo. Sería la primera vez que España contaría con tanques. Y nunca hasta entonces el Ejército del Aire habría contado con mayor número de aeroplanos. Como la II República, a pesar de las exigencias reiteradas de Azaña y Gil-Robles, no había podido costear la modernización del ejército, fue con tales dotaciones con las que se enfrentó al golpe de Estado y, tras su fracaso, consecuente guerra “civil”. Como la principal amenaza para España era defender los territorios que Primo de Rivera había conquistado en Marruecos, era allí donde estaban concentradas la mayoría de tales armas, que pasarían a manos de Franco, dándole ventaja militar desde el primer momento en sus deseos de apoderarse del poder. Finalmente los aliados (en realidad la participación francesa en tropas fue puramente simbólica) desembarcaron en el corazón del Riff, la bahía de al-Joceima o Alhucemas, sorprendiendo por completo a los confederados.

 

Era la misma estrategia que la propugnada por el General Hiram Ulysses (por error su inscripción en la Academia Militar de “Punto Oeste”, West Point, consta como Ulysses Simpson, el segundo nombre de su madre, posiblemente el apellido de soltera de la madre de ésta) Grant: cortar la Confederación de Estados Americanos en dos mitades incomunicadas entre sí, que no pudiesen colaborar en su mutua defensa. Es la primera vez que se alude a la guerra civil estadounidense, lo que se repetirá posteriormente. Tal semejanza sólo puede comprenderse por la falta de creatividad estratégica de los militares españoles, y el desconocimiento de las posibilidades del armamento más innovador entonces existente, lo que hizo imposibles despliegues similares a los más cercanos de las guerra germano-austríaca, franco-alemana o la I o, posterior, II, Guerras Mundiales. El desembarco mismo, en cambio, dirigido por el General Sanjurjo, fue una sorprendente ejecución de la más innovadora actuación combinada de todas las Armas involucradas. Claro que se trató más de unas maniobras militares que de un auténtico ataque con resistencia enemiga eficaz. A pesar de ello se afirma que el General Eisenhower lo estudió y basó en él el diseño de los desembarcos de Normandía, tras anteriores experiencias fallidas británicas en las costas atlánticas francesa y noruega. En el desembarco de Alhucemas tuvo protagonismo el Tercio de Extranjeros, entonces bajo el mando del ya Coronel Franco, que había sustituido a Millán-Astray en 1920, cuando éste perdió un ojo y un brazo. A finales de año Primo de Rivera, quizás con ánimo de perpetuarse en el poder, quizás comprendiendo que el apoyo del ejército no era incondicional, decidió integrar a civiles en el Directorio.

 

El futuro cardenal Herrera Oria, fundador de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas de la Fe, a partir de un grupo de congregantes marianos, promovió la constitución de Uniones Patrióticas, con idea de crear un gran Partido católico, similar al alemán Zentrum, a al italiano Partido Popular, entonces en coalición con el Gobierno de Mussolini y su Partido Fascista. Las Uniones Patrióticas, constituidas como asociaciones civiles, no como partidos políticos, comenzaron a expandirse, dada la prohibición de estos últimos. Así que Primo de Rivera consideró que podía ser un buen instrumento de poder, para apoyar su dictadura personal. Las transformó en la Unión Patriótica, que definió como un partido político, pero apolítico. En realidad, como haría Franco con su Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensivas Nacional-Sindicalista, bajo la apariencia, el eufemismo, de que estaban prohibidos los partidos políticos porque dividían al país, instauraron regímenes de Partido único, casi obligatorios, como hicieron Mussolini y Hitler. En la Unión Patriótica se integraron casi todos los conservadores, mauristas disconformes con la oposición de Maura a la dictadura, oligarcas, destacados miembros de la Iglesia Católica, empresarios (en Sevilla la mayor parte procedían de la Unión Comercial, y, en Soria, de asociaciones agrarias) y, sobretodo, arribistas y corruptos que veían en la dictadura un magnífico modo de medrar, sin las limitaciones de una estructura democrática del poder. El poeta José Mª Pemán, uno de sus ideólogos, más tarde miembro del Consejo Asesor de Juan de Borbón, padre del rey actual, mantenía que el sufragio universal era un grave error.

