Si los cambios de Gobiernos no acaban con la guerra, hay que cambiar el sistema

 

            El inteligente Cánovas del Castillo había concluido que, para mantener bajo control al ejército español, había que acabar con los prestigiosos ascensos por méritos de guerra. Era necesario que hubiese un ejército, sí, pero como mera amenaza, como mera disponibilidad. Consiguió insuflar en los militares un espíritu funcionarial, a esperar ascensos por escalafón y en función de las vinculaciones con la aristocracia y los antecedentes militares familiares. Y esto requería que no hubiese guerras. O, al menos, que fuesen las mínimas, más breves y discontinuas posibles. Todo lo cual estaba reñido con el expansionismo imperialista. Alfonso XIIIº no pudo disfrutar de las enseñanzas de Cánovas del Castillo. Se implicó en la creación de un nuevo, aunque miserable, imperio, sin contar con un ejército preparado para ello. La mayoría de los militares habían asumido el papel funcionarial, de prerrogativa anexa a la aristocracia, que Cánovas pretendía. Así que, en la mayoría de los casos, hacían uso de todas sus influencias para evitar el incómodo, sufrido, peligroso, letal, escenario marroquí. Por el contrario, quienes deseaban una rápida carrera militar, alcanzar los empleos de más elevada categoría, reservados para apellidos ilustres y títulos nobiliarios (obsérvese que todo ello era distintivo de tiempos precedentes, del antiguo régimen, como si no hubiese existido una Revolución Francesa o una implantación del liberalismo, de entroncamiento en el pasado) o carecían de influencias para huir de tal desgracia. Se les denominó “africanistas”, porque, en su mayoría, habían solicitado, voluntariamente, tal destino, aunque no fue así en todos los casos. El ejército estaba hipertrofiado: sobre 150.000 soldados tenían mando 25.000 jefes y oficiales (uno por cada 6 soldados) y 471 Generales (¡uno por cada 300 soldados!) tal vez más que batallones.

    No tardó mucho tiempo en que los numerosos ascensos por méritos de guerra enlentecieran el esperado desenvolvimiento de los escalafones. Los que tenían una visión patrimonialista de la carrera militar, relacionada con su ascendencia, cursos u oposiciones, se sentían mermados en sus derechos por los “africanistas”, a los que consideraban arribistas, oportunistas. Se reunieron en asociaciones puramente gremialistas, para defender sus intereses corporativos, privilegios de casta, que llamaron Juntas Militares de Defensa, por lo que se les conoció como “junteros”. En realidad constituían, en sí mismos, una amenaza, de intencionalidad intervencionista, política, contraria a la disciplina militar. Deberían haber sido castigados por ello. Pero estaban unidos, lo sabían muy bien, a la aristocracia dominante (mucha de la cual se había formado por la concesión de títulos nobiliarios a políticos o militares liberales durante el abrupto siglo decimonono) lo que les inmunizaba de cualquier represalia. Así lo entendió Alfonso XIIIº, que, en contra de sus propios objetivos imperiales, siempre en contramano, decidió apoyarles, que se cediese a su extorsión, concediéndoles algunas de sus pretensiones. Esta conducta hacia los militares que menos se lo merecían, muchos de ellos de alta graduación, será, también, contradictoria con el comportamiento que se siguió -se explicará a continuación- con los trabajadores, lo que reforzaría, en algunos círculos (particularmente entre los anarquistas) la desconfianza, e incluso el odio, hacia lo militar. Pero también el resentimiento, la sensación de agravio, desaire, falta de reconocimiento, del sacrificio que estaban realizando los “africanistas”. Además creó una sensación errónea. La Juntas se asimilaron por algunos a asociaciones sindicales, y, por tanto, a favorecedoras de la democracia, lo que hizo inspirar una confianza, injustificada, en su apoyo futuro.

