El trienio “bolchevique”

 

            Se denomina así al que, en aquella época, se consideró sumamente convulso, aunque, comparado con lo que habría de venir, tan sólo denota la sorpresa por un comportamiento obrero de continua agitación, confrontaciones y huelgas. La característica principal fue la proliferación de Partidos Comunistas. En España llegó a haber 20, que terminarían unificándose casi todos, bajo la singular presidencia del sevillano Pepe Díaz. Este era un panadero muy atractivo, con notable éxito con las mujeres. Estaba integrado en un sindicato católico, en el que realizó una prodigiosa actividad. Sin embargo concluyó que la atomización sindical existente en su sector, el carácter pacato, falto de combatividad, del sindicalismo cristiano, que le convertían en un verdadero engaño para sus afiliados, cuyos intereses no se podían defender con la simple confianza en la “responsabilidad” de los empresarios, así como la injerencia de las jerarquías eclesiásticas si se trataba de exceder en dicha línea, precisaba una unificación sindical, bajo otros supuestos. Utilizando su envidiable capacidad de convicción y de negociación, consiguió la integración de gran número de agrupaciones en la C.N.T.. En 1919 dicho sindicato contaba con 700.000 miembros, de los que casi dos tercios se concentraban en Cataluña, desde los 15.000 que, oficialmente, se le consideraban en 1915. La Confederación Nacional Católica Agraria había alcanzado casi el medio millón, fundamentalmente en Castilla y León. El sindicalismo católico urbano, salvo en el País Vasco, era despreciable. La UGT llegaba a los 160.000, sobretodo en Madrid y el centro. José Díaz, al poco tiempo, comprendió que la indisciplina anarquista, su falta de planificación, habían impedido triunfos tangibles que permitiesen mejorar las condiciones de los asalariados.

 

Imbuido por el mimetismo del momento, el carácter místico que, por todo el mundo, se daba a la primera revolución obrera triunfante, se integró en uno de los Partidos Comunistas. Aprovechó su experiencia sindical anterior para conseguir la integración de la mayoría de los existentes. Sin embargo no todos los autores concuerdan con la situación de tal periodo: mientras unos lo delimitan entre 1919, coincidiendo con la gran huelga de “La Canadiense”, compañía de producción y distribución eléctrica de Barcelona, y la huelga general de Cataluña, y 1922, otros lo retrasan hasta 1920, para conectarlo con la dictadura de Primo de Rivera. Quizás así tiene más lógica periodificadora. O se utilice como justificación para la llegada de dicha dictadura. O, tal vez, se trate de cierta semejanza con el trienio liberal, del siglo vigésimonono, el único periodo en que estuvo vigente en toda España nuestra segunda Constitución, la de 1812, la “Pepa de Puerto Real”. La primera periodificación coincide con los acontecimientos que se producían en el resto del mundo. Por todas partes se fundaban Partidos Comunistas. Normalmente por escisión de los Partidos Socialdemócratas, como había ocurrido en la propia Rusia. Esta situación era dialéctica, puesto que alejaba la posibilidad de que éstos consiguieran el poder, al mermarle fuerzas y votos. Más aún, puesto que, como los escindidos eran los sectores más radicales, progresistas y combativos, las direcciones resultantes eran aún más moderadas, inoperantes y frustrantes, incapaces de conseguir mejoras sustanciales para los trabajadores. En España el PSOE contaba entonces con 42.000 miembros. Muchos defendían el pacto, no sólo entre socialdemócratas y comunistas, sino incluso con los liberales más progresistas, como única forma de oponerse a la reacción.

 

