El ascenso del fascismo

 

 

            Desde finales del siglo decimonono se comenzaron a organizar Partidos que defendían los intereses del campesinado ruso. Uno de estos Partidos terminó comprendiendo que su base social no era suficientemente activa como para conseguir la toma del poder, que debía basarse en un acto de violencia, ya que no existían las vías democráticas para ello. Así, buscando el apoyo de los sectores obreros urbanos de tendencia revolucionaria, se funda en 1901 el Partido Social-Revolucionario, situado entre las alas menchevique y bolchevique del Partido Socialdemócrata. Contó con una organización terrorista, en la que se había infiltrado un ambicioso agente de la cruelísima policía secreta zarista, que no tenía escrúpulos en organizar asesinatos, como el del Ministro del Interior o el gobernador de Ufa, o sus superiores en la policía, al tiempo que delataba a sus superiores en la organización terrorista, escalando puestos en ambas organizaciones, hasta convertirse en el máximo dirigente de la terrorista. En realidad ambas eran terroristas, una prozarista y otra antizarista. El social-revolucionario Kerensky, anterior miembro de la Duma por un partido laborista, en 1917 era vicedirector del Soviet de Piotrgrad. Se integró en el Gobierno liberal tras la revolución de febrero, llegando a presidirlo en el mes de julio. En agosto tuvo que pedir ayuda a la Guardia Roja bolchevique y repartir armas a los trabajadores (que acabarían colaborando y utilizándolas con la revolución de Octubre) para hacer frente al golpe de Estado de su Comandante en Jefe del ejército, el cosaco kazajo General Kornilov. Convocó elecciones constituyentes para el 12 de noviembre de 1917, que Lenin consideró que consolidarían la situación, por lo que forzó, con la oposición de Trotsky (durante toda una noche, hasta que fue convencido) que la revolución debía realizarse antes, o se perdería la oportunidad.

 

    Tras la revolución las votaciones no se suspendieron, sino que se celebraron como si nada hubiese ocurrido. El Partido Social-Revolucionario hizo bandera de su apuesta democratizadora, prometiendo la victoria sobre los alemanes, la recuperación de los territorios conquistados por éstos, y la socialización de la tierra, que los campesinos interpretaron que significaba reparto de la propiedad entre los trabajadores, con lo que consiguieron el 40% de los votos y 410 escaños. El Partido Comunista ofrecía la paz de inmediato, a cualquier precio, incluso cediendo a los alemanes los territorios que habían invadido, y la revolución comunista, que incluía la estatalización de la tierra, lo que no gustó nada a lo campesinos, la mayoría del país, ya que interpretaron que eso significaría la expulsión de los campos que habían estado trabajando, en su mayor parte propiedad de aristócratas. Así que sólo consiguieron el 25% de los votos, que, con un sistema electoral sesgado a la mayoría (así es el que actualmente existe en España) sólo supusieron 168 escaños. En
tales condiciones
no era posible que continuara gobernando, implantara su propio programa, y tomase medidas radicales para evitar la disolución completa del arruinado Estado del que se había hecho cargo. El 28 de noviembre las fábricas se pusieron bajo el control de los obreros. El 14 de diciembre se nacionalizaron los Bancos, confiscando las cuentas privadas. El 17 se confiscaron los bienes eclesiásticos y se prohibió la enseñanza religiosa, lo que supuso el odio mortal de minúscula la Iglesia Católica, si bien la Ortodoxa, tradicionalmente favorecedora de los pobres y proclive a las demandas obreras, por lo que había sido perseguida y reprimida por el zarismo, consideró justificables en principio ambas medidas, aunque, cuando los “rusos blancos” enarbolaron la tradición, la religión, y la obediencia al zar, se pasaron a su bando.