    La distinta proveniencia social es digna de reflexión, e indicativa de cómo en un ambiente de libertad de voto, si se consigue engañar al electorado, se logra la traición a los intereses de clases, su sustitución por la defensa de los privilegios personales, de grupo. Todo ello influiría durante la venida de la II República y la subsiguiente guerra (in)civil. Los “junteros”, mayoritariamente, en principio, apoyaron a la República, aunque sin mucho convencimiento. Los “africanistas”, en su mayoría, se opusieron a la democracia. Entre ellos estaban los mejores militares, los más experimentados en combate, los que tenían a su mando las mejores tropas, las más fogueadas, disciplinadas y dotadas con el mejor armamento. Conforme se desarrolló la contienda, tras los fracasos de los sucesivos intentos de golpes de Estado, de un lado llegaron los cobardes éxitos militares contra el pueblo desarmado, inerme, en muchos casos mezclados con la más innoble falsedad, la mentir y el engaño utilizadas como arma por los que hacían propaganda de la justicia y el honor. De otro la desorganización, confusión, incapacidad de resistencia, errores en las ofesivas, y las sucesivas derrotas. Con ellas, el trasvase hacia los que iban venciendo. Y, cuando el conocimiento de los fusilamientos de militares republicanos, aunque fuesen desertores, obligó a tomar precauciones, el aumento de la información de planes militares al enemigo, los errores en la información a las propias fuerzas, en el despliegue de tropas o uso de la aviación, para utilizar, posteriormente, como carta de reconocimiento de servicios prestados a los nazi-fascistas. En 1908 fueron asesinados el rey de Portugal y su hijo. En 1910 los republicanos ganaron las elecciones, pero fue necesario un levantamiento popular para que se proclamara la república. En 1911 ocurrió lo propio en China. Tan cerca y tan lejos la república ganaba terreno.

    En 1907 Estados Unidos se había anexionado Oklahoma, y en 1912 Nuevo Méjico y Arizona, lo que se unía a las posesiones ultramarinas arrebatadas a España, la conquista de Jauaii, la compra de Alaska a Rusia, el control de Panamá, cuya secesión de Colombia había estimulado, comprando a Generales, y apoyado, para poder construir su canal. Había perdido el mercado japonés, dada la autosuficiencia industrial nipona, pero compartía el mercado chino con Gran Bretaña, Japón, Alemania, Francia y Rusia. Su apoyo a la revolución liberal y la implantación de la república estaba relacionado con su pretensión de adueñarse de dicho mercado. Pero las demás potencias también movían ficha, por lo que apoyaron a distintos señores de la guerra que seccionaron el país. Hasta que Estados Unidos encontró en la figura del Generalissimo Chiang Kai Chek al que, en alianza con el Partido Comunista, podía conseguirle el monopolio sobre dicho mercado, hasta que los comunistas consiguieron ascendencia suficiente para imponer la soberanía china. La expansión estadounidense era inevitable, inmiscuyéndose en la Gran Guerra, hasta entonces, Europea. La entrada en guerra de Italia no había conseguido cambiar la situación militar. Tras sucesivas campañas en Caporetto, todas ellas terminarían en fracasos, hasta que llegase la decimoséptima. La guerra en los Alpes se había hecho particularmente cruel. Ambos bandos habían aprendido que era mucho más eficiente que la artillería disparase directamente contra las montañas, por encima de las posiciones enemigas, en lugar de apuntar a las trincheras o a las posiciones fortificadas. Así producían aludes y desprendimientos de hielo que sepultaban las tropas enemigas. La misma táctica fue utilizada por la artillería italiana, alemana y franquista contra el ejército leal al Gobierno legítimo, democrático y constitucional de España, disparando contra los roquedales, con lo que enterraban en rocas y cascotes las trincheras del bando republicano. En el escenario de los Alpes hizo su bautismo de fuego y resultó herido el soldado Hitler.

