La dictadura de Primo de Rivera

 

Quizás entre las motivaciones del Marqués de Estella (Primo de Rivera) para dar el golpe de Estado, estuviese cierta envidia de su hermano menor, Fernando, considerado un héroe en medio del desastre de la fuga de el-Annual. En su época fue considerado un imitador de Mussolini, aunque, posteriormente, todo el mundo exacerbó las diferencias. Actuó como un dictador militar, conservador, sin ninguna de las “innovaciones” fascistas. Se repite que reprodujo el “viejo estilo” de los dictadores decimonónico. Creo que son demasiados lugares comunes con los que discrepo. En realidad sí fue innovador, aunque no en el sentido fascista. El fascismo se basaba en una organización política, pretendidamente revolucionaria, que había fracasado en los confrontaciones electorales, como fracasaría Falange Española, pero en la que Mussolini se apoyó para conseguir que el rey de Italia lo nombrar Primer Ministro. Miguel Primo de Rivera no contaba con tal organización política, así que tuvo que apoyarse en el ejército. Igual que harían los golpistas contra la II República y la transición a la democracia españolas. Cuando trató de conseguir tal apoyo político no pudo acudir a ningún engaño pseudorrevolucionario: ya era tarde para eso, gobernada la nación y había iniciado su “cruzada” contra el sindicalismo anarquista. De modo que sólo pudo contar con sectores propiamente conservadores. En todo ello estriba su diferenciación con el fascismo. Sin embargo los dictadores militares decimonónicos eran liberales. Los conservadores contaban con el apoyo de los monarcas y la aristocracia, por lo que no necesitaban fraguar golpes de Estado ni el apoyo del ejército. Me parece improcedente la comparación con el pasado. Primo de Rivera fue un antecesor, por desgracia para toda la Humanidad, de los golpistas dictadores militares de las repúblicas bananeras hispanoamericanas.

 

Para mí lo más característico del fascismo no son los uniformes, la parafernalia, la teatralidad, la retórica. Sino el engaño, la mentira, la falsía, la ambigüedad, la falta de escrúpulos, la deshonestidad, el deshonor, la violencia y el desprecio por el derecho y la justicia. Y todo ello es aplicable a Primo de Rivera. Hizo estandarte de sus antecedentes, personales y familiares, liberales. Como Capitán General de Cataluña había mantenido excelentes relaciones con las clases dirigentes de la región ¿Se puede considerar con ello que imitó el comportamiento de Franco en Oviedo, que le había resultado tan beneficioso para su futuro político-militar? Dichas buenas relaciones se basaban, en parte, en un trato cordial (nuevamente resurge la comparación con Franco) con los regionalistas, que casi todos consideraron como simpatías, aunque (como Franco, respecto de las clases dirigentes asturianas) jamás se comprometió personalmente en la materia. Aunque tampoco le importaron los compromisos, pues no daba el menor valor a su palabra. Como han hecho siempre los Estados Unidos, que tratan a todo el mundo como hicieron con los indios: firman Tratados con todos, que sólo hacen cumplir en la parte que les beneficia, que siempre es la que antes entra en vigor, y nunca la que les pueda suponer obligaciones onerosas. Para eso es muy útil la estructura democrática, que permite denegar en Congreso o Senado, con suficiente demora, los acuerdos del Ejecutivo. Las buenas relaciones de Primo de Rivera con la alta burguesía catalana procedían, mayoritariamente, de la amistad con el gobernador “civil”, el General Martínez Anido, y su apoyo a su política de tolerar la violencia de las clases poderosas, el terrorismo antisindicalista de los ricos. Había hecho declaraciones contrarias a la presencia española en Marruecos, por lo que los sectores obreros, los que padecían los sacrificios de la guerra, supusieron que abandonaría el “protectorado”.