 

    El 17 de enero de 1918 se constituyó la Asamblea según los anteriores resultados electores. El Partido Comunista formó un Gobierno de coalición con el ala izquierda, disconforme con la contemporización de Kerensky con las potencias aliadas y los intereses de la burguesía, de los social-revolucionarios, quienes aceptaron el predominio de los comunistas. Este, que esperaba recuperar el poder tras la victoria electoral, convenió al resto de sus correligionarios y demás partidos políticos, para que votasen a favor de su propia investidura. Al día siguiente, el Gobierno disolvió la Asamblea. Declaró que, siguiendo las “tesis de abril” del año anterior, el poder legislativo correspondería a los soviet, en los que no estaban representados los Partidos de centro y de derecha, participaban los sindicatos, y los comunistas contaban con la mayoría y el apoyo de los anarquistas, que, por principio, no se presentaban a las elecciones, pero que colaboraban lealmente en la revolución.

 El país cayó en la guerra civil, a la que se sumó el ala derecha de los social-revolucionarios, empleando métodos terroristas. Se prohibió la actividad de todos los Partidos de centro y derecha, que se sospechaba que estaban colaborando con la contrarrevolución. El ala izquierda derecha socialrevolucionaria acabó integrándose en ella, por lo que también fue perseguida, excepto la minoría que se pasó al Partido Comunista. Por ello la social-revolucionaria Fanya Kaplan intentaría asesinar a Lenin, lo que aumentó el radicalismo de éste. Kerensky se opuso tanto a los comunistas como a los “rusos blancos”. Sin embargo, tras la invasión de la Unión Soviética por Alemania, se ofreció para colaborar con Stalin, que no le respondió. Así que, desde Estados Unidos, realizó transmisiones radiofónicas en apoyo de la “guerra patriótica”.

 

    Se declaró la deuda nacional responsabilidad económica del zar, eximiéndose el Estado del pago de la misma, lo que supuso el odio de todas las potencias extranjeras (reforzado por el compromiso, que se cumpliría, de abandonar a los aliados, firmando la paz por separado con Alemania) se nacionalizó la tierra y las empresas, lo que supuso el odio de todos los capitalistas sin excepción, aunque más tarde, dada la catastrófica situación económica de la guerra civil, se dio marcha atrás, parcialmente, mediante la Nueva Economía Política, que atrajo las simpatías de los burgueses. Sin embargo, tras multiplicar sus fortunas explotando a los trabajadores, terminaron apoyando a los “rusos blancos”, especialmente los kulaki (que en ruso significa “chivato”, tal vez en el sentido de “avaro”) que habían conseguido la propiedad o arrendamiento de tierras expropiadas los aristócratas. La guerra civil, con la colaboración extranjera, tomaba tintes calamitosos. Antes de que la familia real cayera en manos de los “rusos blancos”, lo que podría suponer un terrible golpe de efecto para sus pretensiones contrarrevolucionarias, reinstaurando a los Romanov, estos fueron asesinados a disparos de pistola, llevados a los sótanos del palacio donde permanecían encerrados, en los montes Urales, bajo la excusa de que iban a fotografiarlos para demostrar que seguían vivos y sanos. Cuatro días después se aprobó la Constitución de la República Federativa Socialista Asamblearia de Rusia, que instituía el Soviet Supremo como órgano de representación de la soberanía popular. Moldavia y Ucrania se declararon independientes. Lenin consideró que ya era bastante problema vencer en la guerra civil, por lo que se renunció a su reconquista, estableciendo el principio de autodeterminación de los pueblos. 