Lenin y Stalin mantenían que esto era implicarse en el desprestigio de los socialdemócratas, confundir a los trabajadores, y que era preferible un proceso a más largo plazo, que encajara a cada uno en su sitio y estableciese las opciones revolucionarias. Pero es posible que, en realidad, lo que pretendiesen fuera evitar que se viese la “revolución bolchevique” como un peligro inminente, incentivando la participación internacional en la guerra “civil” rusa, lo que, finalmente, fue imposible. Bajo las mismas premisas se desgajó la IIIª Internacional, Internacional Comunista o Komintern, de la IIª o Internacional Socialdemócrata. Todo ello produjo un enquistado odio entre ambas formaciones que, excepto en raras ocasiones, se han esforzado más en obstaculizarse que en apoyarse mutuamente. La mayoría de los socialdemócratas son, antes que nada, anticomunistas, y como tales están dispuestos a actuar y a aliarse con todos los demás grupos anticomunistas. Lo único que esperan de los comunistas es que les voten acríticamente, en todo momento, incluso bajo propuestas que en nada son obreristas, sino todo lo contrario, y denunciando como supuesta deslealtad cualquier voto en contra, actuación autónoma o confluencia de votos o pacto con otros Partidos, aunque ellos actúen continuamente así. Un síndrome de “hermanos mayores” que reniega de la época en la que los socialdemócratas, especialmente en Alemania, eran revolucionarios. En dicho país al cabo Hitler, incapacitado para el servicio activo, se le destinó al servicio de inteligencia militar. Se le encomendó la tarea de espiar a los partidos políticos. Lógicamente los que más preocupaban eran los revolucionarios. Había uno que era particularmente enigmático: el National Sozialistiche Deutsche Arbeiter Partei, en siglas N.S.D.A.P., en abreviatura nazi. Es decir, el Partido Obrero Alemán Nacional-Socialista.

 

Era un Partido minúsculo, sumamente radical, extremista, vociferante, que enaltecía la violencia como método para conseguir sus objetivos. Sin embargo estos eran tan contradictorios, tan ambiguos, que los militares no sabían si catalogarlo como nacionalista (como el Partido del Renacimiento, en árabe Baas, en el que se integró Saddam Jusseín, o el nacionalista de Nasser) o populista (volkische) que habría merecido colaboración, ya que defendía el incumplimiento de los Tratados de Versalles, o era más bien socialista. Esta ambivalencia también fue utilizada por los fascistas y las diversas Falanges (la griega, la albanesa, la libanesa o la española) para conseguir financiación de las empresas y colaboración del infraproletariado, las masas de obreros desempleados, herencia de la I Guerra Mundial, posicionamientos netamente conservadores, contrarrevolucionarios, y retórica insurreccional. En realidad el nombre nacional-socialista era una referencia al libro de Stalin, escrito a petición de Lenin, de “Socialismo en un solo país”, en el que se renunciaba a la revolución mundial, en cierta manera a la solidaridad internacional, en aras de tranquilizar a las potencias y países vecinos para que no colaborasen con el hostigamiento a la naciente revolución, participando en la guerra “civil”, lo que no dio resultado. Hitler, que siempre fue aficionado al teatro, en especial a la opera melodramatica, quedó subyugado por los discursos públicos de los nazis, arengas histriónicas, gesticulantes, enaltecedoras de una supuesta superioridad de una supuesta raza aria (nombre de una tribu iraní) cuya existencia nunca se ha podido probar, se supondría la distinción entre una subraza germana de otra hindú de la raza indogermana.

 

Y sus alegatos contra los judíos, a los que negaban el derecho de vivir en Alemania (en reciprocidad a la petición sionista del “retorno a Sión”, un Estado propio con capitalidad en la Sagrada Salem, en griego Iero-Salem, edificada sobre el monte Sión) por considerarlos extranjeros, parásitos, que disputaban los puestos de trabajo y las riquezas a los “auténticos” alemanes. Hitler hizo algo más que espiar sus discursos públicos: entró en la organización, para “espiarla” desde dentro. Escaló puestos directivos. Tal vez consiguió financiación del ejército, en la que pudo apoyar sus ascensos. Y pasó de ser espectador a protagonista. A actuar como orador, superando cualquier modelo anterior. Los militares consideraron que estaba yendo demasiado lejos, que estaba dejando de “investigar” para convertirse en uno de sus dirigentes, por lo que se le planteó pasar a puestos menos visibles o cortar las relaciones con el ejército, antes de que pudiera descubrirse la impostura. Hitler optó por esta última opción, pero, en venganza, constituyó su propio ejército: imitando a los fascistas uniformó a sus Escuadrones de Asalto (S.A.) que se dedicaban, como su modelo italiano, a aterrorizar a sindicalistas, políticos de izquierda, comerciantes y empresarios judíos (en principio sólo para obtener financiación, una especie de “impuesto revolucionario” o “canon de protección”, como el que cobraba Al Capone “Cara Cortada” en Chicago) romper huelgas (cobrando a los empresarios por tales servicios) proteger a sus oratorias públicas, de modo que pudieran decir las mayores atrocidades sin que nadie les molestara, dar palizas, quemar edificios, librerías, tiendas, empresas (especialmente las de judíos o de quienes se negaban a pagar el “canon” o “impuesto”) y asesinatos.

