Los ¿felices? años veinte

 

Millán-Astray era admirador del código Buchido de los samurai, por lo que impuso unas normas de comportamiento ciertamente suicidas, que se pueden resumir en el himno “Novios de la muerte”, la idea de la “resurrección” (¿reinserción social?) por la que la nueva buena (?) vida que ganaban debían pagarla con el sufrimiento, las heridas y la muerte, o los gritos ¡Viva la muerte! o ¡A mí la Legión! Este último, basado en ¡A mí la guardia! reflejaba la idea de urgencia que atravesaba el país y el carácter salvador que esperaba de su Tercio, Legión, como él quería que se llamase. Pero también en el Reglamento de la Guardia Civil, según el cual cada uno de sus miembros debía portarse de tal modo que, con sólo ver su uniforme, los malhechores, aunque fuesen cientos, se pusiesen inmediatamente en fuga, aterrorizados, sin esperar a que se acercase. Tal comportamiento no podía ser otro que la extrema crueldad, el terrorismo. El pueblo caricaturizó tal arrogancia con la frase “¡a juí, que biene la guardia sibí!”. Millán-Astray arengaba a sus tropas con una retórica altisonante, mezclada con insultos y gesticulación histriónica, muy similar a la de Hitler. Semejante forma de pensar supuso los ataques a cuerpo descubierto, la locura, y una mortandad terrible, sobretodo entre la oficialidad. Algo muy semejante a lo que había ocurrido durante la instauración de la Guardia Civil, hasta que consiguió dejar de ser un experimento, consolidarse como institución, a mediados del siglo decimonono. Esto propició un comportamiento odioso respecto de los marroquíes, que incluía la decapitación de hombres, mujeres y niños en acciones de castigo en las aldeas, por ejemplo, por el homicidio de un miembro del Tercio, entre todos los pueblos vecinos, salvo que se presentara el asesino, luciendo ostentosamente las cabezas en sus bayonetas.

 

En todo esto Franco comenzó a demostrar la otra cara de su personalidad. Cuando no recibía órdenes expresas era sumamente cauto, indeciso, dubitativo, pacato. Cualquier evaluador imparcial habría concluido que carecía de capacidad de jefatura, para asumir responsabilidad sobre grandes contingentes. Pero su integración en el Tercio de Extranjeros –de nuevo su barakka, su increíble buena suerte- actuó en su favor. Mientras que las demás banderas tenían bajas constantes la suya se mantenía en unas estadísticas muy inferiores. Tanto oficiales como tropas preferían y solicitaban estar bajo sus órdenes. Mientras los demás aceptaban ataques de alto riesgo y, con frecuencia, eran rechazados, Franco siempre ponía impedimentos si no veía clara la situación, si no estaba seguro de contar con todas las ventajas. En tales circunstancias, cuando se decidían a actuar, siempre triunfaba. Con lo cual cada vez adquiría más prestigio, se le consultaba más y se le ordenaba menos, permitiéndole una autonomía que redundaba en su beneficio, en la reafirmación de tal comportamiento. El inteligente, aunque desquiciado, Millán-Astray, comprendió que era el complemento indispensable de su personalidad, y trabó gran amistad con él, sobrepasando los límites que deben existir entre un mando militar y su subordinado. Desde entonces, para ocultar los fracasos y bajas de sus demás fuerzas, se dedicó a propagar las cualidades y victorias de Franco. Dejó de actuar como su jefe inmediato y se convirtió más en su lacayo. Quizás por eso fue el único jefe bajo cuyo mando Franco había estado y con el que mantuvo relaciones cordiales, al contrario de lo que le ocurriría con los Generales Sanjurjo y Cabanellas, o con el Ministro de la Guerra, Gil-Robles. En 1919 el sacerdote italiano Luigi Sturzo creó el Partido Popular, con la intención de canalizar el voto católico contra los liberales, a fin de recuperar, sobretodo, el monopolio de la enseñanza.