 

La divisa del nuevo Partido fue “Patria, religión (curioso para un dictador de vida privada tan sumamente reprochable: se le conocían varias amantes, era alcohólico empedernido, lo que parece que le causó la muerte, y se sospecha que era drogadicto) y monarquía”, en total semejanza al carlista “Dios, Patria y rey”, aunque adelantando la Patria al poder divino. A dicho Partido único legalizado pertenecían todos los miembros civiles del Directorio, entre ellos José Calvo Sotelo, como Ministro de Hacienda, y el conde de Guadalhorce, vinculado a la industria hidroeléctrica, como Ministro de Fomento. Como sus apoyos estaban relacionados con los grandes capitales (poderes fácticos, junto con la Iglesia y el ejército) no podía realizar la necesaria reforma fiscal. Así que tuvo que financiar sus megalómanos y expansionistas proyectos y la campaña africana mediante la emisión de Deuda Pública, lo que supuso la ruina del Estado y el fin de su carrera política. La II República heredaría el lastre de semejante deuda, imposibilitando el cumplimiento de sus muchísimos proyectos, lo que, al final, significaría la pérdida de confianza popular, el enfrentamiento de los anarquistas, así como la imposibilidad de modernizar el ejército, con nuevos nombramientos y remozando el armamento, todo lo cual contribuyó a la guerra “civil”. Primo de Rivera consideraba que debía proteger a quienes le apoyaban. Para ello concedió subvenciones a los ferrocarriles y a algunas compañías navieras, como la naviera Aznar, del mismo propietario que el astillero Euskalduna, vinculada a los Bancos Urquijo e Hispanoamericano. Naturalmente lo justificaba explicando que era bueno para la economía, para potenciar el capitalismo español. Es lo mismo que se hace actualmente.

 

Como cuando el Gobierno japonés o la Unión Europea regalan dinero a los Bancos, o compran dólares que se devalúan y venden euros o yenes que se aprecian, para favorecer los intereses de las empresas exportadoras, sin importarles que ello encarece el petróleo y dispara la inflación. Mientras, simultáneamente, declaran que hay que reducir las pensiones de los trabajadores, reducir las prestaciones por desempleo o por enfermedad u obligarles a pagar la asistencia sanitaria en la Seguridad Social o una mayor proporción de las medicinas, en línea con los supuestos ideológicos ¿neo?liberales, arguyendo que todo ello es bueno para la economía, sin importarles la contracción de la demanda, de la producción, de la economía y de la recaudación impositiva (sin contar los efectos sobre las masas poblacionales que se condenan a la enfermedad, el desempleo, la mendicidad, la marginalidad, la delincuencia, cuyos sufrimientos son despreciables para la ambición de continuar enriqueciéndose de los capitalistas) que supone. Y es que la ideología, la lucha de clases, subyace en todas las decisiones políticas y económicas, por mucho que intenten ocultarse, aduciendo, falsamente “un único mejor (¿para quiénes?) camino posible”. Y tales subvenciones Primo de Rivera las realizaba sin un apoyo presupuestario suficiente. Fue la gran época de los monopolios: el de teléfonos se concedió a la estadounidense Internacional Telephone & Telegraph (ITT) el del petróleo a la Compañía Arrendataria del Monopolio del Petróleo (CAMPSA, propiedad de un consorcio bancario) y el de tabaco de Ceuta y Melilla a Juan March, negocio redondo, porque ya era dueño de la naviera Transmediterránea. No es extraño que todos ellos apoyaran el golpe de Estado contra la República, que había sustituido a la dictadura, y a Franco en la guerra “civil”, subsiguiente, ni que éste se lo agradeciera manteniendo monopolios y subvenciones a empresas privadas mientras vivió.

 