 

    Sin embargo Alemania aprovechó para conquistarlas, con la pretensión de continuar con Finlandia. Tras el fin de la I Guerra Mundial, Francia y Gran Bretaña adjudicaron al Estado reinstaurado de Polonia las anexiones alemanas en el Este, en castigo a los comunistas. Ante tales circunstancias, Trotsky decretó el servicio militar obligatorio, reclutó a 48.000 oficiales zaristas (lo que produjo el enfrentamiento con Stalin y las posteriores purgas del ejército) aunque los controló mediante 100.000 comisarios políticos, y, simultaneando la guerra civil, que comenzaba a controlarse, reconquistó a Polonia los Estados Bálticos (que debieron abandonarse ante la participación de un Cuerpo Expedicionario francés provisto de tanques, lo que supuso un grave fracaso de Trotsky ante la opinión pública) y Ucrania. Las penalidades que estaban sufriendo, el paulatino poder despótico, consecuencia de la guerra civil (es la “opción B” de la lucha contrarrevolucionaria: aplastar la revolución o, en su defecto, hacer que los pueblos sufran tanto que no se les ocurra imitarla; ya la llevaron a cabo contra la Revolución Francesa) y el comportamiento de los burgueses nepmen (“hombres de la Nueva Política Económica; este fenómeno también debe tenerse en cuenta para comprender el radicalismo comunista de Stalin) llevaron al enfrentamiento con los anarquistas, que se materializó en la insurrección de la base naval de Kronstadt. En tales circunstancias, enemistados con casi todos, y empezando a obtener destacadas victorias, no parecía tener sentido continuar permitiendo la “mediación”, el “asesoramiento” permanente de los menchevique, que trataban, ingenuamente, de recuperar las instituciones democráticas cuanto terminase, definitivamente, la guerra, las guerras. Así, que, simplemente, cuando se pusieron del lado de los anarquistas, también fueron ilegalizados, engrosando el bando de los “rusos blancos”, lo que exacerbó sus contradicciones (igual que su intento de integrar a los anarquistas) que ya les llevaban a la derrota.

 

    En 1922 las repúblicas de Rusia, Ucrania, Bielorrusia, Armenia, Gueorgia y Azerbaiyián, constituyeron la Союз Советских Социалистических Республик, en siglas СССР, transliterado Soyuz Sovétskij Sotsialistícheskij Respúblik, en siglas SSSR, o Unión de Repúblicas Socialistas Asamblearias. La situación en España estaba cambiando, aunque nadie parecía apercibirse de la importancia de los acontecimientos. Las mejoras sanitarias e higiénicas habían producido un descenso de la mortalidad, especialmente la infantil, parangonable a la conseguida en los países europeos más avanzados 50 años antes. La consecuencia fue un apreciable crecimiento demográfico, que originó una mayor demanda inmobiliaria y el crecimiento de la industria de construcción, lo que estimuló el abandono del campo y la emigración a las ciudades. Correlativamente el analfabetismo se había reducido en un 20% de la población. En esto influyeron los ateneos libertarios de los anarquistas, que, además de enseñar a leer, organizaban lecturas colectivas de las publicaciones periódicas. Con ello ofrecían un servicio de información a los analfabetos, cuando no existían emisoras de frecuencias radiales, noticiarios cinematográficos ni televisión. Además suponían practicar y corregir la lectura comprensiva, estimular el aprendizaje de la misma y, sobretodo, el análisis y debate de la actualidad política. Todo ello actividades realmente encomiables. La UGT trató de imitarlos creando lo que denominó Casas del Pueblo, que, además de enseñar a leer, ofrecían una dinamización cultural, aunque siempre desde una perspectiva más minoritaria, burguesa, diferenciando debates reservados a los dirigentes de actividades públicas menos formativas que propagandísticas, proselitistas, difusoras de líneas ideológicas o decisiones previamente adoptadas por la dirigencia. El tradicionalismo y la religiosidad, ligados a la ruralidad, decayeron.