 

Cuando consiguió el mando supremo, como jefe, caudillo, duce o fürher, una de sus primeras decisiones fue hacer desaparecer la “O” de “Obrero” (“A” de “Arbeiter”) del nombre del Partido, abriéndolo a sectores más proclives, especialmente en el campesinado, pequeños comerciantes, artesanos y empresarios autónomos. Cuando comprendió que los S.A. obedecían a sus propios jefes, tenían su propia ideología, más izquierdista y revolucionaria de lo que deseaba, creó los “Escalones de Protección de Salas” (S.S., en siglas alemanas) mucho más militarizados, que no sólo llevaban un cuchillo, sino pistolas, y se adiestraban en el uso de fusiles y ametralladoras, y juraban obediencia directa, fidelidad absoluta y ofrendar su vida por la persona de su jefe, en línea con el posicionamiento tradicional de los jesuitas de la militarista Compañía de Jesús, fundada por el antiguo capitán de los Tercios de Flandes San Ignacio de Loyola. Más tarde les ordenaría el exterminio de los S.A., que inquietaban a los empresarios y a la derecha, en la llamada “Noche de los Cuchillos Largos”, imitando la “Noche de San Bartolomé”, en la que los católicos franceses acabaron con todos los dirigentes lutheranos, o el exterminio por el legado Sila de los principales seguidores de los cónsules Mario y los hermanos Graco. Italia quedó frustrada porque sólo consiguió los territorios que había conquistado. Aspiraba a mayores adquisiciones en los Alpes y, sobretodo, en el Adriático. Mantenía que lo que había obtenido lo podía haber logrado por sí misma, sin implicarse en la I Guerra Mundial. El Gobierno enaltecía tales sentimientos para forzar un trato más ventajoso de sus aliados y de la Sociedad de Naciones.

  

Obviaban con ello que sus victorias de finales de la guerra contaron con la colaboración de tropas francesas, británicas y estadounidenses, y que Alemania, con o sin Guerra Mundial, no hubiese permitido la humillación del único aliado que le quedaba sin intervenir directamente. Más aún considerando la obsesión militarista e imperialista en que estaba sumida. En realidad, aunque no podía esgrimirse públicamente, la cólera procedía de que lo conseguido era lo que sus anteriores aliados le ofrecían por tomar parte en la guerra contra Francia y Gran Bretaña, mientras que estos últimos le ofrecían mucho más. Siempre es mucho más fácil prometer que dar, ofrecer lo de otro, lo que no se tiene, que lo que verdaderamente se posee, y en situación desesperante. De derrota, como la que enfrentaban dichas potencias en 1915. Pero no es menos cierto que, al final, tales naciones, con el apoyo de Estados Unidos, habían logrado la victoria ¿Habría cambiado o retrasado tal apoyo si Italia se hubiese unido a los Imperios centrales? ¿Habría sido suficiente cualquiera de dichas circunstancias, o la confluencia de ellas, para cambiar el curso de la guerra? Los italianos creían que sí. En realidad los vencedores no podían hacer otra cosa. Austria había sido completamente humillada, reducida a su mínima expresión. No se la podía humillar más ni reducir más su territorio. La experiencia de la República Soviética o Consejo de Baviera o de Munich, aconsejaban no alimentar nuevos procesos revolucionarios. Ni tampoco enaltecer un resurgir ultranacionalista o populista (volkische) como estaba ocurriendo con el nazismo en Alemania. Y tampoco se podía afrentar al recién constituido reino yugoslavo, que bastante complicación tenía para mantener la convivencia de nacionalismos, religiones, culturas y etnias tan dispares y violentos.

 

En tales circunstancias el ateo y mujeriego empedernido Benito (llamado así en homenaje de sus padres, un herrero y tabernero y una maestra, al revolucionario mejicano Benito Juárez) Mussolini, reunió en Milán el 23 de marzo de 1919 a 119 antiguos fasci di combattimento y arditi (ex-combatientes) para proclamar un incoherente programa político que aunaba la abolición del Senado, la proclamación de la República, el voto femenino, la abolición de las distinciones sociales, la mejora de la asistencia social, la supresión de Bancos y Bolsas, confiscación de los bienes eclesiásticos y de todos los beneficios empresariales producidos por la guerra, y un impuesto extraordinario sobre el capital, todas ellas aparentemente progresistas, revolucionarias, se mezclaban con el retorno al Imperio Romano y al dominio sobre el mundo para acabar con los peligros de los desastres e incapacidades que atribuían a la democracia, el liberalismo y la amenaza del comunismo emergente. Cualquier duda sobre tales contradicciones quedó resuelta en menos de un mes, cuando, durante una huelga general que paralizaba Milán, atacaron a una manifestación de trabajadores, y destruyeron los locales del periódico Avanti, del Partido Socialista, del que Mussolini había sido redactor jefe hasta su expulsión de dicho Partido. Nueve días después Italia abandonaba la conferencia de paz, al comprender que no podría obtener nuevas ventajas. Durante varios días se sucedieron manifestaciones patrióticas por las principales ciudades, encabezadas por fascistas y nacionalistas, en apoyo de tal decisión.