    En Italia, en 1917, la situación era calamitosa. El Partido Socialista Italiano, en principio, se había opuesto a la guerra, cumpliendo el compromiso adoptado por la II Internacional, la socialdemócrata. Por ello, Mussolini, redactor de la revista Avanti, fue expulsado del Partido y de la misma, ya que mantenía posiciones beligerantes, militaristas, expansionistas e imperialistas. Sin embargo, tras el cambio de posición del Partido Socialdemócrata Alemán, así como el Laborista británico, todos, uno a uno, fueron incumpliendo el pacto pacifista. Por último el Partido Socialdemócrata Ruso. Ante la imposibilidad de tomar las posiciones austriacas, un grupo de intelectuales, del entorno del tardo romántico, modernista y futurista Gabrielle D’Annuzio, directamente influido por el Código Fuchido, por el que se regían los guerreros samurai, y en el “viento divino” (en japonés kamikaze) recordando el huracán que había dispersado la flota de desembarco coreana, propusieron que un fascio di combattimento (haz, gavilla, ramillete, de combatientes) realizaran ataques suicidas para cambiar la situación del frente. La neutralidad fue la mejor decisión política de España en toda su Historia. En ella influyó la pretensión alemana de apoderarse de las islas Baleares y Canarias. Durante la guerra de 1936 dichas pretensiones se reiterarían. Las exportaciones, a los dos bandos contendientes durante la I Guerra Mundial, se dispararon, y se produjo el más importante desarrollo industrial. Sin embargo los beneficios correspondientes fueron acaparados por la clase dominante. Los precios de 1913 se duplicaron (lo que implica una inflación media del 22% anual) mientras que los salarios sólo crecieron un 25% durante todo el periodo. La consecuencia fue la huelga general revolucionaria de agosto, que en Barcelona, sólo 8 años después de 1909, tomó extrema ferocidad.

 

El Gobierno de Eduardo Dato reaccionó con violencia al desafío. Pero fue en Asturias, sin anterior experiencia en insurrecciones obreras, donde la sorpresa fue mayor. Los mineros se apoderaron de los almacenes de dinamita e hicieron frente a la fuerza pública. La clase dirigente, alarmada, pidió, y obtuvo del rey, el retorno de su reciente conocido, que tan buenos contactos había hecho con ellos, y que había sido enviado de nuevo a Africa: el Comandante Franco, con sus tropas mercenarias “regulares” marroquíes, que ensartaron a bayonetazos a los huelguistas. La represión fue cruelísima por todas partes. En Sevilla se habían colocado ametralladoras en las calles céntricas y en el cuerpo de campanas de la Giralda. Indudablemente el regeneracionismo reformista quedaba enterrado. En Rusia, el Gobierno socialdemócrata, amenazado de invasión por sus aliados si firmaba la paz por separado, no sólo se plegaba a éstas incumpliendo sus promesas electorales, sino que organizó una nueva ofensiva, que proclamaba como la última (y así sería, en efecto) con cuya victoria se estaría en mejores condiciones para negociar la paz, que los propios alemanes dificultaban, insistiendo en no devolver un palmo de los territorios conquistados, con el frente a pocos kilómetros de Piotrgrad. En tales condiciones, a propuesta de Lenin, la fracción mayoritaria (en ruso “bolchevique”) aunque no dirigía el Partido, dada la alianza de la fracción minoritaria (en ruso “menchevique”) con los grupúsculos nacionalistas, como el finés (cuyo pueblo se había declarado independiente aprovechando el caos de la instauración de la república) o los de los Estados Bálticos y, fundamentalmente, el poderoso judío, que reclamaba un Estado propio en Rusia, se escindió, constituyendo el Partido Comunista Ruso, y decidieron organizar la revolución. Sería la única organizada, no espontánea, que se ha producido en Rusia, hasta ahora.

 

Para ello era previo conseguir mayoría absoluta en la Asamblea (en ruso Soviet) popular, formadas por sindicatos y Partidos obreros, de izquierda, con exclusión de las formaciones de derechas, sustentadoras del poder establecido (tal definición debería cuestionar la correcta denominación de algunas organizaciones actuales) cuya utilidad coordinadora ya había quedado demostrada en la huelga general revolucionaria de 1905, y en la constitución de la república rusa y su apoyo frente a los militares golpistas de la extrema derecha. Para conseguir dicha mayoría era previo conseguir la mayoría en las elecciones de la mayoría de los sindicatos obreros, y alcanzar una alianza con la representación anarquista. Todo esto se logró prometiendo la paz. La planificación de la revolución, que se llevaría a cabo especialmente en Piotrgrad, residencia del Gobierno, fue perfecta. En el mes de noviembre, según el calendario gregoriano (octubre según el calendario juliano, que seguía aceptando la Iglesia ortodoxa) en sólo una noche se conquistó la oficina de Correos y Telégrafos, todo el centro de la ciudad, se amotinó la marinería del acorazado “Aurora”, anclado en el puerto, y, desde él, se obligó la rendición de todos los demás buques de guerra atracados en él, de inferior calado, coraza y armamento, iluminándolos sucesivamente con sus reflectores al tiempo que se amenazaba con cañonearlos por la emisora de radiofrecuencias y con los proyectores de Morse, se iluminó y conquistó el puerto, y se iluminó y bombardeó el Palacio de Invierno, sede gubernamental: fue la señal para el ataque directo de los soldados, marinos y sindicalistas, miembros de los diversos “soviets” y enviados por estos para el asalto final.