 

    El aumento de la mano de obra también colaboraba al aumento del resto de industrias, a la proletarización, sindicalización y politización de amplios sectores. No obstante, el peso específico del anarquismo, y su tradicional llamada a la abstención, impedía la transformación democrática de la sociedad. También se habían desarrollado las clases medias, que, además, estaban cada vez más alejadas del turnismo oficial, que tampoco era capaz de llevar a cabo las reformas prometidas por el regeneracionismo, sucediéndose Gobiernos de coalición incapaces de adoptar políticas ilusionantes, faltos de dirigentes de adecuada perspicacia, de votos y de respaldo popular para realizar propuestas innovadoras, imposibles de materializar cuando se gobierna en coalición. Todo esto, añadido al nuevo desastre, el del Annual, conllevaba el retorno al pesimismo, a la impresión, no explicitada, de la vuelta al desastre de Cuba, aunque la amplitud de los acontecimientos no admitiese ninguna comparación. El resultado era la desconfianza en el sistema, y el replanteamiento del republicanismo como única salida posible. La suspensión de las consultas electorales durante la dictadura de Primo de Rivera hizo que toda esta transformación permaneciera oculta, de modo que el retorno a la democracia en 1931 produjese la insospechada sorpresa que iba a cambiar el curso del cansino avance hacia una democracia participativa, ilusionante, modernizadora del país. Sin embargo el miedo se seguía concentrando respecto de una revolución anarquista, o las simples exigencias sindicalistas. En Barcelona, la patronal, contrata pistoleros para sus “Sindicatos Libres”, cerrándose un círculo vicioso de violencia  y venganzas sucesivas. El nombramiento del General Martínez Anido como gobernador “civil” pudo estar relacionado, entre otras muchas causas (por ejemplo, el propio desastre del Annual) con el asesinato del Presidente del Gobierno, Eduardo Dato.

 

    Entre 1921 y 1923 fueron asesinadas 152 personas en Barcelona, entre ellas el abogado laboralista Francesc Layret y el popular dirigente anarcosindicalista Salvador Seguí, el noi del sucre. Parecido ambiente existía en Zaragoza, donde fueron asesinados dos funcionarios municipales, el arquitecto municipal y el cardenal Soldevilla. Socialistas y anarquistas se fueron integrando en el nuevo Partido Comunista, siguiendo el llamamiento de Andreu Nin, lo cual debilita al PSOE como alternativa de poder. En Andalucía la revuelta campesina ya duraba tres años. Si comenzó con peticiones sindicales, como las salariales, el fin del destajismo o el reconocimiento de los sindicatos del campo, integró la petición de tierras municipales y estatales para su cultivo, acabando por un mimetismo de la revolución bolchevique que iba a ser característico de España veinte años, hasta el punto de aparecer pintadas de “¡Vivan los soviets!” en los cortijos, aunque no supiesen en realidad lo que tal palabra significaba. En Italia la situación no era mejor. El Partido Socialista se debatía entre su ala moderada, del más bajo nivel de socialdemocracia, equiparable a la situación actual de tales Partidos, que defienden políticas absolutamente derechizadas, especialmente en asuntos económicos y sociales, la empresa privada y el ¿neo?liberalismo, y una exigente ala radical, en la que había militado Mussolini. Se dice que este comenzó a apartarse de sus correligionarios cuando recibió sobornos para que escribiese artículos periodísticos en Avanti, el órgano oficial de los socialistas, a cuyo Consejo de Redacción pertenecía, favorables a la entrada de Italia en guerra al lado de los aliados.

 