En 1926 se produjo una eclosión de dictaduras en Europa. Tras un siglo dividida entre Prusia, Rusia y Austria, Polonia había recuperado tras la I Guerra Mundial la independencia que Napoleón confirió al Gran Ducado de Varsovia, aunque como aliado suyo, amenazando la retaguardia del rey de Prusia y el emperador austríaco, e impidiendo su conexión con el zar. El mariscal Pilsudski, antiguo miembro del Partido Socialista, si bien posteriormente se hizo nacionalista, aliado de los Imperios Centrales durante la I Guerra Mundial, tanto por su odio a los rusos como por esperar de aquellos la independencia de Polonia a cambio de su cooperación, comprendió que la guerra “civil” en Rusia le era favorable, traspasó la línea Curzon en 1920, e invadió los Estados Bálticos del sur, Bielorrusia y Ucrania, lo que llevaría a una guerra con el Estado soviético. Al parecer Francia alentó tales proyectos, pues una Polonia poderosa supondría un freno contra cualquier ansia expansionista o vengativa alemana, que debería temer una guerra en dos frentes, lo que reforzaría por sucesivos pactos y alianzas franco-polacos. Además así sustituiría la alianza con Rusia, que ya no era fiable, con igual objeto, al tiempo que haría de barrera para cualquier expansión de los ideales comunistas, al tiempo que debilitaría al Estado revolucionario, llevándolo hasta su dislocamiento. Todo esto significaba que Polonia, aparentemente engrandecida, carecía de fronteras naturales fácilmente defendibles, e integraba minorías étnicas (rusa, ucraniana, alemana, especialmente en la industrializada Silesia, Galitzia y el puerto de Gdans, Danzig en alemán, bálticas, etc.) disconformes con sus anexiones, que introducían entre los polacos tremendos problemas nacionalistas, a los que deberían haber sido más sensibles, dada su experiencia histórica, y que supondrían serios problemas para mantener una línea de defensa que pudiesen considerar segura.

 

De esta forma Pilsudski tuvo que sufrir la derrota militar, y, aunque con la ayuda de un Cuerpo Expedicionario francés, que integraba tanques y aviones, frenó la ofensiva soviética, consiguiendo un favorable Tratado de Paz, la oposición parlamentaria se hizo cada vez más crítica. Por lo que, en 1926, encabezó un golpe de Estado que le convirtió en el dueño, de hecho, de Polonia, aunque mantuvo las apariencias haciendo que nombraran Presidente a un amigo suyo, también antiguo socialista. Albania había recuperado su independencia, tras muchos siglos, al finalizar la I Guerra Mundial. Era un país atrasado, dividido entre los propietarios de la tierra, en régimen cuasi feudal, de religión mahometana, encuadrados en el Partido del Gobierno, dirigido por Ajmet Zogu, del clan más influyente, futuro dictador y rey, y los campesinos, de religión cristiana ortodoxa, encuadrados en el Partido Demócrata de Oposición, dirigido por Fan Noli. Británicos, italianos y yugoeslavos apoyaron a los primeros, que eran los que controlaban el poder. Grecia a los segundos. Todos con la pretensión de conseguir, a cambio, ventajas territoriales, e impedirlas a los contrarios. En 1924 ganó las elecciones Zogu, pero su Primer Ministro, involucrado en un escándalo financiero, fue herido en atentado, y desató la represión, lo que produjo una insurrección que llevó a Noli al poder. Este declaró que el país necesitaba un Gobierno “paternalista” para realizar las reformas y occidentalizar el país, negándose a convocar nuevas elecciones, al tiempo que criticaba a la Sociedad de Naciones por no impedir la represión de albaneses en Kosovo y las amenazas de yugoeslavos e italianos contra su país e intercambió embajadores con la URSA.

 

Zogu organizó un ejército mercenario en Yugoeslavia y, con tropas regulares de dicho país y derrotados “rusos blancos”, recuperó el poder, convirtiendo la república en una dictadura, con prohibición de los partidos políticos de oposición, supresión de las libertades civiles, censura de prensa y asesinato de disidentes. Yugoeslavia obtuvo el poblado de Saint Naum, pero es Italia la que más se beneficia, apoyándose en el protectorado que los vencedores de la I Guerra Mundial le habían concedido inmediatamente después, y que acabaría con la anexión después de que Hitler hiciera lo propio con Checoslovaquia, sin que las democracias occidentales se lo reprocharan. Sucesivos acuerdos permitirían que explotaran todos los recursos minerales, administraran el Banco Nacional de Albania, cuya oficina central estaba en Roma, que gestionaría los préstamos italianos a alto interés para obras públicas y modernización de la agricultura y el transporte, entregado en monopolio a empresas italianas. No es extraño que Mussolini pretendiese hacer lo mismo con la España franquista, llegando a emitirse en Italia las primeras pesetas y a custodiarse allí las reservas del nuevo Estado fascista. En 1926 Zogu se negó a firmar un Tratado con Italia que, prácticamente, suponía entregar el dominio sobre el ejército y la policía. Entonces se produjo una insurrección en el norte del país que le obligan a firmar el primer Tratado de Tirana. El nacionalista Voldemaras fue el Primer Ministro de la República de Lituania, renacida tras la I Guerra Mundial, después de más de un siglo de ocupación zarista, que termina con la invasión polaca en 1920. Voldemaras organizó el Partido fascista “El Lobo de Hierro”. Lituania recuperó la independencia tras el Tratado de Paz polaco-soviético.