 

Inmediatamente, cumpliendo sus compromisos en las diferentes elecciones, el Partido Comunista inició las negociaciones de paz con Alemania, lo que conllevó la nueva amenaza de los aliados, que cumplirían, invadiendo Rusia, aunque cosechando un innegable fracaso militar. Dentro del mismo merece un lugar señalado el amotinamiento de la flota francesa enviada al mar Negro, lo que produjo la consternación de toda la derecha europea. Alemania no facilitó las cosas: partía del análisis de que la tan esperada y ansiada revolución comunista, en la que cifraban unas ventajosas negociaciones de paz, suponía el inicio de la disolución de todo el imperio, el caos absoluto, por lo que no tenían por qué hacer mayores concesiones que al derrocado Gobierno socialdemócrata. Lenin y Stalin concluyeron que no había alternativa: había que conseguir la paz como fuera, cumplir sus promesas y consolidar la revolución, lo que consideraban imposible con las tropas (en cuyas filas el Partido Comunista había llegado a constituirse en organización mayoritaria) hacinadas en el frente. Hay que tener en cuenta que Alemania había conquistado Finlandia y Ucrania, declaradas independientes de Rusia, aprovechándose de las situaciones revolucionarias, lo que ofrecía unas inmensas posibilidades de elegir el mejor lugar y momento para descargar nuevos triunfantes ataques. Trotsky, en cambio, defendía la tesis de la revolución permanente, en contra de la doctrina marxista de que era necesario marcar etapas, consolidar la revolución y conseguir que todo el mundo asumiera las nuevas formas de pensar. Por ejemplo la aceptación de las decisiones democráticas expresadas por la mayoría del pueblo.

 

Así que planteaba continuar la guerra, defendiendo que Alemania también estaba a las puertas de la desmoralización, que, en breve plazo, el Frente acabaría desmoronándose, se produciría una revolución socialista en dicho país, y que sus tropas, entre las que habría mayoría de socialdemócratas, confraternizarían con el Ejército Rojo, revolucionario, que él mismo estaba formando. Todo bastante romántico. Sin embargo, lo que no estaba previsto es que la paz, presentada como una rendición por la derecha, sirvió para que los militares de extrema derecha, libres de sus obligaciones en defensa de la “patria” (de los poderosos, no del pueblo) pudieron emplear las tropas a su mando para luchar contra la misma (del proletariado, no de los poderosos) iniciando una guerra “civil” en la que colaborarían Estados Unidos, Japón, Ucrania, Finlandia, Letonia, Estonia y Lituania, que se habían declarado independientes, Hungría y Austria, además de las mencionadas Gran Bretaña y Francia. Todo lo cual  entorpeció el desarrollo revolucionario, expandió el malestar, las matanzas, la hambruna,  la sospecha y la represión, exactamente igual que habían hecho los conservadores (del orden establecido) durante la Revolución Francesa, con la conocida consecuencia del Régimen del Terror, el despotismo y la guillotina, por parte de los revolucionarios acosados. La familia imperial, convertida en símbolo para los “rusos blancos” (contrarrevolucionarios) había sido llevada a un palacio rural, en un lugar secreto de Siberia. Al quedar copado por el avance de los reaccionarios, tras pedir autorización a las autoridades superiores, asesinaron a pistoletazos a toda la familia, en los sótanos del palacio, a donde se les había llevado diciéndoles que iban a hacerles una foto de familia, para que todo el mundo supiese que continuaban en buen estado.