En tales circunstancias la estrategia del P.S.I. de permitir la caída de los sucesivos Gobiernos, esperando un incremento de apoyos populares que lo llevara al poder, quizás un Gobierno de coalición, como el que dirigió Gran Bretaña durante la I Guerra Mundial, eran poco realistas. Efectivamente, en 1921 Gramsci acabó escindiéndolo: fundó el Partido Comunista Italiano, al que se trasvasó buena parte de dicha ala radical. Mussolini vió su oportunidad y dio un giro inesperado a su política, derechizándola absolutamente. Rechazó el anticlericalismo,  manifestó su respeto hacia la tradición católica, tendiendo puentes hacia el Partido Popular, fundado por el sacerdote Luigi Sturzo en 1919, al tiempo que abandonaba el republicanismo y se convertía en apoyo del monarca. Mientras asustaba al infraproletariado y a la burguesía con el peligro que representaba el Partido Comunista, con sólo 16 parlamentarios, y la agitación obrera, que el año anterior había apoyado, incluso las ocupaciones de fábricas, cuando el Gobierno se vio obligado a una subida de impuestos para reorganizar la economía, y constituyó el Partido Nacional Fascista, dando estructura y, sobretodo, disciplina, obediencia a sus decisiones personales (se autodenominó Duce, es decir, conductor, guía, dux o juez, regidor, duque o jefe militar, caudillo) al movimiento de los fasci, integrando a las violentas “escuadras de castigo” y sus dirigentes camorristas. Se teorizó sobre la función social de la propiedad privada, su deseo de ocupar a corto plazo el poder, aunque no contasen con el apoyo parlamentario suficiente, el Estado nacional-sindicalista, integrando una representación de los trabajadores en el Parlamento, basado indiscutiblemente en la experiencia soviética, y el “socialismo nacional”, es decir, opuesto al internacionalismo proletario.

 

Por aquel tiempo en la República Socialista Federativa Asamblearia Rusa se planteaba la polémica sobre el método más efectivo de defender la revolución: si hacerla mundial, como defendía Trotsky, o concentrarse en consolidar la que estaba en marcha. Marx había teorizado que sólo podría triunfar, definitivamente, el socialismo, si alcanzaba al nivel mundial, aunque también defendía que había que llegar a ella por etapas, país por país. Así que ambos partidarios podían basar en análisis marxistas sus posiciones. A Lenin le pareció un terreno sumamente peligroso para pronunciarse, además de que ya estaba bastante enfermo (padecía apoplejía paralizante) como para continuar sus aportaciones teóricas durante su implicación en el Gobierno. De modo que encargó a Stalin que lo hiciera. Fue el único libro que escribió Stalin, y lo denominó “El socialismo en un solo país”. Mussolini se desligó de la coalición de Gobierno esperando beneficiarse con ello. En 1922 los fascistas organizaron “marchas” sobe diversas ciudades, durante las cuales desfilaban militarmente, armados, con sus banderas e insignias, tomaban la ciudad durante unas horas, y “disolvían” los ayuntamientos, expulsando a todas las autoridades locales. Eran auténticas provocaciones al Gobierno. Si las atacaban se verían justificados en sus actitudes violentas, vengativas (en realidad ellos eran los que tejían dicha espiral, iniciado sus ataques y considerándose víctimas si eran reprimidos, como cuando 18 fascistas murieron en un enfrentamiento con los carabineros) criminales (como las de los israelitas actualmente) fascistas. De no hacerlo pasaban por ineptos, inoperantes, pusilánimes, incapaces para gobernar y mantener el orden. Y esta fue su elección: no hacer nada. La ocupación de Bolonia, la mayor de las provocaciones, duró 20 días.

 

La actitud del Gobierno obligó a dimitir al gobernador de la provincia. Los socialistas y la Confederación Italiana del Trabajo convocaron una huelga general en defensa de la libertad. Los fascistas, arrogándose la responsabilidad del Estado, empleando la máxima violencia, consiguieron romper la huelga, aterrorizar a ciudadanos y sindicalistas. En Nápoles se reunieron 40.000 camisas negras que proclamaron la “marcha sobre Roma” para 4 días después. El Gobierno, vistas las anteriores experiencias, concentró a 28.000 soldados para defender la capital, además de interrumpir el paso de ferrocarriles, impidiendo la llegada de los que utilizaron este medio de transporte. El cielo, o la naturaleza, parecieron demostrar su oposición a los fascistas: una terrible tormenta impidió que ninguno de los camiones de camorristas llegaran a enfrentarse a las fuerzas del orden. Pero el rey, en cambio, sí estaba de su parte. Había llegado a la conclusión de que los liberales no estaban en condiciones de asegurarle en el trono, de impedir una revolución socialista, como la habida en Rusia, y ninguna coalición de Gobierno parecía perdurar. Es lo mismo que ocurrió durante la unificación italiana: los piamonteses fueron derrotados en todas las batallas, pero mediante pactos con las distintas familias que controlaban el poder (entre ellas, la mafia) tanto aristocráticas como burguesas (está perfectamente reflejado en la novela “El leopardo”, traducida en España, a mi entender, erróneamente, como “El gatopardo”, que pierde el significado de astucia, velada amenaza, poder oculto, para convertirse en simple noctámbulo) así como las victorias de sus bien elegidos aliados (garibaldinos, franceses, prusianos, sucesivamente) para acabar con el poder borbónico, austríaco y de los Reinos Pontificios en la península.