 

Pero era un “africanista”, por lo que “los suyos”, estaban convencidos de que descargaría la venganza que reclamaban. Estaba claro que no podía cumplir con todos. Es lo mismo que han hecho siempre los británicos. Por ejemplo, cuando prometieron a sionistas y palestinos una patria independiente, unida, en el mismo territorio, bajo su dominio exclusivo y excluyente, a cambio de su apoyo en la guerra contra el Imperio Otomano, lo que “resolverían” incumpliendo con ambos, si bien los sionistas habían entrenado una organización terrorista que convirtieron en el sustrato militar para adueñarse de todo el país, en sucesivas etapas. Primo de Rivera publicó un manifiesto inconcreto, ambiguo, pero que despertaba ilusiones reformistas, haciendo resurgir las aspiraciones regeneracionistas, que parecían muertas después de tantos años. Prometió renovar las estructuras políticas, especialmente el caciquismo, que, en un país mayoritariamente rural, suponía desvirtuar el sentido del voto popular. Liberales y hasta el propio PSOE consideraron que podían obtener réditos si permitían que llevase a cabo tal promesa. Y, sobretodo, hacerlo en muy breve plazo. Sólo pedía 90 días, “como una letra de cambio”. Engañaría a casi todos. Sólo el viejo conservador Antonio Maura comprendió las terribles consecuencias futuras de lo que se estaba fraguando, y protestó ante el rey por su apoyo al golpe de Estado. Las primeras medidas del Directorio (nótese la influencia bonapartista de la denominación, quizás tratando de escudarse en los antecedentes de las revoluciones liberales, sólo que…) Militar fueron extender el estado de guerra a toda España, suspendió las garantías constitucionales y disolvió cualquier representación democrática, como las diputaciones provinciales y los ayuntamientos.

 

Nombró militares como gobernadores “civiles”, siguiendo el ejemplo que los Gobiernos constitucionales habían dado con el nombramiento del General Martínez Anido, destituido de tal cargo en 1922 por su tolerancia respecto de los crímenes de la derecha, y al que Primo de Rivera responsabilizó del orden público en todo el país. De la misma forma se designaron militares para hacer las veces de alcaldes. Quizás fuera eso a lo que se refería José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia, hijo del dictador, como impregnar toda la vida de espíritu militar (que, por cierto, él no conocía directamente, puesto que nunca estuvo en el ejército) como principio inspirador de la Falange Española. Se propagó que España necesitaba un “cirujano de hierro” (es decir, sin sentimiento, un robot mecánico, acorazado frente a cualquier ataque que pretendiese detenerlo) para extirpar sus cánceres. Posteriormente se concretaría que el principal cáncer no era el caciquismo, contra el que no se hizo nada excepto acabar con la representación democrática, sino el anarquismo. Y un cáncer no es sujeto de derechos humanos ni “portador de valores eternos”, según la retórica falangista-franquista. Primo de Rivera y Orbaneja sabía que no tenía nada que temer de los conservadores, ni siquiera de los liberales, a los que pensaba deslumbrar con su exterminio de anarquistas. Pero le preocupaba la respuesta de las organizaciones obreras, especialmente la UGT. Aplicó el aforismo romano de “divide y vencerás”. Necesitaba un negociador político suficientemente fácil de convencer. Y lo encontró en Julián Besteiro, un tránsfuga del Partido Republicano Radical, de cuyo radicalismo y catalanismo terminó abominando. Era de los pocos dirigentes del PSOE que no permanecía encarcelado por la huelga general de 1917: como se consideraba a sí mismo un intelectual, y una buena persona, nunca tuvo el menor contacto con sindicatos.