 

Así evitaron que volviera a reinstaurarse el zarismo, tan atractivo para el campesinado más retrógrado. La economía, sumida en el caos durante la guerra, no mejoraba. Durante la guerra “civil” se implantó el que se denominaría “comunismo de guerra”, bajo unos supuestos muy simplificados, que cosecharon un tremendo fracaso. De modo que Lenin encabezó un cambio transitorio, hasta el fin de la guerra “civil”, que denominaría Nueva Política Económica (N.E.P., en sus siglas, en inglés) basada en una economía mixta, que pretendía satisfacer las necesidades militares pero sin desatender la alimentación de la población. Esto originó que una nueva e inteligente burguesía, favorable al pacto, transitorio, y convivencia con el comunismo, sustituyese a la antigua aristocracia en la propiedad de algunas fábricas, no controladas por el Estado, pero, sobretodo, acaparase inmensas propiedades rústicas pertenecientes a los contrarrevolucionarios. Exactamente lo mismo que había ocurrido durante la Revolución Francesa. Esta nueva poderosa clase social se llama en la literatura internacional nepmen. En cambio los alemanes consiguieron presentar dicho armisticio, con inmensas ganancias territoriales, como un triunfo, transferir millones de soldados al Frente del Oeste, con los que iniciar una nueva (también planteada como última, como así sería) ofensiva, que daría la victoria final. Así consiguieron de nuevo la confianza, restablecer la moral, del pueblo y del ejército, superando las reales posibilidades revolucionarias. En una semana las tropas de Ludendorff se habían internado 50 kilómetros tras las trincheras, en la línea de intersección de los ejércitos expedicionario británico y francés, emulando los éxitos no repetidos desde el primer mes de guerra, en 1914. Tras un mes las tropas alemanas estaban agotadas, como ya ocurrió en 1914. Así que hubo que parar la ofensiva para reagrupar fuerzas.

 

Igual ocurrió tras un segundo avance. El 3 de junio los alemanes estaban a 80 kmts. de París (en septiembre de 1914 habían llegado a sólo 30 kmts., para ser rechazados en la contraofensiva del río Marne) por lo que pudieron emplear contra ella su cañón de mayor alcance, la grösse (literalmente “gran”, aunque yo creo que también podría traducirse por “gorda”) Bertha, sobre una plataforma (en inglés wagon) de ferrocarril. Dado su gran calibre disparaba unos proyectiles enormemente pesados, aunque, debido a ello, con muy baja cadencia de tiro. El Gobierno francés se preparó a abandonar la capital, igual que en 1914. Todas las publicaciones periódicas alemanas daban la victoria como segura, al alcance de la mano. Ludendorff sabía que sus tropas estaban agotadas y que no había alcanzado los objetivos propuestos. El 15 de julio se inició el cuarto avance, llegando de nuevo al río Marne, como en 1914, para librar allí la segunda batalla sobre el mismo río. El ejército británico inició una contraofensiva, sumando a ella 270.000 estadounidenses, más otros 54.000 posicionados más al norte, que, tras pasar un año desfilando, participando en fiestas y ligando francesas, sin constituir un gran apoyo en el combate, pero sí elevando la moral, especialmente de la población, habían conseguido un inmejorable entrenamiento, y experiencia de fuego victoriosa. Igual que ocurrió en 1914 los alemanes debieron ceder terreno para reagruparse. Pero ahora había tanques, que podían avanzar más rápido que los alemanes podían cavar trincheras y fortificar el terreno, y aviones que desorganizaban la retirada ametrallando las tropas y destruían, parcialmente, los almacenes de suministros. El 8 de agosto Ludendorff comprendió que no se podía detener el avance enemigo con las tropas y medios restantes.

 