 

A partir de 1920, con 108 fasci locales, que integraban 30.000 afiliados, se empezaron a constituir “escuadras de castigo”, que atacaban a los dirigentes campesinos, socialistas y comunistas, sus simpatizantes o, simplemente, huelguistas, demostrando su carácter puramente antiobrero, pero también contra liberales, demostrando su carácter antidemocrático, e incluso contra los católicos, mostrando sus ambiciones de exclusivismo. Al principio simplemente impedían y disolvían los actos electorales o discursos públicos de los demás. Después golpearon o dieron palizas a los demás candidatos o adversarios políticos, especialmente a los que se les oponían. Más tarde fueron a buscarlos a sus casas, a amenazarlos a ellos y a sus familias. Posteriormente los paseaban por las calles amarrados, con carteles colgados en los que se les acusaba de traición a la patria, incluso cosiéndoles los labios con alambre o cuerdas, una conducta que seguía la mafia con los que asesinaba por traición, delación o alertar en contra de dicha organización que había llegado a convertirse, por imitación a los gansters estadounidenses, en meramente criminal, olvidando sus orígenes de oposición a la aristocracia, a las dominaciones y dinastías monárquicas extranjeras. Por último incendiaron sus propiedades (y también la de los empresarios y comerciantes que se negaban a contribuir económicamente con la “causa”: el impuesto “revolucionario” o “canon de protección” de ganster Alfonso Capone) o las sedes de sus Partidos Políticos. O sus viviendas familiares, como hacía el Clan del Cuclillo (Ku-Klux Klan) estadounidense. O, simplemente, los asesinaron. La policía no se atrevía a intervenir. O no quería hacerlo. Nunca conseguía testigos ni pruebas.

 

Igual que con los crímenes de la mafia. Sobretodo tras el intenso verano de 1920, plagado de ocupaciones de fábricas metalúrgicas, estimuladas por el radicalizado sector izquierdista, encabezado por Gramsci, del Partido Socialista, que había asumido, como el Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania, el triunfo bolchevique como línea a seguir. Tal tipo de actuación extremadamente violenta, antidemocrática, criminal, sus uniformes paramilitares, y el placer malsano que provocaba en sectores marginales (especialmente los trabajadores en desempleo: recuérdese que, en dicha época, no había prestación ni subsidio por desempleo, y ellos y sus familias estaban condenados a la delincuencia, la mendicidad o a morir de hambre ante la indiferencia pública y de los poderes públicos) fue imitada por los S.A. de Hitler. Alemania comunicó a Francia que le era imposible pagar las indemnizaciones de guerra impuestas por los Tratados de Versalles, como había predicho Keynes. Francia, después de que Alemania había disuelto su ejército, hasta reducirlo a los 100.000 hombres establecidos, entregada su aviación tanques y artillería, y hundida su flota de guerra (se negó a entregársela a Gran Bretaña) cumpliendo las condiciones del Tratado de Paz, cuando ya no estaba en condiciones de ofrecer ninguna resistencia, le contestó que cualquier retraso en los pagos impuestos supondría la invasión para cobrárselos directamente. Al Gobierno socialdemócrata no le quedó otra opción que darle a la máquina de hacer dinero. Y, con ello, generar una inflación inconcebible, como había predicho Keynes. Un paquete de cigarrillos llegó a costar 50.000.000 de marcos. Pero, quien tenía un paquete de cigarrillos, podía acostarse con todas las fumadoras empedernidas.

 

Fue una época de degradación moral, de pérdida del orgullo nacional, de los cabaretes, de la prostitución, de ambos sexos, como oficio o mero aprovechamiento oportunista de las ofertas recibidas. La película Cabaret reproduce con bastante fidelidad tal ambiente angustioso. Para los Bancos dar créditos dejó de ser un negocio, cualquiera que fuese el tipo de interés que se fijase, de hasta el 20.000%: en pocos meses, si se tenía la precaución de invertirlo en moneda extranjera, por ejemplo en francos franceses, se podía devolver con sólo una parte del capital inicial. Así que dejaron de darlos. En tales condiciones no tenía sentido aumentar los costes manteniendo depósitos ni cuentas de pasivo. De modo que, tras remitir cartas pidiendo que retirasen sus fondos, cerraron sus puertas. El Deutsche Bank llegó a más: para todos los saldos de importe inferior a 50.000.000 de marcos introdujo en la carta un único billete de este facial. No merecía la pena perder el tiempo, pagar a empleados para que ajustaran el cálculo y entregasen la “calderilla”. Sin financiación el desenvolvimiento económico y hasta comercial se dificulta, se enlentece. Las empresas cierran, se arruinan, y los trabajadores resultan desempleados, en una época en la que el sistema capitalista no admitía prestaciones ni subsidios por desempleo. Nada que ver con el paraíso proletario prometido por la socialdemocracia, al menos por los sectores más radicales, más obreros, revolucionarios, sólo un par de años antes. Todo esto era propaganda directa para los “nazis”, los únicos que propugnaban reconstruir el orgullo nacional, recomponer la moral pública (“su” moral) y, sobretodo, negarse a cumplir el “Tratado de Paz”, a lo que ningún otro se atrevía. El Gobierno bolchevique trataba de evitar una confrontación con las potencias victoriosas de la I Guerra Mundial, lo que, al final, fue imposible.