 

En 1926 llegó a la Presidencia Grinius, con un gobierno izquierdista, tolerante, democrático, que favorece a las minorías rusa, judía y polaca, por lo que, en 1926, un golpe de Estado devuelve el poder a Voldemaras, que transforma la república en una dictadura. En 1924, por medio de un plebiscito, los griegos habían escogido la república. En 1926 fue elegido Presidente el General Pangalos, que decidió acabar con la inestabilidad política mediante un régimen autoritario. Seis meses después fue derrocado y encarcelado por haber violado la Constitución. En Portugal la derecha conservadora llevó al poder al General Manuel de Oliveira Gomes Da Costa, tras un golpe de Estado en 1926, lo que no satisfizo a los militares que deseaban cambios más radicales, en línea con lo que hacía Primo de Rivera en España. Así que, menos de un mes después, otro golpe de Estado dio el Gobierno al Mariscal Oscar Carmona, católico, masón y republicano, cuya primera medida fue exiliar a las Azores, al tiempo que nombrarlo Mariscal, a su antecesor. Todo un cúmulo de contrasentidos. En Estados Unidos se había producido una gran crisis inmobiliaria. El detonante fue la excesiva construcción turística en Florida. Para ello se habían talado bosques y desecado pantanos. Pero el agua tiende a buscar sus salidas y rellenar las zonas bajas, naturalmente. Poco a poco, y con el concurso de las habituales tormentas tropicales y mareas embravecidas, los terrenos ganados a la naturaleza fueron reocupados por ello, con torrenteras a gran velocidad sustituyendo las naturales aguas estancadas, y vientos huracanados en zonas antes protegidas por bosques. La administración pública debió gastar inmensas cantidades, anualmente, para construir y mantener diques, estaciones de control de nivel, bombeo y desagüe, reforestación y construcción de rompeolas y barreras de roca o arena, conforme se fueron conociendo, paulatinamente, sus efectos contradictorios, todo lo que antes se hacía de modo natural, automático y gratuito.

 

Multitud de edificaciones fueron destruidas o abandonadas. La especulación inmobiliaria fue sustituida por una brusca bajada de los precios, que se expandió por todos los Estados Unidos. Al tiempo, la anterior subida de precios inmobiliarios y tipos de interés había producido impagos de hipotecas, ejecución de títulos hipotecarios y quiebras de entidades financieras. La subasta judicial de inmuebles colaboró en la bajada de los precios, lo que produjo el pánico de los especuladores, que se apresuraron a vender, cerrando el círculo vicioso. Por otro lado los pactos hipotecarios contenían una cláusula que permitía a los acreedores a exigir el pago anticipado de parte de la deuda, o la alternativa pignoración de garantías adicionales, si bajaba el precio del inmueble. En caso contrario, que es lo que ocurre con las economías de los trabajadores llevadas al límite, el título hipotecario se ponía automáticamente en ejecución. Lo cual agravaba el círculo vicioso de edificios subastados, descenso de los precios, contracción de la demanda hipotecaria e inmobiliaria, aumento de la demanda y rentas de las viviendas en alquiler, y generalización de la crisis. Las cotizaciones en bolsa de las empresas inmobiliarias, constructoras, turísticas y financieras cayeron, en línea con sus situaciones reales y expectativas. Al tiempo los especuladores se salían del mercado inmobiliario, disminuyendo aún más los precios, y se producía exceso de liquidez improductiva. Mientras que las cotizaciones de otros tipos de industrias, por ejemplo la automovilística, la cinematográfica, de telecomunicaciones, aeronáutica, o eléctrica se elevaban. Se produjo, por tanto, un trasvase de capitales entre unas actividades y otras. Las cotizaciones se elevaron de modo increíble. Se crearon ilusiones de grandes fortunas, con base meramente especulativa, sin fundamento en valoraciones sólidas.