Ante esta perspectiva, y la posibilidad de que la revolución comunista, que habían apoyado en Rusia para conseguir el armisticio en el Este, traspasara la frontera, el 3 de octubre el kaiser nombró canciller o cancelero (en alemán kanzler) al príncipe de Baden, reputado humanitarista y de talante liberal, encomendándole democratizar el Reich, instaurar una nueva Constitución y negociar la paz. Pero Alemania ya había llegado al límite de lo que estaba dispuesta a soportar, como había ocurrido un año antes en Rusia. El 3 de noviembre, derrotado en el frente italiano, el imperio Austro-Húngaro aceptó el armisticio. El 4 de noviembre la revolución estaba en las calles alemanas, y los militares pidieron a Guillermo II que abdicara, sacrificándose para evitar mayor número de muertes, el triunfo revolucionario, una derrota aún más humillante, y las posibilidades de que una nueva Alemania pudiera superar el desastre, asumiendo personalmente la responsabilidad de la rendición, sin que el pueblo tuviese conocimiento de la situación real. Tras sopesarlo largamente, el 9 de noviembre, comprendió que era la única posibilidad, sobretodo si pretendía escapar, abandonar el país para no ser apresado, como le había ocurrido a su primo Nicolás II de Rusia. El día 11 renunció a su título de emperador austrohúngaro Carlos I, sucesor de Francisco José. El canciller alemán también dimitió, comprendiendo que el verdadero control estaba en poder de los militares, y que la única alternativa posible era revolucionaria. Aquellos también comprendían que el objetivo primordial era mantener el dominio de clase sobre los revolucionarios. Así que entregaron la cancillería a Ebert, un socialdemócrata (por primera vez en Alemania, por tercera vez en el mundo, tras la experiencia rusa y la victoria electoral en Suecia) sumiso al que esperaban manipular. Inmediatamente proclamó la república.

 

El Gobierno comunista de la nueva República Socialista Federativa Asamblearia Rusa hizo públicos los Tratados secretos firmados por el zar con las potencias occidentales, por los que intentaban repartirse Europa ¡antes de cazar el oso! Woodrow Wilson, el magnífico Presidente de Estados Unidos era contrario a dicha diplomacia secreta. Por ejemplo al Tratado de Algeciras de 1906, o el Pacto de Cartagena de 1907, por el que se trataba de impedir que Alemania se anexionara Baleares y Canarias, en lo que insistiría tras la guerra civil de 1936. Sostenía que tales acuerdos eran la causa directa de la guerra, por lo que publicó sus “Catorce Puntos” para la paz, que incluía Tratados públicos, libertad de navegación (justificación de su entrada en guerra, aunque Estados Unidos se había negado a ello cuando podía beneficiar a los Estados Confederados sudistas, estando a punto de entrar en guerra contra Gran Bretaña por ello) fin de las barreras comerciales (motivo económico que beneficiaba directamente a Estados Unidos, el mayor productor mundial, igual que ocurre actualmente, hasta que le quite el puesto la República Popular de China, si no acaba con ella en una guerra termonuclear, si consigue instalar su escudo contra cohetes, que le asegure su impunidad) desarme hasta el máximo posible (que también beneficiaba a Estados Unidos y su ejército profesional) no intervención en los asuntos internos rusos, reconociendo la soberanía y la legitimidad al nuevo gobierno comunista, respeto a todas las naciones y nacionalismos (algunos historiadores lo interpretan como autodeterminación, según las tendencias comunistas de aquél momento,  y que Stalin mantendría para los demás países, no para su Unión de Repúblicas Socialistas Asamblearias, pero dicha palabra no figura en tal texto) incluso en los imperios, y la constitución de una Liga de Naciones para parlamentar los conflictos entre naciones.

 

Quedaba claro que, bajo una apariencia bondadosa, justiciera, se pretendía la disolución de los imperios, su sustitución por un neocolonialismo que, respetando la apariencia formal independentista, supusiera la sumisión económica y política hacia la mayor de las potencias resultantes de la guerra: los Estados Unidos de (norte)América. El viejo y agudo Clemenceau, Primer Ministro francés, le respondió que ni siquiera Dios había puesto más de diez puntos. Wilson creyó que los desmanes cometidos por los Tratados de Paz podían ser resueltos en la Liga de las Naciones, por lo que, a cambio de que ésta se aceptara, cedió en todo lo demás. Sería un error de incalculables consecuencias. El inteligentísimo economista John Maynard Keynes, hoy tan olvidado, abandonó la comisión del Tratado de Paz, pronosticando que con él se fraguaba la II Guerra Mundial, que sería más letal que la primera, incluyendo masivos bombardeos aéreos a poblaciones civiles. A la República Socialista Federativa Asamblearia de Rusia no se le perdonó haber firmado la paz por separado (sí se le perdonó a Ucrania, que también lo había hecho, al declararse independiente y luchar contra el Gobierno comunista ruso, reconociéndola como Estado soberano) así que se mantuvieron los límites impuestos por Alemania, que llevaban la frontera a 160 kmts. de Piotrgrad, aunque no en beneficio de ésta, sino, según tal acuerdo, se le entregaban a Polonia, a la dicho Tratado declaraba independiente, así como Estonia, Letonia y Lituania, que así se declararon por las potencias vencedoras. Lógicamente, como Polonia se había entrometido en la guerra “civil” rusa, cuando aquella se consideró prácticamente dominada, el Ejército Rojo se volvió contra ella, con la intención de Trotsky de acabar con su independencia, llevando las fronteras hasta Alemania, para extender allí la revolución.