 

Primo de Rivera propuso la aquiescencia del PSOE a la prohibición, temporal, por supuesto, de todos los partidos políticos y de la CNT, la reforma del Senado, sustituyendo a parte de la representación aristocrática de los Grandes de España por una representación sindical (al estilo corporativista que estaban teorizando los fascistas italianos, la cual, a su vez, tenía inspiración en los soviet) que, prohibida la CNT, no podía ser otra que la UGT, así como instaurar el voto femenino. En los países en que éste se había implantado se demostró que se tendencia era mucho más conservadora, aunque no radical, moderada, que el voto masculino, por lo que se presentaba como una barrera democrática a la revolución que pudiese salir de las urnas. A amplios sectores del PSOE les gustó la idea. Los revolucionarios se habían ido pasando al Partido Comunista, y era la corriente más socialdemócrata la que dominaba en el PSOE. El análisis que hacían es que, en tales condiciones, UGT terminaría encuadrando a la inmensa mayoría de trabajadores y, al reinstaurarse la democracia, supondría la transferencia de millones de votos, hasta entonces perdidos en la abstención, hacia el PSOE. Era el cuento de la lechera en político, pero que, en parte, se cumplió. A cambio se excarcelaría a sus dirigentes. No se sabe si se consultó a éstos, pero sí que Largo Caballero, que siempre había admirado a los anarquistas, su valor, entrega, honestidad y espíritu revolucionario, aunque discrepara de sus métodos, su falta de perspectivas, de objetivos concretos y de futuro, su apoliticismo, y veía que se trataba de una alternativa obsoleta, tendente a su desaparición, no expresaría la menor oposición. De todo ello no se puede concluir que el PSOE colaborase con la dictadura de Primo de Rivera, pero sí que tardó en reaccionar, que se dejó engañar por su ambigüedad, su pretendido regeneracionismo, hasta que decidió, junto con los liberales republicanistas, hacer causa común contra ella.

 

De todos los incumplimientos, falsedades, del dictador, además de los asesinatos de anarquistas, quizás lo que más unió a sus lentos, últimos, oponentes, fue la dilación del plazo temporal. El conservador José Calvo Sotelo había sido secretario personal de Antonio Maura. Participó en un proyecto de reforma del régimen local, que la represión de la huelga general de 1917 frustró, al provocar la caída del Gobierno de Maura. Junto con Severino Aznar formó parte de la corriente Democracia Cristiana entre los conservadores. Primo de Rivera le encargó proyectos de estatutos municipal y provincial, de carácter progresista, autonomista, pero que nunca fueron aplicados. Quizás porque su finalidad era puramente propagandística. O debido a las propias contradicciones de las ambigüedades de su manifiesto y de quienes corearon escritos expandiendo tales promesas. Confiados en ellas es posible que los regionalistas de la Lliga de Cambó se extralimitaran, para lo que los tiempos permitían, insistiendo en un paso más: la autonomía. No todo el ejército respaldaba a Primo de Rivera en dichas ambigüedades. La mayoría era contraria a todo tipo de regionalismo. Se había propagado que la insurrección anarquista de 1909, la “Semana Trágica”, que costó 75 vidas, era un acto separatista. La guarnición de Barcelona, mejor informada, se negó a reprimirla, por lo que se tuvieron que trasladar tropas de otras regiones, y dar un escarmiento ejemplar. Así que otra careta debió caer: se disolvió la Mancomunidad (de ayuntamientos y diputaciones provinciales) Catalana e incluso se prohibió el uso público del catalán. Con ello el regionalismo pactista cayó en el descrédito, y los catalanes volvieron sus ojos hacia el nacionalismo republicanista y separatista de Macià, quizás bastante fantoche, que imitaba las peligrosas demagogias de los radicales de Lerroux, lo que tendría terribles repercusiones para el futuro, hasta la actualidad.

 