 

Así que impidió que la Komintern aprobase ningún llamamiento a incumplir los Tratados de Versalles. El Partido Comunista alemán seguía sin ver el peligro que se avecinaba: los “nazis” eran absolutamente minoritarios, carecían de apoyo electoral. El peligro lo veían en el Gobierno socialdemócrata, que había colaborado en el asesinato de los dirigentes comunistas, tras el brutal fin de la República Soviética de Baviera. Les llamaron “socialfascistas”. Cualquier conexión o colaboración entre ambos Partidos de izquierda estaba excluida. En ello influyó el espejismo de un crecimiento continuo del Partido Comunista, que parecía irrefrenable, y que lo podía llevar, por vía democrática, hacia un Gobierno revolucionario. Lógicamente, si los “nazis” no se lo impedían. Mojammed Ben Abd el-Krim era un bereber, hijo de un kadí (juez de la ley mahometana, que, si tiene suficiente carisma o prestigio, puede llegar a ser considerado y obedecido como gobernador) jefe del clan de los Ait Yattab (por lo que también se le conoce como al-Yattabí) una noble familia (a pesar de que él siempre llevaba los ropajes más populares) perteneciente a la poderosa tribu de los Bení Urriagel (en árabe Baní Urriayil, en rifeño Ait Uriagar) por lo que también se le conoce como el-Aidirí el-Urriaglí. Eran oriundos de Axdir, a pocos kilómetros de al-Joceima o Alhucemas, así llamada por las flores de la bahía. Completó la formación en derecho mahometano que le había dado su padre en la mezquita de Fez. Era, por tanto, una autoridad tribal, jurídica y religiosa. También estudió derecho en la universidad de Salamanca, lo que le dio un profundo conocimiento sobre el modo de pensar europeo. Es decir, era un hombre con una completísima formación sobre ambos mundos. En España tomó contacto con los movimientos progresistas, y asumió planteamientos socialistas.

 

Trabajó como traductor y escribiente de árabe (los militares y funcionarios españoles sentían un profundo desprecio por aprender árabe, ni siquiera unas palabras para hacerse entender por los sirvientes o comerciantes; menos aún por el rifeño o berebere, que, por cierto, en vascuence, significa independiente, aislado, oculto, raro, escondido) en la Oficina Central de Tropas y Asuntos Indígenas en Melilla, al tiempo que escribía, diariamente, un artículo, en árabe, para el “Telegrama del Rif”. Aún joven fue nombrado kadí, y, con 32 años, kadí al-kudat, o jefe de los kadíes. En 1915 los franceses sospecharon que colaboraba para sus enemigos alemanes, descubriendo sus sentimientos anticolonialistas. Ganó el juicio, pero el Alto Comisario se negó a dejarlo libre hasta un año después. Tras semejante injusticia comprendió que era imposible colaborar con los invasores y que sólo cabía la guerra por la independencia, en la que comenzó a trabajar. Volvió a su kábila, donde el poder de al-Machsén (literalmente “almacén”, lo que sugiere la idea proveedora del sultanato, y la pérdida de autoridad que suponía el incumplimiento de tal concepto promisorio, su entreguismo a las potencias ocupantes) era ilusorio, organizando la República Confederada de las tribus del Rif, aunque nadie tuvo noticias de ella hasta tres años después, cuando se publicó internacionalmente un documento proclamándola, en el que se indicaba su anterior existencia. Esto fue posible porque la dominación española se circunscribía a pequeñas posiciones fortificadas, del tamaño de un blocao, no demasiado alejadas de Melilla, donde radicaba la retaguardia, y a operaciones de represalias, típicamente fascistas, organizadas por el ejército o, aún más cruelmente, por el reciente Tercio de Extranjeros. Se aprobó una Constitución y se emitió moneda, el riffán, equivalentes a diez peniques o un franco-oro.