 

Sería necesaria la intervención de Francia, que envió allí un cuerpo expedicionario, surtido con una gran cantidad de tanques, bajo el mando de De Gaulle, que derrotaron a Trotsky, con consecuencias insospechadas de potenciar el poder de Stalin, al eliminar a aquél de la carrera por la sucesión de Lenin, y favorecer el pacto de Hitler y Stalin, por el que se repartirían Polonia y la U.R.S.A. recuperaría los Estados Bálticos, Finlandia (si hubiese sido capaz de conquistarla; al fracasar sólo se quedó con unos pocos kmts. que mejoraban su capacidad de resistencia al ataque conjunto germano-finés de la operación Barbarosse, en el verano de 1941) Moldavia, que también se había proclamado independiente, y Besarabia, en el extremo de Hungría, a 50 kmts. de los pozos de petróleo, imprescindibles para Hitler. Servia (llamada así porque los romanos la repoblaron con esclavos, es decir, siervos, y no como escriben los incultos periodistas) había resistido durante un año a los austrohúngaros, hasta que consiguieron convencer a los búlgaros para que tomaran venganza por su derrota de 1913, y, con ayuda alemana, atenazaron su ejército, que, sin rendirse, se replegó a Albania, embarcando hasta la isla de Korfú. Churchill había elaborado un plan para enviar armamento a Rusia, que precisaba el desembarque en Grecia. Para ello había que prometerles la anexión de Turquía europea. El cuerpo expedicionario continuaría a través de Bulgaria. Grecia, molesta con las intervenciones británicas en dicho país, prefirió la neutralidad. Así que las tropas británicas, australianas, francesas y servias desembarcaron en la península de Gallípoli, en Turquía, cerca de la frontera con Grecia, esperando que, con ello, ésta decidiera sumarse al esfuerzo.

 

Pero el General alemán que organizó la defensa, apoyado por el turco Mustafá Kemal (apodado posteriormente Ataturk, o padre de los turcos; aita es “padre” en vascuence actual, pero ate es “puerta”; el sultán turco se titulaba “Puerta Sublime” ¿coincidencias o muestras de un origen común, con iberos y bereberes, debido a la emigración por la desertización del Sahara?) derrotaron al cuerpo expedicionario, que debió reembarcar. Churchill se vio obligado a dimitir y nadie volvería a confiar en él hasta el inicio de la II Guerra Mundial, lo que, indudablemente, impidió que se pudiera evitar, al dominar el Partido Conservador británico individuos totalmente estúpidos. En recompensa, y en castigo de Austria, se creó el reino de los Servios, Croatas y Eslovenos, bajo el mando de los primeros, que terminaría denominándose Yugoslavia, un polvorín de nacionalidades que estallaría al descubrirse petróleo en Bosnia y Croacia, e intervenir Alemania para quedarse con él y la explotación turística, así como terminar al último bastión socialista en Europa (hasta ahora) si bien hay que reconocer que la destrucción final fue obra de Estados Unidos, imponiendo un Gobierno títere en Servia que no había obtenido la mayoría de los votos, igual que hace en Irak o en Palestina, y ha intentado por todos los medios imponer en Haití, con la colaboración española. El imperio Austro-húngaro fue disuelto, creándose las repúblicas de Austria, Checoslovaquia y Hungría. Mientras, en Alemania, el sector más radical del Partido Socialdemócrata, los que habían mantenido el acuerdo pacifista de antes de la guerra, agrupados en la Liga Espartakista, se escindieron en el Partido Socialdemócrata Independiente.