 

Mientras el Gobierno solicitaba a Vittorio Enmanuele III la declaración del estado de sitio, previo a la orden de ataque a las tropas concentradas, que permanecían leales, a éste, tal vez influido por las simpatías de su madre, le pareció suficiente justificación que se congregaran 40.000 fascistas (que preferían como rey a su primo, el Duque de Aosta) en las cercanías de Roma, durante dos días, para nombrar Primer Ministro a Mussolini. Este nombra un Gobierno con representación de todos los Partidos de derecha, reservando sólo tres ministerios para los fascistas: Presidencia, Interior y Asuntos Exteriores. Mientras el nuevo Papa Pío XI hace un llamamiento a la pacificación nacional, el nuevo Gobierno impone la reimplantación del crucifijo en los juzgados y la enseñanza obligatoria de la religión, acabando con las reformas progresistas de los liberales tras la unificación italiana. En Alemania, en 1920, cuando el ejército debía disolverse en cumplimiento de los Tratados de Versalles, se había producido el golpe de Estado de Kapp, apoyado por el General Von Ludendorff, último Jefe del Estado Mayor alemán. El Gobierno pidió la intervención del ejército, que respondió que el ejército alemán no disparaba contra el ejército alemán. El Gobierno huyó de Berlín y Kapp se nombró canciller a sí mismo. Pero el sindicato socialdemócrata, siguiendo las teorías de la recientemente fusilada Rose Luxemburg, convocó una huelga general y, en cuatro días, debe restablecerse la legalidad. Sin embargo no se castigó adecuadamente el golpe de Estado, de forma desproporcionada a la reacción contra la insurrección comunista, lo que estimularía que Hitler y Von Ludendorff repitieran el intento. Francia se negaba a admitir los devaluados billetes alemanes -¡se llegaron a emitir faciales de hasta cien billones (100.000.000.000.000) de marcos- y exigían el pago de las indemnizaciones de guerra en oro.

 

Los alemanes replicaron que los Tratados de Versalles no imponían tal condición, que las indemniazaciones eran abusivas e imposibles de cumplir, lo que había originado la inflación, y aludían al Tratado de Brest-Litovsk, recientemente confirmado por el de Rapallo, por el que tanto Alemania como la RSFAR renunciaban a cualquier indemnización de guerra entre ellas, igual que había hecho Estados Unidos. Francia reaccionó proclamando que mantendría indefinidamente la ocupación de los territorios (landeren) de Renania (la cuenca del Rin) y el Palatinado, confiscando toda su producción y beneficios, hasta que percibiera la indemnización en oro. El Gobierno alemán, tal vez estimulado por el impago de la deuda pública rusa, o presionado por las exigencias “nazis”, respondió incumpliendo el compromiso de los Tratados de Versalles de entregar parte de las indemnizaciones en carbón. Francia y Bélgica replicaron invadiendo la minera e industrializada cuenta del Ruhr, y quedándose con su producción y beneficios. El Gobierno socialdemócrata alemán, recordando el éxito contra el golpe de Estado de Kapp, pidió a su sindicato afín que proclamase una huelga general indefinida hasta que los invasores abandonaran los territorios ocupados. Francia, imitando lo que había hecho Franco en Asturias en 1917, ordenó a sus tropas que sacara a los obreros de sus casas a bayonetazos. Todo estaba preparado para la implantación del “nazismo”. Estados Unidos y Gran Bretaña intervinieron, ante lo que temían que pudiese derivar en una revolución comunista. Y también Mussolini, que propició el Tratado de Locarno (Suiza) por el que Francia y Bélgica retiraban sus tropas a los límites fijados por los Tratados de Versalles, y Alemania pagaría en oro sus indemnizaciones de guerra, reconociendo el derecho de aquéllas para volver a ocupar tales territorios en caso de impago, y que Renania era región histórica de los tres países, por lo cual se consideraba territorio neutral y desmilitarizado.