 

La bandera incluía un cuarto menguante y una estrella de seis puntas en verde en un cuadrado apoyado sobre un vértice, en blanco, sobre fondo rojo. El Gobierno rendía cuentas a una asamblea de 80 miembros, que se reunía una vez al mes en Axdir, capital de la república, aunando poderes legislativos (basados en la charia  ley mahometana, de la que se eliminaron las mutilaciones, el rapto de doncellas y se estableció una protección especial a la comunidad judía) y ejecutivos, de acuerdo con la tradición de la yamá kabileña, pero también del soviet ruso, la Comuna de París y las comunas campesinas rusas. Posiblemente la República del Rif se declaró en territorio español dada la menor eficacia y dotación de dicho ejército en comparación del francés. Pero queda la duda sobre el aprovisionamiento de armamento. Últimamente gana adeptos la tesis de que, dadas las dudas y falta de cumplimento efectivo del compromiso de protectorado español, Gran Bretaña deseara una grave derrota que justificase su intervención y anexión directa, asegurando la puerta del Mediterráneo. Pero esto no excluye que (también) recibiese apoyo francés, a cambio de mantener la presión, los ataques, fuera de sus territorios. No es la primera vez que esto ocurre en la Historia. Por ejemplo, los Imperios Romanos de Oriente y Occidente rivalizaban por conceder dádivas a ostrogodos y visigodos, a fin de que lucharan entre ellos o contra sus “aliados”/competidores, hasta que, finalmente, acabaron sustituyendo el poder de Roma, aunque Bizancio, Constantinopla, sobrevivió.

 

En Italia, que no recibía indemnizaciones de guerra -pues no fue invadida sino tras atacar al Imperio Austro-Húngaro, y ser inicialmente derrotada por él- las deudas de la misma habían supuesto una terrible crisis económica. En noviembre de 1920, en Bolonia, al tomar posesión del Ayuntamiento los socialistas, vencedores en las elecciones, se produjeron altercados en los que murió un concejal nacionalista. En venganza, los fascistas impusieron un régimen de terror, en la ciudad, en Regio Emilia y en todo el valle del Po. Sólo durante 1921 los fascistas asesinaron a 500 personas en Italia, más del doble de las producidas durante los primeros 5 años de la II República Española (de los que la mitad fueron obra de falangistas, somatenes, pistoleros a sueldos de los empresarios y la propia Guardia Civil) en las que “justificaron” la guerra “civil” (que costó 500.000 muertos, como mínimo, otros tantos expatriados y unos 300.000 cautivos “de guerra” durante más de 25 años, sin contar las innúmeras y sin estudios estadísticos muertes por hambre y enfermedad, que, más adelante se especificará, también pueden considerarse obra de la represión “selectiva” contra los defensores de la democracia y el orden establecido) y poco menos de los producidos por 40 años de actuación del grupo terrorista VYL, “Vascongadas Y Libertad”, en vascuence Euskadi Ta Askatasuna. En las elecciones de mayo los socialistas obtuvieron el 24’7% de los votos y 123 escaños, el Partido Popular el 20’4 %, y el Bloque Nacional, formado por los liberales de Giolitti, Presidente del Gobierno, fascistas (éstos, en exclusiva, sólo 35 escaños, si bien en 1919 sólo habían logrado presentarse en Milán, sólo 35.000 votos y ningún escaño) y nacionalistas, el 19’1%, 105 escaños. 