Mientras tanto se inició la persecución de la ilegalizada CNT, con poca capacidad para coordinar una respuesta, ya que sus miembros más significativos estaban presos o en el exilio desde 1917. Se exacerbaron los fusilamientos por la espalda extrajudiciales (“leyes de fuga”) las detenciones ilegales y las torturas, puesto que el camino de la justicia no podía llegar a ninguna parte, por falta de pruebas y no poder, legalmente, dar carácter retroactivo a la ilegalización y criminalización de sus actividades, como sí haría Franco respecto de todos los demócratas y quienes hicieron uso de la legislación republicana, por ejemplo los padres que llevaron a sus hijos a sus escuelas o que se acogieron a la ley de divorcio. Primo de Rivera era lo suficientemente inteligente como para comprender que la represión no podía constituir la única forma de tratar a los trabajadores. Aprovechó una época de buenas cosechas para bajar notablemente el precio del pan. En 1892 se había celebrado en Chicago la Exposición Universal conmemorando el cuarto centenario del descubrimiento de América para los europeos, puesto que los indios ya lo habían descubierto antes. Lógicamente, como hacen los estadounidenses, fue una celebración italianizante. Y no les falta razón: Christobolo Colombo, Americo Vespucio (navegante del caribe, y del Brasil por cuenta de Portugal; el primero en argumentar, públicamente, que las nuevas costas descubiertas no coincidían con las indias) Giovanni Caboto (John Cabot para los ingleses) y su hijo Sebastian Cabot (exploradores, por cuenta de Gran Bretaña, de las costas que serían estadounidenses) y Giovanni da Verrazano (explorador, por cuenta de Francia, de las costas que serían canadienses) no pueden ignorarse. Pero Castilla hizo más que descubrir: inició una ruta comercial, por la que, como por todas, circuló la economía, la cultura, la biología, la demografía, la política, configurando el mundo global que hoy reconocemos.

 

El obispado de Huelva consideró que el menosprecio de la aportación castellana era insufrible, y organizó una serie de actos conmemorativos, que aprovechó para propagar su monasterio de La Rábida (en árabe al-Rabit, convento fortificado en medio del desierto) o rápita, que había sido restaurado y remozado, y postular su carácter directivo en la expedición a las indias, relegando a los de Guadalupe (cuya virgen tiene carácter patronal en Hispanoamérica) y la Cartuja (Chartroux) de Sevilla. Tal propaganda subsiste hoy en día, y ni siquiera la Exposición Universal de 1992 fue capaz de convencer de que la expedición partió de Sevilla, donde se fletó la nao capitana, al mando del que sería Gran Almirante de la Mar Océano si cumplía sus objetivos descubridores, y de que, si bien en el puerto de Palos, entonces perteneciente al municipio de Moguer, se reunió a las carabelas Pinta y Niña, aportadas como multa impuesta a sus marinos por no haber respetado los límites de navegación a las Canarias, pactados en su momento con Portugal, sólo fue una escala intermedia, ya que el último puerto español, antes de la exploración en descubierta, lugar del aprovisionamiento definitivo, fue en la isla del Hierro, impuesto por Colón, ya que era amante de la esposa de su gobernador. En los tres monasterios residían confesores de la reina Isabel, que mantenían con ella correspondencia privada habitual. Los tres estaban cercanos a la frontera de Portugal, especialmente el de Guadalupe, donde solían veranear los Reyes Católicos. Todo esto aboga la teoría de que Colombo, castellanizado Colón, era un espía que robaba los planos secretos portugueses, que debieron servir para la conquista de las Canarias.

 

Y también sus “errores” (¿no lo haría a conciencia, ya que nadie tendría interés en realizar semejante viaje si no había el aliciente de las minas de oro y rubíes hindúes, a un Continente incógnito para los europeos?) de cálculo, sin los cuales, como demostró la comisión castellana de geógrafos, que hizo a Fernando de Aragón apartarse de un proyecto que consideró suicida e ilusorio, era imposible surcar el Oikianos (“Mar Circular” para los griegos, para los que creían que el mundo era plano y en él sólo estaban Europa, Asia y Africa) con suficiente provisión de agua: confundir las leguas portuguesas con las árabes, de distinta medida, y dividir por dos las distancias, método secreto portugués para interpretar sus mapas de nuevos descubrimientos, que las duplicaban, para desincentivar y extraviar a quienes los robaran. La Magna Hispalensis, como se denominó el proyecto megalómano de la catedral de Sevilla, no podía estar construida enteramente en piedra: sus contrafuertes no habrían soportado tanto peso. Así que, entre los revestimientos interior y exterior, empareda tierra prensada. Unas filtraciones desmoronaron ésta hasta que una de las arcadas de la Puerta del Príncipe, se derrumbó. El arzobispado de Sevilla, en 1893, a imitación del de Huelva, y quizás como reivindicación, pero, desde luego, para recaudar fondos para la reconstrucción, cuyo distinto color aún se aprecia, organizó otra exposición sobre el viaje colombino. En la Exposición Universal de 1992, la Magna Hispalensis volvió a presentar alguno de dichos materiales, documentos y obras de arte. Así, tardía y lentamente, como solemos hacer los sevillanos, surgió la idea de hacer, después de Chicago, lo que se debió hacer antes. El primer intento fue frustrado por la guerra de Cuba. Se repitió en 1911, pero la I Guerra Mundial lo impidió. Finalmente Primo de Rivera lo llevó a término, aunque sólo como Exposición Iberoamericana.