 

El Gobierno alemán trató de presentar el acuerdo como un triunfo, como si hubiesen hecho retroceder a las tropas extranjeras, pero Hitler lo utilizó como propaganda contra el entreguismo de los socialdemócratas, que llevaban a la economía alemana al borde de la quiebra, a la ruina del Estado, planteando que si se renunciaba a la defensa armada de la patria, en realidad, se estaba cediendo la soberanía. En realidad los Tratados de París impedían que Alemania pudiera defenderse con ninguna eficacia. En España la situación no estaba mucho mejor. Azaña escribiría, mucho después, que el país “estaba presidido por la impotencia y la imbecilidad”. Entre 1917 y 1923 hubo 23 crisis completas de Gobierno, y 30 reestructuraciones ministeriales. Mucho peor que la situación de Italia antes del golpe de Estado de Mussolini. El General Martínez Anido, gobernador “civil” de Barcelona, había cometido tantos atropellos, favoreciendo la impunidad de los pistoleros patronales y los somatenes, que produjo la respuesta de los anarquistas, sus víctimas, en una ola de terrorismo, por lo que fue cesado en 1922. Tanto Primo de Rivera como Franco volverían a hacer uso de él, dadas sus bien probadas cualidades represoras, terroristas, como Ministro de Gobernación y de Orden (?) Público, respectivamente. Todo esto había hecho del “orden público” una caricatura. La situación económica era aún peor, semejante a la italiana, aunque no podía compararse a la alemana. El desastre de el-Annual terminó de convencer a los españoles que se precisaba de una solución drástica que acabara con semejante estado de cosas. Cuando los “africanistas” tuvieron conocimiento de que las autoridades estaban negociando con los republicanos confederados rifeños, montaron en cólera. Acusaron al Gobierno de rendirse a los insurrectos, de colaborar con ellos. Sólo les faltó realizar manifestaciones callejeras con pancartas que expresasen “no en mi nombre”.

 

Proclamándose portavoces de los muertos, exigieron venganza y la derrota definitiva de los marroquíes. Como el Gobierno vacilaba sobre la certeza de los resultados de una acción en este sentido, simplemente iniciaron la conjura para un golpe de Estado. El 1 de octubre de 1923 el General Picasso debía exponer su informe ante las Cortes. Consciente de lo que ello significaría para los militares, incluso para el rey, el 13 de septiembre, el Capitán General de Cataluña, Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, proclamó el estado de guerra, ocupó los centros de comunicaciones, publicó un manifiesto a todos los españoles, y formó un directorio militar. El Gobierno de Concentración Liberal, de García Prieto, estúpidamente, pidió al rey que impusiera su mando sobre el ejército. Pero éste no tenía el menor interés en hacerlo, de forma que el Gobierno constitucional, simplemente se disolvió, sin presentar la menor oposición. Ese fue el verdadero motivo de que el pronunciamiento fuese incruento: porque no hubo ninguna resistencia. El rey, para redondear la acción, disolvió las Cortes: en adelante “gobernaría” sin políticos, al estilo del “rey sol”, su antepasado (¿seguro?) bourbon francés.

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