 

En España, el apoyo del Presidente del Gobierno a lo que los periodistas llamaban “ley de fugas” (fusilamientos por la espalda, mientras caminaban, dándoles un paseo, o “paseíllo” taurino, para aparentar que habían tratado de fugarse) a los sindicalistas, además de la cruel represión de la huelga general de 1917, y la anterior imposición de cuotas al seguro obligatorio de vejez e invalidez, exclusivamente a cargo de los trabajadores, le había deparado el odio mortífero de los anarquistas. Tres de ellos, catalanes, desde una motocicleta con “carrito adosado” (en inglés sidecar) acabaron con su vida de veinte disparos. Pero el principal problema se encontraba en Marruecos. Quizás presionado por los Gobiernos francés y británico, o alertado por los servicios secretos de las intenciones de estos de acabar con el “protectorado” español, el rey alentó una mayor penetración, que hiciera efectiva su dominio nominal. La idea era llegar hasta la propia bahía de al-Joceima o Alhucemas, centro operativo de la República del Rif. En realidad los avances se estaban consiguiendo al “modo italiano”: se compraba a los cabecillas de las kábilas, quienes, a cambio de dinero, dejaban pasar a las tropas españolas sin ofrecer resistencia. Lógicamente, dichas negociaciones, y su cumplimiento, antecedentes para poder continuar negociando con las siguientes tribus, impedían la requisa de armas.

 

Para asegurar el dominio de la zona con escasas tropas, y las líneas de abastecimiento, se seguía la política de construir pequeños fuertes o blocaos, similar a lo que venían haciendo los franceses en sus dominios norteafricanos. Pero los de éstos eran mayores, para ofrecer refugio, siquiera fuese temporal, a destacamentos de caballería, y se construían en oasis o pozos, con lo cual también se controlaba a las tribus nómadas y las caravanas, impidiendo el tráfico de armas y la reagrupación de independentistas. Como los dominios españoles eran mayoritariamente montañosos, los fortines españoles se situaban en puntos elevados, entre unos 20 y 40 kmtrs. de distancia unos de otros, dominando, teóricamente, amplias zonas, aunque desprovistos de agua, que debía abastecerse mediante recuas de mulas, en algunos casos diariamente. Tal estrategia suponía desperdigar gran número de hombres, impidiendo la agrupación de un gran contingente móvil, que, por otro lado, en raras ocasiones se había precisado para el tipo de guerra que se desarrollaba en Marruecos, contra kabilas descoordinadas. Ninguna desde ocho años antes, cuando el desastre del Barranco del Lobo. El grueso del ejército, unos 5.000 hombres, estaba acampado cerca de la ciudad de el-Annual, a la espera del último avance para conquistar la bahía, por la que recibían armas los berberiscos. El Alto Comisario en Marruecos, General Dámaso Berenguer, había prohibido el cruce del río Amerkan, hasta que no se consiguieran reunir mayores fuerzas. Sin embargo la kabila “amiga” de Tensamán convenció a los españoles que se podía tomar el monte Abarrán, al otro lado del río, sin resistencia, estableciendo allí una posición fortificada. Unos 1.500 hombres exploraron la zona y ocuparon la posición, dejando en ella unos 500 efectivos, la mayoría de la tribu Tensamán, más unos 200 policías indígenas.

 

Entonces fueron atacados por el ejército republicano del Rif. La tribu Tensamán y la mayoría de la policía marroquí cambió de bando durante la batalla, en la que murieron 141 españoles, entre ellos todos los oficiales, excepto un teniente de artillería, al que dejaron vivo para que reparase los cañones y les enseñaran a usarlos. Como única respuesta el ejército español conquistó Igueriben, posición adelantada al sur de el-Annual, esperando con ello asegurar su defensa, al menos de ataques sorpresivos, hasta que se recibieran los refuerzos, víveres y dinero, para comprar nuevas “lealtades”, solicitados a Berenguer. Paseando por las kábilas las baterías capturadas en el monte Abarrán y prometiendo amplios botines, Abd-el-Krim consiguió, en pocos días, elevar sus tropas de 3.000 a 11.000, entre los que se encontraban antiguos desertores españoles -que siempre fueron contrarios a la aventura marroquí, que tantas muertes y penalidades estaba causando a los trabajadores, a los que no podían pagar la “redención” de “quintas”- y las tribus presuntamente “amigas”. Abd-el-Krim atacó Sidi Dris, pero fracasó. Entonces se dirigió contra Igueriben, cuyos 350 defensores resistieron 5 días. Los rifeños impidieron el acceso de tres columnas en su apoyo. Tomada dicha posición 18.000 bereberes, muchos de ellos armados aún con espingardas, iniciaron el asalto a el-Annual, que había sido reforzada hasta recuperar los 5.000 efectivos, 2.000 de ellos marroquíes, pero que carecía de agua, sólo contaba con municiones para un día de combate, y víveres para cuatro días, a pesar de las circunstancias que denotaban la inminencia de los acontecimientos. En semejante situación se decidió el repliegue. La ruta de huida debía pasar por altos defendidos por la policía marroquí, que asesinó a sus oficiales españoles y se sumó a las tropas republicanas.