 

En septiembre el poeta visionario, romántico y futurista, Gabriele D’Annunzio, al mando de 2.000 hombres, que llamó “legionarios”, formado por fascistas, arditi y, sobretodo, tropas del ejército regular, que ocupaban la ciudad de Fiume, entregada a Yugoslavia por el Tratado de Versalles, uniformados con camisas negras (una moda de la época, que caracterizó a los gansters italianos estadounidenses) se hicieron dueños de la ciudad, hasta que, al año siguiente, el ejército italiano anexionara dicha ciudad a Italia: todo un antecedente de lo que se podía conseguir con opciones de fuerza. En las elecciones de noviembre de 1919 los socialistas obtuvieron el 32% de los votos, los populistas el 21%, y los liberales sólo el 16%. Como el eclesiástico Partido Popular era antiliberal (exactamente antidemocrático) quedaba claro que al rey le faltaban apoyos. Designó uno liberal, como tradicionalmente había hecho la monarquía desde la unificación italiana, que era obra suya, tras conseguir un efímero, condicionado y poco entusiasta apoyo de los populistas. Desairados, creyéndose merecedores del Gobierno, futuros vencedores de la siguientes elecciones e insuflados por el espíritu revolucionario que emanaba el ascendente comunismo (e incluso las soflamas fascistas) se negaron a escuchar el discurso real en la apertura del Parlamento, que abandonaron gritando “Viva la República Socialista”. Como consecuencia, creyendo que la revolución estaba a la vuelta de la esquina, sin ninguna preparación ni planificación, se sucedieron huelgas generales en numerosas ciudades, con graves altercados públicos. En Estados Unidos los republicanos habían ganado las elecciones intermedias (es decir, de mitad del mandato presidencial de 4 años) por las que se renuevan o confirman la mitad de los congresistas, senadores y Gobernadores.

 

Habitualmente el electorado estadounidense acostumbra a votar a un Partido para la mesa electoral de cada Estado, que debe elegir al Presidente, y por el opuesto para el Congreso, Senado y Gobernador, con la intención de que controlen, critiquen y limiten el poder del primero. Buena parte del país estaba disconforme con la entrada en guerra, que había costado 115.000 muertes (una cifra insignificante: por ejemplo, a Alemania le había costado 1.800.000) aunque todos los congresistas y senadores habían votado a favor de la guerra, excepto uno. Más exactamente, una. Fue la primera mujer congresista en Estados Unidos, por el Estado de Montana, uno de los pocos que permitía el voto femenino. Y, sin embargo, no resultó reelegida: incongruencias del electorado. Tanto Gran Bretaña como Alemania bloqueaban el comercio marítimo con sus enemigos, pero, mientras los buques de superficie británicos se apoderaban de los mercantes (que se esperaba recuperar o conseguir compensaciones económicas tras el armisticio) y sus cargamentos, los submarinos alemanes no tenían otra opción que hundirlos. Fue tal comportamiento el que se utilizó como justificación para la declaración de guerra, aunque cierto número de historiadores sostienen que el motivo fundamental fue que la deuda, a organismos públicos, y sobretodo, privados, de Gran Bretaña y Francia duplicaba a la de Alemania, por lo que una victoria de ésta significaría un desastre financiero. Desde esta perspectiva resultaría que la decisión política más grave desde la Guerra de Secesión, medio siglo antes, había sido forzada por los Bancos y empresas comerciales, lo que desenmascara cuál es el verdadero poder del Gobierno y qué intereses son los que representa y defiende. Los republicanos aprovecharon la coyuntura para desgastar a los demócratas, oponiéndose a todas las iniciativas del Presidente.