 

Fue una obra que aportó trabajo y removió la economía alicaída de la Provincia. Pero despertó la envidia, injustificada de Barcelona, por lo que hubo que darle, quizás para intentar compensar a los regionalistas, una Exposición Internacional. También allí aportó trabajo y renovación de la ciudad, que no necesitaba ningún estímulo. Pero dividió por dos la recaudación prevista. Lo mismo ocurriría con la Exposición de 1992, que hubo que simultanear con la Olimpiada de Barcelona. O cuando Sevilla solicitó otra Olimpiada, que chocó con la oposición del socio de Gobierno de Aznar, Convergencia y Unión Democráticas de Cataluña, por Cataluña y sólo para Cataluña. Finalmente Alvarez del Manzano, el alcalde jienense de Madrid, antes de ser defenestrado por Aznar, para buscarle un humillante escarmiento al díscolo Ruiz Gallardón, para que no le hiciera sombra al favorito Rajoy, como antes había hecho con Arenas, Mayor Oreja, Carlos Iturgaiz o Piqué, le regaló la solicitud, arrebatándosela a Sevilla. Consecuencia lógica: ni para uno ni para otro. Más inteligente, Ruiz Gallardón, ni siquiera volvió a apostar por ello, a invertir fondos para que los del Comité Olímpico le tomasen el pelo y las corruptas comisiones necesarias. La Gran Depresión de 1929 acabaría con las ilusiones faraónicas y, simultáneamente, con la dictadura. Sevilla estuvo pagando un impuesto especial hasta poco antes de la Exposición Universal de 1992, para compensar las pérdidas. Pero ni con ello lo logró: el Estado debió aportar los restos para que todos los fondos disponibles de la provincia pudieran dedicarse al evento en preparación. No sólo exposiciones promocionó Primo de Rivera. Su plan de carreteras, construcción de viviendas de bajo coste, remodelación del puerto de Sevilla, embalses hidráulicos, fueron obras de gran envergadura, que crearon multitud de puestos de trabajo.

 

Algunos historiadores llaman la atención sobre la publicación de la Teoría General (imitando el título de la Teoría General de la Relatividad, de Einstein) sobre la Renta, el Interés y el Dinero, de Keynes, está basada en el New Deal (nuevo trato, comercio, contrato, pacto, alianza, testamento, entrecruzando alusiones sociales, comercial y bíblicas) rooseveltiano, olvidando que, en 1913 (coincidente con los primeros estudios sobre la teoría especial de la relatividad, de Einstein) ya había publicado sus comentarios sobre la etapa en que fue funcionario del virreinato de la India. En dicho texto ya figuran sus conclusiones de incentivar la producción, invertir fondos, para superar la depresión económica. Todo lo contrario de lo que hoy se hace, de lo que se hizo en su momento en Gran Bretaña, Francia, Alemania y Estados Unidos, preparando la llegada de la II Guerra Mundial. Y también que, antes de Roosevelt, aunque con distinto entramado ideológico, ya habían realizado políticas antidepresivas de obras públicas Mussolini y Primo de Rivera. La única medida llevada a cabo, que podría considerarse como algo regeneracionista, fue la investigación de las actuaciones de las instituciones políticas democráticas, descubriendo algunos casos de corrupción. Lógicamente también había en ello una intencionalidad de descrédito contra la democracia, de justificar e incluso perpetuar la dictadura. También fueron militares los encargados de dicha investigación, lo que anulaba cualquier idea de justicia, sino de la represión, de los comportamientos inquisitoriales. La consecuencia fue la huida del país o el encarcelamiento de muchos cargos públicos. Más que regeneracionismo era la recuperación de las dos Españas, que había impedido un desarrollo más o menos continuado del liberalismo y el progresismo en la Historia de la Democracia en España, especialmente en el siglo que va desde el comienzo de la Ilustración hasta la etapa más tolerante e integracionista del canovismo, a finales del XIXº, cuando parecía que la persecución de las ideas políticas, excepto la anarquista, se había superado.