 

Y desde tales altos, expresamente elegidos para ello, se comenzó a disparar sobre las columnas que avanzaban por los caminos. La infantería trató de ponerse a cubierto avanzando hacia dichos altos. Para ello abandonaban carros, cañones, material y heridos. Muchos oficiales escaparon, produciéndose la desbandada general, el “sálvese quien pueda”. El desastre pudo ser mayor si las tropas “regulares” marroquíes no hubiesen mantenido la defensa desde el sur, con lo que protegieron la fuga, combatiendo en retirada, por escalones, que se alternaban, ordenadamente, a través de las montañas, en paralelo a la carretera, por una ruta mucho más difícil y esforzada, pero que los mantenía a salvo del fuego de las posiciones en las alturas, absortas en disparar a las masas de soldados que atascaban la carretera. Así algunos oficiales y unidades que conservaron la calma y el orden lograron pasar las angosturas, también gracias a la concentración del fuego contra el grueso de los efectivos, las tropas embarbascadas en el llano. En cuatro horas murieron 4.000 españoles, 492 cayeron prisioneros, de los que sólo lograron sobrevivir 326, comprados en 1923 por 80.000 duros de plata. Las tropas supervivientes llegaron a Dar Druis, posición bien fortificada y con agua. Pero, en un ambiente de derrota y desastre, bajo el mando del General Navarro, segundo jefe de la comandancia de Melilla, decidieron abandonarla, imprudentemente. Cuando fueron alcanzados por los perseguidores rifeños, en el río Igan, se produjo una nueva fuga de oficiales y estampida de las tropas. El desastre podía haber sido total si el teniente coronel de caballería Fernando Primo de Rivera y Orbaneja (hermano del que sería Dictador) al mando de cuatro escuadrones de sables y uno de ametralladoras no hubiera realizado sucesivas cargas contra los berberiscos, la última de ellas a pie, al haber perdido todas las monturas.

 

De sus 500 hombres sólo sobrevivieron 80, pero dieron opción a la infantería en desbandada a cruzar el río. Tras 6 días de marchas forzadas, en pleno verano marroquí, unos 3.000 hombres llegaron al campamento de Monte Arruit, más difícil de defender que Dar Druis, más sucesivos refuerzos, hasta unos 5.000. El 2 de agosto los rifeños tomaron Nador, la única guarnición que, tras rendirse, sería respetada por la Confederación (aunque no los colonos de la zona, que fueron asesinados) sin duda para estimular a hacerlo a los sitiados en Monte Arruit,  a los que habían cortado la retirada. El 3 se rindió Zeluán, siendo asesinados sus supervivientes, y sus dos oficiales quemados vivos. Semejante comportamiento arruinó la estrategia de Nador, obligando a resistir a Navarro, que se negó a abandonar a los heridos, a pesar de la situación de amotinamiento de sus tropas, y la falta de agua, que era reabastecida desde el aire mediante bloques de hielo. Un obús arrancó el brazo de Fernando Primo de Rivera. Los restos se gangrenaron y hubo que amputárselo bajo el bombardeo de los republicanos de la Confederación, sin anestesia. Murió el día 5. El 9 llegaron a Melilla 25.000 soldados desde la península. Sin embargo Berenguer, en lugar de enviarlos en ayuda de los sitiados, autorizó la rendición de éstos, que los berberiscos no respetaron: apresaron a 600 españoles, incluido Navarro, de los que sobrevivieron 60, que serían canjeados, entre ellos el propio General, tiempo después. En Monte Arruit murieron 2.900 españoles. Abd-el-Krim proclamó la Guerra Santa y, tras tales éxitos, consiguió que el resto de kabilas y parte de las fuerzas marroquíes que colaboraban con España se les unieran. Melilla no remitió ninguna ayuda, aunque distaba sólo 40 kmtrs. del núcleo de operaciones. Las guarniciones se vieron obligadas a replegarse hasta allí, perseguidos por los rifeños. Las pocas que resistieron fueron masacradas.