 

Así que Estados Unidos no pudo ratificar los Tratados de París, ni la constitución de la Liga de las Naciones, ni su integración en ella. A Gran Bretaña y Francia les pareció de maravilla, que con ello podrían imponer su voluntad sobre el resto del mundo sin ninguna cortapisa. Sin embargo significaba la ineficacia, la sentencia de muerte, a medio plazo, de dicha institución. Y, al final, un impulso más a la futura II Guerra Mundial. Finalizada la I el ejército interrumpió sus inmensas compras de material, especialmente recursos agroalimentarios. Las tropas fueron desmovilizadas de inmediato, lo que, unido a lo anterior, supuso que la economía no podía absorber tremenda oferta de mano de obra, sobretodo porque, durante los años de guerra, el campo se había mecanizado, todas las fábricas se habían automatizado, en la medida en que la tecnología de la época lo permitía, y aumentado de tamaño, para poder atender las demandas del ejército con la juventud bajo las armas, y el país entró en depresión. La experiencia serviría para que, al final de la II Guerra Mundial, la desmilitarización fuera paulatina, durante varios años, lo que exasperó a los soldados movilizados. Aunque existía la “justificación” de que se había producido un cambio de enemigo. Que, al acabar con Alemania, primero, y Japón, después, el verdadero competidor/enemigo era la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Más adelante se insistirá hasta qué punto las potencias dudaron durante decenios si el verdadera enemigo era el comunismo o el fascismo, y cómo estuvieron dispuestos a apoyar, pactar y transigir con el segundo esperando que exterminara cualquier alternativa al capitalismo.

 

Y, además, el Plan del General Marshall, por el que se incentivó y financió las exportaciones de Estados Unidos a los países en los que existía peligro de triunfo del comunismo, a cambio de que se aceptara el pago de las transacciones internacionales en oro o en dólares (doble patrón de cambios o patrón de cambios-oro) lo que significaba, directamente, la oposición de los Partidos Comunistas y su exclusión de todos los Gobiernos de Frente Popular, en toda Europa occidental, excepto en Gran Bretaña, Irlanda, Portugal y España, en los que no había tal tipo de Gobiernos. Sin embargo, al final de la I Guerra Mundial no había tal experiencia, ni instrumentos económicos ni teóricos (excepto las tesis marxistas) para encarar el problema de la depresión y el desempleo. Hay que considerar lo terrible de dicha situación en una época en la que no existía el seguro de prestaciones o subsidios por desempleo. La consecuente detracción de la demanda hizo que los endeudados agricultores, y también muchos empresarios, no pudieran atender a las amortizaciones financieras, por lo que sus hipotecas y pólizas de crédito fueron ejecutadas, lo cual profundizó más la depresión. Los terrenos, subastados masivamente, se depreciaron de modo increíble. Esto hizo que los Bancos y otros acreedores no pudiesen recuperar gran parte de sus créditos, aumentando la depresión y las quiebras empresariales, estimulando, a su vez, a la ejecución de más títulos de deuda, al reducirse la valoración de las garantías que respaldaban los créditos. La Banca se encontró, de pronto, propietaria de inmensos territorios. Lógicamente no había otra alternativa que la extensiva y mecanizada explotación cerealística, lo que aumentó el problema del desempleo, la expulsión de los trabajadores del campo.

 

Como tampoco había demanda para ello, también se depreciaron los cereales, lo que, por un lado, ayudó a solucionar la hambruna en Europa, y, por otro, exportó la depresión, al perder rentabilidad los cultivos europeos, que no podían competir con tales precios, forzando la mecanización agrícola europea y la expulsión de mano de obra agraria también en dicho continente. Además, sucesivos años de sequía y vientos de gran velocidad, junto a los profundos arados, tradicionales desde la colonización norteamericana por campesinos alemanes, donde era habitual, produjeron extensas nubes de polvo, que desertizó inmensos territorios. Los Bancos estadounidenses, ante la baja rentabilidad del campo, la amenaza de la desertización de sus explotaciones y sus agobios de liquidez, decidieron poner en venta lotes de tierra al bajo precio al que se cotizaban, lo que dio lugar al inicio de la especulación inmobiliaria, que terminaría desviándose, lógicamente, hacia el turismo de lujo, el único con capacidad adquisitiva adecuada, especialmente en Florida, desecando pantanos para ello, donde los indios seminolas habían mantenido una prolongadísima resistencia a los invasores españoles y yankees, lo que provocaría un gran desastre ecológico, al convertirse en territorios inundables por el mar, las tormentas y los cursos oclusos de agua. También el Imperio Otomano fue disuelto. Francia se quedó con los “protectorados” de Líbano y Siria. Gran Bretaña con los de Transjordania (actuales Jordania, Palestina e Israel) e Irak. Egipto, Arabia Saudí e Irán se confirmaron como naciones independientes. Sin embargo el Imperio Británico impuso su voluntad sobre ellos, manteniendo su ejército dentro del territorio egipcio, y presionando hasta obligar a Irán a expulsar a las tropas rusas, sus antiguos socios, con las que habían colaborado para conquistar sus pozos de petróleo, aunque ahora eran soviéticos.