 

Aunque sus dirigentes confiaban en el carácter revolucionario de una gran huelga general, se oponían a una insurrección violenta y se enfrentaban a los métodos y directivas leninistas, quedaron convencidos por la realidad de la revolución rusa, se constituyeron en Partido Comunista y, con ayuda de los anarquistas, proclamaron la República Soviética (Räterepublik o Consejo) de Baviera, o de Munich. Seis meses después un ejército de mercenarios alemanes la invadió, acabando con su independencia y ejecutando a 800 personas, entre ellas a Rose Luxemburg. Nada que ver con el posterior intento de golpe de Estado de Hitler, que se saldó con sólo 3 años de cárcel. Alemania perdió todas sus colonias y se la obligó a pagar una imposible indemnización de guerra. El Alto Estado Mayor no quiso aceptar tal responsabilidad, por lo que envió a oficiales de bajo rango, lo cual exasperó a los representantes británicos y franceses: ni siquiera se les ofreció asiento. Pidieron consultar con su Gobierno, pero se les respondió que debían firmar de inmediato o continuaría la invasión de Alemania. Los británicos añadieron que el ejército de ocupación llevaría uniformes rojos, sabiendo que los alemanes detestan tal color. Dada la nula representatividad de los firmantes alemanes, británicos y franceses pidieron la ratificación por el Gobierno, con la misma amenaza y sin abrir nuevas negociaciones. Los “nazi” nunca reconocieron dichas imposiciones, a las que no podía denominarse Tratado, ya que no hubo negociación, sino que fueron un diktat, dadas “al dictado”, de modo que gran parte de su propaganda pedía su incumplimiento, acusaba a los socialdemócratas por haberlas ratificado y cumplido, y reiteraban las calamitosas consecuencias de las mismas, para Alemania e, incluso, para todo el mundo, como se verá más adelante. Como profetizó Keynes, la II Guerra Mundial fue consecuencia directa de la funesta finalización de la I.

 

Hitler fue ascendido a cabo por méritos de guerra, y considerado invalido para el servicio activo, lo que no se justifica por la extirpación de un testículo. Ni siquiera de los dos. Es cierto que los llamados Tratados de Paz de Versalles imponían a Alemania un ejército de 100.000 hombres, sin tanques, aviones, submarinos, buques de superficie, salvo lanchas guardacostas, ni ningún otro armamento pesado: más una fuerza de policía que un verdadero ejército, coincidente con las limitaciones internacionales impuestas a las policías servia, e incluso rusa, para enfrentarse a los terroristas separatistas, a los que, simultáneamente, les venden cohetes y hasta artillería, incluso a la Base (en árabe, al-Kaeda) en un asqueroso doble juego, doble moral, doble engaño, semejante al que se siguió con la II República Española. O con los talibán cuando luchaban contra la Unión Soviética y cuando se opusieron a las pretensiones estadounidenses de construir un oleoducto por Afjanistán, para desviar el petróleo de Bakú, de modo que no llegue a Europa ni pase por Rusia, posibilitando la asfixia de ambos enemigos, competidores. Pero a los heridos de guerra se les permitió, en la mayoría de los casos, permanecer en el ejército, para asegurarles una paga que el Estado, angustiado por las reparaciones de guerra impuestas en Versalles, no podía atender. La sífilis, en cambio, sí justificaría tal declaración de incapacidad. Era sabido que, en sus etapas más avanzadas, ataca el sistema nervioso, haciendo que sus enfermos sufriesen delirios y una feroz agresividad: un verdadero peligro para un servicio con armas.

 

Es incomprensible que un ejército que temía que Hitler pudiese utilizar perversamente una pistola o un fusil le permitiese, por su interés del rearme, del incumplimiento de las limitaciones del Tratado de Paz, llegar a la cancillería, incluso a la presidencia de Alemania, que impulsase investigaciones para fabricar bombas termonucleares a partir del agua pesada (que contiene deuterio o isótopo pesado del hidrógeno) cohetes balísticos intercontinentales, millones de bidones de gas letal (cianuro o “ciclón B”, que, finalmente, se emplearían en los campos de exterminio, primero para matar los piojos, más tarde a las personas) aviación estratégica para el bombardeo masivo de ciudades, submarinos, fuerzas acorazadas o cualquier tipo de armamento, que ocasionaron la guerra más destructiva que, hasta hoy, ha conocido la Humanidad.

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