 

Los medios de información masiva, tratando de hacer olvidar a los ciudadanos las tragedias de los desahucios, la pérdida de los ahorros familiares de una o más generaciones, hicieron campaña publicitaria de la facilidad con lo que podían conseguirse riquezas y las bondades del capitalismo. Las entidades financieras, ante el desplome hipotecario, encontraron un mercado sustitutivo: la financiación de la inversión bolsística, con la garantía del depósito de las propias acciones compradas. Todo lo cual cerraba el círculo vicioso de la fabulosa elevación de las cotizaciones, atrayendo a nuevos ilusos. Todo se iba preparando para la Gran Depresión de 1929. En 1924 Ramón Franco recibió la medalla militar por su actuación como piloto en Marruecos. Posiblemente era un intento de Primo de Rivera de sondear el ambiente en España respecto de llevar a cabo el desembarco en Alhucemas, y de incumplir las injustas recomendaciones del Consejo Supremo de Guerra y Marina, contrarias a que hubiese concesiones de recompensas, en el entorno del “expediente Picasso”.

 

En 1926, el comandante Ramón Franco organizó el vuelo del hidroavión “Plus Ultra”, junto con el capitán Julio Ruiz de Alda (futuro fascista, que acabaría fusilado en Madrid, durante la guerra “civil”) como copiloto, el Teniente de navío Juan Manuel Durán, que actuó como operador de transmisiones de radiofrecuencia y del radiogoniómetro (localizador de la dirección de un emisor de radiofrecuencia, un radiofaro, radiobrújula o radiocompass; dos importantes innovaciones técnicas incorporadas a este Dornier Wal, “Ballena” en alemán, a diferencia de la mayoría de los aviones de su época e incluso posteriores) y como navegante de vuelo, mediante medición del azimut y altura de las estrellas respecto del horizonte, innovaciones que utilizarían los bombarderos de larga distancia durante la II Guerra Mundial, y aún hoy usan sistemas semejantes algunos cohetes balísticos intercontinentales o de largo alcance, y el mecánico Pablo Rada, que se vería implicado en un robo que lo llevó a la cárcel. Fue precursor del vuelo sin escalas, transmisores de radiofrecuencias ni flotadores para amerizaje, del estadounidense Lindbergh, por la más corta ruta, aunque debía salvar mayor extensión marítima, del Atlántico Norte. Sin embargo en 1922 habían realizado un trayecto parecido los portugueses Gago Coutinho y Sacadura Cabral, por lo que carecía del mérito de la primicia. Siguió el vuelo por etapas La Rábida-Islas de Cabo Verde-Brasil-Montevideo-Ciudad de la Virgen de los Buenos Aires. Al ser hidroavión podía posarse en el mar. Un buque realizó previamente el viaje arrojando bidones de gasolina en lugares convenidos, por si fuese necesario efectuar repostajes intermedios, lo que no se especificó si habían llegado a realizarse. De cualquier forma no estaba exento de riesgos y aventura, aunque en menor medida de lo que se fabuló.

 

Primo de Rivera lo utilizó para promocionar la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929. España había reaccionado muy mal a la independencia de sus colonias, bastante estúpidamente. Cortó con ellas casi todo tipo de relaciones, excepto la emigración de los españoles que no encontraban medios de subsistencia en nuestro país. Es cierto que las dificultades políticas, navales y económicas durante el tormentoso siglo XIXº no permitieron otra cosa. Primo de Rivera comprendió que la estrategia más inteligente era la británica, de continuar el intercambio económico con los que ya no podía dominar militarmente, consiguiendo su porción de beneficios en el comercio desigual entre el núcleo de países desarrollados, productores de bienes industriales y de consumo, y los subdesarrollados, productores de materias primas y agroalimentarios. Lo mismo que continúan haciendo con España los países más desarrollados. Es lo que, posteriormente, se conoció como neocolonialismo. Igualmente había habido un olvido total del país vecino desde su independencia, con el que sólo nos relacionábamos para enfrentarnos militarmente. Primo de Rivera utilizó la Exposición Iberoamericana, y los golpes de Estado, que acercaban ideológicamente todas las dictaduras, para superar tales errores. Las publicaciones periódicas prepararon el ambiente publicitario. Pero la reacción popular fue entusiasta y totalmente desproporcionada. En Sudamérica las multitudes volvieron a vitorear a la Madre Patria, aunque dicha denominación tiene habitualmente un sentido ofensivo en tales países, pues consideran elíptico “puta madre”, por lo que siempre usan el familiar “mamá”. En España se recibió a la tripulación como héroes, lo que posiblemente despertó la envidia de Francisco Franco.

 

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