 

 

En tal misión destacó el sargento de artillería de la Brigada de Caballería Kosaca persa, Resa Jan, al que el General británico Ironside designaría como primer comandante no ruso de la misma, quien adoptaría el apellido Pajlavi (lengua de origen hindú de entre el siglo cuarto antes de nuestra era y el noveno de la misma, que fue decisivo para la traducción de los escritos cuneiformes, al mantener grandes similitudes con los idiomas más antiguos de la zona) y terminaría, por influencia británica, derrocando a la antigua monarquía mediante un golpe de Estado y coronándose él mismo, años después, como Chajanchaj (“rey de reyes”, es decir, emperador) aunque finalmente se alió con Hitler, debiendo ser depuesto mediante una invasión conjunta anglo-soviética, a favor de su hijo, nombrado Cha con sólo 12 años. La guerra española en Marruecos no marchaba bien. A pesar de que la parte del “protectorado” español era sólo 50.000 kmts.2, un 12 % del territorio dominado por Francia, y carecía de la importancia económica de la zona francesa (sólo poseía unas escasas minas de hierro, las de fosfatos, y la producción olivarera y, sobretodo, de cítricos, en cuyo cultivo se habían realizado fuertes inversiones, todo lo cual, excepto los fosfatos, competía directamente con la producción peninsular, lo que hacía cuestionable su ventaja)  albergaba las kábilas más guerreras e independentistas. Así que, en 1920, el teniente-coronel Millán-Astray, que había pertenecido a los mercenarios “Regulares” Indígenas, donde conoció a Franco, por fin consiguió la creación del Tercio de Extranjeros, que debía ser mercenario, imitando la Legión Extranjera francesa. Constaba de 3 batallones o Banderas. El mando de la primera, y como lugarteniente de Millán-Astray, se otorgó al Comandante Franco.

 

La recluta de extranjeros no constituyó el éxito que se esperaba, a pesar de otorgársele la inmunidad por los delitos cometidos, por lo que la mayoría de sus miembros eran nacionales, a los que se otorgaban iguales prerrogativas. En todo esto pudo influir, además del antecedente francés, que el padre de Millán-Astray, mientras fue director de la cárcel Modelo de Madrid, admitió sobornos a cambio de permisos ilegales a los reclusos. La comisión de un asesinato durante uno de dichos permisos carcelarios llevaría al director de la cárcel a ser recluso. Quizás Millán-Astray trataba de demostrar que la reinserción social era posible, sacándolos de la cárcel. Lógicamente imponer la disciplina ante semejante tropa era tan difícil como en la Legión Extranjera francesa, por lo que los castigos fueron igualmente brutales. Franco se mostró sumamente propenso al sadismo, como ya había demostrado en las torturas a los sindicalistas asturianos implicados en la huelga general de 1917. No valieron como disculpas que el propio rey había abogado a favor de los indisciplinados “junteros”. Y que, con tales antecedentes, Cambó, de la Liga Regionalista catalana, supuso que era posible una reforma de la Constitución, a lo que se unieron el PSOE y la UGT, confiando en el apoyo de las Juntas de Defensa. El Presidente del Gobierno, Eduardo Dato, quizás amedrentado porque pudiera producirse una revolución como la rusa de febrero, con implantación de una república, reaccionó disolviendo el Congreso y suspendiendo las garantías constitucionales, como habría hecho el propio zar, si en tal momento en Rusia hubiera habido parlamento y garantías constitucionales. Tanto la UGT como la CNT proclamaron, en protesta, la huelga general revolucionaria.

 

Pero, tanto “junteros” como “africanistas”, hicieron causa común contra los trabajadores, causando 71 muertes y 2.000 detenciones, entre ellas todos los dirigentes socialistas obreristas (al pactista Cambó no se le acusó de nada) que fueron condenados a cadena perpetua.

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2 Responses to El trienio “bolchevique”

  1. sandra says:

    muii BuenOo!! uFF graxias xD me ayudO uN montÓn!

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