 

Los heridos, enfermos y civiles que se dejaron atrás fueron torturados y asesinados. Dar Quebdana se rindió, tras lo cual sus defensores fueron descuartizados. En dos semanas se perdieron los 4.000 km2 que había costado casi dieciséis años controlar. Murieron 10.973 españoles, 2.390 marroquíes colaboradores con los ocupantes, y sólo unos 1.000 confederados. Se decía que los buitres sólo comían de comandante para arriba.  Este era el resultado de la obra “civilizadora” de colonización, el “protectorado”, y los métodos criminales del imperialismo, en especial del tristemente famoso Tercio de Extranjeros. Los republicanos, además, consiguieron 20.000 fusiles, 400 ametralladoras y 129 cañones. Toda la inversión española durante dichos 16 años, cultivos, ferrocarriles, carreteras, telégrafos, hospitales, escuelas, que hubieran sido necesarias realizarlas en España, se perdieron. El Gobierno dimitió, viéndose obligado Alfonso XIIIº a nombrar un Gobierno de concentración nacional con todos los Partidos Políticos, enfrentados entre ellos por exigir una acción de castigo en Marruecos o por abandonar dichas ínfulas imperialistas, presidido por Antonio Maura, tránsfuga liberal y principal representante de los conservadores durante el siglo XXº. Tal vez por su cruel represión durante la Semana Trágica de Barcelona, por si los acontecimientos marroquíes producían un semejante levantamiento popular. El asturiano, aunque recriado en Bilbao, donde estudió en un centro religioso protestante, Indalecio Prieto, culpó en el Parlamento al ejército del fracaso total. La incredulidad de los españoles sobre lo que había sucedido obligó al Ministro de la Guerra, a petición de Berenguer a ordenar el 4 de agosto al General Picasso González (tío del pintor Pablo Ruiz Picasso) del Consejo Supremo de Guerra y Marina y representante militar español en la Sociedad de Naciones, a emitir un informe sobre lo sucedido.

 

Berenguer se negó a entregar documentación que podría comprometer al alto mando. Es decir, a él mismo, e incluso al rey. Así que el 24, el nuevo Ministro de la Guerra, el ultraconservador Juan De La Cierva, dictó otra Real Orden prohibiendo que se investigara dicha documentación: sólo los oficiales inferiores y tropa podían ser investigados y culpados. Disconforme con ello Picasso pidió que se le relevara de su responsabilidad. Pero ya no podía hacerse: hubiera supuesto dar pábulo a todo tipo de especulaciones. Así que la completó con notoria objetividad, saltándose los límites que le habían sido impuestos. El Consejo Supremo de Guerra y Marina rechazó los expedientes de recompensas, lo cual era una injusticia, pero el ambiente caldeado no permitía otra cosa. Un resumen del que sería llamado “Expediente Picasso” fue entregado al Parlamento en 1922. Sin embargo el informe completo debió ser mutilado en tiempos de las dictaduras de Primo de Rivera o de Franco. En el Congreso se creó una comisión para su estudio y depuración de responsabilidades. Picasso calificaba de negligentes las actuaciones de Berenguer y Navarro. Se autorizaban concesiones para construir carreteras, ferrocarriles, telégrafos, hospitales, escuelas, a empresas relacionadas con el mando militar, o incluso el rey, o mediante corruptelas, a elevados precios, y se les entregaban marroquíes o soldados para realizar el trabajo, en régimen de casi esclavitud. Se robaba armamento, que aparecía en manos de los rifeños. Se comerciaba con los víveres y tejidos de los uniformes de las tropas, desde las propias grandes explotaciones agrarias e industrias textiles, mientras aquellas padecían alimentos en mal estado, incomestibles, que les causaban enfermedades, y mostraban aspecto harapiento. El alto mando era partícipe de los principales burdeles, en los que se consumía y traficaba con droga, mientras se perseguía a los de la competencia. Se puede decir que Abd-el Krim acabó con Alfonso XIIIº

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