 

A partir de tales hechos se justificaría la investigación de las responsabilidades políticas contra algunos de los colaboradores de la dictadura, durante la república, y la Ley de Responsabilidades Políticas, franquista, con efectos retroactivos, que llevó ante tribunales, militares, por supuesto, y a sus correspondientes pelotones de fusilamientos por sospecharse de su pensamiento político o asumir cargos públicos, absolutamente legales, durante el periodo democrático. Aunque algunos de los citados delegados gubernativos militares pudieron ser bienintencionados, y dirigir sus pesquisas para acabar con la corrupción caciquil, su excesivo poder, la ausencia de control democrático o ninguna otra forma de rendición de cuentas, hizo que, al final, la mayoría de ellos se hicieran nuevos caciques, militares, de poder omnímodo, más peligrosos aún que sus antecesores. Sobretodo desde que la dictadura decidió crear su propio partido político, para perpetuarse en el poder, y utilizar todos los recursos a su alcance para su expansión, en contra de la oposición que tal hecho originó. Es lo mismo que haría Franco con su partido político único, Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalistas, en las que integró a antiguos falangistas, requetés, militares y funcionarios públicos designados por él mismo o sus subalternos, de forma obligatoria para continuar en sus cargos. Continuando con su simplista método del palo y la zanahoria, simultáneamente a la persecución de anarquistas, se instauraron Tribunales Industriales, formados por un juez y representación igualitaria de empresarios y trabajadores, que serían el germen de los Jurados Mixtos republicanos, en los que el juez carecía de voto. La intención era reconducir el sindicalismo hacia actitudes dialogantes.

 

Los empresarios contaban con que la representación “obrera” estuviese copada por “sus” Sindicatos “Libres” o los “amarillos” (vaticanistas) Sindicatos Católicos. Pero los perseguidos anarquistas, a pesar de todo, preferían a la UGT en tales puestos, por lo que salió doblemente favorecida. Las decisiones de tales tribunales parecían decididas por la tradicional unión de los empresarios en defensa consciente de sus intereses de clase, en contra de la falta de concienciación de los obreros, y sus continuas disputas sobre métodos, así como la opción de comprar el voto de los hambrientos, además del impar del juez. Sin embargo la dictadura, en su línea de estimular un sindicalismo de menor confrontación, aconsejó magnanimidad en las decisiones, única forma de evitar apoyos a los perseguidos anarquistas. Si semejante comportamiento se hubiese llevado a la práctica en los cincuenta años anteriores no habría sido necesario el exterminio del anarquismo. Pero lo decisivo fue que, contra todo pronóstico, los jueces comenzaron a ver a los trabajadores como sujetos de derecho dignos de justicia, y no como presuntos revolucionarios que se enfrentaban al poder empresarial delegado por Dios, y el derecho laboral como una materia autónoma, digna de estudio y teorización, como la que se estaba produciendo en Italia, tanto por juristas fascistas como socialistas, y no una mera propaganda antirrevolucionaria. Sobretodo desde que los delegados gubernativos comenzaron a acusar a los jueces de colaboración con la corruptela caciquil, lo que, en muchos casos, era cierto, y a presionarles para que, con sus decisiones, apoyaran su política represiva respecto del anarquismo, intentando acabar con cualquier independencia judicial, lo que produjo una reacción en sentido contrario. Con todo ello se alcanzaron notables éxitos jurídicos, lo que reforzó nuevamente a la UGT.

 

El culmen de esta intencionalidad de estimular el colaboracionismo sindical fue la creación del Consejo Superior de Trabajo, de corte manifiestamente corporativo, en el que Largo Caballero aceptó a formar parte del Consejo de Estado, con la oposición del pro-liberal Indalecio Prieto. Entre estos dos hombres se estaba creando una enemistad personal que iba a tener graves repercusiones para la futura democracia en España durante la república. En 1924 el General Mustafá Kemal Pachá abolió el sultanato otomano, convirtiendo a Turquía en república. Enfrentado al apoyo religioso a la familia del sultán, estableció una Constitución absolutamente laica, cuyos fundamentos aún se conservan, y la libertad y tolerancia de todas las religiones. Comprendió que el mantenimiento de sus territorios europeos, más allá de las sucesivas derrotas a las intentonas griegas, estribaba en la radical y permanente europeización del país. Así prohibió el uso de caracteres árabes en la escritura, siendo sustituidos por el alfabeto latino, lo cual precisó un estudio lingüístico, en el que se utilizó, sobretodo, los avances y antecedentes ingleses en la materia. Prohibió el uso del fez y el velo (antecedente de lo que haría el Gobierno progresista de la República de Afganistán, el único, hasta ahora, que se ha atrevido a prohibir el Gorka, lo que sería utilizado por Reagan para estimular un golpe de Estado militar, cuyo fracaso produciría una cruenta guerra civil en la que los republicanos sólo pudieron contar con el apoyo soviético, como ocurrió con la II República Española) y obligó a utiliza ropajes a la europea, como más tarde haría el Cha de Persia, con la consecuencia de la “revolución” de al-Yomeiní. Sustituyó el uso tradicional del nombre del padre, de la tribu o ciudad de procedencia, por un apellido que, en principio fue de libre elección. El Parlamento le otorgó a él el de Atatürk, que significa “Padre (o antecesor) de los turcos”.

 

Si Abd-el-Krim fue el precursor de los revolucionarios pro-socialistas norteafricanos (Ben-Bela, Bumedián, al-Gaddafí) Atatürk lo sería, curiosamente, de los nacionalistas árabes, como Nasser o Saddam Jusseín. Mussolini, con la idea puesta en la creación de un imperio italiano, y aún recordando los importantes sobornos recibidos de Francia para que publicara en Avanti!, el órgano periodístico socialista, en contra de la línea política aprobada por el Partido, artículos defendiendo la participación italiana en la I Guerra Mundial, del lado de Francia, para conquistar los territorios reivindicados a Austria, apoyó decididamente la ocupación franco-belga de la cuenca del Ruhr. A continuación firmó en Lausana el Tratado de Paz con Turquía, aún pendiente (en realidad la declaración de guerra a la aliada de Alemania y Austro-Hungría no había tenido efectos, ya que Italia necesitó la ayuda anglo-francesa para derrotar a sus vecinos del norte)  por el cual los italianos consolidaron la conquista del Dodecaneso de 1912, como consecuencia de la confrontación italo-turca, por la negativa del sultán a acepar el hecho consumado de la anexión italiana de Libia. Dentro de esta estrategia imperialista, Italia se inmiscuyó en el conflicto greco-albanés, enviando una misión militar para delimitar la frontera entre ambos países. Esta cayó en una emboscada, en la que perecieron un general y varios oficiales y personal auxiliar. Aunque nunca se conocieron los autores, como el hecho se produjo en territorio griego, Mussolini remitió un ultimátum aviso, copia casi exacta del remitido por Austria a Servia, tras el asesinato del archiduque Francisco Fernando, en Sarajevo, que dio origen a la I Guerra Mundial, y que incluía la petición de 50.000.000 de liras de indemnización.

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